lunes, 1 de diciembre de 2014

Novedades 2015

NOVEDADES 2015

Lo primero, y después de llevar mes y medio sin colgar nada, podría pensarse que era una disculpa, pero también que he dejado una buena temporada de descanso al personal de la carga habitual. Tras una breve conversación hace unos días sobre las cualidades de mis publicaciones (o es lo que imaginé), he decidido dejar de hacer el vago y retomar la tecla. Aunque recibí recomendaciones de dejar las historias de mi blog en un párrafo (hay que leerlo rápido), al final tuve que seguir el consejo de mi más fiel seguidor (o el único, y que me siga no quiere decir que admire cada una de mis entradas) que insinuó que ya que lo lee, prefiere que sea más de un párrafo. Y he de reconocer que es costoso volver a empezar, así que tuve que navegar un poco por la red para buscar inspiración. No la encontré. Pero, lo tenía muy fácil, sólo tenía que seguir el ejemplo de las cadenas de televisión y de cara a la nueva temporada, presentar las novedades (que pueden durar mucho, o caer a la primera).

Una de las historias de esta temporada es la de un perro salchicha que tras tener una infancia desgraciada acaba como perro policía en Torrebertán. Es un gran olisqueador  y estará especializado en detectar marihuana, substancia que en cualquier caso no abunda mucho en el pueblo, por lo que será un compañero habitual de rondas tabernarias del jefe de policía y del juez. Todavía no tengo un nombre para el chucho, pero admitiré sugerencias. Su infancia infeliz empezó cuando fue regalado de cachorrillo a una jovencita caprichosa que al poco de tenerlo, dejó de prestarle atención y el pobre perro quedó relegado a ser el guardián de la plantación de pimientos rojos que tenía el papá de la nena, potentado agricultor de la ribera. El perro cada vez que olía un pimiento rojo, comenzaba a vomitar, por lo que fue abandonado en una acequia. Recogido por una asociación de amigos de los animales, fue reeducado, acabando en el pueblo de nuestros amigos.

Otra de las historias versa sobre un tipo que es despedido por hablar mal de su jefe (no lo conocía) tras una aparición estelar de éste en un poteo virtual. Lo que sigue es como se gestionan los despidos dentro de unos años, el papel de los sindicatos y las oportunidades de empleo. Es algo que llevo mucho tiempo dándole vueltas a la cabeza, pero que todavía no he llegado a teclear sobre la blanca pantalla word del ordenata.   

Volverá nuestro amigo Fernando, el llamado marqués de Mons, que tras su heroica conquista de la ciudad belga, es nombrado alguacil a modo de recompensa, aunque su recién descubierto padre no necesitara de ninguna excusa para hacerlo. Su primer caso será descubrir quién es el que se está cepillando a la joven mujer de burgomaestre, misión que resultará peliaguda cuando descubre que el fornicador es su mejor hombre, aunque con brillante resolución. También repasaremos su niñez en Hondarribi cuando todavía no conocía a su famoso padre, y tampoco era consciente que era un hijo de puta (su madre era cortesana, bueno, prostituta).

Y por supuesto, nuestros detectives favoritos con el famoso asunto de los bollos de mantequilla, mezclados con mercurio y muchos otros más, intercalados con mis maravillosos artículos de opinión y chorradas varias.


Se avecina una gran temporada.

lunes, 13 de octubre de 2014

Diseño imperfecto

En este atorrante mes de Agosto, y mientras cumplía diligente mis arduas tareas domésticas, descubrí que el borde del fregadero estaba no estaba bien diseñado. El descubrimiento fue fruto de lo mal que apliqué el chorro del grifo a una bandeja, que sólo necesitaba una pasadita de agua para ir a ocupar su espacio entre los utensilios presuntamente limpios. Como fácilmente se deduce, el agua, al salir con más fuerza de la necesaria, rebotó en la fuente y fue a parar fuera de donde se suponía tenía que terminar, convirtiéndose por segundos en una corriente laminada de agua del espesor de un fideo, que tras bordear con rapidez el fregadero, acabó en el suelo de la cocina, lo que siempre es una mala señal; yo en la cocina, agua innecesaria en el suelo, dolor de espalda al agacharme para tener que secarla y con un poco de mala suerte, ligera bronca, o grande, depende del humor, por la inutilidad de uno.

Si el fregadero hubiera estado bien diseñado, esa agua que lo bordeó, antes de acabar en el suelo, tenía que haber acabado dentro. Y no veo que sea tan complicado hacerlo, basta con un pequeño desnivel en cuyo punto más bajo haya un aliviadero que apunte hacia el centro de receptáculo, donde cualquier agua manipulada por manos torpes como las mías, debería acabar, sin riesgos innecesarios para la espalda o para cualquier despistado usuario de la cocina que acabara pisando el charco, ennegreciendo el suelo con sus pisadas, y en el peor de los casos, patinando por el efecto deslizante del charco, con altas probabilidades de juramentos y coscorrón.

Ahora bien, aunque algo decepcionado por la ingeniería de fregaderos de cocina, he de reconocer que mi cabeza y cara, no están bien diseñadas. El origen de este descubrimiento viene del día que me eché una loción en el cuero cabelludo para mitigar las rojeces que por culpa del sol (más bien mía, de olvidarme embadurnarme con la adecuada protección) tienden a poblar esa zona donde antes había añorado pelo. Para cuando me di cuenta que ya había rociado con más que suficiente loción mi cabeza, una porción de ésta, deslizándose furtivamente por mi cara, atacó con un picor de escalofriantes sensaciones, uno de mis ojos (de bello color, reconocido no hace mucho por una joven camarera riojana, a la que alabé la preciosidad de sus ojos, intencionadamente, cuando estaba llenando mi vaso de ginebra, maniobra  bastante práctica para que el escanciado de espirituosos sea algo más abundante que el convencional), dejándome durante un rato literalmente noqueado.

Por ello, hojeé el prospecto con cierta curiosidad, pero tampoco me sirvió de mucho, porque como siempre, me paré en el párrafo que indica que la loción tiene un producto que puede considerarse dopante para deportistas. Pues mira tú si ahora me hacen un control anti doping en uno de los habituales torneos que juego de golf. Supongo que si algún día la federación lo hiciese (cuesta una pasta), sería sólo a los primeros, por lo que no tendría muchas opciones de que requirieran mi orina. ¿Tendría qué entregar en cada uno de los torneos que juego un documento con la autorización médica para utilizar ese producto que en modo alguno mejora mi swing ni aumenta mi resistencia física?. Pues sí, pensando estas chorradas, con la habitual facilidad que tengo para pasar de una cosa a otra, ni me acordé para qué había comenzado a leer el prospecto.

Pero de las pocas que me quedan, debo tener una neurona que asociaba la loción con el picor de ojos, así que la siguiente vez que dispuse a manotear por mi cabeza la ya tan mencionada loción, lo hice frente al espejo. A pesar de la edad que tengo, guardo algún reflejo, ya que pude parar a escasos centímetros de uno de mis ojos, una gota traidora que había escapado al masaje esparcidor, y que tras regatear a una de las cejas con una curva redonda, se dirigía de nuevo a provocarme más escozores. Con esto aprendí dos cosas, una a utilizar menos loción en cada fregoteo craneal, y la segunda a que la cara está mal diseñada, ya que cada vez que te echas en la cabeza cualquier tipo de líquido (desde champú a colonia, pasando por todo tipo de derivados con alcohol) que pueda resultar irritante, como se te escape algo, acaba inexorablemente camino de los ojos. Si estuviéramos bien hechos, se deslizaría por los carrillos hasta el cuello, o hacia la oreja. No voy a animar a mi distinguido lector a que haga la prueba, pero si por mero interés científico lo hiciese, tiene que ser con algo que escueza; con agua no vale.


Aunque cabe pensar que esa loción tenga algún otro efecto secundario. Como ya he comentado, y por culpa del mal diseño de los fregaderos, ando con la espalda algo desmejorada, por lo que suelo ir a nadar a la playa. Básicamente camino por el agua y de cuando en cuando, doy unas brazadas a estilo espalda. Brazadas que como poco he de calificar de beodas, ya que no guardan relación alguna con la línea recta, pero ¿guardarán alguna relación con la susodicha loción? Puede ser un buen caso para algún abogado espabilado.

martes, 7 de octubre de 2014

XV Una tarde cualquiera en Torrebertán

XV
EPÍLOGO

Una hoja se deslizaba en el aire como una pluma, pero antes de posarse sobre el plato de la mujer de Gómez, el secretario la cogió con un ágil y rápido movimiento

-       Es lo malo de comer al aire libre – le comentó

Ella sonrió levemente mientras atacaba con delicadeza, pero con mucha firmeza, el lomo de corzo con salsa de grosella, que solo tuvo alabanzas de todos los comensales. Al fondo de la mesa, tres cabezas observaban todo el tiempo a la mujer, ahora con alivio, al ver que su semblante se iba ablandando con el paso de los platos

-       En el café, creo que te dejará besarla – le dijo disimuladamente Caraqueño, tapando con la mano sus labios para que ella no le viera

A lo lejos se oía el alegre chapoteo de las hijas de Gómez, acompañadas por la sobrina de don Fulgencio, quienes habían acabado excusadas de sentarse a la mesa, para disfrutar de la excelente piscina de la casa del potentado de Torrebertán.

La noche anterior había acabado muy tarde. Entre el golpe y el susto, la adrenalina se había disparado y el trío algorteño había intentado recuperar el color a base de alcohol, generosamente subvencionado por don Fulgencio con la presencia del secretario, que a partir de la tercera ronda, se unió al grupo. A punto estuvo de cortarles el pedo, la furiosa llamada de la mujer de Gómez, a la salida de la representación del rey León, a la que no acudió el susodicho.
La cara de terror y sus balbuceantes explicaciones, hicieron que el secretario, quién todavía no había alcanzado el nivel etílico de los tres amigos, cogiera el teléfono y arreglase el tema.

A la mañana les fue a buscar el chófer a Madrid, y la increíble finca de Don Fulgencio hizo el resto. Aunque éste se fue a cazar con su hijo, pronto por la mañana, autorizó al secretario para que obsequiara a la mujer de Gómez y a su chavalería, con el fin de agradecer que al final, no pasara nada.

Cuando el sol comenzó a ocultarse por la lejana sierra, fue la hora en la que la familia Gómez decidió (¿?) volver a su Aiboa querida. Tras la despedida y antes de entrar en el coche, Gómez cogió a su mujer de la mano y le insinuó que bien podía venir a trabajar a esta villa, como jefe de seguridad de las empresas de Don Efe. La cara de ella se volvió de piedra y su “con esos, ¡Ja!” fue definitivo.
Mientras el coche abandonaba la finca, levantando un tenue polvo por el camino de piedrilla, Peru y Juan se partían la caja recordando la cara de ella.


-       Te imaginas que hubiese sido en serio

domingo, 13 de julio de 2014

XIV Una tarde cualquiera en Torrebertán

Peru seguía sin darse cuenta de que le habían vuelto a cambiar las esposas de sitio, ahora las tenía puestas con las manos hacia adelante, ya que se estaba quedando bastante sorprendido de lo bien que se las había puesto. E incluso hizo un comentario que le sirvió para enterarse de la verdad, aunque sin estar del todo convencido, ya que la cara de palo seguía siendo patrimonio de Erre Erre, al que le iba a costar mucho tiempo superar el resquemor de que hubiera sido el orondo jefe de la policía municipal el que resolviera el caso.

El detenido se sentó en la mesa frente al juez, quién volvió a servirse un generoso vaso. Una vez casi lleno, metió el dedo en el mismo e hizo girar los hielos en un intento de enfriarlo cuanto antes. Se sopló el flequillo, apoyó el vaso en la mesa y miró a los ojos al detenido. Vio a un chico asustado por la que acababa de  organizar y la oportunidad de zanjar todo esto. Además, y con el fin de soltarle un poco más, se llevó el vaso a los labias, tomó un pequeño sorbo y arqueó las cejas en una especie de señal como preguntándole si le apetecía a él un vaso. Le vio salivar así que pegó una voz pidiendo un vaso.

Una vez que le trajeron el vaso, pidió al agente que le dejasen al detenido una mano libre, quedando la otra esposada a la mesa, y le sirvió un generoso trago. Con las manos se comunicaron de nuevo, introduciendo un hielo en el otro vaso. Levantaron los vasos, los chocaron y de reojo vio cómo se metía un buen buche el chaval mientras él sólo volvía a mojarse los labias.

-       ¡Ahh! Degustemos un poco el licor con los ojos cerrados

El chaval no entendió muy bien lo que decía el Juez, pero acabó de terminar el güisqui de su vaso. Ante la desesperación de los que estaban en la sala, el juez se quedó callado, con su silla recostada contra la pared, y con los ojos cerrados durante algo más de diez minutos. Erre Erre se hubiera tirado de los pelos, si hubiera tenido alguno, y Peru lo que echaba en falta era meterse el también un pelotazo, pero no vio adecuado el pedirlo por la cara del sargento, al que parecía que iba a darle un ataque de apoplejía.

Cuando abrió los ojos y volvió a poner la silla en su sitio, ofreció un nuevo trago que al recibir como contestación un vale con voz pastosa, comprendió que había cumplido con su objetivo, que el alcohol llegase al cerebro del detenido, para soltarle un poco la lengua y aflojarle la voluntad.

Un nuevo soplido sobre el flequillo, el chocar tintineante de los dos nuevos hielos que introdujo en su vaso y el suave sonido del líquido al llenar de nuevo el vaso, fueron el preludio de su nuevo discurso.

-       ¡Bien chavalote! Vamos a hablar un poco de lo que te espera; siete años por intento de secuestro, dos años por golpear a un agente de la autoridad, por el tipo de delito además te tenemos que llevar a Madrid, porque de esto se encarga la Audiencia Nacional. ¡En fin, chaval!, que la has cagado, bien cagado.

El otro, intentó servirse más güisqui, pero el juez fue más rápido e impidió que llegase hasta la botella. En la mano que le quedaba libre, apoyó la cabeza, mirando al suelo, en un gesto que evidenciaba bastante deseperación. Juan se levantó de la mesa, paso por detrás de la silla y le dio una sonora palmada en la espalda, y le soltó entre grandes risas.

-       ¡vaya la que has preparado, chaval!

Y dicho eso salió de la sala, dejando sólo al detenido. A su vez, salió Erre Erre del cuarto para encontrarse en el pasillo con el juez quien le preguntó donde había un cuarto de baño. El sargento le indicó la dirección y dándose la vuelta le hizo un gesto a Peru, que salió detrás suyo, de total incomprensión. Peru encogió los hombros y le dijo “es que tendrá ganas de mear”. El picoleto pensó para sus adentros, que aquellos no estaban muy en sus cabales, y se metió de nuevo en el cuartucho a esperar que iba a hacer el juez. Peru entró tras él, y cerró la puerta.

Al de un rato entró de nuevo Caraqueño en la sala de interrogatorios, silbando lo que él pensaba sería una alegre melodía, que en cualquier caso era irreconocible. Se sentó, se volvió a servir, y le sirvió de nuevo al chaval, que por primera vez en los últimos minutos levantaba la cabeza del suelo, con los ojos acuosos, al que no faltaba mucho para echarse a llorar.

-       Jodido lo tienes – le volvió a recordar el juez cuando terminó el reo de apurar su segundo vaso.

-       Pero, puedes tener un poco de suerte, ya que el mandarte a la Audiencia Nacional, implica que me tenga que desplazar hasta Madrid, después de haber rellenado muchos papelotes, oficios y demás caterva que conlleva la tramitación judicial “Iuris papirum, iodienda est”, que dijo Cato el menor ¿Comprendes?

Dejó pasar un par de minutos en silencio, en los cuales Gómez se unió Peru y a Erre Erre, tras haber pasado por la cura del médico de urgencias “Me dice que un poco de hielo, y que repose esta noche, que por si acaso no se me ocurra conducir”. “¿y qué  le vas a contar a tu mujer?”. Mientras se entretenían tejiendo historias para convencer a la señora Gómez que su cónyuge no podía ir a buscarle a Madrid, el juez continuó con su plan:

-       Mira, si me escribes tu confesión de tu puño y letra, puedo dejar el tipo en intento de estafa, que por la cuantía y por tus antecedentes, que no tienes ¿verdad bonito?

Negó con la cabeza, con lo que el juez prosiguió

-       En cuanto a la agresión a la autoridad, pues bueno, tu no sabías que era charaiña, y aquí tampoco tienen jurisdicción
-       ¿Era policía? Cielos
-       Creo que puedo convencerle si le pagas una indemnización de seiscientos euros

“¡Qué hijo puta!¡Le acaba de sacar para una cena”, dijo Peru por lo bajo ante la cada vez más creciente incredulidad del guardia civil. Como le vio la cara, Peru le explicó que él también estaba invitado. Se sentó, se pasó la mano por la calva, pensando que sino podía vencer al enemigo, lo mejor era unirse a él.


-       Pues con eso, quedaría todo arreglado. Ahora te traen papel y bolígrafo y me cuentas la historieta comenzando con que nunca pensabas llegar tan lejos, y luego continúas con todo lo que hemos hablado.

lunes, 7 de julio de 2014

XII + I Una tarde cualquiera en Torrebertán

XIII

Vio como uno de los agentes le introducía en el coche, poniéndole la mano en la cabeza para que, mientras se sentaba, no se diese un cocazo con el marco de la puerta del vehículo. Peru se fue hasta el coche posterior y abrió la puerta , se agradecía que fuera un todo terreno para no agacharse al entrar, por el lado del pasajero y le indicó al chófer que le llevara hasta el cuartelillo de los picoletos donde iba a empezar el interrogatorio del detenido, dirigido por el bravo juez.

Eso sí, como no quedaba ya nada en caja para horas extras, y le gustaría algo más que dar las gracias a sus muchachos, se dirigió hasta el agente más veterano al que indicó que antes de que se cambiaran en comisaría, se pasaran todos por el café de la amiga del juez (no dijo eso, sólo lo pensó, sino que la llamó por su nombre) y se tomaran algo a su salud, para compensar las molestias. El veterano se cuadró y le hizo el saludo militar, agradeciendo en sus adentros el detalle del jefe, que como todos conocían el estado de los fondos, sólo dietas y gastos para los electos, era el que se iba a encargar de abonar la cuenta de su propio peculio. Pero eso no iba a evitar que más de uno pidiera vino de categoría superior a la que estaba acostumbrado a catar, y pasar de la media ración habitual, a una entera. “Es lo que hay”. Mientras Peru, camino del cuartelillo, cavilaba como poder colar la cuenta en el juzgado.

No había sido mala idea la de meter al hijo de don Fulgencio en el pequeño reservado que tenían junto a la puerta, como una especie de sala de espera para las visitas. Peru le metió en el cuartito, cerrando la puerta tras de sí, mientras Caraqueño, comprendiendo la maniobra de Peru y compartiendo la misma manía que tenían al ínclito heredero de la fortuna, que se podía haber llamado Jacobo (cuanto más rico, más bobo), se quedó en guardia en la puerta, para no permitir que nadie interrumpiera el interrogatorio del jefe de la policía municipal, por si había que sacar la mano a pasear un poco.

El muchacho seguía mirando divertido todo el jolgorio que se había montado, dejando su aliento un leve hedor a alcohol que junto con el brillo de sus ojos, delataba que no estaba en situación de enterarse de mucho. A Peru le entraron muchas ganas de darle un buen lechón, por bobo, pero comprendió que sin ninguna razón poderosa pegarle al hijo del dueño de medio pueblo, en casa de éste y sin un buen motivo, le podía costar muy caro. Así que haciendo de tripas corazón le indicó que se sentase y le contara que es lo que habían estado haciendo a la tarde.

El chico intentó en vano que Peru le explicase que estaba pasando, explicación que dijo le daría cuando le contara el plan que había tenido de tarde con su hermana. No era muy allá, habían quedado en ir a casa de uno de sus compañeros del equipo de baloncesto a tener una sesión continua de películas de James Bond, concretamente las dos anteriores a la que estaban estrenando ahora. Como sabía que su prima era fan absoluta de esas películas, le convenció para que lo acompañara, y que el Miércoles podían aprovechar para ir juntos al cine de la capital, cenar algo y ver el estreno. Como además iba alguna amiga de la prima, asintió y fue con él.

El resto sin mucha más historia, unas cuantas copas mientras se veía la película, un poco de picoteo y vuelta a casa para medio cenar algo, cabezadita y salir un rato, tampoco mucho, porque mañana a la tarde tenían partido. Cuando Peru le hizo el signo de que él se había tomado algo más que unas copas, el chaval se rió, comprendiendo entonces que éste no tenía nada que ver. Le hizo el signo de que se podía ir, y justo cuando tenía la mano en el picaporte Peru le preguntó si conocía el nombre del perro que regaló su padre hace unos años a su prima.

-       ¡Vaya!, Eres el segundo que me lo pregunta hoy.

A partir de ahí, y identificado el otro preguntón, basquetbolero a más señas, todo fue más fácil, ya que el que de verdad dirigía la intendencia del equipo de baloncesto que presidía Don Fulgencio era su secretario, que sabía perfectamente donde vivía cada uno de los jugadores, que eran, como es natural, pisos propiedad del presidente. En cinco minutos, tenían hasta planos de los pisos. El careto del chaval según se fue enterando de que iba todo el asunto, tornó a un pálido. Por si acaso, se quedó Caraqueño vigilándole mientras los demás comenzaban con el operativo.


“¡Coño!¡ qué cómodo es bajar de un todo terreno!. Creo que me tendré que comprar uno” pensó para sus adentros según abría la puerta del coche y ponía sus pies en el patio del cuartel. Salió a recibirle Erre Erre a quién obsequió con una sonrisa, sobre todo por la cara de palo que se le quedó, cuando le comunicó quien era el culpable, cara de palo que todavía no le había desaparecido del todo. Bueno, ahora sólo le quedaba al estirado sargento el asistir a uno de los chows que podía montar Caraqueño en los interrogatorios, interrogatorio que además podrían asistir en directo desde el cuarto adyacente. Máxime cuando Peru le vio sentado en una silla, frente a una mesa en que además del micrófono, tenía un vaso de cristal con hielos y una botella de güait label, recién abierta, esperando a comenzar a vaciarse.

sábado, 28 de junio de 2014

XII Una tarde cualquiera en Torrebertán

XII

Se apostaron a ambos lados de la puerta de entrada, esperando las órdenes de Peru, que pesara a quien pesara, también era el jefe de la brigada especial. Dos agentes a cada lado de la puerta, y otros dos ocultos en la escalera. Llevaban sus chalecos anti balas y un casco negro con visera transparente de carbono. A Peru todavía no le habían traído el chaleco que encargaron al de un mes de llegar, y él se negaba, con cierta lógica, a ponerse el engendro que le habían dado, que no era otra cosa que dos chalecos unidos por el cuello con unas cadenillas para tener suficiente abertura para que entrara su cabezón, y de un peso tal, que probablemente hubiera triturado sus lumbares, (más que su barriga).

Por otro lado, tampoco estaba muy temeroso de lo que se podía encontrar detrás de la puerta, ya que aunque bastante fuerte por ser deportista profesional del equipo de basket del pueblo, no era de la personas que considerase más tontas para resistirse a una detención por parte de personal armado. Peru también se la tenía algo jurada desde que descubrió que él fue el que le puso el mote de jefe Bigum, ahora no tanto como el odio que hacia él profesaba el juez, que era conocido como Barni en los círculos frecuentados por este muchachete.

Detrás de Peru, y también pistola en mano se encontraba Erre Erre, quien se había encargado del operativo, discreto a decir verdad, que rodeaba el edificio, aunque era muy poco probable que el futuro detenido fuera a tirarse por la ventana de un segundo piso. Peru se detuvo delante de la puerta, y en una decisión tomada para ganarse definitivamente el respeto de sus hombres, iba a entrar el primero, decisión pensada sobre todo, porque no pensaba que esta detención fuera en manera alguna peligrosa. Amartilló su arma y con la mano que le quedaba libre, introdujo la llave del piso en la cerradura sin hacer prácticamente ruido. La ventaja de que la casa fuera arrendada por el equipo de baloncesto, era que su presidente, dueño, o patrocinador principal, como no, Don Fulgencio, tuviera una copia de la llave del mismo, piso, que todo hay que decirlo, también era de su propiedad.

Abrió la puerta con sigilo y al grito de que salgan todos con las manos en alto, que era la policía, entró decididamente por el pasillo, que se encontraba con la luz encendida. De una de las habitaciones salió el objetivo, con cara sorprendida al principio, pero luego se le fue tornando más en lo conocido como cara de susto (no de leve acojono), al encontrase de frente con un corpachón que ocupaba todo el pasillo, tras un de sus hombros de adivinaba la calva de Erre Erre, corpachón cuya cara se ocultaba tras unas manazas y el cañón de un arma de fuego. Se quedó paralizado, con lo que Peru con otro bramido le ordenó que se pusiera con las manos en la nuca y de cara a la pared, orden que fue obedecida sin chistar.

Ya con el detenido cara a la pared, Peru se metió la pistola en la cintura (ponle el seguro si no quieres otro agujero en el culo, le susurró Erre Erre con el dicho que se utilizaba en la academia para los novatos en el uso de armas de fuego, cuando éstos se guardaban la pistola en la cintura por la parte de atrás).

No le miró con cara de muchos amigos , mientras pidió las esposas al que estaba detrás del picoleto, aunque le hizo caso y puso el seguro, tras volver a sacar el arma, apreciando que ninguno de los munipas se había dado cuenta de su error. Por eso más tranquilo, el siguiente error fue más manifiesto cuando esposó al detenido con las manos en la nuca.
Erre Erre, iba a decirle algo, pero luego comprobó que al otro era imposible moverse, así que esperó a que Peru dijese a sus uniformados que guardaran el arma y buscaran la pasta, para pedirle al guardia que tenía detrás las llaves de las esposas.


El dinero estaba en la mesilla de su cama, y costó comprobar las numeraciones muy poquito, así que con una patada en el culo, ya con las manos esposadas a la espalda (Peru tenía tan alta la adrenalina que ni se dio cuenta de ese detalle), lo sacaron de la casa, rumbo al cuartel de la Guardia Civil, al que Caraqueño ya se dirigía para liderar los interrogatorios, con parada previa en la gasolinera para adquirir un poco de hielo y un mucho de güait label. 

lunes, 23 de junio de 2014

XI Una tarde cualquiera en Torrebertán

XI

Le costó un poco recordar donde estaba, aunque el dolor punzante que sentía en su mentón “sí que es de cristal” le susurró Erre Erre a Peru, agilizó su memoria a pasos agigantados y volvió a cerrar los ojos maldiciendo el tiempo que tardó en reaccionar, que sólo fue una centésima de segundo, pero suficiente para que le dejaran fuera de combate.

-       ¿Pudiste verle?

Negó con la cabeza añadiendo que llevaba una sudadera oscura con una capucha que le tapaba frente y ojos, y un baf que le ocultaba la boca.

-       ¿Pero era joven, viejo, alto, bajo, gordo delgado?
-       Era delgado y de una altura…..como la de Peru
-       ¿Metro noventa? – inquirió el juez
-       Apunta Erre Erre, cerca de dos metros – le dijo Peru mientras miraba con cara de pocos amigos al juez

Gómez volvió a cerrar los ojos, ya cansado de las tontas discusiones de sus amigos sobre la altura, le tomó la mano al picoleto y se alzó del suelo, quedándose sentado. Se llevó las manos a sus sienes y tras mascullar entre dientes sobre la milk que se había llevado, le tendió la mano al juez, quien le ayudo a incorporarse.

Atraído por la escena se había acercado un hombre de mediana edad, tirando a bajo y con un perfil algo redondeado por el paso de los años que se puso a conversar con Peru. Resultó ser uno de sus ayudantes y tras el intercambio de palabras, con paso ligero se alejó. Peru explicó que lo había mandado a la comisaria para que intentara reunir a la mayor cantidad de personas, ya que lo más posible es que tuvieran que peinar el pueblo. También explicó de camino a la mansión de Don Fulgencio que había pedido a su gente de intervención especial que se apostaran a las salidas del pueblo para controlar a todas las personas que salían del mismo, y que si había alguna de dos metros con una sudadera negra, que la detuvieran.

-       Pero que bruto eres Peru. Llama de nuevo y en cualquier caso, si alguien encaja con esa descripción, que lo sigan, pero ¡Joder!¡ Con una tía secuestrada vas a detener al correo!
-       Siguen sin encajarme muchas cosas – añadió Gómez – Poca pasta, mucha rapidez en pedirla…. No me cuadra – mientras se frotaba suavemente con la palma de su mano su dolorido mentón.

En el trayecto Erre Erre llama a su cuartel y pide al cabo que está de guardia, que reúna a todos los números que puedan, y si están motorizados, mejor. Qué esperen órdenes. Entre tanto, el coche se ha acercado a la cancela de entrada que se abre, como si estuvieran esperándoles. Paran el coche junto a la escalera y presuroso baja el secretario con un trapo de cocina, presumiblemente lleno de hielo para que Gómez se lo aplique a su rostro, y que además de calmarle el dolor, le baje la hinchazón, que poco a poco comienza a aparecer.

Subieron las blancas escaleras de entrada y fueron hasta el salón, donde se sentaron alrededor de la mesa, a cuya cabecera estaba el viejo quien les miraba con cara de ¿ahora qué vais a  hacer?

Un tenso silencio flotó en el aire, que aunque sólo duró unos segundos, parecieron eternos hasta que el juez, consciente de que era la cabeza de la investigación se dirigió al sargento de la guardia civil y le ordenó que fuese a llamar a Madrid, a la dirección de investigación criminal de su organización para ponerles al corriente de lo que estaba pasando para que mandasen a los habituales intervinientes en operaciones de secuestros, aunque antes le indicó que hablase con Peru para que con los hombres que tuviera disponibles, estuviesen preparados para cortar todas las salidas del pueblo por carretera si era necesario.

-       En cualquier caso, lo más importante, es que su sobrina esté a salvo, y no tomaremos ninguna decisión que pueda poner su vida en peligro, pero tenemos que movilizar todos los hombres disponibles y estar preparados por si fuera necesario intervenir. Nos consta que la unidad de intervención rápida de Torrebertán está perfectamente preparada para tomar cualquier iniciativa que haga falta.

Aquello no pareció tranquilizar mucho al viejo que no había recuperado todavía el color de su rostro cuando un ruido de llaves y el sonido de la puerta principal abriéndose, hizo que todos trasladasen su atención hacia la puerta. Unas risas juveniles hicieron que Peru reconociera la presencia de, como él lo llamaba, el putero, el hijo de Don Fulgencio, quién se preguntaba en voz alta, sobre si la presencia de tantos coches obedecía a una fiesta a la que no habían sido invitados.

Una voz de mujer joven llamó la atención de Gómez, no por la voz en sí, sino porque al oírla, el color acudió al rostro del anciano, quien se levantó al grito de “¡estás bien!” y corrió a abrazarse a una jovencita que sorprendida correspondía al fuerte abrazo del viejo, mientras el jovencito que estaba a su lado les miraba con cara divertida. “Ya me imaginaba que todo el montaje del secuestro era una bola”, pensó para sí Gómez, mientras Peru fruncía el ceño y cogiendo suavemente al putero del brazo se lo llevaba a otro cuarto.


-       Espera tú con él en el cuarto – le soltó Peru a Caraqueño- que voy a coordinarme con Erre Erre para que no llame a Madrid y que se coordinen con los míos para cerrar todas las salidas por carretera del pueblo.

domingo, 15 de junio de 2014

X Una tarde cualquiera en Torrebertán

X

Gómez se bajó del coche, dejando unos doscientos metros entre él y el chófer, quien era el que llevaba un sobre con cuatrocientos billetes de 20 euros. Le habían explicado donde iba a esperar la llamada y que él era mejor que esperase cerca, disimulando. Vio el escaparate de una tienda de deportes y se quedó mirando los diversos artículos que ofrecía el escaparate mientras acaba de sacar del bolsillo el teléfono. Comprueba que está encendido, marcando su posición y la del chófer. Recorre despreocupadamente la vista por el escaparate y vuelve a mirar los puntitos del móvil, tanto el suyo como el del chófer siguen en el mismo sitio.
El chófer clava la mirada en una de las pocas cabinas telefónicas del pueblo, esperando que suene. Se frota las manos nerviosamente y está tentado de sacar su teléfono del bolsillo, pero se acuerda de lo que le ha dicho el picoleto “no saques el teléfono del bolsillo”, y evita la tentación, mientras se queda esperando a que suene el aparato.
Gómez gira nerviosamente sobre sí mismo, aburrido ya de mirar el escaparate de la tienda e intentando buscar algún otro lugar desde donde esperar a que el puntito del chófer comenzara a moverse. Empezó a hacer como que estaba tecleando en el móvil, hasta que le pareció que el puntito comenzaba a moverse. Puso las orejas en punta y empezó a seguir desde la distancia.
No le estaba siendo muy complicado seguirle y mantener la distancia. Al de unos pocos minutos, le dio la sensación de que el punto del chófer se estaba moviendo con más rapidez. Se paró en una esquina y disminuyó el tamaño del mapa, intentando reconstruir el camino. La impresión que le dio es que estaba yendo en círculo para terminar de nuevo en la cabina. Estaban comprobando si le seguía alguien. Por ello, decidió dar media vuelta y esperar acechando a la cabina desde un portal cercano.
En la casa de don Fulgencio se sorprendieron el cambio de dirección que observaron en el punto que delataba el lugar donde se encontraba Gómez. Peru, se rascó suavemente la barbilla, intentando comprender que es lo que podía pasar por la cabeza de su amigo, pero Erre Erre fue más rápido. “Se acaba de dar cuenta que el chófer va de nuevo hasta la cabina dando un rodeo, para que comprueben que no le sigue nadie”. “la intuición le sigue sin fallar al cabezón”, pensó Peru. Desde el improvisado centro de mando, siguieron con atención todos los movimientos que se iban produciendo.
Como efectivamente había intuido Gómez, el chófer volvió de nuevo hasta la cabina, para coger el teléfono, que se puso a sonar según llegó, recibiendo la instrucción de dejar el sobre con el dinero, justo en el suelo de la cabina, y que se largara corriendo. Desde la esquina donde estaba medio oculto observando Gómez, vio como se agachó el chófer por lo que supuso que estaba dejando el dinero, así que salió de su escondite y se fue acercando poco a poco hasta la cabina. Para intentar disimular, hizo como que estaba chateando desde su móvil, el chófer justo entonces quitó la señal, como habían convenido, para dar a conocer al centro de mando, que ya había soltado el paquete. En el centro de mando dejaron al secretario al mando de los controles de los GPSs, mientras los dos servidores de la ley y el juez (no es que no fuera servidor de la ley, sino que a veces, era la ley) se iban a montar en uno de los vehículos, para dirigirse al centro.
De las sombras salió una figura con una sudadera negra, cubierta la cabeza con el choto de la prenda, ocultando el rostro. Iba en dirección hacia la cabina con grandes zancadas, Gómez su puso a unos diez metros a su espalda, intentando no hacer ruido con sus pasos y que tampoco le viera.El tiempo que el otro tardó en agacharse para coger el sobre, hizo que Gómez se quedara a sólo dos metros del individuo cuando se dio la vuelta para escapar de allí con el sobre. En ese momento se encontraron cara a cara el presunto secuestrador y Gómez.
Gómez le miró instintivamente a la cara, pero la capucha le tapaba prácticamente toda la cara, ocultando los ojos detrás de unas gafas negras. Gómez también cayó en la cuenta de que el individuo le sacaba la cabeza y que había sacado las manos de los bolsillos laterales de la sudadera. Comprendió muy bien para qué e intentó recordar las lecciones que le habían dado para como evitar una agresión. Pensó que tenía que ponerse de un modo lateral para evitar el golpe en las partes blandas y con el brazo que quedase más cerca del agresor, haciendo que la distancia fuera más grande y así evitar un golpe contundente. Pero no le salió de forma automática la postura de autodefensa que estaba recordando y durante el breve relámpago en el que creyó ver como se acercaba a toda velocidad un enorme puño hacia su rostro lamentó no tener una pistola a mano. Después todo se volvió negro.
Nerviosamente, el secretario llamó a Erre Erre totalmente preocupado, ya que el punto de Gómez llevaba más de dos minutos en el mismo sitio. “estamos a cinco segundos, no te preocupes, puede que nada más se le haya caído el teléfono” mintió el picoleto, mientras Peru llamaba por el móvil a su amigo, quien no contestaban. Dejaron el coche en mitad de la calle y corrieron hasta la cabina, donde estaba tirado en el suelo Gómez, aparentemente, inconsciente. Erre Erre, cómo no, llegó el primero y levantándole la cabeza, apoyando cuidadosamente una mano en la nuca, con la otra le dio un par de cachetes sin que el ertzaina recobrase la consciencia.
“A lo mejor hay que hacerle la respiración artificial”, sugirió el juez, lo que hizo que los párpados de Gómez se abrieran levemente con la remota esperanza que ninguno de los hediondos alientos de sus amigos se acercasen cerca de su boca

martes, 10 de junio de 2014

IX Una tarde cualquiera en Torrebertán

IX

El chófer le dejó junto a la escalera. Era una escalera blanca, de unos quince peldaños que daba acceso a un porche, dividido por tres columnas, las dos primeras dejaban correr el aire, la última estaba cerrada por una cristalera, y protegidos de las inclemencias del tiempo, unas sillas de cañas, rodeaban una mesa donde seguro que en invierno se estaba bien protegido. Cerrado sólo por el lado que daba acceso a la vivienda, en su techo se adivinaba una suerte de terraza, donde probablemente se tomaría muy bien el sol. El revestimiento de las paredes era de cerámica con alegres colores claros, dando un tono adicional de frescor. Pero a Peru no le dio tiempo de contemplarlo ya que según comenzó a subir las escaleras, se abrió la puerta y la atravesó el secretario quién le preguntó por el chófer. Peru señaló con un dedo por donde se había marchado con el coche, probablemente para aparcarlo en una de las cocheras de la casa. El secretario le ignoró por completo y corrió en pos del conductor.

Peru se quedó en la escalinata mirando con gesto incrédulo a la espalda del secretario, quien poco a poco se iba alejando, cuando sintió nuevos pasos que provenían de la puerta, por donde se asomaron Gómez y Caraqueño. Se quedó en mitad de las escaleras mirándoles con los brazos extendidos en un ángulo de cuarenta y cinco grados con las palmas abiertas hacia ellos.

- Pareces un recogepelotas de Güinblendón – le suelta Gómez
- Y tu un tocapelotas de lo más cabrón
- Dejaros de chorradas y vamos para dentro
- ¿hay alguna novedad? Aparte del mal gusto de éste
- Han dado bien la prueba de vida, y hay que llevar el dinero en cinco minutos al centro del pueblo. Por eso ha ido el secretario corriendo a por el chófer, ya que es de los pocos que aquí estamos que conoce bien todas las calles de la citi.

Entraron en el salón, donde pudo ver al dueño del pueblo, bastante pálido mientras una mujer le abanicaba y el director del banco le servía agua en un vaso. Con una leve voz, Caraqueño le puso al día a Peru, habían llamado hacia unos tres o cuatro minutos, habían dado la prueba de vida y les habían exigido estar en la plaza del pueblo una persona, a la que llamarán a una cabina y le irán dando instrucciones de donde tiene que dejar el dinero. Por supuesto, sólo y sin que nadie le siga. Gómez asintió a todas las explicaciones que le estaban dando a Peru y añadió que se encontraba bastante mal, ya que seguía convencido que era un secuestro falso, logrando que el anciano se cogiera un monumental cabreo cuando insinuó que podía andar su sobrina detrás de esto.

-Parece que la niña tiene acceso a todas las cuentas del viejo, a quién no debe rendir explicaciones de en qué utiliza el dinero. El director del banco, me ha asegurado que la chica tiene una cuenta corriente con cerca de veinte mil euros de saldo, y crédito ilimitado, por lo que he tenido que sumisamente pedir disculpas y ofrecerme a seguir al chófer de lejos, para que no le suceda nada.

Y con una mueca que pretendía ser una sonrisa sarcástica, dejó de hablar, mientras entraba en el salón el secretario, seguido del jadeante chófer. También apareció Erre Erre con unos cuantos teléfonos móviles de última generación y se puso a explicar cual era el programa que había descargado en cada uno de los móviles.

Era algo tan simple como que cada teléfono tenía activada la función GPS y además incorporaba un programa en el que señalaba a todos, en qué lugar se encontraban los demás, sobre un plano de google maps. Tenía cuatro, uno se lo dio al chófer, otro a Gómez, el se quedó con uno y el otro lo dejo en la mesa, ofreciéndoselo a Don Fulgencio, quien sin haber recuperado todavía la palidez, le hizo un gesto con la mano al secretario para que se quedase con aquel artilugio, mientras le pidió que llamase a su hijo.

Erre Erre le explicó a Peru que en el cuartel, tenía preparados discretamente tres coches patrullas, aunque sólo cinco números, para venir al pueblo en cuanto se les mande, y se había tomado la libertad “autorizado por tu juez”, en haber hecho lo mismo con la policía municipal, quienes ya tenían preparados cuatro coches y diez agentes, además de los especiales “La ventaja de ser todos del pueblo. Eso sí, les he pedido que sean lo más discretos posibles, ya que no sabemos a qué nos enfrentamos”.

Mientras tanto el chófer le había cogido por el hombro a su jefe y emocionado les decía que quitara toda preocupación, que él haría lo que le dijeran para que la sobrina volviera sana a casa. El hombre le miró emocionado, y le dio las gracias.

Caraqueño, volvió a tomar el mando y le ordenó al director del banco que le dejase al chófer a unos cien metros de la cabina, mientras que el secretario dejaría a Gómez a una distancia prudencial para que les pudiera seguir. Luego volver los dos, rápidamente. Salieron los cuatro de la habitación y Erre Erre cogió el mando de la enorme televisión de plasma que presidía el salón, y al encenderla, en su amplia pantalla apareció un plano del pueblo con cuatro puntitos muy juntos. Oyeron desde el salón como arrancaban los coches, y como en la pantalla de plasma. los puntitos de Gómez y del Chófer comenzaban a alejarse de los otros dos puntos.


Sólo entonces, contactaron con los cuatro miembros de las operaciones especiales de Torrebertán, que estaban en el cuartel, pidiéndoles que estuvieran preparados por si fuera necesario que actuaran rápidamente.

miércoles, 14 de mayo de 2014

VIII Una tarde cualquiera en Torrebertán

VIII
El suave susurro del motor le hizo cerrar los ojos y recordar como llegó al pueblo un par de meses atrás. El problema, o la ventaja según quien lo mire,  de ir de Getxo a Torrebertán, es que sí o sí, había que atravesar la provincia de Burgos, y es imposible atravesarla sin sentir las ganas de degustar al mediodía unos tiernos lechazos asados, en el caso de nuestro amigo, tragarse unos cuantos cuartos, por lo que un viaje que debía de resolverse en unas pocas horas, tardó algo más de día y medio, ya que para facilitar la digestión, cayeron también unos cuantos vasos de orujo blanco, que si bien facilitaron la asimilación de la comida, impidieron al conductor salir del parking del restaurante, si pensamos con prudencia, porque no es bueno manejar la autocaravana con algo de alcohol en las venas, y si lo vemos desde la perspectiva del detective, porqué tenía sueño, y una cama disponible en su vehículo.

Al despertarse con las primeras sombras de la noche, y ya con el estómago como con ganas de llenarse un poquitín de nuevo, decidió quedarse a cenar de nuevo en el restaurante, ya sólo unas mollejas rebozadas con huevos fritos, pimientos rojos y morcilla, regadas por abundante ribera de roble, una par de copas de licores digestivos y de nuevo a la autocaravana a roncar.
Tampoco es que el juez estuviera muy preocupado por la tardanza de su amigo, así que cuando éste le avisó de que había llegado, le conminó a aparcar en frente de su casa, y que fuera andando hasta el juzgado, donde él le llevaría a comer.

La caminata de diez minutos le pareció a Peru ejercicio suficiente, ya que no había desayunado, por lo que al llegar a la cafetería pidió vino tinto y alguna racioncita para picar, ya que estaba esperando a un amigo para comer. La mujer que atendía la barra, la Asun, al ver el tamaño del espécimen le preguntó, sin duda ya bien informada por el juez, por la identidad de su amigo, y al oír la descripción que hizo del narizotas juzgador, se presentó como amiga suya, “Algo más que amiga” caviló Peru, y le dio un par de torreznos para acompañar el ribera, indicándole que ya había reservado la comida y que no merecía la pena llenarse con un aperitivo. Le miró con ojos tristes y le explicó que no había desayunado “¿Cuidándote, eh?”,”más o menos” mientras le pedía que le sacase entonces una botella de vino “del que suele coger Juanito para comer”. Ella se lo trajo y le comentó que ya podía aconsejar a su amigo para que también se cuidara algo. Dicho eso, se dio media vuelta y contoneándose se alejó hacia la cocina. Algo le hizo sospechar al viejo detective que entre la cocinera y su amigo había algo más que la relación habitual tabernera cliente, pero bueno, que más le daba, pensó mientras escanciaba esencias de tempranillo en su desgastada copa tasquera.

La botella ya había bajado hasta la mitad cuando oyó unos cuantos gritos de ¡Peloto!¡Peloto! y sin darle tiempo a darse la vuelta sufrió una especie de abrazo de yeti, mientras sentía como su amigo resoplaba sobre su frente para quitarse el flequillo de la frente. Tras los abrazos y saludos de rigor, y después de terminar la botella, se sentaron a la mesa donde tomaron unas cazuelas de riñones, y otras de albondiguillas, las especialidades de la casa, para seguir con un pescado parecido a la mojarra, cabrito asado y natillas con galleta maría en el centro. Unas rosquillitas con licores digestivos, cafés y copas de brandy para acabar de redondear la faena.

Al acabar, Caraqueño le dio las llaves de su casa, le explicó cual era su habitación y también le dijo que no le acompañaría ya que tenía que terminar unas sentencias. Así que se echase una buena siesta, y que luego por la tarde le explicaría el temario mientras le enseñaba la zona de chateo (que es como se denomina el poteo en Torrebertán, donde no tenían pincho-pote sino chato-banderilla), antes de ir a cenar a casa. “Algo ligero, tengo judías verdes, que es como aquí llaman a las vainas”.

No le veía al bueno de su amigo yendo a trabajar, así que tras dejarle, entró de nuevo en la tasca para tomar otra copa, mientras le espiaba por la ventana entreabierta del bar. Efectivamente, Caraqueño nunca llegó a entrar en el juzgado sino que esperó hasta que llegó la cocinera, a quien cogió de la cintura y tomaron una dirección contraria a la casa del juez. “Creo que le costará dictar una sentencia consistente tras lo que ha comido, pero yo ya no entiendo el amor”, filosofó el orondo detective tras apurar la copa, pagarla, y dirigirse silbando hasta la casa de su amigo, donde esperaba estrenar la cama para una prodigiosa roncada, ya que los efluvios de la colosal jamada estaban comenzando a abotargar su despierta cabecita.

Tras levantarse después de tres largas horas de siesta, una reconfortante ducha y ropa limpia, un nescafé suave con leche, se sentó en una butaca a la espera de que llegara su amigo. Tardó una media hora más, tiempo que Peru aprovechó para fisgar en su biblioteca y encender la televisión. Tenía en canal + de golf, así que se entretuvo un rato viendo el open de nosedonde. Caraqueño llegó con cara de satisfacción, así que debió de dictar un par de buenas sentencias. Sacó un güait label del armario, dos vasos que rellenó generosamente, y rebuscó entre los papeles de un cajón hasta que encontró un folio que pasó a Peru. Era el programa para el examen de jefe de la policía. “Algo de derecho constitucional, penal y administrativo, para ti no será un problema. Luego también hay un caso práctico, que lo suele poner Don Fulgencio, el rico del, bueno el dueño del 80% de la industria del pueblo”.  Tomó un buen trago de su vaso y se quedó mirando al techo con cara de satisfacción. Luego, tras volver al mundo real, se levantó, salió de la habitación para volver con unos libros de texto, ”Para que repases”, le hizo el gesto universal para que apurase su vaso, y le explicó que le iba a enseñar la ruta de chateo por el pueblo.

El primer día se levantó resacoso, y no pudo estudiar mucho, pero el Juez respetó el tema del estudio, y sólo salieron por la noche para cenar un poco de sopa de puerros y tortilla francesa, que les preparó Asun. Peru aguantó un par de días más así, pero al cuarto, después de comer, y medio a escondidas, se largó a una tasca para meterse unas cuantas copas de brandy, a lo que siguió una siesta, un rápido y preocupado despertar y el hacer que llevaba toda la tarde hincando los codos para que su amigo no sospechara.

Y fue a peor, al día siguiente comenzó con un chateo matutino, que tras tener unos pocos remordimientos, llamó a su amigo que alegremente se unió, para acabar tomando unas cazuelitas, seguidas por platos soperos de natillas y rosquillas con digestivos dulces, lo que propició grandes siestas. Total que los días anteriores al examen, tocaba primero el desayuno en la churrería del pueblo, con un dedal de anís. El clarete frío y transparente del mediodía acompañado por un pincho de tortilla. A las tres y media el almuerzo donde Asun, siesta y se saltaban la merienda, para acabar de chato banderilla por el pueblo, salvo los tres últimos días que acabaron cerrando varios bares del pueblo. En total si sacaba tres horas al día para repasar, se daba por satisfecho. Lo peor fue la noche antes del examen, ya que acabaron en casa celebrando el examen, ya que ninguno era excesivamente optimista de que fueran a darle el puesto.

Una buena ducha y tres vigorosas cepilladas de boca, dejaron más o menos presentable a Peru, aunque el dolor de cabeza propiciado por la abundante mezcla de espirituosos, no le dejaba casi ni pensar. En el aula estaban sus dos contrincantes, suboficiales y con pinta de ser mayores que él. Se saludaron con un leve movimiento de cabeza, y se sentó en uno de los pupitres y esperó a que el concejal de seguridad ciudadana repartiera los exámenes. Eran doscientas preguntas de tipo test, que no le costó mucho. De vez en cuando miraba a sus contrincantes que parecían sudar. Peru también sudaba, pero era motivado por el intento desesperado de su hercúleo corpachón para ir eliminando toxinas. Entregó su examen el primero, y estuvo esperando casi una media hora hasta que los otros dos entregaron los suyos. Les dieron un cuarto de hora para tomar un café, y luego presentarse en la sala de juntas, para la prueba práctica.

Peru lo tomó sólo en una esquina de la barra, mientras los otros dos, lo tomaron juntos. Le acabó haciendo gracia como se miraban de reojo, e incluso estuvo tentado de pagarles el café, pero acabó pasando. Subió hasta la sala de juntas donde vio por primera vez a Don Fulgencio, acompañado de su secretario. Esperaron a que se sentaran todos, cuando Don Fulgencio, con cara y voz de bastante cabreo, planteó el caso práctico “Mi hijo de 22 años lleva dos días sin aparecer por casa. ¿Qué harían para encontrarlo?”.

Ahí Peru se dio cuenta de las pocas posibilidades que tenía para hacerse con el puesto. Los otros dos rápidamente comenzaron a decir todo lo que se supone dice un manual sobre desaparecidos. Averiguar donde se le vio por última vez, interrogar a las personas cercanas, si ha llamado alguien. Le dio rabia que no le dejasen hablar, hasta que decidió hacerse oír por encima de todos y soltar “No es muy complicado. Si es que no ha ido tras las faldas de una mujer, lo mejor es seguir la pista al dinero. ¿Usted conoce en que bancos tiene el dinero su hijo?¿Puede acceder a sus cuentas?”. Siguió un guirigay tras lo que soltó Peru, mientras observaba al viejo hablar con su secretario.

Un mes más tarde el secretario le confesó que nada más salir del ayuntamiento, fueron al banco donde pudieron comprobar que el nene se estaba fundiendo la pasta en una casa de citas, en una de las carreteras nacionales cercanas al pueblo. Lo que tiene la experiencia*, pensó Peru, a quien esa frase por encima de las voces de los demás (Más haber sacado tres veces más puntuación en el test) hizo que el viejo votase por él, y le adjudicara el puesto.

Pensamientos que se disipan al acercarse del nuevo al pueblo, antes de llegar de nuevo a la casona de don Fulgencio

*Ver la PInkerton de Aiboa se va de fiestas (Junio 2013)

jueves, 24 de abril de 2014

VII Una tarde cualquiera en Torrebertán


Notó una vibración en el pecho, y entreabrió los ojos lentamente, hasta que pudo acostumbrase a la claridad, leve por el efecto de los cristales tintados, pero aun así tardó unos segundos en recordar donde se encontraba. Vio como el chófer le observaba por el espejo retrovisor, hasta que el timbrazo de la llamada acabó por despertarle. Miró en la pantalla de su teléfono móvil para ver quién era y se preguntó que querría el cabo de los de operaciones especiales. Le costó algo más el acordarse de que le había pedido que le avisara cuando se hubiera reagrupado en el cuartel toda la sección especial. Muy marcialmente “¡qué pesados!” casi dice en voz alta, le explicó que ya estaban los cuatro disponibles en el cuartel, un quinto no localizado todavía y el sexto estaba de boda en Jaén, le había pillado todavía comiendo y le había parecido más conveniente dejarlo allí. Le costó comenzar a hablar, pero dio muy clara la orden de que llamase al juez Caraqueño y se pusiera a su entera disposición.

Se desperezó lentamente disfrutando de la amplitud de la zona de pasaje del vehículo del rico del pueblo, y tras soltar un profundo suspiró llamó a Gómez para que le informara si había novedades, no sin antes haberse enterado por boca del conductor que estaban a menos de diez minutos de llegar al centro comercial de la entrada a la capital. Así que cogió el móvil y llamó a Gómez para que le informara de si había alguna novedad. No había ninguna, pero le pasó el teléfono al secretario quien si le comentó que ya se había puesto en contacto con el dueño del centro comercial, amigo de Don Fulgencio, y ya le esperaban en la puerta principal el gerente del centro y dos de sus guardas de seguridad para ponerse a disposición de Peru.

Éste le dio las gracias y le pidió que le avisara que en cinco minutos llegaban. La idea era que parasen la proyección para comprobar si la sobrina estaba en la sala, aprovechando la duración de la misma, y mientras buscarían en el parking el vehículo. Vuelta a hablar con Gómez, éste seguía convencido que se trataba de una triquiñuela de alguien que se había enterado de que la chica iba a ir al cine, y había ideado esta historieta para sacarse unos Euros por la patilla.

Peru le colgó cuando entraron en lo que evidentemente era la zona comercial, un amplio aparcamiento con letras y números de identificación de las zonas, y a lo lejos un enorme pabellón, con la fachada central totalmente acristalada. Algo fastuoso le pareció para una capital de provincia de las dimensiones de aquella, pero seguro que era negocio, ya que por ningún lado mostraba señales de decadencia, a pesar de la crisis inmobiliaria que todavía seguía en pleno apogeo.

Aparcó el coche frente a lo que debía ser la puerta principal y un hombrecillo con traje gris que se frotaba nerviosamente las manos, flanqueado por dos guardias de seguridad, se acercó hasta ellos. Perú volvió a preguntar al chófer, más que nada para asegurarse otra vez, sí conocía bien a la chica y salió del coche dirigiéndose hacia el hombrecillo, que al verle, dejó de frotarse las manos, se ajustó las patillas de las gafas y tendió su mano para saludar, presentándose como Germán, el gerente (Gegé el risitas le puso el mote instantáneamente) y que tenía las instrucciones concretas de ponerse a su entera disposición.

Peru se lo agradeció y ya que se había acostumbrado a mandar en el poco tiempo que llevaba al frente de la policía municipal de Torrebertán, le envió a Gegé junto con el chófer a la sala de proyección para que detuvieran la película y echasen un vistazo a los espectadores de la sección; “espero que no se queme el celuloide por parar la película inesperadamente” soltó Peru a los dos seguratas que le miraron con ojos de Lemur, pues hasta ellos sabían que hacía tiempo que las películas de celuloide habían dado paso a los soportes informáticos.

Si Peru se dio cuenta de su desbarrada o no, apenas se le notó, ya que tras enterarse de la existencia de parking subterráneo, dos plantas, mandó a cada uno de ellos a que las recorriesen de cabo a rabo para ver si encontraban el vehículo, al parecerle a él más cómodo enredar por el aparcamiento de superficie. Que todavía no andaba muy despierto quedó probado cuando muy educadamente uno de los guardas le pidió que les diese los datos del vehículo a identificar. Estuvo tentado de ir a tomar un cafelito antes en una de las terrazas que quedaban a su vista, pero no le pareció muy adecuado, así que se dispuso a recorrer todo el aparcamiento.

Mientras la espera hacía que la atmósfera en el salón se fuera tornando más densa y espesa. Caraqueño, al parecer el más acostumbrado a las esperas tediosas comenzó a enredar con la aplicación que habían descargado y comprobar donde estaba cada uno, salvo Peru, el resto estaban juntitos. Acababa de hablar con el cabo de la unidad especial, al que no había pedido que se incorporasen al círculo de amistad, para poder controlar la ubicación de todos en cada momento, así que le llamó, pero tras trabarse en las explicaciones, le pasó el teléfono a Gómez, quién al fina explicó correctamente como había que unirse, pero como todo no puede salir siempre bien, de la unidad especial, sólo el teléfono del cabo estaba preparado para poder descargar la aplicación. “¡En fin! Menos da una piedra” pensó para sus adentros el cada vez más soñoliento juez, que pensaba lo mismo que su amigo Gómez.

A Peru le dio tiempo para revisar el parking de la superficie un par de veces, en una búsqueda infructuosa, lo mismo que les pasó a los dos seguratas, que desde lejos ladearon la cabeza en señal inequívoca de no haber encontrado nada. Por eso, cuando aparecieron el gerente y el chófer con las mismas noticias, no estaba en la sala, marcó de nuevo para llamar a Gómez.

Por la pausa, al responderle, pensó que ya se estaba haciendo el interesante aunque su teoría no fuera por el momento cierta, pero en un susurro le informó que el secretario estaba atendiendo la llamada del secuestrador. Al de unos pocos segundos, y ya con voz más alta pero con un claro fondo de desánimo le soltó que la prueba de vida era positiva “Cómo una alcoholemia” pensó Peru en plan Bruno el oportuno. Luego la voz de Caraqueño pidiéndole que vuelva cuanto antes le sacó de su chorra meditación.

Dio las gracias al gerente y a sus acompañantes y le dijo al chófer que tenían que volver. Ya dentro le confirmó lo que le habían contado, y aunque contrariado, se acurrucó en una de las esquinas cerrando de nuevo los ojos, ahora ya para intentar echar una cabezada a propósito, ya que podía ser una tarde y noche muy larga, y nunca sabía uno cuando podría volver a dormir, habilidad adquirida tras malgastar unas cuantas miles de horas en coñazos de vigilancia.