CAPÍTULO
TRES
Y así fue. Desde mi casa hasta Amesti hay
como unos veinte minutos andando y fue el tiempo que duró la explicación que me
dio sobre el origen del nombre de la uruguaya. Resumiendo, no es más que a la
novia de Iturray la pusieron de mote “ la argentina” los de la cuadrilla de
Santutxu, porque era de Palencia. Claro, y como ésta era la hermana pequeña
decidieron llamarle la Uruguaya. Extender esta explicación de los treinta
segundos que puede durar hasta veinte minutos sin aburrir al oyente, es un
arte, arte del que el amigo Ajota carece, así que me metió una brasa, “que pa
que”, y todo para preguntarme si necesitaba una ayudante, ya que la niña era
bastante espabilada y me podría venir muy bien para mi nuevo negocio. Uno, que
ya está bandeado en estas vicisitudes, le contesté con vaguedades y le pedí que
me mandara un SMS con el teléfono de la susodicha “¿pero no tienes guasap,
tío?, mira que eres antiguo, si hasta el chepas lo tiene. ¡Jodé! lo tenemos
toda la cuadrilla y cuando vamos de potes, siempre lo usamos para decir donde
estamos, y para quedar”. “¡No! ¡No tengo guasap! ¡Así que si quieres que hable
con la hermana de tu novia, ponme un puto SMS!” “es que el guasap es
gratis…””¡Adiós!”, y le colgué. Manda eggs que estos usen algo para quedar en
el poteo, si llevan quince años haciendo la misma ronda, sólo cambiando de ruta
las primeras semanas del año en la comunitaria protesta por la subida de
precios del pote, hasta que un día se les olvida la razón de la protesta y
vuelven a la rutina.
Ya un poco encendido llegué hasta el
Barbarella donde al fondo me estaba esperando Gómez junto a otro tipo. Hechas
las presentaciones de rigor y la ronda de cañas comenzaron a plantearme los
motivos por los que querían hablar conmigo. No fue muy largo y aquel hombre fue
directo al grano. Quedamos para el Lunes por la mañana para recoger más
información en su casa. Cuando el hombre se fue, amigo de Gómez, le miré y con
un gesto con la cabeza le animé a ir al bar siguiente, pero me dijo que no.
Resulta que se ha puesto en la piñada unos brackets transparentes que se los
tiene que quitar para comer, y que como sólo lo hace en casa, tiene el estómago
vacío y el tomarse una caña más le iba a sentar mal, y patatín y pata cual. Me
sonó a excusas vacuas motivadas por alguna reciente reprimenda conyugal, así
que no insistí.
Así que me despedí efusivamente y dirigí mi
perezoso culo hasta el taburete de la barra del bar más próximo donde pedí una
espumeante pinta. Tras un primer largo trago me puse a pensar sobre el trabajo
que me habían ofrecido y que había aceptado. Resulta que el amigo de Gómez está
muy preocupado porque su hijo de 21 años, el Borjita, como le llamaban ambos
dos, lleva sin aparecer más de una semana por su casa sin haber dado señales de
vida. Como Gómez explicó, ellos poco pueden hacer ya que el nene es mayor de
edad y todos los indicios apuntan a una marcha voluntaria, se ha llevado ropa y
una bolsa, no hay ninguna sospecha ni evidencia de violencia o de delito, y la
ertzaina poco más puede hacer. Por eso Gómez pensó en mí, y he de
agradecérselo, pero también me he tirado bastante a la piscina, mientras hago
un gesto al camareta para que me llene la pinta, afirmando que tengo
colaboradores (Acabo de quedar mañana a la tarde con la uruguaya y espero que
no note que la necesito) y que la informática no tiene ningún secreto (que
conozca, me faltó decir) para mí. Tengo que pensar además en que honorarios le
voy a pasar, y por eso me levanto y me las piro para casa, ya que si me meto
otra birra voy a empezar a fantasear sobre la pasta que puedo sacar y no iba a
llegar a ninguna conclusión realista.
Mientras voy bajando hasta casa y tras
consultar mi reloj, noto algo de rabia ya que de haber sabido que Gómez no se
iba a quedar, hubiera podido preparar unas hamburguesas para mis princesas. No
es por jactarme, pero las hamburguesas me salen muy bien. La carne es
importante, y lo más conveniente es que tu carnicero te pique la carne, pero
como ya no hay tanto tiempo, puedes cogerla de la vitrina de cárnicos de
cualquier supermercado. Y tampoco es mala, poner mitad de porcino y mitad de
vacuno. Lo que si recomiendo es huir de la carne picada que te ofrecen en las
estanterías como “carne para burguer”. Bueno, pues metes la carne en un bol, le
echas la clara de un huevo (para medio kilo un poco largo), le metes un par de
pellizcos gordos de pan rallado y comienzas con la mezcla. Pero, muy importante
es mojarse las manos antes de comenzar a dar forma a la hamburguesa. No se que
hace, pero le acaba dando un toque especial. También es fundamental cuando la
carne se está friendo en el aceite, no apretarla para que conserve todos sus
jugos dentro, y apretarla al final cuando repose sobre el pan, por un lado una
fina rodaja de tomate, y por el otro el tranchete de rigor. Así que pensando en
mis chorradas, llegué a casa, donde sólo me quedaban un par de alitas que
terminé en un suspiro mientras que las princeadictas contemplaban una serie.
Para no acabar yo también desesperado, me fui a la cama ya que el Sábado por la
mañana es mi día, día que empecé a intuir no iba a ser de los mejores cuando me
recordaron que teníamos clase de golf. Ni le di media vuelta, me incrusté bajo
las sábanas fantaseando sobre el nuevo premio del gordo de la primitiva hasta
que quedé profundamente.
El Sábado iba transcurriendo razonablemente,
me trajeron el desayuno a la cama con el periódico, subimos a clase de golf sin
Amapolo, di razonablemente bien una docena de bolas, aprendí a patear sin sacar
las bolas fuera del green, llegamos a casa sin grandes discusiones, tomé una
reconfortante ducha, y ahí se acabó todo. Cuando salía por el pasillo, recién puestita
la muda suave y limpia con mi uniforme de fin de semana, vi a las tres sentadas
alrededor de la mesa del comedor. Por mi mente sólo pasó una palabra “Akelarre”,
y no llegó ni a un segundo el gesto de la princejefa que confirmó mis negras
sensaciones. Con la palma de la mano hacia arriba y moviendo rítmicamente los
cuatro dedos de la mano, símbolo universal de “ven, calzonetti”, tuve que
acercarme hasta ellas, sentarme sumisamente y esperar lo que tuvieran que
decirme.
- Para mejorar las comunicaciones entre la
familia, para que te vayas modernizando un poco, te hemos cambiado tu obsoleto
teléfono por uno nuevo - Me suelta sin
anestesia mientras deposita encima un rectángulo negro con una pantallita que
apenas me llena la palma de la mano
- Y te hemos descargado el guasap que ya verás
que guay es
- Ya, que a Floren le parecías muy antiguo
con tu armatoste jurásico
- ¿Mí móvil? - Acerté a balbucear
- Lo hemos tirado
No seguí escuchando. Giré el teléfono para
verle el reverso oscuro y no vi por ningún lado la pera mordida ¡Encima no es
un putofón! ¡es una mariconada de teléfono de imitación!
- ¿Pero qué piporrada me has traído?
Una mirada salvaje me atravesó entero
- Tú encima, quéjate
- ¿Para que te has gastado tela en esto?
- Ha sido gratis por los puntos de las nenas
- ¡Pues que se lo queden ellas y consígueme
otro que sólo sea de marcar!
- ¡Cállate ya!¡Ese es tu móvil a partir de
ahora!
Y aquí podía haber acabado todo, sino fuera
porque cuando me di la vuelta con gesto derrotado sonó como un disparo el
chasquido seco de un látigo. No entendía nada, pero allí estaban sentadas las
dos canajas muertas de risa, mientras su madre las miraba con gesto cómplice y
divertido. Entonces Cuelgatú levantó su teléfono por encima de la cabeza y con
un gesto rápido simuló el manejo de un látigo. Otro chasquido rasgó el silencio
de la habitación, y ya no pudieron más las tres y estallaron en sonoras carcajadas.
Luego me enteré que aquella era una aplicación
que le había bajado Amapolo, pero si alguna vez me he sentido hundido y
humillado, fue aquella, Salí de casa sin energía para dar un portazo y dirigí
mis pasos por el bidegorri que lleva hasta Sopelana. Estuve arrastrando los
pies durante algo más de una hora con la mente en gris, sin poder pensar en
nada, hasta que divisé el bunker que corona la división entre las playas de
Aizkorri y la salvaje. Llegué hasta allí y temerariamente me asomé al
acantilado. 110 metros de caída libre hasta las rocas y todo habría acabado. Los
lagrimales me apretaban y dolían pero ni una sola lágrima salió de ellos. Estaba
ahí, al borde del precipicio cuando me di cuenta que a ver si a lo chorra se me
iba la olla y me caía. Estaba dando un paso para atrás cuando sonó el timbre de
un teléfono. A la tercera timbrada se me ocurrió que quizás fuera el mío, así
que lo saqué del bolsillo. ¡Era el mío!. En la pantalla aparecían dos
auriculares de teléfono, uno rojo y uno verde. Llegué rápidamente a comprender
que el auricular verde era el de contestar, así que lo apreté, pero sin éxito,
el teléfono solo dejó de sonar cuando colgaron desde el otro lado. No entendía
nada, toqué el símbolo verde apretando tanto, que un poco más y atravieso el
pipofon. Menos mal que tras hurgar un rato en él, logré encontrar como se hacía
la rellamada, pero esa la tenía que pagar yo. Menos mal que mi compañía es
Brujafón y las cuentas las paga la otra.
Más sorpresivo fue lo que me encontré al otro
lado de la línea. ¡Era mi vieja amiga Yeni! Atropelladamente y llena de
entusiasmo, vino a darme las gracias ya que se había puesto en contacto con
ellas una compañía de seguros y les habían ofrecido un perrito que iba a hacer
compañía a la señora y a truska. Que la señora, en agradecimiento, le iba a
poner al perrillo el nombre de Peru, y que además me había recomendado a todas
sus amigas. Me intrigó lo del seguro, pero la Yeni me explicó que como yo había
averiguado, era que el señor sólo quería cazar ratas (o perros canijos, pensé)
y por error se lo almorzó el Trusky, por lo que se hizo cargo su compañía de
seguros. ¡En fin! Al pérfido jotauve le había salido a cuenta apiolar al
perrete. Le manifesté mi más efusivo agradecimiento, le sugerí que no era buena
idea poner un nombre cristiano a un animalillo y le recomendé que le pusieran
Trusk Dos, que en mayúscula podía escribirse TRUSKII. Así que me despedí y puse
aquel rectángulo negro frente a mi cara. Apagarlo fue más fácil. Bastó con
pulsar un cuadradito rojo que contenía en blanco el símbolo de un teléfono- ¿Qué
orgulloso estoy de mí! ¡Ya se rellamar y colgar! Pero como no aprenda a coger
las llamadas, voy a recibir un toque de atención del director de Brujabank.
Pues nada, así que seguí por el paseo de
Punta Galea, ya con la mente sólo en blanco, sin prisa, sin rumbo, hasta que me
acordé que había quedado con la uruguaya en la Terraza, en Ereaga. El
pensamiento de sus deliciosas croquetas de chorizo hizo revivir de nuevo el
gusto por la vida, y me animó, a tomar la ruta por Usategui. Como no nos conocíamos,
me dijo que iría con un portátil para explicarme sus habilidades con la informática
y también que llevaría unas gafas clásicas de pasta negra, me esperaría en la
barra. Calculadamente aparecí por la puerta de la Terraza unos diez minutos
tarde y allí estaba de espaldas a la puerta ella. Era la única con un ordenador
en la barra. Tenía un tipo bastante decente y era de una estatura normal, uno
setenta y cinco más o menos y el pelo, no muy largo, rubio. Pero cuando se giró
y le pude ver la cara casi me caigo de culo. ¡Era un ángel! El azul de sus ojos
era, no tengo palabras para describirlo ¡incluso hasta las gafas de pasta negra
gruesa resaltaban su color! Le quedaba un delicioso aura de ingenuidad.
Me presenté y noté como se turbó su mirada. Como
en ese momento estaba con la autoestima alta sospeché que era mi impecable
presencia y arrogante belleza la que le causaba esa leve turbación y
nerviosismo, no se me ocurrió que para ella era una entrevista de trabajo y que
la afrontaba con los nervios propios de esa situación. Nos sentamos en una de
las mesas del exterior, procurando coger la más apartada del resto de
parroquianos, donde la dejé hablar.
Tras dejarla hablar durante más de media
hora, descubrí que además de estar más buena que el pan, era una pequeña hacker
lo cual me iba a venir de perlas para mi nuevo encargo. En algún momento se me
fue la olla y dejé de escucharla al pensar de donde habrá sacado el atontado de
Iturray una cuñada tan maciza, aunque enseguida caí en la cuenta que le doblaba
la edad, añadiendo que parecía mucho más joven de lo que era, lo que disipó
cualquier otra idea a parte de lo laboral. Le expliqué cual era la situación
real de Hurtado Investigaciones, en estos momentos optimistas, pero que estábamos
empezando, y que lo más que le podría ofrecer es un porcentaje sobre los
ingresos de los casos que lleváramos, que si seguía como hasta ahora, en un mes
podríamos alquilar una oficina, pero que por el momento nuestro despacho estaría
en un banco de cualquier parque un día soleado y en los soportales de cualquier
iglesia de pueblo en los días lluviosos. Creo que ante la perspectiva de
comenzar el lunes con un caso de desaparición, y probablemente de que no tenía
nada mejor que hacer, aceptó comenzar, pero a prueba, me dijo ella.
Ya era media tarde, así que decidí volver a
casa. Estaba sólo así que comencé a repasar los casos pendientes. Sobre la
desaparición de Canelo, rehice la lista de clínicas veterinarias de Getxo y sus
pueblos cinturón, identificando cual sería la primera que visitaría, de cerca a
más lejos de donde fue visto por última vez el perrito multirrazas. También me
hice una lista con las perreras municipales de Bizkaia, segundo paso a dar,
tras los que poco más se me ocurrían, salvo preguntar a los de la recogida de
basura de la zona si habían cogido el cuerpo de un perrillo el día de la
desaparición. Si no diera resultado, sólo nos cabría distribuir carteles por la
zona que frecuentase la familia de Gervasio.
Entraron en ese momento la pricemami y la
princepeque, y logré que la pequeña me explicara como se cogía una llamada. Le
pedí que me pusiera un tono para las llamadas y me pilló el pipofón, la oí
conversar con su madre, reírse a las dos, y al de un ratito vino y me dijo “te
he elegido una melodía acorde con tu nuevo trabajo”. Pensé que podía tratarse
del tono de la pantera rosa, por lo del inspector cluso, pero seguí a mis
cosas. El Lunes, haciendo un inciso entre las clínicas, me podía pasar por el
juzgado para saber si Ramiro había comenzado a recopilar papeles, teniendo que
estar a la espera de que los soldadores del chatarrero comenzaran con sus
trabajos. Y por la tarde ir a casa del amigo de Gómez a charlar con los padres
y revisar el cuarto del chaval. Ahí me tendría que acompañar la Uru. Ahora que
caigo, no le pregunté su nombre, pero creo que me va a dar igual, estuve
viviendo cuatro años con un tipo que llamábamos Puñete y nunca me acordé de su
nombre.
Estaba ya tan tranquilo cerrando mi agenda
(de anillas, no electrónica) cuando sonó esta melodía http://www.youtube.com/watch?v=He82NBjJqf8
en mi teléfono. Al principio desconcertado por esa burda imitación de ladridos,
luego el reggae siempre me ha molado y princepeque lo sabe, desclogué y era
Iturray para preguntarme que tal con su cuñada. Mientras hablábamos vi de reojo
a la madre y a la hija que se estaban aguantando la risa, y comprendí la elección
de mi nuevo tono musical. Pero decidí que era mejor no cabrearme, meterme en la
cama a leer un libro y esperar a que llegara un plácido Domingo.