II
Unos
meses antes, recién llegado a Torrebertán, Juan se encontraba buscando un sitio
para aparcar. Tras un arduo aprendizaje ya sabía como funcionaba el gps de su
teléfono y como podía hacer que apareciera un mapa en la pantalla. Le estaba
indicando que se encontraba muy cerca de la plaza mayor, pero era incapaz de
encontrar un sitio donde dejar el coche. Al final desistió y se alejó cerca de
un kilómetro hasta que en una zona que parecía residencial, encontró un parking
público donde dejó su coche. Sacó sólo un maletín con ruedines donde llevaba su
ordenador portátil y algunos libros indispensables, según él, para ejercer la
labor judicial, acompañados por una botella de güait label a medio terminar sin
tapón irrellenable. Iba vestido con zapatos negros, pantalón y jersey del mismo
color, siendo la única nota de color su camisa azul clara. Dudó si ponerse el
abrigo, ya que aunque hacía frío, sabía que una ligera caminata le haría sudar.
Al final como medida de precaución optó por llevarlo en el brazo, algo de lo
que se alegró al de un par de minutos cuando empezó a notar el fresquito del
ambiente ya que todavía no había terminado el invierno.
Tardó
cerca de un cuarto de hora en llegar a la plaza mayor. Se plantó en el centro y
miró alrededor, encontrando la puerta de los juzgados. Pero antes de entrar y
presentarse pensó que sería mejor hacerlo con la tripa llena, así que entró en
el café principal y preguntó que cazuelitas eran las más recomendables para un
día como este.
Salió
resoplando al de tres cuartos de hora. ¡Menos mal que pidió sólo dos medias
raciones! Acabó rogando por la botella de clarete en la barra para no estar
dando la matraca a la mujer que atendía la barra. Las albóndigas eran potentes,
pero nada comparables con la media cazuelita de riñones. Se le pasó por la
cabeza el pedir que tiraran un huevo frito en las vísceras, pero al final pensó
en que en realidad venía a tomar posesión de su nuevo destino y decidió dejarlo
para otra ocasión ¡qué salsas! Ya cuando iba a pedir pan por tercera vez, pensó
en cortarse un poco y no insistió cuando el olvido de la camarera fue evidente.
¡ Y encima el precio!. Iba mirando distraídamente una imaginaria línea recta
hacia donde pensaba que vio por primera vez el juzgado, y cuando levantó de
nuevo la vista para asegurarse que iba en la dirección correcta, descubrió que
en la puerta estaba fumando un hombrecillo con el mismo gusto por la ropa que
él, zapatos negros, pantalón negro, una chaqueta negra y un jersey negro de
pico en el que se intuía una corbata, que si bien no era también de luto, era
lo suficientemente oscura como para no dar ninguna alegría a la indumentaria de
ese individuo.
Estaba
terminando su cigarro en el primer peldaño de la escalera retirando la ceniza
de la punta con su dedo meñique, amarillento ya por la nicotina cuando dio su
última chupada, tiró el cigarro al suelo, metió las manos en los bolsillos,
pisó metódicamente la colilla y sonriendo esperó a que Caraqueño se acercara
hacia la puerta. Su pelo y su bigote canoso contrastaban con su ropa y
alegremente tendió su mano hacia la de Juan. Emulando al periodista que
encontró a Livistong se despachó con un “Juan, supongo ¿no?” mientras
cortésmente le tendía la mano. A éste no le sorprendió mucho que aquel
hombrecillo, Javier, al que le iba a sustituir, lo hubiera reconocido. Tenía un
vago recuerdo de él de alguna reunión multitudinaria montada por el ministerio
de justicia, aunque de contrario es evidente que su altura algo superior a la
media y su amplia nariz aguileña junto con la fama de carácter explosivo, eran
bastante difíciles de olvidar.
Amablemente
le guió hasta el despacho que compartirían durante un par de semanas,
indicándole donde podía ir dejando sus cosas. Le comentó que ahora lo normal
sería bajar donde la Asun a tomar la primera, pero como le había visto salir de
ahí, entendía que por el momento podían dejar el aperitivo, hasta que le
bajasen un poco las cazuelitas. Se ofreció a invitarle a comer a uno de los
restaurantes de Torrebertán mientras le daba un recorrido por todo el juzgado.
Básicamente
se trataba de una planta con oficinas, dos salas de vistas y un calabozo en el
sótano. Había un juzgado de primera instancia, que según le explicó Javier solían turnarse en Agosto por si
entraba algo urgente, aunque el que salía perdiendo era el de civil, ya que lo
que tenía algo movimiento en verano era el juzgado de instrucción, “pero no te
preocupes, que aunque tengas el civil algo oxidado, el único trámite suele ser
el de dar entrada y eso te lo explican en dos patadas”. Con gran misterio le
llevó hasta la última puerta del pasillo. Secretaría del Juzgado de Instrucción
rezaba una tabla pegada junto a la jamba de la puerta. Se quedaron unos
instantes mientras Javier le explicaba en voz baja que la secretaria se llamaba
Úrsula y era quien realmente mandaba y organizaba todo el cotarro. Era una
señora de unos 50 años, que siempre lleva mangas, la camisa abrochada hasta el
cuello y faldas siempre por debajo de la rodilla, Era hermana de Asun, la
cocinera de la cafetería de la que acababa de salir, y conocida en todo el pueblo como la ursulina,
mote que le sentaba como un guante de seda. “Eso si, ni se te ocurra llamarla
así, porqué aunque es muy recatada, si oye lo de ursulina, se monta la de San
Quintín” mientras arqueaba las cejas con una sonrisa en los ojos, y la boca
mantenía un rictus serio.
Llamó
a la puerta con dos golpes suaves y sin esperar a la contestación entró en el
despacho. El despacho era tan austero como su dueña, una mesa con dos sillas,
el clásico ordenador con pantalla todavía antigua, retrato del rey en la pared,
detrás de la secretaria, tres o cuatro carpetas sobre la única estantería y una
mujer, de mediana edad, con gafas de pasta sin ninguna gracia puestas, con pelo
corto y recogido, impoluta camisa y cuando se levantó, Caraqueño pudo comprobar
que la falda gris le tapaba algo más que las rodillas. Muy ceremoniosa le dio
la mano, Juan ni se atrevió a insinuar los dos cada vez más normales besos que
se plantan en la mejilla cuando presentan a alguien del otro sexo, y lo único
que logró oírle fue un “bienvenido señoría”. Mientras Javier le explicaba al
recién llegado las funciones y virtudes de su secretaria, Úrsula asentía seria
y gravemente a los comentarios del juez saliente, y sólo un ligero rubor pareció
colorear sus blancos pómulos cuando glosó sus virtudes como trabajadora
rematándolo con un “Juan, si quieres que todo vaya en un orden correcto, tienes
que ir de la mano con la eficiencia personalizada, que en esta casa se llama
Úrsula”.
Tras
pasar por otros habitáculos, le presentó a los oficiales del juzgado de los que
tuvo buenas palabras, aunque también le comentó que al ser este juzgado una
plaza intermedia, la mayor parte está aquí hasta que logran el traslado a una
capital de provincia, normalmente la suya, la de su mujer, pensó malévolamente
Caraqueño, por lo que hay cierta rotación, pero también es verdad que como
vienen a por méritos, son bastante trabajadores. “Además hay que tener en
cuenta que es Úrsula la que está encima de ellos” y le guiñó un ojo, “funcionan
bien, pero eso sí, a los oficiales los compartes con el civilón, que hoy no
está, pero ya te lo presentare mañana”.
Ya
en el despacho le puso al día sobre el trabajo rutinario del juzgado, como la
mayor parte de lo que se juzgaba eran faltas, teniendo por mese dos o tres
delitos que no estén relacionados con el tráfico o peleas de fin de semana. De
policía judicial, suele estar la Guardia Civil, quienes suelen mandar a Erre
Erre, o el sargento Rodriguez Galvá, de madre catalana, puntualizó, con quien
no es difícil tratar. Lo de erre erre viene porqué tiene un nombre raro, que
debe ser catalán y en el pueblo les era muy complicado pronunciar, así que en
vez de atizarle con el usual Pepe, se quedó con la primera letra de su nombre y
de su apellido. También le explicó que a veces la policía judicial podía ser la
municipal, ya que tienen más de treinta hombres y una buena formación. Le
explicó que el actual jefe, Pantaleón, también se jubilaba en breve y se iba a
realizar un concurso restringido para la última plaza “y uno de los candidatos
lo propone el juez de instrucción”, pero le indicó que “serás tú el que lo
proponga”.
También
le explico que le iba a pasar todos los asuntos pendientes, menos el más liado,
ya que podrían pasar tres semanas y sólo haberte contado la mitad. “No es muy
serio, como mucho puede acabar con dos años de prisión, pero es una reyerta
familiar en la que ha intervenido tanta gente, que es casi mejor que lo termine
yo, aunque la vista oral se haya aplazado hasta dentro de cuatro semanas, fecha
en la que yo ya tengo la blanca. Lo he hablado con los jefes y están de acuerdo
en que lo termine, aunque ya no cobre el sueldo entero”.
Salieron
de los juzgados y Javier le acompañó a Juan hasta el coche para llevarle hasta
la casa donde vivía él, y que dentro de tres semanas ocuparía Juan. Le dijo que
era muy grande para él solo, y le habían preparado un cuarto. La casa va a
cuenta del Ayuntamiento, pero le explicó que era libre de buscarse otra si
quería. A Juan no le molestó el tener que compartir casa durante unos días. De
camino al restaurante le fue parando en las tres tascas que había entre la
casa, la primera planta de un adosado, y el juzgado. “La casa no es que valga
mucho, pero en diez minutos andando pasas a un entorno muy tranquilo”. Hizo las
presentaciones de rigor en los bares, y aprovecharon para tomar “unos chatos de
roble de Ribera”.
En
el restaurante hicieron los honores a unas morcillas a la brasa y mollejas,
lechazo con ensalada verde, milhojas con dos bolas de mantecado, un irlandés
bien hecho, marcando las tres franjas de nata, café y güisqui, y todo ello
regado con un par de botellas de un crianza no de mucho nombre pero sí de gran
categoría. Ya el comedor cerrado, apurando los últimos chupitos de malta y
encendiendo los habanos, Javier puso los dos codos sobre la mesa, apoyó la
cabeza y le preguntó a Caraqueño, “¿Me contarás ahora porqué pediste el
traslado o tendré que hacer caso a los rumores que corren por ahí?”
Juan
había echado su silla para atrás, dejando a las piernas con más libertad al
sacarlas de debajo de la mesa, dio una profunda calada a su puro y comenzó su
relato:
“Era
una tarde de este pasado invierno, Viernes para más señas, cuando estaba en mi
despacho dándole un poco más de la cuenta al escocés. Esa mañana había recibido
la noticia que habían tirado para atrás una instrucción mía en la audiencia,
por lo que al hijo de puta del reo, no iban a meterle todavía en la cárcel.
Estaba jodido, pues sabía muy bien que ese tío pegaba a su madre, a su hermana,
a su mujer y a su hija. El clásico valiente. Y por una mísera diligencia, había
que retrasar la vista. Como estaba en libertad bajo fianza tenía que verle
todos los días en Ereaga y soportar su desafiante mirada, sabiendo que no podía
tocarle un pelo. Se iba haciendo tarde y como el güisqui tiene un efecto
extraño en mí, siempre siento que sigo en plenas facultades aunque me haya
pimplado media botella, seguía soplando, dándome cada vez más pena de mí mismo.
Ya se estaba haciendo muy tarde, por lo que salí al pasillo para corroborar que
me había quedado sólo, pero vi un despacho que todavía tenía luz, el de la
rosarios, una magistrada tirando a beata con la que no tenía mucha sintonía.
Bueno, eso siendo fino. Simplemente nos odiábamos. “
Se
calló un instante mientras aspiraba un par de poderosas caladas de su habano, y
exhalando el humo con cara de satisfacción, continuó con su relato.
Hacía
unos días que había visto en la televisión la peli de “un pez llamado Wanda”
recordando con regocijo la escena de John Cleese con los calzoncillos en la
cabeza mientras bailaba delante de la familia propietaria de la casa. Y el
alcohol, como gran quita vergüenzas que es, hizo el resto. Eso sí, siempre
pensé que estaría sola en su despacho, por lo que al final, en caso de follón,
iba a ser su palabra contra la mía. Así que me puse en pelotas, y con mi bóxer
en la mano me planté en la puerta de su despacho. Me puse el bóxer en la cabeza
a modo de pasamontañas, sacando la mi colosal napia por la bragueta para poder
respirar con más comodidad y entré decidido, haciendo lo posible por bailar una
danza del vientre. Los primeros segundos de total silencio, no hicieron otra
cosa que aumentar mi regocijo, pero cuando oí más de una voz, comencé a
preocuparme, y metí los dedos por la bragueta para liberar algo los ojos y así
poder ver algo. Vi a la rosarios con más gente, así que se me quitó el pedo de
inmediato y salí corriendo de su despacho como alma que lleva el diablo”
Javier
se estaba retorciendo en su silla de
risa, mientras Juan, con mucha dignidad se acabó de servir el malta que quedaba
en la botella, de un trago se lo metió al coleto, otra poderosa calada de su ya
casi terminado habano, y tras exhalar el humo con cierta resignación, continuó
con su historia.
“Me
vestí a todo correr y salí cual alma en pena de los juzgados, para refugiarme
en mi casa, Desconecté todos los teléfonos y pasé el fin de semana en una
neblina alcohólica por el acojono que me estaba entrando. El Lunes, ya en el
despacho sólo tuve que esperar media hora. Se presentó en mi despacho con una
hoja en la mano y me dijo que firmara mi solicitud para el traslado a otro
juzgado. Me acuerdo que sus ojos echaban chispas, pero de verdadera
satisfacción, ya que por fin se había librado de mí. Ni pregunté, ni me
resistí, firmé el traslado hace dos semanas, y aquí estoy”
Todo
esto le vino a la cabeza porqué mientras iban acercándose hasta la casa de D.
Fulgencio, Gómez le preguntó sobre la verdadera razón que hubo para su
traslado, ya que todos los rumores de la comisaría apuntaban a que hubo algún
intento de flirteo entre él y la Rosarios.
- Un
día con calma te lo cuento.