viernes, 28 de marzo de 2014

V Una tarde cualquiera en Torrebertán

V

Cuando suena el teléfono, Peru despierta de su ensoñación, y como habían quedado, Alfonso coge el teléfono y contesta con un escueto “¿quién es?”. Se queda escuchando unos segundos que para todos son más que minutos, mientras, el rostro de Don Fulgencio, se torna más palido y perlillas de sudor frío empiezan a poblar la frente despejada del jefe de la policía municipal. El secretario cuelga el teléfono, y haciendo una pausa melodramática dice que era el director del banco, y que en un cuarto de hora estaba con ellos, para darles seis mil euros en billetes de veinte euros.

Un inicial alivio da paso a una situación de incertidumbre que dura lo que tarda en sonar de nuevo el teléfono

-       ¿Dígame?
-       -¿Fulgencio?
-       Soy su secretario
-       Quiero hablar con Fulgencio Jiménez
-       ¿quién eres?
-       Bien lo sabes. ¿se puede poner?
-       No está en condiciones. Conmigo pueden hablar
-       ¿Quién eres?
-       Soy su secretario. Tengo plenos poderes para negociar en su nombre
-       ¿Tienes la pasta?
-     No es tan fácil conseguir el dinero en tan poco tiempo. Como mucho y tirando de cajeros podemos llegar a los tres mil
-       ¿te crees que soy bobo?
-       Le digo lo que hay
-       Por lo menos quiero cinco mil
-       No llegamos, juntando lo suelto que tenemos, podemos estar cerca de añadir quinientos más.
-       Puedo aceptar cuatro mil
-       Pero me tienes que dar una prueba de vida
-       ¿….?
-       Tienes que decirme como se llamaba el cachorro que le regaló su tío cuando era pequeña.
-       En media hora llamo. Ten preparados los cuatro mil- y colgó

Se hizo un silencio en la estancia, que aunque no duró más allá de unos segundos, hasta que se oyó al fondo un timbre. “El portero automático” masculló entre dientes el secretario y salió de la habitación. Le oyeron hablar, luego unos pasos, la apertura de la puerta y apareció Alfonso acompañadop de un hombre calvo, cejijunto y con gafas negras de pasta, como las de un agente de la cia de una película americana de los setenta, jadeante que se quitaba su chaqueta de pata de gallo dejando a la vista una camisa blanca de algodón totalmente manchada de sudor. “He venido corriendo” dijo, mientras era presentado como el director de sucursal de uno de los bancos más grandes del país, soltando un sobre sobre la mesa, con tan poca habilidad que un montón de billetes azules se desparramaron sobre la mesa. Exactamente trescientos sin numeración correlativa.

Se hizo un silencio, hasta que Caraqueño como máxima autoridad, acaparó todas las miradas. Debía estar pensando en alguna sinsorgada porque estaba sonriente y como mirando a las musarañas, hasta que cayó en la cuenta que todos le estaban mirando, y que para variar, mandaba él.  En un tic automático se sopló el flequillo, hizo como si reflexionara y tomó el mando. Lo primero que hizo fue preguntar al chófer si conocía el coche de la sobrina, Tras tomar los datos del mismo, un escarabajo rojo de matrícula 2015 GKS, le preguntó si conocía el cine donde tenía que haber ido la chica, En ese momento llamaron a la puerta. Era Úrsula que apareció en escena con un ordenador, un fax portátil y papel timbrado del juzgado.

Caraqueño explicó que con el papel y el fax, podían empezar en caso de que fuera necesario a dar instrucciones y órdenes a las distintas fuerzas de seguridad, incluso podían comenzar con las denuncias. Tras una breve pausa, empezó a dar órdenes. A Peru le mandó ir con Tomás al centro comercial de las afueras de la capital para comprobar si había llegado al cine o no. Don Fulgencio dijo que conocía al dueño de los cines y que le llamaría para que se pusiera a disposición de los dos. Pidió a Peru que llamase a los UPS y que fueran a la comisaria a esperar instrucciones.

-       ¿Los Ups?- preguntó Gómez
-       Sí, la Unidad de Policía Especial
-       Sería la UPE
-       Pues no – le explicó Peru – Se lo debemos al anterior jefe de la municipal, que cuando les veía correr en formación, llevando el ritmo al grito que daba el cabo de ¡Up!, siendo repetido tres veces por el resto, le dio la idea de llamarles los ups, y como era algo cachondo, ese fue el nombre que le puso a la unidad, colándosela al anterior alcalde, en un pleno municipal
-       ¿Unidad especial?
-       Sí, una especie de unidad de élite de la policía municipal. La verdad es que es un gasto un poco excesivo, ya que sólo han participado en algún operativo acompañando a la guardia civil, pero la verdad es que están todos en muy buena forma y suelen traer unas cuantas medallas de los juegos mundiales de policía. En cuanto esté en el buga con Tomás les llamo, Juan.
-       ¿Cuánto tardaréis en llegar?
-       Algo menos de media hora, está justo unos kilómetros antes de llegar- contestó Tomás.

Gómez comentó que sería bueno el que se descargasen todos una aplicación en sus teléfonos móviles, para saber dónde se encontraba cada uno. Explicó uno de los programas gratis que había en la red, y podrían crear una cuenta en la que todos podrían saber dónde están todos.

-       Vale – le dijo Juan – pero a mi me la metes en mi i-pad. Explícaselo a Úrsula- Se dio la vuelta y se dirigió a Alfonso – Extender los billetes sobre la mesa y vamos a fotografiarlos para tener los números de todos, ya que a nuestro amigo bancario seguro que no se le ha ocurrido.


El hombre se pasó un pañuelo por su calva sudorosa y farfulló algún tipo de excusa, mientras Peru, ya en el asiento trasero del mercedes, daba las instrucciones pertinentes al cabo de los ups, ordenándoles que se juntasen todos en la comisaria municipal, en ropa de paisano, pero armados. Espera que le llame cuando al menos estén cuatro en el punto de reunión, hoy era día libre, para ponerse a sus órdenes.

jueves, 20 de marzo de 2014

IV Una tarde cualquiera en Torrebertán

Un denso silencio envuelve toda la estancia al caer en la cuenta que queda muy poco para que la llamada se produzca. Peru se queda medio hipnotizado mirando fijamente al teléfono inalámbrico que han puesto en medio de la mesa, siguiendo el ritmo del parpadeo de la pequeña luz verde que late mientras le quede batería al aparato. La lenta digestión le hace caer en un duerme vela en el que empieza a recordar.

Se ve sentado bajo el toldo de su auto caravana en el camping de Górliz, contemplando el cielo que comienza a apagarse. En la mesita que tiene a su lado un vaso de sidra con hielos, una botella de ginebra medio vacía y una botella de Kas de limón de dos litros, donde ya apenas queda medio. Coge el vaso, lo pone al frente, lo mira embelesado y lo hace sonar un poco moviendo la mano con la que lo sujeta, no por enfriar, sino por dar un poco de música, preludio del trago con el que va a terminar el resto de bebida que reposa en el fondo del vaso. Saborea el refrescante trago y deja el vaso vacío en la mesita. Coge dos hielos de una bolsa de plástico que tiene bajo su silla, los echa en el vaso, un par de dedos generosos de ginebra y acaba llenando hasta el borde de kas de limón. Siempre agradecerá al amigo que le hizo cambiar el soso combinado de ginebra con tónica por el tan refrescante gin kas.

Reconoce que las puestas de sol del camping de Sopelana son mucho mejores que las de éste camping, pero por ahí podía andar Oiane con su reconciliado noviete, y no tiene excesivas ganas de volver a verla. Pero el encontrarse con ella aquella tarde lluviosa en San Vicente fue una de las pocas veces que había tenido algo de suerte en los últimos años.

Hacía menos de un mes que había dejado el calabozo en Getxo, y unas dos desde que había acabado con el escaso dinero que le había quedado. Después de que le acribillaran a balazos su casa y oficina de Santa Ana y que fuera detenido por la Policía Autónoma justo en la parada de autobús de su hija pequeña, algo que nunca perdonaría a la Rosarios, su mujer con las dos niñas puso tierra por medio, cerrando la casa de Santa Ana y dejándole en la calle. Cuando salió del calabozo, gracias a sus amigos evitó el pasar una semana en la cárcel de Basauri, se encontró sin licencia,  sin trabajo y sin un lugar donde poder dormir. Orgulloso como era, desistió en pedir ayuda a sus amigos, y empezó a ir a dormir a albergues baratos o de vagabundos. Poco tardó en caer en la rutina del tetrabrick de vino sin denominación de origen. Si hacía bueno, iba por el parque de doña Casilda o Etxebarría, y si llovía podía caer por las galerías de Urquijo o en los soportales de San Vicente hasta que llegara la hora de la sopa y la manta.   

Aquella tarde llovía a cantaros, tanto que no salió a por su segundo tetrabrick, y se quedó sentado en el suelo y recostado contra la pared en los soportales de la iglesia de San Vicente. Tenía algo de frío, pero estaba seco y acurrucado mantenía bien el calor. Desde los barrotes que separan los soportales de la calle contemplo como tardaba bastante en aparcar una auto caravana. Como siempre, ante las torpes maniobras, achacó la impericia al sexo contrario y sonrió levemente por tener razón cuando vio salir del vehículo a una mujer. La estuvo observando un rato, y cayó en la cuenta que pasaba algo más que un torpe aparcamiento. Cuando la vio poner la frente contra la caravana y estar así un rato, pensó que podía estar llorando. No tenía nada que hacer, se le había pasado la trompa y probablemente sería el día del mes de hacer una buena obra, así que se desperezó y levantándose se dirigió hacia donde estaba la muchacha.

“¿Puedo ayudarte en algo?”. Ella, que no llegaba al metro sesenta, se dio la vuelta, le miró y echándose en sus brazos, se puso a llorar. Al de un rato logró calmarla al conocer que su gran problema es que había pinchado una rueda y no sabía como cambiarla. A Peru, en cualquier caso, le costó bastante el cambiar la rueda, entre que no era muy hábil para esos menesteres, que ella tampoco conocía donde estaba la rueda de repuesto, y que el libro de instrucciones era de todo menos claro, y se caló hasta los huesos durante la media hora larga que tardó en hacer el cambio.

Al despedirse, ella le invitó a entrar para que al menos se secase. Peru, con bastante vergüenza entró y se quedó en ropa interior, envuelto en un edredón. Le preparó un ponche de coñac con leche y miel, que le sentó tan bien, que acabó por quedarse dormido. Cuando se despertó, intentó marcharse atropelladamente, pero su ropa no se había secado, así que ella se ofreció a llevarle a casa. Cuando le dio la dirección, ella le preguntó si aquello no era un albergue de mendigos.  Peru avergonzado le confesó que hacía cuatro semanas que se había quedado sin casa y que ahora vivía allí, hasta que me echen, remató.

Total que ella, que acababa de ser abandonada por su novio, quien en el reparto se quedó con el piso y ella con la caravana, movida por la pena o por tener algo de compañía, le invitó a pasar la noche (en una cama supletoria) hasta que se le secase la ropa. Como ambos estaban sin trabajo, el día pasó a ser una semana y la semana un mes, hasta que fijaron su residencia habitual en el camping de Sopelana. Peru encontró trabajo en una oficina de seguros comprobando recibos, le pagaban por recibo comprobado y ella fregaba escaleras en unas comunidades de Leioa. No ganaban mucho, pero les daba para pagar el camping, cenar y desayunar caliente, y una vez cada dos semanas, el Sábado habitualmente cenar pollo y croquetas con cerveza en el restaurante del camping. Además con la excusa de que la supletoria le machacaba la espalda, a partir de la segunda semana comenzaron a dormir en la misma cama (la buena de la caravana) y consolarse, día sí y día también, mutuamente.

El baño en pelotas todas las mañanas, viendo amanecer por Meñakoz, el metro a las seis y media, a las siete y cuarto en Bilbao, empezando a contar recibos dos, tres o cinco horas los mejores días. Ir andando hasta San Ignacio para llegar al mediodía al camping. Una buena siesta, esperar a que ella llegara, hacer la cena, unos ratos de alcohol y luego a dormir.

Un día el encargado del camping, conocedor de su pasado como detective le encargó que averiguara quien estaba robando. Aquello le hizo revivir, además de lograr un mes gratis de alquiler, luego aparecieron sus amigos de la comisaria de Getxo, que le llevaban buscando tiempo, con la noticia de que le habían devuelto la licencia, y por fin se vendió la casa de Santa Ana que le supuso una buena inyección de liquidez. Era todo lo feliz que podía ser un tipo que llevaba un año sin ver a sus hijas, primero por la vergüenza de que le vieran como un indigente, y luego por no tener un sitio donde quedar con ellas. Ahora con la pasta, iba a poder intentarlo.

Pero, cuando todo parecía que iba a mejor, va el imbécil del ex de Oiane y arrepentido le pide perdón, y la idiota de ella, le perdona. Se va a su casa de Burceña con el pollo, y le da a Peru una semana para que se busque otro sitio y deje la caravana.

Triste, deambula por Las Arenas hasta que se encuentra con un viejo amigo, quién le da dos buenos consejos, el primero que se pase al gin kas, y el segundo que se vaya a Alemania a una feria de caravanas de segunda mano, y que se compre una más grande que la de su amiga.


Dicho y hecho, y allí estaba Peru terminando su gin kas, ya de noche y pensando en recogerse en su cómoda caravana con una mega cama donde duerme a pierna suelta. La pena es que los asuntos que lleva como detective van menguando, sobre todo por falta de infraestructura, que se fue toda con la uruguaya, y quita del montón y no pon, se acaba el montón. Hasta que oyó aquel timbre del teléfono y desde la oficina del camping le avisaron por megafonía (es decir, Mauricio el cholito a grito pelado) que tenía una llamada. 

viernes, 14 de marzo de 2014

III - Una tarde cualquiera en Torrebertán


III

-       Soy Juan, estamos en medio minuto….. Vale
Y colgó su teléfono móvil. El automóvil tomó un camino de grava hasta acercarse a una gran puerta metálica. Según comenzó a reducir la velocidad la puerta comenzó a abrirse de par en par, y nada más atravesarla, volvió a cerrarse. Había un camino serpenteante hasta llegar a un chalet de dos plantas rodeado por un pequeño bosque de cipreses. En la puerta, como si estuvieran esperándoles, dos personas. Una de ellas le hizo una señal para que aparcaran junto a otros dos vehículos, un audi negro y un seat Ibiza. “Ese es Alfonso, el secretario de dueño” le indicó Peru a Gómez.

Junto al secretario se encontraba otro hombre, de estatura y constitución media, de ojos azules, algo saltones, con la cabeza totalmente rapada, una vena azul que le partía en dos la frente y un purito en sus labios. Cuando vio salir a los tres del coche, antes siquiera de saludarles preguntó quién era el tercero. Cuando le dijeron que era policía autónomo no puso muy buena cara pero algo le cambió cuando les explicó el juez que le conocía de sus tiempos de Getxo y que había intervenido en un par de secuestros, aunque no en primera fila y tenía algo de experiencia en esos asuntos. "En cualquier caso, más que todos nosotros juntos". “Bueno, tu mandas, señoría” y se dio la vuelta invitando a los demás que entraran en la casa. Aunque iba de paisano, Gómez advirtió que aquel era el famoso picoleto doble erre.

Alfonso se había adelantado y les esperaba en lo que podía ser el comedor. En una larga mesa, presidiéndola estaba Fulgencio Jiménez, la persona más poderosa de Torrebertán. Era un tipo más bien chaparro, con la cara curtida del campo. Algunas entradas en su cabeza y las arrugas que surcaban su rostro, delataban que no era un hombre joven, pero tampoco aparentaba los sesenta años que tenía. Estaba algo demacrado y seguía con la cara de susto. Su secretario ya le había puesto al tanto de quienes eran los visitantes, así que les invitó a sentarse en la mesa a su alrededor. Tras preguntarles si querían café, y servir su secretario a quienes aceptaron, un silencio ocupó la estancia, hasta que Caraqueño, como la mayor autoridad que allí se encontraba pidió que les relatasen los hechos.

Tomó la palabra el secretario que comenzó explicando como se había recibido una llamada hará unos veinte minutos. En esa llamada, un desconocido informó a Don Fulgencio que habían raptado a Isabela, su sobrina, y que querían seis mil euros en una hora. Don Fulgencio respondió que no tenía dinero en casa y que le costaría más tiempo el conseguirlo. Le contestaron que entonces no vería más a su sobrina, y como diera aviso a la policía, tampoco. Estarían vigilándoles y le llamarían en media hora para acordar los términos definitivos y colgaron.

Tras acabar su exposición todos miraron al juez interrogándole con la mirada sobre el siguiente paso que a dar. Caraqueño miró a Gómez, el único que tenía cierta experiencia y éste comenzó a hablar

-       Nos quedan diez minutos hasta que llamen de nuevo. La primera regla en estos casos es evitar que conteste al teléfono una persona emotivamente implicada como es Usted, Don Fulgencio. No está en una posición óptima para tratar este tipo de asuntos cuando hay una implicación tan personal. No les conozco, pero entiendo que si a Usted le parece bien, la persona mejor para contestar la llamada es su secretario.
Asintió con la cabeza Fulgencio lo que Gómez interpretó como que podía continuar con su exposición.

-       La segunda regla de oro es no aceptar sus condiciones de inicio. La razón no es otra que si se cede fácilmente, volverán a llamar pidiendo más. No se trata de regatear, sino de ganar algo de tiempo. Eso ya lo ha hecho Usted, pero Alfonso tendrás que dar alguna excusa del tipo que no tenéis ese límite en el cajero, que es Sábado y no hay nadie en el banco
-       Yo nunca llevo dinero en efectivo. En el pueblo pasa a pagar luego Alfonso, y si ando por ahí, utilizo tarjeta – terció Fulgencio – En cualquier caso ya he avisado al director del banco y se dirige a la sucursal para darnos el dinero que nos haga falta.
-       Vale – y dirigiéndose a erre erre le dice - ¿podrías ponerte en contacto con él para que los billetes que facilite tengan números que podamos identificar?. En caso de hacer el pago, siempre podremos seguir los billetes.
El sargento le miró a los ojos, chascó con la lengua mientras hacía una pistola con su mano que le apuntaba, y se dio la vuelta pidiendo a Alfonso que le diera el número del director, que tras apuntarlo directamente con el teclado de su teléfono móvil, tocó la tecla de llamada saliendo de la habitación para hablar con el bancario.

-       Bien, el siguiente paso – dijo Gómez, consciente de que la llamada se podía producir de un momento a otro, pasándose su pañuelo por la frente ya que estaba empezando a sudar – es pedirles que nos den una prueba de vida
-       ¿Una prueba de vida?
-       Sí, es básico. Tienen que darnos algún dato que sólo pueda conocer su sobrina. Sin ese dato, no sabremos si sigue viva, incluso ni si la tienen. ¿hay algo que sólo pueda conocer su sobrina?
Fulgencio se rascó la nariz, en un gesto más bien nervioso y caviló durante unos segundos que se hicieron eternos para los presentes, conscientes como eran que cada vez quedaba menos para la siguiente llamada

-       Ful – exclamó Fulgencio

Ahora se pone a pensar en jugadas de póker, meditó para sus adentros Peru, siendo capaz de mantener un rictus serio, mientras por dentro se reía de la chorrada que se le acababa de ocurrir

-       ¿Ful?
-       Si, cuando hizo la primera comunión, le regalé un cachorro de pastor alemán al que le puso de nombre Ful. Eso fue hace unos veinte años.
-       Vale, esa puede ser la pregunta, ahora sólo nos queda esperar
-       Pero, ¿no se puede hacer algo más? ¿Localizar las llamadas, o algo así?
-       No es tan fácil, hay que mandar un oficio a la compañía telefónica, que la autorización la de alguien dentro de la compañía. Puede llevar unas horas o más, no olvidemos que es fin de semana. Por cierto, voy a llamar a Úrsula para que traiga papel de oficio y el sello del juzgado. Supongo que aquí tendrán ordenadores e impresoras
Asintió con la cabeza Alfonso y esperaron a que Caraqueño hablara con su secretaria. Cuando termino, erre erre preguntó que es lo que estaba haciendo la chica cuando desapareció. Carraspeó Fulgencio y comenzó a contar que Isabela era la hija de su hermana, pero que llevaba viviendo unos años con él, ya que tras acabar la carrera comenzó a trabajar en su fábrica de tapicerías de lujo para coches. Era una buena chica, muy aficionada al cine y solía aprovechar los Sábados para ir en coche a la capital, con un par de amigas, para ver una, y a veces hasta dos películas por la tarde. Luego solían quedarse a tomar algo por ahí, pero era una chica bastante formal, sin novio o pareja conocida, así que rara era la vez que llegaba a casa más tarde de medianoche. Tomás el chófer continuó comentando que la chica le había dicho que esa tarde iba air sola, ya que quería ver una de Bond en la que trabajaba el Bardem y sus amigas no habían querido acompañarla ya que no las llamaba en exceso el cine de acción, y menos las películas del James.

-       Esa ya la vi yo- dijo Peru – era bastante larga. Creo que desde los diez mandamientos no había estado en una película con intermedio.
-       - ¿Tan larga?-  musitó Gómez pensativo

El chófer cogió un periódico y tras hojearlo dijo que casi era de ciento ochenta minutos. Una idea comenzó a dar vueltas por la cabeza de Gómez.

sábado, 8 de marzo de 2014

II - Una tarde cualquiera en Torrebertán

II

Unos meses antes, recién llegado a Torrebertán, Juan se encontraba buscando un sitio para aparcar. Tras un arduo aprendizaje ya sabía como funcionaba el gps de su teléfono y como podía hacer que apareciera un mapa en la pantalla. Le estaba indicando que se encontraba muy cerca de la plaza mayor, pero era incapaz de encontrar un sitio donde dejar el coche. Al final desistió y se alejó cerca de un kilómetro hasta que en una zona que parecía residencial, encontró un parking público donde dejó su coche. Sacó sólo un maletín con ruedines donde llevaba su ordenador portátil y algunos libros indispensables, según él, para ejercer la labor judicial, acompañados por una botella de güait label a medio terminar sin tapón irrellenable. Iba vestido con zapatos negros, pantalón y jersey del mismo color, siendo la única nota de color su camisa azul clara. Dudó si ponerse el abrigo, ya que aunque hacía frío, sabía que una ligera caminata le haría sudar. Al final como medida de precaución optó por llevarlo en el brazo, algo de lo que se alegró al de un par de minutos cuando empezó a notar el fresquito del ambiente ya que todavía no había terminado el invierno.

Tardó cerca de un cuarto de hora en llegar a la plaza mayor. Se plantó en el centro y miró alrededor, encontrando la puerta de los juzgados. Pero antes de entrar y presentarse pensó que sería mejor hacerlo con la tripa llena, así que entró en el café principal y preguntó que cazuelitas eran las más recomendables para un día como este.

Salió resoplando al de tres cuartos de hora. ¡Menos mal que pidió sólo dos medias raciones! Acabó rogando por la botella de clarete en la barra para no estar dando la matraca a la mujer que atendía la barra. Las albóndigas eran potentes, pero nada comparables con la media cazuelita de riñones. Se le pasó por la cabeza el pedir que tiraran un huevo frito en las vísceras, pero al final pensó en que en realidad venía a tomar posesión de su nuevo destino y decidió dejarlo para otra ocasión ¡qué salsas! Ya cuando iba a pedir pan por tercera vez, pensó en cortarse un poco y no insistió cuando el olvido de la camarera fue evidente. ¡ Y encima el precio!. Iba mirando distraídamente una imaginaria línea recta hacia donde pensaba que vio por primera vez el juzgado, y cuando levantó de nuevo la vista para asegurarse que iba en la dirección correcta, descubrió que en la puerta estaba fumando un hombrecillo con el mismo gusto por la ropa que él, zapatos negros, pantalón negro, una chaqueta negra y un jersey negro de pico en el que se intuía una corbata, que si bien no era también de luto, era lo suficientemente oscura como para no dar ninguna alegría a la indumentaria de ese individuo.

Estaba terminando su cigarro en el primer peldaño de la escalera retirando la ceniza de la punta con su dedo meñique, amarillento ya por la nicotina cuando dio su última chupada, tiró el cigarro al suelo, metió las manos en los bolsillos, pisó metódicamente la colilla y sonriendo esperó a que Caraqueño se acercara hacia la puerta. Su pelo y su bigote canoso contrastaban con su ropa y alegremente tendió su mano hacia la de Juan. Emulando al periodista que encontró a Livistong se despachó con un “Juan, supongo ¿no?” mientras cortésmente le tendía la mano. A éste no le sorprendió mucho que aquel hombrecillo, Javier, al que le iba a sustituir, lo hubiera reconocido. Tenía un vago recuerdo de él de alguna reunión multitudinaria montada por el ministerio de justicia, aunque de contrario es evidente que su altura algo superior a la media y su amplia nariz aguileña junto con la fama de carácter explosivo, eran bastante difíciles de olvidar.

Amablemente le guió hasta el despacho que compartirían durante un par de semanas, indicándole donde podía ir dejando sus cosas. Le comentó que ahora lo normal sería bajar donde la Asun a tomar la primera, pero como le había visto salir de ahí, entendía que por el momento podían dejar el aperitivo, hasta que le bajasen un poco las cazuelitas. Se ofreció a invitarle a comer a uno de los restaurantes de Torrebertán mientras le daba un recorrido por todo el juzgado.

Básicamente se trataba de una planta con oficinas, dos salas de vistas y un calabozo en el sótano. Había un juzgado de primera instancia, que según le explicó  Javier solían turnarse en Agosto por si entraba algo urgente, aunque el que salía perdiendo era el de civil, ya que lo que tenía algo movimiento en verano era el juzgado de instrucción, “pero no te preocupes, que aunque tengas el civil algo oxidado, el único trámite suele ser el de dar entrada y eso te lo explican en dos patadas”. Con gran misterio le llevó hasta la última puerta del pasillo. Secretaría del Juzgado de Instrucción rezaba una tabla pegada junto a la jamba de la puerta. Se quedaron unos instantes mientras Javier le explicaba en voz baja que la secretaria se llamaba Úrsula y era quien realmente mandaba y organizaba todo el cotarro. Era una señora de unos 50 años, que siempre lleva mangas, la camisa abrochada hasta el cuello y faldas siempre por debajo de la rodilla, Era hermana de Asun, la cocinera de la cafetería de la que acababa de salir, y  conocida en todo el pueblo como la ursulina, mote que le sentaba como un guante de seda. “Eso si, ni se te ocurra llamarla así, porqué aunque es muy recatada, si oye lo de ursulina, se monta la de San Quintín” mientras arqueaba las cejas con una sonrisa en los ojos, y la boca mantenía un rictus serio.

Llamó a la puerta con dos golpes suaves y sin esperar a la contestación entró en el despacho. El despacho era tan austero como su dueña, una mesa con dos sillas, el clásico ordenador con pantalla todavía antigua, retrato del rey en la pared, detrás de la secretaria, tres o cuatro carpetas sobre la única estantería y una mujer, de mediana edad, con gafas de pasta sin ninguna gracia puestas, con pelo corto y recogido, impoluta camisa y cuando se levantó, Caraqueño pudo comprobar que la falda gris le tapaba algo más que las rodillas. Muy ceremoniosa le dio la mano, Juan ni se atrevió a insinuar los dos cada vez más normales besos que se plantan en la mejilla cuando presentan a alguien del otro sexo, y lo único que logró oírle fue un “bienvenido señoría”. Mientras Javier le explicaba al recién llegado las funciones y virtudes de su secretaria, Úrsula asentía seria y gravemente a los comentarios del juez saliente, y sólo un ligero rubor pareció colorear sus blancos pómulos cuando glosó sus virtudes como trabajadora rematándolo con un “Juan, si quieres que todo vaya en un orden correcto, tienes que ir de la mano con la eficiencia personalizada, que en esta casa se llama Úrsula”.

Tras pasar por otros habitáculos, le presentó a los oficiales del juzgado de los que tuvo buenas palabras, aunque también le comentó que al ser este juzgado una plaza intermedia, la mayor parte está aquí hasta que logran el traslado a una capital de provincia, normalmente la suya, la de su mujer, pensó malévolamente Caraqueño, por lo que hay cierta rotación, pero también es verdad que como vienen a por méritos, son bastante trabajadores. “Además hay que tener en cuenta que es Úrsula la que está encima de ellos” y le guiñó un ojo, “funcionan bien, pero eso sí, a los oficiales los compartes con el civilón, que hoy no está, pero ya te lo presentare mañana”.

Ya en el despacho le puso al día sobre el trabajo rutinario del juzgado, como la mayor parte de lo que se juzgaba eran faltas, teniendo por mese dos o tres delitos que no estén relacionados con el tráfico o peleas de fin de semana. De policía judicial, suele estar la Guardia Civil, quienes suelen mandar a Erre Erre, o el sargento Rodriguez Galvá, de madre catalana, puntualizó, con quien no es difícil tratar. Lo de erre erre viene porqué tiene un nombre raro, que debe ser catalán y en el pueblo les era muy complicado pronunciar, así que en vez de atizarle con el usual Pepe, se quedó con la primera letra de su nombre y de su apellido. También le explicó que a veces la policía judicial podía ser la municipal, ya que tienen más de treinta hombres y una buena formación. Le explicó que el actual jefe, Pantaleón, también se jubilaba en breve y se iba a realizar un concurso restringido para la última plaza “y uno de los candidatos lo propone el juez de instrucción”, pero le indicó que “serás tú el que lo proponga”.

También le explico que le iba a pasar todos los asuntos pendientes, menos el más liado, ya que podrían pasar tres semanas y sólo haberte contado la mitad. “No es muy serio, como mucho puede acabar con dos años de prisión, pero es una reyerta familiar en la que ha intervenido tanta gente, que es casi mejor que lo termine yo, aunque la vista oral se haya aplazado hasta dentro de cuatro semanas, fecha en la que yo ya tengo la blanca. Lo he hablado con los jefes y están de acuerdo en que lo termine, aunque ya no cobre el sueldo entero”.

Salieron de los juzgados y Javier le acompañó a Juan hasta el coche para llevarle hasta la casa donde vivía él, y que dentro de tres semanas ocuparía Juan. Le dijo que era muy grande para él solo, y le habían preparado un cuarto. La casa va a cuenta del Ayuntamiento, pero le explicó que era libre de buscarse otra si quería. A Juan no le molestó el tener que compartir casa durante unos días. De camino al restaurante le fue parando en las tres tascas que había entre la casa, la primera planta de un adosado, y el juzgado. “La casa no es que valga mucho, pero en diez minutos andando pasas a un entorno muy tranquilo”. Hizo las presentaciones de rigor en los bares, y aprovecharon para tomar “unos chatos de roble de Ribera”.

En el restaurante hicieron los honores a unas morcillas a la brasa y mollejas, lechazo con ensalada verde, milhojas con dos bolas de mantecado, un irlandés bien hecho, marcando las tres franjas de nata, café y güisqui, y todo ello regado con un par de botellas de un crianza no de mucho nombre pero sí de gran categoría. Ya el comedor cerrado, apurando los últimos chupitos de malta y encendiendo los habanos, Javier puso los dos codos sobre la mesa, apoyó la cabeza y le preguntó a Caraqueño, “¿Me contarás ahora porqué pediste el traslado o tendré que hacer caso a los rumores que corren por ahí?”

Juan había echado su silla para atrás, dejando a las piernas con más libertad al sacarlas de debajo de la mesa, dio una profunda calada a su puro y comenzó su relato:

“Era una tarde de este pasado invierno, Viernes para más señas, cuando estaba en mi despacho dándole un poco más de la cuenta al escocés. Esa mañana había recibido la noticia que habían tirado para atrás una instrucción mía en la audiencia, por lo que al hijo de puta del reo, no iban a meterle todavía en la cárcel. Estaba jodido, pues sabía muy bien que ese tío pegaba a su madre, a su hermana, a su mujer y a su hija. El clásico valiente. Y por una mísera diligencia, había que retrasar la vista. Como estaba en libertad bajo fianza tenía que verle todos los días en Ereaga y soportar su desafiante mirada, sabiendo que no podía tocarle un pelo. Se iba haciendo tarde y como el güisqui tiene un efecto extraño en mí, siempre siento que sigo en plenas facultades aunque me haya pimplado media botella, seguía soplando, dándome cada vez más pena de mí mismo. Ya se estaba haciendo muy tarde, por lo que salí al pasillo para corroborar que me había quedado sólo, pero vi un despacho que todavía tenía luz, el de la rosarios, una magistrada tirando a beata con la que no tenía mucha sintonía. Bueno, eso siendo fino. Simplemente nos odiábamos. “

Se calló un instante mientras aspiraba un par de poderosas caladas de su habano, y exhalando el humo con cara de satisfacción, continuó con su relato.

Hacía unos días que había visto en la televisión la peli de “un pez llamado Wanda” recordando con regocijo la escena de John Cleese con los calzoncillos en la cabeza mientras bailaba delante de la familia propietaria de la casa. Y el alcohol, como gran quita vergüenzas que es, hizo el resto. Eso sí, siempre pensé que estaría sola en su despacho, por lo que al final, en caso de follón, iba a ser su palabra contra la mía. Así que me puse en pelotas, y con mi bóxer en la mano me planté en la puerta de su despacho. Me puse el bóxer en la cabeza a modo de pasamontañas, sacando la mi colosal napia por la bragueta para poder respirar con más comodidad y entré decidido, haciendo lo posible por bailar una danza del vientre. Los primeros segundos de total silencio, no hicieron otra cosa que aumentar mi regocijo, pero cuando oí más de una voz, comencé a preocuparme, y metí los dedos por la bragueta para liberar algo los ojos y así poder ver algo. Vi a la rosarios con más gente, así que se me quitó el pedo de inmediato y salí corriendo de su despacho como alma que lleva el diablo”

Javier se estaba  retorciendo en su silla de risa, mientras Juan, con mucha dignidad se acabó de servir el malta que quedaba en la botella, de un trago se lo metió al coleto, otra poderosa calada de su ya casi terminado habano, y tras exhalar el humo con cierta resignación, continuó con su historia.

“Me vestí a todo correr y salí cual alma en pena de los juzgados, para refugiarme en mi casa, Desconecté todos los teléfonos y pasé el fin de semana en una neblina alcohólica por el acojono que me estaba entrando. El Lunes, ya en el despacho sólo tuve que esperar media hora. Se presentó en mi despacho con una hoja en la mano y me dijo que firmara mi solicitud para el traslado a otro juzgado. Me acuerdo que sus ojos echaban chispas, pero de verdadera satisfacción, ya que por fin se había librado de mí. Ni pregunté, ni me resistí, firmé el traslado hace dos semanas, y aquí estoy”

Todo esto le vino a la cabeza porqué mientras iban acercándose hasta la casa de D. Fulgencio, Gómez le preguntó sobre la verdadera razón que hubo para su traslado, ya que todos los rumores de la comisaría apuntaban a que hubo algún intento de flirteo entre él y la Rosarios.


-       Un día con calma te lo cuento.