sábado, 23 de junio de 2012

AIBOAKO SERLOK (UVE PALITO)


SEIXO KASTÍCULO

Llevaba tres noches seguidas vigilando desde el coche. Los prismáticos, aunque los llevaba para no herir la sensibilidad de la pequeña, quedaban tirados en el asiento del copiloto, junto a una, llamémosle sandwichera de “Hello Kitty” que, a modo CSI, la pequeña me había facilitado. En su interior había un guante de plástico de los que se usan en el supermercado para coger la fruta, junto a dos bolsitas de plástico (con el mismo origen) para que pudieran recoger evidencias sin contaminarlas, unas pinzas para las cejas, que creo habría mangado a su hermana o madre, una linterna, un bote de polvos de talco (a la niña le había dado la manía con eso) por si había que tomar huellas digitales, y un móvil viejo, “pero que podía sacar fotos con buena definición”. En fin, todo lo que necesita un “Forensic Investigator”.

Cuando maletín CSI en mano, me cruzaba antes de salir esta tarde en el pasillo con su madre y su hermana, oí como ésta contaba la medicina que tomaban las pijas para quitarse el dolor de cabeza “Helloukittin”. En fin, ya lo sabemos, chistes de proletarias. Si me acaban saliendo rojas estas dos. Aunque en la pesada vigilancia no había notado por el momento nada extraño, es cierto que la investigación se encontraba avanzando poco a poco, y todo era gracias a mi pequeña ayudante.

Al día siguiente de la reunión con bollos, me cogió por banda y me explicó que lo que teníamos que hacer era encontrar cuales podías ser los motivos que podía tener una persona para envenenar a un perrito. Dicho y hecho, la nena se puso a navegar por internet con un resultado sorprendente sobre la cantidad de quejas que hay respecto a la suciedad que dejan los perros en la calle. Para ser correctos, habrá que hablar del incivismo de los dueños. Es sorprendente que escribiendo en google “dog poop complain” aparecen casi un millón de resultados. Además comenzó a acotar las quejas sobre la conducta de los dueños de los perros en Getxo. Al final, tenía cerca de doscientas entradas. Entonces, lo que hice fue cruzar hasta la tienda de fotos de en frente de casa y comprar un paquete de quinientos folios y un cartucho de tinta para la impresora, guardando el ticket como gasto, y le imploré que me fuese imprimiendo esas entradas. Básicamente eran cartas al director en varios de los periódicos locales, así como algún foro con quejas vecinales. Esperaba que hoy hubiera podido terminar. Por supuesto, que este trabajo me costaría una nueva reunión de investigación con las princecolaboradoras con una ligera montañita de bollos de mantequilla de Zuricalday y “algunas tejitas de tu apellido, que también gustan” sentenció una de las máquinas de comer bollos que he creado. Pero, en el fondo me sentía orgulloso que al menos mi hija pequeña se hubiera tomado en serio mi nueva ocupación. “Eres mi signorina Elettra” le dije en un arrebato de cariño. Tras explicarle exactamente quién era dicha signorina me contestó “¡Bah! Creo más bien que soy como Sophie”.

Y yo sigo aquí esperando que, algo pase de una vez, rememorando ese estribillo de Paulina Rubio que tantas risas nos fabricó en aquel Jueves ovetense, salvo cuando hubo que pensar en regresar en coche. Un consejo os doy, amigos, si algún día, en alguna juerga, os ponéis pesados vacilando a uno de los colegas, procurar que no sea del que lleva el coche, sobre todo si duermes a 50 kilómetros de la juerga. Bueno, pues no estaba escuchando a Paulina, sino “Dust in the wind” en una emisora de oldies goldies, cuando de repente unos golpes en el cristal me sacaron de mi ensimismamiento. Fueron repetidos y sonoros, ya que unos de los dedos que golpeaba mi cristal tenía un anillo dorado. No me dio tiempo a ver si era con sello o no, ya que una voz autoritaria me conminó a salir rápido del coche. Y efectivamente, justo cuando me había aliviado de unos gases incómodos de mi estómago, con resultados olorosos, y puede que vomitivos para aquellos que no fueran su emisor. Entonces me di cuenta que al final de la mano había una manga que subiendo un poco más arriba estaba el distintivo de la policía autonómica, así que obedecí inmediatamente.

Cuando salí del coche, cerrando rápidamente la puerta para que no se dispersaran los efluvios olorosos, y me puse frente al agente, éste mientras me llamaba pervertido y algunos insultos más, me pegó un empujón con las dos palmas de su mano. He de reconocer que aunque me pilló de sorpresa, no me movió ni un milímetro, lo que creo que le encorajinó bastante más. El ertzaina, que era un tío delgado, de tez y pelo morenos ya empezando a platearle algo las patillas, no me llegaba ni con la gorra puesta a la altura de los hombros, así que no fue ninguna sorpresa su nula efectividad en mover mi corpulento corpachón. Lo malo fue que a su compañero se le notó un leve rictus en la cara, probablemente de descojone. Así que me ordeno que me tumbara sobre el capó del coche con las manos detrás de la espalda y me esposó vertiendo hacia mi persona toda clase de epítetos nada amables relacionados con el cerdo . ¡Tócate los cojones! ¡ Si como mucho sólo me había tirado un pedo guarro! Bien, es verdad que muy, muy, muy guarro.

A la manera de los dibujos de los tebeos, rápidamente una bombilla se iluminó en mi cabeza, cuando comprendí que estos tíos estaban pensando que me dedicaba a fisgar en plan voyeaur, a la vez, el compañero abría la puerta del copiloto para investigar que había dentro del vehículo. - ¡Uff Gómez, entra tú que aquí apesta!

Efectivamente, el encontrar unos prismáticos en el asiento del copiloto, empezó a corroborar sus sospechas. Peor efecto me hizo a mí cuando el tal Gómez sacó de la fiambrera gatuna el guante del super y lo levantó en alto, como si fuera una enseña mientras su compañero le miraba con cara de “¡Ajá, tenías razón, Gómez!”. Así que sin rechistar me metieron en la parte trasera del coche patrulla y me llevaron con ellos.

Siendo sincero no les hice ni puñetero caso a lo que me estaban contando, ya que con las manos esposadas en la espalda en aquel utilitario había caído en una muy mala postura, medio tumbado sobre un costado y con las piernas estaban algo separadas. Me estaba dando cuenta que  el problema con los gases persistía y sabía perfectamente que cualquier manifestación de ese tipo, lo iban a tomar como una nueva afrenta, creo que con muy malos resultados para mí.

Vi que paramos cerca de la casa barco y me sacaron del coche. Me metieron por una pequeña puerta lateral, Gómez llevaba en su mano a modo de prueba, supongo, la fiambrera de Hello Kitty, lo que probablemente le generó alguna que otra mirada guasona.

 - Ahora vas a ver al Juez, ¡pervertido!. ¡Señoría, da su permiso!. 

Yo siempre había pensado que cuando llegabas al Juzgado de Guardia, te metían primero en el calabozo y luego te interrogaba el Juez. Al parecer, el calabozo en Getxo estaba de obras, y primero pasaban por el interrogatorio del Juez, que determinaba si era necesario el ingreso en prisión, dar un escarmiento pasando la noche en el calabozo de los municipales, fianza o lo que fuera.

- ¡Peloto, pero que cojones has organizado! 

Gritó un individuo que se encontraba sentado tras una mesa y de una pantalla de ordenador. Me costó verle, hasta que reconocí tras su nariz a un antiguo compañero de estudios, Juan Caraqueño.

-  ¿Pero Gómez, por qué coño le has esposado?. ¡Peloto! ¿qué has hecho para que traigan así? Mientras venía hacia mí  soplándose el flequillo repetidas veces, para, supongo, darme un abrazo. La verdad que el tal Gómez se estaba quedando un poco impresionado al verse casi emparedado entre aquellos dos tipos, ya que Juan era de mi misma corpulencia, aunque un poco más pequeño, lo que no se notaba tanto por la buena base de sujeción de gafas que tenía.

Con el fin de no azorar más al pobre agente comencé a mascullar que era detective privado lo que dio a mi amigo la oportunidad de expresarse más ruidosamente – Joder, Gómez, que es detective privado. Suéltale las esposas de una puta vez que tenemos mucho de lo que hablar. - Pero Señoría – dijo Gómez levantando la fiambrera de Hello Kitty – el interfecto tenía esto en su coche y … - ¡ Gómez ¡ ¡que Peloto tiene dos niñas, y que quieres que tenga una fiambrera con Llorente!. ¡Joder Gómez, que es detective, que nos mete un paquete, que le sueltes de una puta vez!.

Me sonaba extraño aquel lenguaje en el Juzgado, por el lugar que estábamos, no por mi querido compañero, querido sobre todo en aquel momento, del que había perdido la pista hacía algún tiempo, mientras seguía inasequible al desaliento e implacablemente chorreando al pobre Gómez

-  ¡Gómez!,¡ que parece mentira con la Mili que llevas que me hagas estas pifias, más que Benito Gómez te tenías que llamar Benito Contrera, el txaraina que no se entera! ¿Había alguna denuncia?
-  No sólo había una queja de una señora mayor que había visto varios días el coche aparcado en el mismo sitio y …
-  ¿Y encima una vieja? ¡Joder, Gómez! Mira coge la queja y la archivas!, - mientras hacía los gestos de romper un papel y tirarlo con una patada a una imaginaria papelera- y ahora ¡Circula!.

Frotándome las muñecas me senté en la silla que me ofrecía frente a su mesa Juanito, mientras seguía dando voces y ordenando a Ramiro, el que luego me enteré era el Secretario de su Juzgado de instrucción, que trajera seis ¡Echando leches! Después de sacar una botella de White Label de su escritorio junto a tres vasos comprendí que se refería a los seis cubitos de hielo que trajo al de unos segundos el tal Ramiro. Tras una corta y cortés presentación, y una buena ración de scottch para el recadista, Ramiro se retiró a sus quehaceres. Juan acercó su cara a la mía mientras llenaba más generosamente nuestros vasos, y me susurró – Ahora cuéntame cual es la coña esa de detective privado y dime que estabas haciendo, granuja. Por cierto me tendrás que confirmar si tu separación es debida a lo que se rumorea por ahí.

Lo de la separación no le hice mucho caso, sólo le confirmé que fue algo no muy largo, y que mi princesa me perdonó en poco tiempo. – Como un retiro espiritual para volver al matrimonio con muchas más ganas. Lo de detective privado no le convenció hasta que se metió en el BOE y vio efectivamente que había un nombramiento para una persona que tenía el mismo nombre que yo. Hasta que no le enseñé el DNI, que coincidía, obviamente, con el del BOE, no acabó de creérselo. ¡Por cierto!, tenía unas gafas para ver de cerca que en vez de llevarlas colgadas al cuello, las llevaba en el bolsillo, con lo que pasaba más de medio minuto desenredando la cuerdilla que unía las dos patillas, lo que acabó siendo una característica más suya.

Allí estábamos los dos, recordando viejos tiempos, como aquella portada del Correo con nuestros culos en primera plana al haber sido los primeros bilbaínos en hacer streaking (novatada de colegio mayor) con una bolsa de papel en la cabeza. ¡Menos mal que no nos pescaron!, ya que además de la expulsión de la universidad, nos hubiera costado una mano de milks tanto en la comisaría como luego en casa.

Se pensó Juan que iba a poner una denuncia contra Gómez, pero no había nada más lejos de mi intención. Al de un rato me acabó hablando muy bien de Benito, gran conductor, y un muy buen tipo, que claro, que si pensaba que yo podía ser un cerdo, pues que había actuado correctamente. Así tras otra generosa ración más, explicando cual era mi primer caso, que tampoco ocasionó befa ni mofa alguna por su parte, hubo que poner fin a nuestra cháchara cuando volvieron a llamar a la puerta reclamándole para otra actuación.

Despedido con un fuerte apretón de manos, ya noche cerrada, decidí no ir a coger el coche, ya que mi nivel de alcohol en la sangre no era el adecuado para conducir, así que me encaminé por el camino que supuse más corto hacia mi casa.

Cerca de los juzgados había un bareto con pinta de inmundo, pero no sé porqué mis zapatos me encaminaron hacia allí. Deben de ser mágicos o estar patrocinados por algún bodeguero de la Rioja. Era raro, tenía forma de ele, con muy poco espacio entre la barra y la pared, así que me quede caí en la esquina de la barra, que en este caso era el centro y me pedí otro güiskata con un botellín de agua. Cuando me lo estaban sirviendo, miré hacia un lado, y al mirar hacia el otro descubrí en la esquina de la barra a Gómez, con la cabeza agachada, mirando fijamente a su vaso de tubo que agarraba con sus dos manos. Pues bueno, pues que iba a hacer, disimular, yo que casi les daba sombra a él y al parroquiano con gorrita de chulapo que nos separaba.

Al de un rato se fue el parroquiano, y yo, tras pagar y sin mirar a Gómez me disponía a irme cuando cuatro tipos mal encarados entraron en el bar. Uno de ellos, debió de reconocer a Gómez, al que comenzaron a amenazar tras un breve intercambio de palabras entre ellos. Me supuse que iría armado, por lo que me pareció que lo mejor sería pirarme antes de que empezaran los tiros. Pero en mi última mirada a Gómez, vi el susto reflejado en su cuerpo con lo que comprendí que no iba armado y que lo iba a pasar muy mal, así que con el fin de protegerle le pedí al dueño que llamara a la Policía mientras interponía mi cuerpo entre Benito y sus futuros agresores. No esperaron mucho al ver que no podían acercarse a su objetivo sin antes tener que recibir algo a cambio. Yo esperaba que la autoridad apareciera cuanto antes y que mi corpulenta figura les disuadiera de agredir a Gómez.

Algo así debió de ser, salvo porqué antes de huir, uno de ellos me tiró una de las banquetas, cuya esquina golpeó mi frente, dejando una curiosa herida tres dedos por encima de mi ceja izquierda, por donde la sangre comenzó a manar abundantemente. Es cierto que estuve a punto de caerme de ver tanta sangre saliendo de mi frente, y que esa pudo ser la razón por la cual Gómez no pudo perseguir a los agresores (el dueño del bar juró que era la primera vez que los veía por allí), pero al menos me atendió amablemente, y me llevo a Cruces, donde una bella morena y simpática enfermera de urgencias llamada Elena me atendió con toda su natural amabilidad y tras trece puntos de sutura en la frente, quedé listo para volver a mi casa.

Fui al hospital y luego a casa, montado tranquila y cómodamente en la parte trasera de una ambulancia acompañado por Gómez. Entre lo que esperamos, ya que desde luego mi caso no era el más urgente, y el susto que llevamos ambos dos en el cuerpo, nos dio tiempo a una charla, también se interesó por mi caso del que no se burló e incluso me ofreció su ayuda en la que descubrimos que teníamos unas buenas amistades en común, incluido el Juez, del que dijo que era un poco gritón, pero que era de los mejores en lo suyo. Ahí le conté lo de “Peloto”, que fue mi mote en la Uni. La explicación era muy sencilla, como había un par de Hurtados más en clase, a mi me lo pusieron por PEdro pez de TOlosa, bueno y también contribuyó el reírle muy efusivamente los chistes a la de Historia del Derecho

Ya cuando paramos en casa, se ofreció incluso a hablar con mi mujer para explicarle lo ocurrido, pero le sugerí, que con el aliento etílico de los dos (hubo una parada técnica en el Comercio de Las Arenas, que seguía abierto), no tendría mucha verosimilitud cualquier relato que le contara, así que mejor lo dejábamos para otro día.
  

lunes, 18 de junio de 2012

AIBOAKO SERLOK (V)


ZINKO

Después de pasar unas horas hojeando algunos capítulos de las novelas, y descubrir como trataba el bueno de Wallander desatascar su investigaciones, me empezó a corroer los intestinos el recordar la bronca que me había montado la Yeni, así que como al comienzo de esta historia me encuentro frente al espejo anudándome de nuevo la corbata y encaminándome otra vez hacia los Tilos 59. Me recibe, y noté desde un comienzo que se encontraba con algo mejor de humor. Atendió con cara de sumo interés las explicaciones que le fui dando e incluso me sacó una taza de café, ya que creo que pensó por la hora que acababa de comer (aunque raro, cuando estoy preocupado por algo, no es de mis prioridades). Me volvió a decir que nunca podrían haber sido las culpables de la desaparición de el perrete la Britni o la Romualda, la primera porqué no va a estropear los únicos ratos del día que puede platicar con su novio, y la otra, porque ya no es capaz de salir sola a ningún lado, y menos a comprar - ¡Fíjese Don Pedro! Le tengo que comprar yo los boletos del metro para que salga los Domingos por la tarde a ir a ver a su hermana a Bilbao- ningún paquete de matarratas.

Aprovechando el buen talante que estaba tomando la conversación, retomé el asunto de los honorarios. Al ver como fruncía el entrecejo, utilicé el famoso doble o nada, más bien el de doble o casi nada, le propuse que si obtenía resultados, le cobraría mil euros, y si no, me conformaba con cien. Empezamos con el tira y afloja, y quedamos en que si descubría con pruebas fehacientes, me pagaría setecientos cincuenta euros, y de fracasar quedamos en doscientos, entregados en ese mismo momento, eso sí, exigencia vital mía, a la que para aceptar, me pidió un informe semanal a entregar el primero esa misma semana. Con los doscientos menos el anticipo en el bolsillo me despedí atentamente de ella, saliendo de la casa sin un rumbo fijo.

Como hacía una buena tarde y no excesivamente calurosa, dirigí mis pasos sin pensarlo mucho por la avenida de Zugazarte, ya que la sombra de sus árboles (iba a poner majestuosos pero me ha parecido un poco hortera) daban un contexto muy agradable al paseo . Allí iba dándo vueltas a lo de las pruebas fehacientes, dándome cuenta que me había metido en un berenjenal, ya que el término es lo suficientemente amplio para intentar meter lo que se me ocurra y tan sorprendentemente restrictivo que al no haberlo definido, la contraparte como no lo tenga muy claro, no me va a pagar. Así iba meditando entre dientes, cuando recordé lo que hacía el viejo Kurt para desatascar los casos, reunir a todos sus colaboradores en la sala de reuniones de su comisaría y entre tazas de café y bollos, repasaban cada uno de los puntos de su investigación. En esas, y pensando en los bollos más que en otra cosa, me acerqué hasta Zuricalday y compré media docena de bollos de mantequilla. Lo que fue un clamoroso error, comprar sólo seis bollos y no ocho, al final iba a abrir nuevas vías de investigación que me podrían llevar a resolver este caso.

Volví andando, feliz con mi paquetito, bordeando el Gobelas, llegando a casa, justo para calentar un poco de leche, cuando llegaron las dos princesas mayores, que se volvieron literalmente locas al ver los bollos encima de la mesa de la cocina. A la pregunta de las razones del dispendio le expliqué que era el método de un buen policía sueco para intentar avanzar en sus investigaciones. Al mirarme las dos con cara de extrañeza les tuve que contar que lo que realmente hacía era reunir a su equipo de investigadores y con un café y unos bollos volver a repasar todos los temas. Así que se me auto nombraron colaboradoras-investigadoras mega-guapas y tras dejar sus cosas en un santiamén, se sentaron en la mesa de la cocina, se prepararon con la leche caliente un café soluble (no voy a hacer publicidad, pero todos sabéis cual es) y se sentaron a la mesa poniendo cara de que estaban dispuestas a escuchar como marchaba mi primera investigación.

Mientras masticaban, pensé que estaban atendiendo con algo de interés lo que les estaba contando, pero según acabaron su segundo bollo y creo que una vez rellenos sus estomaguetes, empezaron a intercalar comentarios sobre sus temas favoritos, y últimamente a cuelgatú sólo parece interesarle la botánica. En una auténtica maniobra de supervivencia, al ser yo el único que no había hablado, cogí mis dos bollos y antes de que los mancillasen con sus encías me escapé al comedor a zampármelos en paz, pero algo rapidillo ya que podían interrumpirme con suma facilidad, pero parece que desde no hace mucho las princeandi han conectado y todo los días tienen que dar el parte, aunque hagan lo mismo. Debe ser algo innato a las mujeres, ya que desde que me casé, todos los días ha hablado con su madre, esté una en Nueva York y la otra en Benidorm, eso no importa. Pero claro, si empiezan desde jovencitas.

Pero el drama empezó cuando a la pregunta de qué queréis para cenar, las dos mayores me dijeron que después de los bollos nada, y princechiqui que había llegado tarde, hizo la fatídica pregunta - ¿qué bollos?- Su madre nunca hubiera contestado, dejándome ese papelón a mí, pero cuelgatú, probablemente con esa mala uva que se tiene en la adolescencia con los hermanos pequeños respondió – Los bollos para la reunión de investigadores del caso del perrito envenenado. Somos ayudantes de investigación y como hace el detective Wally que es sueco, para desatascar la investigación nos reunimos con cafés y bollos para repasar la investigación.

La miré con ganas de estrangularla, pero he de reconocer que algo sorprendido que hubiera retenido tanta información, y luego volví la vista hacia la pequeña, cuyos ojos negros comenzaban a anegarse de lágrimas, con una mirada de reproche que estaba rompiendo mi corazoncito ( a lo Coyote Dax), y no puede hacer otra cosa que seguirla hasta la habitación, aguantar sin chistar que me cerrara la puerta en las narices, y cuando la abrí tras pedir el pertinente permiso me recibió en jarras, y me espetó a la cara - ¿cómo me has podido traicionar, si la única que te ha ayudado he sido yo?

Me costó que me perdonara hacerle para cenar una tortillita francesa de dos huevos con un par de tranchetes en medio, y una mini fundí de chocolate con gajos de mandarina, a los que previamente tenía que haber investigado (fue muy doloroso el escucharle, “sin mi ayuda no vales para investigar más”) si tenían o no pepitas, descartando las primeras, además, por supuesto, de que mañana mantendríamos una reunión pero en su cuarto, con la entrada prohibida a las dos gordas, y por supuesto con bollos de mantequilla de Zuricalday. He de reconocer que tras asentir a todo lo que me hizo prometer, salí de casa veloz como el rayo otra vez hacia los Tilos, pero esta vez no por la directa, sino por un par de calles más arriba. Encontré encima de la estación un punto desde donde se podía divisar tanto la entrada de la casa como la calle donde la Britni platicaba con su noviete.  La pillé justo volviendo con la pedorra de Truska. Dada la hora, la zona para aparcar estaba vacía, así que me pareció un buen observatorio para corroborar lo que la Yeni me había dicho y de paso ver si había algo extraño que pudiera darme nuevas ideas que seguir. Mañana por la mañana, pasaría con el coche para poder observar discretamente.

Allí me dirigí antes de la preparación del desayuno a la princesada pero no había caído en la cuenta que a las mañanas, mucha gente iba a coger el metro y aparcaban el coche en la zona que pretendía ser mi observatorio, así que no me quedó más remedio que aparcar casi al lado de mi casa, ir corriendo hasta mi punto x, para ver lo mismo que ayer por la noche, como la Britni llegaba de nuevo a su morada, con la perrita atada a su correa. Para lograr una vigilancia efectiva matutina, el coche no era una opción.

El día transcurrió normalmente, el desayuno, la limpieza, era el martes de supermercado, la comida para un par de días. Ya, después de comer, recordé la promesa que había hecho a la pequeña. Así que decidí volver andando hasta Zuricalday para comprar otra media docena de bollos de mantequilla (la dependienta me sonreía amablemente, quizás pensando que podría llegar a ser un gran negocio si me trataba con simpatía, y no iba muy desencaminada, salvo por mi lacra estructural de pocket-money. Creo que le presentaré al empresario navarro 2013) y esperar a que princepeque llegara. Al revés que ayer, hoy era princepitu la que llegaba primero mientras que las pricemaduras llegaban justo a cenar.

Le preparé la bandeja de bollos en la cocina, y cuando la vio, pude atisbar una chispilla brillante en sus ojillos negros, que le duró una centésima de segundo, hasta que imitando a sus mayores me ordenó que llenase un par de pintas de leche semi desnatada y las llevase con los bollos y unas servilletas de celulosa a su cuarto. Cuando allí llegué y se percató de la existencia de seis bollos (la media docenita que me da por comprar de todo), me señaló una banqueta para que me sentase y salió del cuarto. Cuando volvió, no había pasado ni medio minuto, traía un pedazo de papel de aluminio en el que envolvió dos bollos – Para la reflexión de mañana en el autobús y en el recreo – me justificó.

Tras haber masticado aproximadamente medio bollo cada uno ( a comparación con las de ayer, ésta parecía interesada), me miro con displicencia y sentenció – Peru, explícame cómo va el caso

Tras una corta reflexión, el caso del perrillo envenenado no daba para más, y a la vista de los datos objetivos, sólo teníamos que:
  • ·         El perro había sido envenenado con matarratas con una cadencia entre la ingestión y la muerte de cuatro cinco horas, según aseveró el veterinario y así lo certificó
  • ·         Que el perrito había cascado a las doce y media de la tarde
  • ·    Con esos dos datos, tuvo que ser cuando la Britni platicaba con su novio dejando al perrito suelto
  • ·       Objetivamente, ninguna de las tres empleadas de la dueña, podían tener mayor interés en que el perrillo la diñara
  • ·       No sabemos ni intuimos qué interés puede haber en el envenenamiento del pobre Trusky
  • ·       Si descartamos totalmente que el veneno se lo suministraran en su casa, sólo nos queda que se lo hubieran dado cuando la Britni pelaba la pava con el novio, suelto por esa calleja, lo que limita de alguna manera el radio de acción, a unos trescientos vecinos (¡Viva, viva!)
  • ·         Y limita la hora, tuvo que ser por la mañana.


Pocas veces vi a la princepeque con esa cara de satisfacción tras subrayar la última de las reflexiones en su cuaderno. - ¿y ahora qué, Peru?- Le pedí que me diera una copia de sus anotaciones para actuar en consecuencia, y le expliqué que hoy por la noche iba otra vez a vigilar el paseo de la Britni - ¿por la noche? Si en cualquier caso ha sido por la mañana – Sí, pero creo que algo extraño ha pasado cuando esta mujer paseaba al perro, y probablemente el verla de lejos, para que no me vuelvan a identificar, puede que me ayude- Pues no te preocupes te voy a dejar los prismáticos que ama me compró cuando fui al grupo de exploración de avistamiento de pajaritos (Katalejos para el Komité Pajarrako, según su hermana mayor y yo).

Pues eso, con unos catalejos en el coche volví a mi parking encima de la estación del metro de Neguri, para corroborar de nuevo que la Britni, veía al novio, soltaba a la perrita y durante veinte minutos sólo tenía ojos para su chico. No encontré nada especial así que volví a casa, donde la princepeque estaba pasando por los morros a su hermana mayor que ella era la realmente la ayudante de investigación de verdad, y que por eso le habría dado el doble de bollos de mantequilla que a ella.

En fin, antes de empezar a mediar o a discutir, me fui a la cama a ver “Modern Family”, que bueno, si lo trasladásemos a la mía, tampoco desentonaría mucho.

martes, 12 de junio de 2012

AIBOAKO SERLOK (IV)


KABANATA APAT

Efectivamente, el comienzo estaba siendo espectacular. Tras terminar con mis tareas matutinas, me puse en manos de la canijaprince. Cometí el primer error de principiante, me dijo – Cierra los ojos -. Sentí que algo me iba cayendo por la cabeza, que me acabó por hacerme estornudar. Abrí los ojos, y efectivamente tenía el pelo blanco por los polvos de talco que generosamente había esparcido mi as del disfraz por toda mi cabeza. Cometí un segundo error, que era llevar un niki negro azabache (el de Miribilla al baloncesto), en cuyos hombros aparecía una mancha blanca, con bastante pinta casposa, pero la catástrofe llegó con el tercer error, cuando se me ocurrió salir de tal guisa al pasillo, justo, justo, justo, justo, cuando pasaba la princemáquina, que acababa de poner una lavadora. En fin, los insultos y posterior bronca me los tuve que tragar con toda la dignidad que pude, mientras en mi interior visualizaba como la pequeña se estaba desternillando escondida tras la puerta del baño. Pasada la borrasca, consensuamos como poder arreglar ese desaguisado. Me cambié de niki y cuarto error, se nos ocurrió mojarme la cabeza con el fin de fijar el tinte de polvos de talco. Se me montó tal engrudo en el pelo, que no tuve más remedio que quitarme el niki y volver a la ducha, con tan mala suerte que me volví a cruzar con la máquina. Tampoco la quise escuchar mucho y tampoco me dolió aquello de que parece que el que tiene doce años eres tú. Además creo que la cabrona de la mediana colgó mis fotos en internet.

Aseado de nuevo y tras mirarme al espejo y verme, por fin, en perfecto estado de revista, fui hasta el cuarto de la princepeque, donde me esperaba vestida en plan colegiala, con coletas y todo. Me explicó que lo había hecho para parecer un poco más pequeña y así pasar yo por su abuelito. La iba a mandar a tomar viento fresco cuando me dio dos trozos de algodón para que me los metiera en la boca. No sé porqué la obedecí, pero al mirarme al espejo me recordó a Don Vito así que empecé a mormojear frente al espejo – te vi a hasé una poprosición qui no vas a poder rechazar- cuando casi me trago un trozo, así que entre ella y yo, decidimos que su disfraz de colegiala era suficiente para servirnos de camuflaje, así que armados con su goma, partimos de nuevo hacia la calle de los Tilos.

Cerca de donde solía ponerme para esperar la salida del portal, había una farola a la que la pequeña con una facilidad que me sorprendió, fruto de años de práctica, ató su goma y luego me la pasó por los tobillos - ¡Primeras!- y comenzó a saltar en una especie de danza ritual que no entendí. Así seguimos durante casi media hora y cuando parecía que mi prince iba a claudicar, y yo también, ya que me empezaba a molestar la espalda, salió Britni del portal, y tras ella, con la correa atada y ladrando como una posesa la pesada de Truska. “Son ellas” le susurré a la peque, que miró disimuladamente. Al menos eso creyó ella. Me quedé con la impresión que Britni nos había visto, pero a la pequeña le dio igual – No te preocupes Peru, ya la sigo yo- y dicho y hecho, allí me dejó como un pasmarote, mientras ella, a saltitos, pensaría que así disimulaba mejor, se fue tras los pasos de Britni.

Si no se me hubiera pasado por la cabeza que alguien podía hacer algo a mi niña, hubiera seguido con la goma en las rodillas hasta que hubiera vuelto Truska de su paseo habitual, pero esa mente peliculera que hemos acabado teniendo todos me hizo pensar que debía de vigilar a mi niña. Entre juramentos logré soltar la goma de la farola. Apresuradamente me la metí en el bolsillo y salí con mi paso rápido a intentar seguir a mi pequeña.Me encanta lo del paso rápido, el papel (auqnue sea virtual) aguanta todo. Ya estaba sudando cuando la vi a lo lejos, que se ocultaba tras una esquina para poder mirar a su vigilada sin que ésta se percatara de la labor discreta de seguimiento. Como había perdido algo el resuello, decidí seguirla a lo lejos, ya que la ruta habitual de Britni era bajar por la avenida de Leioa hasta el puente que une Neguri con Neguri Gane, girar un ratito siguiendo el cauce del Gobelas para acabar subiendo de nuevo por los Tilos.

Como la calle de los Tilos tiene las aceras flanqueadas por árboles, mi nena iba escondiéndose detrás de los mismos. Pasaban unos segundos, sacaba sólo la cabeza, y otra vez a saltitos corría para ocultarse en el siguiente árbol. Si no fuera porque me están pagando por esto (o al menos es lo que secretamente anhelo), me estaría literalmente partiendo el culo. Cuando más o menos calculé que la perrilla y su paseante habían llegado hasta su portal, fui hasta el lugar donde estuvimos con la goma. Cuando me vio acercarme, vino corriendo hacia mí, y atropelladamente comenzó con su informe de vigilancia:
- Las he seguido sin que se den cuenta. Lo único especial ha sido que cuando la perrilla se ha puesto a hacer sus cosas, la chica las ha recogido con una bolsa de plástico y no parecía muy contenta, pero salvo ese nimio incidente, no ha pasado nada más que haya que reseñar.

De vez en cuando me sorprende la princepitufa con el lenguaje que utiliza, creo que es más debido a las series televisivas que se traga que a su afición a la lectura. Así que le doy la mano y en recompensa a su excelente trabajo le propongo que vayamos a zumbarnos un merecido aperitivo (con rabas y todo) el Egoki. Me insinúa que podemos llamar a su madre y a su hermana para que lo compartan con nosotros, pero le explico que se iban a reír de nuestra investigación ya que son incapaces de comprender la importancia de un trabajo como el nuestro - ¡Es verdad! Son bastante Obdulias- supongo que quiso decir obtusas, y además yo pienso que encima las puede acompañar Floripondio. Lo debí de pensar en voz alta, ya que la pequeña se puso a reír. -¿Cómo le has llamado al Floren? ¿floreropondio?- No, Floripondio – le contesté - ¡Uy! Pues si ha ella la hubieras llamado Rosita, tendrías el jardín completo., mamá Azucena, Rosita la niña fea y a mí por ejemplo, Margarita,– Sí, y yo Narciso, no te …. y en vez de los Hurtado, nos habríamos apellidado Jardín -. Así seguimos un rato con esta conversación tan profunda hasta que terminamos con un humeante y crujiente plato de rabas, dos pintas de cerveza y un mosto con hielo, y llegamos a casa, sin muchas ganas de comer y si con muchas ganas de sestear.

Tras la reconfortante siesta y visto que la tarde del Sábado se presentaba muy placentera, con el fin de poder documentarme más sobre mi caso, me pillé el libro de la inspectora Delicado sobre el caso que tuvo con unos perros. Es verdad que aunque trata sobre cánidos, tiene más que ver sobre peleas de éstos, que sobre envenenamientos misteriosos, pero me ayudó a pasar una tarde y noche bastante entretenida dedicado a otro de mis mayores placeres, la lectura, hasta que ya, postrado en el lecho, se me cerraron los ojos dulcemente.

¡Por fin es Domingo!¡El día que puedo retozar como un cochino en su charca gruñendo todo el tiempo que quiera!¡el único día a la semana que el princesito soy yo! El desayuno a la cama, y tras cuatro años de duro entrenamiento, me lo traen acompañado por la prensa matutina, el baño para mí sólo (De esto podría escribir siete capítulos, a pesar de ocuparlo dos horas el Domingo, no creo que llegue al 5% del tiempo total de utilización), en fin que como todo gran día en seguida pasa algo que da al traste todas tus ilusiones. Hoy la bronca ha sido por el tiempo que tienen que estar las lentejas en la olla expres. Me ha intentado explicar el tiempo que tenían que estar las lentejas a tope, pero se ha equivocado y me ha hablado de las alubias. ¡Alubias!¡Uno de mis platos estrella! No he admitido el tiempo que ella me decía que tardaban en prepararse, pero lo peor ha sido cuando ha venido con el libro de instrucciones donde venía el tiempo de las lentejas (Yo, como siempre lo había alargado un poco). Ya ahí, no he podido más y le he preguntado si eso era todo lo que confiaba en mí, que se había chupado los dedos siempre con mis alubias & sacramentos o fabes & almejas, y que me venía a discutir con un librito como se hacen. Me he hecho el digno y cuando creía que no se fijaba, he quitado las lentejas del fuego. Como me quedaron de rechupete, no volvió a salir el tema, al menos por hoy.

Pero, como todo no puede salir siempre bien, cuando me encontraba preparado psicológicamente para proponer unas crujientes rabitas en el Egoki, ha aparecido la princesa cuelgatú, con una maravillosa idea, ¡Floripondio la había llamado para subir por la tarde a la Arboleda para practicar unas bolas, y además le había comprado un pat! ¡Una patada en los huevos le daba yo al capullo floreado ese! – Y fíjate que bien mamá, ¡me ha dicho que si queremos subir todos con él!¿Eh?- le miraba a la máquina pestañeando cursimente. Como si la vida me pasara por delante de mis ojos en un instante, comprendí que máquina iba a aceptar encantada. No quise escuchar la respuesta, pues ya la conocía, y como en las grandes ocasiones me puse a recorrer el pasillo de un lado para el otro, intentando que mi cerebro produjera una respuesta que me hiciera evitar el tener que volver a la Arboleda. a la segunda vuelta pude decir algo:

- No puedo ir, tengo que hacer vigilancia toda esta tarde.
- No te preocupes Peru, nosotras nos quedamos en casa. La niña si quiere que suba 
Maldición, me acabo de coronar, éstas en casa felices, cuelgatú con el noviete en el campo, y yo ¡qué carajo voy a hacer!. Tengo que salir de casa.

Así, que mientras una sestea tranquilamente, la otra chatea con sus amiguitas en el ordenata, la mayor se ha ido a pegar unas bolas con el noviete, hete ahí que yo vuelvo a subir hacia los Tilos 59. Iba tan deprimido por lo atontado que podía ser, que me senté en el bordillo de la acera, no excesivamente disimulado, mirando al portal mientras que me laceraba el alma con preguntas sobre las razones que me han llevado a no esperar a que máquina contestara, razones que se me hacían muy poderosas, pues estaría ahora en casa retozando delante de la tele, pero, razones que no acababa de encontrar, porque no las había ¡jilipollas!.

Pero no todo puede salir siempre mal, ya que hacia las cinco, Romualda vestida de Domingo de 1960, salió del portal, encaminándose hacia el metro. Menos mal que en mi cartera, además de los diez euros que me quedaban de la paga, tenía un abono de transporte, así que la seguí de lejos hasta la estación. Esperé a que se dirigiera hacia algún vagón cuando llegó el metro, para pasar la canceladora e ir hasta otro vagón, donde me pude colocar de una manera lo bastante discreta para que no me viera. Ahora que, me seguía lacerando el alma con preguntas ¿qué hago yo siguiendo a ésta?. Las estaciones de metro iban pasando una tras otra y cuando ya estábamos en Bilbao (Abando) una ligera esperanza comenzó a recorrer mi pensamiento ¿no parará en Santutxu? No tuve que esperar mucho para comprobar, que por primera vez en todo el día, algo empezaba a no salir muy mal, ya que mi querida vigilada se bajaba en Santutxu. No me costó seguirla a distancia para salir de la estación, y cuando pude ver en que portal se metía, tuve que controlarme para no dar saltos de alegría, en frente del número 22 se encontraba la Taberna “Ona”, la que mejores gildas tenía de todo Bilbao, lo cual es aseverar que son las mejores del mundo entero. Y, además, gracias a la ley anti tabaco tenían una terracita de lo más mona, donde disponía a pasar la que probablemente será la mejor tarde de vigilancia de toda mi vida.

La alegría menguó un poco cuando recordé que sólo tenía de capital 10 euros, pero nada más llamar a Ajota, éste al enterarse de donde estaba con ese tonillo fantasmón que atesora se hizo dueño de la situación, me dijo que en su barrio sólo pagaba él, y en diez minutos lo tenía a mi lado junto a una botella de rioja y media dosenita de gildas. La Argentina, que es como llamamos a su novia, no sé muy bien porqué ya que la niña es de Miranda, dijo que más tarde nos acompañaría, así que de espaldas a la puerta del 22, y dado que Ajota me informaría de los que iban saliendo del portal, nos dispusimos a pasar una tarde juntos, pegando un buen repaso a todos nuestros colegas de Santutxu, empezando por “Puñete” (imposible recordar su nombre de verdad) potro universal al que hace siglos que no sabemos nada de él, y acabando con la cuadrilla de potes de los Viernes “melenas” (era absolutamente calvo), “pelas” (trabajó de botones en un banco) y “puchi” (como tiraba de muletas, siempre llegaba el último). La verdad es que lo pasamos bien. Luego llegó la Argentina que empezó a darle al Verdejo. Total que para las nueve y media de la noche estábamos ya muy contentos. A pesar de los vapores etílicos, Ajotita aún tuvo reflejos para avisarme que una vieja salía del portal, siendo efectivamente la Romualda.

Cuando dije que tenía que seguirla, la Argentina se colgó de mi brazo y me dijo que así podríamos disimular como pareja. Al de unos pasos, cuando Ajota entró a pagar lo que se debía, se empezó a reír y me confesó que lo había hecho para que pagara la cuenta mi amigo “ya que últimamente está un poco potranco”. Cuando nos cogió a unos 200 metros de la estación le noté algo ofuscado, pero le dio un empujón a su novia, y se agarró de mi brazo, “ahora disimulamos de otra manera”. Les dejé a los dos, riéndose como dos tontos, ya que me debía a mi misión de vigilancia, y además estaba encantado, ya que podría añadir estas horas en mi hojita Excel.

Más que el ruido que pude hacer con los dos idiotas de mis amigos, la Romualda me cazó porque en vez de bajarme del metro en Aiboa, me bajé con ella en Neguri. Casi nos damos de morros, fundamentalmente porque los vapores que todavía llegaban a mi cabeza no me estaban dejando razonar con claridad. Y lo peor fue que la seguí hasta casa, no se para que, ya que poco interés podía tener para el caso. Y no es que me viese, sino que también me oyó cuando me agaché para recoger el bono del metro que se me había caído en la acera. Las gildas siempre me daban un poco de flojera. Ya en casa, el personal se había acostado, así que me quedé un rato viendo la tele en la esperanza que el Lunes sería un día muy normalito. Yo, como pronosticador, no tengo precio.

Hice lo de un Lunes a la mañana, espiar a la Britni en su paseo matutino con Truska, el desayuno a la princesada, pasar la aspi, ordenar el salón y ponerme a leer el periódico. Cuando pensaba que iba a ser un Lunes normal, sonó el teléfono. Siempre supe que no tenía que haberlo descolgado, pero como un autómata, lo hice, descolgué el teléfono.

¡Joder, que bronca me montó la Yeni de los eggs!¡Que que coño (literal) hacía espiando a la Romualda y a la Britni!¡ Qué para que las perseguía y atemorizaba!¡Qué la pobre Romualda no pudo salir a pasear hasta Basarrate con su hermana!¡Que qué macarras me acompañaban!¡Qué ya podía disimular un poco más, que con lo gordo que estaba (detalle de asquerosa) no pasaba desapercibido en ningún lado!¡Qué si me pensaba que me iba a pagar las horas que estaba acosando a las empleadas de su señora!¡que sí pensaba que esas dos habían hecho algo al pobre Trusky (que adoraban hasta la extenuación) era bobo del culo! (Ésta era sudamericana, pero dominaba de pelots el lenguaje de los gachupines). Resumiendo, o que hacía algo, o que mis honorarios serían en chapas de la vaca.

Puede estar una hora mirando el televisor apagado, y podía haber seguid mirándolo más. Pero hubo un momento en que instintivamente la vista se me giró hacia la librería. Allí, ordenaditos desde “Asesinos sin rostro” hasta “El hombre inquieto” se encontraban en perfecto orden de revista unas de mis novelas negras favoritas. Todavía no me había pasado a las ediciones de bolsillo. Las miré y comprendí que el viejo Kurt me podría inspirar para saber que camino tomar y desatascar algo mi investigación.

viernes, 8 de junio de 2012

AIBOAKO SERLOK (III)



ROZDZIAŁ TRZECI

Esta mañana, de nuevo mis pasos me llevan hacia la calle de los Tilos. Aunque da un poco de calor, llevo de nuevo mi sudadera con capucha para pasar más desapercibido y me acerco a los soportales para poder observar la salida del portal de la gente del número 59. Al poco de estar observando sale del portal Britni, llevando con la correa a Truska. Justo, a mi lado pasa el mozalbete del otro día que se dirige hacia ella. Britni ha vuelto a soltar la correa de Truska y se dirige hacia su noviete, cuchichean, parece que me miran de reojo y de pronto Britni sale aceleradilla y coge al perrito en sus brazos, y lo vuelve a atar a la correa entre las airadas protestas de la perrilla. En ese momento comienza a andar hacia una de las bocacalles. Le sigo a lo lejos, ocultándome tras cualquiera de los plataneros que bordean la mayor parte de las aceras de Neguri. Cuando me queda claro que no está más que dando un paseo, miro el reloj y salgo al trote al preparar el desayuno de la princesada.

No me lo puedo creer. Princesa máquina de reñir ha contratado una clase de golf colectiva a la tarde en Meaztegui (Conocido vulgarmente como el campo de golf de la Arboleda, aunque árboles, árboles, muchos no hay), de la que no me puedo escaquear. Y además ha dicho que es para cinco. He fruncido el ceño, en plan disgustadete, pero parece que no ha llamado para nada la atención. He protestado diciendo que tenía una vigilancia al mediodía (lo primero que me ha pasado por la cabeza, tendré que espiar a Britni también en el paseo que dice hace al mediodía), pero la máquina ha dicho que no me preocupe, que es a las seis, he vuelto a protestar que también tengo vigilancia vespertina, y la que ha fruncido el ceño ha sido ella, así que no me ha quedado más remedio que ceder. Lleva dándome la coña con lo del golf más de tres años, y hasta ahora he sido lo suficientemente hábil para escaparme, pero lo de hoy me ha sonado a ultimátum, ya veremos.

Mi vigilancia al medio día, tampoco da mucho resultado, ya que a pesar de haber esperado casi dos horas (medio día para Britni deben de ser las tres de la tarde), la chica ha salido con la perra bien atada de la correa, ha vuelto a repetir más o menos el paseo de la mañana, y creo que además me ha visto. Tampoco es que tenga mucha importancia, pero claro, a la una del medio día, tampoco voy a ir con mi sudadera rapera, ya que con el buen tiempo que está haciendo da mucho el cante. He vuelto a casa desilusionado, y allí me encontrado a toda la tropa dispuesta a ir a la Arboleda. Pero cuál ha sido mi sorpresa cuando princepija no ha venido con nosotros en el coche. He debido de poner tal cara que princechiqui me ha explicado:
-  Es que va con un chico que conoce, bueno que sale, se llama Florencio y está en tercero de ingenieros. Tiene coche y vive cerca de casa. Le conoció en las fiestas de Santa Ana en Las Arenas y han batido el record de cuelgatus dejándolo en treinta y cinco que conté el Martes pasado por la noche
- ¿No estarás espiando a tu hermana?- le espetó la máquina de reñir para luego continuar durante media hora hablando de temas intrascendentes con el fin de desviar mi atención sobre el hecho de que mi hija mayor esté saliendo con un tipo, que encima se llama Floripondio. Yo desde Rontegui la había dejado de escuchar, imaginando sólo el momento de la presentación ¿le estrujaría la mano sin piedad?¿le pisaría el pie sin querer?¿le apretaría los huevos con pasión?. Así, que pensando en cómo podría torturar a Floripondio, llegamos a la Arboleda.

Cuando me lo presentó pricepiji, vi que el hombrecillo temblaba como una florecilla en la Galea un día de galerna. Me hubiera gustado que hubiese sido por la cara de psicópata que le puse en el momento de la presentación – Mira Floren te presento a Peru (manía de mis hijas, ninguna me llama papá, aita, papi o papito (Britni seguro que me llamaría así si no estuviera presente en los interrogatorios la Yeni) siempre me llaman por mi apodo)- pero creo que fue más el hecho de que le sacara la cabeza y medio metro de ancho de espalda lo que le hizo sentir un nudo en la garganta, que espero cada vez que se acuerde de mí, lo tenga. Es lo que tiene salir con la hija de un tipo que mide casi dos metros (uno noventa y siete raspado según mis enemigos que por lo que estoy comprobando van en aumento) y pesa ciento treinta kilos de mucha musculatura y poca grasa.

Pero bueno, según llegó el profe de golf, un muchachillo que no llega a los treinta, morenito de pelo rizado, con barba a medio afeitar dejándole pinta de canallita, y simpatiquillo, se me olvidó completamente que allí estaba Floripondio. No sé en qué coño de película aparecía el típico profe de golf que sólo intentaba ligar con sus alumnas, cogiéndolas por detrás para enseñarles. Cuando lo recordé, tras recibir un palo que ponía “siete” empecé a mirarle con cara de pocos amigos. Al final, lo de la postura que me había venido a la cabeza era más algo de película, y en ningún momento se acercó a ninguna de mis princesas más de lo estrictamente necesario, pero eso sí, a éste sí que le había puesto mi cara real de psicópata (la mirada asesina la clavo de un amigo caraqueño) con lo cual de la hora de clase, sólo se atrevió a estar conmigo cinco minutos y creo que porque pensó que yo pagaba las clases, que si no, ni se acerca. Así que después de pegar doscientas bolas, la única que me salió recta fue una que chuté con el pie, ya de bastante mal humor.

Bastante mal humor que se acrecentó según descubrí que después de la clase me llevaban a una cadena francesa de deportes donde aprovisionarnos de los equipos necesarios para jugar al golf (según princemáquina, por el momento, sólo zapatos). Como pude comprobar, parece ser que al golf sólo juegan pitufillos, porque entre nada de lo expuesto había algo de mi talla. Es el problema de tener un cincuenta de talla de pie (sí, y como estás pensando el tamaño es proporcional ¡A todo!). Sólo, en la sección de pesca y caza, donde parece que ser de un tamaño algo más grande que la media está aceptado, podía encontrar algo de talla normal, pero fundamentalmente en ropa para invierno. Pero esto no es nuevo para un tipo como yo que venía del mountain bike. Menos mal que pasé un buen rato cuando princechiqui en un alarde de interpretación al verme aburrido y preguntarle me explicó lo del cuelga tú. - Ay Floren, yo también, pero cuelga tú; ay, que no que cuelgues tú, ay que no, que tú ¡uy, me ha colgado!¡Le tengo que volver a llamar! – mientras gesticulaba pestañeando intensamente y colocando una mano suya sobre su oreja, como si tuviera un teléfono móvil.

 Y para acabar de rematar la tarde del Viernes, Floripondio se pone a hablar de los woks (como si fuera una novedad, en el primer Wok que abrieron en Bilbao en General Concha, atendido por Ku Ku, era conocido como el chiquitín). Total, que parece que princemáquina se está preocupando por colocar a la niña y en un acto de peloteo hacia el recién llegado, entre los alegres palmeteos de su niña mayor, propone que para celebrar la primera clase, vayamos a cenar a un wok. Así que me llevan al del nuevo centro comercial de Leioa donde acaban de inagurar uno. Además entre tod@s intentan explicarme en qué consistía el invento (a un tío que en cuatro años hizo una media de 25 comidas al mes fuera de casa), Floripondio se puso a explicar recetas que pensaba originales, como la de cocer salchichas con cerveza, que por supuesto a mis princesas, que cualquier cosa relacionada con hacer un plato sabroso les parecía algo mágico, les pareció de estrella Michelín. ¡ Cómo puede ser alguien tan sopla eso para malgastar una sabrosa cerveza en cocer unas salchichas! La cerveza es mejor utilizarla para cocerse uno mismo. El único plato en el que se puede utilizar cerveza es cuando horneas un solomillo de vaca o ternera. A los 15 minutos de tener el solomillo en el horno a tope, le vacías encima una lata de cerveza helada para que lo contraiga y lo haga más jugoso. Luego lo sacas diez minutos más tarde y lo fileteas, mejor siempre justo antes de servirlo, ya que el jugo que suelta la carne en ese momento  es de lo más espectacular. En una cocina la cerveza para lo único que vale es para refrescar al pobre cocinero, siempre que esté bien fría.

Pero bueno, y dado que mis recetas no parecen interesar mucho a nadie, y sí el tema de investigación, a la pregunta, aparentemente inocente de Floripondio, de que es lo que hago, comienzo a explicarles el caso que estoy llevando entre manos. Reconozco que no es desde un punto de vista criminalista uno de los más interesantes, pero por algo siempre tiene que empezar una carrera. En mi época de perito acabé firmando indemnizaciones de unos cienes de millones de pelas, pero mi primera fue una humedad de un portal en Algorta que no llegaba a los treinta euros. Y en esto, igual, empecé por la muerte de un animalillo de compañía. Esperaba comprensión, quizás no me hubiera importado indiferencia, pero lo que me tocó los cojones de una forma bestial fue el cachondeo que se organizó. Lamentablemente, no recordé que mi princesada (a diferencia mía que soy más bien fan de Big Bang o de Modern Family) era seguidoras fanáticas de CSI en su versión nevada o floridiana, de la huesetes o cualquier otra versión de investigación criminalística en formato televisivo de serie de cincuenta minutos.

No sé que me sentó peor, si las tres haciendo el coro de perritas perdidas aullando (por lo menos disfruté al ver a Floripondio como se ponía rojo como una amapola, ¡toma metáfora floreada!), lo de buscar el ADN en los pelos del perro, que si fue un ataque de celos de Truska porque miraba a un gran danés (que habitualmente pasean por Aiboa, y parece más un pony que un perro), que si había recompuesto el esqueleto para conocer con gran detalle la agresión, si se había estudiado la conducta de los dueños, etc, etc, etc. El tema se enfrió cuando siguiendo las gracias de la manada femenina, Flori, empezó con comentarios de seguir los rastros de orina (meada de los perros, para los menos fino, que haberlos, los hay) con espráis y rayos infrarrojos. Parte de la princesada ante mi mirada asesina, huyó a por los postres, mientras que la máquina intentó derivar los temas y el tonto de Floripondio comenzó a sudar como si estuviera en una sauna, hasta que a señas de la mayor, huyó a buscar un postre. Al final, entre las birras, el decrecimiento del ambiente y que la nena mayor tenía que madrugar el Sábado para acudir a sus actividades deportivas (Floripondio, aunque lo intentó, declinó llevarla en coche a casa tras verme romper una nuez en la mano), nos fuimos a casa. Debía llevar tal careto, que princechiqui  me pidió acompañarme al día siguiente en mi estrecha vigilancia a Britni, a quién seguía considerando como mi principal sospechosa. La miré un poco con esa cara de que lo haces porque te doy pena después del cachondeo de tu hermana y tu madre. Pero insistió – mira, llevamos una goma, la atamos a una farola y tú te la pones entre las piernas, y yo hago como que salto- pero cariño, si ya eres mayorcita y..- que no, que me puedo hacer un poco la tonta, y a ti te pongo polvos de talco en el pelo, un poco de algodón en la boca para hacerte papos más gordos, y pareces mi abuelito. Ya lo hizo Castle en un episodio… - No puedo negarme, mañana será un gran día…. presiento.

lunes, 4 de junio de 2012

AIBOAKO SERLOK (II)


KAPITULO TXU

Las mañanas primaverales en Aiboa son una gozada. Algo fresquitas, quizás, pero aquella mañana me había puesto una sudadera para no tener esa sensación. Era una sudadera con historia y a la que había sido siempre fiel, incluso cuando había sido amenazada con convertirse en trapos de cocina, siendo una de las pocas veces que he impuesto mi criterio en casa y la salvé de la tijera. ¿Una de las veces?. A fuerza de ser sincero, creo que ha sido la única. Fue la estrella en los carnavales de Santutxu cuando salimos de “Los Raperos Poteros”, y lo que más me gusta es su capucha. No hicimos gran cosa, ya que como avisé al líder, lo de potero es como más de vomitar, y que hubiera sido mejor “los poteadores rapeadores”, pero como no fui yo el que inscribió el grupo en el concurso.

Voy pensando todas estas chorradas mientras doy mi paseo matutino. Salgo de casa alrededor de las seis y media, y sigo por la avenida de los Chopos hasta el cruce de Venancios. El tiempo lo tengo más o menos calculado y para las siete y veinte estoy de nuevo en casa. Según llego, pongo un cacito con la leche a calentar, y exprimo nueve naranjas para que mis princesas tengan listo su desayuno. A la vez, tuesto dos tostadas de pan de molde, dos de pan integral, y el currusco de pan duro que sobró del día anterior. Saco la mantequilla para que cuando lleguen se haya reblandecido un poco y sea más fácil de untar. Y por último, la mermelada, de naranja, frutos del bosque y albaricoque. Me caliento un cafelito en el micro ondas que voy tomando hasta que llegan las tres. Entonces, mientras desayunan, empiezo a pasar el aspirador por toda la casa, pero creo que hago eso por las mañanas para que cuando se van, se quedan con la sensación que estoy currando. Cuando llegan, tienen la cena preparada, así que no doy precisamente una imagen de no pegar palo al agua.

Esta mañana me doy cuenta que no he seguido mi camino habitual, sino que he dirigido mis pasos hacia la calle de los Tilos. No ha sido nada planeado, probablemente haya sido el subconsciente el que me haya guiado, con el fin de empezar a husmear un poco. Voy cogiendo olfato de detective privado. Ahí ha sido donde me he acordado que la sudadera tenía la capucha, aunque todavía puede ser muy pronto para que pase nada. Cuando me encuentro cerca del portal 59, intuyo movimiento  así que me detengo y en plan disimulado hago como que estiro. Para evitar ser algo menos reconocible, me pongo la capucha. Sale del portal la criadita que miraba hacia el suelo, llevando con una correa a la perrita ladradora. Pegué un pequeño respingo, ya que pensé que me podía reconocer, o al menos oler, pero Truska parecía más interesada en olfatear los alrededores de su casa. La chica se metió por una pequeña calle peatonal que va desde los Tilos a Cristóbal Colón, cerca de la estación del metro. Desde lejos observo como la chiquita, en el momento que ya no puede ser visible desde su casa, suelta a la perrilla, y se pone a fumar. A mi lado pasa un joven sudamericano que toma también esa misma calle y al llegar donde ella, se detiene y se pone a conversar. Me meto en unos soportales cercanos, y tras una columna, me pongo a observar en plan disimulado. Parece que son novietes. A lo lejos se oye a la pesada de Truska ladrar. Intento fisgar, pero la luz me viene al cerebro y miro el reloj. ¡Voy a tener que ir casi corriendo!, si quiero poner el desayuno a su hora, y mis chicas, para eso, son bastante germánicas, es decir un poco cuadradas, bueno, un poco no, mucho.

Menos mal que las nenas se hacen las camas, así que me da tiempo a cruzar para comprar el periódico y el pan, según se van de casa. Recojo los cacharros, ordeno un poco los baños, pongo una lavadora y ¡tachán!, ya estoy libre para leer el periódico. Embutido en esa rutina, no caigo en la cuenta hasta casi las once que tengo una carpeta con información del caso, que todavía no me he dignado en leer. Antes de empezar, me hago una hojita en Excel donde empiezo a marcar las horas que estoy invirtiendo en el caso. Ya llevo un par de ellas, ayer para ir y coger los datos (No cogí ninguno), y esta mañana de vigilancia. ¡Ah!, he de meter también el tiempo invertido es hacer la hoja Excel ¡Cómo se nota que me tocó vigilar como imputaban las horas en un gran macro bufete de renombre! Hasta metían las horas de las comidas cuando en ellas mencionaban de pasada a algún cliente. A un socio de una firma, le pillé que un día había metido facturado las dos horas de la comida con su novia a cuatro clientes distintos (a cada uno tres horas). Supongo que sería porque le contaría tras el polvo posterior al almuerzo en qué casos se encontraba ocupado.

Abrí la carpeta. Tenía un par de fotos de estudio del chucho, una hoja con su pedigrí (¡Vaya con el perrete, descendía de la pata del Cid! Exagero, por lo menos de la cola de Rin Tin Tin y del .... de Lassie), unas fotos en las que aparecía en una habitación de una casa, aparentemente muerto, y un informe de un veterinario de Algorta. Al parecer le habían hecho la autopsia y me daba la impresión que al perro lo habían envenenado, pero como no entendía nada, supuse que la mejor idea sería darme una vuelta. Como la consulta, un bajo a pie de calle, estaba cerca de la estación de Algorta, me sedujo la idea de tomar unos pinchos a modo de comida en Amesti, eso sí, tras la visita. Desde allí, y según lo me contara en veterinario, organizaría una nueva visita a la casa de la señora e interrogaría al servicio. Un buen plan para pasar el día, y así ir añadiendo horillas a mi hojita Excel.

La consulta del veterinario se encontraba en un bajo, reiterando lo que he dicho más arriba. Cuando entré, había un par de personas esperando cada una de ellas con un animalillo. Había una mesa vacía con un teléfono y un ordenador. Me quedé frente a ella, suponiendo que en breve saldría alguien para atenderme. Así fue. Tras explicarle a una chica vestida con uniforme blanco cuales eran las razones que hasta allí me habían llevado, y revisando que no había pedido hora (eso, ya lo sabía yo), me citó para que apareciera a la una y media, momento en que Fernando, supongo que el veterinario, podría atenderme. Faltaba todavía una hora, así que salí y viendo que hacía un día estupendo, decidí tomar un único y mítico pote en el molino de Aixerrota, y aprovecharía también para deleitarme con las vistas de los acantilados. Pero la carne es débil, y cuanto todavía estaba por la avenida del Ángel, se me ocurrió meter los morros en una tasca que tenía una espectacular fuente de gildas. Total, que me metí dentro, y un par de potes (Rioja crianza, of course) y un trío de gildas después (Un full en el argot de póker), tras la obligada revisión de la prensa deportiva disponible en la barra del bar, me di cuenta que tenía que andar ligerito, si quería llegar a tiempo donde Fernando.

Llegué con tiempo, incluso tuve que esperar un cuarto de hora adicional, ya que como me explico la chavala de recepción, tenía un intervención un poco delicada. Me recibió muy atento y después de presentarme como investigador privado, escuchó mis explicaciones y lo que quería, mientras echaba un vistazo a su ordenador, donde me explicó que guardaba su informe.
 - Recuerdo perfectamente. Es muy raro que nos pidan algo así, pero venía bien  recomendada por un buen cliente, y la verdad es que no pusieron ninguna pega al presupuesto que les pasé
-  ¿Era mucho? – pregunté, más por curiosidad que por otra cosa
 - El análisis de las vísceras costó cerca de dos mil euros, ya que hubo que encargarlo a la universidad, y yo cobré otros mil por el informe.
Joder, y la potra de la vieja me está rateando mis honorarios, tengo que volver a retomar este tema con la Yeni de las pelotas, por lo menos para cobrar algo y bien.
-  Los nombres y terminaciones que vienen me son muy extraños ¿me lo podría explicar en lenguaje llano?
-  Ningún problema, es algo muy claro, lo envenenaron con un raticida, del que incluso los del laboratorio sacaron hasta su denominación comercial, pero también tengo que decirte que es uno de los más corrientes, y se puede obtener muy fácilmente. Por ese lado, poco más podrás averiguar.
-  Lo que tengo entendido es que se murió en casa - ¡Huy! Mi círculo de sospechosos se reduce drásticamente a tres personas.
-  Sí, en mis notas tengo apuntado que el perro cayó fulminado hacia las doce de la mañana.
- O sea, que el veneno se lo tuvieron que dar un poco antes ¡No?- esperanzado afirmo viendo que mi caso iba a tener un rápido desenlace.
-  No es así. Los venenos para roedores tardan en hacer efecto unas cuantas horas, ya que si murieran al instante, las ratas que quedan vivas, no comerían lo que ha matado a una compañera. Aprenden en seguida, así que los venenos actúan con un retardo de varias horas para ser más efectivos.- A tomar por saco, el círculo de sospechosos se multiplica al infinito.
-  Entonces, ¿lo pudo comer en la calle tras encontrarlo casualmente?
-  Tampoco sería muy exacto. El veneno en sí repelé a los demás animales que no sean ratas, precisamente para evitar muertes accidentales (y costosas demandas). Se lo tuvieron que administrar dentro de algún alimento de los que le podía gustar al animalillo. Lamentablemente, y dado el tiempo que pasó entre la ingesta y la muerte, no encontré nada en el estómago que pudiera aportar alguna pista
-  Así que tu conclusión es que lo envenenaron a propósito
-  No puedo afirmarlo taxativamente, pero es la impresión que me dio
-  ¿Y cuanto tiempo pudo pasar entre que se comió el veneno y su muerte?
-  Es difícil saberlo, pero creo que al menos cuatro horas. Depende de la dosis que le metieran, cuya eficacia también va en función del peso y edad del animal. Nunca más de ocho horas ni menos de tres, pero tras leer un poco de la literatura del fabricante, considero que por ahí pueden andar los tiros
-  Oye, pues muchas gracias – le dije mientras me levantaba de la silla
-  No hay de qué – Mientras se levantaba y se quitaba la chaqueta blanca que llevaba- Oye, ¡podrías dejarme alguna tarjeta? De vez en cuando algunos de mis clientes me preguntan si conozco a algún detective que se encargue de animales.
-  Hombre, esto lo hago un poco como tú la autopsia, por una buena recomendación, pero bueno, si la paga es buena, tampoco veo porqu no. Paso un día de estos y te dejo unas tarjetas (que por supuesto, todavía no tenía)

Salí mascullando entre dientes sobre la tacañería del personal. Por una mierda de autopsia paga 3.000 euros la vieja, y a mí me ratean todo lo que puede. Esto no quedará así juro entre dientes mientras pido con una sonrisilla beata una pinta de cerveza en el Barbarella de Amesti. Tras unas cuantas pintas, dos o tres a lo sumo,  y los correspondientes vegetales picantillos, decido que es hora de comenzar con los interrogatorios. ¡A mí se me van a escapar dos chavalitas y una vieja! A medida que iba tomando cerveza, me iba envalentonando. Hay que reconocer que lo de preguntar nunca se me había dado excesivamente mal. Así que convencido de los siguientes pasos a dar, llamo a la Yeni para citarle inmediatamente a su señora, a ella, a la criadita joven y a la vieja para interrogarlas. Yeni me contestó muy educadamente que podía acercarme a su domicilio (el de su jefa) cuando quisiera, así que una vez colgado el móvil, tomé el último trago de cerveza, y con un golpe seco dejé el vaso en la barra, con la intención de que todos los parroquianos presenten pudieran constatar mi decidida actitud y abnegada entrega a la causa.

Ya fuera del Bar, y con el fin de darme ánimos comencé a rememorar aquellos tiempos en los que investigaba incendios. Uno de las primeras causas a descartar era el accidente de fumador. Tras cuatro o cinco incendios ya comprendí que después de un chamuscamiento nadie iba a reconocer que fumaba. Así que hubo que cambiar de táctica. Siempre pedías poder hablar con los que habían descubierto el fuego, los que estuvieran de turno, o con cualquiera que pasara por allí. Les dejabas explayarse, que fueran cogiendo confianza, y cuando ya estaban desprevenidos, comentabas, “¿porqué no salimos un poco?”. Ya en la calle, sacabas un paquete de Marlboro (era fundamental que fuera rubio americano) y ofrecías. Siempre cogían todos, con lo que te evitabas la pregunta de “¿alguno del turno fuma?”. Eso sí, en honor a la verdad, he de reconocer que de los incendios que me tocó investigar, la causa siempre estuvo muy lejos de que hubiera sido un accidente de fumador.

Ya llegado a los Tilos 59, y entrado por la puerta de servicio, me enfrento a la Yeni y solicito hablar con su señora.
- La señora está reposando y no puede atenderle, Don Pedro. Cualquier cuestión que quiera hacerle llegar, hágalo a través mío.
Me empiezo a enfurecer, pero en un momento de lucidez, comprendo que la Yeni es la que podrá hacer realidad mis minutas, así que sentado en la silla y mientras saboreo un vaso de agua, comienzo a preguntarle sobre cuestiones generales. Me informa que la señora ya es muy mayor y que nunca sale con los perros de casa. También me dice, que no hay especial interés en el dinero de la señora, ya que ha donado todos sus bienes a sus tres hijas, y que son éstas las que le pasan una asignación mensual y que corren con los gastos del servicio, que como habrá podido comprobar, Don Pedro, a todas luces es más que de sobra para atender a una señora mayor y sus perrillos. Descarto que los perros sean los herederos, (esto tampoco es una novela anglo sajona donde se pueda poner de beneficiario a quien se te ocurra). Sigo conversando con la Yeni, pero se me escaquea perfectamente y con ella, no voy a llegar a nada más, así que pido hablar a solas con la vieja, Romualda, y con la jovencilla, Britni, que así se llama, o se hace llamar. Yeni me dice que por supuesto, que ningún problema, pero que ella, va a estar presente.

Comienzo con la Romualda, algo parecido a intentar hablar con una pared, pero con una pared que encima te mira como por encima de la nariz y tirando la cabeza para atrás. Poco le logro sacar, sus cincuenta años a servicio de la señora, que ella no ha tocado a un perro ni para darle de comer, que esas tareas eran para la criada (como si era no lo fuera) y que lleva mucho tiempo en la casa para uno que viene de fuera le moleste con tonterías. Si además, añadimos a que yo estaba sentado en la puñetera banqueta de madera y la Romualda se encontraba de pié frente a mí, en un plano superior, quedaba muy claro quien la estaba cagando.

Así que cuando vino la Britni, me levanté, la miré de abajo a abajo y la pedí que se sentara en la banqueta. Con las manos entrelazas y musitando un “Sí señor, como usted mande” se sentó en la banqueta sin levantar la vista. Me empezó a entra vergüenza, era tan pequeñita que casi ni me llegaba al codo, probablemente si yo me hubiera quedado sentado, estaríamos a la misma altura. Me explicó sin dejar de mirar al suelo que ella era la encargada de sacar a pasear los perros por la mañana, al mediodía y por la tarde siguiendo las instrucciones de su señora, que quería mucho a los perritos y que estuvo llorando dos días desde que Trusky la palmó (En realidad dijo hasta que fue al cielo de los perritos), y que nunca, nunca los había soltado y muchísimo menos “Don Pedro” dejar que comieran algo de la calle. En ese momento dejó de mirar al suelo y alzó sus ojillos negros hacia mí. Se dio cuenta que la había pillado, que no me estaba contando la verdad y se echó las manos a la cara y comenzó a sollozar al principio y a llorar con gran volumen doce segundos después. Pocas veces me he sentido en mi vida tan hijo de puta como en este momento. El que estaba empezando a sonrojarse era yo. Total que entre los lloros de la Britni, la Romu que me miraba como “porque no te vas de una vez” y la Yeni, toda zalamera, agradeciendo aquel interrogatorio tan brillante, que disculpase a la Britni que su mamá estaba enferma en Lamiako, y que de las horas ya hablaríamos, “pero Don Pedro, no me puede cargar diez horas ya, cuando lo único que hizo fue un par de preguntitas", me encontré de nuevo en la calle.

Una vez, de nuevo, en los Tilos, intenté recomponer todo lo que había averiguado en las últimas horas. Cuando me encontraba en lo mejor del resumen, se me ocurrió mirar el reloj. ¡Cielos! Ya eran las siete de la tarde, y después del yoga, pilates, spinning, entrenamientos, clases de idiomas y alguna sandez más, mis princesas llegarían sudorosas y agotadas a casa. ¡Sólo han comido un sándwich como mucho!¡Llegarán semi deshidratadas y hambrientas, deseosas de terminar con todos los reconfortantes hidratos de carbono que les pueda poner para cenar!¿Qué les puedo poner?. Peru, soy o eres un exagerado, nada como unos fide guas para amansar a las fieras, que no es excesivamente complicado.

Primero pocho la cebolla y cuando está a punto le echo el pimentón dulce. Remuevo poco a poco, y añado las tiras de calamar cortadas muy pequeñas. Cuando están hechas, meto los fide guas y remuevo bien para mezclarlo. Ya mezclado añado un bote pequeño de tomate frito y lo vuelvo a mezclar, todo muy bien, introduciendo poco a poco unos 250 gramos de gambas que ya había descongelado por la matina. Cuando está todo mezclado añado el caldo de pescado (normalmente tetrabrick de super), doble de volumen que los fide guas, vamos como el arroz. Lo dejo que se vaya haciendo a fuego moderado, y unos cuatro minutos antes de retirarlo del fuego, le pongo por encima, langostinos crudos. Retirado del fuego, lo tapo con papel de periódico y los dejos reposar unos 15 minutos, donde los langostinos se acaban de hacer. Si hay guisantes frescos, tampoco es mala idea añadirlos al guisote.

Mis princesas se chupan los dedos, y al día siguiente se pelean por las sobras. No hay nada como ser un gran cocinero, y sobre todo no tener que hacer la cena al día siguiente. ¡Mañana, reliquias!