lunes, 27 de agosto de 2012

COSAS DE VERANO

COSAS DE VERANO

Durante cada verano, se van acuñando una serie de frases o de dichos, que habitualmente mueren con la llegada del otoño. También hay palabras con las que pasa lo mismo, un periodo estival que no cesan de repetirse para irse con las hojas caídas un mes después. Con la ayuda de un diccionario, de eso vamos a hablar hoy.

Empecemos con las frases hechas:

Ir a lo comando”, utilizada fundamentalmente cuando se sale de la playa, río o piscina, ya con el pantalón puesto, tras haberse despojado del traje de baño mojado y sin haber previsto la utilización de muda o calzoncillo seco. La frase viene de “voy a lo comando, con los ……. colgando”. Si se quiere no ser tan soez, el colgando se cambia por danzando o bailando, algo más fino, o por cualquier otro gerundio que se te ocurra, es lo que tiene comando, que rima con todos. También se puede cambiar ……. por …… o ………., que son algo mas coloquiales. Hay su versión femenina “Voy a lo vaga”, es decir con el pantalón puesto y sin braga, y una versión más campestre para finca rústica alejada “Voy a lo madriguera”, con el calzoncillo puesto y la picha fuera, que es lo que tiene olvidarse de atarse el botón en los bóxers mientras zanganeas por la finca en chanclas.

Palabras del diccionario no hay muchas, pero aquí van las que más me han llamado la atención:

Cenu. Adjt. Diminutivo de cenutrio// Dícese del conductor  aquel coche que siempre tienes delante, y que va a cuarenta por hora o menos siempre que hay curvas y línea continua, acelerando sólo en las rectas con líneas discontinuas cuando no viene nadie por el otro carril y tienes posibilidad de adelantarle; también llamado, dominguero hijo de puta.// Voz de origen galaico que se utiliza para describir la línea de pelos encima de los ojos, normalmente interrumpida a la altura de la nariz, salvo para los conocidos como unicenus; como ejemplo la frase “tenía el cenu frungido” que denota enfado. En castellano común se cambia la ó por una ú y a la ene se le pone, a modo de sombrerillo coquetuelo, un palito horizontal.

Despatayá. Voz pirata. Voz de mando de contramaestre de embarcación pirata cuando ordenaba a todos los que tenían patas de palo, que se las quitaran para darle el repaso de barniz de los 200 días // “Me dejó despatayá”, frase de hembra después de haber sufrido durante horas el acoso oral del típico plasta borracho de fiesta, indicando que incluso hubiera estado dispuesta a tirárselo para que le dejara de dar la tabarra.

Pikakikos. Zoología. Dícese de aquel insecto nocturno que se dedica con alevosía a succionar la sangre de honorables mamíferos bípedos y a cambio les inocula un veneno que se reconoce al quedar marcada la piel con un puto ronchón rosa asqueroso que pica que se jode durante una semana y que ni pomadas ni ungüentos de inútiles boticarios de la franja cantábrica logran aliviar // Insecto joputa y bastante cabrón.

Y esto es todo, la semana que viene, más y mejor, lo cual tampoco es que sea muy difícil.


jueves, 16 de agosto de 2012

EL PARAISO EXISTE

EL PARAISO EXISTE
(Y está en Tobermory, Ontario)

En cualquier guía que mires, aparecerá este pueblo que pertenece a la municipalidad de North Bruce Peninsula (3.956 habitantes) como típica villa de pescadores reconvertida a villa turística. En la guía hablarán de los recorridos en barco con suelo de cristal para bordear las cercanas islas en el lago Hurón, la visita al museo de fauna, flora y geología de la zona, las tienditas en casas de madera con todo lo que un turista puede desear, la adorable tienda de golosinas The Sweet Shop (Loosing weight? Fight Back; como reza su propaganda) e incluso del afamado Fish & Chips, único en el mundo en el que tienes que esperar media hora para que te sienten y media hora para que te sirvan (Eso sí, sorprendentemente tienen rabas a las que llaman algo así como crispy callamari), creadores del famoso TFT (Tobermory Fish Taco) y que, bueno, digamos que me sorprendió gratamente aunque todo fuera un poco fritanga. De todo esto te hablarán en las guías, pero ninguna mencionará el paraíso, por esa razón, os lo tengo que descubrir.

Se encuentra al final de la línea comercial, o por expresarlo mejor, de las tiendas, y no es está en un edificio típico de madera, sino más bien es feo. Su letrero comercial dice LCBO (Liquor Control Board of Ontario) y una vez dentro de él, no notas que sea diferente a cualquiera de las otras tiendas de LCBO a las que puedas entrar. Pero cuando con tu vista rodeas las estanterías repletas de botellas de todo tipo de espirituosos, hay un momento en que clavas la vista en lo que luego va a ser el paraíso, el “Beer Room”. Sí, el cuarto de la birra, que además está refrigerado. Simplemente por el hecho de que en la calle la temperatura ronda los 30 grados, y que en el interior del cuarto de la birra, no llegue a los 10, ya te parece que puede ser el paraíso, pero cuando entras y cierras la puerta tras de ti, te das cuenta que por fin lo has encontrado. El cuarto es un cuadrado de unos 5 metros por 5, con una altura de tres. Las paredes, ¿paredes?, si no las ves, están forradas con cajas que contienen botellas y latas de cerveza, sólo queda espacio para la puerta. Además, muchas cajas de 24 botellas están hechas con la forma de una maleta, así que coges del asa y te llevas 8 litros de birra muy, muy, muy fresquita en cada mano. Y en el centro de la habitación, a modo columna maestra, se alzan majestuosas las latas de cerveza de medio litro (el tamaño que debía de ser estándar, mínimo y obligatorio para estos recipientes de aluminio) de distintas marcas para que te las puedas llevar por unidades, que es lo que hice en más de una ocasión. Lo que os he dicho, el paraíso. Sólo faltaría que te dejaran tomar la cerveza allí mismo y que en un discreta esquina hubiera un urinario para atender ya todas las necesidades básicas.

Canadá me ha parecido un país de lo más civilizado, una botella de agua mineral de medio litro es más cara que medio litro de cerveza fría en un LCBO. He de deciros que el Beer Room sólo lo vi en Tobermory, en el resto de tiendas LCBO que entré (visita obligada por cada pueblo que pasé), las cervezas las tenían frías, eso sí, pero en estanterías como la de los yogures de cualquier supermercadete de la zona.

Respecto de los osos, y contestando a las insidiosas críticas que he recibido, aunque no vi ninguno, como las meigas, haberlos, hailos. Todos los contenedores de basura de la zona, aparte de ser metálicos, para abrirlos tenía un mecanismo en el que tenías que introducir la mano para poder abrir el contenedor, mecanismo al que por su tamaño no hay forma de que una zarpa de oso pueda acceder.

Otra cosa que me hizo saltar las lágrimas fue la similitud de la hostelería local con la hostelería del Cantábrico. Por razones del cambio de hora (a las seis de la mañana ya no sabía que hacer) el primer Domingo que andábamos por la zona, estábamos buscando un lugar para desayunar. En la ruta hasta llegar a nuestro destino, pasamos por varios pueblos, que todavía seguían dormidos. En uno de ellos, entramos en el parking de una cafetería que anunciaba desayunos a las ocho menos cuarto de la mañana y fuimos hasta la puerta para ver el horario. Cuando comprobamos que los Domingos no abrían hasta las ocho, cabizbajos nos dimos la vuelta, pero, ¡oh, sorpresa! salió una de las empleadas, no llegaba por poco a ser venerable anciana, y dijo que no nos preocupáramos, que nos atendían con mucho gusto. Incluso cuando mi acompañante pidió sólo una tostada (que no venía en los desayunos combinados de la carta) no pusieron, no sólo el más mínimo problema, es que incluso ni mala cara. ¡Cómo me recordaba al trato que recibimos por aquí!
Y por último he de constatar mi última sorpresa, pero esa ya ha sido en la vuelta a casa. Con el fin de no desentonar de los pavos con los que suelo jugar a golf, adquirí en Canadá por 9,99 dólares unos pantalones cortos de cuadritos azulitos claros, que fue lo más mega super piporrete que pude encontrar. Con el fin de comprobar si llaman la atención, me los he puesto estos días por la mañana para ir a comprar el periódico y he comprobado que no causan ninguna extrañeza y que nadie me ha mirado raro. Me ha dejado con la mosca detrás de la oreja. O es que se ha perdido el gusto en el vestir y ya a nadie sorprende nada, o en mi barrio se ríen de mí a mis espaldas, sin que después de 22 años me haya dado cuenta. Sea cual sea de las dos, me quedo preocupado.

¡En fin!, seguiremos.