Hambre,
eso es lo que siento, hambre. Ha sido más largo de lo esperado el llegar de
noche hasta el fondo de la acequia donde están tres piedras a modo de escalera
para abandonarla sin grandes esfuerzos. Era una noche de Septiembre de luna
llena, la oscuridad era casi total, aunque a lo lejos brillaban las luces del
campamento luterano. La verdad es que no sabía que hacía en primera fila,
realmente no era primera fila, sino que iba el primero del grupo, e íbamos a
intentar una incursión en el campamento enemigo para minar la moral y
resistencia de los protestantes.
Y
yo, Fernando el escribano, con veinte años recién cumplidos había sido elegido
como voluntario para guiar a una manada de soldados viejos, yo cuyas funciones
en el tercio no iban más allá de ser furriel y ocuparme de que toda la
intendencia fuera debidamente anotada., gracias a la educación recibida, siendo
uno de los pocos que sabía escribir, con una caligrafía mediana, y bandear con
las cuentas siempre que no fueran más allá de sumas y restas. Siempre pensé que
tuve suerte al alistarme, y mucha más suerte caer en la intendencia del tercio,
por lo que no me falto de comer, lecho caliente y aunque la soldada llegaba
siempre tarde, mal y nunca, era de los que menos me podía quejar.
Gracias
a mis colegas Ganeco, Hurtado y Gómez, a quienes por afinidad en el paisanaje
favorecía un poco más que al resto, me prepararon decentemente, algo que se me
antojaba como imposible si hubiera sido yo el que hubiera debido de
pertrecharme. Un jubón de cuero en la pechera, que aunque no evitaría que un
cuchillo me atravesara, podría evitarme cortes cuando el sablazo fuese lateral.
Y encima la camisa blanca de Ganeco, que por tamaño me sobraba, pero ya me
dijeron que en esas lides a las que iba de cabeza, mejor que sobre un poco de
tela, que falte. Dispusieron alrededor de mi cintura una cuerda de cuero para
que llevara una fina daga a la espalda, mientras que Gómez, el más pequeñito y
guasón de los tres, me dejaba un sable para que también lo llevara a la cintura,
sólo que lateralmente.
¿Quién
me mandaría a mí tener un olfato tan fino? En Ondarrivi estaba acostumbrado a
hacer de vientre junto al río, frente a la lengua de arena de Chingudi, en una
esquinita discreta, llevándose la corriente, o para fuera o para dentro,
depende de la marea, las diarias deposiciones sin tener que sufrir el olor, ni
de las propias, llevadero, ni de las ajenas. Eso en un ejército de diez mil
almas, era algo imposible, y menos tierra adentro. La organización era muy
buena, pero como que no estaba acostumbrado a ponerme en cuclillas sobre un
tablón, normalmente a la par de otros, y mucho menos a hacerlo sobre las
olorosas montañas que llenaban piramidalmente los agujeros grandes y hondos
convertidos en letrinas dispuestas por la superioridad, mientras oía
conversaciones de los acuclillados que versaban entre tronadores gases sobre el
mito del soldado que perdió el equilibrio y acabó nadando en aquellos mares
putrefactos. Eso provocó mi ansia exploratoria y que al final me ha llevado a ser
el primero de la fila.
……………..
Efectivamente,
dada mi renuencia a compartir cagadero, decidí adentrarme en uno de los
bosques que rodean Mons, pero alejándome en lo posible de la ciudad sitiada, y
por ende, del campamento enemigo. Era una tarde de finales de Junio, recién
pasado San Juan, por lo que las noches eran todavía muy cortas. Sería por la
tenue penumbra del atardecer o por la habitual empanada que acompañó todo mi
servicio militar, pero no vi el hueco que se abría ante mis pies hasta quedar a
medio paso de caerme en él.
Pudo
ser un afán exploratorio, un afán aventurero, o simplemente que no tenía tantas
ganas como pensaba, que un impulso me llevó a meterme dentro. No fue muy
complicado, sólo que una vez dentro me di cuenta de que lo que me iba a ser
complicado era salir de allí. Aun así no pude dejar de sorprenderme por la
construcción de aquel agujero. Parecía tener paredes sólidas, un suelo firme y
su anchura podía ser de metro y medio, aunque estaba bastante comida por las
plantas silvestres y hierbas que habían crecido. No lo sabía, pero me había
metido en una acequia. Seguí andando un rato.
Me
armé con un palo que encontré en el suelo, no tanto para defenderme, ya que iba
sin acero de clase alguna, sino para abrirme paso entre algunas zarzas que
empezaban a ser molestas al ocupar parte del camino o bordearlo a la altura de
mi pantorrilla. Los bordes de muro quedaban coronados por verdín, musgo y
hierbas, así que no iba a ser muy fácil salir trepando. Por ello seguí andando
hacia el frente. Llevaría unos ciento cincuenta metros, cuando me comencé a
agobiar ¿Y si no había salida? ¿Y si este camino o vado maldito me llevaba
derecho a la ciudad?. Pero como al de un rato las hierbas junto algunos
arbustos que lo coronaban, hacían una especie de cripta que dejaban la acequia
invisible a quien quisiera verla desde arriba, es decir un túnel coronado por
vegetación, me acabó por vencer la curiosidad y seguí adentrándome en aquel
misterioso camino.
A
veces clareaba, a veces oscurecía, pero me estaba adentrando más y más. Podía
ya llevar un kilómetro, cuando en una zona recta, uno de los lados del murete,
estaba derruido, lo que le daba forma de rampa, y facilitaba un montón la
salida. Respiré con tranquilidad, había escapatoria. Un cierto retortijón me
recordó la razón por la que me encontraba allí, así que me dispuse a
acuclillarme para evacuar calmadamente. Antes para evitar mancharme, me quité
los pantalones, y empecé a doblarlos. Mientras estaba de pie en tales
menesteres, sopló una ráfaga de viento que refrescó mis partes pudendas, e
incluso podríamos afirmar que las revitalizó, para lo cual tampoco hacía falta
mucho. Quedé orgulloso contemplando aquel músculo tieso, como si fuera una de
las picas de campaña, ¡la más grande de todas! Pensaba casi en voz alta. Tan
absorto y complacido estaba en su contemplación que no caí en la cuenta que un
personaje se acercaba por la rampa.
Ella
iba también absorta en sus pensamientos así que hasta que no solté un resoplido
de satisfacción, ni ella ni yo nos percatamos de nuestra respectiva presencia.
Si alguna vez alguien preguntara cual puede ser la cara de un perfecto
gilipollas, a fe que el rostro que por primera vez vio aquella campesina sería
la perfecta representación. Ella se sobresaltó mientras ponía la mano sobre un
cesto de mimbre que llevaba en el otro brazo para que no se le cayera su
contenido. Me miró a los ojos, ¿asustada? Y luego miró hacia mi cintura.
Abrió brevemente la boca y en un mohín, que cada vez que lo vuelvo a recordar
me parece menos espontáneo, se dio la vuelta y echo a correr.
¿Por
qué le empecé a perseguir? La verdad, no lo se. Pero mecánicamente lo primero
que hice fue intentar ponerme los pantalones, con tanta torpeza que acabé
cayendo de culo, justo cuando ella se daba la vuelta para mirar. Y ahora sí se
que se rió. Ella corría, no con demasiado ahínco y salí tras ella a darle caza.
¡En mala hora! Desde luego que el estado en que se encontraba la pica no era
muy recomendable correr. Menos mal que ella tampoco estaba por la labor y al
poco rato, se paró en un clarito del bosque, se dio la vuelta, dejó la cesta en
el suelo y se encaró conmigo. Yo, me paré a un metro de ella, aliviado por
tener que dejar de correr. Me dijo en francés, algo así como “que flaco estás,
pero no todo” y me bajo los pantalones. No se cuanto tiempo transcurrió desde
ese momento, hasta que se marchó, pero aunque estuviéramos en tierra de
valones, comencé a darle más sentido a la frase de clavar una pica en Flandes.
………………
Hambre,
seguía sintiendo hambre, pero seguía a rajatabla los consejos de Gómez “si te
pegan un pinchazo es mejor tener el estómago vacío. A acuchillar herejes es
mejor tener la tripa y la vejiga vacías”. También me había dado un trozo grueso
de cecina, para cuando acabásemos pudiera llenar la andorga. Yo seguía el
primero de la fila. Detrás de mi estaba al que llamaban Chipiona. Bajo, moreno,
de pocas carnes y por lo que parecía, ducho en el arte del degüelle. Ganeco no
me quiso engañar. “Ten cuidado con el que te pongan detrás. Tendrá orden de rebanarte
si te entra el cague”. Así que allí estaba, resignado a ser el guía de la tropa
en la incursión sigilosa al campamento del Oranch. No estoy muy seguro de cómo
escribiría su nombre, pero así lo pronunciaba mi amiga campesina. Miré a
Chipiona y me sonrió tétricamente mostrando un agujero negro donde debía de
haber estado un colmillo. No me iba a quedar más remedio que perforar herejes.
A
lo lejos ya se oía llegar al sargento Mostachones, susurrando órdenes al oído
del resto del personal, ya que no había que hacer mucho ruido. Mostachones no
era su verdadero nombre. De hecho ni recordaba como se llamaba, sólo las malas
pulgas que se gastaba, y los enormes bigotes que adornaban su cara. A uno le
decía una palabra, a otro una palmada, a otro le atusaba la ropa, al otro le
revisaba el acero, tenía algún gesto para cada uno de los que éramos de la
partida. No tenía idea de cuantos hombres podríamos ser, pero yo creo que
sobrepasábamos fácilmente la centena. Estábamos quietos esperando las órdenes
para partir, lo más sigilosamente posible, aprovechando el sueño del enemigo,
del que más de uno no iba a volver a despertarse. Llegó Mostachones al lado de
Chipiona y se miraron a los ojos, sin decirse nada. Comprendí que las palabras
de Ganeco tenían su sentido. Se atusó el bigote y me envió un gesto que pudo
significar cualquier cosa, pero que me lo tomé como que seguíamos a la espera
de la señal para partir. Un carraspeo le hizo darse la vuelta y todo quedó de
nuevo en un negro y absoluto silencio. Una especie de graznido de ave sonó a lo
lejos y Mostachones me puso una mano en el hombro, empujándome para que
comenzara a andar. El sargento se puso detrás de Chipiona ocupando la tercera
posición de una larga hilera de hombres.
……………
Tras
nuestro tercer encuentro en aquel clarito del bosque, donde ocultaban una
pequeña huerta, la moza me hizo ver que se le estaban acabando los tomates que
venía a coger y que llamaría mucho la atención a sus padres que siguiera viniendo
al bosque, sin nada que recolectar. Con mi medio francés, herencia de una niñez
y juventud vivida en la frontera, le iba entendiendo, más o menos, y me dijo
que la siguiera. Su proposición estaba siendo que nos viéramos en su granja de
noche, cuando sus padres se hubiesen acostado, que era justo cuando caía el sol
y la noche comenzaba a reinar. La seguí hasta que el canal, o lo que quedaba de
él acababa justo a un rio, el Tomeille. Ella salió del canal, miró a un lado y
a otro, y cuando estuvo segura de que no había nadie, se acercó a un árbol, y
cogió una cuerda que disimuladamente se encontraba atada al tronco. La cuerda
llegaba hasta la otra orilla, unos veinte metros. Ella agarrada a la cuerda
pasó hasta el otro lado, sin llegarle el agua más allá de los tobillos. Yo. La
seguí como un perrito faldero, sin siquiera pensar que me podía estar llevando
a una trampa. Llegamos a la otra orilla, y ella dejó la cuerda en el suelo,
disimulándola un poco entre la hierba. Me explicó que era el único paso que se
podía hacer a pie por el río y que así lo tenían bien señalado. El canal seguía
por la otra orilla, quedando a los pocos pasos otra vez unos dos metros por
debajo del nivel del suelo. No habíamos recorrido mucho, cuando me hizo señas
para que fuese en silencio, que pasábamos por la parte trasera del campamento
de los protestantes. Seguimos andando un buen trecho hasta que llegamos a otro
tramo con la pared derruida por donde salimos. Al poco, entre los bosques se
abrió un claro donde se alzaba la silueta de un edificio que me hizo saber que
se trataba de su granja. Seguimos un poco por detrás de los árboles, para no
ser vistos desde la casa, y me señaló otra edificación algo separada, el
establo donde me esperaría según cayera la noche en dos días. Visto el plan que
me esperaba entre aquellas paredes, ni caí en la cuenta del olor a animal que
podía haber dentro, ni a fe mía que me importó algo en mis sucesivas visitas a
aquel improvisado nido de amor.
Ya
había pasado Julio y casi todo Agosto, y era el único de todo el campamento que dibujaba ancha sonrisa en la
cara, eso adornada por unas ojeras que podían delatar mi poco descanso
nocturno, pero en la veintena tienes potencia para eso y mucho más. Y no sólo
era el refocile, sino que mi buena campesina tras la agotadora y deliciosa
gimnasia que practicábamos, me obsequiaba con buenas, no abundantes, viandas
clásicas de granja que aliviaban el monótono rancho del campamento. Si no
hubiera estado tan satisfecho de mi mismo, hubiera visto las miradas de recelo
de alguno de mis compañeros de armas, aunque fuera durante el tedio de llevar
varios meses asediando la ciudad de Mons. Cuando estás alto de ánimo, piensas
que todo el mundo debe estar igual que tú, pero ya me daría cuenta días más
tarde, que no era así.
………….
Acostumbrado
como estaba a hacer el camino de noche no me costó nada encontrar la cuerda.
Mostachones me susurró al oído “Cuando llegues al otro lado y te vuelvas a
meter en el canal, cuenta doscientos pasos y te paras ahí, hasta que vuelva yo
¿Entendido marquesito?”. Tardé un segundo en reaccionar, pero asentí con la
cabeza y empecé a atravesar el vado. Entre el leve chapoteo de mis pies en el
agua Chipiona me contaba el porqué de mi mote, era el único de los que
andábamos entre papeles que no hacía ningún tipo de instrucción en menesteres
de armas. Al darme la vuelta y mirarle extrañado me murmuró “Ah, ya veo que el
señor marqués no se entera ni de cómo le llaman” con un cierto toque de sorna.
Atravesamos el vado y conté los doscientos pasos antes de pararme. Estuve
tentado de decirle a Chipiona que me habían puesto a mí el primero por saber
contar hasta doscientos, pero una vocecita dentro de mi me sugirió que no sería
prudente. Poco tiempo transcurrió hasta que recibí la orden de avanzar otros
doscientos pasos y parar. Mostachones sería ducho en el combate, pero en el
cálculo todavía le faltaba algo.
Al
de un rato que no se me hizo muy largo, recibí la orden de comenzar a andar de
nuevo. Llegué hasta donde estaba una señal que previamente habíamos dejado. Una
larga rama dejada a la altura del tobillo que atravesaba de lado a lado el
canal, y justo a dos pasos otras ramas en el suelo en forma de cruz de San
Andrés, era muy devoto el Teniente señalizador, pero que los demás podríamos
considerar como una vulgar equis. Allí teníamos que salir del canal para coger
la espalda del enemigo. Paré y esperé a que el sargento diera las instrucciones
a la partida que traía una especie de escaleras para que trepáramos por ellas.
Primero subieron los ballesteros con sus armas montadas para intentar acabar
silenciosamente con los posibles vigías que podríamos encontrarnos, que según
los espías, serían pocos. Justo después subí yo, seguido por mi sombra
Chipiona, y medio a rastras llegué junto a los ballesteros. Con los ojos ya
acostumbrados a la oscuridad se podía vislumbrar a unos doscientos pasos el
campamento hereje. Algunas hogueras todavía crepitaban dando algo de luz al
campamento y pudiendo ver fácilmente la sombra de los sólo dos vigías que
confiadamente vigilaban esta parte del campamento. El resto estaba en silencio,
dormitando más de uno en lo que iba a ser su última noche entre los vivos. Eran
ocho los ballesteros que estaban preparados, así que cuatro flechas para cada
uno de los guardianes. No era previsible ningún fallo.
……………..
Aquella aciaga noche me iba bien satisfecho
del pajar de heno del establo. No sabía muy bien la razón pero ante la vaga
sensación de que aquella podía ser la última noche que viera a la reconfortante
moza, por lo que batí el record en cuatro veces, cuando lo normal eran dos si
venía bravo o el plazo entre los retoces era de más de dos días. Aquella noche
lo había dado todo. Salía apretándome el cinturón cuando ya pasaba por el
bosquecillo previo a saltar dentro del canal. Me pareció ver una sombra, pero
enseguida me despreocupé pensando en que sólo podían ser imaginaciones mías.
Llevaba recorridos unos cien metros por el canal, cando paré pensando que algo
se había movido detrá de mí. “Algún animalillo” me quise tranquilizar. Pero aun
así, me di la vuelta de nuevo y me topé con un hombre del que solamente
distinguí el frio del acero que llevaba en una mano. Tuve ganas de darme la
vuelta y echar a correr pero otros dos hombres armados me cerraban el paso. Por
un momento cruzó por mi mente que aquellos hombre podían ser de Nassau pero al
abrir la boca uno de ellos respiré algo más tranquilo aunque no hubiera tenido
porque. “mira que pensar que el muchachete era un espía. Nosotros de
instrucción y él retozando como un verraco”. El más serio de los tres se llevó
un dedo al labio en además de silencio y me dio un empujón para que dirigiera
mis pasos a nuestro campamento.
Una
vez instalados en la tienda del Teniente Cantimpalo, antes de comenzar con el
interrogatorio en sí, a la segunda bofetada, ya me habían partido el labio.
Menos mal que apareció el Capitán Romero, que mandó parar momentáneamente el
interrogatorio para empezar a hacerme un montón de preguntas. Al parecer, se
quedó satisfecho con lo que oyó ordenando que cesara la mano de golpes que
estaba recibiendo mientras con aire pensativo se frotaba con el índice y el
pulgar su incipiente perilla. Felicitó al teniente por su brillante idea de
seguir por la noche al travieso escribano, quitándole de la cabeza la
penitencia de cien latigazos o estar al servicio del dómine de quien se
sospechaba de tener gustos anti natura. “Qué todo siga igual, que no cambie la
rutina en nada, exceptuando el asunto del fornicio” mientras me miraba guasón
dejando de rascarse la perilla “No te preocupes soldado, que en breve tendrás
tu justo castigo, o recompensa, quien sabe” rompiendo a reír.
…………..
Así
que este ha sido mi castigo, guiar a un puñado de perros rabiosos y sedientos
de sangre a degollar a cuantos protestantes sea posible entrando sigilosamente,
amparados en la oscuridad, en su campamento. Los ballesteros, con las armas
cargadas y a la señal del sargento, fueron avanzando silenciosamente,
acercándose a una distancia, donde sin ser vistos, pudieran asegurar el tiro.
Agazapados, rodilla en tierra, esperando recibir la señal de fuego. La
coordinación era muy importante, ya que si se daba la voz de alarma, el factor
sorpresa se disiparía, y ya no tendríamos tantas ventajas. Los demás de a pié,
nos quedamos parados y en silencio a unos pocos metros de las espaldas de los
ballesteros. Estaba en cuclillas cuando me pareció oír el silbido de las
flechas rasgando el aire de la noche. Uno de los vigías cayó al suelo sin ruido
alguno. El segundo comenzó a protestar hasta que una sombra se abalanzó encima
suyo y lo silenció para siempre. Esa debió de ser la señal, y el Chipiona me
tocó en el hombro indicando que le siguiera. Así entre una noche se Septiembre
de 1572 en el campamento de los luteranos.
Sorprendentemente,
y pese a la oscuridad reinante no tropecé en ningún momento en los doscientos
metros que nos separaban del campamento, eso si, nos pasaron unos cuantos
compañeros, unas cuantas docenas, ávidos de sangre, yendo a caer sobre sus
presas como lobos hambrientos. El sistema de degüelle no era muy complicado, se
entraba en la tienda y con un hábil movimiento de carnicero, se le hacía un
hermoso tajo en la garganta a todos aquellos que estaban durmiendo.
Nuestro
retraso en la carrera hizo que tuviéramos que saltarnos unas cuantas tiendas,
que ya habían sido ocupadas por nuestros más rápidos compañeros. En la entrada
de la primera tienda en la que quisimos meternos, nos encontramos con que ya
estaba ocupada. Aquel encontronazo pudo costarnos caro, ya que de noche todos
los gatos son pardos, pero las camisas blancas sobre los petos de cuero
diferenciaban al creyente del hereje y eso evitó más de una liada a cuchilladas
entre compadres. Muy poco se hablaba para evitar cualquier ruido, pero tampoco
nos engañábamos, no tardarían mucho en descubrir la incursión los propietarios
del campamento.
Algo
cabreado por no tener todavía en el cuchillo unos pares de muescas de cuellos,
me cogió Chipiona del brazo y me llevó por el campamento con el fin de
encontrar una tienda que no hubiera sido todavía hollada por nuestros
camaradas. Empezaba a oírse un sordo rumor por el campamento, preludio de lo
que podía ser una inminente alarma. Pasando delante de algunas tiendas con
signos de que tenían ya visita del tercio, llegamos hasta lo que podía ser una
especie de plaza, en cuyo centro había una tienda que era bastante más grande
que las demás. Por donde se adivinaba la entrada, sentado y con una lanza
haciéndole de sostén, estaba lo que podía llamarse el guarda de la tienda que
roncaba apaciblemente sin haberse percatado todavía de lo que ocurría en el
campamento.
Me
pareció oír la sonrisa de Chipiona mientras me indicaba que el se encargaba del
de la puerta y que yo entrase dentro. Dicho y hecho. Se acercó por detrás del
vigía e intuí una rápida maniobra con la daga. No quise mirar más y entré en la
tienda y antes de que pudiera darme cuenta, el perro, un espaniel, que estaba dentro, comenzó a ladrar como si le
fuera la vida en ello. Ahí tuvo que empezar a darse la voz de alarma en el
campamento, mientras yo dentro de la tienda seguía observando al perro que me
enseñaba con fiereza sus incisivos sin parar de ladrar.
Al
fondo de la tienda, una gruesa figura se levantó de lo que sería una cama y
comenzó a chillar como una rata asustada. Aparté el perro de una patada y con
el sable en la mano me dispuse a hacer callar a aquel cerdo chillón, que seguía
sin dejar de gritar- Le ví algo en la mano que me pareció un puñal, lo que paró
por un instante mi decidida acometida. Pero en vez de esperarme y luchar, se
dio media vuelta, rajó con su daga la tela de la tienda, y aunque muy
torpemente, con toda la rapidez que pudo, se escapó por su improvisada puerta,
intenté seguirle, pero entre la salida y donde yo me encontraba había una gran
mesa llena de papeles. Pasé por su lado y asomé la cabeza por el hueco recién
abierto. Ví al cerdito cebón corriendo como alma que lleva el diablo sin parar
de chillar, pero fuera de mi alcance. Volví a meterme entero en la tienda y en
su puerta Chipiona me pegó un silbido con la instrucción de poner pies en
polvorosa. Tuve un impulso momentáneo y cogí unos cuantos papeles que me metí
entre mi pecho y el peto. Parecía aquella tienda de alguien importante y quizás
aquellos papeles tuvieran algún valor.
Cuando
salí de la tienda, ya no vi al Chipiona. Los gritos que recorrían todo el
campamento me hicieron comprender que la voz de alarma ya estaba dada y que lo
mejor era seguir el consejo que me había dado el moreno enjuto hace un momento.
Me metí entre una hilera de tiendas, intentando ir hacía donde nos habían dicho
que estaba la posible vía de escape, hasta que empecé a intuir que el personal
iba a salir de las tiendas y mi camisa blanca posiblemente delatase mi
procedencia. Al no haber ningún compañero a la vista con quien pudiera defender
en el probable caso de que me descubrieran, me metí en un huequito, que a modo de
callejón, separaba un par de tiendas. Allí acurrucado, esperando
acontecimientos, veía pasar soldados protestantes a la caza del creyente, pero
ninguno reparó en mi, ya que estaba bastante bien disimulado. Estaa pensando
como salir de ahí, con una cabeza gruñona y que me era algo familiar, metió la
cabeza entre las tiendas y comenzó de nuevo a gruñir, preludio del comienzo de
sus ladridos.
Resignado
ante mi mala suerte, mientras metía mi cabeza entre los hombros, recordé que en
el bolsillo tenía el trozo de cecina que mis compañeros me habían pasado para
que tomase cuando acabara el combate. Lo saqué rápidamente del bolsillo y se lo
ofrecí al espaniel, quien en un visto y no visto se refugió entre mis piernas
mientras mansamente daba cuenta de la carne seca que le había pasado. Cada vez
veía pasar más gente chillando y corriendo, pero yo no entendía nada,
felicitándome de la suerte que estaba teniendo. En esto, una mano me toca
el hombro y es Chipiona quién me dice
“Están buscando a gente con camisa blanca. Quítatela y sígueme”.
Así
que con toda la agilidad que puedo y empezando a sentir ya el miedo en el
cuerpo, pase de encamisado a descamisado. Entre la confusión que comenzaba a
adueñarse del campamento y que cada uno tiraba por su lado, ya sin la camisa y
sólo con un peto de cuero, nos pudimos ir escabullendo hacia donde éste pensaba
que se encontraba la salida más rápido. El único que nos preguntó algo acabó
con un mandoble en la barriga y un tajo en el gañote para que no pudiera
gritar. Empezamos a dejar las tiendas atrás, lo que interpreté como que
salíamos del campamento. Pero nos topamos con dos tipos, uno que cargaba con
esfuerzo un arcabuz y el otro con un palo acabado en forma de y griega, supongo
que para apoyarlo. Algo nos dijeron y al no contestarles comenzaron a gritar en
algo que no era cristiano. Justo en ese momento, en el peor de todos, Chipiona
tropezó con algo y cayó al suelo, quedándome yo sólo frente a dos enemigos.
Rememorando aquellos tiempos en que era presa de los chicos de más edad de mi
pueblo y que tuve que aprender a defenderme me encaré al que llevaba el palo y
con toda mi alma le solté una patada en toda la entrepierna que le hizo
enmudecer y caer al suelo, soltando el palo mientras en un inútil reflejo se
llevaba las manos a las partes que acababa de reventar. Cogí el palo antes de
que cayera al suelo y le aticé al otro en toda la cara, terminando también en
el suelo, aunque éste algo más magullado ya que fue muy claro el sonido a hueso
roto, seguramente la napia.
Tendí
mi mano al Chipiona y tras contestar a su pregunta “creo que tienen para un
rato”, me lo llevé de allí, pienso que él algo desilusionado por no haber
podido silenciar para la eternidad a aquellos dos arcabuceros. Corrimos lo que
a mi me pareció mucho rato, pero que no fueron más de doscientos o trescientos
metros, cuando me paré junto a un árbol, para recuperar algo el resuello, ya
que no oía a nadie detrás nuestro, cuando torné de nuevo mi vista hacia el
campamento. Un fogonazo, varias astillas del árbol que saltaron junto a mi oído
y el ruido de un disparo, todo por ese orden. Tardé muy poco en darme cuenta lo
cerca que había estado de ir donde Pedro Botero. Y entonces sentí el peso y el
olor del miedo en el fondo de mis pantalones. Chipiona me cogió del brazo y me
dijo que le siguiera, metiéndose en el bosque. Ya no hacía falta correr, así
que seguí durante un rato a Chipiona, quien cada cierto tiempo paraba para
intentar escuchar el rumor de un río, que según me dijo iba a ser nuestra vía
de huída al confort de nuestro campamento.
Al
de un rato creo que lo oyó, puesto que le cambió el semblante de su cara. Me
miró, y llevándose los dedos a la nariz a modo de tenaza me espetó un “¡Cómo
hueles!”. Recordé los papeles que llevaba en el peto y elegí uno de ellos al
azar. Me bajé los pantalones, dejando a Chipiona estupefacto, e intenté quitar
todo lo que pude del fondo de mis pantalones. Intenté ser todo lo concienzudo
que pude pero no me quedó más remedio que aviarme ante la impaciencia y poca
comprensión de mi compañero. Ya con los pantalones puestos, llegamos al río, y
tras meternos en él, nos dejamos llevar por la corriente. Era un rio
relativamente ancho y en algunas zonas, profundo, pero mi compañero y yo que
éramos de villas marineras no pasamos grandes apuros, no como algunos otros que
encontramos en nuestra ruta y que debimos ayudar por el camino.
Pudimos
estar cerca de una hora en el agua, en cualquier caso no era muy conveniente
llamar la atención, hasta que en un recodo del cauce vimos una luz. El santo y
seña correctos y yo me fui tiritando hasta el campamento mientras Chipiona se
quedaba con el grupo que habíamos ayudado, ya que uno de los que era de la
partida llegaba en mal estado y antes que al matarife, habían llamado al
capellán que allí esperaba el regreso de nuestra expedición. Entregué los
papeles a uno de los oficiales que andaba de guardía y rápidamente fui hasta mi
tienda, donde me quité mis ropas mojadas y tras el vino caliente que me dio uno
de los ordenanzas, ya seco, acabé por coger el sueño.
Me
levanté algo cansado por la mañana, pero con el ánimo resuelto tras mi primera
aventura guerrera, que ya no dejaba de ser un mal recuerdo aunque quedara como
prueba una apestosa prenda en una de las esquinas de mi tienda. Nada más salir
de la tienda la apacible mañana envolvió mi aura, aunque no las tenía todas
conmigo ya que sería raro que nuestro enemigo no intentara ninguna represalia
tras la pesadilla nocturna. Me dirigí a la zona de comanda ya que lo que si era
cierto es que tenía el estómago vacío tras haber tenido que dar, a cambio de mi
pellejo, el único bocado del que dispuse ayer para la cena. Con mi escudilla en
la mano me dirigí hacía la gran olla que manejaba uno de los cocineros con la
esperanza de que algo caliente con un mendrugo de pan, saciara mi apetito. Tras
esperar un rato en la cola y recibir mi ración, busqué un sitio donde sentarme
hasta que vi a Chipiona a lo lejos que hacía gestos para que me acercase. Así
lo hice y cuando estaba a pocos pasos suyos gritó “¡Atención, que llega el Marqués!”
e hizo una exagerada reverencia de lo que él podría considerar como palaciega.
Me quedé parado mientras Gómez, con los brazos en jarras, asistía a la escena
divertido. Supuse que hablaría de mi gran cagada, así que seguí sin moverme. Se
acercó Chipiona, me puso una mano en el hombro y en voz alta para que todos le
oyeran dijo:
- ¡Este es Fernando, el marquesito
escribano, que ayer cuando salíamos del campamento luterano y tras caer en el
suelo, quedando a merced de dos luteranos, le metió una patada en los cojones a
uno de ellos y al otro con su propio sostén de arcabuz le rompió la cara. Esta
valerosa acción permite que hoy os cuente su hazaña, ya que me salvó la vida!
Como
si fuese un consumado orador, y tras una breve pausa para llamar la atención
siguió con su perorata:
- ¡Hacerme caso o lo sufriréis, pero hoy
ya ha dejado de ser el marquesito para ser el Marques, que en vez de dos
cojones, tiene tres, los dos que se trajo de su pueblo y el que le ha quedado
en el pié, tras la grandísima patada en los huevos al hereje!
Dicho
eso, una nueva reverencia, ya seguida por más gañanes, de dudoso gusto
cortesano, me invitó a sentarse con los suyos, soldados viejos de pocas
palabras, mientras notaba las caras de envidia de los demás jovenzuelos ante el
honor que me estaban haciendo.
…………
- Así que ayer uno de los encamisados
logró coger estos documentos
- Así es , Don Fadrique, estos papeles
contienen la mayor parte de defensas de los Luteranos
- Pero probablemente los echen en falta
- No encontramos los que contienen las
defensas de la zona Sur de Mons
- Calma – indicó Don Fadrique mientras
se mesaba sus bigotes- mucho no podrán cambiarlas. Exactamente, ¿sabemos quién
fue el soldado que se hizo con estos documentos?
- Mire vuestra merced – dijo el capitán
Romero – fue casualidad pero el que los trajo era un escribano que entraba por
primera vez en combate, castigado por un asunto de faldas, pero que encontró la
forma de dar un rodeo al campamento enemigo y les pudimos entra por varios
sitios
La
cara de Don Fadrique tornó a seria y de seria a furiosa
- ¿Y el escribano no se llamará Fernando
por casualidad?
El
Capitán Romero intuyó que algo iba mal cuando Don Fadrique, hijo del duque de
Alba y comandante de la fuerzas de asedio a Mons se plantó frente a él y le
soltó con furia contenida:
- Nadie os comunicó que ese soldado no
debía entrar en combate – mientras clavaba sus ojos en los ojos del capitán,
quien para no perder la compostura estaba pensando en la mano de puñetazos que
se iba a llevar el Sargento Dominguez, más conocido como Mostachones.
- Id a buscarle y traerlo a mi
presencia. Capitán, os libráis por las bajas que ha sufrido el enemigo, sino os
acordaríais de mí para siempre.
Mientras
se daban las ordenes pertinentes para que fueran a buscar a Fernando, uno de los
oficiales explicó a Romero que el tal Fernando podía ser un hijo bastardo del
duque. Al parecer, pilló a su madre, una cortesana de Fuenterrabía en el lecho
con otro hombre, lo que ha hecho dudar siempre al duque de su paternidad, pero
por si acaso lo reclutó a la fuerza para ir dándole puestos en el ejército que
no entrañaran mucho peligro.
Fernando
ya había desayunado y estaba tomando unos tragos con los colegas de Chipiona
cuando dos gastadores aparecieron para llevarle a la presencia de Don Fadrique “¡Ten
cuidado chaval! ¡Y que todos los méritos de lo que te cuenten intenta decir que
ha sido cosa de los oficiales, por si acaso!”.
El
encuentro no dejó de ser sorprendente ya que ambos hombres eran de la misma
altura y de un parecido notable. El notario que acompañaba a Don Fadrique
escribió a su padre que tras ver al mozo junto a su hijo, no quedaba duda
alguna de quien era el padre.
A
Don Fadrique le costó abrir la boca, pero acabó felicitando al que ya no le
quedaba ninguna duda de que era su hermano, mientras éste, sin enterarse de
nada repartía meritos entre todos los oficiales que conocía, siéndole
indiferente si habían sido de la partida o no. El único momento en el que
Fernando se vio apurado fue cuando le comentaron que era una pena un documento
que parecía que faltaba de la relación, y si tenía alguna idea de que había
podido pasar. Se le hizo un nudo en la garganta y sólo acertó a arquear las
cejas a modo de que era ignorante, como si no supiera de qué le estaban
hablando. Antes de despedirse, Don Fadrique le preguntó si quería algo.
Fernando, viendo la copiosa mesa de desayuno de los oficiales, asintió y feliz
regresaba donde sus nuevos amigos cargado con una tierna hogaza de pan, queso,
chorizo y una cántara de vino, mientras el hijo del Duque daba estrictas
ordenes, para que tras la toma de Mons, dispusieran hacer alguacil de aquella
ciudad a su recién conocido hermano.