martes, 19 de marzo de 2013

LA PINQUERTON DE GETXO VI

VI

Como pensaba que mis tres acompañantes seguían con el servicio a la tarde, tras el menu de alubias con todos sus sacramentos y el cortadito de rigor, me tiré el pegote y ordené que pusieran en la mesa una botellita (3/4) de pacharán casero para pasar mejor la digestión. El cabroncete de Caraqueño dijo que el mejor orujito blanco y también trajeron otra botellita (3/4) bien fría. Empecé a sospechar que había cometido un error de cálculo cuando Gómez mezcló en un vaso media de pacharán y media de orujo, y acabé por darme cuenta cuando Ganeko empezó a trasegarse su tercer pacharán. Las risas se debían de escuchar en la margen izquierda cuando les transmití mi creencia de que cuando se estaba de servicio no se bebía; "y así es, amigo Peru" me soltó Caraqueño mientras con una amplia sonrisa se soplaba el flequillo "hoy a la tarde, libramos los tres. Habíamos quedado a comer unas alubias y luego ver en la tele la flecha valona, pero nos ha salido algo mejor el plan" y vuelta a carcajearse de nuevo los tres.

Así que tuve que esperarme (tampoco con gran pena) a que acabaran de pedalear por aquellas calles estrechas y empinadas, en las que además casi gana uno de los nuestros, pero se fundió a pocos metros de la llegada, siendo aprovechado por un italiano (quién sino) para llevarse el triunfo. Una vez terminada la carrera, y el pacharán ( el orujo lo retiramos antes para no empimplarnos en demasía) comenzaron a prestarme algo de atención. Si me explicó Juan, que la información que estaba pidiendo, la tenía que pedir el abogado que representa al encarcelado, y el juez se la irá facilitando, al ritmo que más o menos estime oportuno. Pero Gómez me dijo, que podíamos ir a la comisaria y que me dejaría hojear durante un rato, que es lo que tenían hasta la fecha, y así el abogado afinar un poco más la información que podía pedir. Así que nos dirigimos a la comisaría Gómez y yo, dejando a Caraqueño y Ganeko planteándose donde seguir con su trasiego vespertino, además de tener que prometerles que cuando acabara en la "comi", les llamara para saber donde seguían. Y supongo que seguir la ronda con ellos. 

Una vez en la comisaria, Gómez me metió en un cuartucho con una especie de pupitre y dos sillas y le estuve esperando un buen rato. Los vapores del vino y licores de la comida me iban poco a poco haciendo efecto y estaba comenzando a cabecear, así que a modo de ejercicio saqué una pequeña libreta con un lápiz e intenté recordar lo que tenía hasta el momento sobre el caso:
- Me había entrevistado con el imputado en la cárcel y me había dicho que él no había sido
- Me había entrevistado con la mujer del imputado y también decía que su marido no había matado a nadie. Además había contratado a un detective (yo) para que buscara pruebas de la inocencia de su marido
- Había un motivo más que suficiente para haber matado al difunto, la ruina de su empresa
- La oportunidad era clara y el imputado no tenía coartada durante el periodo de tiempo donde se había cometido el acto.
- La supuesta arma homicida, un hierro 7 era propiedad del imputado
- El imputado estaba enajenado por una supuesta ingesta masiva de alcohol
- Había inspeccionado el lugar donde se encontró el cadaver y sólo pude deducir que el lugar estaba lo suficientemente protegido para evitar testigos incómodos.

¡Joder!, mascullé mientras releia lo que había apuntado, "¿estoy tonto?". Menos mal que no empecé a apuntar razones por las que podía parecer tonto para haber aceptado este caso, y levemente recordé los honorarios que había acordado, quedándome algo más satisfecho por haberlo cogido, pero si lo miramos de un modo algo más neutral, las posibilidades de éxito no son muy grandes, salvo que a los muchachos de la charaina se les haya pasado algo por alto. Y como este asunto parecía ser muy claro, era cuando se ampliaba el abanico de posibilidades de que se les pudiera haber pasado algo por alto.

Estaba sumido en mis cavilaciones, cuando apareció Gómez con una caja de cartón, explicándome que si hubioera traido el palo de golf (se debía de referir al hierro número siete) cantaría demasiado, pero que tenía un rato para ir echando un vistazo, mientras él intentaba sacar unos papeles, aunque su servicio ya hubiera terminado. Me llamaron la atención dos bolas de golf en una bolsita de plástico. Las miré y remiré, y me dio la sensación que no tenían mella alguna. Encontrar una bola sin prácticamente un golpe, es complicado, pero puede pasar, ahora que dos ya es más raro. Como novato del golf, no me sonaba la marca, aunque si tuve la impresión de que las bolas eran de las buenas. Apunté su nombre en la libreta para tener algún lugar por donde empezar a enredar. Pasé por alto el reportaje fotográfico del cadaver, y sí me llamó la atención las fotos de la bolsa de palos, ya que el hierro número siete no estaba en su sitio, y en un hombre que era extremadamente ordenado era raro, aunque estuviera borracho. Me extrañó también lo torpemente que aparentaba el palo haber sido limpiado, ya que fue demasiado fácil el encontrarlo, como si alguién lo hubiera puesto allí para que se encontrara muy fácilmente.

Luego venía todo el papeleo de declaraciones de empleados del club, otros que andaban por ahí en la tarde de los hechos, y una lista con los nombres de los empleados con turno de aquella tarde, y de todos aquellos que habían consumido en el bar, ya que más tarde se les cargaría en cuenta, y eso siempre generaba una lista. Saqué una foto con el putofón de la lista, y copié luego el nombre de los otros declarantes, así que podía asegurar, que más o menos tenía una lista de todos los que aparentemente pudieron andar por el club la tarde de los hechos. Con esa lista, podría al menos hablar con Elena y que me contara cosas de todos ellos.

Apareció Gómez, cuando ya había enredado, con algo de nerviosismo, explicándose atropelladamente que nos teníamos que ir ya. No le pedí explicaciones, me metí mi libreta en el bolsillo, y satisfecho con lo que había obtenido salí de comisaria. Lo primero que hice fue llamar al abogado para que se interesara en el juzgado sobre que a documentación podríamos tener acceso oficial, comentándole que empezaba a tener algún hilo para seguir el ovillo. Me dijo que mañana intentaría obtener algo y que me llamaba. Luego llame a la rubia para ordenar el seguimiento de mañana de Toribio, que fue muy simple. Ella que pasara a la mañana, antes de la hora de llegada para confirmar el destino, y que luego a partir de la una, Damián comprobara salida al mediodía, lugar de comidas, si lo hubiera, y horario de finalización de la jornada laboral. No era muy complicado, pero le supliqué a la rubia que estuviera un poco encinma de Damián. Y Cosme que siguiera con el plantón matutino. Gracias a Dios, Ganeko y Caraqueño se habían aburrido de potear y dispersado cada uno a su casa, yo, no excesivamente tambaleante, me encaminé hacia la mia, con la intención de zamparme una buena tortilla de patata, que ya explicaré otro día como hacerla.





viernes, 8 de marzo de 2013

La Pinquerton de Getxo V



V

Esta vez si pasamos la barrera de entrada al club de golf. El hecho que fuera mi cliente la que nos llevara en coche ayudó en sobre manera. Al abogado y a mí solos, nunca nos habrían dejado entrar. Iba con calzado deportivo ya que quería ver el lugar donde se había encontrado el cadáver, en medio del recorrido del campo de golf y  husmear un poco por la zona. Aparcó en un amplio parking, algo vacío, junto a lo que parecía ser, y era, el edificio social. No había muchos coches, ya que era la mañana de un día laborable.

Nos encaminamos hacia el edificio con intención de interrogar al gerente sobre lo que había pasado la tarde en que se produjo el asesinato. Nos hizo esperar un buen rato en un amplio hall que hay a la entrada, para aparecer con evidente nerviosismo y negándose a contestar a ninguna de nuestras preguntas. Mi cliente insistió con cierta dureza en su voz, pero nada iba a hacer cambiar de opinión al gerente. Incluso se negó a dejarnos ir por el campo a inspeccionar visualmente el lugar donde se había encontrado el cadáver. Pero Elena no era de las que se daba rápidamente por vencida.

Nos acompañó hasta una cafetería que hay en los bajos de la sede social, justo donde comienza el campo de golf y nos dijo que pidiéramos algo, indicándole al camarero, de elegante uniforme, por cierto, que lo que nos sirviera se lo apuntara a ella. Nos preguntó si teníamos licencia para jugar a golf, cosa que el abogado no, pero yo sí, consecuencia de la insistencia de mi familia y satélites orbitantes a su alrededor. Me miró el calzado, le pareció adecuado y dijo que se iba a cambiar y a arreglar el green fee, para que ella y yo saliéramos a dar una vuelta por el campo de golf. Al de un rato salió cambiada con un fino niqui blanco y un pantalón corto rosa claro que le llegaba hasta las rodillas, siendo la primera vez, en que tanto el abogado como yo caímos en la cuenta que Elena conservaba bastante intacta la belleza que tuvo que tener de joven.

Con un gesto autoritario me pidió que le acompañara hasta una edificación que parecía un chamizo de aperos pero que se trataba del cuarto de palos. A la persona que parecía encargada de aquel lugar le pidió que le sacara su bolsa y la de su marido, con los correspondientes carros. Al titubeo inicial del encargado, le respondió con un seco “¿Hay algún problema?”, que hizo al hombre desaparecer en el interior, para aparecer al de un rato con una bolsa rosa, supuse que la de ella, y una bolsa blanca. El encargado le indicó que de la bolsa de su marido faltaba un palo que se lo había llevado la policía. La bolsa blanca, al contrario que la bolsa de ella, que llevaba un compartimento para cada palo, tenía sólo seis compartimentos, y era bastante ligera, con unas correas a modo de mochila, ya que a su marido le gustaba cargarla a la espalda. Todavía solo tenía un medio juego de palos, así que le pedí discretamente a ella que me explicara la organización de los palos en la bolsa. “Espera un poco” me dijo, dejándome en mitad del camino con su carrito y el mío. La vi volver donde el encargado y preguntarle algo, mientras me pareció que le deslizaba un billete de algo en el bolsillo

Vino sonriente y explicándome que era mejor engrasar un poco al pueblo para que le indicasen donde se había encontrado el cadáver. Por un momento me quedé embelesado mirando su sonrisa hasta que un par de segundos después caí en la cuenta de lo que estaba haciendo allí, y que no podía ser como Cosme e intentar ligar con la cliente. Eso fue lo que alejó definitivamente de mi cabeza el pensamiento de Elena como otra cosa que no fuera un cliente. Ella pareció no darse cuenta de mi pequeño lapsus y me preguntó sobre lo que quería saber, que no era otra cosa que el orden de los palos. Me dijo que van en orden contrario a la distancia que alcanzas con ellos, dejando un hueco para el palo cabezón y el put, dos huecos para maderas e híbridos (sorpresa, yo sólo pensaba que había coches híbridos) y los otros tres para los hierros en orden numérico. Me enseñó como su marido los ubicaba en perfecto orden (aunque el 8 estaba sólo, ya que el 7 era el golpeador) a lo que le pregunté si su marido era ordenado. “Es ingeniero” me dijo con una cara de lástima, que entendí perfectamente, ya que pocas cosas hay tan maniáticas como un ingeniero.


Me explicó que no íbamos a tener que andar mucho ya que la zona donde lo habían encontrado era en un pinar que discurre entre la salida del hoyo uno y el green del hoyo dieciocho, quedando el bosque a la derecha en la dirección de cada hoyo, comprendiendo enseguida, ya que rara vez pego a una bola que vaya recta, porque ese bosquecillo era un buen lugar para buscar bolas perdidas, no quedando muy lejos de la caseta donde guardan los palos.   



Pude dar fe enseguida de que aquel lugar era el ideal para encontrar bolas ya que en un rápido vistazo vi dos bolas entre la maleza. Más o menos, el encargado del cuarto de palos le había indicado a Elena la zona por donde se había encontrado el cadáver, hacia el centro del bosquecillo, lugar que no fue difícil ubicar, ya que en un árbol todavía quedaban restos de la cinta de plástico, que presumiblemente había utilizado la policía judicial para acordonar la zona y que la policía científica pudiera hacer su trabajo.
 
Mientras me hacía una composición del lugar donde se había encontrado el cuerpo, sonó mi teléfono. Elena me miró con cara de reprobación, que me extraño algo, ya que aunque en el campo de golf no se debe de usar el teléfono móvil, no estábamos precisamente jugando una partida. Era la uruguaya para informarme sobre el seguimiento. La dije que le llamaba luego, pero le pregunté que qué tal, como me respondió que bien, la colgué y apunté mentalmente que debía llamarla luego. La razón por la que Elena me había puesto esa cara no era otra que el ver una pareja de hombres que estaban acabando el hoyo dieciocho, y parecían mostrar más interés en ir al lugar donde se encontró el cuerpo que en acabar dignamente la partida, pero a mí me dio la impresión que en cuanto nos vieron, cambiaron sus intenciones y acabaron de jugar reglamentariamente el final del último hoyo del campo.

Desde donde estábamos no se veía la cafetería. Si salíamos a la calle del hoyo uno, estábamos a la vista de la terraza de la casa club, pero sin embargo, desde el hoyo dieciocho era posible el acercarse hasta el cuarto de palos sin que te pudieran ver desde ningún otro lado, ya que el recorrido de la calle tenía forma de ele. Saqué algunas fotos con el putofón, más que nada para darme un poco de pisto delante de la cliente, y le comenté lo que estaba pensando. Y como nuestra intención no era hacer más hoyos, nos fuimos discretamente hasta el cuarto de palos, donde dejamos toda la equitación. Ella fue a cambiarse de nuevo de ropa y yo me fui hasta la casa club, donde tras dar una vuelta a los alrededores de la misma, constaté lo que había averiguado, que era posible ir de la casa de palos al bosquecillo sin que te vieran desde la terraza o el bar.

Sin mucha información abandonamos el club, pidiéndoles que me dejaran cerca del Ayuntamiento de Getxo, ya que iría a la comisaría para ver si era posible charlar de una manera extra oficial, lo que ya sabía que me iba a costar la comida, con Gómez y con Ganeko. Elena me dijo que no me preocupara, que pasar los gastos de la comida si pensaba que con ello iba a sacar algo.

Mientras llegábamos a mi destino, sobre todo para hacerme el hombre ocupado, aproveché para hablar con la rubia, quien me explicó que habían podido seguir a Toribio, viéndole entrar en unas oficinas de la calle Uhagón, con la suerte de que desde la calle, se puede ver la entrada. De pasada y de medio cachondeo me explicó como Damián había aparecido disfrazado de ciclista del Tour de Francia (todo de amarillo), para no llamar la atención. Me empezó a arder el estómago, pero era una simple llamita, comparado con el café que se me puso cuando la uru me mandó la foto por el putofón. ¡Este era tonto y no tenía remedio! Mentalmente me apunté que para la próxima vigilancia debía de explicarle con todo lujo de detalles la ropa que se tendría que poner.

Una vez que me dejaron en el ayuntamiento comencé a dirigirme hasta la comisaría para intentar hacerme el encontradizo, pero mientras me estaba acercando sentí como alguien se resoplaba el flequillo. ¡Ya sabía para que le servía aquella gran nariz al amigo Caraqueño!¡ Para oler en un kilómetro a la redonda cuando había papeo gratis!. Le tuve que contar mis intenciones, que inmediatamente transmitió por teléfono a los dos destinatarios, que al de unos pocos instantes salieron de la comisaría, muy sonrientes mientras me explicaban ufanos donde querían ir a comer hoy.