VI
Como pensaba que mis tres acompañantes seguían con el servicio a la tarde, tras el menu de alubias con todos sus sacramentos y el cortadito de rigor, me tiré el pegote y ordené que pusieran en la mesa una botellita (3/4) de pacharán casero para pasar mejor la digestión. El cabroncete de Caraqueño dijo que el mejor orujito blanco y también trajeron otra botellita (3/4) bien fría. Empecé a sospechar que había cometido un error de cálculo cuando Gómez mezcló en un vaso media de pacharán y media de orujo, y acabé por darme cuenta cuando Ganeko empezó a trasegarse su tercer pacharán. Las risas se debían de escuchar en la margen izquierda cuando les transmití mi creencia de que cuando se estaba de servicio no se bebía; "y así es, amigo Peru" me soltó Caraqueño mientras con una amplia sonrisa se soplaba el flequillo "hoy a la tarde, libramos los tres. Habíamos quedado a comer unas alubias y luego ver en la tele la flecha valona, pero nos ha salido algo mejor el plan" y vuelta a carcajearse de nuevo los tres.
Así que tuve que esperarme (tampoco con gran pena) a que acabaran de pedalear por aquellas calles estrechas y empinadas, en las que además casi gana uno de los nuestros, pero se fundió a pocos metros de la llegada, siendo aprovechado por un italiano (quién sino) para llevarse el triunfo. Una vez terminada la carrera, y el pacharán ( el orujo lo retiramos antes para no empimplarnos en demasía) comenzaron a prestarme algo de atención. Si me explicó Juan, que la información que estaba pidiendo, la tenía que pedir el abogado que representa al encarcelado, y el juez se la irá facilitando, al ritmo que más o menos estime oportuno. Pero Gómez me dijo, que podíamos ir a la comisaria y que me dejaría hojear durante un rato, que es lo que tenían hasta la fecha, y así el abogado afinar un poco más la información que podía pedir. Así que nos dirigimos a la comisaría Gómez y yo, dejando a Caraqueño y Ganeko planteándose donde seguir con su trasiego vespertino, además de tener que prometerles que cuando acabara en la "comi", les llamara para saber donde seguían. Y supongo que seguir la ronda con ellos.
Una vez en la comisaria, Gómez me metió en un cuartucho con una especie de pupitre y dos sillas y le estuve esperando un buen rato. Los vapores del vino y licores de la comida me iban poco a poco haciendo efecto y estaba comenzando a cabecear, así que a modo de ejercicio saqué una pequeña libreta con un lápiz e intenté recordar lo que tenía hasta el momento sobre el caso:
- Me había entrevistado con el imputado en la cárcel y me había dicho que él no había sido
- Me había entrevistado con la mujer del imputado y también decía que su marido no había matado a nadie. Además había contratado a un detective (yo) para que buscara pruebas de la inocencia de su marido
- Había un motivo más que suficiente para haber matado al difunto, la ruina de su empresa
- La oportunidad era clara y el imputado no tenía coartada durante el periodo de tiempo donde se había cometido el acto.
- La supuesta arma homicida, un hierro 7 era propiedad del imputado
- El imputado estaba enajenado por una supuesta ingesta masiva de alcohol
- Había inspeccionado el lugar donde se encontró el cadaver y sólo pude deducir que el lugar estaba lo suficientemente protegido para evitar testigos incómodos.
¡Joder!, mascullé mientras releia lo que había apuntado, "¿estoy tonto?". Menos mal que no empecé a apuntar razones por las que podía parecer tonto para haber aceptado este caso, y levemente recordé los honorarios que había acordado, quedándome algo más satisfecho por haberlo cogido, pero si lo miramos de un modo algo más neutral, las posibilidades de éxito no son muy grandes, salvo que a los muchachos de la charaina se les haya pasado algo por alto. Y como este asunto parecía ser muy claro, era cuando se ampliaba el abanico de posibilidades de que se les pudiera haber pasado algo por alto.
Estaba sumido en mis cavilaciones, cuando apareció Gómez con una caja de cartón, explicándome que si hubioera traido el palo de golf (se debía de referir al hierro número siete) cantaría demasiado, pero que tenía un rato para ir echando un vistazo, mientras él intentaba sacar unos papeles, aunque su servicio ya hubiera terminado. Me llamaron la atención dos bolas de golf en una bolsita de plástico. Las miré y remiré, y me dio la sensación que no tenían mella alguna. Encontrar una bola sin prácticamente un golpe, es complicado, pero puede pasar, ahora que dos ya es más raro. Como novato del golf, no me sonaba la marca, aunque si tuve la impresión de que las bolas eran de las buenas. Apunté su nombre en la libreta para tener algún lugar por donde empezar a enredar. Pasé por alto el reportaje fotográfico del cadaver, y sí me llamó la atención las fotos de la bolsa de palos, ya que el hierro número siete no estaba en su sitio, y en un hombre que era extremadamente ordenado era raro, aunque estuviera borracho. Me extrañó también lo torpemente que aparentaba el palo haber sido limpiado, ya que fue demasiado fácil el encontrarlo, como si alguién lo hubiera puesto allí para que se encontrara muy fácilmente.
Luego venía todo el papeleo de declaraciones de empleados del club, otros que andaban por ahí en la tarde de los hechos, y una lista con los nombres de los empleados con turno de aquella tarde, y de todos aquellos que habían consumido en el bar, ya que más tarde se les cargaría en cuenta, y eso siempre generaba una lista. Saqué una foto con el putofón de la lista, y copié luego el nombre de los otros declarantes, así que podía asegurar, que más o menos tenía una lista de todos los que aparentemente pudieron andar por el club la tarde de los hechos. Con esa lista, podría al menos hablar con Elena y que me contara cosas de todos ellos.
Apareció Gómez, cuando ya había enredado, con algo de nerviosismo, explicándose atropelladamente que nos teníamos que ir ya. No le pedí explicaciones, me metí mi libreta en el bolsillo, y satisfecho con lo que había obtenido salí de comisaria. Lo primero que hice fue llamar al abogado para que se interesara en el juzgado sobre que a documentación podríamos tener acceso oficial, comentándole que empezaba a tener algún hilo para seguir el ovillo. Me dijo que mañana intentaría obtener algo y que me llamaba. Luego llame a la rubia para ordenar el seguimiento de mañana de Toribio, que fue muy simple. Ella que pasara a la mañana, antes de la hora de llegada para confirmar el destino, y que luego a partir de la una, Damián comprobara salida al mediodía, lugar de comidas, si lo hubiera, y horario de finalización de la jornada laboral. No era muy complicado, pero le supliqué a la rubia que estuviera un poco encinma de Damián. Y Cosme que siguiera con el plantón matutino. Gracias a Dios, Ganeko y Caraqueño se habían aburrido de potear y dispersado cada uno a su casa, yo, no excesivamente tambaleante, me encaminé hacia la mia, con la intención de zamparme una buena tortilla de patata, que ya explicaré otro día como hacerla.
Una vez en la comisaria, Gómez me metió en un cuartucho con una especie de pupitre y dos sillas y le estuve esperando un buen rato. Los vapores del vino y licores de la comida me iban poco a poco haciendo efecto y estaba comenzando a cabecear, así que a modo de ejercicio saqué una pequeña libreta con un lápiz e intenté recordar lo que tenía hasta el momento sobre el caso:
- Me había entrevistado con el imputado en la cárcel y me había dicho que él no había sido
- Me había entrevistado con la mujer del imputado y también decía que su marido no había matado a nadie. Además había contratado a un detective (yo) para que buscara pruebas de la inocencia de su marido
- Había un motivo más que suficiente para haber matado al difunto, la ruina de su empresa
- La oportunidad era clara y el imputado no tenía coartada durante el periodo de tiempo donde se había cometido el acto.
- La supuesta arma homicida, un hierro 7 era propiedad del imputado
- El imputado estaba enajenado por una supuesta ingesta masiva de alcohol
- Había inspeccionado el lugar donde se encontró el cadaver y sólo pude deducir que el lugar estaba lo suficientemente protegido para evitar testigos incómodos.
¡Joder!, mascullé mientras releia lo que había apuntado, "¿estoy tonto?". Menos mal que no empecé a apuntar razones por las que podía parecer tonto para haber aceptado este caso, y levemente recordé los honorarios que había acordado, quedándome algo más satisfecho por haberlo cogido, pero si lo miramos de un modo algo más neutral, las posibilidades de éxito no son muy grandes, salvo que a los muchachos de la charaina se les haya pasado algo por alto. Y como este asunto parecía ser muy claro, era cuando se ampliaba el abanico de posibilidades de que se les pudiera haber pasado algo por alto.
Estaba sumido en mis cavilaciones, cuando apareció Gómez con una caja de cartón, explicándome que si hubioera traido el palo de golf (se debía de referir al hierro número siete) cantaría demasiado, pero que tenía un rato para ir echando un vistazo, mientras él intentaba sacar unos papeles, aunque su servicio ya hubiera terminado. Me llamaron la atención dos bolas de golf en una bolsita de plástico. Las miré y remiré, y me dio la sensación que no tenían mella alguna. Encontrar una bola sin prácticamente un golpe, es complicado, pero puede pasar, ahora que dos ya es más raro. Como novato del golf, no me sonaba la marca, aunque si tuve la impresión de que las bolas eran de las buenas. Apunté su nombre en la libreta para tener algún lugar por donde empezar a enredar. Pasé por alto el reportaje fotográfico del cadaver, y sí me llamó la atención las fotos de la bolsa de palos, ya que el hierro número siete no estaba en su sitio, y en un hombre que era extremadamente ordenado era raro, aunque estuviera borracho. Me extrañó también lo torpemente que aparentaba el palo haber sido limpiado, ya que fue demasiado fácil el encontrarlo, como si alguién lo hubiera puesto allí para que se encontrara muy fácilmente.
Luego venía todo el papeleo de declaraciones de empleados del club, otros que andaban por ahí en la tarde de los hechos, y una lista con los nombres de los empleados con turno de aquella tarde, y de todos aquellos que habían consumido en el bar, ya que más tarde se les cargaría en cuenta, y eso siempre generaba una lista. Saqué una foto con el putofón de la lista, y copié luego el nombre de los otros declarantes, así que podía asegurar, que más o menos tenía una lista de todos los que aparentemente pudieron andar por el club la tarde de los hechos. Con esa lista, podría al menos hablar con Elena y que me contara cosas de todos ellos.
Apareció Gómez, cuando ya había enredado, con algo de nerviosismo, explicándose atropelladamente que nos teníamos que ir ya. No le pedí explicaciones, me metí mi libreta en el bolsillo, y satisfecho con lo que había obtenido salí de comisaria. Lo primero que hice fue llamar al abogado para que se interesara en el juzgado sobre que a documentación podríamos tener acceso oficial, comentándole que empezaba a tener algún hilo para seguir el ovillo. Me dijo que mañana intentaría obtener algo y que me llamaba. Luego llame a la rubia para ordenar el seguimiento de mañana de Toribio, que fue muy simple. Ella que pasara a la mañana, antes de la hora de llegada para confirmar el destino, y que luego a partir de la una, Damián comprobara salida al mediodía, lugar de comidas, si lo hubiera, y horario de finalización de la jornada laboral. No era muy complicado, pero le supliqué a la rubia que estuviera un poco encinma de Damián. Y Cosme que siguiera con el plantón matutino. Gracias a Dios, Ganeko y Caraqueño se habían aburrido de potear y dispersado cada uno a su casa, yo, no excesivamente tambaleante, me encaminé hacia la mia, con la intención de zamparme una buena tortilla de patata, que ya explicaré otro día como hacerla.