AIBOAKO
SERLOK
Chapter
ONE
Me miré en el espejo y ajusté un poco más el
nudo de la corbata. Tras comprobar que la camisa estaba impoluta volví de nuevo
a contemplar mi rostro en el espejo. He de reconocer que una ducha y un poco de
disciplinante de cabello habían hecho milagros y mi aspecto era algo más que
presentable. Hoy, por fin, iba a estrenar mi nueva profesión de Detective
Privado. Como pudieron concederme la licencia, sobre todo tras las pruebas
físicas, no dejaba de ser un misterio para mí, pero la Orden Ministerial publicada
en el BOE de hace tres semanas era muy clara “Conceder la autorización
administrativa para ejercer de Detective Privado a Pedro María Hurtado López de
Tolosa”. Como se cachondeaba mi amigo Iturray “Peru Hurtado, detective privado”,
no cesaba de parlotear entre caña y caña, mientras me sugería que le pagara
royalties por darme el eslogan publicitario que marcaría mi camino a la fama.
Todavía no tenía excesivamente claro que
hubiera sido una brillante idea, ya que mi experiencia laboral era más de
perito de seguros, e incluso de perito judicial, pero con los cambios en la
legislación de enjuiciamiento y la centralización de las compañías de seguro,
habían hecho que esas fuentes de ingreso menguaran poco a poco, hasta hacerse
casi inexistentes. Si bien es cierto que no pasaba necesidad, mi esposa, con la
que me reconcilié hace unos pocos años, era directora comercial de una firma de
cosméticos y con lo que ella ganaba, nos daba para vivir muy bien, tanto yo,
como mis dos hijas de 19 y 14 años. Pero esa falta de ingresos, hacía que
tuviera que pedirle la paga para salir de vez en cuando a potear con la
cuadrilla de Santutxu, que tampoco es que le hiciera mucha gracia, y por otra
parte quedaba herido mi orgullo de macho. La verdad es que en nuestra casa de
Aiboa habían cambiado los roles, yo era el que me encargaba fundamentalmente de
las tareas domésticas, que la nevera siempre estuviera llena, y que nuestra
alimentación fuese sana, abundante y equilibrada, y también sabrosa, ya que,
aunque pueda pecar de inmodestia, soy un pasable cocinillas. Y aunque sisaba de
la compra lo que podía, no era suficiente para ir a tomar potes con los colegas
cuando me apetecía, así que caí en cuanto Iturray me empezó a picar, y aquí me
encontraba, cerrando la puerta de mi casa y saliendo a la calle en medio de una
nube de polen blanco arrastrada por el suave viento que recorría la avenida de los Chopos.
Una vez fuera de casa, volví a sacar el papel
donde había apuntado la dirección, los Tilos 59, primero. Quedaba cerca de mi
casa, era la zona del viejo Neguri. No
me habían dicho todavía en qué consistía el caso, y me sorprendió que me
llamaran tan pronto, al de una semana de haberme presentado en una entrevista
que me habían hecho en un diario de entrega gratuito, cortesía de las influencias
de la novia argentina del bueno de Ajota. Iba preparado para lo mejor y lo
peor. Siempre me quedaba tirar balones fuera si el encargo no fuera de mi
gusto, o viera que no lo podía cumplir. Me hizo tanta ilusión que me llamaran,
que se me olvidó lo más básico, preguntar qué coño querían.
Mientras subía y empezaba a jadear levemente,
iba mirando los números de los chalets a cuyo lado iba pasando. Hacía tiempo
que había dejado atrás la mansión señorial de aquella compañía de seguros en la
que siempre había deseado trabajar, pero que tras mandar “cienes y cienes de
veces mi curricu”, nunca se habían dignado en llamarme. Un par de números
antes, vi la casa en la que había sido citado. Sería aproximadamente de los
años ochenta, con ladrillo caravista. Llegué hasta el portal, y tras comprobar
que no había nadie en el portal y que la puerta estaba cerrada, llamé al
portero automático. Tuve que repetir la llamada como medio minuto después, y ya
obtuve contestación.
-¿Quién
llama?
No recuerdo exactamente en que venía
pensando, pero fue la contestación que me salió – Pedro Hurtado, detective
privado-. Si uno que yo me sé, hubiera tenido acceso a esta presentación, se
hubiera partido el culo.
- De la vuelta a la casa y pase por la puerta de
servicio
He de reconocer que aquello me desconcertó,
pero en vez de darme la vuelta y marcharme a casa, me pudo la curiosidad, las
ganas de tener un poco de “pocket money” o quizás fue que el tono autoritario
de aquella voz por el telefonillo, me inclinó a obedecer la orden. Tras
franquear la entrada de servicio, subí una pocas escaleras y no me hizo falta
volver a llamar, la puerta estaba abierta y una criada, ya bastante entrada en
años, me señaló una banqueta en la cocina para que me sentará. Una vez así lo
había hecho, la criada desapareció por una puerta.
Estuve esperando un par de minutos. Me sentía
totalmente sudado, entre la agradable temperatura de la primavera guechotarra,
la cuesta que había tenido que subir, las cuatro escaleras y el presentarme en
un sitio a escuchar una oferta de trabajo. Agradecí aquella pequeña espera que
aproveché para secarme con un pañuelo las brillantes gotas de sudor que presumí
me estaban apareciendo por las ya considerables entradas que presentaba mi
frente.
Al de un rato, no excesivamente largo,
apareció una chica sudamericana, que con un acento cantarín me entregó una
carpeta repleta de papeles.
- Soy
la secretaria personal de Doña Sofía López de Cantalapiedra y Sangüesa. Mi
señora no puede recibirle ahora y desea que se encargue Usted de averiguar
quién envenenó a su perro “Trusky”. En esta carpeta se encuentran todos los
datos e información que le son necesarios para que comience con su
investigación.
- Bueno, - se me ocurrió balbucear- creo que
debería de hablar con ella, al menos… Un chillido agudo “Truska” seguido de un
ruido de patitas corriendo por encima de un suelo de madera, interrumpió lo que
estaba diciendo. La chica se dio la vuelta y justo en ese momento intentó
frenar en el pasillo un perro diminuto, perro-patada como los conocíamos en Santutxu,
pero era tal su ímpetu y el suelo estaba tan profusamente encerado que patinó,
dándose un monumental gorrazo contra la jamba de la puerta. Probablemente,
herido en su orgullo el perrillo se abalanzó sobre mí, ladrando furiosamente,
eso sí, se quedó a medio metro, justo fuera del alcance de mi radio de patada.
- ¡Ay!, es Truska, la hermanita de nuestro
querido “Trusky”. ¡Cómo lo echa de menos!
Definirme que estaba en medio como un
pasmarote, hubiera sido poco expresivo, pero estaba empezando a no entender
nada, y a cabrearme poco a poco. La escena era surrealista, así que a grandes
males, grandes remedios.
- Señorita
- Puede llamarme Yeni. Don Pedro
- Yeni, antes de empezar a trabajar, creo que
debemos de hablar de mis honorarios, que son a cuarenta euros la hora, más
gastos, y no comienzo sin una provisión de fondos de trescientos euros.
Pensé que era un poco pasada el pedir ese
anticipo de dinero, pero consideré que ahí se abría la posibilidad de que me
rechazaran, y me pudiera ir con mi dignidad intacta.
-¡Ay,
Don Pedro!¡Qué bien que acepta el caso!!Se lo diré corriendo a Doña Sofia! Y
pensar que los anteriores habían rechazado el caso
Pero…- empecé una tímida protesta
- No
se preocupe- me dijo mientras cogía en brazos a la pesada de Truska, que
todavía no había dejado de ladrarme- Ahorita mismo hablo con la señora sobre su
plata.
Desconcertado me volví a sentar en aquella
vieja banqueta de madera, y me fijé entonces en la cocina. Las paredes se
encontraban alicatadas con unos baldosines de color amarillo. Los muebles,
perfectamente limpios aparentaban tener muchos años. Asomé un poco la cabeza a
la zona que parecía ser el corazón de la cocina, pero allí sí pude observar que
la encimera era de vitrocerámica, y que los electrodomésticos no parecían tan
antiguos como el resto de la cocina. En esto entró la criada mayor, seguida por
otra vestida igual, pero jovencita y con un aire totalmente latino. Mientras la
vieja me miró con un aire despectivo, el de esos lacayos que se creen
superiores por servir a gente que consideran de mayor categoría que tú, la
jovencita, no dejó de mirar al suelo. “¡Ajá!”, hubiera exclamado el sagaz
Iturray, “eso demuestra culpabilidad”. Ensimismado en mis chorradas me dejé
arrastrar por la secretaria que me dio un sobre, diciendo que la señora había
dicho que aquello era suficiente, y pidiendo a Romualda, que así se llamaba la
vieja, que me acompañara a la puerta. Esta hizo un ademán con el brazo
señalando la puerta, por la que salí con mis papelotes y con un sobre,
suponiendo que contenía mis trescientos euros. De esta manera, acepté mi primer
caso como detective.
Siempre había pensado que hablar de dinero
era de mal gusto, incluso aunque fuera por un trabajo que hubieras hecho. Con
el paso de los años aprendí a que era de peor gusto no cobrarlo, pero siempre
me quedaron esas reminiscencias por lo que decidí que abriría el sobre en el “Egoki”, mi tasca favorita de la Avenida de los Chopos, y hacía allí me dirigí. Vi una
silla alta junto a la barra y senté en ella mi metro noventa y siete raspado, mientras pedía un zurito ¿De Bilbao?, me preguntó guasona la camarera
rubia llenando hasta arriba un vaso de medio litro de cerveza. Llevaba bajo el
brazo la carpetilla con los papeles que me habían dado, pero hasta la segunda
cerveza no iba a estar animado para abrirlo. Lo que si hice, tras la segunda
cerveza, fue abrir el sobre para pagarla, ya que soy de la teoría que si
alguien conocido entra después que tú en el bar, sobre todo el día que te has
puesto lila, no sepa cuantos tragos te has tomado. Me salió un hijaputa del
fondo de mi corazón, ya que la vieja había dejado mi provisión de fondos en dos
billetes de veinte y uno de diez. Miré alrededor, un poco asustado por si de mi
corazón, se me había escapado hasta la boca aquella grosera interjección, y más
dándome cuenta que las chicas eran mayoría en el bar. Creo que este Viernes
tampoco podré escaparme al mediodía a potear a Santutxu.
Una vez acabadas las cervezas, me pasé por la
frutería donde pillé unas cuantas alcachofas. Después de haber visto al genio
de Zarautz como las salteaba en una sartén (peladas y cortadas en cuatro
trozos) y las mezclaba con bacón, había realizado ese plato para que cenen mis
chicas, con gran éxito (me aplaudían con las orejas) en unas cuantas ocasiones,
y a la vista del material, tampoco lo debía de dejar pasar esta noche. No es
que fuera una tarea muy pesada el cortar las alcachofas, pero decidí que me
esperaría al día siguiente para empezar a empaparme de los papeles de lo que
sería mi primera investigación, ya que los primeros veinte euros de adelanto
los había donado generosamente al Egoki, a cambio de unas espumeantes jarritas
de cerveza, y ahora sí que no debía de rechazar este primer encargo.