martes, 29 de mayo de 2012

AIBOAKO SERLOK


AIBOAKO SERLOK

Chapter ONE

Me miré en el espejo y ajusté un poco más el nudo de la corbata. Tras comprobar que la camisa estaba impoluta volví de nuevo a contemplar mi rostro en el espejo. He de reconocer que una ducha y un poco de disciplinante de cabello habían hecho milagros y mi aspecto era algo más que presentable. Hoy, por fin, iba a estrenar mi nueva profesión de Detective Privado. Como pudieron concederme la licencia, sobre todo tras las pruebas físicas, no dejaba de ser un misterio para mí, pero la Orden Ministerial publicada en el BOE de hace tres semanas era muy clara “Conceder la autorización administrativa para ejercer de Detective Privado a Pedro María Hurtado López de Tolosa”. Como se cachondeaba mi amigo Iturray “Peru Hurtado, detective privado”, no cesaba de parlotear entre caña y caña, mientras me sugería que le pagara royalties por darme el eslogan publicitario que marcaría mi camino a la fama.

Todavía no tenía excesivamente claro que hubiera sido una brillante idea, ya que mi experiencia laboral era más de perito de seguros, e incluso de perito judicial, pero con los cambios en la legislación de enjuiciamiento y la centralización de las compañías de seguro, habían hecho que esas fuentes de ingreso menguaran poco a poco, hasta hacerse casi inexistentes. Si bien es cierto que no pasaba necesidad, mi esposa, con la que me reconcilié hace unos pocos años, era directora comercial de una firma de cosméticos y con lo que ella ganaba, nos daba para vivir muy bien, tanto yo, como mis dos hijas de 19 y 14 años. Pero esa falta de ingresos, hacía que tuviera que pedirle la paga para salir de vez en cuando a potear con la cuadrilla de Santutxu, que tampoco es que le hiciera mucha gracia, y por otra parte quedaba herido mi orgullo de macho. La verdad es que en nuestra casa de Aiboa habían cambiado los roles, yo era el que me encargaba fundamentalmente de las tareas domésticas, que la nevera siempre estuviera llena, y que nuestra alimentación fuese sana, abundante y equilibrada, y también sabrosa, ya que, aunque pueda pecar de inmodestia, soy un pasable cocinillas. Y aunque sisaba de la compra lo que podía, no era suficiente para ir a tomar potes con los colegas cuando me apetecía, así que caí en cuanto Iturray me empezó a picar, y aquí me encontraba, cerrando la puerta de mi casa y saliendo a la calle en medio de una nube de polen blanco arrastrada por el suave viento que recorría la avenida de los Chopos.

Una vez fuera de casa, volví a sacar el papel donde había apuntado la dirección, los Tilos 59, primero. Quedaba cerca de mi casa, era la zona del viejo Neguri.  No me habían dicho todavía en qué consistía el caso, y me sorprendió que me llamaran tan pronto, al de una semana de haberme presentado en una entrevista que me habían hecho en un diario de entrega gratuito, cortesía de las influencias de la novia argentina del bueno de Ajota. Iba preparado para lo mejor y lo peor. Siempre me quedaba tirar balones fuera si el encargo no fuera de mi gusto, o viera que no lo podía cumplir. Me hizo tanta ilusión que me llamaran, que se me olvidó lo más básico, preguntar qué coño querían.  

Mientras subía y empezaba a jadear levemente, iba mirando los números de los chalets a cuyo lado iba pasando. Hacía tiempo que había dejado atrás la mansión señorial de aquella compañía de seguros en la que siempre había deseado trabajar, pero que tras mandar “cienes y cienes de veces mi curricu”, nunca se habían dignado en llamarme. Un par de números antes, vi la casa en la que había sido citado. Sería aproximadamente de los años ochenta, con ladrillo caravista. Llegué hasta el portal, y tras comprobar que no había nadie en el portal y que la puerta estaba cerrada, llamé al portero automático. Tuve que repetir la llamada como medio minuto después, y ya obtuve contestación.
 -¿Quién llama?
No recuerdo exactamente en que venía pensando, pero fue la contestación que me salió – Pedro Hurtado, detective privado-. Si uno que yo me sé, hubiera tenido acceso a esta presentación, se hubiera partido el culo.
- De la vuelta a la casa y pase por la puerta de servicio

He de reconocer que aquello me desconcertó, pero en vez de darme la vuelta y marcharme a casa, me pudo la curiosidad, las ganas de tener un poco de “pocket money” o quizás fue que el tono autoritario de aquella voz por el telefonillo, me inclinó a obedecer la orden. Tras franquear la entrada de servicio, subí una pocas escaleras y no me hizo falta volver a llamar, la puerta estaba abierta y una criada, ya bastante entrada en años, me señaló una banqueta en la cocina para que me sentará. Una vez así lo había hecho, la criada desapareció por una puerta.

Estuve esperando un par de minutos. Me sentía totalmente sudado, entre la agradable temperatura de la primavera guechotarra, la cuesta que había tenido que subir, las cuatro escaleras y el presentarme en un sitio a escuchar una oferta de trabajo. Agradecí aquella pequeña espera que aproveché para secarme con un pañuelo las brillantes gotas de sudor que presumí me estaban apareciendo por las ya considerables entradas que presentaba mi frente.

Al de un rato, no excesivamente largo, apareció una chica sudamericana, que con un acento cantarín me entregó una carpeta repleta de papeles.
 - Soy la secretaria personal de Doña Sofía López de Cantalapiedra y Sangüesa. Mi señora no puede recibirle ahora y desea que se encargue Usted de averiguar quién envenenó a su perro “Trusky”. En esta carpeta se encuentran todos los datos e información que le son necesarios para que comience con su investigación.
- Bueno, - se me ocurrió balbucear- creo que debería de hablar con ella, al menos… Un chillido agudo “Truska” seguido de un ruido de patitas corriendo por encima de un suelo de madera, interrumpió lo que estaba diciendo. La chica se dio la vuelta y justo en ese momento intentó frenar en el pasillo un perro diminuto, perro-patada como los conocíamos en Santutxu, pero era tal su ímpetu y el suelo estaba tan profusamente encerado que patinó, dándose un monumental gorrazo contra la jamba de la puerta. Probablemente, herido en su orgullo el perrillo se abalanzó sobre mí, ladrando furiosamente, eso sí, se quedó a medio metro, justo fuera del alcance de mi radio de patada.
- ¡Ay!, es Truska, la hermanita de nuestro querido “Trusky”. ¡Cómo lo echa de menos!

Definirme que estaba en medio como un pasmarote, hubiera sido poco expresivo, pero estaba empezando a no entender nada, y a cabrearme poco a poco. La escena era surrealista, así que a grandes males, grandes remedios.
- Señorita
- Puede llamarme Yeni. Don Pedro
- Yeni, antes de empezar a trabajar, creo que debemos de hablar de mis honorarios, que son a cuarenta euros la hora, más gastos, y no comienzo sin una provisión de fondos de trescientos euros.

Pensé que era un poco pasada el pedir ese anticipo de dinero, pero consideré que ahí se abría la posibilidad de que me rechazaran, y me pudiera ir con mi dignidad intacta.
 -¡Ay, Don Pedro!¡Qué bien que acepta el caso!!Se lo diré corriendo a Doña Sofia! Y pensar que los anteriores habían rechazado el caso
Pero…- empecé una tímida protesta
-  No se preocupe- me dijo mientras cogía en brazos a la pesada de Truska, que todavía no había dejado de ladrarme- Ahorita mismo hablo con la señora sobre su plata.

Desconcertado me volví a sentar en aquella vieja banqueta de madera, y me fijé entonces en la cocina. Las paredes se encontraban alicatadas con unos baldosines de color amarillo. Los muebles, perfectamente limpios aparentaban tener muchos años. Asomé un poco la cabeza a la zona que parecía ser el corazón de la cocina, pero allí sí pude observar que la encimera era de vitrocerámica, y que los electrodomésticos no parecían tan antiguos como el resto de la cocina. En esto entró la criada mayor, seguida por otra vestida igual, pero jovencita y con un aire totalmente latino. Mientras la vieja me miró con un aire despectivo, el de esos lacayos que se creen superiores por servir a gente que consideran de mayor categoría que tú, la jovencita, no dejó de mirar al suelo. “¡Ajá!”, hubiera exclamado el sagaz Iturray, “eso demuestra culpabilidad”. Ensimismado en mis chorradas me dejé arrastrar por la secretaria que me dio un sobre, diciendo que la señora había dicho que aquello era suficiente, y pidiendo a Romualda, que así se llamaba la vieja, que me acompañara a la puerta. Esta hizo un ademán con el brazo señalando la puerta, por la que salí con mis papelotes y con un sobre, suponiendo que contenía mis trescientos euros. De esta manera, acepté mi primer caso como detective.

Siempre había pensado que hablar de dinero era de mal gusto, incluso aunque fuera por un trabajo que hubieras hecho. Con el paso de los años aprendí a que era de peor gusto no cobrarlo, pero siempre me quedaron esas reminiscencias por lo que decidí que abriría el sobre en el “Egoki”, mi tasca favorita de la Avenida de los Chopos, y hacía allí me dirigí. Vi una silla alta junto a la barra y senté en ella mi metro noventa y siete raspado, mientras pedía un zurito ¿De Bilbao?, me preguntó guasona la camarera rubia llenando hasta arriba un vaso de medio litro de cerveza. Llevaba bajo el brazo la carpetilla con los papeles que me habían dado, pero hasta la segunda cerveza no iba a estar animado para abrirlo. Lo que si hice, tras la segunda cerveza, fue abrir el sobre para pagarla, ya que soy de la teoría que si alguien conocido entra después que tú en el bar, sobre todo el día que te has puesto lila, no sepa cuantos tragos te has tomado. Me salió un hijaputa del fondo de mi corazón, ya que la vieja había dejado mi provisión de fondos en dos billetes de veinte y uno de diez. Miré alrededor, un poco asustado por si de mi corazón, se me había escapado hasta la boca aquella grosera interjección, y más dándome cuenta que las chicas eran mayoría en el bar. Creo que este Viernes tampoco podré escaparme al mediodía a potear a Santutxu.

Una vez acabadas las cervezas, me pasé por la frutería donde pillé unas cuantas alcachofas. Después de haber visto al genio de Zarautz como las salteaba en una sartén (peladas y cortadas en cuatro trozos) y las mezclaba con bacón, había realizado ese plato para que cenen mis chicas, con gran éxito (me aplaudían con las orejas) en unas cuantas ocasiones, y a la vista del material, tampoco lo debía de dejar pasar esta noche. No es que fuera una tarea muy pesada el cortar las alcachofas, pero decidí que me esperaría al día siguiente para empezar a empaparme de los papeles de lo que sería mi primera investigación, ya que los primeros veinte euros de adelanto los había donado generosamente al Egoki, a cambio de unas espumeantes jarritas de cerveza, y ahora sí que no debía de rechazar este primer encargo.

EN ESTADO DE SHOCK

EN ESTADO DE SHOCK

Lamento comunicar a los habituales, que desde el pasado Viernes hacia las 20:15 horas entré en un estado de shock traumático debido al monumental cabreo que se agarró el titular de este blog. La temporada que viene, y ya viendo las cosas desde la distancia, apreciaremos en su justa medida lo que se ha logrado y con los mimbres que se ha hecho. Yo, por el momento sigo con un espectacular moskeo. Esto hace que no sea capaz de publicar una entrada coherente.

Eso sí, me ratifico en mi pronóstico que en seis años ganamos un par de ligas y otra copa del king.

Saludos, y que se os pase antes que a mí 

lunes, 14 de mayo de 2012

LA MÁQUINA DE EXCUSAS


LA MÁQUINA DE EXCUSAS

En eso me estoy convirtiendo. Hemos llegado a Lunes y todavía no he comenzado a cumplir con el compromiso autoimpuesto de colgar una entrada todas las semanas, y eso que para el Viernes pasado, el día anterior ya había comenzado con el tan manido tema de la “botella medio llena o la botella medio vacía”, os imagináis después de que disgusto. Había encontrado incluso un tópico sobre cuando te ponen el GT con una tónica que no te gusta. Que sí, que hay dos formas de verlo, o “vaya mierda me han dado”, o “¡qué bien!, voy a probar nuevas experiencias”. Incluso os puedo asegurar que en su momento, me llegó hasta parecer gracioso. Encontré otras comparaciones sobre “medio llena o medio vacía”, pero ya tocaban temas más cercanos y la auto censura apareció de nuevo, no vaya a ser por un casual alguien con el que no contaba lo lea, y tenga más follones de los habituales.

Todo sea dicho, me llevé un disgusto de cojones. Cuando acabó la primera parte, lo sentí tan negro que me metí en la cama. Últimamente ando un poco baldado cuando el reloj comienza a rondar las 9:30 de la noche, ya que estoy aprovechando las mañanas hacia las 6:30 para darme un paseo de unos tres cuartos de hora por la zona (y bien pensado debo cambiar un poco de ruta ya que la cuadrilla de jóvenes y jóvenas impúberes que esperan a su autobús escolar a tan madrugadoras horas, me miran con cara rara). Ese día, aguanté algo más, pero tras introducirme en las sábanas, noté como iba cayendo en los dulces brazos de Morfeo, a pesar del histérico mosqueo que tenía encima. Eso si, recostado en la almohada con la oreja mala pegada, y la buena al aire, todavía con la esperanza de oír gritar a los vecinos y levantarme a todo correr. Si, como cuando estás en la cama, a punto de dormirte y todavía sigues con la esperanza de la contraria se meta enseguida con tórridos propósitos, y mantienes una oreja despierta para cuando oigas el suave chirriar de la puerta, aunque ya sabes que eso no pasa.

A la mañana siguiente, y sin ninguna tentación de saber el resultado, comencé mi paseo matutino. A los cinco minutos, ya empezaba a no verlo tan claro. La razón era muy simple, para esas alturas del paseo, el día de la semifinal del Sporting ya me había cruzado con algunos que llegaban a casa a esas horas (incluso alguno corriendo, supongo para llegar antes a casa de que se despierten sus viejos para ir al trabajo). Pero era igual, la primavera comenzaba a mostrarse en todo su esplendor, y me iba inundando de esperanzas. A esas horas de la mañana es cuando se me suelen ocurrir las tonterías que habitualmente escribo, y he de reconocer que debería anotarlas en algún sitio, ya que luego casi nunca me acuerdo, eso sí, me parecen tan geniales que se pasan los tres cuartos de hora volaos. Empezaba a recuperar la esperanza, cuando al doblar la esquina de la piruleta (hay justo al lado una tienda de chuches con ese nombre) en uno de esos malditos periódicos gratuitos pude leer “Todavía nos queda la copa” (por esto iría lo de la botella medio vacía)(Nunca cojo ningún periódico gratuito a la salida del metro, y a partir de ahora mucho menos). Juro que mientras mormojeaba aquella frase tan manida de “lo sabía, lo sabía” (fue la frase mítica de un verano juvenil, que alcanzó su mágico apogeo cuando uno que se cruzó al saque mío de una falta, recogía sus gafas del suelo) noté que se me inundaban los ojos (Así que tampoco os extrañe que los impúberes que esperan al autobús me miren raro, con las pintas que voy y encima medio llorando).

Bueno, ante todo uno ha de ser un ejemplo ante su vecindario, por lo que sorbiéndome las lágrimas y haciendo de tripas corazón intenté autoanimarme, ya que estaba convencido que habíamos perdido, pero no fue hasta que compré en el quiosco el periódico cuando reconocí que aquello que tanto temía, había pasado. Viendo la foto del Iker hecho un mar de lágrimas, se que la final de la copa la vamos a ganar, ya que el dolor que produce el perder una, es algo que no se quiere repetir.

Y si la perdemos, que será repetir la historia del 77, pues tampoco pasa nada, ya que dentro de unos pocos años volveremos a ganar un par de ligas y otra copa del rey. Ya lo dijo Mastropiero “Hasta que el arbitro no pite, todo se repite”, o el Chesterton más dicharachero “Con el chacolí la gabarra, el que lo bebe, la agarra”. Por cierto, a los que pensabais ir de acampada a la Moraleja al jardín de Periko (El mayor de los Dalton), haceros con existencias de papel y cartón, ya que el vecindario alertado de vuestra llegada, ha decidido retirar al menos temporalmente los contenedores azules de papel, para así disuadiros de que queráis haceros casitas en la urbanización. http://www.youtube.com/watch?v=GPunlJSy-NY

Y sin más preámbulos comienzo con las excusas que es la chorrada de la que voy a teclear hoy. ¿Por qué el Viernes no colgué mi entrada?. Porque el Viernes a la tarde (a la mañana curro) justo era cuando se jugaban las semi finales de la Final Four de baloncesto de la Euroliga, y no me dio tiempo a teclear nada (Algo iba escribiendo en un cuaderno, pero al leerlo un par de horas después me pareció un peñazo impropio para la ex peña y satélites). “Lo hago el Sábado por la mañana”, pensé adormilado. Pero no me acordé (La memoria a corto va cada vez peor, pero soy capaz de acordarme de chorradas de hace 34 años) que había quedado a echar una partidita de golf con mi amigo “el doc”, cuando acabara su guardia. Si, fui a partir de las once cuando salí de casa, y sí podía haber tecleado algo, pero me pidieron lentejas para comer, y claro, si no iba a volver hasta las cinco, pues eso, hice lentejas.

Como creo que la única razón de seguir teniendo algún seguidor es por las maravillosas recetas de cocina que os voy pasando, así que os diré como hice las lentejas (por cierto hubo alguna queja porque eran de bote(s)(+ d 1), pero viendo lo que sobró, no me convencieron nada). Lo primero que hice fue poner a fuego medio un par de cebollas cortadas a juliana. Cuando se fueron haciendo un poco, le eché un cubito de sopicaldo de carne (el knorr de toda la vida, pero queda más molón decirlo así) y le puse también agua, algo así como medio litro. Lo dejé un cuarto de hora y lo pasé todo por la batidora. La razón de hacerlo así, es que con las horas, el caldillo va espesando, claro eso lo pensé porque seguía dormido, en mi casa nada dura mucho, y sino se llevan un amigo a comer. Ya con un caldillo que si hubiera tenido un futuro más allá de cuatro horas, hubiera espesado, vacié dos botes de lentejas y dejé dos o tres minutos el fuego puesto hasta que hizo “chop, chop”. Entonces, vino el truqui, unas rodajitas de chorizo riojano y retirar la cazuela del fuego. Lo ideal sería dejarlo reposar unas horas, pero hay lo que hay.

Bueno, tras el intermedio culinario, seguimos con las excusas. Cuando llegué de hacer los 18 hoyos estaba mortimer, y me quedé dormido en el sofá. Cuando me desperecé, pensé, lo hago mañana a la tarde, pero….., mi nene tenía torneo de golf por la tarde (que ni pude ver a Alonso), así que fuimos a acompañarle. Total, que estuvimos esperando un buen rato, ya que a una niña se le rompió el carro, y en fin, para cuando acabó la merienda ya era tarde y al llegar a casa (y descubrir que se habían zampado mi comida, que tuve que rehacer, ver la final de baloncesto) se me echó la noche encima, y lo he tenido que dejar para hoy.

Y esta semana viene complicada, el Miércoles a Madril, el Jueves a Burgos, el Viernes torneo de golf, el Sábado a pasar la tarde a Medina, el Domingo nuevo torneo de golf y jamadota, el Lunes a Vitoria, así que si alguien me da una ayudita, http://www.youtube.com/watch?v=gQLtCoh5EaI&ob=av3n, pues a lo mejor saco algo.

Por último, un comentario sobre las diez canciones que más sonaron la semana pasada en Bucarest, “Pachin, Pachin, Pachin, a Garbancito no piséis”, su versión vasca “Patxin, Patxin, Patxin a Garbanzito no piséis”, y en la lengua de Shakespeare “Frankie, Frankie, Frankie, do not step on Little Chickpea”




domingo, 6 de mayo de 2012

UN JUEVES DE RESCATES


EN EL CAMINO DEL DESPISTE

¿Por qué no publiqué la entrada el pasado Viernes y has tenido que esperar hasta el Domingo para degustar mi grácil y briosa prosa? Todo tiene una explicación, como cualquier historia que se precie.

Empezó el pasado Jueves con una llamada por teléfono “¿Quedamos a comer?” me soltó al otro lado del hilo telefónico el cuñado asiático de Flipe. Así que nos vimos en el bar de García Rivero que casi hace esquina con Pozas, justo al lado del de los quesos. Por cierto, menú excelente y cocina muy casera (También tiene callos y manos). Tras el almuerzo y su agradable charla, mi contertulio, que tenía mucha prisa por volver a la oficina (eso aseveraba con gestos elocuentes y rostro severo), soltó esa frase demoniaca que es principio de muchos y graves problemas “sólo tomamos una y nos vamos”. Como tenía que sacar pasta y el cajero le quedaba en Campuzano, tras recolectar los chines del cajero, nos acercamos al Satai. Su frase posterior a que nos sacaran dos jugosos GTs  fue la que comenzó a gestar esta historia “Vamos a la terraza de fuera, que así puedo fumar”.

Pudo ser la hora, o una extraña conjunción astral, o el viento sur, pero comenzaron a pasar por Campuzano la mayor parte de los ex jugadores de baloncesto de Bilbao (años 80-85), y como si fuera un agujero negro, iba atrayendo maléficamente hasta nuestra mesa a todos ellos, con un brioso grito de guerra “Una más, que esta me toca a mí”. Aun así, y con un heroico esfuerzo, logré zafarme de tan agradable y vocinglera compañía, para volver a la oficina, no sin antes prometer que a las ocho estaría en la presentación de un torneo de golf, del que soy asiduo asistente, ya que es en memoria de un buen amigo.

Ya en la oficina (eran las 6 de la tarde, por dar un ámbito temporal a la historia, ya que tiene su aquel en el devenir de esta historieta), y poniéndome en plan simpático (que no me costó mucho tras la sentada del Satai) intenté convencer a la patrona que viniera a Bilbao a buscar el coche, ya que por motivos laborales había tenido que pasar la mañana en Vitoria. Tras su firme y rotunda negativa, seguida de sarcásticos comentarios sobre la longitud de mis comidas (El Viernes me pasó lo mismo), no me quedó más remedio que abandonar a las 7 mi maratoniana tarde en la oficina y llevar el coche a casa.

Como es comprensible y seguro que totalmente solidario por vuestra parte, cuando subí a casa a dejar las llaves y coger una gabardina (amenazaba lluvia), estuvo algo más que gélido, tirando a chillón, muy faltón y bastante borde. Me quedaba una media hora para llegar a la presentación, así que raudo y veloz con mi característica agilidad al caminar me dirigí al ascensor-funicular que tenemos para llegar a la estación del metro. “Ché, pegó dos brincos antes de llegar y mi esposa se asustó” me soltó el que iba a ser mi compañero de ascensión. Todo fue normal, hasta que justo cuando llegábamos al final de la cuesta, pegó dos brincos, se salió del raíl y allí me quedé atrapado en el maldito artilugio.

“Ha sido un castigo de Dios” reconocí pesaroso a la patrona (que no podía ocultar su satisfacción, pero bueno, así se le pasó el cabreo), ya en el metro, tres cuartos de hora después de haber salido de casa, y habiendo sido rescatado por la Policia Municipal de Getxo, a quienes por cierto, di efusivamente las gracias.

Por supuesto, llegué tarde a la presentación y aunque quedaba todavía vino, panchitos y jamón, pude comprobar con horror como se estaban intentando hacer con los servicios de mi caddie caraqueño, y como el muy cuatro letras de él, no hacía ascos a las ofertas de algunas jugadoras. Sí, he de reconocer que es un caddie peculiar, no me lleva el carrito la bolsa (Si se cae el carro, pasa, el que me ayuda es su representante), le tengo que ir a buscar, comprarle tabaco, y cuando se aburre, hacia el sexto o séptimo hoyo de los dieciocho, se va con su agente calvito a tomar potes, que también nos acompaña en el recorrido y lleva una bota de vino. Pero eso sí, ¡Es mi caddie!

(A estas alturas donde todavía seguimos en Jueves a la tarde, te preguntarás que tiene que ver con que no haya publicado en Viernes, pero como no hay puntada sin hilo, te animo a que sigas leyendo).

Tras ímprobos esfuerzos, logré rescatarle de nuevo para la causa pero eso me costó comprobar que el Piropo sigue abierto pasadas las 2 y media de la madrugada en un día de labor.  

Aprovecho para hacer un inciso contra los protestones de los precios del GT en esos bares especialistas en combinados y super premiados en concursos. He de aseverar, que además del coste de la materia prima, ginebra y tónica, hay que añadir un alto coste de mano de obra, ya que tardan casi media hora en poner uno.

A pesar de la mella que en mi físico supuso el rescate de mi caddie (El Jueves Rescatador podría haber titulado esta entrada), el Viernes a las 8:50 de la mañana estaba como un clavo, limpio y aseado con gallumbos en perfecto estado de revista, en mi puesto de trabajo. Si bien he de reconocer que no ha sido el día que más espabilado he estado, la falta de sueño la llevé con la más absoluta de las dignidades, eso sí, mi velocidad en la respuesta no era muy grande y a las 15:00 seguía intentando cerrar algún tema antes de cuando recibí otra llamada de teléfono.

Era para comer juntos y comentar temas de trabajo. He de reconocer que algo me habían insinuado por la mañana, pero dada la hora que era, pensaba que el tema se había quedado en el olvido. Total, que hacia las 4 de la tarde comenzamos a pedir, entre que elige tu que a mí me da la risa, no tengo mucha hambre y demás sandeces habituales.

Cuando la atenta camarera nos preguntó si queríamos algo más y tras soltar mi segunda frase más típica en los restaurantes “saca un poco de queso para acabar el vino” (La primera es la respuesta a la pregunta de cómo me gusta la carne), uno de los peritos dijo que quería otra chuleta. Como la carne es débil y la txuleta estaba muy tierna, pues cedí, disimulando un poco con una nada convincente oposición. Luego vino el queso, café y el jefe de los peritos, así que más café y copa, ya que sólo se podía fumar en la calle.

Al llegar a casa hacia las ocho y media, con el cuerpo dolorido, mis neuronas totalmente desinfectadas y totalmente doblado por las cuatro horas de sueño de la noche anterior, tuve que oír sarcásticos comentarios del estilo la próxima vez vete a comer a un sitio donde no tengan que cazar la vaca antes de comer. Estaba tan cansado y tan consciente de que con cualquier contestación que diera iba a perder, puse cara de buenito, me prometí a mi mismo que la entrada la completaba el Sábado a la mañana y a una hora prudencial (para que no me riñeran más) me fui a la cama.

El Sábado por la mañana, y al tener el pequeño otitis, tuvieron que ir al ambulatorio, mientras yo me desplegaba en ingentes tareas domésticas (hice la cama) y de intendencia (Fui a la frutería). Cuando volvieron del ambulatorio, y al corroborar que no había segundo, me ofrecí voluntario para ir a un super y comprar algo para hacer de segundo plato. Aproveché la compra del pollo y del conejo para acercarme a un centro comercial y hacer un regalito a la patrona por el día de la mami.

Llegué con la compra, hice la comida, pesaroso por no haber podido escribir, pero se me pasó al comprobar que no hacía muy malo y que podía aprovechar para hacer unos hoyitos. No se me dio muy mal e incluso hice un birdie. (Para los que penséis, no sin razón, que soy incapaz de hacer un birdie os dejo un enlace, donde a partir del minuto 2:20 quedó grabado el único birdie que hasta la fecha he hecho en un campeonato http://www.youtube.com/watch?v=1H-rudkYTAQ . Como siempre he defendido, el golf es un deporte para jugar con los amigos, sobre todo por la alegría que manifiestan cuando a uno de sus compañeros le sale un buen golpe. Por cierto, justo después se ve al representante de mi caddie con un fallo garrafal)

A las seis de la tarde y tras una refrescante ducha, pude comer los restos de pollo que me habían dejado y tras el correspondiente café, me dirigí al “Computer Room” con el fin de no haceros esperar más, cuando ¡horror! constaté que estaba ocupado. Siendo consciente que en esos momentos en mi casa no era el más popular, decidí esperar, pero para cuando se desocupó ya estaba contemplando el resumen del open de España de golf en TDP, cuando, en lo que se ha convertido en una perniciosa costumbre, volví a prometer que mi cita con mis dos lectores, sería al día siguiente.

El Domingo, más de lo mismo, golf, comida, siesta y cuando me levanto con ánimo templado pero espíritu aguerrido para acudir delante de la pantalla, ¡horror! el “Computer Room” de nuevo ocupado, y esta vez por la patrona. Así que en vez de protestar y con la mejor de mis sonrisas, le he dicho que no se preocupe. He llenado cuatro folios cuadriculados con mi letra menuda mientras iba mirando de reojo la TDP y los resultados de la ACB.

Mientras espero que me dejen libre el teclado para pasar a limpio mis notas, acabo con una recomendación para los asiduos de la novela negra. Ha caído en mis manos la playa de los ahogados de Domingo Villar, donde el personaje es un inspector de Vigo, Leo Caldas, y su ayudante aragonés le preguntaría ¿Es buena la novela? Y como buen gallego, el inspector le contestaría con otra pregunta. Novela negra gallega, guay.

Y por último, habrá  que repartir las menciones especiales a la garbanzada del pasado Viernes:

GOLDEN GARBANZUA por su infatigable apetito, incansable movimiento de cuchara e incalculable entusiasmo al comer a ÑKI GOI, que como accésit y en recordatorio de tan gloriosa comida a partir de ahora, en este blog sólo se le nombrará como GARBANZIN, ya que el acabado en ito era un cura del colegio, al que nuestro amigo no se parece en nada. Ha habido discusión si Garbanzín fue el que más platos comió (Hubo algún otro que..., en fin), pero como estaba a mi lado y yo era el presidente del juzgado, pues eso.
GOLDEN BABARRUNA a Simón por ser el único que no probó los garbanzos y los callos, y eso que él sí vino a la comida.
P.M. AIRLINES a Luftrampas por suspender el vuelo de Ankara a Franckfurt y no poder ir a la fiesta de Flipe. Y sí, P significa la palabra de cuatro letras que tanta gracia nos hacía a los nueve años, y M mierda, que es en general una buena definición para las líneas aéreas.

Y como ya dijimos “Love is never to say sorry” rememoramos a Chesterton en su frase lapidaria donde dijo “A singer morning is also a singer evening, and although it rimes, it is not a music fault”

PD. Por cierto, si otra semana veo que ando mal de inspiración, podemos quedar un Jueves por la tarde. Suelen acabar dando mucho juego.