lunes, 23 de julio de 2012

YO Y EL OSO



YO Y EL OSO


Esto me ha pasado hace un par de días en la visita que hice a la península de Bruce en Ontario, Canadá. Siempre se ha dicho que no hay mejor manera de comenzar el día que con una caminata, así que incluso antes de que abrieran la cafetería para un copioso desayuno americano, con una botellita de agua me encaminé por el bosque, camino de la orilla del lago Hurón. Iba paseando a buen ritmo, admirando la belleza de aquel parque natural, llenando los pulmones con verdadera fruición de aquel aire tan limpio y mirando hacia el cielo cuando pisé una rama que sonó con un profundo “¡Crack!”. Miré al suelo, algo desilusionado, donde observé el palo roto, y algo en lo profundo de mi ser me hizo mirar al frente. Allí, a unos quinientos metros (con esto del golf voy cogiendo las distancias, manos o menos un par 5 largo), erguido de pie, majestuoso, se encontraba un enorme oso que me estaba mirando mientras apoyada la espalda en un enorme pino, me dio la sensación que se estaba rascando. Menos mal que antes de la caminata y siguiendo el manual del perfecto montañero aficionado, había pasado por el baño y descargado lo habitual por la mañana, porque esta vez fue la primera vez que sentí que me aflojaba de verdad y de no haber tomado precauciones, el resultado hubiera sido, por lo menos, desastroso.

El oso dejó de rascarse la espalda y tuve la impresión que me miró con curiosidad, aunque tampoco estaba en un estado mental que me dejase pensar con facilidad. Del calor que emanaba mi cuerpo (miedo lo llamaría yo) se me empañaron las gafas, así que lentamente me las quité y me las metí en el bolsillo de mi pantalón. Ese fue el primer error que cometí en el día. Efectivamente, la primera lección que te dan para superar los encuentros con osos en el bosque es distinguir si son negros o grises, ya que lo que hay que hacer en un caso o en otro es bastante distinto. A lo lejos, sólo distinguía una sombra muy grande, pero no era capaz de determinar su color, a lo que tampoco ayudaba la penumbra que rodeaba el enorme árbol en el que se encontraba apoyado. Recordé que si se trataba de un oso negro lo mejor era llevar alguna bocina o similar que emitiese un sonido de mayor gravedad que la voz humana. Me acordé de la trompetilla a modo de vuvucela que había regalado una conocida marca de refrescos con motivo del último campeonato de fútbol, y como yo la había tirado a la basura al comprobar el enorme estruendo que emitía aquella réplica de botella de 25 centilitros. Me consolé, en ningún caso la hubiera llevado. Luego también recomendaban el utilizar un spray de pimienta (supongo que como los que se utilizan para la defensa personal o ante una agresión sexual). Así como la trompeta si hubiera tenido alguna oportunidad de acompañarme en mi viaje sino la hubiera oído sonar (no se, como si alguien la mete por descuido en la maleta), lo del spray hubiera sido imposible, nunca se me habría ocurrido agenciarme uno, al menos hasta hace un par de días.

Así que sólo me quedaba una alternativa posible, que era cumplir con la recomendación sobre lo que hay que hacer cuando te cruzas con un oso gris (en esta zona de Canadá era lo más probable), ya que no necesita de extraños avalorios o raros equipajes para cumplirla, simple y llanamente es hacerte el muerto. Supongo que si el oso te pilla sentado o en cuclillas, el hacerte el muerto es más sencillo, pero yo estaba de pie sobre un camino de tierra, eso sí, pero seco y con la pinta de estar más duro que el mármol de Carrara. Claro, que hago ¿me muero a lo vaquero malo traidor pero que en el último momento por salvar al bueno y a la chica lo matan a él, y va cayendo poco a poco mientras musita palabras de arrepentimiento? O ¿me muero a lo especialista cosido a tiros y doy un salto hacia atrás con el riesgo que conlleva de darse un gran ostión? Sumido en mis cavilaciones, creo distinguir a lo lejos que el oso no se ha movido todavía, pero en mi imaginación, que del cague acabo visualizando, intuyo que me sigue mirando.

Así que decido hacerme el muerto a lo derretido, es decir dejándome caer poco a poco para no hacerme daño. Como tampoco creo que el oso, mi único y exclusivo espectador, juzgue la calidad teatral de mi caída, me empiezo a morir sin poner muecas ni caras tontas. Lo primero que hago es me pongo de rodillas, después, lentamente a cuatro patas, y ya poco a poco me dejo caer. Además para estar más cómodo, pongo un brazo bajo mi cabeza. Si no fuera porque estoy en medio de un camino en un bosque, acojonado por la presencia de un oso, diría que había tomado mi postura habitual para dormir. Pero, al pensar sólo en una correcta representación escénica, cometo un nuevo error, ya que no me quedo mirando hacia donde está el oso. Es decir, no le veo y no se si se acercará, supongo que en ese caso lo oiré, pero lo peor es que no veré cuando se va, y podré estar tirado en el suelo como un gilipollas hasta que alguien me encuentre.

Así que va pasando el tiempo, y como del cangüelo no me atrevo ni a moverme, no se cuanto tiempo había pasado desde que me hice el fiambre (mala metáfora cuando tienes alguna opción que alguna alimaña pueda alimentarse de ti), y me pasó lo de siempre, que cuando estoy en momentos de máxima tensión, me empiezan a pasar por la cabeza toda suerte de chorradas. Y no se pudo ocurrir otro chiste que el del cazador y el oso. Es el de aquel cazador novato que quiere cazar un oso y compra en la armería una escopeta. Cuando llega al bosque y ve al oso, le descarga todo la munición , y se pone a buscar el cuerpo del oso. Extrañado por no encontrarle, nota de repente una zarpa que se apoya en su hombro “¿me buscabas?” le preguntó el oso. El hombre aterrorizado cierra los ojos y el oso aprovecha para darle por ahí. Con el trasero dolorido, acude de nuevo a la armería y se compra un rifle de repetición de matar elefantes. El resultado es el mismo. Posteriormente se compra una serie de armas más potentes terminando todas ellas con el mismo resultado, la zarpa del oso en el hombro y el hombre con las posaderas doloridas. Al final, cuando acude a cazar al oso con un bazooka y el mismo resultado, la pregunta del oso al apoyarle la zarpa cambia “¿Oye, estás seguro que a ti lo que te gusta es cazar?”.

Pues sí, ahí estaba yo tirado cavilando sobre el posible orden de las armas de menos a más cuando noté como algo se apoyaba suavemente en mi brazo. El bote que pegué y los pensamientos que pasaron por mi cabeza sobre lo imbécil que era por no haber llevado el spray de pimienta, no debieron de durar más de un segundo, pero que os juro que a mí me parecieron una eternidad, hasta que al abrir los ojos pude ver un uniforme verde (era uno de los guardabosques) y oír una voz que intentaba ser tranquilizadora diciéndome “Hey man, take it easy, the bear is gone”.Descubrí que en la cabaña de los guardabosques, en uno de los estantes cerrados con llave, hay bourbon canadiense destinado a emergencias como la mía. Eso sí, más o menos me tragué media botella. Otra parte de la aventura fue explicar y convencer (hasta que no le llevé al puesto de guarda bosques no le convencí) que tras el fuego de campamento no me fui con mis nuevos amigotes canadienses a soplar por ahí, y que de la manga que cogí me había quedado a dormir en mitad del camino de tierra, pero esto ya es parte de otra historia.

Pues eso, aquí estoy ahora en la habitación del Hyatt Toronto, dándole al teclado del portátil, aprovechando el güifi, viéndome frente al espejo donde corroboro que todavía sigo tan pálido como cuando me encontró tendido en el camino el amable guarda forestal. Es decir sigo todavía con el susto en el cuerpo aunque he de reconocer que esta experiencia en el seno de la familia ha sentado de desigual manera; el resto de la familia se ha comprado las típicas camisetas con la leyenda “No dar de comer a los osos” con la caricatura de un hombre gordito (hasta para esto son cabrones) que corre perseguido por un oso, cuchillo y tenedor en las zarpas, un babero de cuadritos rojos y blancos, relamiéndose babeante con glotonería.

jueves, 19 de julio de 2012

AIBOAKO SERLOK DI END (X)

KAPÍTULO DI EN

Dos agentes de la policía autónoma se paran frente a la puerta del primero izquierda de una vivienda en el getxotarra barrio de Neguri. Primero el agente Gómez, impolutamente uniformado, la gorra sujeta con aire gallardo en la mano izquierda, mientras con la derecha se apresta a apretar el botón blanco cuadrado, que con una campana dibujada en medio, señala el timbre de aviso a los moradores de que alguien está esperando en la puerta. Justo detrás, y especialmente escogido para este caso se encuentra el agente “Pototo”.

Nunca se sabrá el origen del alias de tan singular agente, Peio Ganekogorta, (puede que fuera su querencia a pedir patatas fritas para untar la salsa negra de los chipirones) pero el mote no le va muy mal, y como es una bella persona (tiene el record de la ertzaina de quitar multas, que era cada vez que el presunto multado le ponía cara de pena; y como fuera hembra, y le cayeran dos lagrimitas, además le regalaba dos puntos del carnet de conducir por apreciación) tampoco nunca le ha dado mucha importancia. Se trata de un tarugo de casi dos metros de alto y dos metros de ancho, sin una gota de grasa pesa unos 130 kilos de puro músculo trabajado en largas horas de gimnasio. Más que bíceps tiene “mazas” y en el uniforme de verano han tenido que hacer una talla de ancho de brazo especial para él. De pelo rizado y negro, casi, casi, africano, tez morena, estrías en la frente que parecen un campo arado, unicejo muy poblado, napia imponente y aplastada (se dio de joven contra el poste de una portería al intentar placar) a modo boxeador y labios gruesos y un mentón rectangular. Es decir, feo de cojones y que con su sola presencia amedrenta al más pintado. Eso, sino le conoces, ya que en el fondo es más bueno que un trozo de pan, y de una gran nobleza. Pero el Gómez lo ha llevado para acojonar.

La puerta se abre y un hombre de mediana edad aparece tras de ella, sin mucha pinta de sorprendido ya que habrá mirado antes por la mirilla. Sin darle tiempo a preguntar nada, Gómez se adelanta:
- ¿Es usted José Vicente? Nos gustaría mantener una conversación con Usted 
Al hombre no le da tiempo a decir nada y ante la entrada de los agentes en su casa, les franquea el paso, pero antes de invitarles a entrar en el salón, muy bien puesto, les dice:
- Estoy haciendo la cena a los niños, que vendrán en breve, así que si no les importa les ruego hablemos en la cocina. Así mientras puedo vigilar los fuegos.
- Por supuesto – responde solícito Gómez

Entran en la cocina y José Vicente les señala dos sillas donde pueden sentarse. Tras un silencio y antes de que comenzara a ser especialmente denso, el hombre inquirió
-  Ustedes dirán.
- Mire, ha sido presentada en el Juzgado de Algorta, bueno Getxo, si, ya lo conoce, detrás del Ayuntamiento, una denuncia contra Usted, y hemos venido para hacerle unas preguntas
- ¿Una denuncia contra mí?, Perdone por la expresión, pero ¿De qué cojones me están hablando?
- Mire José Vicente – le dice Pototo mientras se levanta y se dirige hacía él – no hace falta que utilice un lenguaje tan soez
- Perdone – contesta el hombre dando dos pasos hacia atrás-, pero entiendan que han aparecido en mi casa, y le vuelvo a pedir disculpas por no haberme expresado correctamente, – Pototo se vuelve hacia su silla y se sienta – pero no comprendo nada.
Bueno – empieza Gómez mientras con una mano se coge la barbilla en lo que llamamos “en plan interesante”, y con la otra ya deja la gorra en la mesa de la cocina- hay una denuncia contra usted por el envenenamiento de un perro de la raza Yorkshire.
- ¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
- Hay muchas evidencias que apuntan contra Usted, está el informe de un detective privado,…
- ¿Vamos a hablar de cosas serias o no?. Que un pollo se invente una historieta, creo que no vale para nada –contestó nerviosamente José Vicente
- También tenemos todas estas quejas tuyas que han aparecido en internet – le dice Gómez mientras desparrama por la mesa de la cocina las hojas en la que aparecen las iniciales de José Vicente firmando unas cuantas protestas
- ¿y?, yo por mi trabajo para una compañía americana de la costa oeste, tengo que estar despierto hasta bastante tarde, por lo que me jode bastante el escuchar todas las mañanas los malditos ladridos de los perros que dejan sueltos por la calle mientras intento dormir  ¿Qué tiene de malo quejarse por internet? A ver si de una puta vez el alcalde toma cartas en el asunto
- Ya, pero el veneno mezclado con bolitas de carne picada ha aparecido justo en la puerta del jardín de tú casa
- Tú mejor que yo, has visto que desde la calle hay acceso pleno, así que sí es como tú dices, cualquiera puede haberlo dejado ahí.
- Déjanos echar un vistazo a tu casa, y seguro que encontramos el veneno que mató al perrillo. Hay una autopsia de un veterinario que reconoce sin ningún lugar a dudas el tipo de veneno que dejó seco al perrete
- ¿Tenéis una orden judicial?
- Tú has visto muchas películas
- Voy a llamar a mi abogado, Simón, que os va a comer las albondiguillas con patatas fritas – contesta crecidito
- Llama a tú abogado o a quien te salga de las pelotas – dice Pototo mientras pega un golpe con sus dos manos (más que manos, parecen dos folios A3) en la mesa haciendo temblar los cimientos de la casa- pero mira por la ventana y verás que en la calle de los Tilos hay unas cuantas patrullas – en ese momento se pone las palmas de sus manos detrás de la cabeza y pone sus imponentes botazas (entre el 48 y 49) encima de la mesa mientras reclina la silla contra la pared – mira, coge las páginas blancas que tienes debajo de ese cursi teléfono góndola rojo, busca el juzgado de Getxo, el tres de instrucción, y pregunta por el Juez. Dile que en tu casa están los agentes G y G, y créeme que voy a disfrutar. Es la señal para que mande vía electrónica la orden de registro y aparezcan los colegas que están esperando fuera en plan Estarqui y Jach con las sirenas a todo trapo. Tenemos fax en las patrullas. ¡Bah!, al final será para que los vecinos tengan algo de que hablar durante unos meses. Venga, llama y alégrame el día.

En un principio dio la sensación de que el hombre no se había tragado la amenaza del registro, e incluso hizo un amago para comprobar si los coches patrullas estaban fuera como aseveraban los agentes. Hizo amago de levantarse para mirar, pero finalmente se concentró en la guía telefónica, encontrando lo que buscaba. Levantó el teléfono y antes de empezar a marcar miró a los dos agentes, Pototo seguía con los brazos detrás de la cabeza, los pies encima de la mesa y la silla reclinada contra la pared sin aparentar la más mínima preocupación, mientras Gómez con cara de absoluta tranquilidad miraba a los ojos de José Vicente, hasta que éste no le pudo aguantar la mirada. Ese titubeo fue la primera señal:

-  Mira, ni a nosotros ni al Juez nos apetece terciar con este tema, ya que sólo va a significar, más papeleo, más trabajo, y de la mala leche que se va a poner, para ti fijo que una condena, aunque por supuesto no vas a acabar en la cárcel
- Oye majete, la denuncia dice que el valor del perro es de 15.000 Euros, pero es sólo para acojonar algo, ya que si miras en internet encontrarás cachorros de Yorkshires por 150 Euros y si le compras uno a la dueña, podremos convencerla de que retire la denuncia – dice Pototo con la mejor de sus sonrisas.
- Qué nosotros más que entrar a lo Estarky y Juch somos de arreglar las cosas a buenas, y que sólo queremos que reconozcas que te cargaste al perro, por accidente o lo que quieras,¡ qué nos da igual!. Págale a la viejilla una rata de esas para que le ponga un lazo y aquí paz y después gloria, aunque sea la gaynor.
- Yo prefiero la Estefan
- Pototo, deja de tocar los cojones que aunque no te lo creas estamos hablando de cosas serias.


Así lograron convencer a José Vicente para que firmara de su puño y letra una especie de confesión de que él había tirado veneno a la puerta de su jardín y que era muy probable que el perro se hubiera envenado así. Se comprometió a regalar a la dueña un perro de la raza Yorkshire, explicando casi entre sollozos que los chuchos le llevaban dando el coñazo más de tres años y que ya no aguantaba más. Mientras redactaba el escrito, Pototo llamó a su cuñado por el móvil, diciéndole que ya podía retirar su coche patrulla de los Tilos (Era policía municipal de Getxo, y los G y G habían ido cada uno en un coche patrulla, así que lo hubieran tenido complicado para entra a lo Estarki, aunque lo cierto es que el farol coló). José Vicente confesó que el veneno lo tenía en el garaje – trastero del patio de su casa, pero ninguno de los dos agentes le dio mucha importancia, ya que obtuvieron la confesión del mata perro, que fue lo que en el día de ayer les pidió amablemente a gritos e insultos soeces, el Juez Caraqueño. Así salieron del portal, Gómez con la caja amarilla del veneno (parecía una caja de maicena) en su mano, y Pototo dándole palmadillas amistosas (es un decir) en la espalda.

EPÍLOGO

“¡Joder con las princegordas!” No habían parado de mandar esemeeses a su móvil (si, Peru pasa de guasap y putofón) en plan princepelotas, ya que les había dejado en casa para merendar una docena de bollos de manquetilla de Zurica por su colaboración en la resolución del caso de Truski. Aunque también lo había hecho para apaciguar algo su conciencia, ya que según llegó donde Yeni con la confesión del Sr. Busturia, y cobró la pasta, tardó dos minutos en llamar a Gómez para invitarle a cenar al Itxas Bide, en el Puerto Viejo.

Habían quedado en la Terraza en la playa de Ereaga para tomar un pote y luego irse a cenar. Mientras saboreaba una de las magníficas croquetas de chorizo que había pedido reflexionaba sobre su primer caso.

“No sé si este oficio de detective me va a aportar o servir para algo. Es verdad que el primer caso lo tengo resuelto, pero en la comisaria de mi pueblo me conocen como el detective pingüino, y mi hija pequeña piensa que soy como el inspector Gadget”, averiguación a la que llegó Peru tras buscar en Google quién podía ser Sophie, personaje con el que se identificó la princepeque al echarle un cable en sus investigaciones

Una palmada en la espalda, vista atrás, y cuando vuelve la vista al frente, ya la solitaria croqueta de chorizo que esperaba en el plato para ser deglutida, había desaparecido en las fauces de Gómez, que para no perder tiempo coordinó a la vez un gesto con su mano al camarero para que le pusiera la misma bebida que a Peru. Éste juró por lo bajines el haberla dejado sin vigilancia en el plato durante un ratillo, ya que la croqueta no estaba excesivamente caliente y acabó muy fácilmente en el estómago del txaraiña.

Acabaron de masticar, y tras pagar Peru la ronda, sin todavía haberse dirigido la palabra, salieron por la puerta, para bordear la playa, camino del restaurante. Gómez le explicó que al reservar había pedido los platos “pimientos verdes, chicharritos y salmonetillos para compartir de primero, y cabracho para tres de segundo”. En un principio Peru pensó que Gómez había sobrevalorado su saque, pero, saliendo del ascensor de Ereaga y soplándose el flequillo venía una figura muy conocida, como si se hubiera olido el convite “es el olfato de la justicia” comentó Benito como si hubiera adivinado los pensamientos del detective "rookie".

“¡Peloto, que eres el Sherlock Holmes de Aiboa!¡ Y a ti Gómez, como Güilson, su ayudante!¡Qué coño digo! ¡Qué Güilson es el vejete de Daniel el travieso!¡Guatson!¡ Vaya pareja de dos!” exclamaba entre resoplidos de su flequillo  

“Benito, ¿qué tengo que hacer para sacar licencia de armas?”” ¿Tú hija mayor se ha echado novio?” “ Sí, pero aunque es un matiz interesante, no era por eso””¿Seguro?”

DI END
He de reconocer que cada capítulo me ha costado unas horas el escribirlo y algunos ratos, bastante cuesta arriba. Pero, si no hubiera sido por vosotros, mis comentaristas favoritos (Putilla y Sapete), y aquellos que aunque no os habéis enterado como hacer un comentario en Google, me habéis seguido y comentado de viva voz vuestra opinión, o animado por mail, e incluso l@s que no me habéis dicho nada, pero que estabais ahí, no hubiera sido capaz de pasar del segundo capítulo.

A vosotros os quiero dedicar esta historieta, que aunque ha habido momentos que me ha costado un montón, en el fondo “me lo he pasado de cojonetes. Un abrazo a todos y un besote a todas

Peru


jueves, 12 de julio de 2012

AIBOAKO SERLOK (IX)


NINEITULO

No sé si es la montaña de colas de langostino con salsa de soja o la emoción de haber encontrado por fin una pista que me pueda llevar a algún lado, pero lo cierto es que son las cuatro de la mañana y ya hace un buen rato que estoy dando vueltas a la cama sin más compañía que los gruñidos de la bella durmiente cada vez que le muevo las sábanas. Y lo malo es que todavía me queda una larga espera hasta la hora en la que Britni saque a pasear a la perra y pueda constatar exactamente qué es lo que hace mientras corretea suelta, a la par que la otra no para de platicar con el novio. Al final me voy a acabar obsesionando con la chica esta.

Tras seguir mirando al techo durante un buen rato en lo que ya puede ser un duermevela, tras mirar el reloj y ver que sólo ha avanzado hasta las cinco y cuarto, tomo una decisión audaz y me levanto de la cama para encerrarme en la cocina y adelantar algo el trabajo de cocina. Al pasar por el pasillo oigo las rítmicas respiraciones del resto de princesas, no sin cierto cabreo ya que no fui ayer el único genocida de langostinos, pero parece que los estómagos jóvenes marchan mucho mejor. No me queda más remedio que plantear una venganza culinaria.

Así que cojo una tableta de chocolate con leche (la ortodoxia culinaria adoctrina de que debe de hacerse con el llamado chocolate de hacer), 250 gramos de mantequilla, otros tanto de azúcar y cuatro huevos. Lo primero que hago, en un bol es batir bien los cuatro huevos (otra vez, la ortodoxia culinaria habla de separar las yemas y la claras, y batir éstas últimas a punto de nieve, y aunque el esquí se me haya dado bien, lo digo por lo de la nieve, hasta la fecha he sido incapaz de llegar con las claras a ese punto tan de repostero). En un cazo  echo un culín de leche, que pongo al fuego, donde poco a poco voy tirando el chocolate partido en onzas para ir deshaciéndolo lentamente. Una vez conseguido el puré de chocolate, añado la mantequilla, mezclándola con el chocolate hasta que se mezcle bien. ¡Ojo con el fuego! Normalmente, cuando se ha deshecho la mantequilla se puede apagar la vitro, ya que el calorcito es bueno para deshacer la mantequilla, pero no hace tanta falta para mezclar el azúcar, que es lo que añadimos a continuación. Ya bien mezcladito todo, lo vamos pasando poco a poco al bol donde está el huevo batido y poco a poco repetimos la misma operación de mezcla. Con una espátula vierto los últimos trazos de chocolate en el cazo y mezclo bien todo con el huevo hasta que desaparezca el color amarillo. Acabada la mezcla y cuando el único color sea el marrón clarito del chocolate (oscuro si has sido ortodoxo gastronómicamente hablando), hay que dejarlo enfriar hasta que coja temperatura ambiente para entonces meterlo en la nevera unas horitas, ya que frío, el magnífico mousse de chocolate que acabo de terminar está de, bueno, no voy a decir palabrotas.

Tras un par de tazas de café y alguna galleta, por fin llega la hora en la que Britni saca a “pasear”, que me coge en la calle, yendo a paso raudo y veloz. No tardo mucho en llegar, y allí me encuentro a la Britni pelando la pava con el novio, les saludo y sigo para ver exactamente donde se encuentra la Truska, a la que oigo ladrar con ese tonito agudo que acaba siendo tan irritante. La perrilla se ha metido en la entrada a un bloque de viviendas. El portal está cuesta abajo, quedando lo que es el primer piso a la altura de la calle. Una de las manos da a un patio interior donde por las puertas metálicas se puede deducir que cada vecino tiene su garaje y probablemente también trastero individual, siendo un primer piso a una altura, mientras el otro, el que queda a mi izquierda, está a la altura de la calle y tiene un pequeño jardín. Junto a la entrada a la casa, antes de empezar a bajar por la cuestilla, hay un caminito hecho por el paso de la gente, que da a una pequeña puerta por la que se puede acceder al jardín. Al lado de esa puerta se encuentra la perra ladrando incansablemente. Para un momento, y se pone a cagar. No es que sea mucha cantidad, y tampoco es que la zona quede anegada de cacas, pero hay algunas más. Acabo de confirmar quien puede ser el propietario de dicha vivienda.

Me voy a ir, cuando cerca de la perra veo algo que me llama la atención, una especie de bolillas de algo que no es caca. Maldigo el no haberme acordado de haber traído el kit de CSI que tan alegremente me preparó la pricepeque y me cambio el reloj de mano para acordarme de volver, una vez que haya terminado con el desayuno de la manada. Me doy la vuelta y me doy cuenta que justo detrás mio se encuentran Britni con el novio, mirándome como supongo que las vacas miran al tren pasar. “Buenos días Britni”, “ Si señor”, y les recomiendo con modales afectuosos que a partir de ahora mejor que no sigan viniendo por aquí a pasear a la perrita, que será mejor que vayan hacia Ereaga, donde en la bajada tienen un parque maravilloso para que la perra corretea y ellos puedan seguir de palliqueo tranquilamente, y si el problema es que hay perros grandes, pueden llegarse hasta la campa del oro. No noto que cambie su expresión, pero yo ya me estoy marchando para incorporarme a mis tareas matutinas habituales.

Al llegar a casa me siento contento ya que por fin puedo estar cerca de alguna conclusión, aunque pendiente de alguna comprobación adicional, pero el milagro que obra el olorcillo que ha dejado el postre que les he preparado para cenar (al final, el que tampoco acabará durmiendo bien hoy, seré yo) tiene también efectos liberatorios en el collar con una piedra que hace que la princesada sea incapaz de levantar la cabeza por la mañana. Así que una a una van entrando en la cocina donde les espera su desayuno habitual, con los ojos entrecerrados y la cabeza agachada, mirando al suelo, hasta que por sus fosas nasales entra ese aromilla del postre tan cariñosamente (vengativamente) preparado. Parece que el collar se rompe ya que como un resorte levantan la cabeza, abren los ojos, esbozan una sonrisilla de satisfacción y dicen “¡Uy qué bien, hoy mousse para postre!”. Lo que más gracia me hace es la manifestación de la genética ya que el gesto es idéntico para las tres. Es verdad que han salido a su madre, pues ni el exceso de ayer, ni el postre de hoy les va a hacer aumentar los cuartos traseros, dejando en entredicho la creencia de que a las chicas el chocolate les acaba agrandando el culo. No han salido a mí, ya que este postre, además de que no me dejará dormir bien, acabará agrandando el perímetro de mi cintura, que malas lenguas atribuyen a la cerveza, pero que le vamos a hacer, enemigos tenemos todos. La verdad es que vaya mierda de venganza he preparado, las he hecho felices desde primera hora. En el fondo, lo que me pierde es el subconsciente.

Una vez solventados los desayunos y tras una despedida más sonriente y despejada, cojo un guante de plástico, una bolsita del mismo material y unas pinzas del famoso kit “Hello Kitty Detective CSI” y salgo raudo y veloz hacia la esquina favorita de Truska con el fin de recoger esas bolitas sospechosas. Como no puedo evitar el ahogarme en un vaso de agua, agoreros pensamientos acuden en forma de hacendoso jardinero que riega y limpia el jardín deshaciéndose de los excrementos perrunos y adjuntos. Pero todavía era demasiado pronto, por lo que cuando llego sudoroso, en aquella esquinita, junto a la puerta seguían impertérritas aquellas bolitas sospechosas. Me pongo el guante de plástico, abro la bolsita y cuidadosamente introduzco las bolitas (y dos cagarrutas, ya que me colé) cogiéndolas con las pinzas. Una vez acabado el proceso, vuelvo a casa, ya a paso más lento.

Después de identificar, separar y deshacerme de las cagarrutas, empiezo a inspeccionar las bolas. Huelen mal y aunque secas, parece que son carne picada. En un plato de cartón, tiro una bola y la disecciono por la mitad. En su interior hay como una especie de semilla que me da cierta mala espina. Repito la operación, y el resto de bolitas tiene el mismo relleno. Dejo las evidencias y enciendo el ordenador. Consulto de nuevo el informe del veterinario y con los datos del veneno me introduzco en internet. El darle forma de semilla de cereal es un truco bastante habitual para que las ratas ingieran el veneno. Al perro, estaba disimulado en bolitas de carne. Lo tengo todo claro, pero sólo me falta comprobar una cosa más.

Vuelvo a subir por los Tilos hasta la calle trasversal y me dirijo hasta el portal. Una vez allí toco el portero automático de varios pisos hasta que una voz me contesta, y le respondo que es una entrega de la pastelería, obsequio del Sr. López, a lo que me abren sin muchas dilaciones. Tengo la suerte de que es un portero automático de los antiguos que no tiene cámara de TV. Una vez en el portal, busco los buzones, sobre todo el buzón del primero izquierda. Lo encuentro y leo a quién pertenece. No puede ser casualidad, son las mismas iniciales que las cartas de protesta. No me quedan muchas dudas, tengo al mata perros.

Satisfecho de mi mismo, decido ir a darme una recompensa en el “Egoki” totalmente envanecido por mi éxito. Pero tras registrar mi cartera y ver que poco me quedaba me tuve que conformar con un café, y otra vez vuelta a casa, rumiando que mis deducciones son brillantes, pero como le justifico fehacientemente a la Yeni que he descubierto al tío que se cargó a Truski. Así que sentado en el sofá voy cavilando lentamente cuando suena el teléfono.

<!--[if !supportLists]-->-       - <!--[endif]-->¿Dígame?
<!--[if !supportLists]-->-       - <!--[endif]-->¿Agencia de Detectives el Ártico?
<!--[if !supportLists]-->-       - <!--[endif]-->¿…..?
<!--[if !supportLists]-->-       - <!--[endif]-->Que sí, oiga, que me han dicho que hay trabaja el detective pingüino y ,..
<!--[if !supportLists]-->-       - <!--[endif]-->¡Me cago en tu puta madre! – grito furioso mientras cuelgo dando un golpe bastante fuerte al teléfono.

Medio minuto más tarde vuelve a sonar y cuando lo cojo echo tal cantidad de sapos y víboras que cuando empiezo a resoplar me callo por si acaso el que ha llamado no es el bromista autor de la llamada anterior. Cuando me interlocutor responde con un “¡Joder Peloto, vaya carácter te gastas!”, comprendo que es mi recién encontrado viejo amigo de la uni, el ínclito Juanito Caraqueño. Le dejo que me vacile un poco para que acabe diciéndome que iba a archivar ese parte de lesiones sin más, y que le explique a mi santa que no hay que ir gastando bromas a las enfermeras sobre como me caí (me doy cuenta que es su manera de pedirme disculpas), ya que pueden acabar en manos de la justicia, que además de ciega, hay veces que puede ser vacilona. Le interrogo sobre cuanta gente lo puede conocer y me dice que sólo se sabe en las comisarías de la margen derecha, izquierda y Bilbao. Que por el Duranguesado cree que no ha llegado el rumor.

Me cambia de tema y me pregunta sobre mi investigación y si he avanzado algo. Le cuento donde estoy, pero que me falta poder rematarlo para cerrar el caso y cobrar. Se queda sorprendido de cómo he llegado a mis deducciones “Oye, parece que eres más reflexivo de lo que pensaba” y me invita a subir a su despacho a tomar un orujo con churros y a terminar este asunto. “Mira, tu subes y redactamos una denuncia, de momento provisional, es decir sin registrar la entrada en el juzgado, y así con esos datos podemos comenzar a enredar un poco”. Cuelgo el teléfono y me dispongo a apagar el ordenador, cuando veo unas tarjetas de visita que me hizo la pequeña en un centro comercial, donde figura mi nombre, el oficio de Detective Privado (con el número de autorización) y mi teléfono móvil (ahora tendré que llevarlo encendido siempre). Animado por este primer, llamémosle éxito parcial por el momento, pienso que no va a ser una mala idea el pasarme antes por la clínica veterinaria para dejar unas tarjetas a modo de propaganda, mejor antes que después, ya que el orujo por la mañana es anticipo de buena siesta al mediodía.

domingo, 8 de julio de 2012

AIBOAKO SERLOK (VIII)

SORCHI

Con los ojos fijos en el techo no podía apartar de mi mente el asunto pingüino. Haciendo memoria, recordé que fueron muy sonados aquellos casos en una discoteca de Bolueta donde a los incautos les ofrecían sexo fácil en una esquina. Cuando los panolis picaban, una chica le bajaba los pantalones hasta los tobillos, insinuándole avances posteriores. En el casi éxtasis que alcanzaba el panoli, un cómplice venía por detrás y le afanaba con cierta habilidad la cartera. Entonces el gancho se piraba y si el panoli se percataba del robo (les costaba reaccionar algo) al intentar salir corriendo tras los timadores, alcanzaba a dar cortos pasitos, ya que el pantalón en los tobillos actúa al modo de cadena. Eso era lo que se conocía como “hacer el pingüino”. Esperaba que la declaración de la máquina no hubiera ahondado tanto, pero lamentablemente no fue así.

Pero era Domingo por la mañana, seguía tirado en la cama, la habitación a oscuras y nada turbaba mi descanso. Miré el despertador y ya pasaba de las diez cuando una turba de princesas entró en mi habitación con una bandeja con café negro suave, unas galletas digestivas y el periódico, intentando hacerme la pelota lo más que podían, que qué tal mi cabecita, que si tenía hambre, que sí quería algo más, que me dejaban el baño libre, etc, etc, etc, todo lo que un hombre en medio de tanta hembra estaba dispuesto a oír con sumo placer, aunque, siendo sinceros y ya que la veteranía es un grado, intuía que para cobrar todo aquello, el peaje que tendría que pagar iba a ser mucho mayor, o al menos eso era lo que ellas creían.

En el fondo, lo que las princejetas estaban haciendo era un sondeo para comprobar si me encontraba muy mal o se podían ir prontito a la playa. Descubiertas las intenciones, y que tampoco me importaba en exceso que me dejaran tirado en casa todo el día, sin soportar órdenes, ruegos, intentos de peloteo y similares, puse cara de pena pero les estaba abriendo la puerta para que se fueran casi, casi, con el mando a distancia del garaje. Era lo que estábamos deseando todos, ellas ir a rebozarse de sol, y yo quedarme solito en casa sin tener que compartir nada con nadie, es más, con una celeridad digna de un piloto de fórmula uno saliendo de un cambio de ruedas, les hice los famosos sándwiches de pan de molde con su rebanadita de tomate, lonchita de jamón de york y la hojita de lechuga, embadurnada de mahonesa, embutiditos y envueltos en su papel de aluminio, para que desaparecieran cuanto antes y poder sentirme como el rey de la casa, sin súbdit@s, pero el rey de la casa.

Con el albornoz me dirijo a mi despacho de investigaciones para empezar a procesar el motón de hojas que me quedan pendientes. Observo la pequeña montaña de papeles, que parece tener ojos y que también me mira a mí. He de reconocer que no dudo mucho y me vuelvo a poner otro café mientras saboreo con deleite cada una de las hojas del periódico. Voy disfrutando mientras avanzo en su lectura, pero sé que dentro de un ratito me voy a encontrar de nuevo con la montaña de papeles.

Así que cuando llevo la taza de café al fregadero y dejo el papel en la mesa de la cocina, vuelvo al despacho donde además de mirarme las hojas noto que también tienen una sonrisilla guasona. Empiezo. Los más fáciles son aquellas opiniones, quejas o como le llamemos donde el quejica ha escrito su dirección. Sorprendentemente, más de las que yo esperaba, así que tras corroborar que esas direcciones no están en la zona que he delimitado, separo los papeles, más o menos como un 25% de ellos, pero todavía siguen quedando.

La segunda parte me obliga a leer cada una de las misivas, y descartar aquellas que no correspondan a la zona seleccionada. No me sorprende que en la mayor parte de los casos el personal ubique el lugar donde se produce el motivo de sus quejas, así que me libro de la mitad. Pero el problema comienza ahora, sólo me quedan quejas con nombres y con iniciales y ya no se me ocurre como hacerlo, así que como siempre que me he atascado en la redacción de algún informe, me vuelvo a la cocina para preparar algo para cuando llegue la princesada.

Como el otro día traje tomates me conformo con hacerles unos litrillos de gazpacho, que me lo agradecerán de cuando vuelvan de lagartijear. En este caso he comprado dos kilos de tomate madurito de eusko label, al que voy a juntar otro kilo de tomate pera que también estaba muy maduro. Mi docenita de pimientos verdes de Munguía y las tres cebolletas de rigor (dos si son grandes). Corto cada tomate en cuatro o cinco trozos tras quitarles el rabo verde, y los voy metiendo en la olla exprés (porque es la cazuela más grande que tengo, no por otra cosa). Una vez cortados, quito el rabo y las semillas a los pimientos que también los meto en la cazuela. Por último, pelo las cebollas (más bien quitar la capa superficial, para no lavarlas. Los tomates y los pimientos, siempre los paso por el chorro de agua fría antes de manipularlos) y las corto en cuatro o seis trozos. Con toda la verdurada en la cazuela, añado sal (siempre echo poca, ya que luego se puede añadir a gusto del consumidor), unas tres cucharas soperas de azúcar, un vaso generoso de aceite de oliva virgen extra (cuanto mejor sea más rica va a quedar la gélida sopa de tomate) y vinagre, también poco (se puede añadir al gusto del consumidor) y con la idea de que cuanto mejor sea, más contribuirá al éxito final del gazpachete.

Todo metido en la cazuela para meter la batidora e ir triturándolo hasta que no quede trozo alguno y quede un puré de un color más rosita que rojo. Ese puré hay que pasarlo por el chino o por el pasa purés. Desde que descubrí el chino y pude meter la batidora en él, fui un hombre más feliz. La única pega que le veo al chino es que el resultado queda un poco más espeso que con el pasa purés, pero no hay nada que no arregle el añadir un poco de agua fría.

Aproximadamente y añadiendo un poco de agua, me vienen a salir unos cuatro litros de gazpacho que introduzco en botellas de cristal (las de la leche son muy buenas) e inmediatamente meto en la nevera para que en cuatro o cinco horas estén a la temperatura adecuada. No me suben a sus hombros y me dan la vuelta de honor por el pasillo de casa por razones obvias, pero puedo asegurar que cada vez que lo prueban renuevan los votos de ser buenas hijas y mujer.

Así que pensando en lo contentas que estarán cuando vuelvan, retorno a mi despacho (No es otra cosa que un cuarto de la casa que me ceden cuando no están) a enfrentarme con las hojas que me quedan, pero con un as en la manga. Mientras hacía de cocinillas, he descubierto en la cocina una guía con las páginas blancas, así que podré saber en qué calle de Getxo viven las firmas de las quejas. Es brillante, pero me lleva tiempo. Al de otro par de horas logro descartar la mayor parte de los nombres, y ya sólo me quedan algunos nombres que no aparecen en las páginas blancas y unas pocas quejas, eso sí, reiterativas, que están firmadas con iniciales.

Pero aquí sí que me paro, no veo como seguir. Utilizo otra de mis tácticas, pensar en otra cosa, pero no me libra de mi atasco, sino que me produce mucho más desazón ¡Tengo que hacer mi informe a Yeni! ¿Y cómo se hace un informe de investigación? Eso no me lo ha enseñado ni Jaritos, ni Brunetti y mucho menos Montalbano. Tendré que empezar poniendo el nombre y la fecha, luego el objeto de la investigación, la información que he recibido hasta la fecha, la que he obtenido por mis propios medios en el trabajo de campo, y al menos avanzar algunas conclusiones. ¿Y qué coño avanzo? Ya sabemos todos que al perro lo envenenaron a la mañana, y por la mañana,……. ¡no sale de la calle peatonal que está entre los Tilos y Cristóbal Colón!¡Bingo!¡ Y hay unas putas páginas azules con los nombres de todos los que viven en esa mierda de calle que no me acuerdo como se llama! Pero como avezado investigador privado que estoy hecho, levanto la vista y veo su nombre en mi corcho – mapa ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!.

Un sudor frío recorre entonces mi frente. La princejefa tiene la manía de reciclar todo aquello que no sea ya de utilidad, aunque también tiene la virtud de ordenar todo lo que puede. ¿Qué habrá hecho en este caso? ¿Prevalecerá la virtud o el orden?¿No nos enseñaron en el colegio que era lo mismo?

A modo de penitente me levanto de la silla, me despojo de mi albornoz y me pongo de rodillas. Me enrollo el albornoz a modo de turbante por la cabeza y comienzo en procesión hacia la cocina, rogando que las páginas azules hayan sido salvadas por la princeordenadora. Tras cuatro o cinco metros de avance, o bien porque me duelen las rodillas, o bien porque comprendo que si aparece la princesada, me ven de esa guisa, pesan el aluminio de la bolsa de reciclaje (o peor, cuentan los cadáveres de latas de medio litro de birra), el único resultado previsible es que me echen de casa… otra vez. Así que me levanto y al verme en bolas, decido que es una buena hora para ducharme, vestirme a lo persona decente, y después buscar las páginas azules.

Una vez refrescado y adecentado vuelvo a la cocina, miro con cierta aprensión las baldas llenas de libros y folletos, y debajo de ellos, leo el nombre de la compañía editora de la guía azul en lo que parece ser un libro ¡azul!. Hace ya unos años que no se edita, pero tampoco es que por aquí seamos mucho de cambiar de casa, me consuelo, y mientras mi cerebro comienza una nueva adoración de las cualidades de la máquina, saco delicadamente con mi mano la guía azul de teléfonos de hace unos años, donde en cada número de casa, aparecen los nombres de los titulares de los teléfonos.

Ávidamente miro que apellidos o iniciales coinciden con la docena que me queda, y al final, sólo dos quejicas pueden corresponderse con titulares de cuantas de esa calle. Casualmente, ambos firman sólo con iniciales. Vuelvo a leer las quejas con sus firmas, una de ellas sobre perros de razas peligrosas, que descarto automáticamente. El otro creo que puede ser mi hombre, se queja de agudos ladridos matutinos y de cagarrutas en la puerta de su casa. Este puede ser.

Sumido en estos pensamientos aparece la princesada en pleno, y más que por las voces, por el estruendo que meten al abrir y cerrar de la nevera en busca de viandas, intuyo que no han tragado nada desde el sándwich que se han llevado para el medio día. Feliz como estoy con mis conclusiones, les propongo ir al Wok de Artea, eso sí, exigiendo que por la ducha y la hidratante pasan después. Hay veces que dudo que sean chicas, ya que cuando aparecen con hambre y se les insinúa la posibilidad de comer, se comportan como un pelotón disciplinado de reclutas que vuelven de sus primeras maniobras hambrientos y en dos minutos las tenía en el coche, dispuestas a la barra libre de un Wok, ordenando la princejefa que iba a mi cuenta. No fueron capaces de preguntarme por mi herida, ni yo de acordarme de ella, ni de que lo primero que tenían que haber hecho era haberme preguntado. ¡Mi estómago rugía también!

Una vez sentados y comprobando que mi exigua cartera que no me iba a dar para pedir vino, constaté que tanto ni ellas ni yo habíamos comido así que la espantada  hacia las viandas nada más sentarnos fue generalizada. Diez minutos más tarde y ya calmado el ardor que produce tener el estómago vacío ante montañas de comida, comenzaron a hablar entre ellas sobre su jornada playera, a la que en un minuto de conversación caí en la cuenta que también había ido Floripondio. Por cierto, que llamó al de unos minutos y por lo que contestaba Cuelgatú empecé a adivinar que algo le había hecho. El otro pobre se quejaba que la crema de protección que le había dado, no podía estar muy bien, ya que estaba totalmente quemado, hecho que aseveraron con pose sincera tanto la peque como la máquina, que miraban inquisitivamente (como cuando cambian a uno en el FIFA) a la mediana, que acabó confesando. Como se le olvidó llevarle crema de protección le dio una hidratante, pensando que era un poco exagerado en cuanto a lo de las quemaduras, y ahora le convencido al atontado que podría ser posible que la crema estuviera caducada.

Miré a mi hija con una incredulidad furiosa, mientras que internamente me solidarizaba con Floripondio. Mil discursos afloraban en mi mente para poder afearle cruelmente su conducta y que no pudiera dormir tranquila en muchas noches. El silencio se hizo en la mesa mientras que mis ojos echaban chispas ¡Chispas, no!¡Rayos! con los que quería fulminarla por su cruel comportamiento. Pero al final, la familia es la familia, y de mi boca sola pudo escaparse “Pobre Amapolo” que desató la hilaridad descosida de mis tres chicas.

domingo, 1 de julio de 2012

AIBOAKO SERLOK (PILORUM)

PILORUM

Por las mañanas hay personas que dejan de serlo. Algo de eso tienen las princezombis, ya que unos trece puntos de sutura por encima de la frente no llamó la atención de ninguna. ¿Será que tienen un peso en la cabeza que sólo les deja mirar al suelo hasta la tercera hora que llevan despiertas? Es un misterio. Sólo la mediana cuando se fue de casa me dio un abrazo al estilo de cuando tenía tres años y le decía que tenía pupa. Al menos el subconsciente si parece que le funciona.

También es cierto que esa mañana hubo algo que pudo distraerlas totalmente de su limitada concentración matutina, la aparición de un nido de arañas (expresión utilizada por la máquina para definir una especie de densa telaraña a lo grumo de guata blanca de desmaquillaje)  en una de las esquinas de nuestra habitación. Acerqué la mirada y pude ver como en su interior había una cosa negra que se iba moviendo de un lado a otro. Esta ha sido una de las pocas veces que he deseado tener niños en lugar de niñas, para que se hagan cargo de situaciones como éstas, o como cuando aparecen polillas o alguna cucaracha despistada por el cuarto de baño. Pero como soy el único chico, me toca siempre lidiar con estas mierdas ¡con el asco que me dan!

Así que me fui a la cocina, cogí un trozo generoso del rollo de celulosa de la cocina y me fui rumiando contra mi mala suerte hasta la esquina habitada por seres asquerosos. Comprobé que no llegaba con suficiencia hasta la esquina, ni aunque estirase todo lo que podía el brazo y me quedara de puntillas, así que tuve que volver a la cocina, coger la banqueta y subirme a ella. El nido se desvaneció entre mi mano y la densa capa de celulosa que la rodeaba, así que hice una bola y la arrojé con los cadáveres arácnidos a la taza del baño poniendo raudo y veloz el funcionamiento la bomba de la cisterna como si los bichos que estaban aplastados en la bola fueran a salir en cualquier momento. Volví otra vez a la esquina, comprobé que no quedaba rastro de vida anterior alguna, y satisfecho retorné a mis quehaceres habituales. Si nunca has sufrido picaduras nocturnas de arañas, no sabes el temor que pueden hacer crecer dentro de ti.

Estaba pasando la mañana con mucha calma cuando sonó el timbre del portero automático. Dejé el plumero (aunque no lo utilizo para nada, siempre me ha dado bastante nosequé el pasearme por la casa con el plumero en la mano) y me acerqué hasta el telefonillo de la entrada (con cámara de cctv incorporada) donde pude ver a través de la pantalla a Gómez con su uniforme impoluto que tranquilamente esperaba contestación. Inmediatamente le abrí el portal y fui hacia la puerta de casa donde le esperé a que subiera en el ascensor. Salió de él con muy buena pose, sino fuera porque en su mano llevaba la fiambrera de “Hello Kitty” que ayer me había dejado en la comisaría. Le invité a entrar y le ofrecí un café al estilo detectivesco nórdico. Me dijo que no podía aceptarlo ya que le estaba esperando su compañero en el coche. Le comenté que también podía subir su “compi”, pero al final lo dejamos en otra vez será. Me volvió a dar las gracias y me dejó una tarjeta suya volviéndome a insistir en que me debe una muy gorda y que le llame cuando quiera para echarme un cable en cualquiera de las investigaciones que estuviera llevando.

Ya terminadas las tareas domésticas, me senté en la mesa de la cocina para tomarme un café delante de los más de doscientos folios que imprimimos con todo lo que se había encontrado en internet. Mi primera idea era que tenía que clasificar todos aquellos papeles, y luego quedarnos sólo con los que pudieran darnos alguna orientación sobre las personas que quería investigar. Se me ocurrió que me podía bajar de la red un mapa de Getxo y colocarlo sobre un panel de corcho, para así ir señalando con rotulador rojo las zonas a las que correspondía cada uno de los escritos. Como no tenía en casa disponible ningún panel de corcho me tuve que subir hasta el centro comercial más próximo para en una mega superficie de bricolaje adquirir uno. No caí en la cuenta de que tenía que meterlo en el coche, así que obviamente no hice ningún cálculo sobre sus dimensiones y acabó resultando que no había forma de meterlo dentro, si no era rompiéndolo en dos partes. Aunque en el estado de cabreo que me encontraba por no haberlo previsto, podía haber deshecho el panel sin ninguna pega, un pronto de sentido común me indicó que podía llevarlo andando hasta casa y así lo hice. Como el centro está en lo alto de una colina, y ya había bajado más de la mitad de la cuesta, decidí que era mejor no partir el puto corcho y darme la vuelta, así que una media hora más tarde y mascullando todo tipo de juramentos llegué a casa (tampoco pude subir el panelillo en el ascensor). Claro, que tenía que volver al centro a por el coche, y encima era cuesta arriba. Entre subir y bajar de Artea terminé de pasar toda la mañana.

La pricebruja llegó pasadas las tres de la tarde, arrampló con dos trozos de pan de molde a los que metió algo de jamón y tomate, explicándome que se iba a buscar a la peque al cole para después irse a la playa, que cuelgatú no vendría hasta la noche ya que había quedado con unas “amigas”. Así que me quedé solito toda la tarde, por lo que no desperdicié la oportunidad  de tirarme en el sofá para una reparadora y reconfortante siestecilla, que al final fue de casi hora y media.

Pasé el resto de la tarde sacando de internet el plano de Getxo, que luego fui aumentando ya que mi vista no es la de hace unos años, y acabé por empapelar todo el panel de corcho que abarcaba prácticamente sólo Neguri y aledaños, así que te puedes imaginar el tamaño del plano. Fui uniendo las hojas con celo, de manera que se convirtieron en una especie de maxi folio y para cuando acabé, ya era casi de noche. Me puse a buscar un rotulador rojo y como no encontré ninguno, me lo apunté para que fuera lo primero que tenía que hacer por la mañana.

Llegaron de la playa las dos pricelangostinas, gritando la peque a modo de eslogan “Reunión de investigación” por el pasillo, por lo que sospeche (en el fondo tengo olfato de viejo sabueso) que lo que quería era comer y si eran bollos de mantequilla de zurica mejor, así que me puse manos a la obra y les preparé una jugosa tortilla de patatas con un poco de jamón de york. Ahí se dio cuenta la máquina de la avería que tenía en la frente. Tampoco se preocupó mucho, ni cuando le dije “lo mejor es decir siempre la verdad, por muy increíble que parezca, ya que al final siempre se va a saber”. Esperé a que la pequeña se fuera a ver sus programas infantiles en la tele (juveniles afirma muy seria ella) y le conté toda la historia, empezando con mi detención (tampoco entré mucho en los detalles, sino que sospecharon porque llevaba unos días en el mismo sitio), mi paso por los juzgados, cuando entré en la tasca siniestra a tomar un café para recuperarme de la impresión (esto sí que no se lo creyó mucho) y la mano de leches que le evité a un simpático policía autonómico, que tres horas antes me había detenido. Me miró, algo preocupada, y tuve la sensación de que no le estaba haciendo mucha gracia mi nueva dedicación, pero no me dijo nada más allá de “anda con cuidado”.

El Sábado por la mañana, cuando me senté ante la torre de papeles, pensando cómo podía clasificar todo aquello, sin prisa, pero sin pausa, me llegaron las malas noticias “Peru, tienes que llevar a la peque a casa de su amiga querida que se queda a pasar allí la noche, pero vete ya vestido para la clase de golf, que luego me pasar a buscar ya que no me apetece ir con  Cuelgatú y su amigo que también viene a dar clase” “sabes como me llamo, ¡no! Tú me pusiste el nombre”. Mentalmente me escabullí de aquella discusión, tanto que ni siquiera discutí las ordenes en medio de la peleilla que tenían madre e hija, dándome cuenta de que sólo tenía una hora para empezar la clasificación, que tras discurrir un rato, no fue muy complicada. Cogí los papeles y tras leer la firma los dividí en aquellas firmas que identificaban el lugar de la queja, o que venían con la dirección (habitualmente barrio) del quejica, las que venían sólo con el nombre y las quince que sólo traían iniciales, pero poco más pude hacer.

La clase fue un desastre. Entre el poco caso que me hacía el profesor, los golpes que estaba dando a la alfombrilla de prácticas (en vez de a la bola) el descubrimiento de que Floripondio había estado subiendo con la niña a practicar (igual que la mamá con la peque), y que ya todos me estaban sacando a bolazos, no hizo más que incrementar el cabreo que entendí se me estaba notando porque el colorado de mi rostro estaba alcanzando tonalidades de insolación. Tal debió ser la impresión de la máquina que me acabó por invitar a comer el menú especial en el restaurante del campo de golf de la Arboleda, menú por cierto, que no estaba nada mal. Y como Cuelgatú quería ir a la playa, y el otro es incluso más calzonazos que yo, pues nos quedamos solitos la princesorgi y yo. Incluso empecé a tener esperanzas de que después de la comida, podría venir algo más, ya en casa solitos los dos ¡je, je! Mi olfato de sabueso va mejorando con el transcurso de la investigación.

Por eso, cuando a media tarde y mientras trasteaba en la cocina oí lo que me pareció un insinuante “Cariñooo, estamos sooolos…”, esbocé una sonrisa de satisfacción (el Sábado iba a acabar mejor de lo que comenzó) y me quité el niqui que llevaba puesto en lo que a mí me pareció el gesto de un estríper consumado. Ya con el torso al descubierto comencé a acelerar el paso con destino de mi habitación y me solté el cinturón y mientras andaba comencé a bajarme los pantalones. Pero no coordiné nada bien. El acelerar los pasos y bajarte los pantalones es totalmente incompatible, así que yo solito me tropecé, con tan buena suerte que me golpeé con la esquina del mueble bar ¿Y a qué no adivinas donde me di la ostia? Efectivamente, en la primoroso sutura que adornaba mi frente. Y lo peor no fue eso, sino que cuando alarmada por el ruido, se asomó al pasillo la máquina llevaba en sus manos los diez capítulos en DVD de “Band of brothers”.

Tras la consabida bronca de “¿en qué coño pensabas?”, perdida la oportunidad de haberle contestado que en el suyo, los aspavientos por haber manchado de sangre los pantalones (el niqui descansaba en el suelo de la cocina), la limpieza apresurada de “antes que se seque”, el vestirme con ropa vieja, el meterme en el coche con una toalla en la cabeza, el llegar a Cruces a urgencias, el ser atendido de nuevo por la amable enfermera Elena, el medio mosqueo de que te conoce, el darse cuenta luego que la conocía, la bronca del médico de guardia de que haber a que jugaba, el daño que me hizo seguro que a posta, por fin me encontraba tumbado en una camilla, esperando a que llegara la máquina para irnos a casa.

Lo que pasa es que al final cuando planteas principios morales en tu casa, nunca esperas que se los tomen tan al pie de la letra. Me di cuenta cuando vi pasar a un celador por el pasillo con los pies en uve, los brazos pegados al cuerpo pero con las manos paralelas al suelo andando a pasitos cortos, es decir, lo que se llama el ir haciendo el pingüino. Sospeché que cuando le preguntaron a la máquina que era lo que había pasado, fue sincera y contó la verdad. Luego me enteré de la cruda realidad. Al haber sangre tuvo que prestar una especie de declaración de los hechos, declaración en la que por puñetera casualidad estuvo presente un Ertzaina, y fue mandada en un parte al juzgado de Getxo. Lamentablemente me enteré de ello sin haber podido avisar ante a la princesilla. Cuando llegamos a casa, ya de noche, aparte del bulto que adornaba mi cabeza, sólo me empezó a preocupar el Informe que tenía que redactar para la Yeni, pero el Domingo será un día mucho mejor. Eso pensaba.