Peru seguía sin darse cuenta de que
le habían vuelto a cambiar las esposas de sitio, ahora las tenía puestas con
las manos hacia adelante, ya que se estaba quedando bastante sorprendido de lo
bien que se las había puesto. E incluso hizo un comentario que le sirvió para
enterarse de la verdad, aunque sin estar del todo convencido, ya que la cara de
palo seguía siendo patrimonio de Erre Erre, al que le iba a costar mucho tiempo
superar el resquemor de que hubiera sido el orondo jefe de la policía municipal
el que resolviera el caso.
El detenido se sentó en la mesa
frente al juez, quién volvió a servirse un generoso vaso. Una vez casi lleno,
metió el dedo en el mismo e hizo girar los hielos en un intento de enfriarlo
cuanto antes. Se sopló el flequillo, apoyó el vaso en la mesa y miró a los ojos
al detenido. Vio a un chico asustado por la que acababa de organizar y la oportunidad de zanjar todo
esto. Además, y con el fin de soltarle un poco más, se llevó el vaso a los labias,
tomó un pequeño sorbo y arqueó las cejas en una especie de señal como
preguntándole si le apetecía a él un vaso. Le vio salivar así que pegó una voz
pidiendo un vaso.
Una vez que le trajeron el vaso,
pidió al agente que le dejasen al detenido una mano libre, quedando la otra
esposada a la mesa, y le sirvió un generoso trago. Con las manos se comunicaron
de nuevo, introduciendo un hielo en el otro vaso. Levantaron los vasos, los
chocaron y de reojo vio cómo se metía un buen buche el chaval mientras él sólo
volvía a mojarse los labias.
-
¡Ahh!
Degustemos un poco el licor con los ojos cerrados
El chaval no entendió muy bien lo
que decía el Juez, pero acabó de terminar el güisqui de su vaso. Ante la
desesperación de los que estaban en la sala, el juez se quedó callado, con su
silla recostada contra la pared, y con los ojos cerrados durante algo más de
diez minutos. Erre Erre se hubiera tirado de los pelos, si hubiera tenido
alguno, y Peru lo que echaba en falta era meterse el también un pelotazo, pero
no vio adecuado el pedirlo por la cara del sargento, al que parecía que iba a
darle un ataque de apoplejía.
Cuando abrió los ojos y volvió a
poner la silla en su sitio, ofreció un nuevo trago que al recibir como
contestación un vale con voz pastosa, comprendió que había cumplido con su
objetivo, que el alcohol llegase al cerebro del detenido, para soltarle un poco
la lengua y aflojarle la voluntad.
Un nuevo soplido sobre el flequillo,
el chocar tintineante de los dos nuevos hielos que introdujo en su vaso y el suave
sonido del líquido al llenar de nuevo el vaso, fueron el preludio de su nuevo
discurso.
-
¡Bien
chavalote! Vamos a hablar un poco de lo que te espera; siete años por intento
de secuestro, dos años por golpear a un agente de la autoridad, por el tipo de
delito además te tenemos que llevar a Madrid, porque de esto se encarga la
Audiencia Nacional. ¡En fin, chaval!, que la has cagado, bien cagado.
El otro, intentó servirse más güisqui,
pero el juez fue más rápido e impidió que llegase hasta la botella. En la mano
que le quedaba libre, apoyó la cabeza, mirando al suelo, en un gesto que
evidenciaba bastante deseperación. Juan se levantó de la mesa, paso por detrás
de la silla y le dio una sonora palmada en la espalda, y le soltó entre grandes
risas.
-
¡vaya
la que has preparado, chaval!
Y dicho eso salió de la sala,
dejando sólo al detenido. A su vez, salió Erre Erre del cuarto para encontrarse
en el pasillo con el juez quien le preguntó donde había un cuarto de baño. El
sargento le indicó la dirección y dándose la vuelta le hizo un gesto a Peru,
que salió detrás suyo, de total incomprensión. Peru encogió los hombros y le
dijo “es que tendrá ganas de mear”. El picoleto pensó para sus adentros, que
aquellos no estaban muy en sus cabales, y se metió de nuevo en el cuartucho a
esperar que iba a hacer el juez. Peru entró tras él, y cerró la puerta.
Al de un rato entró de nuevo
Caraqueño en la sala de interrogatorios, silbando lo que él pensaba sería una
alegre melodía, que en cualquier caso era irreconocible. Se sentó, se volvió a
servir, y le sirvió de nuevo al chaval, que por primera vez en los últimos
minutos levantaba la cabeza del suelo, con los ojos acuosos, al que no faltaba
mucho para echarse a llorar.
-
Jodido
lo tienes – le volvió a recordar el juez cuando terminó el reo de apurar su
segundo vaso.
-
Pero,
puedes tener un poco de suerte, ya que el mandarte a la Audiencia Nacional,
implica que me tenga que desplazar hasta Madrid, después de haber rellenado
muchos papelotes, oficios y demás caterva que conlleva la tramitación judicial “Iuris
papirum, iodienda est”, que dijo Cato el menor ¿Comprendes?
Dejó pasar un par de minutos en
silencio, en los cuales Gómez se unió Peru y a Erre Erre, tras haber pasado por
la cura del médico de urgencias “Me dice que un poco de hielo, y que repose
esta noche, que por si acaso no se me ocurra conducir”. “¿y qué le vas a contar a tu mujer?”. Mientras se
entretenían tejiendo historias para convencer a la señora Gómez que su cónyuge
no podía ir a buscarle a Madrid, el juez continuó con su plan:
-
Mira,
si me escribes tu confesión de tu puño y letra, puedo dejar el tipo en intento
de estafa, que por la cuantía y por tus antecedentes, que no tienes ¿verdad
bonito?
Negó con la cabeza, con lo que el
juez prosiguió
-
En
cuanto a la agresión a la autoridad, pues bueno, tu no sabías que era charaiña,
y aquí tampoco tienen jurisdicción
-
¿Era
policía? Cielos
-
Creo
que puedo convencerle si le pagas una indemnización de seiscientos euros
“¡Qué hijo puta!¡Le acaba de sacar
para una cena”, dijo Peru por lo bajo ante la cada vez más creciente
incredulidad del guardia civil. Como le vio la cara, Peru le explicó que él
también estaba invitado. Se sentó, se pasó la mano por la calva, pensando que
sino podía vencer al enemigo, lo mejor era unirse a él.
- Pues
con eso, quedaría todo arreglado. Ahora te traen papel y bolígrafo y me cuentas
la historieta comenzando con que nunca pensabas llegar tan lejos, y luego
continúas con todo lo que hemos hablado.