domingo, 13 de julio de 2014

XIV Una tarde cualquiera en Torrebertán

Peru seguía sin darse cuenta de que le habían vuelto a cambiar las esposas de sitio, ahora las tenía puestas con las manos hacia adelante, ya que se estaba quedando bastante sorprendido de lo bien que se las había puesto. E incluso hizo un comentario que le sirvió para enterarse de la verdad, aunque sin estar del todo convencido, ya que la cara de palo seguía siendo patrimonio de Erre Erre, al que le iba a costar mucho tiempo superar el resquemor de que hubiera sido el orondo jefe de la policía municipal el que resolviera el caso.

El detenido se sentó en la mesa frente al juez, quién volvió a servirse un generoso vaso. Una vez casi lleno, metió el dedo en el mismo e hizo girar los hielos en un intento de enfriarlo cuanto antes. Se sopló el flequillo, apoyó el vaso en la mesa y miró a los ojos al detenido. Vio a un chico asustado por la que acababa de  organizar y la oportunidad de zanjar todo esto. Además, y con el fin de soltarle un poco más, se llevó el vaso a los labias, tomó un pequeño sorbo y arqueó las cejas en una especie de señal como preguntándole si le apetecía a él un vaso. Le vio salivar así que pegó una voz pidiendo un vaso.

Una vez que le trajeron el vaso, pidió al agente que le dejasen al detenido una mano libre, quedando la otra esposada a la mesa, y le sirvió un generoso trago. Con las manos se comunicaron de nuevo, introduciendo un hielo en el otro vaso. Levantaron los vasos, los chocaron y de reojo vio cómo se metía un buen buche el chaval mientras él sólo volvía a mojarse los labias.

-       ¡Ahh! Degustemos un poco el licor con los ojos cerrados

El chaval no entendió muy bien lo que decía el Juez, pero acabó de terminar el güisqui de su vaso. Ante la desesperación de los que estaban en la sala, el juez se quedó callado, con su silla recostada contra la pared, y con los ojos cerrados durante algo más de diez minutos. Erre Erre se hubiera tirado de los pelos, si hubiera tenido alguno, y Peru lo que echaba en falta era meterse el también un pelotazo, pero no vio adecuado el pedirlo por la cara del sargento, al que parecía que iba a darle un ataque de apoplejía.

Cuando abrió los ojos y volvió a poner la silla en su sitio, ofreció un nuevo trago que al recibir como contestación un vale con voz pastosa, comprendió que había cumplido con su objetivo, que el alcohol llegase al cerebro del detenido, para soltarle un poco la lengua y aflojarle la voluntad.

Un nuevo soplido sobre el flequillo, el chocar tintineante de los dos nuevos hielos que introdujo en su vaso y el suave sonido del líquido al llenar de nuevo el vaso, fueron el preludio de su nuevo discurso.

-       ¡Bien chavalote! Vamos a hablar un poco de lo que te espera; siete años por intento de secuestro, dos años por golpear a un agente de la autoridad, por el tipo de delito además te tenemos que llevar a Madrid, porque de esto se encarga la Audiencia Nacional. ¡En fin, chaval!, que la has cagado, bien cagado.

El otro, intentó servirse más güisqui, pero el juez fue más rápido e impidió que llegase hasta la botella. En la mano que le quedaba libre, apoyó la cabeza, mirando al suelo, en un gesto que evidenciaba bastante deseperación. Juan se levantó de la mesa, paso por detrás de la silla y le dio una sonora palmada en la espalda, y le soltó entre grandes risas.

-       ¡vaya la que has preparado, chaval!

Y dicho eso salió de la sala, dejando sólo al detenido. A su vez, salió Erre Erre del cuarto para encontrarse en el pasillo con el juez quien le preguntó donde había un cuarto de baño. El sargento le indicó la dirección y dándose la vuelta le hizo un gesto a Peru, que salió detrás suyo, de total incomprensión. Peru encogió los hombros y le dijo “es que tendrá ganas de mear”. El picoleto pensó para sus adentros, que aquellos no estaban muy en sus cabales, y se metió de nuevo en el cuartucho a esperar que iba a hacer el juez. Peru entró tras él, y cerró la puerta.

Al de un rato entró de nuevo Caraqueño en la sala de interrogatorios, silbando lo que él pensaba sería una alegre melodía, que en cualquier caso era irreconocible. Se sentó, se volvió a servir, y le sirvió de nuevo al chaval, que por primera vez en los últimos minutos levantaba la cabeza del suelo, con los ojos acuosos, al que no faltaba mucho para echarse a llorar.

-       Jodido lo tienes – le volvió a recordar el juez cuando terminó el reo de apurar su segundo vaso.

-       Pero, puedes tener un poco de suerte, ya que el mandarte a la Audiencia Nacional, implica que me tenga que desplazar hasta Madrid, después de haber rellenado muchos papelotes, oficios y demás caterva que conlleva la tramitación judicial “Iuris papirum, iodienda est”, que dijo Cato el menor ¿Comprendes?

Dejó pasar un par de minutos en silencio, en los cuales Gómez se unió Peru y a Erre Erre, tras haber pasado por la cura del médico de urgencias “Me dice que un poco de hielo, y que repose esta noche, que por si acaso no se me ocurra conducir”. “¿y qué  le vas a contar a tu mujer?”. Mientras se entretenían tejiendo historias para convencer a la señora Gómez que su cónyuge no podía ir a buscarle a Madrid, el juez continuó con su plan:

-       Mira, si me escribes tu confesión de tu puño y letra, puedo dejar el tipo en intento de estafa, que por la cuantía y por tus antecedentes, que no tienes ¿verdad bonito?

Negó con la cabeza, con lo que el juez prosiguió

-       En cuanto a la agresión a la autoridad, pues bueno, tu no sabías que era charaiña, y aquí tampoco tienen jurisdicción
-       ¿Era policía? Cielos
-       Creo que puedo convencerle si le pagas una indemnización de seiscientos euros

“¡Qué hijo puta!¡Le acaba de sacar para una cena”, dijo Peru por lo bajo ante la cada vez más creciente incredulidad del guardia civil. Como le vio la cara, Peru le explicó que él también estaba invitado. Se sentó, se pasó la mano por la calva, pensando que sino podía vencer al enemigo, lo mejor era unirse a él.


-       Pues con eso, quedaría todo arreglado. Ahora te traen papel y bolígrafo y me cuentas la historieta comenzando con que nunca pensabas llegar tan lejos, y luego continúas con todo lo que hemos hablado.

lunes, 7 de julio de 2014

XII + I Una tarde cualquiera en Torrebertán

XIII

Vio como uno de los agentes le introducía en el coche, poniéndole la mano en la cabeza para que, mientras se sentaba, no se diese un cocazo con el marco de la puerta del vehículo. Peru se fue hasta el coche posterior y abrió la puerta , se agradecía que fuera un todo terreno para no agacharse al entrar, por el lado del pasajero y le indicó al chófer que le llevara hasta el cuartelillo de los picoletos donde iba a empezar el interrogatorio del detenido, dirigido por el bravo juez.

Eso sí, como no quedaba ya nada en caja para horas extras, y le gustaría algo más que dar las gracias a sus muchachos, se dirigió hasta el agente más veterano al que indicó que antes de que se cambiaran en comisaría, se pasaran todos por el café de la amiga del juez (no dijo eso, sólo lo pensó, sino que la llamó por su nombre) y se tomaran algo a su salud, para compensar las molestias. El veterano se cuadró y le hizo el saludo militar, agradeciendo en sus adentros el detalle del jefe, que como todos conocían el estado de los fondos, sólo dietas y gastos para los electos, era el que se iba a encargar de abonar la cuenta de su propio peculio. Pero eso no iba a evitar que más de uno pidiera vino de categoría superior a la que estaba acostumbrado a catar, y pasar de la media ración habitual, a una entera. “Es lo que hay”. Mientras Peru, camino del cuartelillo, cavilaba como poder colar la cuenta en el juzgado.

No había sido mala idea la de meter al hijo de don Fulgencio en el pequeño reservado que tenían junto a la puerta, como una especie de sala de espera para las visitas. Peru le metió en el cuartito, cerrando la puerta tras de sí, mientras Caraqueño, comprendiendo la maniobra de Peru y compartiendo la misma manía que tenían al ínclito heredero de la fortuna, que se podía haber llamado Jacobo (cuanto más rico, más bobo), se quedó en guardia en la puerta, para no permitir que nadie interrumpiera el interrogatorio del jefe de la policía municipal, por si había que sacar la mano a pasear un poco.

El muchacho seguía mirando divertido todo el jolgorio que se había montado, dejando su aliento un leve hedor a alcohol que junto con el brillo de sus ojos, delataba que no estaba en situación de enterarse de mucho. A Peru le entraron muchas ganas de darle un buen lechón, por bobo, pero comprendió que sin ninguna razón poderosa pegarle al hijo del dueño de medio pueblo, en casa de éste y sin un buen motivo, le podía costar muy caro. Así que haciendo de tripas corazón le indicó que se sentase y le contara que es lo que habían estado haciendo a la tarde.

El chico intentó en vano que Peru le explicase que estaba pasando, explicación que dijo le daría cuando le contara el plan que había tenido de tarde con su hermana. No era muy allá, habían quedado en ir a casa de uno de sus compañeros del equipo de baloncesto a tener una sesión continua de películas de James Bond, concretamente las dos anteriores a la que estaban estrenando ahora. Como sabía que su prima era fan absoluta de esas películas, le convenció para que lo acompañara, y que el Miércoles podían aprovechar para ir juntos al cine de la capital, cenar algo y ver el estreno. Como además iba alguna amiga de la prima, asintió y fue con él.

El resto sin mucha más historia, unas cuantas copas mientras se veía la película, un poco de picoteo y vuelta a casa para medio cenar algo, cabezadita y salir un rato, tampoco mucho, porque mañana a la tarde tenían partido. Cuando Peru le hizo el signo de que él se había tomado algo más que unas copas, el chaval se rió, comprendiendo entonces que éste no tenía nada que ver. Le hizo el signo de que se podía ir, y justo cuando tenía la mano en el picaporte Peru le preguntó si conocía el nombre del perro que regaló su padre hace unos años a su prima.

-       ¡Vaya!, Eres el segundo que me lo pregunta hoy.

A partir de ahí, y identificado el otro preguntón, basquetbolero a más señas, todo fue más fácil, ya que el que de verdad dirigía la intendencia del equipo de baloncesto que presidía Don Fulgencio era su secretario, que sabía perfectamente donde vivía cada uno de los jugadores, que eran, como es natural, pisos propiedad del presidente. En cinco minutos, tenían hasta planos de los pisos. El careto del chaval según se fue enterando de que iba todo el asunto, tornó a un pálido. Por si acaso, se quedó Caraqueño vigilándole mientras los demás comenzaban con el operativo.


“¡Coño!¡ qué cómodo es bajar de un todo terreno!. Creo que me tendré que comprar uno” pensó para sus adentros según abría la puerta del coche y ponía sus pies en el patio del cuartel. Salió a recibirle Erre Erre a quién obsequió con una sonrisa, sobre todo por la cara de palo que se le quedó, cuando le comunicó quien era el culpable, cara de palo que todavía no le había desaparecido del todo. Bueno, ahora sólo le quedaba al estirado sargento el asistir a uno de los chows que podía montar Caraqueño en los interrogatorios, interrogatorio que además podrían asistir en directo desde el cuarto adyacente. Máxime cuando Peru le vio sentado en una silla, frente a una mesa en que además del micrófono, tenía un vaso de cristal con hielos y una botella de güait label, recién abierta, esperando a comenzar a vaciarse.