XI
Le costó
un poco recordar donde estaba, aunque el dolor punzante que sentía en su mentón
“sí que es de cristal” le susurró Erre Erre a Peru, agilizó su memoria a pasos
agigantados y volvió a cerrar los ojos maldiciendo el tiempo que tardó en
reaccionar, que sólo fue una centésima de segundo, pero suficiente para que le
dejaran fuera de combate.
-
¿Pudiste verle?
Negó con
la cabeza añadiendo que llevaba una sudadera oscura con una capucha que le
tapaba frente y ojos, y un baf que le ocultaba la boca.
-
¿Pero era joven, viejo, alto, bajo, gordo delgado?
-
Era delgado y de una altura…..como la de Peru
-
¿Metro noventa? – inquirió el juez
-
Apunta Erre Erre, cerca de dos metros – le dijo
Peru mientras miraba con cara de pocos amigos al juez
Gómez
volvió a cerrar los ojos, ya cansado de las tontas discusiones de sus amigos
sobre la altura, le tomó la mano al picoleto y se alzó del suelo, quedándose
sentado. Se llevó las manos a sus sienes y tras mascullar entre dientes sobre
la milk que se había llevado, le tendió la mano al juez, quien le ayudo a
incorporarse.
Atraído
por la escena se había acercado un hombre de mediana edad, tirando a bajo y con
un perfil algo redondeado por el paso de los años que se puso a conversar con
Peru. Resultó ser uno de sus ayudantes y tras el intercambio de palabras, con
paso ligero se alejó. Peru explicó que lo había mandado a la comisaria para que
intentara reunir a la mayor cantidad de personas, ya que lo más posible es que
tuvieran que peinar el pueblo. También explicó de camino a la mansión de Don
Fulgencio que había pedido a su gente de intervención especial que se apostaran
a las salidas del pueblo para controlar a todas las personas que salían del
mismo, y que si había alguna de dos metros con una sudadera negra, que la
detuvieran.
-
Pero que bruto eres Peru. Llama de nuevo y en
cualquier caso, si alguien encaja con esa descripción, que lo sigan, pero
¡Joder!¡ Con una tía secuestrada vas a detener al correo!
-
Siguen sin encajarme muchas cosas – añadió Gómez –
Poca pasta, mucha rapidez en pedirla…. No me cuadra – mientras se frotaba
suavemente con la palma de su mano su dolorido mentón.
En el
trayecto Erre Erre llama a su cuartel y pide al cabo que está de guardia, que
reúna a todos los números que puedan, y si están motorizados, mejor. Qué
esperen órdenes. Entre tanto, el coche se ha acercado a la cancela de entrada
que se abre, como si estuvieran esperándoles. Paran el coche junto a la
escalera y presuroso baja el secretario con un trapo de cocina, presumiblemente
lleno de hielo para que Gómez se lo aplique a su rostro, y que además de
calmarle el dolor, le baje la hinchazón, que poco a poco comienza a aparecer.
Subieron
las blancas escaleras de entrada y fueron hasta el salón, donde se sentaron
alrededor de la mesa, a cuya cabecera estaba el viejo quien les miraba con cara
de ¿ahora qué vais a hacer?
Un tenso
silencio flotó en el aire, que aunque sólo duró unos segundos, parecieron
eternos hasta que el juez, consciente de que era la cabeza de la investigación
se dirigió al sargento de la guardia civil y le ordenó que fuese a llamar a
Madrid, a la dirección de investigación criminal de su organización para ponerles
al corriente de lo que estaba pasando para que mandasen a los habituales
intervinientes en operaciones de secuestros, aunque antes le indicó que hablase
con Peru para que con los hombres que tuviera disponibles, estuviesen
preparados para cortar todas las salidas del pueblo por carretera si era
necesario.
-
En cualquier caso, lo más importante, es que su
sobrina esté a salvo, y no tomaremos ninguna decisión que pueda poner su vida
en peligro, pero tenemos que movilizar todos los hombres disponibles y estar
preparados por si fuera necesario intervenir. Nos consta que la unidad de
intervención rápida de Torrebertán está perfectamente preparada para tomar
cualquier iniciativa que haga falta.
Aquello
no pareció tranquilizar mucho al viejo que no había recuperado todavía el color
de su rostro cuando un ruido de llaves y el sonido de la puerta principal
abriéndose, hizo que todos trasladasen su atención hacia la puerta. Unas risas
juveniles hicieron que Peru reconociera la presencia de, como él lo llamaba, el
putero, el hijo de Don Fulgencio, quién se preguntaba en voz alta, sobre si la
presencia de tantos coches obedecía a una fiesta a la que no habían sido
invitados.
Una voz
de mujer joven llamó la atención de Gómez, no por la voz en sí, sino porque al oírla,
el color acudió al rostro del anciano, quien se levantó al grito de “¡estás
bien!” y corrió a abrazarse a una jovencita que sorprendida correspondía al
fuerte abrazo del viejo, mientras el jovencito que estaba a su lado les miraba
con cara divertida. “Ya me imaginaba que todo el montaje del secuestro era una
bola”, pensó para sí Gómez, mientras Peru fruncía el ceño y cogiendo suavemente
al putero del brazo se lo llevaba a otro cuarto.
-
Espera tú con él en el cuarto – le soltó Peru a
Caraqueño- que voy a coordinarme con Erre Erre para que no llame a Madrid y que
se coordinen con los míos para cerrar todas las salidas por carretera del
pueblo.
expectantes...
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