lunes, 23 de junio de 2014

XI Una tarde cualquiera en Torrebertán

XI

Le costó un poco recordar donde estaba, aunque el dolor punzante que sentía en su mentón “sí que es de cristal” le susurró Erre Erre a Peru, agilizó su memoria a pasos agigantados y volvió a cerrar los ojos maldiciendo el tiempo que tardó en reaccionar, que sólo fue una centésima de segundo, pero suficiente para que le dejaran fuera de combate.

-       ¿Pudiste verle?

Negó con la cabeza añadiendo que llevaba una sudadera oscura con una capucha que le tapaba frente y ojos, y un baf que le ocultaba la boca.

-       ¿Pero era joven, viejo, alto, bajo, gordo delgado?
-       Era delgado y de una altura…..como la de Peru
-       ¿Metro noventa? – inquirió el juez
-       Apunta Erre Erre, cerca de dos metros – le dijo Peru mientras miraba con cara de pocos amigos al juez

Gómez volvió a cerrar los ojos, ya cansado de las tontas discusiones de sus amigos sobre la altura, le tomó la mano al picoleto y se alzó del suelo, quedándose sentado. Se llevó las manos a sus sienes y tras mascullar entre dientes sobre la milk que se había llevado, le tendió la mano al juez, quien le ayudo a incorporarse.

Atraído por la escena se había acercado un hombre de mediana edad, tirando a bajo y con un perfil algo redondeado por el paso de los años que se puso a conversar con Peru. Resultó ser uno de sus ayudantes y tras el intercambio de palabras, con paso ligero se alejó. Peru explicó que lo había mandado a la comisaria para que intentara reunir a la mayor cantidad de personas, ya que lo más posible es que tuvieran que peinar el pueblo. También explicó de camino a la mansión de Don Fulgencio que había pedido a su gente de intervención especial que se apostaran a las salidas del pueblo para controlar a todas las personas que salían del mismo, y que si había alguna de dos metros con una sudadera negra, que la detuvieran.

-       Pero que bruto eres Peru. Llama de nuevo y en cualquier caso, si alguien encaja con esa descripción, que lo sigan, pero ¡Joder!¡ Con una tía secuestrada vas a detener al correo!
-       Siguen sin encajarme muchas cosas – añadió Gómez – Poca pasta, mucha rapidez en pedirla…. No me cuadra – mientras se frotaba suavemente con la palma de su mano su dolorido mentón.

En el trayecto Erre Erre llama a su cuartel y pide al cabo que está de guardia, que reúna a todos los números que puedan, y si están motorizados, mejor. Qué esperen órdenes. Entre tanto, el coche se ha acercado a la cancela de entrada que se abre, como si estuvieran esperándoles. Paran el coche junto a la escalera y presuroso baja el secretario con un trapo de cocina, presumiblemente lleno de hielo para que Gómez se lo aplique a su rostro, y que además de calmarle el dolor, le baje la hinchazón, que poco a poco comienza a aparecer.

Subieron las blancas escaleras de entrada y fueron hasta el salón, donde se sentaron alrededor de la mesa, a cuya cabecera estaba el viejo quien les miraba con cara de ¿ahora qué vais a  hacer?

Un tenso silencio flotó en el aire, que aunque sólo duró unos segundos, parecieron eternos hasta que el juez, consciente de que era la cabeza de la investigación se dirigió al sargento de la guardia civil y le ordenó que fuese a llamar a Madrid, a la dirección de investigación criminal de su organización para ponerles al corriente de lo que estaba pasando para que mandasen a los habituales intervinientes en operaciones de secuestros, aunque antes le indicó que hablase con Peru para que con los hombres que tuviera disponibles, estuviesen preparados para cortar todas las salidas del pueblo por carretera si era necesario.

-       En cualquier caso, lo más importante, es que su sobrina esté a salvo, y no tomaremos ninguna decisión que pueda poner su vida en peligro, pero tenemos que movilizar todos los hombres disponibles y estar preparados por si fuera necesario intervenir. Nos consta que la unidad de intervención rápida de Torrebertán está perfectamente preparada para tomar cualquier iniciativa que haga falta.

Aquello no pareció tranquilizar mucho al viejo que no había recuperado todavía el color de su rostro cuando un ruido de llaves y el sonido de la puerta principal abriéndose, hizo que todos trasladasen su atención hacia la puerta. Unas risas juveniles hicieron que Peru reconociera la presencia de, como él lo llamaba, el putero, el hijo de Don Fulgencio, quién se preguntaba en voz alta, sobre si la presencia de tantos coches obedecía a una fiesta a la que no habían sido invitados.

Una voz de mujer joven llamó la atención de Gómez, no por la voz en sí, sino porque al oírla, el color acudió al rostro del anciano, quien se levantó al grito de “¡estás bien!” y corrió a abrazarse a una jovencita que sorprendida correspondía al fuerte abrazo del viejo, mientras el jovencito que estaba a su lado les miraba con cara divertida. “Ya me imaginaba que todo el montaje del secuestro era una bola”, pensó para sí Gómez, mientras Peru fruncía el ceño y cogiendo suavemente al putero del brazo se lo llevaba a otro cuarto.


-       Espera tú con él en el cuarto – le soltó Peru a Caraqueño- que voy a coordinarme con Erre Erre para que no llame a Madrid y que se coordinen con los míos para cerrar todas las salidas por carretera del pueblo.

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