En
este atorrante mes de Agosto, y mientras cumplía diligente mis arduas tareas
domésticas, descubrí que el borde del fregadero estaba no estaba bien diseñado.
El descubrimiento fue fruto de lo mal que apliqué el chorro del grifo a una
bandeja, que sólo necesitaba una pasadita de agua para ir a ocupar su espacio
entre los utensilios presuntamente limpios. Como fácilmente se deduce, el agua,
al salir con más fuerza de la necesaria, rebotó en la fuente y fue a parar
fuera de donde se suponía tenía que terminar, convirtiéndose por segundos en
una corriente laminada de agua del espesor de un fideo, que tras bordear con
rapidez el fregadero, acabó en el suelo de la cocina, lo que siempre es una
mala señal; yo en la cocina, agua innecesaria en el suelo, dolor de espalda al
agacharme para tener que secarla y con un poco de mala suerte, ligera bronca, o
grande, depende del humor, por la inutilidad de uno.
Si
el fregadero hubiera estado bien diseñado, esa agua que lo bordeó, antes de
acabar en el suelo, tenía que haber acabado dentro. Y no veo que sea tan
complicado hacerlo, basta con un pequeño desnivel en cuyo punto más bajo haya
un aliviadero que apunte hacia el centro de receptáculo, donde cualquier agua
manipulada por manos torpes como las mías, debería acabar, sin riesgos
innecesarios para la espalda o para cualquier despistado usuario de la cocina
que acabara pisando el charco, ennegreciendo el suelo con sus pisadas, y en el
peor de los casos, patinando por el efecto deslizante del charco, con altas
probabilidades de juramentos y coscorrón.
Ahora
bien, aunque algo decepcionado por la ingeniería de fregaderos de cocina, he de
reconocer que mi cabeza y cara, no están bien diseñadas. El origen de este
descubrimiento viene del día que me eché una loción en el cuero cabelludo para
mitigar las rojeces que por culpa del sol (más bien mía, de olvidarme
embadurnarme con la adecuada protección) tienden a poblar esa zona donde antes
había añorado pelo. Para cuando me di cuenta que ya había rociado con más que
suficiente loción mi cabeza, una porción de ésta, deslizándose furtivamente por
mi cara, atacó con un picor de escalofriantes sensaciones, uno de mis ojos (de
bello color, reconocido no hace mucho por una joven camarera riojana, a la que
alabé la preciosidad de sus ojos, intencionadamente, cuando estaba llenando mi
vaso de ginebra, maniobra bastante
práctica para que el escanciado de espirituosos sea algo más abundante que el
convencional), dejándome durante un rato literalmente noqueado.
Por
ello, hojeé el prospecto con cierta curiosidad, pero tampoco me sirvió de
mucho, porque como siempre, me paré en el párrafo que indica que la loción
tiene un producto que puede considerarse dopante para deportistas. Pues mira tú
si ahora me hacen un control anti doping en uno de los habituales torneos que
juego de golf. Supongo que si algún día la federación lo hiciese (cuesta una
pasta), sería sólo a los primeros, por lo que no tendría muchas opciones de que
requirieran mi orina. ¿Tendría qué entregar en cada uno de los torneos que
juego un documento con la autorización médica para utilizar ese producto que en
modo alguno mejora mi swing ni aumenta mi resistencia física?. Pues sí,
pensando estas chorradas, con la habitual facilidad que tengo para pasar de una
cosa a otra, ni me acordé para qué había comenzado a leer el prospecto.
Pero
de las pocas que me quedan, debo tener una neurona que asociaba la loción con
el picor de ojos, así que la siguiente vez que dispuse a manotear por mi cabeza
la ya tan mencionada loción, lo hice frente al espejo. A pesar de la edad que
tengo, guardo algún reflejo, ya que pude parar a escasos centímetros de uno de
mis ojos, una gota traidora que había escapado al masaje esparcidor, y que tras
regatear a una de las cejas con una curva redonda, se dirigía de nuevo a
provocarme más escozores. Con esto aprendí dos cosas, una a utilizar menos
loción en cada fregoteo craneal, y la segunda a que la cara está mal diseñada,
ya que cada vez que te echas en la cabeza cualquier tipo de líquido (desde
champú a colonia, pasando por todo tipo de derivados con alcohol) que pueda
resultar irritante, como se te escape algo, acaba inexorablemente camino de los
ojos. Si estuviéramos bien hechos, se deslizaría por los carrillos hasta el
cuello, o hacia la oreja. No voy a animar a mi distinguido lector a que haga la
prueba, pero si por mero interés científico lo hiciese, tiene que ser con algo
que escueza; con agua no vale.
Aunque
cabe pensar que esa loción tenga algún otro efecto secundario. Como ya he
comentado, y por culpa del mal diseño de los fregaderos, ando con la espalda
algo desmejorada, por lo que suelo ir a nadar a la playa. Básicamente camino
por el agua y de cuando en cuando, doy unas brazadas a estilo espalda. Brazadas
que como poco he de calificar de beodas, ya que no guardan relación alguna con
la línea recta, pero ¿guardarán alguna relación con la susodicha loción? Puede
ser un buen caso para algún abogado espabilado.
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