lunes, 7 de julio de 2014

XII + I Una tarde cualquiera en Torrebertán

XIII

Vio como uno de los agentes le introducía en el coche, poniéndole la mano en la cabeza para que, mientras se sentaba, no se diese un cocazo con el marco de la puerta del vehículo. Peru se fue hasta el coche posterior y abrió la puerta , se agradecía que fuera un todo terreno para no agacharse al entrar, por el lado del pasajero y le indicó al chófer que le llevara hasta el cuartelillo de los picoletos donde iba a empezar el interrogatorio del detenido, dirigido por el bravo juez.

Eso sí, como no quedaba ya nada en caja para horas extras, y le gustaría algo más que dar las gracias a sus muchachos, se dirigió hasta el agente más veterano al que indicó que antes de que se cambiaran en comisaría, se pasaran todos por el café de la amiga del juez (no dijo eso, sólo lo pensó, sino que la llamó por su nombre) y se tomaran algo a su salud, para compensar las molestias. El veterano se cuadró y le hizo el saludo militar, agradeciendo en sus adentros el detalle del jefe, que como todos conocían el estado de los fondos, sólo dietas y gastos para los electos, era el que se iba a encargar de abonar la cuenta de su propio peculio. Pero eso no iba a evitar que más de uno pidiera vino de categoría superior a la que estaba acostumbrado a catar, y pasar de la media ración habitual, a una entera. “Es lo que hay”. Mientras Peru, camino del cuartelillo, cavilaba como poder colar la cuenta en el juzgado.

No había sido mala idea la de meter al hijo de don Fulgencio en el pequeño reservado que tenían junto a la puerta, como una especie de sala de espera para las visitas. Peru le metió en el cuartito, cerrando la puerta tras de sí, mientras Caraqueño, comprendiendo la maniobra de Peru y compartiendo la misma manía que tenían al ínclito heredero de la fortuna, que se podía haber llamado Jacobo (cuanto más rico, más bobo), se quedó en guardia en la puerta, para no permitir que nadie interrumpiera el interrogatorio del jefe de la policía municipal, por si había que sacar la mano a pasear un poco.

El muchacho seguía mirando divertido todo el jolgorio que se había montado, dejando su aliento un leve hedor a alcohol que junto con el brillo de sus ojos, delataba que no estaba en situación de enterarse de mucho. A Peru le entraron muchas ganas de darle un buen lechón, por bobo, pero comprendió que sin ninguna razón poderosa pegarle al hijo del dueño de medio pueblo, en casa de éste y sin un buen motivo, le podía costar muy caro. Así que haciendo de tripas corazón le indicó que se sentase y le contara que es lo que habían estado haciendo a la tarde.

El chico intentó en vano que Peru le explicase que estaba pasando, explicación que dijo le daría cuando le contara el plan que había tenido de tarde con su hermana. No era muy allá, habían quedado en ir a casa de uno de sus compañeros del equipo de baloncesto a tener una sesión continua de películas de James Bond, concretamente las dos anteriores a la que estaban estrenando ahora. Como sabía que su prima era fan absoluta de esas películas, le convenció para que lo acompañara, y que el Miércoles podían aprovechar para ir juntos al cine de la capital, cenar algo y ver el estreno. Como además iba alguna amiga de la prima, asintió y fue con él.

El resto sin mucha más historia, unas cuantas copas mientras se veía la película, un poco de picoteo y vuelta a casa para medio cenar algo, cabezadita y salir un rato, tampoco mucho, porque mañana a la tarde tenían partido. Cuando Peru le hizo el signo de que él se había tomado algo más que unas copas, el chaval se rió, comprendiendo entonces que éste no tenía nada que ver. Le hizo el signo de que se podía ir, y justo cuando tenía la mano en el picaporte Peru le preguntó si conocía el nombre del perro que regaló su padre hace unos años a su prima.

-       ¡Vaya!, Eres el segundo que me lo pregunta hoy.

A partir de ahí, y identificado el otro preguntón, basquetbolero a más señas, todo fue más fácil, ya que el que de verdad dirigía la intendencia del equipo de baloncesto que presidía Don Fulgencio era su secretario, que sabía perfectamente donde vivía cada uno de los jugadores, que eran, como es natural, pisos propiedad del presidente. En cinco minutos, tenían hasta planos de los pisos. El careto del chaval según se fue enterando de que iba todo el asunto, tornó a un pálido. Por si acaso, se quedó Caraqueño vigilándole mientras los demás comenzaban con el operativo.


“¡Coño!¡ qué cómodo es bajar de un todo terreno!. Creo que me tendré que comprar uno” pensó para sus adentros según abría la puerta del coche y ponía sus pies en el patio del cuartel. Salió a recibirle Erre Erre a quién obsequió con una sonrisa, sobre todo por la cara de palo que se le quedó, cuando le comunicó quien era el culpable, cara de palo que todavía no le había desaparecido del todo. Bueno, ahora sólo le quedaba al estirado sargento el asistir a uno de los chows que podía montar Caraqueño en los interrogatorios, interrogatorio que además podrían asistir en directo desde el cuarto adyacente. Máxime cuando Peru le vio sentado en una silla, frente a una mesa en que además del micrófono, tenía un vaso de cristal con hielos y una botella de güait label, recién abierta, esperando a comenzar a vaciarse.

2 comentarios: