miércoles, 14 de mayo de 2014

VIII Una tarde cualquiera en Torrebertán

VIII
El suave susurro del motor le hizo cerrar los ojos y recordar como llegó al pueblo un par de meses atrás. El problema, o la ventaja según quien lo mire,  de ir de Getxo a Torrebertán, es que sí o sí, había que atravesar la provincia de Burgos, y es imposible atravesarla sin sentir las ganas de degustar al mediodía unos tiernos lechazos asados, en el caso de nuestro amigo, tragarse unos cuantos cuartos, por lo que un viaje que debía de resolverse en unas pocas horas, tardó algo más de día y medio, ya que para facilitar la digestión, cayeron también unos cuantos vasos de orujo blanco, que si bien facilitaron la asimilación de la comida, impidieron al conductor salir del parking del restaurante, si pensamos con prudencia, porque no es bueno manejar la autocaravana con algo de alcohol en las venas, y si lo vemos desde la perspectiva del detective, porqué tenía sueño, y una cama disponible en su vehículo.

Al despertarse con las primeras sombras de la noche, y ya con el estómago como con ganas de llenarse un poquitín de nuevo, decidió quedarse a cenar de nuevo en el restaurante, ya sólo unas mollejas rebozadas con huevos fritos, pimientos rojos y morcilla, regadas por abundante ribera de roble, una par de copas de licores digestivos y de nuevo a la autocaravana a roncar.
Tampoco es que el juez estuviera muy preocupado por la tardanza de su amigo, así que cuando éste le avisó de que había llegado, le conminó a aparcar en frente de su casa, y que fuera andando hasta el juzgado, donde él le llevaría a comer.

La caminata de diez minutos le pareció a Peru ejercicio suficiente, ya que no había desayunado, por lo que al llegar a la cafetería pidió vino tinto y alguna racioncita para picar, ya que estaba esperando a un amigo para comer. La mujer que atendía la barra, la Asun, al ver el tamaño del espécimen le preguntó, sin duda ya bien informada por el juez, por la identidad de su amigo, y al oír la descripción que hizo del narizotas juzgador, se presentó como amiga suya, “Algo más que amiga” caviló Peru, y le dio un par de torreznos para acompañar el ribera, indicándole que ya había reservado la comida y que no merecía la pena llenarse con un aperitivo. Le miró con ojos tristes y le explicó que no había desayunado “¿Cuidándote, eh?”,”más o menos” mientras le pedía que le sacase entonces una botella de vino “del que suele coger Juanito para comer”. Ella se lo trajo y le comentó que ya podía aconsejar a su amigo para que también se cuidara algo. Dicho eso, se dio media vuelta y contoneándose se alejó hacia la cocina. Algo le hizo sospechar al viejo detective que entre la cocinera y su amigo había algo más que la relación habitual tabernera cliente, pero bueno, que más le daba, pensó mientras escanciaba esencias de tempranillo en su desgastada copa tasquera.

La botella ya había bajado hasta la mitad cuando oyó unos cuantos gritos de ¡Peloto!¡Peloto! y sin darle tiempo a darse la vuelta sufrió una especie de abrazo de yeti, mientras sentía como su amigo resoplaba sobre su frente para quitarse el flequillo de la frente. Tras los abrazos y saludos de rigor, y después de terminar la botella, se sentaron a la mesa donde tomaron unas cazuelas de riñones, y otras de albondiguillas, las especialidades de la casa, para seguir con un pescado parecido a la mojarra, cabrito asado y natillas con galleta maría en el centro. Unas rosquillitas con licores digestivos, cafés y copas de brandy para acabar de redondear la faena.

Al acabar, Caraqueño le dio las llaves de su casa, le explicó cual era su habitación y también le dijo que no le acompañaría ya que tenía que terminar unas sentencias. Así que se echase una buena siesta, y que luego por la tarde le explicaría el temario mientras le enseñaba la zona de chateo (que es como se denomina el poteo en Torrebertán, donde no tenían pincho-pote sino chato-banderilla), antes de ir a cenar a casa. “Algo ligero, tengo judías verdes, que es como aquí llaman a las vainas”.

No le veía al bueno de su amigo yendo a trabajar, así que tras dejarle, entró de nuevo en la tasca para tomar otra copa, mientras le espiaba por la ventana entreabierta del bar. Efectivamente, Caraqueño nunca llegó a entrar en el juzgado sino que esperó hasta que llegó la cocinera, a quien cogió de la cintura y tomaron una dirección contraria a la casa del juez. “Creo que le costará dictar una sentencia consistente tras lo que ha comido, pero yo ya no entiendo el amor”, filosofó el orondo detective tras apurar la copa, pagarla, y dirigirse silbando hasta la casa de su amigo, donde esperaba estrenar la cama para una prodigiosa roncada, ya que los efluvios de la colosal jamada estaban comenzando a abotargar su despierta cabecita.

Tras levantarse después de tres largas horas de siesta, una reconfortante ducha y ropa limpia, un nescafé suave con leche, se sentó en una butaca a la espera de que llegara su amigo. Tardó una media hora más, tiempo que Peru aprovechó para fisgar en su biblioteca y encender la televisión. Tenía en canal + de golf, así que se entretuvo un rato viendo el open de nosedonde. Caraqueño llegó con cara de satisfacción, así que debió de dictar un par de buenas sentencias. Sacó un güait label del armario, dos vasos que rellenó generosamente, y rebuscó entre los papeles de un cajón hasta que encontró un folio que pasó a Peru. Era el programa para el examen de jefe de la policía. “Algo de derecho constitucional, penal y administrativo, para ti no será un problema. Luego también hay un caso práctico, que lo suele poner Don Fulgencio, el rico del, bueno el dueño del 80% de la industria del pueblo”.  Tomó un buen trago de su vaso y se quedó mirando al techo con cara de satisfacción. Luego, tras volver al mundo real, se levantó, salió de la habitación para volver con unos libros de texto, ”Para que repases”, le hizo el gesto universal para que apurase su vaso, y le explicó que le iba a enseñar la ruta de chateo por el pueblo.

El primer día se levantó resacoso, y no pudo estudiar mucho, pero el Juez respetó el tema del estudio, y sólo salieron por la noche para cenar un poco de sopa de puerros y tortilla francesa, que les preparó Asun. Peru aguantó un par de días más así, pero al cuarto, después de comer, y medio a escondidas, se largó a una tasca para meterse unas cuantas copas de brandy, a lo que siguió una siesta, un rápido y preocupado despertar y el hacer que llevaba toda la tarde hincando los codos para que su amigo no sospechara.

Y fue a peor, al día siguiente comenzó con un chateo matutino, que tras tener unos pocos remordimientos, llamó a su amigo que alegremente se unió, para acabar tomando unas cazuelitas, seguidas por platos soperos de natillas y rosquillas con digestivos dulces, lo que propició grandes siestas. Total que los días anteriores al examen, tocaba primero el desayuno en la churrería del pueblo, con un dedal de anís. El clarete frío y transparente del mediodía acompañado por un pincho de tortilla. A las tres y media el almuerzo donde Asun, siesta y se saltaban la merienda, para acabar de chato banderilla por el pueblo, salvo los tres últimos días que acabaron cerrando varios bares del pueblo. En total si sacaba tres horas al día para repasar, se daba por satisfecho. Lo peor fue la noche antes del examen, ya que acabaron en casa celebrando el examen, ya que ninguno era excesivamente optimista de que fueran a darle el puesto.

Una buena ducha y tres vigorosas cepilladas de boca, dejaron más o menos presentable a Peru, aunque el dolor de cabeza propiciado por la abundante mezcla de espirituosos, no le dejaba casi ni pensar. En el aula estaban sus dos contrincantes, suboficiales y con pinta de ser mayores que él. Se saludaron con un leve movimiento de cabeza, y se sentó en uno de los pupitres y esperó a que el concejal de seguridad ciudadana repartiera los exámenes. Eran doscientas preguntas de tipo test, que no le costó mucho. De vez en cuando miraba a sus contrincantes que parecían sudar. Peru también sudaba, pero era motivado por el intento desesperado de su hercúleo corpachón para ir eliminando toxinas. Entregó su examen el primero, y estuvo esperando casi una media hora hasta que los otros dos entregaron los suyos. Les dieron un cuarto de hora para tomar un café, y luego presentarse en la sala de juntas, para la prueba práctica.

Peru lo tomó sólo en una esquina de la barra, mientras los otros dos, lo tomaron juntos. Le acabó haciendo gracia como se miraban de reojo, e incluso estuvo tentado de pagarles el café, pero acabó pasando. Subió hasta la sala de juntas donde vio por primera vez a Don Fulgencio, acompañado de su secretario. Esperaron a que se sentaran todos, cuando Don Fulgencio, con cara y voz de bastante cabreo, planteó el caso práctico “Mi hijo de 22 años lleva dos días sin aparecer por casa. ¿Qué harían para encontrarlo?”.

Ahí Peru se dio cuenta de las pocas posibilidades que tenía para hacerse con el puesto. Los otros dos rápidamente comenzaron a decir todo lo que se supone dice un manual sobre desaparecidos. Averiguar donde se le vio por última vez, interrogar a las personas cercanas, si ha llamado alguien. Le dio rabia que no le dejasen hablar, hasta que decidió hacerse oír por encima de todos y soltar “No es muy complicado. Si es que no ha ido tras las faldas de una mujer, lo mejor es seguir la pista al dinero. ¿Usted conoce en que bancos tiene el dinero su hijo?¿Puede acceder a sus cuentas?”. Siguió un guirigay tras lo que soltó Peru, mientras observaba al viejo hablar con su secretario.

Un mes más tarde el secretario le confesó que nada más salir del ayuntamiento, fueron al banco donde pudieron comprobar que el nene se estaba fundiendo la pasta en una casa de citas, en una de las carreteras nacionales cercanas al pueblo. Lo que tiene la experiencia*, pensó Peru, a quien esa frase por encima de las voces de los demás (Más haber sacado tres veces más puntuación en el test) hizo que el viejo votase por él, y le adjudicara el puesto.

Pensamientos que se disipan al acercarse del nuevo al pueblo, antes de llegar de nuevo a la casona de don Fulgencio

*Ver la PInkerton de Aiboa se va de fiestas (Junio 2013)