viernes, 28 de febrero de 2014

I - Una tarde cualquiera en Torrebertán

UNA TARDE CUALQUIERA EN TORREBERTÁN
(I)
El reloj del Ayuntamiento, si hubiera tenido campana, habría dado las cinco de la tarde, pero su sonido molestaba las grandes siestas de Anselmo, el antiguo ordenanza del Ayuntamiento, quién según cuentan las malas lenguas se apropió del martillete que golpeaba las bandejas metálicas del reloj, un golpe los cuartos, dos golpes seguidos, las medias y un golpe detrás de otro hasta llegar al número de la hora en cuestión, espaciados un segundo. Todavía era temprana primavera y el sol no calentaba demasiado, por lo que era muy agradable el estar sentado en la plaza del pueblo, en la terraza de la cafetería principal, tomando algo de alcohol  si se estaba todavía huérfano de siesta o comenzando a pensar en la merienda si la comida ya empezaba a estar  lejana.

La plaza principal de Torrebertán no era muy distinta de otras plazas de pueblo, aunque algo más amplia y totalmente peatonal (salvo para el coche del alcalde). Era cuadrada, quedando en el norte la entrada a la iglesia principal, siendo el resto porticado, donde estaba el ayuntamiento, el juzgado y el centro de salud, flanqueado por los clásicos comercios de una plaza mayor, la pastelería, el estanco, la tienda del fotógrafo, una librería y la cafetería principal, con su terraza al aire libre, que siempre inaguraba temporada cuando estaba para acabar Abril.

Una de las mesas estaba ocupada por tres individuos cuya conversación podría estar oyendo todo el pueblo, si no fuera porque a dos de ellos se les tenía cierto respeto por el puesto que ocupaban en el escalafón del pueblo, no porque realmente se lo hubieran ganado

-       Esta Asun si que cocina bien, y ha logrado que los langostinos que has traído del Carreful sean comestibles
-       ¡Tú no has probado langostinos como estos en tu vida!¡ Estaban saltando en el puesto de San Lucar cuando los compré ayer!
-       ¡Joder Juan! En los tres meses que llevas aquí no has comido todavía ningún langostino, así que dudo mucho que te acuerdes de como saben, y sólo faltaba que el hombrecillo éste que se esfuerza en traernos algo cuando vuelve de Cádiz, y que encima nos viene a visitar, le andes tocando los huevos, por qué no volverá. Y, ¡joé!¡ los langostinos estaban buenos, pero el lomo de atún era hors categorie!
-       ¡Qué sí, coñes, que sí, que era broma! – mientras se levantaba de la mesa y daba dos palmadas en la espalda al parroquiano protestón. Se dio la vuelta e hizo un gesto con el brazo, levantándolo en dirección al camarero que servía las mesas con el vaso vacío coronando su extremidad. Cuando el camarero le miró extendió tres dedos y se volvió a sentar.- pero ahora explica cómo has logrado dejar a tu mujer y a los niños en Madrid, y tú has podido venir hasta aquí
-       La mala suerte que sólo quedasen tres entradas para este Sábado del rey león, y como los muy carotas querían ir todos, yo puse cara de pena diciendo que no me importaba, que les esperaría en el hotel, cuando la contraria sugirió el que podía ir a ver a algún amigo. Claro que cuando se enteró quienes eráis ya no le hizo tanta gracia, y menos a la distancia que está esto, pero, tras la obra, van a cenar a una hamburguesería cercana y luego a dormir en el hotel. ¡Joder Juan, eres la …..!¡qué tengo que conducir hasta Madrid! – protestó con convicción después de que el camarero dejara tres vasos de güait label con hielo en la mesa, mientras que el mencionado hizo un gesto de “y a mí qué” con los hombros, se sopló el flequillo sobre su nada pequeña nariz, y echó en su vaso el contenido del vaso que acababan de rechazar. – Deja, ya lo hago yo.

El tercer hombre se levantó junto al camarero e imponiendo su tamaño dijo:

-       Si hombre, encima que traes las vituallas, vas a pagar tú – dejando unos billetes en la bandeja del camarero y quitando una porción importante de líquido del vaso de Juan – pero tú no te lo vas a beber todo, ¿eh Juanito?
-       Peru, recuerda que si ahora eres jefe de la policía municipal, no es precisamente por tus grandes virtudes
-       Si, cohecho ¡Aupa derecho!
-       No me lo puedo creer, Caraqueño de Juez de Instrucción de un pueblo de cuarenta mil habitantes y Peru “peloto” jefe de la Policía Municipal
-       Ten en cuenta que desde que llegué, ya no nos llaman los pitufos
-       Mejor que no te enteres como te llaman
-       ¿y a ti? El juez Cyrano, y no sigo con la rima
-       Gargamel
-       Qué originales

Y así siguieron durante un rato, el juez vestido de negro, resoplándose de vez en cuando el flequillo, Peru, con la camisa a cuadros que empezaba a reventarle por la barriga, más calvo, y algo más encorvado aunque su tamaño cercano a los dos metros causaba bastante respeto entre los habitantes del pueblo, y Gómez, policía autónomo de vacaciones que había parado en su vuelta de vacaciones para ver a sus amigos. Se encontraban glosando las virtudes de la verduritas crujientes que había hecho la Asun para acompañar los lomos de atún, cortados en taquitos y hechos a la plancha. Siguieron riéndose con las historias de Úrsula, la secretaria del juzgado, conocida en la comarca como la ursulina, a cuenta de su aspecto y rectitud moral. Cuando sonó el teléfono móvil del Juez

-       Hola Erre Erre, claro que soy el juez, y si llamas a mi teléfono móvil lo normal es que te conteste yo, ¿o no te enseñaron eso en la academia? – tapó el auricular con la mano-es el sargento Rodriguez, mi poli judicial habitual, o sea que me huele a brownie- y quitando la mano del auricular siguió escuchando


No habló mucho rato y se fue poniendo pálido. Colgó contestando con un “ahora voy” y explicó que tenía que ir a casa de Don Fulgencio, el hombre más rico del pueblo. Se quedó un segundo de pie como pensando y les dijo a sus compañeros que le había pedido que fuera en un coche discreto, y que como era un asunto policial, que le acompañasen los dos. Apuraron de un trago sus vasos, y se dirigieron al coche de Gómez, que probablemente era el único que no daría positivo en un control de alcoholemia aparte de ser el más avezado conductor de los tres. 

domingo, 23 de febrero de 2014

El cazador - Deportes

Era un Viernes hacia la media tarde, soleado, pero todavía sin haberse asentado del todo la primavera en Torrebertán, unos de los pueblos más importantes de la provincia, a sesenta kilómetros de la capital, pero lo más importante a una hora y media corta de Madrid, a sólo diez minutos de una de las numerosas autovías radiales que acaban en el kilometro cero de la puerta del sol. Era de las pocas localidades en que la crisis no había hecho mella al estar cerca de los cotos de caza favoritos de Europa, con todo lo que esa actividad conlleva. Pero no sería justo afirmar que los casi cuarenta mil habitantes del pueblo vivían de ello, sino de la próspera industria de la tapicería para coches de lujo, que llevaba ya tiempo inmemorial siendo el motor de aquella comarca.

Aunque la maquinaria podía haber sido un contrapeso en la creación de empleo, Don Fulgencio, el dueño único de Industrias Jiménez había visto con una notable clarividencia lo que podía pasar en el futuro y había creado una potente industria auxiliar en torno a la comodidad interior en los vehículos de lujo, desde la carpintería en maderas nobles hasta los adornos y cromados con metales preciosos, diversificando incluso con sillas de montar. Era un pueblo normal, donde lo único que llamaba algo la atención era el poco afecto que se sentía por los dos clubs de fútbol, que militaban en regional, mientras que el club de baloncesto, llenaba todos los viernes a la noche las tres mil quinientas localidades del Polideportivo Fulgencio Jiménez para ver a su equipo, el Deportivo, patrocinado como no por la gran industria del pueblo, lo que le hacía militar en la categoría de plata del baloncesto nacional, aunque este año estaba un poco más cerca de la cola que en temporadas preferentes. Su cancha era de las más complicadas de la liga para ganar, si bien es cierto que antes, cuando todavía no estaban homologadas las canastas y tableros, sólo perdieron en un par de ocasiones. Quedaban cinco partidos para terminar la liga, y para no descender, debían de ganar los tres partidos que les quedaban en casa.

Don Julián, el maestro jubilado paseaba plácidamente por la acera de una de las calles paralelas a la Mayor, mientras sus pisadas resonaban, no siendo interrumpido su pausado ritmo por ningún otro viandante, ya que una de las secuelas de modernidad últimamente adquiridas en el pueblo era que ya los Viernes a la tarde, salvo comercio y hostelería, poca gente trabajaba, lo que en esta temporada todavía fresquita el personal la aprovechaba para echarse una reparadora y reconfortante cabezadita. Abrió una de las puertas de cristal a pie de calle y sonó el leve tintineo de unas campanillas anunciando la visita de un nuevo parroquiano. Una voz al fondo avisó que ahora salía, mientras don Julián se quitaba el abrigo y se acomodaba en una de las sillas de barbero. Pepe Tijeras salía sonriente de una puertilla de madera que había al fondo del local saludando efusivamente a su cliente:

-          Buenas tardes, Don Julián, ¿qué tal se encuentra?
-          Muy bien, Pepe. Disfrutando de la jubilación
-          ¡Ah! El que puede, puede
-          No te quejes tanto, que a ti ya no te queda mucho
-          ¡Ay, Don Julián! Ahora con el asunto del baloncesto, mi chico no está tan por la labor por tomar el negocio familiar. Con los entrenamientos, y que la verdad es que llega reventado a casa, pocas ganas le quedan. Mire, ayer llegué a las ocho y media y ya se quería meter en la cama porque no podía más pero le convencí para que viera una película conmigo. Pero créame que no le veo mucho futuro. En un equipo como el de aquí y juega muy poco
-          ¿Le pagan algo?
-         Sí, pero como es del pueblo, le da justo, justo para mantener un coche de segunda mano e irse una semana de vacaciones por fuera, pero para poco más. ¿Cómo quiere que le corte el pelo?
-          ¿Ha estado esta semana Don Fulgencio?
-         
-          Pues como le gusta a él – y poniendo cara seria – en el más absoluto de los silencios

Ambos se pusieron a reír de buena gana y mientras Pepe Tijeras preparaba a  Don Julián para el pertinente corte de pelo y afeitado, éste le solicitó que pusiera la radio, ya que era la hora de los cinco minutos de baloncesto de Julianchu, el hijo del maestro, en lo que estaba siendo su primer trabajo como becario en el mundo del periodismo deportivo.

El saxo de Clarence Clemmons  sonó  potente en la peluquería, tanto, que Pepe Tijeras bajó un poco el volumen del solo de “Sherry Darling”, mientras la toalla caliente que había puesto en la cara de Don Julián comenzaba a hacer su trabajo de dilatar los poros y facilitar el afeitado.

El cazador, los almacenes donde encontrarás todo lo necesario para disfrutar de tu afición favorita. El cazador patrocina estos instantes. El Cazador. Deportes. Buenas tardes a todos. Hoy se juega un partido muy importante para el Deportivo. Una victoria encarrilaría el camino para la salvación ya que nos las tenemos que ver con uno de nuestros  rivales directos y ya nos bastaría probablemente con ganar los dos partidos que quedan en casa, ante rivales que ya no se juegan nada. Si perdemos, lo más fácil es que necesitemos ganar los cuatro partidos restantes con la dificultad añadida que los equipos con los que toca jugar fuera, si se juegan algo, la liga o el descenso, y ambos, patrocinados por potentes entidades bancarias, ya se han reforzado. Se ha trabajado mucho y muy duro durante toda la temporada. Se ha fichado a jugadores importantes, se ha hecho un esfuerzo por parte de nuestro patrocinador principal, y también lo ha hecho la afición llenando el pabellón los doce partidos jugados en caso, animando de principio a fin y respaldando totalmente a los jugadores. Eso nos ha permitido llegar vivos hasta el día de hoy, unidos en un esfuerzo común. ¿unidos todos? Ayer a las cinco y media de la madrugada en las fiestas de la Virgen del Portal de la capital, tres jugadores, en un estado evidente de ebriedad, y esperemos que sólo sea eso, protagonizaron una pelea a la salida del local de una peña, por intentar sobrepasarse con las camareras de la peña. El resultado fue una ceja partida y una nariz magullada, de los dos flamantes fichajes provenientes de la capital y nuestro local boy, cuya mayor contribución al juego ha sido el agitar la toalla por encima de la cabeza, nuestro agitatoallas profesional, acabo introducido en el contenedor de basuras. La intervención de algunos viandantes evitó que la paliza fuera a mayores. Este grado de implicación mostrado en las fiestas por estos tres jugadores, esperemos que no tenga reflejo en el partido de esta tarde, aunque el alero madrileño sea nuestro segundo máximo anotador. Para agitar toallas en el banquillo cualquiera del público puede bastar. Hoy a las siete y media de la tarde en el Poli el primero de los cinco capítulos del camino a la salvación. Buenas tardes a todos. El cazador, los almacenes donde encontrarás todo lo necesario para disfrutar de tu afición favorita. El cazador patrocina estos instantes. El Cazador. Deportes.

Paco se encontraba jurando en el almacén de su bar. Aunque el haber sido el primer gay en reconocerlo públicamente en el pueblo le había dado algunas ventajas y una buena publicidad, no todo el mundo era tan comprensivo, o simplemente se trataba de la ocasional maldad de los mozalbetes del pueblo que tras salir de clase, o al volver a casa después de un abundante botellón tenían por costumbre pintorrojear algunos rótulos de comercios del pueblo y el del bar de Paco era uno de los objetivos habituales. Era por la facilidad del chiste, ya que añadiendo una A detrás del “BAR” y antes de su apellido “TILLA”, quedaba el rótulo como baratilla, que aunque su dueño no lo supiera, era el mote que le habían puesto en el pueblo, tras haber pasado unos años en la hostelería de Madrid, cuando al llegar de nuevo al pueblo para abrir un bar, le puso precios de la capital, de la zona centro. Como quedó claro, tuvo que acomodarlos al nivel de los demás para que empezara a irle más gente que los “progres”, que estos consumían más bien poco por la maldita moda (para los hosteleros) de los frutolácticos y demás sandeces teóricamente sanas y naturales. También le ayudó su habilidad para sacar pinchos y banderillas de generosas dimensiones al momento, que ya colocó a un módico precio, ganando por la mano a su competencia que en general no pasaban de la tortilla y los bocatines de tocino y tranchete hechos por la mañana, cuando no del día anterior.

Cuando salió de su local con el frasco de disolvente y un trapo en la mano se quedó sorprendido al ver que una ambulancia estaba aparcada en la puerta de la peluquería de Tijeras, mientras éste estaba en el asiento trasero del vehículo de la policía municipal. Iban con las luces dadas pero sin la sirena, por eso no los había oído. Cuando amagó el acercarse para ver que había sucedido le paro el vozarrón del cabo Aurelio. “¡Eh Tilla! Vuelve a tu bar que aquí no hay nada que ver”. A regañadientes se metió dentro pero tardó dos segundos en ponerse a fisgar a través de las cortinas de su bar con lo que él pensaba era cierto disimulo, ciscándose en lo bajo en el cabo del que Paco pensaba, no sin razón, tenía cierto toque de homofobia. Cuando ambos vehículos desaparecieron calle abajo, Paco se asomó a la peluquería, que estaba cerrada con llave y con la cortina echada, pero al haberlo hecho con prisas quedaba una raja por la que el hostelero se puso a mirar con malsana curiosidad. No vio mucho, solo una toalla con manchas de sangre en el suelo. 

Mientras Jualinchu salía de la emisora con dirección al partido. Uno de los más becarios que él, le había mirado con respeto y le preguntó “¿no te has podido pasar un poco?”. Bajó las cejas en un gesto condescendiente y le contestó que esto era el periodismo que le habían enseñado en la Universidad de Leioa, mientras por dentro pensaba, que para cinco que nos oyen, y uno que escucha. Iba caminando por la calle cuando en un gesto instintivo se tocó el bolsillo, y notó que le faltaba algo “el móvil”, y haciendo un poco memoria recordó que se lo había dejado en la mochila tras ir al gimnasio a hacer un poco de cinta. Tampoco le preocupó mucho, llevaba su Tablet que era capaz de grabar todas las entrevistas que hicieran falta. El estómago protestó con un ligero gruñido, ya había pasado la hora de la merienda y le estaba tentando mover un poco la mandíbula. Por un momento se recreó en la idea de coger uno de los bocatas de jamón con pimiento verde recién pasadito por la plancha que preparaban en baratilla, pero la idea de tener que sacar la cartera cuando hacia las ocho y cuarto pasaditas iba a tener la opción de estar en la sala de panchitos del poli, donde tenían siempre los invitados del dueño y los gacetilleros un buen tentempié, le dolió un poco, su sueldo de más becario tampoco daba para tanto.

A lo lejos ya divisaba las colas que se iban formando a la entrada del pabellón, aunque todavía quedaban más de veinte minutos para que empezara el partido. Iba con la cara de satisfacción del que sólo tiene un privilegio en su vida, justo en el momento que iba a hacer uso de él. Rodeó el polideportivo hasta la puerta de acceso a los vestuarios presentando su carnet de prensa y empezando a entrar cuando con un brazo sobre su pecho lo paró el vigilante de la puerta y le dijo que esperara mientras le quitaba el pase de las manos y hacía como que lo leía.

-          Lo siento, este carnet ha sido anulado
-          ……….
-          No puede pasar por aquí
-          Llama a Eustaquio, el jefe de prensa
-          Él es quien ha dado las instrucciones para que le quitemos el pase gratis, así que retírese que entorpece el paso
-          ¿Pero tú, de que vas?

Mientras tanto, otro de los guardias de seguridad que o bien seguía la escena, o bien ya estaba avisado de lo que iba a pasar se acercó hasta la puerta para apoyar a su compañero.

-          Sí quiere ver el partido, tendrá que sacarse una entrada como todos

 Julianchu vio apoyado contra la pared junto a la sala de prensa, al supuesto jefe de relaciones públicas que con cara de no muchos amigos observaba la escena. Fastidiado y sabiendo que no iba a ir a ningún lugar por mucho que chillara y protestara, se dio media vuelta, pero con cierta determinación de ver el partido, así que se acercó a la taquilla, y tras esperar unos diez minutos de cola, compró su entrada.

Ya en el pabellón, comprobó no sin cierto horror que le habían vendido una de las peores entradas, justo la única que estaba detrás de una columna, en la parte más alejada de la cancha, por lo que iba a tener que estar moviendo el cuello de un lado para otro para seguir el partido. El reloj del pabellón marcaba que sólo quedaban unos segundos para empezar el partido, y al ver que varias de las localidades cercanas estaban desocupadas se levantó y se sentó en una de ellas, la que estaba rodeada de asientos vacios. Justo con el salto inicial una mano le tocó el hombro. Era el mismo guarda de seguridad que le había quitado el pase de prensa, quien educadamente le pedía la entrada, para a la vista de la misma decirle que ese no era su sitio y que tenía que volver a su localidad. Ante la objeción de que los sitios estaban vacios, el guarda le señaló respetuosamente la parte trasera de la entrada donde se indicaba claramente que cada espectador debía ocupar su localidad, y que en caso de no serlo así, le podían invitar a que abandonase el recinto. Por el rabillo del ojo, vio que un compañero del guarda estaba unos cinco metros detrás suyo, así que decidió que para él, lo mejor era no montar mucho ruido si quería seguir el partido, así que un poco con el rabo entre las piernas, volvió a ocupar su localidad. Algo de orgullo sintió, eso sí, al corroborar en sus propias carnes que tenía más de un par de seguidores en la radio, cosa que desde el club siempre se había negado. “Nosotros nunca seguimos las noticias de la prensa. Con saber que trabajamos y lo hacemos bien, nos basta”.

El partido no se iba desarrollando de acuerdo a sus expectativas, si bien es cierto que el alerito madrileño tras botársela dos veces en el pie fue bastante rápido al banquillo, mientras que su reserva ejecutaba con bastante solvencia las labores de alero tirador. El otro, el napia pocha, jugando por dentro estaba pasando bastante desapercibido, pero como casi siempre que jugaba, cumpliendo con sus números habituales o intangibles como gustaban de denominar los que se las daban de entendidos. Si le llamó algo la atención que a pesar de ser un partido emocionante, ni Efejota,  el hijo del dueño (2 minutos por partido y él que acabó en el contenedor como un despojo más) ni Jotaté, o Pepito Tijeras, con quien había compartido clase en el instituto, se levantasen del banquillo como espoleados como un resorte para aclamar las buenas jugadas de sus compañeros o protestar decisiones arbitrales contrarias a los intereses del equipo. Estaban sentados, aplaudiendo cuando era menester, pero sin aparentemente mostrar el habitual entusiasmo del que sabe que lo más que va a lograr va a ser un sitio privilegiado en el banquillo para ver el partido en primera fila.

En el descanso no se atrevió a acercarse ni al bar ni a la zona de prensa, ya que como sospechaba que le estaban esperando, prefería no pensar que le podían servir. El tanteo seguía igualado y las espadas estaban en todo lo alto al comienzo de la segunda parte. Así lo anotaba en su cuadernito de anillas, que aunque siempre lo llevaba encima, poco uso hacía ya que se había acostumbrado a tener las estadísticas oficiales del partido en el descanso, cosa que hoy no iba a poder ser, ya que ¡oh casualidad! Había un guarda de seguridad junto a la impresora. Si se hubiera acercado al bar, habría comprobado que efectivamente, mucha gente no seguía sus discursos en las ondas, pero sí las llamadas redes sociales, donde lo más comentado en el pueblo eran las fotos por twiter que habían colgado los dos madrileños, alegando un choque de cabezas en el entrenamiento de la mañana, previo al partido.

El partido fue igualado hasta los cinco últimos minutos, en los que el equipo visitante se atascó en ataque, logrando el Deportivo una ventaja de diez puntos que administró hasta el final entre el delirio de la concurrencia. Así que entre los aplausos finales y el júbilo colectivo, Julianchu bajó hasta ale campo para acercarse a la impresora y coger las estadísticas, pero fue un vano intento, ya que uno de los empleados del club cogió todos los papeles antes de que el llegara. Ni intentó ir a la sala de prensa para oír a los entrenadores, pero sabía que a la salida de los vestuarios podría esperar a los jugadores y quizás grabar unas palabras para las noticias locales del Sábado a las doce.

Mientras iba hacia la salida de los jugadores, le dio algo de palo grabar las entrevistas con la tableta, pero tampoco le preocupó demasiado, al final el club ponía a disposición de todos los internautas las entrevistas en la sala de prensa. Hacía ya un poco de frío y empezó a dar unos saltitos, saltitos que dejó en el momento que se contempló en el reflejo de las puertas de cristal de pabellón, ya que aunque él pensaba que tenía porte atlético, la imagen que contemplaba le devolvió a la cruda realidad. Unas voces al fondo del pasillo anunciaban la salida de los jugadores. Eran cuatro, entre los que distinguió al alero madrileño y al hijo del dueño. Alguien les debió advertir de su presencia, porque los dos miraron hacia donde estaba él, comentaron algo entre ellos, cogieron las bolsas del suelo, se las pusieron en el hombro y salieron por la puerta, yendo en dirección a Julianchu.

Al ver que se le acercaban los dos con paso decido, y percatarse de que según se aproximan, se iban haciendo más grandes mientras él se sentía más pequeño, sin tener agallas para mirar el cristal y ver en el reflejo que no era así. Nervioso desviaba la mirada hasta que alzando la vista al frente los vio a unos centímetros. Se habían desviado un poco, para no arrollarle, pero Efejota le golpeó con el hombro, haciéndole algo de daño, pero ni se atrevió a alzar la voz. Ni se dieron la vuelta, pero al mirar a su alrededor, cayó en la cuanta que más de una docena de personas eran testigos del encontronazo y ninguna mostró gesto alguno de simpatía hacia el golpeado. Se frotó con una mano el dolorido hombro y antes de empezar a pensar que lo mejor era largarse, por la puerta salía Jotaté. Se dirigió hacia él con una sonrisa, pero no fue correspondida por el jugador.

-          ¡Jilipollas!
-          ¿Pero qué te pasa?
-          ¿Qué? ¿sólo sé agitar la toalla?
-          ¡Joder! No lo decía por ti. Era Efejota el que acabó en el contenedor
-          Pero Efejota nació en Madrid, ¡Jilipollas!. Él único del pueblo soy yo.
-          Vaya…, no lo sabía
-          Pues a ver si te enteras, jilipollas.

Le apoyó la mano en el pecho y le dio un empujón, pero no fue violento, aunque contenía toneladas de desprecio. Julianchu pensó que lo mejor era abandonar el polideportivo y sus inmediaciones al comprobar que la docena de personas se había doblado sin que pudiera percibir vibración amistosa alguna, sino más bien todo lo contrario. Los encontronazos le habían quitado el hambre, pero un par de cubatas no le vendrían muy mal.

Mientras dirigía sus pasos hacia su casa se arrepentía de la idea de ir a tomar un par de cubatas. En el primer pub, según le pusieron el cubata fue rodeado por cuatro tipos, sabía que eran del pueblo aunque algo mayores que él, le tiraron la copa al suelo y le estuvieron buscando la boca, hasta que salió por patas, perseguido por el camarero que le obligó a pagar la consumición. En el siguiente, tras pasar la puerta y quedarse mirando en busca de un espacio cercano a la barra para pedir, notó como todas, o casi todas las miradas se posaron en él, y ante la perspectiva de una nueva buscada de boca, en el mejor de los casos, entendió que ese no era su día. Ya no hubo más esa noche.

Entró en casa de sus padres procurando no hacer mucho ruido. Aunque todavía no eran las once, sus padres solían retirarse pronto, porque lo que de verdad les gustaba era madrugar. Se fue a la cocina y sacó unos hielos de la nevera que introdujo en un vaso. Fue hasta el comedor y de un armario se hizo con una botella de whisky de malta, sirviéndose una generosa ración. Todavía con la botella en la mano, tomó un generoso trago, llenando el vaso otra vez. El malta, suave al paladar y mientras caía, empezó a darle un grato calorcillo en el estómago. Dejó la botella en su sitio y se sentó en un sillón orejero, buscando con la mano en la mesa el mando a distancia de la televisión, cuando se encendió la luz, y en el umbral de la puerta apareció en pijama su padre. Tenía un esparadrapo en el cuello y una cara de evidente disgusto. Le miró durante unos segundos y comenzó a echarle uno de los mayores rapapolvos de subida. Le contó que justo estaba donde Tijeras afeitándose cuando oyeron lo del agitatoallas, y éste se puso tan nervioso que le tembló el pulso y casi me corta el cuello. Pasaba justo por allí el cabo que al ver tanta sangre se asustó y llamo a una ambulancia. Le curaron en el centro de salud mientras Tijeras se deshacía en excusas, pero juraba y perjuraba que ayer pasó toda la noche con su hijo y que no había ido a la capital.

-          ¿Le viste tú en la capital al hijo de Tijeras?¿Estaba borracho con los otros dos?
-          No- agachando la cabeza- del pueblo sólo estaba el hijo del Fulgencio
-          ¿Pero no sabes que nació en Madrid?
-          Me lo ha dicho hace un rato Tijeritas

El padre le miró con algo de pena mientras ladeaba la cabeza de un lado a otro en un claro reproche, y se dio la vuelta, sin decirle nada más, apago la luz y se retiró a su cuarto. Aun estando a oscuras, fue capaz de llegar hasta la botella de malta, abrirla, meterse otro buen trago al coleto y rellenar su vaso. Se sentó mirando a la pared, justo por encima del televisor plano, con un ligero cabreo por la bronca, “a todas luces injusta” que le había echado su padre. Según acabó el tercer vaso, se quedó en el sillón en un duerme vela que se disipó en cuanto comprendió, ayudado por la notable ingesta de alcohol, que le estaban tratando con una notable injusticia, creciendo su cabreo y dispuesto a mañana en el programa de las doce a soltar una explosiva proclama sobre la forma en la que lo estaban tratando. Intentó levantarse del sofá, pero el efecto del alcohol estaba en su pleno apogeo, así que trastabilló y se dio de morros contra el suelo. En vez de apaciguarlo, lo enervó más, y a grandes zancadas por el pasillo, se metió en su cuarto, arrancó una hoja de papel de un cuaderno de anillas que tenía a mano para las grandes ocasiones y comenzó a escribir.

Entraba el sol por la ventana cunado se despertó con un buen dolor de cabeza y el estómago ardiendo. Miró el despertador que marcaba las diez de la mañana, cerró los ojos deseando no haber bebido lo que tomó la noche anterior, primer pensamiento previo al tormento de la resaca, y se levantó como un resorte. Tras salir del baño y volver al cuarto, vio el papel que había escrito la noche anterior, pero aparte de monumental injusticia y descalza putas, fue incapaz de entender nada de lo que había puesto. Con el café y las sopas de pan, fue capaz de hilar un guión para hablar “¡en cuarenta minutos!”, por lo que dejó el desayuno a medias y salió a la calle. El fresco de la mañana castellana le fue despejando algo hasta que llegó al edificio de la emisora. Subió las escaleras y cuando llegó a la recepción, le dijeron que tenía que ir al despacho del director. Llamó a la puerta y entró en el despacho.

-          ¿Has visto estas fotos?

Y le pasó el portátil que tenía abierto. En la pantalla aparecían los caretos de los dos magullados de ayer, en sendas fotos colgadas en twitter con comentarios del estilo “que dura tiene la nariz” con el fin de quitar hierro a las heridas, que según los protagonistas se las habían hecho durante el entrenamiento

-          ¿has visto a que hora se han colgado?

Debajo de los twetts venía marcada la hora de su publicación, unas tres horas antes de que Julianchu inflamase las ondas con su noticia. El director se levantó de su silla, se acercó donde estaba el futuro periodista y poniéndole la mano en el hombro le dijo:

-     Me ha llamado el secretario de Don Fulgencio, que como sabrás es también el dueño de los almacenes el Cazador, quienes patrocinan el espacio de deportes, secretario cuya afición ha sido montar el equipo de baloncesto. Y como sabes más del cincuenta por ciento de la publicidad de la emisora es de la misma fuente. Estaba cabreado y me ha amenazado con quitarme una gran parte de ella, empezando por los deportes, que es de donde cobras tú, salvo que haya un rectificación rápida y contundente.
-          Pero……….. si les vi como andaban el Jueves por……….
-      Me da igual. Además la radio local se está escudando en el twitter para tirarnos toda la mierda encima, para ver si ellos pueden pillar más cacho de publicidad.
-          Ya.. pero
-      Ni ya, ni peros, ni leches. Si quieres hablar en la radio, quiero una rectificación y sino ya sabes donde está la puerta.

Con un gesto cansado le señaló la salida de su despacho y se sentó de nuevo, dando instrucciones al técnico de turno que si el Julián cuando hablase no rectificaba todo lo dicho, le cortase la emisión con publicidad y lo sacasen del estudio. Con una mueca, giró su silla ciento ochenta grados y se puso a mirar por la ventana, quizás recordando cuando podía ser más independiente.


“El cazador, los almacenes donde encontrarás todo lo necesario para disfrutar de tu afición favorita. El cazador patrocina estos instantes. El Cazador. Deportes. Buenas días a todos. Ayer obtuvimos una gran victoria empezando el camino a lo que puede ser el mantener la categoría otro año más, lo cual no deja de ser un gran éxito para un pueblo como el nuestro, compitiendo en una categoría donde la mayoría de los equipos son de capitales de provincia y filiales de equipos ACB. Pero la noticia no estaba ahí. Desde el primer curso en la facultad nos enseñan que un periodista debe de comprobar bien las noticias que les facilitan sus fuentes antes de lanzarlas a la opinión pública. Es el primer mandamiento de un periodista que el que les está hablando, no cumplió ayer, privándole más el afán de lograr una buena noticia. Caí en aquello de que la verdad no te fastidie una buena noticia. He presentado mi dimisión, pero el director de la emisora me ha dado una nueva oportunidad cuando también le he manifestado, que en cualquier caso, quería pedir disculpas en las ondas. Las primeras son para las dos personas de las que dije que habían intervenido en una pelea, que nunca existió. Y especialmente pido disculpas a nuestro jugador local, que ha llegado a jugar en el equipo de su ciudad tras haber realizado durante más de doce años un gran esfuerzo en entrenamientos y canchas al aire libre donde se pasaba de una pertinaz lluvia a un tórrido sol, y que tantas veces hemos tenido que darnos protección solar antes de jugar un partido. De todo corazón pido disculpas de nuevo y prometo que esto nunca más volverá a pasar. Buenas días a todos. El cazador, los almacenes donde encontrarás todo lo necesario para disfrutar de tu afición favorita. El cazador patrocina estos instantes. El Cazador. Deportes.

viernes, 14 de febrero de 2014

El calzador de Potes

Subió con lentitud los tres escalones del autobús con una cara de satisfacción plena, la cara que se puede tener después de haber dado buena cuenta de un cocido liebanés, doble plato de sopa y de garbanzos y uno sólo de carne cocida de chon, ya que no quería perderse el genuino mantecado del postre, con un chupito, cortesía de la casa, de auténtico orujo blanco de Potes. El chófer le avisó de que todavía quedaba un cuarto de hora para salir, algo que no le importó mucho mientras se acomodaba en su asiento, asiento privilegiado ya que era la primera fila del autobús. Sacó de la funda de plástico la suave manta que habían comprado por la mañana en el mesón que pararon a desayunar, y empezó a acariciarla con descuidada satisfacción pensando en la cabezada que se iba a echar en el regreso a Bilbao. De hecho se le empezaron a caer los ojos y tuvo una visión, interrumpida cuando la cabeza perdió su equilibrio y se le fue para un lado. "¡La mama!¡ No le he comprado nada!

Se levantó como un resorte y quiso salir corriendo, pero tuvo que esperar a que un par de ancianos subieran al autobús, cuya única preocupación en lo que les quedaba de vida parecía ser no perderlo y quedarse en tierra, a los que el chófer les recordó que aun quedaban diez minutos para la salida. Se había quedado dormido ¡cinco minutos! pensó aterrorizado mientras corría intentando recordar donde estaba la tienda de regalos con recuerdos del valle. Se detuvo un momento para recuperar el resuello con la sensación de que el estómago le iba a salir por la boca, y apoyando una mano en la pared reflexionó sobre que las cosas hay que hacerlas con inteligencia. No había pasado un minuto y lo único que tenía que hacer era controlar el tiempo, por lo que programó el cronómetro de su reloj para que le avisara cuando transcurrieran ocho minutos ¡siempre tendría tiempo para llegar de nuevo al autobús!

Lo que tiene la autocomplacencia por lo que tú piensas que son buenas ideas es que te quedas durante unos instantes mirando al vacío, y con la andorga llena, ese lapso de tiempo puede ser mayor. ¡Ya el cronómetro marcaba seis minutos! y la cuenta atrás seguía avanzando inexorablemente.. Despertó de su ensismamiento y a lo pollo sin cabeza comenzó a correr, sin saber para donde. Dobló una esquina, perdiendo ya de vista el autobús, cosa que le empezó a preocupar, pero a una manzana divisó un cartel de bebida refrescante que anunciaba una tienda con recuerdos de Potes. Suspiró aliviado y aun paso ligero, sin correr ya que estaba empezando a sudar, se fue acercando hasta su objetivo.

"¡Bien, bien, he llegado!" y en un gesto instintivo se palpó la cartera, se llevó la mano a las caderas, enganchó los dedos al pantalón, y se lo subió, ajustando la cintura a su ya incipiente tripilla, ligeramente más hinchada por el cocido ingerido. Ya cómodo con los pantalones paseó su vista por los distintos estantes para ver que podía llevar a su madre. Un negro presentimiento cruzó como un negro y picudo cuervo su mente, y volvió a palparse la cartera, pero ahora en vez de subirse los pantalones se sacó la cartera del bolsillo. ¡Mierda! Sólo le queda un billete de cinco euros. Había sacado sesenta euros del cajero para la excursión, se había dejado doce en el desayuno, tres en los dos blancos antes de la comida, y los otros cuarenta se los había dejado a Tomás, por si no encontraba un cajero de su caja de ahorros, "ya sabes como son con las cajas vascas fuera de Euskadi, Pontxete, no dejan abrir en todos los sitios", ya que quería adquirir una colección de media docena de botellas de orujo "A mí el que me gusta es el de miel, pero ya sabes, cuando vienen visitas, que si el yerbas, el de café, el licor, e incluso uno me suele pillar del blanco".

Se le vino el mundo en un instante, pero al siguiente encontró el lado positivo, no iba a tener muchos problemas en elegir, ya que no habría más de dos o tres cosas que pudiera comprar, un dedal de cerámica, un posa platos con una foto de Potes y una especie de palo plano terminado en algo redondo de unos veinticinco centímetros que ponía "Recuerdo de Potes". Desechó rápidamente el dedal, la mama los tenía paquete, así que se quedó entre el palo y el posa platos. Cuatro minutos, tres cincuenta y nuevo, cincuenta y ocho iba marcando inexorable el cronómetro ¡y en la caja había una cola de tres personas!¡Tenía que decidirse ya!, pero ¿qué coño era el palo?. El posa platos no le había convencido, pero al menos, debería saber que era el palo. Lo cogió con la mano y lo examinó. Tres minutos y dos segundos, uno..... 

Claro, aquello tenía que ser una cuchara para remover el cocido. Tenía que ser una tradición de allí el hacer el cocido con cuchara de palo, aunque el final de esta cuchara era un tanto especial. Sería para no poder probar mucho. Miró el precio, cuatro con noventa, y se dirigió a la caja para pagar. Justo le tocó delante la típica tipa que pensaba que podía pagar todo con monedas, hasta que después de contarlas comprobó que no le llegaban por dos Euros, así que metió de nuevo las monedas en el monedero, metió el monedero en el bolso, después de rebuscar sacó el billetero, lo abrió y dejó en el mostrador un billete de cincuenta."¡Ah!, a lo mejor tengo dos euros con cuarenta" para que no le diesen monedas, y repitió toda la operación de nuevo. Cuando llegó su turno, estaba tan exasperado que se le olvidó preguntar que concho era aquello "¿Se lo envuelvo para regalo?". Negó con la cabeza, cogiendo la bolsa de plástico y pasando de las vueltas, ya quedaba menos de un minuto para que el autobús saliera y empezó a acongojarle la sensación de poder quedarse en tierra, el cronómetro ya había bajado del minuto.

Salió corriendo todo lo que daban de sí sus cortas piernas y al doblar la esquina vio a lo lejos como el autobús ya había arrancado pero quedaba un margen para la esperanza, seguía con la puerta abierta. Siguió corriendo mientras el chófer del autobús le iba dando ráfagas de luces con las largas. Se le salían los pulmones por la boca, pero jadeante llegó y subió sentándose corriendo en su sitio, justo cuando el cronómetro empezó a sonar por haber llegado a cero. Con una sonrisa de satisfacción esperó a que se cerrase y puerta y emprendiese la marcha, pero no fue así. Miró para atrás y casi más de la mitad de los asientos permanecían vacíos. Todavía esperaron unos diez minutos entre los gruñidos del chófer y las sonrisas con pinta de disculpa de todos los tardones. Cuando entró el último, Tomas dio la orden de partir al chófer.

Sentado junto a Tomas, se sintió satisfecho por la excursión mientras su amigo empezó a curiosear en su bolsa de plástico. No le hizo mucha gracia, pero ese día le podía perdonar todo ya que sino fuera por él, no habría ido a la excursión ¡gratis!. aunque tuvo que pedir un moscoso para poder acudir, no le importó mucho. Todos los años preparaba la excursión para ir a comer algún plato de cocido por los alrededores de Bilbao con el club de jubiletas del alto recalde. Al organizarlo, el viaje y el papeo le salía gratis a él y a su acompañante, que este año le tocó a Pontxi. Por eso no le puso mala cara cuando enseñándole la cuchara le preguntó que era aquello. La volvió a meter en la bolsa, una vez se hubo cansado de remirarla y se recostó en su asiento. No tardó mucho en dormirse arrullado por el soniquete de Tomas hablando con los vecinos del asiento de atrás sobre cuando Saltacaballos era Saltacaballos. No se despertó hasta que entraron por Sabino Arana.

"¡Mira mama, mira que te he traído!" mientras sacaba el palo de la bolsa, que ahora le pareció que no estaba tan recto como cuando lo miró en la tienda, " te he traído una cuchara especial para remover el cocido". La madre le miró y luego cogió el palo que le dio su hijo tras agradecérselo con entusiasmo. Fue hasta la cocina y dio la vuelta al utensilio donde había algo escrito. Se puso sus gafas de ver de cerca y además del made in China ponía claramente lo que era aquello, un calzador. Este hijo mio es tonto, pensó la buena mujer con toda la razón del mundo. Metió el calzador en el cajón de los utensilios de cocina, se quitó las gafas y fue donde su hijo al que le dijo que un día de estos haría alubias y que podía invitar a su amigo. Mientras tanto, abajo en Zugastinovia Tomas explicaba a un par de colegas como su amigo había intentado hacerle pasar un calzador por una cuchara "y como le hace mucha ilusión creer que me ha tomado el pelo, le he seguido la corriente". En casa, satisfecho, Pontxi sacaba el brick de tinto de la nevera para ponerse un generoso vaso y sentarse ante la televisión para ver el telediario. 

sábado, 8 de febrero de 2014

El cazador de portes

EL CAZADOR DE PORTES

Abrió los ojos sintiendo todavía el calor de las sábanas. Se desperezó metódicamente y apoyó su cabeza en la almohada con las palmas de sus manos bajo la nuca. Aurelio sonrió satisfecho al oír ruidos que provenían de la cocina. Ayer también había triunfado. Aunque tampoco olvidaba las sonrisas irónicas de sus amigos cuando en el bar del cruce de Colunga con la Griega, anunció que se iba a casa, que aquello era un poco tubo. “Qué vas a Berbes, fijo, pero ¿A casa o la tasca de la amarrevaques, que ahora cierra?”. Se marchó sin hacer caso de sus amigos. La verdad es que solía salir con Susanita cuando andaba por la aldea, y aunque también era cierto que estaba algo rellenita, bueno más bien gordita, el mote que le habían puesto sus amigos a su novieta ocasional, era algo, bastante cruel.

Ocasional por el trabajo de transportista de Aurelio. Últimamente estaba obteniendo trabajo a través de subasportes.com, una página web que sacaba a subasta transportes ocasionales, sobre todo de particulares. Había oído que era algo copiado de un programa americano. Al tener una pick up con remolque para animales, ya habilitado para cargas de todo tipo, podía ofertar sobre todo transportes algo especiales, como cuando el acceso al lugar de carga era algo complicado, que eran los que desechaban las empresas tradicionales. Su matutina satisfacción era sobre todo debida a la subasta que ganó ayer. El porte de una casa de muñecas de Viveiro a Cádiz, que la había ganado por 1.300 Euros. Podrían ser unos 300 Euros en combustible ida y vuelta, otros 100-150 en gastos, y el resto limpios al bolsillo. Bien era cierto que la casita era grande, siete por dos y casi tres metros de altura, pero se acoplaba perfectamente a su remolque, pero fantaseaba con poder obtener uno que le pillara para el viaje de vuelta, y ya había hecho el mes. Tenía que estar hoy, pero con la nueva autovía abierta, no tardaría mucho en llegar, podía salir al mediodía y hacer noche ya muy cerquita de Cádiz. Apareció Susanita embutida en la camiseta de surf que llevaba él ayer. Al verla, y muy satisfecho de si mismo dio unas palmaditas a la almohada para que ella volviera a meterse en la cama. Se quitó la camiseta y se metió con una risilla que quería ser traviesa. Él la abrazó y ambos se sumergieron en la profundidad de las sábanas.

Ya habían pasado las dos de la tarde y de pie, apoyado en la barandilla del porche de su casa, contemplando los quinientos metros cuadrados de prado que tenía. Totalmente desnudo, pero oculto a los ojos de los posibles paseantes por el seto de tres metros que bordeaba su finca. Por si acaso, procuraba ponerse en línea recta con una palmera que estaba junto a la cancela de entrada, por si hubiera quedado abierta y a alguien se le ocurriera mirar para dentro. Apuraba un pequeño purito, único lujo que se permitía tras un alborotado retoce, esperando que le preparasen la comida. Había abierto una par de latas de tomate, mientras ella se duchaba a la vez que se cocía la pasta. Había dejado de correr el agua del baño, cuando sonó el teléfono. No le hizo caso, ya que tenía puesto el contestador automático. Oyó los pasos de Susanita y le gritó “¡Eh nena!¿me puedes traer una birrita?”, Pegó las últimas caladas y  arrojó la colilla al jardín. La oyó llegar y se dio la vuelta. Parecía que se había vestido corriendo y no se había secado el pelo. En una de las manos traía abierta la lata de tomate que le había dejado para aderezar la pasta. Llevaba cara de enfadada con los labios muy empequeñecidos en un serio gesto que quitaba cualquier disimulo al fino vello negro que coronaba su labio superior. A Aurelio se le heló la sonrisa cuando con voz gélida ella le dijo. “¡Son muy graciosos tus amiguitos!, ¡pero acuérdate quien era el que lloraba en la escuela cuando le llamaban carapolla!” y mirándole de arriba abajo con cara de absoluto desprecio le plantó el bote de tomate en la cabeza mientras le espetó un sonoro hijo de puta.

En aquel momento, totalmente pringoso sintió la necesidad de cubrirse, pero comprendió que antes tenía que pasar por el baño. Se duchó con parsimonia, meditando sobre lo que acaba de pasar, mientras se frotaba con contundencia para intentar quitarse la sensación de pringue rojo que se le había pegado a la piel. El recordar la película de Carrie tampoco le estaba ayudando a recuperar una plena sensación de aseo. Secándose la cabeza con una toalla se puso unos bóxer y fue hasta el teléfono donde puso el mensaje por el que ella casi le mata. Era la voz del Picu que carcajeante le preguntaba si se lo había pasado muuuuuuuuy bien con la amarrevaques, y que la próxima vez que me fuera tan pronto a casa, la dijera que no aparcara la vaquemóvil en la puerta de  la casa.

Acabó de secarse el pelo y quitó el volumen, ya para siempre, al contestador automático. Apuntó mentalmente en vengarse del “Picu” cuando tuviera la primera ocasión propicia. Sí,  la próxima vez que estuviera a punto de pillar haría algún comentario sobre alguna supuesta enfermedad venerea. Una vez vestido abrió su portátil para revisar los datos de recogida, y se llevó una sorpresita. El lugar de recogida era Viveiro, pero no el de la costa, a algo menos de dos horas sino Viveiro camino de Igrexa. No estaba muy alejado del otro Viveiro, pero se accedía por una serie de carreteras secundarias, lo que suponía, al menos, una hora más de viaje. Miró su reloj y eran las dos pasadas. Si intentaba ponerse algo para comer, no salía antes de las cuatro así que cogió un yogurt de la nevera, se lo zampó en dos cucharadas mientras preparaba una bolsa con algo de ropa y fue raudo a enganchar el remolque a su camioneta. Metió un par de tablas rectangulares con ruedines a modo de transportín, las que usaba con “Picu” en las carreras de coches locos del Merón, ya que probablemente habría que usarlas para cargar la casa de muñecas, y lo cerró. Hizo acopio de los cargadores para el coche y para la pared del portátil, móvil y gps, los puso en el asiento del copiloto y arrancó.

Estuvo tentado de parar en la tasca de Susanita para disculparse, o al menos intentar arreglarlo, pero recordó que su hermano pequeño solía dejarse caer a los mediodías, y si ella  estando furiosa no era recomendable, su hermanito, sacaba una cabeza a Aurelio, lo era mucho menos. Así que suspiró resignado, y fue en dirección a Colunga para tomar la autopista. Su estómago protestó de hambre, no había comido nada después de haber estado practicando ejercicio durante buena parte de la mañana, pero decidió esperar a llegar a Galicia para parar y comer algo. Una buena ración de tarta de Santiago en Mondoñedo, ya que justo a la orilla de la carretera se encontraba uno de los lugares más adecuados para degustar algo dulce, “El rey de las tartas”.

El tiempo se estaba fastidiando. Algo había oído sobre un nuevo temporal que entraba por Estaca de Bares. “Estaca de bares” así era como llamaban a zonas de bares del centro de Gijón y Oviedo con precios más altos que los que encontraban en Berbes o en Colunga, e incluso de Ribadesella. Era por el palo que metían. Y así, pensando en todo tipo de chorradas iba entreteniendo el viaje, ya por las carreteras secundarias, tras haber tomado el desvío en Abadín. Para llegar hasta su destino, tenía que pasar Viveiro, y justo al pasar un puente sobre el río Ladro, tomar un camino amplio de grava, donde a unos quinientos metros encontraría una casa de piedra, donde lo estaban ya esperando. Se alegró de no haber comido mucho en el hostal del rey, ya que la carretera, aunque con un piso en buenas condiciones, tenía bastantes curvas.

Atravesó la pequeña aldea mientras el horizonte estaba cambiando su color a un gris oscuro que no presagiaba nada bueno. Llevaba el número de su cliente ya en la pantalla del móvil, por si no encontraba el cruce, algo habitual, pero las instrucciones eran muy precisas. Justo pasado el puente en el que en un diminuto cartel aparecía el nombre de aquella corriente de agua, estaba el desvió anunciado. El camino de grava tenía una curva de noventa grados nada más empezar, introduciéndose en un denso bosque de pinos que oscurecía aun más el ambiente, haciendo que pareciese de noche, aunque todavía quedaban unas pocas horas para que se echase encima. Recorridos algo menos de los quinientos metros, aparecía un claro, y en medio una casona cuadrada de piedras grises en el que las manchas de musgo en las ventana superiores con apariencia de ojeras, daban un aire tétrico a la casa. Aurelio, aunque no era impresionable, notó como un escalofrío le recorría por la espina dorsal. Dudó en si tocar la bocina, pero un hombre salió de la casa y se dirigió hasta el coche. Aurelio también salió de su camioneta y se acercó hasta su cliente.

Era un hombre de estatura media, calvo con pelo descuidado y negro que le caía por la nuca y los laterales, ojos redondos con ojeras grises, nariz fina larga y aguileña, unos labios que parecían apretados de lo morados, uniendo un delgado cuello la cabeza con un cuerpo como de medía ó, algo fofo, rematado por dos palillos a modo de piernas que acababan en unos brillantes zapatos puntiagudos de charol reluciente. Llevaba una bufanda gris que le caía por el cuello, acompañando a un traje negro con camisa negra. Las manos las llevaba entrelazadas a la altura del pecho hasta que las soltó para darle un buenas tardes, mientras le ofrecía la mano. La tomó pero se quedó con muy mala sensación ya que estaba blanda, fría y sudada. Pero había venido a trabajar y no a opinar sobre la apariencia de su cliente, así que tras intercambiar un par de frases sobre el tiempo y con la pinta que tenía, empezó a hacer las preguntas pertinentes para cargar en su remolque la casa de muñecas.

Llevó el remolque de culo hasta ponerlo cerca de una gran puerta de madera, para así tener que recorrer cargado con la casa de muñecas el menor espacio posible. El hombre, De Gozón, Hilario De Gozón, como se le había presentado, abrió la puerta y ante él apareció la casa de muñecas más grande y más tétrica que jamás iba a ver. Por lo menos las dimensiones eran las acordadas e iba a encajar holgadamente en el remolque. Además, la forma del tejado, tirando a plano iba a ayudar a asegurar la carga con cinchas, por lo que Aurelio empezó a ver el viaje con más optimismo, que comenzó a desaparecer cunado comprobó que él solo no iba a poder colocar los transportines bajo la casa y su cliente no parecía dispuesto a mover un solo dedo.

Al ver los vanos esfuerzos de Aurelio, Hilario le hizo un gesto para que parara. Le dijo que iba a buscar ayuda y desapareció por la parte de atrás de la casa. Oyó pasos acercarse y tras Hilario apareció un gigantón que superaba con holgura los dos metros, al que presentó como Coqui. Llevaba unas toscas sandalias y una especie de pantalón de saco que sólo le llegaba hasta los gemelos atado a su cintura por un cordel. Una sucia camiseta de tirantes le tapaba el torso y un grueso cuello daba paso a un cuadrado cabezón monumental rematado por una mata de pelo negro y rizado. Lo primero que le pasó por la cabeza al chófer fue que si le ponían un tornillo en el cuello y otro en la frente, ya tenía el vivo retrato de Frankenstein. Más sorprendido que asustado escuchó la explicación de Hilario sobre su sobrino, sordomudo de nacimiento y de un tamaño monumental, por lo que era complicado encontrarle ropa. Coqui era más feliz viviendo apartado en medio de la naturaleza, por ello cuando encontraron aquella casa  retirada, se fueron a vivir allí. A pesar de su tosca apariencia, continuó sin importarle si le prestaban atención o no, tiene arte en las manos y el mismo construyó esa casa de muñecas, que aunque no lo parezca, abriéndola por la mitad, se convierte en un teatro de marionetas.

A Aurelio le preocupaba más el que la noche se le estaba echando encima, pero como comprobó, el gigantón tenía una fuerza descomunal y en poco tiempo pudieron montar la casa en las plataformillas rodantes, meterla en el remolque y asegurarla con cinchas. Agradeció al gigantón con amables palabras su ayuda, y éste pareció comprender lo que le decía ya que le sonrió y le dio unas cuantas palmaditas en la espalda. A punto de montarse en la pickup , notó un pinchazo familiar en la tripa, no había probado casi bocado en todo el día. Preguntó, sin grandes esperanzas, por algún sitio cercano e Hilario le indicó un restaurante en Viveiro, el “sete pratos” donde le darían de cenar “de vez en cuando nos dejamos caer por allí. Las mujeres que lo llevan son muy amables con Coqui”. Lo último que vio por el espejo retrovisor cuando salía de la finca fue a Coqui despidiéndose con la mano, mientras la otra la apoyaba en el hombro de su tío. “Curiosa pareja”, pensó para sus adentros.

Entró en el pueblo, y no le costó mucho descubrir el restaurante. Aparcó el vehículo sin problemas cerca de la puerta, ya que la carretera al hacer una curva en mitad del pueblo dejaba una especie de semi plaza y entró. Era un bar normal, con su barra al fondo, y en los laterales, puertas que daban acceso a dos amplios comedores, que estaban con la luz apagada. En el mismo bar había cuatro mesas, una ocupada por tres personas, y las otras libres. Un parroquiano apuraba un vaso de vino mientras con ojos vidriosos parecía mirar el horizonte. Las mesas tenían manteles de hilo con cuadrados blancos y azules. Preguntó a la señora que estaba en la barra si podía cenar, aun eran las ocho, y le señaló una mesa. Se acercó y le preguntó si quería almejas. Tras la respuesta afirmativa, Aurelio iba a empezar a preguntarle si podía elegir alguna otra comanda, pero la mujer ya estaba en la cocina.

Mientras esperaba, se fijó en la otra mesa ocupada, donde por los retazos de conversación que captó, se trataba de especialistas en temas eólicos, pues como ellos afirmaron estaban en una de las zonas más pobladas de aerogeneradores de toda la península ibérica, quizás sólo comparable a la zona de Algeciras. Uno era un francés y era el inspector, el otro un tipo de Bilbao, de la compañía eléctrica y el tercero, con un aire muy socarrón, era el nativo, el encargado de la zona. Agudizó el oído para al menos entretenerse pero llegó la mujer, le plató una perola rebosante de sopa con fideos, pan y agua y le preguntó si quería vino. Aurelio, pensando en conducir, desechó esa posibilidad, ya habría tiempo para tomar algo antes de irse a la cama.

La sopa no era nada especial y tampoco tomó mucha. Apareció la señora con otro perolo, esta vez de cocido gallego, y le quitó el de la sopa. Esto sí que estaba bueno, pero tras el tercer cazo le dio la sensación que la comida iba a ser abundante, así que devolvió ese cazo al perol y comenzó a degustar el cocido con tranquilidad. Efectivamente, todavía no le habían traído las almejas y el perol de alubias había sido sustituido por un plato lleno de delicias porcinas, tocino, costilla, chorizo, morcilla, orejas y morro, acompañados de una gigantesca berza cocida, que tenía un sabor increíble. ¡Y todavía no habían llegado las almejas!, que hicieron su aparición al de un ratito. Ración abundante acompañada de una salsa roja exquisita. Acabó a duras penas, y tuvo que pegar una untada para hacer justicia a aquella salsa increíble. Por curiosidad miró a la mesa de al lado para contemplar como el vasco y el gabacho se peleaban por el último trozo de pan para pegarle la untada definitiva a la bandeja de las almejas.

Bueno, pues había más pensó con desesperación mientras le traían una fuente de carne guisada con patatas fritas recién hechas. No pudo evitar probar la carne, tierna, y las patatas fritas, absolutamente crujientes, pero no quería comer más y llamó con un gesto a la mujer pidiéndole un café y la cuenta que tenía prisa. “¡Ah!¡Eso sí que no. Tienes que tomar el requesón y la tarta!” le gritó mientras el gallego de la  otra mesa parecía estar a punto de reventar de risa, si bien, también podía ser por la cruenta pelea entre los otros dos comensales por acabar las patatas fritas, que dicho sea de paso, eran de diez.

Tuvo que probar el excelente requesón casero, la tarta, casera, aunque como la sopa desmerecía un poco al resto, y con el café le trajeron orujo blanco “detalle de la casa” que a la vista de los acontecimientos no despreció, tomando un par de chupitos. Se levantó pidió la cuenta sin dar mucho crédito a los dieciséis euros que le estaban cobrando. Dejó veinte, puesto que hacía tiempo que no comía de esa manera, y sin mirar atrás, los otros estaban comiendo la tarta a dos carrillos, se metió en el coche. Eran las nueve y se puso como objetivo llegar a una especie de motel que había antes de llegar a La Bañeza, un sitio con amplio parking. Le llevaría cerca de tres horas, por lo que no encontraría nada abierto, así que en cuanto encontrase la primera gasolinera  pararía a por una bolsa de hielos y una botella de whisky, para tomar unos tragos en su cuarto, antes de echarse a dormir.

Tardó algo menos de lo esperado, y tras aparcar cerca de la entrada a su habitación, el motel era una sucesión de habitaciones adosadas en planta baja en forma de semi luna, pagar por adelantado, se tumbó encima de la cama, despojándose de los zapatos, llenando uno de los vasos del cuarto de baño hasta arriba de hielos y de whisky barato. Encendió la tele y se dispuso a ver un programa de deportes. Le costó dormirse, pero cuando ya apenas quedaban cuatro dedos de licor en la botella, el sopor por el alcohol ingerido, se apoderó de él y cayó profundamente dormido, no sin antes tirar de un manotazo el vaso de hielo que al golpear el suelo se hizo añicos, aunque el ruido no fuera suficiente para despertarle de la impresionante castaña que llevaba encima.

Abrió los ojos y tardó unos minutos en acordarse donde estaba. Cuando miró hacia la mesilla y contempló el nivel de la botella empezó a recordar. Miró su reloj y al ver la hora, más de las diez de la mañana, se levantó de un salto y fue hacia el baño. Tardó un rato en salir, otra vez con una toalla secándose la cabeza. Al comprobar que por la noche no se había quitado la ropa, cogió la bolsa, el portátil y rápidamente fue hacia la camioneta. Sin pensarlo dos veces, arrancó y salió del parking con la intención de coger cuanto antes la ruta de la plata hacia Cádiz. Le dolía la mano, pero no la hizo caso hasta que llegó a la autopista. Allí comprobó que tenía un corte profundo por la mano, debajo del dedo meñique, pero tampoco la hizo mucho caso, ya que el estómago le ardía y la cabeza le estaba a punto de reventar. Una hora más tarde paró en un área de descanso para mirarse la mano, y descubrió que tenía la camisa y el pantalón manchados de sangre. Se cambió la camisa por un niqui, ya que en el pantalón, un vaquero oscuro, no se notaba tanto. Entró después en la gasolinera, se compró un par de cafés de los que se calientan solos y venda con esparadrapo, con el que se cubrió la herida. Se quedó con la sensación que debía desinfectarla, pero ya compraría otra botella de licor, probablemente vodka esta vez, y se la limpiaría mejor.

En ese mismo momento, la señora encargada de la limpieza en el motel entró en la habitación contigua a la ocupada por Aurelio. Estaba todo apagado, y en vez de encender la luz, descorrió las cortinas. Notó un olor raro y se dio la vuelta. Un alarido recorrió todo el motel, alarido que como si fuera la sirena de salida de una fábrica, se seguía repitiendo. El dueño y uno de los encargados de mantenimiento salieron dejando sus ocupaciones y se encontraron en mitad del amplio parking mirándose totalmente desorientados. Uno de ellos reaccionó al ver una puerta abierta, que era de donde provenían los gritos, dirigiéndose hacia ella, seguido por el otro. Llegaron a la vez a la puerta y allí se encontraron a Regi, todavía gritando, de pie, junto a una orgía sangrienta con dos personas, hombre y mujer, con grandes hendiduras en el cuello y sin ninguna duda, muertos.

Media hora más tarde el parking ya había sido tomado por la Guardia Civil. Habían venido tanto de Benavente como de Astorga y estaban esperando a que llegara el comandante del puesto de León. Toda la zona estaba acordonada y estaban dejando actuar al médico forense de Benavente quien por la temperatura de los cuerpos, no estaban fríos todavía, estimó que no hacía más de dos horas que les habían dado el matarile. El brigada Juan,  que estaba a cargo de todo, acordonó todo el parking, solicitó una lista de todos los huéspedes del motel y al enterarse que había una cámara de seguridad, pidió las cintas. Un sargento le preguntó si hacían algo y le dijo que por el momento hacer acopio de café y bollos, y a esperar que llegasen los de la científica para ponerse a sus órdenes y empezar con el trabajo de campo. Además, este va a llamar la atención de la prensa, por lo que no será raro que este asunto se lo encarguen a los listillos de la brigada central de homicidios de Madrid. Para una vez que podemos ver algo entretenido, masculló entre dientes el sargento, procurando que no lo oyera su superior, que aunque eran colegas, al jefe no le gustaba que se refunfuñara en el cuerpo.

Llegó la científica con un teniente al mando que ordenó despejar la zona, mientras él y su equipo se enfundaban en trajes blancos de plástico para empezar la investigación en el cuarto de donde todavía no se habían retirado los cuerpos. A los números que andaban por ahí les mandó peinar la zona, con el consentimiento de Juan. Éste, acompañado del sargento fueron hasta la oficina del dueño, donde pudieron visionar las grabaciones de la cámara de seguridad. Lo único que llama algo la atención es cuando Aurelio pasa corriendo por el parking para meterse en su pickup y salir con mucha rapidez. Al preguntar al dueño si sabía quién era aquel, le paso la ficha de Aurelio. El nombre, como es obvio, no les dijo nada y preguntó si habían hecho ya la habitación del tal Aurelio. Esa era la contigua al lugar del crimen. El dueño creía que no, ya que la ronda la empezaba la mujer por el otro lado. “Déjanos la llave maestra” le pidió Juan mientras se levantaban para realizar una inspección visual. Justo cuando se acercaban a la habitación, uno de los números que andaba husmeando por el parking, llamó a sus jefes para decirles que había encontrado lo que podía ser un rastro de sangre, que justo salía de la habitación que había ocupado Aurelio. Le pidió al número que llamara a uno de la científica para que cogieran muestras de esa sangre, y seguido por el sargento abrió la puerta. Se encontraron con una habitación revuelta y rastros de sangre por el suelo y en el baño. Se detuvo en el quicio de la puerta, le pidió al sargento que no dejara pasar a nadie hasta que llegara alguno de la científica.

Tras hablar con el teniente, Juan se sentó sobre el capó de uno de los land rovers y se dispuso a fumar un cigarro. No llevaba más de dos caladas cuando entraron en el parking varios coches con pinta de llevar jefes dentro. Así fue, reconoció al jefe de León que venía acompañado de un capitán y de un hombre con traje y corbata, que tenía toda la pinta de ser el juez, como así era. Tiró el cigarro que pisó de mala gana y se cuadró saludando marcialmente a sus superiores. El comandante le devolvió el saludo, le presentó al juez y le pidió que le hiciera un resumen de lo ocurrido. Tras contar como habían sido los acontecimientos y a la pregunta final de si había algún sospechoso, Juan les habló de Aurelio, si ese era su nombre, añadió. Un tipo que sale con prisas dejando un rastro de sangre en su habitación y en el parking, parecía algo más que un sospechoso. El juez asintió con gravedad en sus gestos y asintió a la petición del comandante de lanzar una orden de busca y captura. Juan se puso en marcha, primero para visionar de nuevo las grabaciones de las cámaras de seguridad y así poder dar los datos lo más ajustados posible a la realidad, para luego con la filiación de Aurelio, pedir que le facilitasen la mayor información posible sobre el individuo. El comandante mientras tanto estaba llamando por el móvil a sus superiores y el capitán estaba organizando a los hombres que les habían acompañado, para que por el momento no pasara ningún curioso. Dado el despliegue del operativo, visible desde la autovía, eso no tardaría mucho en suceder.

Una hora más tarde, en un despacho en Madrid, el de la dirección de homicidios de la Guardia Civil, un teniente coronel explica la situación a dos personas, a las que considera como de sus mejores hombre, un brigada y una sargento. Les indica que aunque ellos llevaran la dirección de la investigación, deberán guardar las formas ante los uniformes de mayor graduación, y en caso de problemas, le pueden llamar a él. “¿Entendido?”, les pregunta mientras ambos asienten con la cabeza “¿Cuánto tardarán en ponerse en marcha?” preguntó el mando a lo que el brigada le contestó “lo que tarden en darnos un coche, como ya conoce siempre tenemos la mochila de emergencia con lo necesario para salir en cuento haga falta”. ”Pues pongan rumbo a Benavente” haciéndoles un gesto con la mano para que abandonaran su despacho. Mientras salían y recreándose en la figura de la sargento, por su mente cruzó la sospecha de que entre aquellos dos había algo más que una simple camaradería o un buen entendimiento, pero como siempre terminaban resolviendo los casos, a él que más le daba si polinizaban juntos o iban a la ópera.

A Aurelio ya le quedaba poco para pasar Cáceres cuando un coche de la Guardia Civil le adelantó con la sirena a todo volumen y se puso justo delante de él. Se quedó sorprendido, pero su sorpresa no hizo más que aumentar al ver que otro vehículo se había puesto detrás también con la sirena a todo volumen. “¿Qué habré hecho?” pensó para sus adentros, sin recordar ninguna pifia en la carretera. Al final acabó parando en el arcén, y cuando iba a salir, se le pusieron delante dos picoletos con la pistola en la mano, conminándole a gritos que saliera del coche con las manos en alto. Así lo hizo, se puso de rodillas con las manos en la cabeza, hasta que alguien por detrás le esposó, le empujó hacia arriba para que se levantara y lo metió en el asiento trasero de uno de los coches. En una primera y rápida revisión encontraron la camisa manchada de sangre y en el gps comprobaron que éste hombre venía del hotel. Pidieron instrucciones y les ordenaron que fueran al cuartel de Cáceres, donde ya les estaría esperando la científica para un peinado del vehículo y el remolque. A él que lo dejaran en el calabozo hasta que llegasen los especialistas de Madrid a interrogarle.

El sargento que estaba al mando del calabozo al ver el aspecto desorientado de Aurelio, decidió quitarle el cinturón y los cordones de los zapatos antes de encerrarle. La científica de Cáceres, con sus monos blancos hicieron una inspección en busca de rastros de sangre con sus lámparas ultra violetas. Además de los esperados en la zona ocupada por el conductor, en la casa de muñecas había también rastro de sangre que había sido limpiada recientemente. Volvieron a llamar y los especialistas contestaron que irían a Cáceres a interrogar al sospechoso, que por supuesto no había confesado, sobre todo porque seguía sin saber de que le acusaban. Lo comentaron en el parking del motel con el juez quién les dio el pertinente permiso, no sin antes advertirles que leyesen los derechos al sospechoso.

Le dejaron más de doce horas en la celda, un camastro, un lavabo y un retrete sin más que tomar que el agua que pudo beber a morro del grifo. Nadie le dijo nada, y él se encontraba totalmente resacoso y sin ganas de nada. Cuando cayó la noche, o cuando pensó que era de noche, la única luz que tenía era una bombilla de luz mortecina, todo un clásico de las novelas de polis, intentó dormirse. Pero la intoxicación que todavía tenía de alcohol y los nervios por intentar entender que hacía allí y porqué le habían quitado el cinturón, no le ayudaron a conciliar el sueño.

Así que por la mañana, cuando aparecieron los dos suboficiales para interrogar a Aurelio, éste tenía unas ojeras de espanto y un aliento podrido. Se presentaron y comenzaron a interrogarle. Cuando empezó a entender de que le estaban hablando, un asesinato en el motel, casi se cae de la silla. La explicación que daba sobre la sangre que tenían sus ropas, pensaba que se había cortado con algo durante la noche, no sonó nada convincente. Cuando le preguntaron sobre el asesinato y sobre la sangre en la casa de muñecas, se quedó en silencio, hasta que no pudo aguantar más y se echó a llorar. Cuando se le pasó la llantina, y en medio de hipos, solicitó hacer una llamada, pidiendo que le dejaran su móvil para hacer una llamada.

Le llevaron a una salita teóricamente insonorizada, pero con unos cuantos micrófonos sensibles, por lo que podrían oír hasta al receptor de la llamada. A través de un espejo observan toda la secuencia de la llamada. Al segundo tono salta el buzón de voz “Este es el contestador de Susana, deja tu mensaje después de oír la señal, salvo que seas el carapolla de Aurelio  al que le pueden ir dando por el mismísimo culo” Siguieron sollozos entrecortados y Aurelio llamando a Susanita, pidiéndole perdón, que lo de la amarrevaques era un mote del gilipollas del Picu, que ya no iba nunca a ir con él, que ella era el amor de su vida, y al final, que por favor le ayudase, que se había metido en un lío. Detrás del espejo, no daban crédito a lo que acababan de escuchar.

“Creo que este tipo no tiene nada que ver” soltó el brigada mientras pidió a la sargento que pidiera a la científica que le facilitara los grupos sanguíneos de los asesinados y el de la sangre en la camisa del tal Aurelio. Se sentó de nuevo el brigada de homicidios frente a Aurelio y le pidió que le contase detalladamente toda la historia mientras le ofrecía un paquetillo de pañuelitos de celulosa. Empezó desde la cañas en Colunga y terminó con la borrachera del motel, pasando por la casa de Hilario, la carga de la casa de muñecas y el enfado de Susanita “a la que yo quiero mucho” por culpa de su amigo. Le preguntó si había comido y ante la respuesta negativa, salió y pidió que le llevasen algo de la cantina para comer.


Junto con la sargento se pusieron manos a la obra. Contactaron con Hilario quién les contó como una perra que tenían en la finca había muerto desangrada al dar a luz en el interior de la casa, pero que pensaba que lo habían limpiado bien. El análisis de sangre de la casa ya indicaba desde un principio que no era humana. Los grupos sanguíneos de los fiambres, para suerte de Aurelio, eran distintos al suyo y para ayudar más a su puesta en libertad, habían encontrado en la casa del ex novio de la chica una catana manchada de sangre, y ya lo habían detenido en la Bañeza. El tipo había confesado y ya estaba llegando al cuartelillo su abogado. El juez ordenó que soltaran a Aurelio, que todavía incrédulo, se estaba colocando los cordones en el parking del cuartel con cara de aparbado. La sargento desde el quicio de la puerta lo observaba mientras el brigada le comentaba al oído “ si le comentamos esto a Lorenzo, no se lo cree”