domingo, 28 de octubre de 2012

LEIOAKO ERKULES VII


CAPÍTULO VII

 

Una vez acabadas las labores de extinción, y retirados ya los artilugios por los chicos de los calendarios, sólo quedaban restos de maderas quemadas mojadas. Di una pequeña vuelta alrededor cuando justo vi que aparecía el Orejotas en la escena. Como ni me dijeron para que volvíamos, llegué con lo puesto, por lo que le pedí que sacara algunas fotos. Discretamente Gómez me explicó que con mi pipofón podía sacar algunas fotos, y como no tenía ni idea de cómo se sacaban, discretamente se lo pasé a él, para que me hiciera de improvisado fotógrafo. Di un par de vueltas alrededor de los restos con cara de estar husmeando algo, me froté las manos como si tuviera frío y les dije a mis agentes favoritos que podíamos irnos.

 
-       ¿Pero no vas a tomar muestras?- me preguntó con cierta cara de extrañeza el amigo Pototo
-       ¿Para qué? – le contesté con cara de listillo- si ya tenemos las evidencias.
-       ¿Cuáles son? No te he visto coger nada
-       Mas o menos tienen medio metro de alto y casi cuatro de ancho. Son negras y están escritas en mayúsculas – le solté con la misma cara mientras le señalaba la pared

 
Me miró con no muy buena cara y como sus ojos andan a la altura, más o menos de los míos, cosa a la que tampoco estoy muy acostumbrado, me acoquiné algo, pero enseguida lo resolví cuando con el don ese de la oportunidad que me da alguna vez, les propuse ir a desayunar un bocata en la tasca favorita de la zona. Les pareció buena idea y en pose plan bikini sólo tomamos medio bocata de tortilla de patatas ligeramente grasienta con divisa de pimiento rojo picante. Nos dio vergüenza pedir vino a esa hora así que Gómez se tragó un cortado, Ganeko una Coca Lait y yo un agua con gas. Cuando íbamos a tomarnos una humeante taza de café con leche para acabar de rematar el desayuno, una llamada por radio entretuvo a Gómez (el no iba a repetir café) y entró haciendo ostensibles gestos de que nos teníamos que marchar. Ya en el coche patrulla nos explicó que había reunión de investigación. “Para en Zuricalday” se me ocurrió decirle, pero como si no me hubiera oído, siguió camino hasta San Ignacio, aunque no desaproveché la ocasión para explicar el significado de “Zuricalday”, “reunión de investigación” y quien era Wallander, pero estos dos me da la sensación que no han leído nada de Kurt.
 

Cuando llegamos a la sala de reuniones de la comisaría, un cuarto blanco aséptico con una mesa alargada y redondeada por los extremos, blanca y con una mierda de sillas, algo así como de diseño, pero que daba miedo sentarse en ellas (Pototo se trajo una silla de madera maciza de algún otro lado) no había nadie más.

 
Al de unos pocos minutos apareció el Jauntxo con otra agente que solía hacer las veces de instructor en este tema. Nos avisó que iba a estar presente el jefe de la asesoría jurídica de M.E.H., un tal Ibrahalitu. “Por fin voy a conocer a Detritus” pensé para mis adentros. Por el nombre me dio la sensación de que podía ser judío, y bien es verdad, que yo no he sido presentado a muchos. Pero cuando entró en la sala cualquier idea preconcebida que podía haber tenido sobre su aspecto quedó superada por la realidad.
 
Se trataba de un tipo corto de estatura, más bien la cabeza desproporcionada con el resto del cuerpo (en términos vulgares, cabezón), el pelo cortado al uno, con entrada evidente en ambos lados, la tez de color cetrino tirando a amarillo verdoso y con ojos oblicuos. Era un chino, como luego me pude enterar, pero de los de verdad. Además tenía bastante mal humor como lo pudimos comprobar, ya que sin casi presentarse comenzó a exigir en uno tono de voz algo alta para ser el único civil presente en la sala.
 
Al de un rato de estar exigiendo a voces resultados en la investigación, el jauntxo con voz muy calmada le vino a decir que se estaban tocando varias líneas de investigación y que cuando se obtuviera algún resultado concluyente se le avisaría. El pequeño bramó
-       La policía foral ya tendría resultados después de una semana de investigación

-       Perdone señor Detrito

-       Mi nombre es Jesús Ibrahalitu – me chilló desafiante

-       Perdone señor Detritus – ya se lo solté con algo más de mala leche, mientras me levantaba y me dirigía hasta donde estaba él, que por cierto, no se había sentado. No sé si porque las piernas no le llegan al suelo o para estar en una posición dominante.

-       ¿y tú cómo te llamas? – me siguió el pollo desafiando – es para tampoco nombrarte correctamente

-       Mira, no vengas soltando fanfarronadas – creo que instintivamente Ganeko comprendió mi jugada y se levantó poniéndose por el otro lado junto a nuestro canijo abogado- si tanto hablas de la foral, deberías de saber que la instrucción de los casos de incendio en Navarra, los lleva el SEPRONA, y que los análisis de muestras tuvimos que dejar de llevarlos a la universidad en Pamplona, porque son muy lentos, tan buenos como lentos.

-       ¡Bah! – mientras levantaba la barbilla

-       Mira muchachete, este es un caso bastante serio. Podemos encontrarnos ante algo provocado, cuya ocurrencia en un noventa por ciento de los casos está vinculada a estafas a aseguradoras, y ¡ohh casualidad!, el beneficiario del seguro es quién te paga. Y, ¿porqué hay tanta prisa? ¿nos estás dejando de contar algo?

 
Entre la pared humana de Ganeko y mía, y que quizás se confundió durante unos instantes porqué no parecía estar muy acostumbrado a que le llevaran la contraria, el jauntxo aprovechó para con palabras corteses sacarle de la reunión y evitar que fuera a mayores. Cuando desapareció el abogado de la reunión, a mí me cayó el chorreo por atribuirme funciones que no me correspondían, vamos, más o menos que quien coño me creía que era, mientras al fondo de la sala mis compañeros de viaje y la agente instructora intentaban no mearse de risa ante el feroz rapapolvo que me infligió el jefe de la investigación. Ya calmados los ánimos, llamó al secretario del juzgado, el bueno de Ramiro, para que agilizara en lo que pudiera los papeles. Luego supe por Gómez, que en el fondo, al jauntxete le había parecido santo remedio mi actuación.
 

Entre pitos y flautas ya era mediodía y no había preparado nada para el viaje del fin de semana, cosa que me fue echada en cara, bueno, echada no, arrojada cuando llegué a casa y estaba la princecuqui haciendo las maletas. Es una cosa curiosa lo de las mujeres, que acomodan el equipaje al tamaño del maletero del coche. Lo tenía muy comprobado, ya que el número de bultos era el mismo para quince días que para un fin de semana. Pero ante el segundo chorreo del día, preferí no seguir en esa línea de argumentación, ya que un chaparrón es soportable, pero una tormenta no tanto.

 

Gracias a Dios, el salir a las cinco de la tarde fue más debido a que hubo que esperar a que princepeque volviera del cole, que a mí ligeramente ajetreada mañana. Sino la borrasca me hubiera ahogado. Y como no, nos encontramos con el habitual atasco fin semanero de todos aquellos que quieren disfrutar de su asueto a las orillas del Cantábrico en aquella provincia apellidada en su honor.

 

Así que en vez de las dos horas y media deseadas, llegamos a las diez de la noche a nuestro hotelito de tres estrellas en la aldea de Oles, justo al lado de la parroquia. No tardamos sólo casi cinco horas por la caravana, sino que también paramos a cenar en un chigre en San Roque del Acebal, agotados detrás de un camión en esa zona a la que todavía no ha llegado la autovía. La verdad es que no cenamos en exceso, pero la relación calidad precio no fue mala, y la verdad es que el tamaño de las raciones, creo que al único que no le gustó fue al trasero de la princecuqui, que empezó a sospechar que ese fin de semana le podía aumentar de tamaño ante la desproporcionalidad del volumen de viandas.

 

El viaje en el fondo fue bastante didáctico pues la peque con el pipofón en las manos era una máquina de descubrir gadgets del bicho. Con los apuntes que llevaba de la uru y el google mapas del aparatito explicado para inútiles atontados, entendí que iba a ser capaz de descubrir la ubicación de aquella casa en aquel recóndito rincón de Asturias.

 

En el hotelito, no logré dormir muy bien, ya que no se como, pero las dos hembras me prepararon la habitual liada y el que acabó en la supletoria fui yo. Eso hizo que para las siete y media ya llevase un rato despierto por lo que decidí el intentar acercarme a la casa que aparecía como inicio de rutas en el sports tracker del Borjita. Con las lecciones aprendidas de la pequeña y con la nota que traía de la uruguaya, y aunque no era un dechado en el difícil arte de la orientación, no me costó en exceso encontrar la casa. Era un pequeño chalet de dos plantas, la de arriba tenía pinta de doblado, al que se entraba bajando por una cuesta flanqueada por pinos cortados de una manera grotesca y por el otro lado arbustos de flores de color lila y rosáceo. Lo mejor de la casa, al menos aparentemente era el enorme jardín que tenía en cuyo centro majestuoso se lazaba una secuoya y desperdigados anárquicamente por todo el prado pequeños brotes de acebo. A la puerta de la terraza de entrada a la casita estaba aparcado un coche y en la barandilla había unas cuantas toallas.

 
Era muy pronto y como dentro de la casa, no había señal alguna de movimiento, me volví hasta mi hotelito donde al comprobar que las nenas todavía no se habían despertado, decidí que la mejor idea era dar buena cuenta del delicioso desayuno casero que estaba preparado en el jardín del hotelillo. Me equivoqué de piso al subir en el ascensor  y al ser el último me fui hasta el final del pasillo que estaba rematado con una ventana. Apartadas las cortinas, comprobé con cierta satisfacción que desde aquella altura se podía ver la terraza de la casa, con lo que sólo con mudar mi personalidad por la de un intrépido ornitólogo, podría justificar de cara a los propietariosel estar por allí de vez en cuando fisgando con los prismáticos.

 
Ya parecía que las chicas se estaban desperezando, por lo que disimuladamente cogí los prismáticos y les comenté que les esperaba abajo. Desde el último piso pude comprobar que en la casa vigilada no había habido ningún movimiento, por lo que bajé al jardín donde sorprendentemente ambas estaban dando buena cuenta del desayuno, sin darse cuenta, valga la redundancia, de que había bajado antes que ellas pero llegado más tarde.

 
Planeamos el ir a la playa, ya que supuse que ese sería el plan de los habitantes de la casa, dejando por mi parte bien claro que el viaje era laboral y que el trabajo estaba por delante del placer. Por la cara que pusieron entendí que para ellas era de placer y que mientras las dejara en la playa para que pudieran hacer la princelagartija, les daba bastante igual en lo que gastase mi tiempo. Con los prismáticos en los ojos, ya observé cierto movimiento en la casa, como con pinta de que el coche iba a partir en breve. Ya eran cerca de las doce, una hora muy recomendable para empezar a cultivar el ocio en el fin de semana.

 
Intenté convencer a ambas dos para que esperaran un poco, por si había que seguir al coche de la citada vivienda, pero como si se lo contara a una pared. Con las toallas en los capazos de paja, sus gorros playeros estilo pamela, sus pareos nuevos y las gafas de sol, me conminaban con cierto aire intimidatorio para que entrase en el coche y las llevara a la playa de una santa vez. En eso, sonó la canción reggae que hace las veces de timbre de aviso de mi teléfono móvil

-¿sí?

- Peloto, ¿Cómo estás?

- ¿Quién eres?

- ¡Joder, qué poca memoria tienes! – mientras comencé a recordar a quién pertenecía aquella voz

- Eres el Mondri

- ¡Ja, ja, ja!, pues bueno, algo mejor de lo que yo esperaba. Te estarás preguntando a que viene esta llamada – lo cual era una obviedad, ya que la última vez que habíamos comentado algo sería unos diez años atrás -, si tienes un par de minutos te lo cuento

- Vale – dije mientras tapando el micrófono, o donde yo creía que estaba con la mano, les hice un gesto a mis acompañantes de que se trataba de una llamado profesional – tengo un par de minutos.

- Me encontré hace unos días por los juzgados de Algorta con el inefable Caraqueño, y nos fuimos a comer juntos. En la larga sobremesa que tuvimos, dimos un repaso a todos los colegas de la época de la universidad y me contó lo tuyo, que te has hecho detective privado y que eres un especialista en mascotas

- Eso no es del todo cierto, si bien es verdad que mis dos primeros casos han tenido que ver con perros perdidos – y con evidente orgullo aliñado con un poco de soberbia – y ambos los he resuelto con bastante éxito

- Algo así me comentó el Juanito. Pues necesito que me hagas un trabajo relacionado con una mascota, ¿podrás?. La cliente está dispuesta a pagar bastante bien.

- Si no es algo urgente, creo que no será un problema, ya que además cuanto con un colaborador que tiene bastante mano con estos bichos.

- ¡Fenómeno!, te llamo la semana que viene y nos vemos un día para presentarte a la cliente

- Adelántame algo sobre qué va.

- Es algo “sui generis”, pero como ya te digo, paga bien

- Eso ya me lo has dicho

- Ya te lo explicaré con más detenimiento, pero se trata de identificar que perro es el progenitor de unos cachorros.

-¿Estás de coña?

- Verás, se trata de una vieja que está forrada de pasta, sin familia, y cuya única compañía es una perrita que hace poco le ha dado cinco cachorros. El autor parece que es muy claro que es un Beagle propiedad de un vecino suyo, con el que no se habla. La vieja acudió donde él en plan salvaje para que le pague la manutención de los cachorros y los gastos de veterinario, y claro, la mando directamente a la mierda. Ahora en plan despecho, quiere llevarlo al juzgado para que un juez dictamine sobre la paternidad de los cachorrillos, y no se le ha ocurrido otra cosa que hacer una prueba del ADN del Beagle de su vecino, y ahí es donde entras tú

- ¿Se va a gastar la panoja en una prueba de ADN para reclamar el coste de los perrillos, que tiene que ser la cuarta parte de la prueba?

- Es lo que tiene tener pasta y estar aburrido ¿cómo lo ves?

- ¿Qué tendría que hacer?

- Conseguir una muestra del presunto papi, un pelo, saliva, o heces que se puedan analizar

- No lo veo muy complicado

- Oye, me reclama la parienta, te dejo y te llamo la semana que viene para quedar. Ciao

- Hala nos vemos – siendo consciente de que ya había colgado cuando había comenzado a pronunciar la hache.

 
Me metí en el coche anonadado, sin notar las furiosas miradas de mis princereptiles, a quienes había robado cinco minutos de sol, y eso una lagartija profesional nunca ha estado muy dispuesta a perdonar. Me costó un rato digerir el nuevo caso que me iban a encomendar, pero tenía que sobrevivir, y la única manera era para empezar a hacerlo, era llevar a las cuchis a la playa.

sábado, 20 de octubre de 2012

LEIOAKO ERKULES VI


CAPÍTULO 6

 

“¡Pues si qué!. Para una vez que uno puede disfrutar un rato”, pensé, dando paso a ese tipo que llevo dentro que cuando es pillado en un renuncio, se resigna ante la fatalidad, y que incluso hay veces que es capaz de recomponerse y pasar al ataque. En estos momentos me vino a la mente aquella vez que me pillaron lavando mi bicicleta de montaña en la bañera de las niñas (Un día de esos que parecía que la bici se había dado un baño de lodos para mejorar la piel), cuando lo tenía terminantemente prohibido. Fue la única vez que me crecí y contesté que aquella casa también era mía y que limpiaba la bici donde podía. Cabe decir que estaba intentando lavarla a escondidas, y que por supuesto, después de aquella pillada nunca más volví a limpiar la bici en la balera de esa casa, que también era mía. Sopesé los pros y los contras, y los días de barro me pareció mejor idea dar un poco de negocio a la gasolinera de Berango.

 
Mientras pensaba en mis chorradas habituales y resignado ante la pillada, por parte de la contraria, su reacción fue bien distinta. Como una gacela salió de la cama, quitó el sujetador de la puerta y en un rapidísimo movimiento tiró de cualquier manera toda la ropa del pasillo al cuarto, mientras cerraba la puerta sin hacer el más mínimo ruido y se metió en el baño. Todo tuvo que transcurrir en menos de un segundo.
 
Cuando la princentella salió del baño con el albornoz puesto y poniendo su índice en la boca, con la tradicional señal internacional de silencio, entendí que algo había pensado y que iba donde la princepeque a contarle alguna milonga. Y pensar que fui yo el que abogó por darle llaves a la peque para no tener que levantarme de la tele cuando llamaba al timbre, mientras su mami decía que todavía no era necesario. Espero que no me saque este tema otra vez, ya que tendría que darle la razón, y hay veces que eso duele un poco. Al de un ratito oí de nuevo que se abría y cerraba la puerta de la calle cuando entró de nuevo la princejefa en el cuarto:
 

-       La he mandado a un recado, así que vístete y sal por la puerta del garaje, y no vuelvas en una media hora. No quiero que se cruce contigo.

-       ¿pero cosita, porqué me tengo que ir? Si la nena todavía no se entera

-       Eso es lo que te crees tú

-       Bueno, ¿y qué, que me vea en casa?

-       Pues atontado mío, que como hile dos más dos son cuatro, que lo va a hacer, no le parecerá muy gracioso y encima empezará a hacer preguntas

-       Me quedo en casa

-       Pues le contestas tú, yo me voy a la ducha

 
Tras contestar a mi petición de “¿puedo ir yo también?” dándome con la puerta del baño en las narices, decidí seguir su consejo y salir de la casa por la puerta de atrás. Di un rodeo por el humedal de Bolue y acabé en las tascas de la zona conocida como de las uves, donde di cuenta de un par de pelotazos de cola con ron, algo dulce para mi estilo habitual, pero bien es cierto que me encontraba con el espíritu y la moral muy alta. Aprovechando ese momento de euforia, llamé a la uruguaya para preguntarle que tal había comido en casa, y su opinión sobre la princebruja, a las que tuve la ocasión de presentarle en la comida. Fue muy diplomática, como cabía esperar.  La pedí que buscara algún ciber café por Barakaldo, ya que si íbamos a despistar, hacerlo bien, sin caer en la cuenta que una veinte añera rubia y maciza con un gorila de metro noventa y siete raspado, en cualquier caso, no llamarían excesivamente la atención. Quedamos en vernos en la estación de metro hacia las diez y media.
 
Arreglada la agenda laboral para el día siguiente, con incluso algo de tiempo para poder pasarme por la mañana a dar una vuelta por el almacén quemado, me apeteció volver a casa, y eso fue lo que hice. Con algún comentario del tipo “para ti media horas son dos horas y media” y “ya has estado otra vez en un bar”, fui recibido entre ruidosas muestras de peloteo por parte de las dos niñas para que les hiciera yo mis famosas bolitas de pollo. Las había dejado preparadas el Domingo, y no tenían más truco que el cortar la pechuga de pollo en dados, para luego empanarlos en una mezcla de pan rallado, perejil y sal. Con el aceite muy caliente se fríen hasta que quedan algo más que doradas, como que les faltasen treinta segundos para quemarse. A las niñas les gusta con patatas fritas de dados, pero a mi lo que degusta es ponerlas como top de una ensalada de lechuga, cebolleta en tiras, hojas de espinacas frescas cortada cada hoja en unos seis trozos, y unos canónigos aliñados con sal, aceite de oliva y un poco de acetato de Módena (la versión del acetato reducida mejor). Entre los aplausos de mis dos princeniñas (la princejefa estaba algo mosqueada por mis vapores etílicos) les hice patatas fritas en daditos, lográndome volver a quemar la mano derecha con el acite que salpicó la sartén. Como ya el día no andaba para muchas bromas y tras comprobar que la jefa se quedaba a ver la tele mientras tecleaba algo en su portátil, decidí que ya era buena hora para meterme en el sobre y roncar hasta el amanecer de un nuevo día.
 
Como hasta las diez y media tenía tiempo de sobra, decidí pasarme por el almacén para comprobar como iba avanzando el desescombro. Habían entrado a saco y ya estaba bastante limpio, lo cual me iba a permitir conocer cual había sido el desarrollo del incendio. Con la información relativa a la dirección que tuvo el viento (noroeste, el clásico gallego) a la hora en que sucedió el siniestro y pudiendo ya observar los rastros que había dejado el fuego, no había prácticamente ninguna duda que el foco estaba en el lugar donde se recogieron las muestras que se llevaron a analizar a la universidad, a unos diez metros de una de las esquinas del pabellón, más o menos debajo de una de las estanterías metálicas. Esto no hizo más que corroborar mi impresión de que el fuego había sido provocado, ya que estábamos fuera del alcance de cualquier otra fuente de posible ignición como la instalación eléctrica. El Orejotas no estaba, pero vino su ayudante Gregorio (se me olvidó el nombre, pero como es bizco “un ojo aquí y otro en Orio”) y me facilitó un CD con las fotos que tenían hasta el momento. Le agradecí el detalle y le pedí que siguiera sacando fotos.
 
Llegué a Barakaldo un cuarto de hora tarde y la rubita tenía ligeramente torcido el morro con lo que empezamos bien. En tres días ya ha cogido la suficiente confianza como para ponerme mala cara si llego un poco tarde. ¡Pues vamos buenos!. Al de cinco minutos, y ya con menos mosqueo encima entramos en un ciber café donde cogimos dos puestos juntos. Quedamos en que ella iba mirando las distintas cuentas que había obtenido del pollo, mientras yo intentaba redactar un contrato para pasárselo al papá de Borjita. Con el fin de ir recogiendo nuestros descubrimientos, nos sacamos unas cuentas de correo, que sugerí bautizarlas con nombres detectivestos, así que mi cuenta se llamó ojolince y la suya ojoáguila. Así si un día Iturray quería unirse a nuestras cuentas de correo podía ser ojoputa. Este pensamiento lo tuve en voz alta y la uru me miró con cara a mitad de camino entre el desprecio y la resignación. Me da la impresión que no entendió el chiste.
 
Por resumir y no hacer una descripción exhaustiva de el camino seguido para nuestros hallazgos, podemos decir que en su cuenta bancaria encontramos que el día antes de irse, sacó bastante dinero, y que al día siguiente en Llanes, a primera hora de la mañana vació el resto. ¿Qué nos dice esto?. Probablemente, y por la cifra del primer día, 1.600 Euros, por seguridad, el cajero no le dejó sacar más dinero, y el segundo día, sacó el resto, de camino hacía donde fuera. ¿Podría ser una labor de despiste?. No lo creo, si hubiera querido despistar, lo hubiera sacado después de las doce en la caja de Las Arenas, más bien parece improvisación. De su cuenta en la Universidad no sacamos nada que no supiéramos ya, que era un mediocre estudiante, pero según su padre, tampoco le presionaban en exceso. También buceó en su facebook, activo hasta hace unos tres meses con la sarta de chorradas que cuelgan los adolescentes, y desde entonces con una actividad casi nula. Hace tres meses pasó algo y Borjita dejó de facebukear. Llegados a este punto, y más mal que bien hecho el contrato en base a cortas y pegas, mandado por correo electrónico a ojoáguila, dejamos el ciber café. Ya habían pasado unas cuantas horas, y pensé que podíamos ir a comer una hamburguesa a Santutxu, para que me sacara el contrato en papel, y así poder pasarlo a la firma para no repetir lo del Gervasio.
 
En el metro estuvimos trasteando con su teléfono móvil, y descubrimos en el guasap ciertas fotos subiditas de tono de una tal Carol. Por lo que me dijo la rubia, ya que yo para eso tengo poco ojo, que la tal Carol tendría más bien 30 años, que era algo mayor que el Borjita. Le pregunté si podía sacarme en papel alguna de aquellas fotos, ya que podría interrogar a mi cotilla oficial, si sabía quien era aquella chavala, bueno, por lo que dice la Uru, más que chavala, casi señora. Cuando llegamos a la hamburguesería, habíamos localizado otro programa en el putofón del niño llamado “sports tracker”, que grababa las sesiones de entrenamientos o caminatas del usuario. Además, las registraba por GPS y con una increíble precisión, quedaban marcados los caminos en un mapa que aparecía junto al resumen de cada una de las sesiones. Tenía grabadas casi 100, y pasamos a mirar todas. Nos costó un par de horas y las miradas desagradables del camareta, localizar los caminos fuera de Getxo, pero había tres sitios que se repetían unas veces, Salou, pero sólo en verano, Candanchú, pero sólo para sesiones de esquí. Y el tercer sitio que se repetía, pero con fechas más heterogéneas, era cerca de Villaviciosa en Asturias, el punto de partida estaba al lado de una aldea que respondía con el nombre de Oles, y el punto de partida y final, era siempre el mismo.
 
Mientras la uruguaya subía a casa de Ajota para imprimir las fotos y el contrato, aproveché para llamar al padre de Borjita. Se quedó bastante sorprendido con los avances que habíamos logrado (no le dije nada de la chica, hasta que no supiera más) y me explicó que solían pasar el verano en Salou, en el chalet del padre de su mujer, y que era bastante habitual que fueran a esquiar a Jaca. Lo de Asturías tenía más que ver con la casa de un amigo de su hijo, Raulito Somo, pero que en verano no iban nunca, ya que los Somo la solían alquilar a través de una agencia del mismo pueblo. Le comenté que sería interesante el que se acercara a Villaviciosa, ya que no sería raro que estuviera allí. Me contestó que le extrañaba, ya que hace unos días en una charla con el padre de Raul, éste le comentó, que a pesar de los tiempos que corrían, ese año habían alquilado la casa de Asturias, bastante pronto. A pesar de eso le insistí para que fuera a Asturias, y acabó enredándome para que el que fuera, fuese yo. Le insinué que aquello le subiría un pico, ya que tendría que ir en fin de semana y con alguien más, para no despertar sospechas. Me dijo que el dinero no era problema, así que quedamos en vernos luego en el Zokotxo para firmar el contrato y recibir dos mil quinientos euros en concepto de anticipo de gastos y honorarios. Lo que si le noté fue bastante satisfecho con los avances que habíamos logrado.

 
Cuando bajó la uruguaya con el contrato y las fotos, le comenté los avances y que había que ir a Asturias en operación encubierta. Por un segundo me pareció que sospechó que la quería llevar a ella, pero le expliqué que ya había llamado a la princejefa a la que un fin de semana en Asturias sin las nenas, le pareció genial. Tuvo sus dudas de con quien dejar a la pequeña, pero ya le insinué que mejor que la mayor, nadie la iba a cuidar, además de que la pequeña iba a ser la mejor carabina posible para su hermana. Con ayuda de la Uru, reservamos para el fin de semana en un hotelito recién abierto junto a la parroquia de Oles, hotelito que me iba a resultar por la patilla, lo que le daba más gusto.
 
Una vez terminados los deberes, es decir firmado el contrato y cobrado el anticipo, me fui otra vez a la tasca de la reinona. Me recibió un poco más borde de lo habitual, más o menos para decirme que sólo iba por allí cuando quería información, pero nada más. Que haber cuando aparecía con la monada de mujer que tenía, o que pasaba, que pensaba que no estaba a la altura nuestra. Pues tuve que aguantarle el morro torcido durante unas cuantas pintas, hasta que me preguntó que qué era exactamente lo que quería. Camelándole un poco y haciéndome algo el interesante, acabé por enseñarle la foto. La miró, se pasó la mano por la barbilla, y me miró a mí “¿Uy, Carolina Cascos Ligeros, lo más promiscuo de Santa Ana, se ha liado con alguien otra vez, o ha vuelto a secuestrar a algún jovenzuelo para exprimirle sus fluidos vitales?”, y se empezó a reír. Por lo que me contó, no era la primera vez que la chica pasaba un verano con algún jovenzuelo, hasta que se aburría de él. No era muy mayor, de bastante buen ver, y vivía de lo que le pasaban sus padres, que al parecer era gente de posibles pero que se había ido a vivir a Madrid hace unos cuantos años. No se le conocían escarceos ni con el alcohol ni con ninguna droga, pero tenía fama de ser un poco pajarona.
 
Con esa información y tres litros de cerveza en mi cuerpo, volví con pasos inciertos a casa otra vez. Como con lo del fin de semana la princejefa estaba ordenando todo, no me hicieron ni caso y me pude ir rápidamente a la cama a roncar en conciencia.
 
No cabía esperar otra cosa que un Viernes plácido para irnos un poco antes del mediodía camino de Asturias, sobre todo para evitar las caravanas de todos los que escapan a pasar el fin de semana en las localidades costeras de Cantabria, pero como siempre que dispones de tus planes hay un hijo de puta que se encarga de que no empiecen como tu quieres, y eso pasó. Todo comenzó cuando el teléfono sonó a las siete y cuarto de la mañana:
 

-       ¿Quién es?

-       Hola Peru, ¿te he despertado? – que sonó a descojono total- en cinco minutos te pasamos a buscar por tu casa.

-       ¿Eh?¿Quién eres? – mi oído obviamente no se había despertado.

-       ¡Jo, macho! Como te cuesta despertarte. Soy Gómez. Han provocado un nuevo incendio fuera del almacén y hay pintadas. Nos ha levantado Caraqueño hecho un basilisco porque tiene al abogado de Hormaondo dándole el coñazo desde hace un rato, así que paso ahora con Ganeko, y en cinco minutos te recogemos para ir a Lamiako

-       Vale, os espero en la puerta.

 
No se como me vestí, e incluso peiné. No se ni que ropa me puse, pero lo cierto es que en cinco minutos estaba fuera en la puerta. En frente estaba la parada del autobús del cole de la princepeque que me saludó con la mano cuando me vió, y se puso a hablar con sus amiguitas, supongo que sobre mí. Entonces me di cuenta de que la ropa que me había puesto no debía casar muy bien, cuando a lo lejos se oyó un estruendo de sirenas. Se fueron acercando poco a poco hasta que con un frenazo pararon delante mió, salió Pototo del coche patrulla y con un grito me dijo que entrara en el coche. Dentro, y sin darme tiempo a agarrarme salió quemando caucho el amigo Gómez, muerto de la risa, diciendo algo así como “¡Toma estarqui y jach!”.
 
Tampoco me dio tiempo a mucho más, ya que sonó el teléfono donde la princechillona me empezó a montar un pollo sobre que coño estaba haciendo, que la princepeque estaba en casa llorando a moco tendido porque las mayores del cole le estaban chinchando diciendo que a su padre se lo llevaban a la cárcel por gordo y feo, que ahora la tenía que llevar ella al colegio, que qué hacía para que se le pasara la rabieta por mi culpa, que qué pintaba en un coche patrulla. Al final tuve que prometerle a la pequeña que la llevábamos con nosotros a Asturias, con lo cual parece que se consoló. ¿Habría sido todo una maniobra urdida por las dos?. No me dio tiempo a pensar mucho más, ya que acabábamos de llegar a la fábrica. Cerca de una de las vallas de piedra que delimitaban el perímetro, estaba un coche de bomberos apagando los rescoldos de lo que parecía eran los palets de madera. En la pared una pintada en trazos negros que sospeché me iba a amargar el resto de la mañana:
¡HORMAONDETE, TE VA A ARDER HASTA EL CULO!

sábado, 13 de octubre de 2012

LEIOAKO ERKULES V


    CAPÍTULO 5

 

La mañana había amanecido gris, amenazando lluvia. Me adelanté algo por lo que pude pararme a desayunar en Romo, en el bar que antes hacia esquina con la carretera, ya que es de los pocos sitios de la zona donde te hacen croasanes a la plancha. Con la barriga llena y el coche estratégicamente aparcado para poder observar la entrada de la oficina del edificio de la antigua harino panadera en Santa Ana comprobé concierta satisfacción que la rubia era puntual. Venía bastante discreta y con una bolsa de deportes. Me dijo que lleva un par de sudaderas distintas, una gorra de beisbol, y gafas de sol para poder cambiar de luk al instante. Al final iba a resultar que la mozuela tenía alma de investigadora. Las instrucciones las tenía muy clara, adivinar donde vivía el hijo de puta de Gervasio, y de paso intentar conocer sus rutinas. Un día podía ser poca muestra, pero por la pinta y por el horario este era un oficinista clásico. Seguro que todos los días cumplía milimétricamente con los mismos rituales. Sin tiempo para mucho más, me dispuse a partir hacia el almacén quemado, no estaba a más de diez minutos andando cuando la chica sacó el ordenador y me explicó que mientras esperaba iba a intentar sacar las claves del correo y otros archivos electrónicos del Borjita para ver que se podía encontrar. “Pero espera a que llegue Gervasio a la oficina. Empieza a mirar los archivos cuando el pollo ya haya llegado al corral” le solté, no demasiado simpático.

 

Mientras caminaba a la planta me cuestioné si no había estado algo desagradable con mi nueva ayudante, ayudante que por cierto ni tenía horario ni sueldo. “Es lo que hay” le avisé cuando aceptó a ser mi ayudante, pero eso no quería decir que debía de estar borde con ella. Así que pensando en intentar ser un poco más suave con la nena llegué hasta el almacén donde ya me estaban esperando los soldadores con el orejotas. Me calcé las botas de seguridad, me metí en el mono azul que me compro la princejefa para no manchar la ropa (secretamente siempre he deseado poner en la espalda en letras de imprenta la leyenda de DEMOLITION STAFF, pero no siempre he tenido güevos para todo) y un casco blanco de obra, y con la cámara de fotos en la mano me acerqué a los operarios. Junto con Orejotas decidimos por dónde empezar para llegar de la manera más rápida hasta donde parecía que había comenzado todo.

 

El trabajo de investigación de incendios, y en general el de investigación de escenarios de crímenes ha sido popularizado por la televisión, pero, al menos el de incendios es un coñazo. En este caso, tendríamos que ir abriéndonos paso entre vigas derruidas y la chapa de la cubierta, con cuidado, ya que no siempre el foco inicial está donde lo señalan los indicios que crees ver en una primera inspección. Lo cual no es sencillo, hay que ir cuidado para no mancarse y eso sólo se puede hacer si vas despacio. El único entretenimiento que tuve aquella mañana fue una llamada del juzgado, para decirme que al mediodía Gómez y Ganeko se tenían que pasar por aquí, ya que tenían que comenzar con una investigación y quizás yo pudiera darles alguna pista. No sabía que pensar, me mosqueaba que en algo que pudiera ser de ayuda, no me contrataran como en este asunto del incendio, pero también era consciente de que no podía quejarme mucho. Así que sugerí vernos a la hora en la que parábamos para el bocata, ya que me vendría bien un poco de presencia uniformada para que a alguno se le quitase la mala cara.

 

Habíamos pactado parar poco tiempo, ya que los de la demolición trabajaban a destajo, y cuanto antes acabaran, más rendimiento le sacaban. Eran gente de fuera de Bizkaia, y cada día les salía una pasta. Como tampoco era cuestión de estar todo el rato mirando, aprovechando que empezaba a clarear un poco, me di una vuelta por los alrededores del almacén, sobre todo parar corroborar mi teoría sobre el bote de disolvente. Si allí seguía, no había tenido nada que ver con el incendio, pero si había desaparecido después de haberse iniciado una investigación judicial, era un indicio de que aquello era un incendio provocado. Pues efectivamente, el bote ya no estaba allí. Y la razón no era un zafarrancho de limpieza, ya que seguían el resto de deshechos desparramados por ahí, incluidos bastantes restos de palets de madera rotos.

 

Cuando me dirigí al bar donde había quedado con los agentes del orden, noté como discretamente los demoledores esperaban para ver en que bar entraba e ir a otro. “¡Qué se jodan! ¡No tienen ni puta idea donde hacen los mejores bocatas de Lamiako! ¡Van a comer basura!”. Algo de cierto hubo en aquello, ya que en días posteriores, y cuando yo no anduve por el almacén, fueron al bar de mi elección.

 

Me sacaron un bocadillo de pollo que consistía en media barra de pan crujiente, una pechuga de pollo cortada por la mitad y empanada a fuego fuerte, lo que lograba el efecto de crujiente por fuera y blandito por dentro, teniendo de base por un lado finas rodajas de tomate y por la otra unas lonchas de queso havarti, la parte blanca de la lechuga igloo para el extra de crujiente, toda esa zona untada de mahonesa. Vamos estaba tan bueno, que para cuando llegaron los txarainas ya lo había terminado, y como ellos no habían comido, pedí otro de nuevo. Ellos se decantaron por algo más clásico como lomo con queso y ternera con pimiento. Yo con la andorga ya llena, y para que pensaran que era muy dadivoso, les corté un trocillo del mío para que lo probasen. Claro, que con esa maniobra de pedir un segundo bocata, me tocaba pagar a mí.

 

Tras tres minutos de silencio, que fue más o menos lo que nos costó dar buena cuenta de nuestras medias barras de pan, y de pedir unos cafés (sin orujo, que estábamos todos de servicio) se decidieron a contarme por qué el juez les había mandado a hablar conmigo.

 

-       Pues mira – me dice Pototo mientras se sacude las migas de la pechera- han aparecido en la zona de Artaza más de una docena de patos envenenados

-       Con síntomas de haber sido envenenados – le corrige Gómez

-       ¿Se lo cuentas tú?

-       Vamos no te cabrees, sigue

-       Vale, pues eso, y como ha sido presentada una denuncia en el Juzgado, nos han ordenado investigar

-       Y como el juez sabe que tú has estado en un caso de envenenamiento de mascotas, pues nos ha pedido que hablemos contigo por si puedes aportar algo

 

Me pareció algo surrealista que me aparecieran estos dos ahora, con esta embajada. Pienso que no me estaban tomando el pelo, ya que la llamada la tenía perfectamente identificada como procedente del juzgado, pero si me tocaba las narices ese aire de superioridad que me estaban mostrando, así que contraataqué.

 

-       Deberíais de acordaros de algo, ya que vosotros fuiste los interrogadores

-       ¿y de qué tendríamos que acordarnos? ¿acaso crees que aquel tío puede ser un asesino de mascotas en serie? – me suelta Pototo mientras los dos se empiezan a reír a carcajadas

-       Los patos no son mascotas, tarugo – con la cara que me miró decidí atarme al dedo que no es bueno tratar a un agente de la ley con tanta familiaridad e intenté salir al paso con lo primero que se me ocurrió - siempre nos queda el patrón de conducta, que tiene la pinta de ser muy similar a este caso

-       ¿Eh?

-       ¿Dónde han aparecido los patos? ¿ Junto al Gobelas?

-       No. Estaban en una especie de patio entre varias viviendas del antiguo golf

-       En mi caso, el móvil fue el coñazo que daba el perro todas las mañanas. Y en el caso de los patos puede ser igual. Hace un par de años, por la mañana, al lado de mi casa, los patos cruzaban la carretera hasta ponerse debajo de la ventana de una señora que les daba pan todas las mañanas. La procesión patuna iba acompañada por una estridente orquesta de graznidos.

-       ¡No jodas!

-       Así que si queréis tiraros un moco – les dije mientras les cogía de los hombros amistosamente y los encaminaba hacia la salida- ya sabéis que hacer, empezar a revisar todas las quejas que se hayan puesto sobre molestias de patos por las mañanas en la zona del Gobela, filtrarlas y quedaros sólo con las que procedan de zonas cercanas a la aparición de los cadáveres, e interrogarlos.

 

Cómo les seguía llevando del hombro y ya estábamos en la calle, les solté, no sin antes pedirles que se diesen una vuelta conmigo por el almacén, ya que el que vieran un par de uniformes a mi lado, les volvería a recordar que aquello era una investigación oficial, y si desde luego, no les iba a volver a todos más colaboradores, por lo menos serían algo más amables.

Pero lo que les llevó a mostrarse más colaboradores fue cuando apareció la rubia para darme el parte de toda su vigilancia. Vino con la gorra de beisbol puesta y el pelo recogido en una coleta. . La verdad era que estaba monísima y los soldadores casi se queman entre ellos. La conversación que mantuvimos fue muy breve, y todo hay que decirlo, me sorprendió muy gratamente su eficacia. Me explicó que mientras vigilaba a Gervasio logró sacar las claves del banco, del correo electrónico, de la universidad, del feisbuk, y del tuiter del Borjita, y que cuando quisiéramos mirarlas, que no había mayor problema. Y ahí entró el famoso Peru que se ahoga en un vaso de agua. Le expliqué que aquello, era al menos, alegal, que aunque sus padres nos habían dejado sus gadgets, el muchacho era mayor de edad, así que si íbamos a revisar sus datos, mejor copiar las claves en algún papelote e ir cuando tengamos un poco de tiempo a algún ciber café para enredar desde allí, y lógicamente, no poder ser localizado. Me miró con una sonrisa socarrona y me dio un papel donde estaban anotados los movimientos del Gerva durante la mañana:

 

Entra a las 8:35

A las 11:15 va a una degustación frente al ambulatorio hasta las 11:40

Sale de la oficina a las 14:59

 

Con este horario, no tenía pinta de que trabajara por la tarde, así que le pedí a la chavala que fuese al parque donde pasea a Canelo, y que compruebe que la hora es similar a la de ayer. Si era así, sin más que lo apuntara y se podía ir a casa. Mañana, la misma rutina que hoy, quedábamos a las ocho y cuarto frente a la oficina, para que ella siguiera con la vigilancia, mientras yo intentaba acabar con el desescombro selectivo.

 

Así que seguimos viendo como cortaban vigas y chapas, acercándonos lentamente a donde sospechábamos se encontraba el foco, sospecha también compartida por el experto que también mandó la compañía de seguros, con quién la espera se hacía más entretenida. A las ocho y media de la tarde, y ya cuando la luz comenzaba a menguar, decidimos que por hoy ya bastaba, así que nos despedimos para vernos al día siguiente a las siete y media de la mañana. Avisé que llegaría a las ocho y media, ya que poco iban a poder avanzar hasta entonces. Fui hasta Santa Ana andando, pero al ver que el coche se encontraba bien aparcado, pensé que mejor sería dejarlo ahí hasta mañana, así que piano, piano, me encontré de lleno en la tasca de Domínguez, “La Reinona”.

 

Al verme, y sin preguntarle nada, me llenó una jarra de cerveza de medio litro y guiñándome el ojo en plan loca me susurró “¿qué pasa, chiquitín?, caro eres de ver, aunque no se si preocuparme que aparezcas por aquí, ya que me han llegado rumores de que eres el nuevo Anacleto”. Le iba a mirar con cara de pocos amigos pero recordé que iba a pedirle información, así que tuve que cambiar de táctica. Tras una larga conversación, mitad vacilada, mitad insinuante, y tras tres jarras de cerveza, logré enseñarle la foto de Gervasio con su mujer, y le expliqué que tras hacer un trabajo para el tipo, no me había pagado.

 

-       Ese, si está podrido de pasta. Va  a trabajar a una oficina que tiene, con secre y un par de empleados. Hacen temas de transportes o algo así, pero creo que es para pasar el tiempo, ya que al él, la pasta no le falta. Y su mujer, si viven en Las Arenas, es porque a ella no le apetece ir a Punta Galea, a un chalet. Ella no trabaja, y lo único que hace es controlarle a él. Creo que le tiene más miedo a ella que a un inspector de hacienda, y mira que creo que este tiene pinta de ocultar mucho. A ella, Ali, la conocían en la universidad como la Sargento de Hierro, le pusieron el mote justo después de que saliera la peli del Clint. Eso sí, los fines de semana suelen salir de viaje y le dejan a la nena sola, que ¡menuda es! Y verás………….

 

Así continuó durante un buen rato, y claro, yo la dejé seguir, pero ya tenía la información que quería. No paró hasta que me sirvió la quinta jarra de cerveza y más que nada porque entraron otros clientes que le resultarían más interesantes que yo. Me pegó un buen guantazo por las cervezas (o puede que fuera por la información) y dado que ya se hacía tarde, me fui tambaleante por la avenida de Zuigazarte, respirando el fresco aire marino para que se fueran poco a poco los vapores etílicos que ya rondaban por mi cabeza. Llegué tarde a casa, y las princedurmientes ya estaban en la cama así que cené las reliquias que quedaban por la cocina y me metí en el catre sin más intención que echar una buena roncada hasta la mañana siguiente.

 

La mañana siguiente no se dio del todo mal. Hacia las doce de la mañana llegamos al foco, donde tras recoger  unas cuantas muestras del suelo junto con el experto de los Aseguradores, quedé con él en que me pasara la analítica de las mismas, ya que la del juzgado, estaba avisado que podía tardar meses, y la del seguro, que la llevaban a la UPV iba a estar en una semana como mucho. Ya contento todo el personal de la obra, me largué de allí, tras el consiguiente reportaje fotográfico, no sin ponerles sobre aviso de que me pasaría de vez en cuando para ver los avances, y que me fueran pasando amplios reportajes fotográficos de sus avances.

 

Llegué donde estaba la rubia, y me confirmó que Gervasio era milimétrico y cabeza cuadrada, había hecho lo mismo que ayer, a la misma hora. Así, que como allí ya solo podíamos aburrirnos, decidí que sería una buena idea el invitarla a comer a casa……………..

 

En el pasillo había un rastro de ropa tirada de cualquier manera en el suelo, como si se hubiera quitado de una manera apresurada, rastro que acababa justo en la puerta del dormitorio. En el fondo, se oían jadeos acompasados, que poco a poco iban alcanzando una mayor intensidad, hasta que se oyó un suspiro como una explosión contenida. Se quedaron tumbados en el lecho, con las manos entrelazadas, mirando al suelo, desnudos y sudorosos pero con cara de satisfacción. Se miraron y se sonrieron. Aunque la ropa estaba desordenada, un observador notaría dos incongruencias en la escena, la primera eran unos pantalones primorosamente doblados en una sillita próxima a la cama, y un sujetador colgando de la parte alta de la puerta. Ambos detalles eran creaciones de Peru, la primera por evitar volver a hacer el pingüino, abrirse de nuevo la cocorota y sobre todo las chanzas que conlleva, y el otro, porqué aseveró gravemente que le hacía mucha ilusión que quedara la escena así.

 

Estaban recuperándose poco a poco, cuando el sonido de la cerradura de la puerta de la calle les sobresaltó a los dos, pero el susto y la cara pálida de ambos fue mayor cuando se oyó una voz femenina decir en voz alta

 

-       Hola, ¿Hay alguien en casa?
-   ¡Nos han pillado! - susurró Peru alarmado.