martes, 7 de octubre de 2014

XV Una tarde cualquiera en Torrebertán

XV
EPÍLOGO

Una hoja se deslizaba en el aire como una pluma, pero antes de posarse sobre el plato de la mujer de Gómez, el secretario la cogió con un ágil y rápido movimiento

-       Es lo malo de comer al aire libre – le comentó

Ella sonrió levemente mientras atacaba con delicadeza, pero con mucha firmeza, el lomo de corzo con salsa de grosella, que solo tuvo alabanzas de todos los comensales. Al fondo de la mesa, tres cabezas observaban todo el tiempo a la mujer, ahora con alivio, al ver que su semblante se iba ablandando con el paso de los platos

-       En el café, creo que te dejará besarla – le dijo disimuladamente Caraqueño, tapando con la mano sus labios para que ella no le viera

A lo lejos se oía el alegre chapoteo de las hijas de Gómez, acompañadas por la sobrina de don Fulgencio, quienes habían acabado excusadas de sentarse a la mesa, para disfrutar de la excelente piscina de la casa del potentado de Torrebertán.

La noche anterior había acabado muy tarde. Entre el golpe y el susto, la adrenalina se había disparado y el trío algorteño había intentado recuperar el color a base de alcohol, generosamente subvencionado por don Fulgencio con la presencia del secretario, que a partir de la tercera ronda, se unió al grupo. A punto estuvo de cortarles el pedo, la furiosa llamada de la mujer de Gómez, a la salida de la representación del rey León, a la que no acudió el susodicho.
La cara de terror y sus balbuceantes explicaciones, hicieron que el secretario, quién todavía no había alcanzado el nivel etílico de los tres amigos, cogiera el teléfono y arreglase el tema.

A la mañana les fue a buscar el chófer a Madrid, y la increíble finca de Don Fulgencio hizo el resto. Aunque éste se fue a cazar con su hijo, pronto por la mañana, autorizó al secretario para que obsequiara a la mujer de Gómez y a su chavalería, con el fin de agradecer que al final, no pasara nada.

Cuando el sol comenzó a ocultarse por la lejana sierra, fue la hora en la que la familia Gómez decidió (¿?) volver a su Aiboa querida. Tras la despedida y antes de entrar en el coche, Gómez cogió a su mujer de la mano y le insinuó que bien podía venir a trabajar a esta villa, como jefe de seguridad de las empresas de Don Efe. La cara de ella se volvió de piedra y su “con esos, ¡Ja!” fue definitivo.
Mientras el coche abandonaba la finca, levantando un tenue polvo por el camino de piedrilla, Peru y Juan se partían la caja recordando la cara de ella.


-       Te imaginas que hubiese sido en serio

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