XV
EPÍLOGO
Una hoja se deslizaba en el aire
como una pluma, pero antes de posarse sobre el plato de la mujer de Gómez, el
secretario la cogió con un ágil y rápido movimiento
-
Es
lo malo de comer al aire libre – le comentó
Ella sonrió levemente mientras
atacaba con delicadeza, pero con mucha firmeza, el lomo de corzo con salsa de
grosella, que solo tuvo alabanzas de todos los comensales. Al fondo de la mesa,
tres cabezas observaban todo el tiempo a la mujer, ahora con alivio, al ver que
su semblante se iba ablandando con el paso de los platos
-
En
el café, creo que te dejará besarla – le dijo disimuladamente Caraqueño,
tapando con la mano sus labios para que ella no le viera
A lo lejos se oía el alegre chapoteo
de las hijas de Gómez, acompañadas por la sobrina de don Fulgencio, quienes habían
acabado excusadas de sentarse a la mesa, para disfrutar de la excelente piscina
de la casa del potentado de Torrebertán.
La noche anterior había acabado muy
tarde. Entre el golpe y el susto, la adrenalina se había disparado y el trío
algorteño había intentado recuperar el color a base de alcohol, generosamente
subvencionado por don Fulgencio con la presencia del secretario, que a partir
de la tercera ronda, se unió al grupo. A punto estuvo de cortarles el pedo, la
furiosa llamada de la mujer de Gómez, a la salida de la representación del rey
León, a la que no acudió el susodicho.
La cara de terror y sus balbuceantes
explicaciones, hicieron que el secretario, quién todavía no había alcanzado el
nivel etílico de los tres amigos, cogiera el teléfono y arreglase el tema.
A la mañana les fue a buscar el chófer
a Madrid, y la increíble finca de Don Fulgencio hizo el resto. Aunque éste se
fue a cazar con su hijo, pronto por la mañana, autorizó al secretario para que
obsequiara a la mujer de Gómez y a su chavalería, con el fin de agradecer que
al final, no pasara nada.
Cuando el sol comenzó a ocultarse
por la lejana sierra, fue la hora en la que la familia Gómez decidió (¿?) volver
a su Aiboa querida. Tras la despedida y antes de entrar en el coche, Gómez cogió
a su mujer de la mano y le insinuó que bien podía venir a trabajar a esta
villa, como jefe de seguridad de las empresas de Don Efe. La cara de ella se
volvió de piedra y su “con esos, ¡Ja!” fue definitivo.
Mientras el coche abandonaba la
finca, levantando un tenue polvo por el camino de piedrilla, Peru y Juan se
partían la caja recordando la cara de ella.
-
Te
imaginas que hubiese sido en serio
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