domingo, 15 de junio de 2014

X Una tarde cualquiera en Torrebertán

X

Gómez se bajó del coche, dejando unos doscientos metros entre él y el chófer, quien era el que llevaba un sobre con cuatrocientos billetes de 20 euros. Le habían explicado donde iba a esperar la llamada y que él era mejor que esperase cerca, disimulando. Vio el escaparate de una tienda de deportes y se quedó mirando los diversos artículos que ofrecía el escaparate mientras acaba de sacar del bolsillo el teléfono. Comprueba que está encendido, marcando su posición y la del chófer. Recorre despreocupadamente la vista por el escaparate y vuelve a mirar los puntitos del móvil, tanto el suyo como el del chófer siguen en el mismo sitio.
El chófer clava la mirada en una de las pocas cabinas telefónicas del pueblo, esperando que suene. Se frota las manos nerviosamente y está tentado de sacar su teléfono del bolsillo, pero se acuerda de lo que le ha dicho el picoleto “no saques el teléfono del bolsillo”, y evita la tentación, mientras se queda esperando a que suene el aparato.
Gómez gira nerviosamente sobre sí mismo, aburrido ya de mirar el escaparate de la tienda e intentando buscar algún otro lugar desde donde esperar a que el puntito del chófer comenzara a moverse. Empezó a hacer como que estaba tecleando en el móvil, hasta que le pareció que el puntito comenzaba a moverse. Puso las orejas en punta y empezó a seguir desde la distancia.
No le estaba siendo muy complicado seguirle y mantener la distancia. Al de unos pocos minutos, le dio la sensación de que el punto del chófer se estaba moviendo con más rapidez. Se paró en una esquina y disminuyó el tamaño del mapa, intentando reconstruir el camino. La impresión que le dio es que estaba yendo en círculo para terminar de nuevo en la cabina. Estaban comprobando si le seguía alguien. Por ello, decidió dar media vuelta y esperar acechando a la cabina desde un portal cercano.
En la casa de don Fulgencio se sorprendieron el cambio de dirección que observaron en el punto que delataba el lugar donde se encontraba Gómez. Peru, se rascó suavemente la barbilla, intentando comprender que es lo que podía pasar por la cabeza de su amigo, pero Erre Erre fue más rápido. “Se acaba de dar cuenta que el chófer va de nuevo hasta la cabina dando un rodeo, para que comprueben que no le sigue nadie”. “la intuición le sigue sin fallar al cabezón”, pensó Peru. Desde el improvisado centro de mando, siguieron con atención todos los movimientos que se iban produciendo.
Como efectivamente había intuido Gómez, el chófer volvió de nuevo hasta la cabina, para coger el teléfono, que se puso a sonar según llegó, recibiendo la instrucción de dejar el sobre con el dinero, justo en el suelo de la cabina, y que se largara corriendo. Desde la esquina donde estaba medio oculto observando Gómez, vio como se agachó el chófer por lo que supuso que estaba dejando el dinero, así que salió de su escondite y se fue acercando poco a poco hasta la cabina. Para intentar disimular, hizo como que estaba chateando desde su móvil, el chófer justo entonces quitó la señal, como habían convenido, para dar a conocer al centro de mando, que ya había soltado el paquete. En el centro de mando dejaron al secretario al mando de los controles de los GPSs, mientras los dos servidores de la ley y el juez (no es que no fuera servidor de la ley, sino que a veces, era la ley) se iban a montar en uno de los vehículos, para dirigirse al centro.
De las sombras salió una figura con una sudadera negra, cubierta la cabeza con el choto de la prenda, ocultando el rostro. Iba en dirección hacia la cabina con grandes zancadas, Gómez su puso a unos diez metros a su espalda, intentando no hacer ruido con sus pasos y que tampoco le viera.El tiempo que el otro tardó en agacharse para coger el sobre, hizo que Gómez se quedara a sólo dos metros del individuo cuando se dio la vuelta para escapar de allí con el sobre. En ese momento se encontraron cara a cara el presunto secuestrador y Gómez.
Gómez le miró instintivamente a la cara, pero la capucha le tapaba prácticamente toda la cara, ocultando los ojos detrás de unas gafas negras. Gómez también cayó en la cuenta de que el individuo le sacaba la cabeza y que había sacado las manos de los bolsillos laterales de la sudadera. Comprendió muy bien para qué e intentó recordar las lecciones que le habían dado para como evitar una agresión. Pensó que tenía que ponerse de un modo lateral para evitar el golpe en las partes blandas y con el brazo que quedase más cerca del agresor, haciendo que la distancia fuera más grande y así evitar un golpe contundente. Pero no le salió de forma automática la postura de autodefensa que estaba recordando y durante el breve relámpago en el que creyó ver como se acercaba a toda velocidad un enorme puño hacia su rostro lamentó no tener una pistola a mano. Después todo se volvió negro.
Nerviosamente, el secretario llamó a Erre Erre totalmente preocupado, ya que el punto de Gómez llevaba más de dos minutos en el mismo sitio. “estamos a cinco segundos, no te preocupes, puede que nada más se le haya caído el teléfono” mintió el picoleto, mientras Peru llamaba por el móvil a su amigo, quien no contestaban. Dejaron el coche en mitad de la calle y corrieron hasta la cabina, donde estaba tirado en el suelo Gómez, aparentemente, inconsciente. Erre Erre, cómo no, llegó el primero y levantándole la cabeza, apoyando cuidadosamente una mano en la nuca, con la otra le dio un par de cachetes sin que el ertzaina recobrase la consciencia.
“A lo mejor hay que hacerle la respiración artificial”, sugirió el juez, lo que hizo que los párpados de Gómez se abrieran levemente con la remota esperanza que ninguno de los hediondos alientos de sus amigos se acercasen cerca de su boca

2 comentarios:

  1. Pido disculpas de nuevo a mi lector, ya que aunque he superado la semana santa, las rehabilitaciones de espalda me están matando poco a poco las ganas de redactar de nuevo. Eso, sí, ya llevando en Junio dos entradas, espero duplicarlas antes de que acabe el mes.

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  2. bien, eso esperamos. Veo que además nos vamos acercando al desenlace

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