domingo, 27 de enero de 2013

LA PINQUERTON DE GETXO I


LA PINQUERTON DE GUECHO

 

I

 

Me miré en el espejo y ajusté un poco más el nudo de la corbata. Tras comprobar que la camisa estaba impoluta volví de nuevo a contemplar mi rostro en el espejo. He de reconocer que una ducha matutina y un poco de disciplinante de cabello habían hecho milagros y mi aspecto era bastante más que presentable. Hoy tenía un caso importante, mi primer caso con un fiambre, pero la reunión no era hasta las doce de la mañana, por lo que iba a aprovecharla pasando antes por la oficina y tener la habitual charla semanal con mis colaboradores para enterarme de lo que estaban haciendo y procurar que no metieran en exceso la gamba. También me esperaba alguna sorpresa en el ámbito decorativo de la oficina ya que la princepeque se había pasado el fin de semana con Cosme, el menos listo de los nuevos, pintando alguna pared y preparando el nuevo logo de la “Agencia de Investigación Hurtado” basado en la tradición de las agencias de detectives. Prefería no pensar en lo que me podía encontrar, así que cerré tras de mí la puerta de casa, di las cuatro vueltas de rigor con la llave, me las metí en el bolsillo, tensé el nudo de la corbato e imaginándome que silbaba “Spanish Harlem” (no conozco la melodía, pero me sentí como el jefe de los mercenarios) salí del portal a buen paso, reduciéndole inmediatamente en cuanto me acordé de mi destino y lo que me podía esperar.

 

Pasé junto al Egoki y comencé a subir las escaleras. Iba con cara de disimulo ya que desde lejos he visto como mi hija pequeña estaba asomada a la terraza y en cuanto me ha divisado, se ha metido dentro. Cuando introduzco la llave en la cerradura suspiro ante la inminente catástrofe, y según abro la puerta el “¡Sorpresa!” me hace temer lo peor. Pero hay algo raro en la puerta, giro la cabeza y miro, una placa dorada con letras azules donde anuncia “DETECTIVE”. Ahora vuelvo a mirar en el interior y veo a la princepeque entre Cosme y Damián, su hermana en una esquina, con cara de aburrida y tecleando con el dedo gordo en el pipofón. Delante de la peque hay una mesa donde ordenados en perfecta pirámide hay al menos una docena de bollos de mantequilla de Zuricalday con dos termos, uno rojo y el otro blanco, donde supongo que habrá café y leche. Es lo que la princecanija ha entendido siempre como reunión de investigación. Como el viejo Kurt hacía las reuniones con sus colaboradores tomando bollos, es la tradición familiar de cuando nos juntábamos en casa para que me echaran una mano en alguna búsqueda. Buenos, hasta el momento lo puedo soportar, pero la princepeque se separa de los dos gandules y corre hacia mí. Los otros dos zoquetes siguen medio pegados a la pared, como si quisieran ocultar algo. La pequeña se aguanta la emoción, me coge de la mano y me dice, “mira”. Los nerdentales se hacen cada uno a un lado y tras ellos aparecen dos ojos pintados en la pared, encima de ellos a modo de lema “we never slip” y debajo en letras de molde “DETECTIVES”. Me puedo cagar en todo lo que se mueve, pero veo la cara de ilusión de mi hija y murmullo algo así como que qué chulo. La mayor se da cuenta que todo ha acabado y decide que ya es momento de irse. La peque tiene cara de encantada, coge una bolsa de plástico, se coge dos bollos de mantequilla “para el cole” dice, su hermana le pide otros dos más para ella, que rápidamente introducen en la bolsa, un par de besos  en la mejilla y se van.

 

En esos momentos le miro a los ojos a Cosme y comprende perfectamente el mensaje que le estoy mandando “eres jilipollas”. El me mira a los ojos y comprende perfectamente el mensaje y con su mirada me dice “Peru, tienes toda la razón, soy jilipollas”. Damián, que nunca ha tenido gran clarividencia me pregunta cual era mi opinión sobre el nuevo logo. Lo ha copiado de una agencia de detectives americana muy famosa y muy antigua “que hasta salía en los comics de Lucky Luck, la Pinkerton y su lema era el de los ojos abiertos y que nunca dormían”. No sé que contestarle, o no sé si tirarle algo a la cabeza. Para cambiar de tema y no enfurecerme demasiado pregunto por la rubia, cuya ausencia no me extraña ahora. Siempre ha sido la más lista de todos, y como se imaginaba la bronca, estaba tomándose algo en el Egoki hasta que ha visto irse a mis princesas por la calle, momento en el que se ha ido a comprar el periódico para esperar que la furia se apaciguara.

 

Como no me voy a liar a mamporros, entro en mi despacho, una pequeña habitación de 3x3,5, con su mesita, su silloncete de jefe, un par de sillas en el otro lado, y el ordenador para pazguatos que me colocó la Uruguaya, donde ya se meterme en internet sin que nadie me ayude. Mi inglés no es que sea demasiado brillante, pero el slip me suena como más a calzoncillo que a dormir, así que tras introducirme en el traductor de google compruebo que lo que han puesto es que nunca patinamos. Pego una patada a una de las sillas que sale volando y golpea la puerta. Como la distancia no es mucha, el ruido que hacen al chocar las maderas de la silla y de la puerta, no es muy grande, pero suficiente para que no se oiga el vuelo de una mosca hasta que la puerta de la entrada hace acto de presencia la uruguaya. Oigo como le reprochan que se haya bajado a tomar algo si hay desayuno de sobra para la reunión. Me imagino la mueca de la rubia, como les da la espalda y se mete en  su despacho, más grande que el mío, pero como bien me convenció, sin ventanas a la calle ni orientación sur, por lo que era peor. Cuento hasta mil, salgo de mi despacho, atravieso la entrada, donde están sentados en sus mesas los dos, haciéndose los absortos en sus papeles, toco en la puerta de la rubia y le pido que venga para comenzar con la charla semanal sobre los temas que estamos llevando. Cojo una de las sillas de mi despacho, me siento frente a la mesilla con los bollos y cojo uno que me acabo en tres mordiscos. He dado el banderazo de salida y los dos garrulos se abalanzan sobre los bollos casi tirando los termos al suelo “del Athletic, ¿eh jefe?” pero logrando la proeza de tener llenas antes que nadie sus jarras cerámicas de humeante café con leche. En el quicio de la puerta de su despacho, con los brazos cruzados nos observa silenciosa la uruguaya, con una mirada que dice “¡hombres!” pero en ese tono despectivo con el cual a veces nos obsequian las mujeres.

 

Tampoco me causa gran impresión, así que mientras acabo de masticar el último trozo de mi tercer bollo y me voy sirviendo un humeante café con leche, hago un gesto a la uru para que se siente. Me pasa una hoja con los casos que llevamos entre manos y empiezo con el interrogatorio.

-       Ayuntamiento de Getxo, medio ambiente – y le miro a la rubia

-       Nos han pedido que volvamos a presentar una nueva oferta, pero en vez de hacer dos parques al día, en el que estaríamos involucrados cuatro personas – es decir todos, pienso para mis adentros -, han pedido que la reduzcamos a sólo un parque diario, y menos horas, en vez de siete a once y de seis a diez, quieren que sea de ocho a diez y de siete a nueve, durante un mes de prueba.

-       ¿has pensado ya en cuanto les vamos a pedir?

-       Son cuatro horas al día, por dos personas, por treinta días del mes, por cuarenta euros la hora, nueve mil seiscientos euros – dice mientras se que por dentro va calculando sus ganancias por conseguir el negocio, un 25%

-       No peques de ambiciosa y redondea dejándolo en nueve mil ¿de todas maneras, no es necesario que haya un concurso público?

-       No, por ese importe pueden contratar sin concurso, aparte de que este servicio no tiene demasiado mercado, por no decir ninguno, salvo nosotros, claro.

 

Fue idea de la rubia el presentarnos al Ayuntamiento, ya que somos los únicos que pagamos impuestos en el municipio por nuestro oficio de detectives. Tras andar revolviendo por ahí, e indagar sobre las preocupaciones del consistorio, se le encendió la bombillita de las ideas y les propuso el realizar vigilancias en los parques para identificar a las mascotas que hacían sus deposiciones en la calle y a los dueños que no las recogían, para posteriormente multarles, con multas cuyo máximo es de 600 euros. Ella, además intentó convencer al técnico municipal, que sólo cobraríamos un porcentaje sobre cada multa sancionada (en eso era lista, no era necesario para que nuestros honorarios engordasen que la multa estuviera pagada). Y como la avaricia no es exclusiva de la rubia, el técnico pensó que era mejor un precio fijo, ya que así la recaudación para ellos sería mayor. Creo que era un error, no para nosotros, ya que en quince días se habría acabado el problema de las cacas de perros en las aceras a poco que se corriera la voz. El operativo no era muy complicado ni costoso, grabar con una cámara de video a los infractores, seguirles hasta su casa para identificarles, y pasar los detalles a la policía municipal para que les extienda la correspondiente sanción. Cada día en una zona distinta, mañana y tarde. La única puñeta es que tendríamos que actuar todos y a mí, que ya me considero investigador con cierto pedigrí, se me empezaban a caer los anillos con esas chorradas, pero al final era pasta, para el negocio y para mis colaboradores, a los que necesitaba tener, al menos, cobrando algo, y en mi agencia sólo se cobra por trabajo. Era un 25% para el que tría el negocio, un 30% para gastos de oficina y el resto, para los que se lo curraban, dividido por horas de trabajo. Eso quiere decir que si sale lo del Ayuntamiento, para gastos de oficina algo más de tres mil euros, algo más de lo que se llevará la uru por conseguir el negocio.

 

-       ¿Has logrado que se interesen algo por lo de las ánades que han aparecido muertas en el Gobela?

-       Me han dicho que no es cosa de ellos, que es de la confederación hidrográfica. He estado llamando pero no me han hecho ni puñetero caso

-       ¿Has intentado presentarte allí? – le cuestiono sabiendo que cuando

aparece la rubia en alguna oficina, los perjuicios a escucharle al menos cesan.

-       No, pero no creo que sirva de mucho, me han insinuado que en cualquier caso andan bastantes caninos de presupuesto.

 

Seguimos con el resto de asuntos que llevamos entre manos. El primero de ellos es el seguimiento de una baja laboral por parte de una empresa, que sospecha que su contable mientras está oficialmente impedido presta sus servicios en otro lugar. Como es un vecino de Aiboa no está siendo muy complicada la vigilancia a su casa, pero estamos con la mosca detrás de la oreja, ya que cuando hemos llamado a su timbre o a su teléfono, no contesta. Tras interrogar a Cosme sobre el lugar desde donde vigilaba, empecé a sospechar que el perseguido podía haberse enterado de que alguien le estaba vigilando, y utilizar su garaje como salida alternativa. Como el vigilante actual era Cosme, planeamos el que a partir de mañana vigilara yo la salida alternativa por el garaje, desde un coche, y que la rubia y Damián estuvieran al quite para en su caso, relevarnos a los demás. Cosme podía estar quemado, pero debía seguir todas las mañanas en su posición de vigía para que el vigilado no sospechara nada.

 

Esto nos da pié para incidir en la otra vigilancia que está llevando Cosme, solicitada y bien pagada por un marido celoso que sospecha de su contraria. El cliente no está satisfecho de nuestras pesquisas hasta la fecha, y comienzo a pedir detalles sobre su vigilancia y la manera en la que la está realizando. Cuando empieza a contar los detalles de su trabajo, no es por lo que dice, sino por como lo dice, mirando a la mesa y hablando para el cuello de la camisa lo que me da muy mala espina. Este está haciendo alguna pirula. Le pido que me de un cronograma del seguimiento que va a hacer para poder en su caso, vigilarle a él. Voy a dar por terminada la reunión, aunque todavía falta un buen rato hasta las doce

 

Pero cuando hago amago de levantarme, todos me interrogan con la mirada “¿y qué hay de tu caso, jefe?”, parte por curiosidad y parte por saber si van a tener alguna opción de intervenir en él, ya que por la apariencia va a ser el que mejores honorarios nos reporte. Me vuelvo a sentar, y les cuento lo que sé, que no va mucho más allá de lo que ha aparecido en los periódicos. Hace una semana apareció muerto en el club de golf, cerca de uno de los hoyos, en una zona de árboles, un empresario muy conocido de Guecho con un fuerte golpe en la cabeza. En las primeras investigaciones de la policía judicial, en este caso la ertzaina, habían encontrado un palo de golf ensangrentado en una de las bolsas que se guardaban en el cuarto de palos. Dicho palo pertenecía a una persona, que ya había sido detenida, con la que el asesinado había tenido una fuerte discusión esa misma tarde. A la espera de pruebas más concluyentes, el sospechoso estaba ingresado en la cárcel de Basauri sin que el juez haya admitido fianza alguna. El caso nos lo había propuesto el abogado de la familia del presunto asesino, con el que íbamos a ir a casa de la mujer de su cliente, con el fin de conocernos, y en su caso, encargarnos la investigación. Sabía que desde Arkaute le habían encomendado el caso al comandante Jauregui, al que ya conocía del caso de los cadáveres del Gobelas (Ver Fredi, del Guecho III), investigador estrella de la policía autonómica, probablemente andarían por el medio Gómez y Ganeko, pero el juez no era Caraqueño. Y que poco más sabía, que el encargo no era firme, y que ya les comentaría como iba el tema. Y ya, sin solución de continuidad, volví a mi despacho, cogí la chaqueta y tras volver a tensar el nudo de mi corbata (la costumbre de llevarlas de seda, hace que al final el nudo siempre se me afloje), arqueé las cejas a modo de despedida, mirando a un lado y a otro y salí de la oficina.

 

Vi por el reloj que tampoco tenía mucho tiempo así que cogí el metro hasta LA, llegando a una de las cafeterías más concurridas y céntricas, donde había quedado, a menos cuarto, con el abogado. El portal de la casa del presunto asesino quedaba justo al lado de la cafetería. Tenía la barriga llena de los bollos y del café, así que pedí una infusión, con la que estuve jugueteando, hasta que diez minutos después de la hora prevista apareció el abogado haciendo gestos ostensibles con la cartera, como si le hubieran tenido retenido mucho tiempo y no fuera culpa suya el llegar tarde. Me invitó a subir, ya que la persona que nos estaba esperando era muy quisquillosa con el tema de la puntualidad.

 

Nos abrió una doncella que por la pinta tenía que ser filipina, y nos llevó hasta el salón. Era un salón que era casi tan grande como mi casa. A cada extremo tenia un sofá, con su correspondiente mesa y parejas de sillones. Uno daba a una cristalera donde parecía estar la terraza, el otro, a una pared forrada de madera con un cuadro grande que representaba alguna escena marinera. A uno de los lados un bar antiguo de lo que podía ser caoba, al otro un escritorio clásico del siglo XIX donde lo único que descuadraba era una pantalla plana de ordenador. En uno de los sofás, en una esquina estaba una señora, de poco más de sesenta años, pelo rizado, delgada, con los ojos rojos y unas bolsas bajo los mismos que delataban el poco descanso que había tenido la última semana. Al verme se levantó y me extendió la mano

 

-       Buenos días, señor Hurtado, tiene que sacar a mi marido de la cárcel. No ha hecho nada

martes, 22 de enero de 2013

LA ENTRADA 50


ENTRADA 50

Siempre había deseado que mi entrada número cincuenta fuera algo especial. Y llevo días intentándolo, pero la inspiración parece que no habita en mí. Pensé que tras el campeonato de mini de Euskadi algo me llegaría, pero ni por esas. Pensé en hacer algún comentario ingenioso para contestar a los dos habituales visitantes de mis páginas, Rasputilla (40 comentarios) y Guasapete (38 comentarios pero ya no tan habitual). Estaba descartado lo de meterme con ellos, ya que si tengo pocos participantes y encima los pongo a parir. Por otro lado, desde los dos primeros números soy demasiado correcto políticamente (algo influyó el ataque a panazos en el garban toki) y ya empieza a ser tarde para cambiar. Tampoco iba a contar otra historia, ya que la entrada cincuenta debe de ser algo especial. Y mira tú por donde, sin quererlo, me ha surgido algo para contar.

Este Jueves hacemos una comida de despedida a una chica que abandona la oficina para irse a Londres. Como casi siempre, la organiza Miguel, que lo tengo sentado al lado, ya que es el único que por el momento tiene ganas. Al tener la semana pasada la comida de la otra chica de contabilidad, que también se iba (pedazo de gestión de personal) en un chino, decidimos cambiar el tipo de cocina (Yo le ayudo algo, más bien poco, a Miguel). Como el novio de la chavala es italiano, pues se pensó que el restaurante elegido debía de ser un mexicano.

Como aquí todo Blas opina (hay veces en que echo de menos la dictadura), ayer por la tarde fue una absoluta tortura el oír una opinión distinta por cada persona que pasaba por delante nuestro (menos mal que sólo somos una docena, hasta el Lunes), “está bien, pero yo….”. Eso sí, ni uno se dignó a hacer ademán de encargarse de reservar su sugerencia. Le aconsejé a Miguel que reservara el que le diera la gana. Una vez hecha la reserva, y como persistía el goteo insistente de sugerencias, decidí mandar el siguiente correo, con el fin de que se viera que la decisión estaba tomada.

Tras múltiples discusiones al final Miguel ha reservado mesa para 12 en el IX MOLOC, restaurante de cocina peruana (la propaganda habla de cocina fusión vasco-peruana) recién inaugurado en Bilbao en Doctor Areilza esquina con Perez Galdós.

Se ha pedido el menú especial de 22,50 Euros que comprende:

Primeros a compartir

Totopos con queso

Frijoles en vinagreta

Piperrada vasco-andina

Choriflauta de harina de yuca

Segundo (a elegir uno)

Ceviche de carramarro andino

Guachinango (pescado) con boniatos panadera y tomatitos

Tiras de albañil (carne) con verduras de temporada

Postre (a elegir uno)

Helado de dulce de leche

Jugo de frutas tropicales

Tarta Machu Pichu (de chocolate y nata)

Bebidas : Agua y/o vino

Opcionales (con sobrecoste)

Solomillo de llama andina (sustituir por un segundo) 16 €

Trucha salteada con carnita de puerco (sustituir por un segundo) 10 €

Escachoflines (sustituir por un segundo) 8 €

Guarnición extra de banana frita 3 €

Café 1 €

Vaso de Pisco (25º) 4 €

Pis-cola (12º) 6 €

Chicha (37º) 4 €

Chicha reposada (45º) 7 €

De lunes a Jueves de 14:00 a 16:00 la comida será amenizada por sones andinos interpretados al arpa por José Cucufato, hijo del dueño del restaurante (hemos tenido suerte, nos toca)

Pensé que picarían uno o dos, pero la sorpresa fue mayúscula, cuando resultó que sólo una no picó (tampoco estaba muy convencida y me vino a preguntar si era una vacilada). El resto, uno detrás de otro. Y eso que había pistas en los platos. La choriflauta no creo que sea un alimento de ninguna cocina y en los andes, pocos carramarros habrá. Lo de los boniatos a la panadera era más tragable. Pero los platos extras, solomillo de llama, o escachoflines. Bueno todo esto puede tener un pase, pero lo que el pollo que toca el arpa se apellide Cucufato (En el restaurante mexicano Cantina Tapachula de la Alameda San Mamés amenizan las comidas con arpas, y si no te lo crees, mira en la página web), ya no es creíble.

Lo malo del asunto es que han picado como auténticos manzaneques unos cuantos de los directores y eso tiene un peligro, sobre todo cuando toca repartir brownies (a pesar de todo, me siguen tocando, pero no todos). No he querido confesarlo abiertamente, y dejar que el tiempo borre las huellas, pero siempre quedaba un peligro, que alguno apareciera en la esquina de Doctor Areilza con Pérez Galdós, con lo cual mi vida laboral corría bastante peligro, así que mandé el siguiente correo con la dirección verdadera de la reserva.

“Nos acaba de llamar Agustín Chifa, del restaurante IX MOLOC, diciéndonos que les ha reventado una arqueta de aguas negras, pero que piensan que para el Jueves la tienen reparada. Le hemos contestado que no nos podemos arriesgar, así que la hemos cancelado y Miguel, con su implacable agilidad juvenil, ha reservado en el TAGATLIELLA en Gardoki, aquí al ladito.

Pena, otra vez será”

Aún así, alguien que manda más que nosotros acaba de pasar por nuestra mesa comentando que era una pena lo del peruano. Miguel y yo, al menos hemos pasado una tarde menos aburrida.

Por cierto, la cocina peruana pasa por ser una de las mejores del mundo. La pena es que no haya un restaurante genuino en Bilbao para que la pudiéramos conocer.

lunes, 7 de enero de 2013

FREDI, DEL GUECHO III


FREDI, del GETXO III

 
Un hombre de pelo negro y patillas plateadas se paseaba por la orilla del Gobela, iluminado sólo por la luz de la luna. Iba con una chaqueta gris y camisa blanca, desabrochado sólo el último botón de la camisa, como si acabara de llegar de la oficina, recién quitada la corbata. Sigue dando pasos cortos, mirando de reojo a un lado y a otro, pero no se da cuenta de que una siniestra figura se le está acercando por detrás. La siniestra figura alcanza los dos metros de alto, vestido con un chándal de algodón y con la capucha puesta. Sus rasgos faciales no se aciertan a verlos pero lo poco que se adivina, resultan dolorosamente anti estéticos. El hombre de pelo negro no ha caído en la cuenta que lo tiene a un metro por su espalda. Saca una de sus manos de sus bolsillos y la pone en la hombrera de la chaqueta. Gómez pega un respingo y se da la vuelta. Con la sonrisa de oreja a oreja, Ganekogorta le dice “te toca”.  Gómez mira al suelo y ladea la cabeza como si estuviera negando mientras por dentro piensa en mandar a tomar por saco a su compañero, pero como eso sabe que le hará todavía más gracia, decide contestar con un escueto “vale” y se encamina hacia uno de los edificios que bordea el Gobelas a su paso por Aiboa. Según se ha distanciado unos metros a Ganeko le suena el busca en el cinturón. Con gesto contrariado lo coge y lo mira. Segundos después suena el de Gómez “Nos tenemos que ir a Berango, al lado de la pollería”, le suelta Ganeko. Gómez sigue unos pasos y chista. El cabezón de un viejo conocido se asoma a una de las ventanas y reconocemos el rostro del detective más famoso de Aiboa. - Nos tenemos que ir – le dice Gómez. Un gesto levantando la cabeza y las cejas a la vez intentan preguntar la razón. - Mejor te lo comenta mañana en la alubiada del Toki tu amigo el juez Caraqueño.

En los periódicos de la mañana venía en primera plana la noticia de que había aparecido un cadáver en el Gobelas, por la noche, más o menos a la hora en que se esfumaron las dos ges, eso sí, Pototo al menos tomó un ligero tentempié. También venían a relacionar esa muerte con la aparición de otros dos cadáveres en las dos semanas anteriores. Como era lógico,  a la hora de las alubias no se presentó ninguno de los habituales, dejándole por primera vez en varios meses sólo con la cuchara a Peru, que a pesar de todo tampoco es que les echara mucho de menos, ya que dio buena cuenta de las alubias en tres rebosantes y humeantes platos. Tras el consiguiente pacharán(es) y como no había partida de marrana, llamó por teléfono a Caraqueño. Con la voz que le contestó le atribuyó un tono pálido a su piel, y parecía algo más que asustado. Además, por primera vez en tiempos, le pidió algo por favor. Peru pensó que le tendrían que estar apretando mucho los políticos, así que como le había pedido que se pasara por el juzgado, pagó la cuenta y se dirigió, no a paso muy ligero, por cierto, a los juzgados de Algorta.

Al entrar en la oficina se encontró con un Juez pálido y tembloroso a quien le costaba llevar a sus labios un líquido de color acaramelado (presumiblemente guait label), como si saliera de una escalofriante resaca. Al verle, dejó lentamente el vaso en la mesa, como si pesara veinte kilos y le dijo “no te lo vas a creer”.

-          No me voy a creer qué

-          Los apellidos de los tres cadáveres

-          ¿Qué cadáveres?

-          No lees los periódicos, jilipollas

-          No

-          Pero al menos sabrás que el Gobelas ha amanecido varios días con cadáveres

-          Algo he oído

-          ¡Vete a la mierda!

-          Vale, dime los apellidos de los tres fiambres

-          Bahillo, Telletxe y Hernández

Como si le hubieran dado con un mazo en la cabeza, Peru se derrumbó sobre el asiento mirando a los ojos al juez. Sin pensárselo dos veces cogió el vaso de la mesa de Caraqueño y se lo pimpló de un único trago. Ni notó el fuego que le bajó por el esófago.

-          Tengo reunión ahora con el equipo de investigación. Lo dirige un comandante de Arkaute. Tú te conocías más la historia. Acompáñame y cuéntala tú. A mí me harían un control de alcoholemia.

 Con un suspiro de resignación, Peru se levantó de la mesa, espero a que el juez hiciera lo mismo, y fue tras él por el camino que separa los juzgados de la comisaría de la ertzaina. Para traspasar los umbrales de la comisaría Caraqueño lo presentó como asesor. Sólo lo tuvo que presentar al Comandante de la ertzaina, el jefe del grupo, un brillante investigador que había sido asignado directamente desde Lakua dado el cariz que estaban comenzando a tomar los acontecimientos. Brevemente explicó a los demás (Gómez, Pototo, el jauntxo, Ramiro y alguna chavala de documentación) las razones por las que había llevado a Peru a la reunión, dándole la palabra a este. Peru pidió un vaso de agua que Gómez se apresuró a buscar y aclarándose la garganta comenzó a contar su historia:

“Hace unos cuantos años, recién entrados los ochenta, cuando Aiboa no era la vitalizante arteria de Getxo que es hoy en día, y la zona de Negurigane era todavía un arenal, donde estaban comenzando las excavaciones para construir las viviendas que ahora se ven, existía en Aiboa un instituto de enseñanza que era conocido como el Guecho Tres”

Iñaki, el comandante miraba con ojos interrogantes al juez y Caraqueño carraspeó para que Peru no se fuera por los cerros de Úbeda. Éste se encogió de hombros como diciendo hay que meter a la gente en la historia y continuó:

“El Guecho tres es el edificio que ahora está ocupado por dependencias municipales, justo antes de la rotonda antes de llegar a Fadura, junto al Garbigune. Del mantenimiento del instituto se ocupaba un tipo bastante peculiar, una especie de jipi, era de origen americano, del que se decía que era desertor de la guerra de Vietnam. Bonachón aunque flaco como el palo de una escoba, pelo blanco largo y coleta, cuando nadie la llevaba, pantalones vaqueros de tirantes, que según él se lo mandaba una hija que tenía en Wisconsin, borrachinga y hablador con ese acento que tienen los sajones para hablar castellano, Alfred Nicholas Brugrer, Fredi para la gente del barrio. A Fredi le conocían todos los estudiantes, y algunos aprovechaban los recreos para ir a su garito a fumar y a escuchar las historias que les contaba sobre su país de origen. Fredi era cumplidor con su trabajo, pero a partir de las cinco, cuando quedaba libre de sus obligaciones, lo que le encantaba era empinar el codo. Como buen sajón, le gustaba beber en el cobertizo que tenía junto al instituto donde se le permitía vivir, más o menos, más menos que más, como vigilante nocturno, para espantar a raterillos, aunque la verdad, ya para las diez, kurda perdido, Fredi estaba habitualmente roncando. Eso sí, se levantaba un par de veces durante las noches para descargar la vejiga, que como buen naturalista que decía era, se acercaba a la orilla del Gobelas. Una vez, tuvo una demanda por exhibicionismo. Al parecer algunos jovenzuelos de la zona lo debieron de sorprender de madrugada en una de sus habituales salidas, meando a la orilla del riachuelo, y como una de las niñas, para evitar ser castigada metió en casa la trola de que habían estado escondidas porque Fredi había hecho guarradas, consiguió que su papá, A. Bahillo le denunciase ante el juzgado. La verdad es que nadie se lo tomó en serio, ni el juez, que acabó archivando el caso mientras Fredi seguía felizmente encargado del mantenimiento del instituto y cociéndose a partir de las cinco todos los días, salvo las fiestas de guardar, que aprovechaba para subir a los montes de la zona.

El tal Bahillo no quedó nada conforme con la decisión del juez, así que con otros tres amiguetes, alguno padre de los otros niños,  apellidados Montoya, Hernández y Telletxe decidieron dar un escarmiento al incauto de Fredi. No se les ocurrió otra idea que acechar una noche al pobre Fredi, y cuando salió a mear al Gobelas hacia las doce de la noche, que era cuando le empezaba a apretar la vejiga, tras acabar y sacudírsela (una ligera mirada de reprobación de la neska de documentación) le cogieron de pies y manos entre los cuatro, y tras las tres balanceadas de rigor lo arrojaron al Gobela. Allí quedó tendido Fredi entre las risotadas de los amigos adornadas con insultos que lo equiparaban a lo más bajo de la raza porcina”

En ese momento Peru se detuvo para tomar otro largo trago de agua. Aunque todavía no se sabía que tenía que ver Fredi con la historia que estaban contando, los apellidos mencionados hacía intuir a los presentes que algo más iba a pasar. Peru, presuntuosamente pensando que era un gran narrador, alargó el silencio recreándose en sus palabras, hasta que Iñaki levantando levemente las cejas le dio la orden para continuar.

“Fredi tuvo muy mala suerte al caer, y se partió con una roca la columna vertebral a la altura del cuello, con tan mala suerte que se quedó inmovilizado de cuello para abajo, pero fue totalmente consciente de que iba a morir. La autopsia reveló que aunque tenía los pulmones encharcados, no se había ahogado, sino que murió de la hipotermia que le provocó la gelidez del Gobelas, y que fue totalmente consciente de su muerte las siete horas que estuvo aquella noche de Febrero en el lecho del río. Fue algo muy cruel. “

Entonces Caraqueño tomó la palabra, ansiando su momento de protagonismo.

“Todo esto lo conocimos Peru y yo cuando cursábamos la carrera. En tercero, como trabajo de derecho penal teníamos que seguir un asunto y asistir al juicio, y este fue el que nos tocó, o elegimos seguir. Le llamamos BAHEMONTE, para acordarnos de los apellidos, cogiendo las primeras letras de los apellidos, ya que al capullo ese” señaló a Peru” siempre fue aficionado al ciclismo. De hecho ese año vimos televisada por primera vez la subida a los Lagos de Covadonga en la vuelta, cuando todavía era en Abril”

Caraqueño le puso la mano en el hombro a Peru como dándole el relevo en el relato. Recorrió con un giro de su cabeza la mesa de la reunión, y en aquel momento no se hubiera oído ni el vuelo de una mosca, y desde luego la palidez de los rostros de los presentes, salvo los de Peru y Caraqueño cuyos mofletes ya presentaban el tono encarnado de una buena alubiada y güiskada, hacía presentir que algo sabían los presentes que desconocía el juez.

“Seguimos el caso y asistimos a la vista oral. No había mucha gente, y desde luego que se había obviado cualquier publicidad. Uno de los acusados estaba muy vinculado al antiguo régimen, y otro mucho al nuevo. Fue un escándalo. El juez desestimó todas las pruebas de la policía y dejó libres a los cuatro animales. Se me encogió el corazón, cuando la hija de Fredi, embarazada a punto de dar a luz, salió llorando de la sala viendo como los cuatro que habían matado a su padre, salían del juzgado con la sonrisa en la cara, jactándose y pavoneándose de su hazaña. Entre lágrimas, con una mano en su tripa y la otra cerrada, levantando el puño al cielo, juró venganza. Creo que este caso todavía se sigue utilizando como ejemplo de lo que no hay que hacer en las academias de policía”

-          Así es – dijo Iñaki – lo estaba recordando, pero desde luego de los apellidos ni papa, nos enseñan los asuntos con iniciales. Parece que tenemos un caso claro de venganza. Tenemos que establecer las conexiones con ese caso, pero parece muy evidente que las hay. Tenemos que buscar lo primero las similitudes entre los asesinados y buscar a un Montoya que tenga peligro de ser asesinado. Señoría, si quiere le comentamos los resultados de las autopsias que pueden ser muy concluyentes con lo que aquí se ha relatado

Dicho eso el comandante se levantó muy gallardo y fue hacia donde Peru extendiéndole la mano, en un gesto inequívoco de darle las gracias y de invitarle a que abandonara la sala de reuniones, ya que debían de comentar pormenores de la investigación, en la que él no intervenía. A Peru no le preocupó en exceso, y aunque en días posteriores mostró algo de curiosidad, los periódicos no dieron casi información, por lo que se borró de su memoria, a lo que sin duda ayudó la portentosa siesta que le pegó al llegar a casa tras la reunión.

Un par de semanas más tarde, Caraqueño y Peru se encontraron en el Muro para tomar un pote antes de ir al restaurante de la esquina para meterse una garbanzada. El juez le comentó que también venía el comandante Iñaki a quien calificó como “un tipo muy gallardo”. Ahí a Peru le vino a la cabeza el caso que estaban llevando, del que los periódicos prácticamente habían silenciado, ya que lo que más estaba vendiendo era la posibilidad de que el Athletic bajara a segunda. Así que le preguntó a Juan como iba el tema.

“¡Uf!” exclamó el juez resoplando sobre su flequillo. “Al final se ha acabado solucionando, pero nos costó un huevo” y haciéndose el interesante se sentó en uno de los taburetes que hay junto a la pared, y tras echarse un trago de tintorro al gaznate comenzó con su relato:

“Nos costó casi una semana encontrar los archivos del caso, ya que parecía que lo habían querido eliminar, pero al final apareció. Con esos datos pudimos encontrar al descendiente del Montoya, que vivía en una casa de Lamiako, una de las nuevas, más cerca de la estación de metro de Leioa, que de la estación de Lamiako. Las otras tres víctimas eran los hijos de los absueltos que habían sido involucrados en el juicio de Fredi, así que en cuanto tuvimos los datos de la cuarta, no fue difícil localizarla. La ertzaina puso a disposición del caso su unidad de élite y se montó una gran vigilancia en torno a esta mujer. Pídeme otra pinta de cerveza que me estoy quedando seco”

Tras la pausa que hubo mientras Peru pedía dos pintas (zuritos de Bilbao en el muro), se las escanciaban y llegaba a la mesa, Caraqueño continuó con su relato.

“Justo a los siete días del último asesinato, apareció por la noche un tipo que se introdujo en el portal de la vivienda de Montoya. Justo, cuando iba a entrar en la casa, se abalanzaron sobre él varios de los mejores especialistas de Arkaute que a duras penas lograron reducirle, rompió un brazo, una pierna y dos mandíbulas”

-          ¿Asesinatos has dicho?

-          Sí, las tres primeras personas fueron asesinadas dejando que se ahogasen en el Gobelas, pero lentamente. Primero les inutilizaba, dejándoles paralíticos al cortarle la espina dorsal. Luego los metía en el agua para que pudieran ver como la iban palmando, poco a poco, como debió sucederle a Fredi. Con el segundo se le fue la mano, y lo mató al seccionarle la espina dorsal. El pollo este era un profesional

-          ¿Profesional?

-          Si. En los tres primeros cadáveres no hay ningún rastro que nos pueda llevar a él, y en el cuarto caso, sólo podemos acusarle de tentativa de entrar en ninguna casa. Luego en los interrogatorios no dijo una palabra, salvo identificarse y llamar a la embajada americana.

-          ¿Era un Brugrer?

-          El apellido era Fisher, pero ese era al apellido de casada de la hija de Fredi. Hace dos días el comandante confirmó que era efectivamente el nieto de Fredi

-          ¿Y con esa conexión no habéis podido entrullarle?

-          ¡Amigo! A las catorce horas apareció un tipo de la embajada americana aduciendo inmunidad diplomática para el Fisher, y como no teníamos más pruebas, lo tuvimos que soltar. 36 horas más tarde estaba felizmente volando en primera con destino a Miami, como lo confirmó un contacto del comandante en Barajas.

-          ¿Y vais a montar algún dispositivo para proteger a la Montoya?

-          Lo más gracioso del caso, es que se mató en un accidente de coche, parece que por problemas de frenos, dos días más tarde de detener a Fredi.

-          ¿Habéis revisado el coche por si existía algún sabotaje?

-          Se quemó, por lo que no hubo posibilidad de mirar nada

-          ¿No te parece raro?

Caraqueño se encogió de hombros, apuró su cerveza, se sopló de nuevo el flequillo y levantándose del taburete, abandonó el Muro, seguido por Peru como un perrillo faldero, fieles a su destino con los garbanzos del San Marcos.

*  VIVA EL KING III (pero es obvio decir que el Estifen)