LA
PINQUERTON DE GUECHO
I
Me miré en el espejo y ajusté un poco más el
nudo de la corbata. Tras comprobar que la camisa estaba impoluta volví de nuevo
a contemplar mi rostro en el espejo. He de reconocer que una ducha matutina y
un poco de disciplinante de cabello habían hecho milagros y mi aspecto era
bastante más que presentable. Hoy tenía un caso importante, mi primer caso con
un fiambre, pero la reunión no era hasta las doce de la mañana, por lo que iba
a aprovecharla pasando antes por la oficina y tener la habitual charla semanal
con mis colaboradores para enterarme de lo que estaban haciendo y procurar que
no metieran en exceso la gamba. También me esperaba alguna sorpresa en el
ámbito decorativo de la oficina ya que la princepeque se había pasado el fin de
semana con Cosme, el menos listo de los nuevos, pintando alguna pared y
preparando el nuevo logo de la “Agencia de Investigación Hurtado” basado en la
tradición de las agencias de detectives. Prefería no pensar en lo que me podía
encontrar, así que cerré tras de mí la puerta de casa, di las cuatro vueltas de
rigor con la llave, me las metí en el bolsillo, tensé el nudo de la corbato e
imaginándome que silbaba “Spanish Harlem” (no conozco la melodía, pero me sentí
como el jefe de los mercenarios) salí del portal a buen paso, reduciéndole
inmediatamente en cuanto me acordé de mi destino y lo que me podía esperar.
Pasé junto al Egoki y comencé a subir las
escaleras. Iba con cara de disimulo ya que desde lejos he visto como mi hija
pequeña estaba asomada a la terraza y en cuanto me ha divisado, se ha metido
dentro. Cuando introduzco la llave en la cerradura suspiro ante la inminente
catástrofe, y según abro la puerta el “¡Sorpresa!” me hace temer lo peor. Pero
hay algo raro en la puerta, giro la cabeza y miro, una placa dorada con letras
azules donde anuncia “DETECTIVE”. Ahora vuelvo a mirar en el interior y veo a
la princepeque entre Cosme y Damián, su hermana en una esquina, con cara de
aburrida y tecleando con el dedo gordo en el pipofón. Delante de la peque hay
una mesa donde ordenados en perfecta pirámide hay al menos una docena de bollos
de mantequilla de Zuricalday con dos termos, uno rojo y el otro blanco, donde
supongo que habrá café y leche. Es lo que la princecanija ha entendido siempre
como reunión de investigación. Como el viejo Kurt hacía las reuniones con sus
colaboradores tomando bollos, es la tradición familiar de cuando nos
juntábamos en casa para que me echaran una mano en alguna búsqueda. Buenos,
hasta el momento lo puedo soportar, pero la princepeque se separa de los dos
gandules y corre hacia mí. Los otros dos zoquetes siguen medio pegados a la
pared, como si quisieran ocultar algo. La pequeña se aguanta la emoción, me
coge de la mano y me dice, “mira”. Los nerdentales se hacen cada uno a un lado
y tras ellos aparecen dos ojos pintados en la pared, encima de ellos a modo de
lema “we never slip” y debajo en letras de molde “DETECTIVES”. Me puedo cagar
en todo lo que se mueve, pero veo la cara de ilusión de mi hija y murmullo algo
así como que qué chulo. La mayor se da cuenta que todo ha acabado y decide que
ya es momento de irse. La peque tiene cara de encantada, coge una bolsa de
plástico, se coge dos bollos de mantequilla “para el cole” dice, su hermana le
pide otros dos más para ella, que rápidamente introducen en la bolsa, un par de
besos en la mejilla y se van.
En esos momentos le miro a los ojos a Cosme y
comprende perfectamente el mensaje que le estoy mandando “eres jilipollas”. El
me mira a los ojos y comprende perfectamente el mensaje y con su mirada me dice
“Peru, tienes toda la razón, soy jilipollas”. Damián, que nunca ha tenido gran
clarividencia me pregunta cual era mi opinión sobre el nuevo logo. Lo ha
copiado de una agencia de detectives americana muy famosa y muy antigua “que
hasta salía en los comics de Lucky Luck, la Pinkerton y su lema era el de los
ojos abiertos y que nunca dormían”. No sé que contestarle, o no sé si tirarle
algo a la cabeza. Para cambiar de tema y no enfurecerme demasiado pregunto por
la rubia, cuya ausencia no me extraña ahora. Siempre ha sido la más lista de
todos, y como se imaginaba la bronca, estaba tomándose algo en el Egoki hasta
que ha visto irse a mis princesas por la calle, momento en el que se ha ido a
comprar el periódico para esperar que la furia se apaciguara.
Como no me voy a liar a mamporros, entro en
mi despacho, una pequeña habitación de 3x3,5, con su mesita, su silloncete de
jefe, un par de sillas en el otro lado, y el ordenador para pazguatos que me
colocó la Uruguaya, donde ya se meterme en internet sin que nadie me ayude. Mi
inglés no es que sea demasiado brillante, pero el slip me suena como más a
calzoncillo que a dormir, así que tras introducirme en el traductor de google
compruebo que lo que han puesto es que nunca patinamos. Pego una patada a una
de las sillas que sale volando y golpea la puerta. Como la distancia no es
mucha, el ruido que hacen al chocar las maderas de la silla y de la puerta, no
es muy grande, pero suficiente para que no se oiga el vuelo de una mosca hasta
que la puerta de la entrada hace acto de presencia la uruguaya. Oigo como le
reprochan que se haya bajado a tomar algo si hay desayuno de sobra para la
reunión. Me imagino la mueca de la rubia, como les da la espalda y se mete
en su despacho, más grande que el mío,
pero como bien me convenció, sin ventanas a la calle ni orientación sur, por lo
que era peor. Cuento hasta mil, salgo de mi despacho, atravieso la entrada,
donde están sentados en sus mesas los dos, haciéndose los absortos en sus
papeles, toco en la puerta de la rubia y le pido que venga para comenzar con la
charla semanal sobre los temas que estamos llevando. Cojo una de las sillas de
mi despacho, me siento frente a la mesilla con los bollos y cojo uno que me
acabo en tres mordiscos. He dado el banderazo de salida y los dos garrulos se
abalanzan sobre los bollos casi tirando los termos al suelo “del Athletic, ¿eh
jefe?” pero logrando la proeza de tener llenas antes que nadie sus jarras cerámicas de humeante
café con leche. En el quicio de la puerta de su despacho, con los brazos
cruzados nos observa silenciosa la uruguaya, con una mirada que dice
“¡hombres!” pero en ese tono despectivo con el cual a veces nos obsequian las
mujeres.
Tampoco me causa gran impresión, así que
mientras acabo de masticar el último trozo de mi tercer bollo y me voy
sirviendo un humeante café con leche, hago un gesto a la uru para que se
siente. Me pasa una hoja con los casos que llevamos entre manos y empiezo con
el interrogatorio.
-
Ayuntamiento de Getxo, medio ambiente – y le
miro a la rubia
-
Nos han pedido que volvamos a presentar una
nueva oferta, pero en vez de hacer dos parques al día, en el que estaríamos
involucrados cuatro personas – es decir todos, pienso para mis adentros -, han
pedido que la reduzcamos a sólo un parque diario, y menos horas, en vez de
siete a once y de seis a diez, quieren que sea de ocho a diez y de siete a
nueve, durante un mes de prueba.
-
¿has pensado ya en cuanto les vamos a pedir?
-
Son cuatro horas al día, por dos personas,
por treinta días del mes, por cuarenta euros la hora, nueve mil seiscientos
euros – dice mientras se que por dentro va calculando sus ganancias por
conseguir el negocio, un 25%
-
No peques de ambiciosa y redondea dejándolo
en nueve mil ¿de todas maneras, no es necesario que haya un concurso público?
-
No, por ese importe pueden contratar sin
concurso, aparte de que este servicio no tiene demasiado mercado, por no decir
ninguno, salvo nosotros, claro.
Fue idea de la rubia el presentarnos al
Ayuntamiento, ya que somos los únicos que pagamos impuestos en el municipio por
nuestro oficio de detectives. Tras andar revolviendo por ahí, e indagar sobre
las preocupaciones del consistorio, se le encendió la bombillita de las ideas y
les propuso el realizar vigilancias en los parques para identificar a las mascotas
que hacían sus deposiciones en la calle y a los dueños que no las recogían,
para posteriormente multarles, con multas cuyo máximo es de 600 euros. Ella,
además intentó convencer al técnico municipal, que sólo cobraríamos un
porcentaje sobre cada multa sancionada (en eso era lista, no era necesario para
que nuestros honorarios engordasen que la multa estuviera pagada). Y como la
avaricia no es exclusiva de la rubia, el técnico pensó que era mejor un precio
fijo, ya que así la recaudación para ellos sería mayor. Creo que era un error, no para
nosotros, ya que en quince días se habría acabado el problema de las cacas de
perros en las aceras a poco que se corriera la voz. El operativo no era muy
complicado ni costoso, grabar con una cámara de video a los infractores, seguirles hasta
su casa para identificarles, y pasar los detalles a la policía municipal para
que les extienda la correspondiente sanción. Cada día en una zona distinta,
mañana y tarde. La única puñeta es que tendríamos que actuar todos y a mí, que
ya me considero investigador con cierto pedigrí, se me empezaban a caer los
anillos con esas chorradas, pero al final era pasta, para el negocio y para mis
colaboradores, a los que necesitaba tener, al menos, cobrando algo, y en mi
agencia sólo se cobra por trabajo. Era un 25% para el que tría el negocio, un
30% para gastos de oficina y el resto, para los que se lo curraban, dividido
por horas de trabajo. Eso quiere decir que si sale lo del Ayuntamiento, para
gastos de oficina algo más de tres mil euros, algo más de lo que se llevará la
uru por conseguir el negocio.
-
¿Has logrado que se interesen algo por lo de
las ánades que han aparecido muertas en el Gobela?
-
Me han dicho que no es cosa de ellos, que es
de la confederación hidrográfica. He estado llamando pero no me han hecho ni
puñetero caso
-
¿Has intentado presentarte allí? – le
cuestiono sabiendo que cuando
aparece
la rubia en alguna oficina, los perjuicios a escucharle al menos cesan.
-
No, pero no creo que sirva de mucho, me han
insinuado que en cualquier caso andan bastantes caninos de presupuesto.
Seguimos con el resto de asuntos que llevamos
entre manos. El primero de ellos es el seguimiento de una baja laboral por
parte de una empresa, que sospecha que su contable mientras está oficialmente
impedido presta sus servicios en otro lugar. Como es un vecino de Aiboa no está
siendo muy complicada la vigilancia a su casa, pero estamos con la mosca detrás
de la oreja, ya que cuando hemos llamado a su timbre o a su teléfono, no
contesta. Tras interrogar a Cosme sobre el lugar desde donde vigilaba, empecé a
sospechar que el perseguido podía haberse enterado de que alguien le estaba
vigilando, y utilizar su garaje como salida alternativa. Como el vigilante
actual era Cosme, planeamos el que a partir de mañana vigilara yo la salida
alternativa por el garaje, desde un coche, y que la rubia y Damián estuvieran
al quite para en su caso, relevarnos a los demás. Cosme podía estar quemado,
pero debía seguir todas las mañanas en su posición de vigía para que el
vigilado no sospechara nada.
Esto nos da pié para incidir en la otra
vigilancia que está llevando Cosme, solicitada y bien pagada por un marido
celoso que sospecha de su contraria. El cliente no está satisfecho de nuestras
pesquisas hasta la fecha, y comienzo a pedir detalles sobre su vigilancia y la
manera en la que la está realizando. Cuando empieza a contar los detalles de su
trabajo, no es por lo que dice, sino por como lo dice, mirando a la mesa y
hablando para el cuello de la camisa lo que me da muy mala espina. Este está haciendo alguna pirula. Le pido que me de un cronograma del seguimiento
que va a hacer para poder en su caso, vigilarle a él. Voy a dar por terminada
la reunión, aunque todavía falta un buen rato hasta las doce
Pero cuando hago amago de levantarme, todos
me interrogan con la mirada “¿y qué hay de tu caso, jefe?”, parte por
curiosidad y parte por saber si van a tener alguna opción de intervenir en él,
ya que por la apariencia va a ser el que mejores honorarios nos reporte. Me
vuelvo a sentar, y les cuento lo que sé, que no va mucho más allá de lo que ha
aparecido en los periódicos. Hace una semana apareció muerto en el club de
golf, cerca de uno de los hoyos, en una zona de árboles, un empresario muy
conocido de Guecho con un fuerte golpe en la cabeza. En las primeras
investigaciones de la policía judicial, en este caso la ertzaina, habían
encontrado un palo de golf ensangrentado en una de las bolsas que se guardaban
en el cuarto de palos. Dicho palo pertenecía a una persona, que ya había sido
detenida, con la que el asesinado había tenido una fuerte discusión esa misma
tarde. A la espera de pruebas más concluyentes, el sospechoso estaba ingresado
en la cárcel de Basauri sin que el juez haya admitido fianza alguna. El caso
nos lo había propuesto el abogado de la familia del presunto asesino, con el
que íbamos a ir a casa de la mujer de su cliente, con el fin de conocernos, y
en su caso, encargarnos la investigación. Sabía que desde Arkaute le habían
encomendado el caso al comandante Jauregui, al que ya conocía del caso de los
cadáveres del Gobelas (Ver Fredi, del Guecho III), investigador estrella de la
policía autonómica, probablemente andarían por el medio Gómez y Ganeko, pero el
juez no era Caraqueño. Y que poco más sabía, que el encargo no era firme, y que
ya les comentaría como iba el tema. Y ya, sin solución de continuidad, volví a
mi despacho, cogí la chaqueta y tras volver a tensar el nudo de mi corbata (la
costumbre de llevarlas de seda, hace que al final el nudo siempre se me
afloje), arqueé las cejas a modo de despedida, mirando a un lado y a otro y
salí de la oficina.
Vi por el reloj que tampoco tenía mucho
tiempo así que cogí el metro hasta LA, llegando a una de las cafeterías más
concurridas y céntricas, donde había quedado, a menos cuarto, con el abogado.
El portal de la casa del presunto asesino quedaba justo al lado de la
cafetería. Tenía la barriga llena de los bollos y del café, así que pedí una
infusión, con la que estuve jugueteando, hasta que diez minutos después de la
hora prevista apareció el abogado haciendo gestos ostensibles con la cartera,
como si le hubieran tenido retenido mucho tiempo y no fuera culpa suya el
llegar tarde. Me invitó a subir, ya que la persona que nos estaba esperando era
muy quisquillosa con el tema de la puntualidad.
Nos abrió una doncella que por la pinta tenía
que ser filipina, y nos llevó hasta el salón. Era un salón que era casi tan
grande como mi casa. A cada extremo tenia un sofá, con su correspondiente mesa
y parejas de sillones. Uno daba a una cristalera donde parecía estar la
terraza, el otro, a una pared forrada de madera con un cuadro grande que
representaba alguna escena marinera. A uno de los lados un bar antiguo de lo
que podía ser caoba, al otro un escritorio clásico del siglo XIX donde lo único
que descuadraba era una pantalla plana de ordenador. En uno de los sofás, en
una esquina estaba una señora, de poco más de sesenta años, pelo rizado,
delgada, con los ojos rojos y unas bolsas bajo los mismos que delataban el poco
descanso que había tenido la última semana. Al verme se levantó y me extendió la
mano
-
Buenos días, señor Hurtado, tiene que sacar a
mi marido de la cárcel. No ha hecho nada