jueves, 27 de junio de 2013

La Pinquerton de Aiboa en fiestas



AIBOAKO PINQUERTON ASTE NAGUSIAN
Las guirnaldas suavemente mecidas por el viento daban un tenue y alegre colorido en su contraste con los niquis y camisetas veraniegas de los ya pocos parroquianos que apuraban sus cervezas y pitillos en la entrada de uno de los restaurantes más famosos de la plaza del ensanche bilbaíno. En su interior, las mesas estaban al completo, como no cabía esperar que fuera de otra forma en un Viernes grande. En una de las mesas junto a la ventana de entrada, sus cuatro ocupantes terminaban de compartir sus salchichas alemanas y codillo. Hubieran sido codillos de no ser por la insistencia de la única mujer del grupo que persistió hasta que consiguió que en la comanda figuraran un par de ensaladas, una de ellas de puerro, que mereció elogiosos comentarios de los comensales. Aunque su oficina está en Aiboa, decidieron hace tiempo, con buen tino, trasladar el día libre de la fiesta patronal de Getxo al Viernes grande de Bilbao, y como este año no ha ido mal del todo, Peru, el titular de la licencia y el negocio, ha decido invitarles a todos a una comida. Peru, cincuentón, algo calvo, casi dos metros de alto y de ancho, gordo según sus enemigos, fuerte según él, tras quedar en paro se introdujo en el negocio de la investigación  privada con curiosos resultados ya que va aumentando la nómina de colaboradores. Su primera colaboradora fue la uruguaya, que hoy, bueno y casi siempre, parecía una diosa moradora de la Wallala. Rubia, ojos azules que evocan mar (hielo según Peru), la hacker del grupo, administrativa, contable y uno de las pocas notas de sentido común del negocio. Tuvo que dejar las labores de vigilancia porqué si la has visto una vez, es simplemente imposible olvidarla y no mirarla, aunque sea de reojo. Es de Palencia, y su mote es “la uruguaya”, ya que es la hermana pequeña de “la argentina”, también de Palencia y novia de un amigo de la cuadrilla de Peru de Santutxu a los que les hizo mucha gracia el atribuirle otra nacionalidad por no ser del barrio. ¿y qué decir de los otros dos?. Moreno y rubio, bajo y alto, el lince de Sestao y el Goherriko arranoa, Cosme y Damián, a cual más zote. Cada vez que salían en misión, Peru se ponía a temblar, pero, a veces, cumplían con su cometido.
Estaban en animada charla sobre los avatares taurinos de las fiestas, ya que la rubia quería ir a ver a Ponce esa tarde, aunque le hubiera gustado más haber estado ayer en la apertura de la puerta grande por “el Juli”. Mientras traían los postres, sonó el teléfono de Peru, quién debido al bullicio del interior, salió a contestar. Los tres le estuvieron observando por la ventana y poco a poco fueron comprendiendo por el cambio progresivo de la cara de su jefe que la llamada era de trabajo. La rubia se congratuló de no haber sacado todavía entrada,  ya que intuyó que la hubiese perdido. La cara de los tres que estaban en la mesa también iban mudando al ritmo de la conversación de su jefe al intuir la proximidad de trabajo, menos Damián que su intuición versaba más sobre no poder acabar el postre. Con el gesto huraño entró Peru y les hizo gestos para que se levantaran y le siguiesen. Sacó un fajo para pagar pero se dio cuenta que iban a tardar un rato en darle la cuenta así que dejó a Damián dinero y le instruyó para que luego fuera a reunirse con ellos en un hotel cercano. Peru se arrepintió según pasó por delante de la ventana y vio de reojo como Damián se estaba sirviendo los postres de los demás sin mucha intención de pedir la cuenta con rapidez. Justo cuando se iba a dar la vuelta y entrar de nuevo para recriminarle (darle dos hostias) su conducta, la uruguaya que ya lo conocía muy bien, le cogió del brazo recordando que les estaban esperando.
Durante el camino, Peru les fue explicando en qué consistía el asunto, y sobre todo, la razón de su urgencia. Empezó dando un rodeo sobre las jarras de cerveza que se había tomado con Ganeko, un agente de la Ertzaina al que conocían todos de la comisaría de Algorta, tras el encuentro casual cuando éste, todo trajeado y peripuesto, se dirigía a la boda de su prima. El agente Ganekogorta era de la misma estatura de Peru, con treinta kilos menos en la cintura, y muy, muy, muy feo. Sabiendo que andaba por la zona, le había llamado porqué el novio no había aparecido, y desde luego por un novio que no se presenta a una boda, no se puede abrir una investigación policial. El padre del novio, un conocido empresario, dueño de transportes Tilla, le preguntó si conocía a alguien que pudiera hacer algo por buscarlo, y él le comentó su encuentro en el Ein Prosit. Le insistió para que fueran a entrevistarse con él, y ese era el camino que iba recorriendo la Pinquerton de Getxo. Ese fue el nombre que les pusieron en el Egoki, el bar bajo su oficina. Todo tuvo su origen en el logo que la hija pequeña de Peru pintó en la pared de la entrada, un ojo abierto, inspirada por Cosme, fanático de los comics de Lucky Luke, y debajo el lema que hizo famosa a la agencia “nunca dormimos”. El problema fue que lo escribieron en inglés y decía “We never slip”, lo cual no acaba de significar lo mismo.
La llegada al hotel, no inspiró nada bueno a la rubia. Con no excesiva amabilidad, el personal del hotel, les dirigieron a la sala donde se estaba celebrando la boda. En la puerta estaba Ganeko con una persona que se presentó como el padre del novio que respondía al nombre de Aitor. Mientras se estrechaban las manos, y se escuchaba música de bailongos, al fondo, una chica vestida de novia, seguía de un modo patético los pasos de baile, con lo que se adivinaba desde lejos, sin mucho margen de error, que estaba en medio de una importante intoxicación etílica. Fueron sin preámbulos, Jorge fue visto por última vez ayer a las once de la noche entrando en el portal de su casa, donde tras cenar le dejaron su futuro suegro y sus cuñados. Esta mañana, cuando Aitor fue a despertarle, no había nadie en su cuarto, y tampoco había indicios de que hubiera pasado esa noche por ahí. Ganeko había ya interrogado a todos los amigos del novio, incluso les había revisado uno a uno los móviles, pero la única llamada registrada a Jorge, sin respuesta, fue hecha una hora después de la programada para el comienzo de la ceremonia. Ninguno sabía nada.
El compañero habitual de Ganeko, el amigo Gómez estaba de servicio y ya había comprobado todos los hospitales y tanatorios de la comunidad autónoma, sin resultados, y ahora andaba ampliando el radio a las provincias limítrofes. En ese momento, tanto Aitor como Ganeko se quedaron mirando a Peru con cara de “y ahora que hacemos”. Peru tenía algo embotada la cabeza, fruto de los litros de cerveza que se había tomado, y tampoco es que estuviera muy espabilado, así que antes de que el silencio se hiciera insoportable la uruguaya sugirió buscar un sitio donde juntarse más discretamente y que tuviera un ordenador para imprimir una foto de Jorge. El gerente del hotel les dejó un despacho con el hardware que había solicitado la chica. Mientras iban de camino y espabilado por el codazo que le acababa de arrear la rubia, Peru empezó a cavilar que podía haber pasado por la cabeza del muchacho para no aparecer. Se puso en sus pantalones, y miró por una ventana. No había todavía mucho jolgorio en la calle, pero la fiesta flotaba en el ambiente. Peru, si se hubiera casado en un día como hoy, la única razón de no haberse presentado hubiera sido el seguir de fiesta hasta que hubiera perdido el el sentido. Cubiertos hospitales y comisarías, el resto pasaba por recorrer el recinto festivo y sus derivadas. Peru le preguntó a Aitor si su hijo disponía de dinero suficiente para correrse una juerga descomunal. Lo estuvo pensando un rato y lo negó con la cabeza, ya que no había cogido el sobre con dinero en efectivo que le había preparado para que diera las propinas correspondientes, y la única tarjeta de crédito que usaba, una visa oro que era propiedad de la empresa. Peru le miró y Aitor cayó en la cuenta, que su hijo tenía un fondo ilimitado para gastar.
Ahí tomó las riendas la rubia, y le preguntó a Aitor si podía acceder a la cuenta de la empresa contra la que pagaban la visa. Puso cara de contrariedad y dijo que él no la conocía, que quien llevaba los temas del banco, era Juanito, su financiero, que se marchó hace un rato para llevar a sus nietas a las barracas en el parque de Echevarría. Sacó su móvil y llamó. Por la cara que puso y lo poco que dijo, era evidente que Juanito no llevaba consigo el móvil, como así fue, ya que lo cogió su mujer, confirmando que Juanito se lo había dejado en casa. Seguir el rastro del dinero era una pista importante. Peru mandó a la rubia a que fuera a Santutxu a coger su portátil y que quedase en la puerta de la zona de las barracas con Aitor, para entre los dos encontrasen a Juanito y les diera las claves de acceso a las cuentas bancarias para poder saber si el joven estaba tirando de Visa. La rubia hizo un mohín de desencanto murmurando que no iba a poder ver hoy a Ponce. Y como tiene la buena suerte de las tías buenas, Aitor le dio dos entradas para la corrida del Domingo en cuarta fila de sombra, aduciendo que el no estaba ya para festejos. Por otro lado, Damián que ya había parecido tras acabar con los postres de todos, iría a recorrer la zona donde se podían conseguir estimulantes para pasar más de un día de fiesta. Nunca explicó cómo podía moverse con naturalidad en esos ambientes, pero lo cierto era que esa cualidad no les venía mal. Cosme fisgaría por los hoteles de Bilbao, por lo que Peru indicó a Aitor que no les vendría mal algo de efectivo para poder engrasar la maquinaria en los hoteles al enseñar las fotos de Jorge impresas. Aitor les dio el sobre de las propinas, que contenía unos cuatrocientos euros en billetes de 10 y 20. Los repartió con Cosme y con Damián, Peru se impuso la tarea de recorrer las choznas y el casco viejo, quedando en llamarle en cuanto hubiera alguna novedad. Ganeko se quedaría en el hotel para estar localizable y ser el intermediario con Gómez. La rubia le insinuó a Peru, que ya que estaban allí, podían rubricar un acuerdo sobre los honorarios, el habitual contrato que la rubia, ya ducha en estas improvisaciones, llevaba siempre en el pen drive de su llavero. Aitor puso cara de que por él ningún problema, pero la respuesta a la rubia de su jefe fue que menos papeles y vamos a buscar al chico. Luego ya hablaremos de nuestra minuta. Peru miró arquenado las cejas y diciéndole con los ojos “ya sabes cómo son las tías”.
Como estaba cantado, Peru se aburrió al de un rato de ir paseando por el Arenal y se acercó al Jai Alai a tomarse un gin tonic. Llevaban una hora de búsqueda y nadie había dado señales, Se quedó apoyado cerca de la ventana, mirando a la gente pasar. Media hora más tarde, y cuando estaba dudando si pedir la tercera copa, sonó el teléfono. Era la uruguaya. Habían encontrado a Juanito y les había dado las claves para acceder. Aitor estaba llamando un taxi y desde ahí con su USB, iba a intentar entrar. Peru le pidió que pasaran a buscar por la plaza circular. No tuvo que esperar mucho, pero cuando entró en el taxi, vio que algo no iba bien. La rubia no estaba consiguiendo conectar con internet. Peru dirigió al taxista al hotel más cercano, ya que probablemente tendría Wi Fi, lo cual no era una mala idea, ya que justo al lado, había una parada de taxis por si había que salir zumbando hacia algún otro sitio.
La entrada en el hotel les deparó una sorpresa. Una vez dentro, y al abrirse las puertas del ascensor, salió de su interior el amigo Cosme con una mujer con tenía pinta de andar vestida de boda. Cuando Cosme se percató de que enfrente suyo estaba Peru, instintivamente se subió el cuello de la camisa para proteger su cuello de las terribles toñejas del jefe cada vez que le pillaba en fuera de juego. Ese gesto fue el que le delató e hizo caer en la cuenta al detective que el lince de Sestao llevaba toda la tarde jugueteando con una moza en el hotel, en vez de haber estado llevando a cabo las pesquisas que le habían encomendado. Se plantó delante de el y le dijo “Vete a buscar a Damián. De esto ya hablaremos”. Aliviado, al menos momentáneamente, por no haber recibido castigo corporal, salió como un rayo, con tanta velocidad, que Aitor, preguntando en recepción donde podían conectarse, ni se había dado cuenta de la aparición y desaparición de un tercer miembro de la agencia.   
Ya en el salón del hotel, pudieron conectarse y le costó muy poco a la rubia meterse en las cuentas. Como Peru sospechó y Aitor se temía, Jorge había utilizado la visa oro, con dos cargos, uno de 8.500 Euros a las tres de la mañana, y otro de 4.650 euros, a las dos de la tarde de hoy. Los cargos eran a favor de Entertainiment Inc S.L. Peru llamó inmediatamente a Gómez para que le diera alguna pista sobre esa empresa, aunque ya intuyó, que tenía pinta de ser un club de alterne. Aitor estaba pálido de la rabia, y lo primero que hizo, fue pedirle a la rubia que cancelara la tarjeta. En ello estaba, cuando llamó Gómez, dándoles la dirección de un club de bastante fama en la zona de Indautxu. Cogieron un taxi, y hasta allá se dirigieron. Peru insinuó que si allí estaba, deberían de hablar de los honorarios. Aitor le contestó de muy malos modos que ya les había dado dinero, y que era él el que realmente había encontrado a su hijo. La rubia le miró a su jefe con cara de ya te lo dije, y éste encogió los hombros. El taxi les dejó en una esquina y se encaminaron los tres hacia la entrada del local, que por fuera no tenía una apariencia distinta a cualquier bar de copas de la zona. Peru señaló una cafetería cercana y pidió a la rubia que le esperara allí, no la iba a meter en el club. De él, vieron salir a un parroquiano y Peru le paró para preguntarle si había visto al hombre de la foto “¿Quién lo pregunta?” inquirió desconfiado el hombre. “Su padre” contestó algo bruscamente Aitor “Pues tienes un chaval más majo que la ostia” le soltó mientras le ponía la mano en el hombro, “Ha pagado una ronda de putas a todos los que estábamos dentro”. La verdad es que Peru, no daba crédito a lo que estaba oyendo. Entró tras Aitor en el local y preguntaron a uno de los gorilas por el niño. Este dudó en contestar, pero al decir Aitor que estaba pagando con su dinero con una cara avinagrada que no dejaba duda alguna sobre quién era el paganini, le señaló que estaba arriba, en un reservado. Cuando subía las escaleras, mientras Peru se acomodaba en la barra le soltó con muy mala educación “y lo que te tomes, lo pagas tú”. Esto le sentó mal al gigantesco detective que se levantó del taburete y se dirigió a la salida, no sin antes advertir al encargado de seguridad, que el papá había cancelado la tarjeta del niño, y que por eso andaba algo tacaño. Mientras abandonaba el local, de reojo vio como el portero hablaba con otros dos e intuyó que pronto subirían a tener una charla con el padre y el hijo. Fue hasta donde estaba la rubia para irse de allí. Le estaba sugiriendo irse a tomar unos pinchos morunos al Iruña, y luego a los fuegos artificiales, que hoy concursaban unos gabachos que prometían, cuando con su sonrisa de auténtica cabrona, le tocó el hombro a Peru y le señaló con los ojos que mirase a la entrada del club. Habían parado dos taxis, de los que salían una serie de personas, reconociendo por su inimitable figura a Ganeko, entrando todos apresuradamente en el club. “El papá y los hermanos de la novia, acompañados por algún amigo”. La rubia le explicó que le había llamado a Ganeko, por si podían reconducir la situación ya que eran previsible los líos al haber cancelado la tarjeta de crédito. Peru paró uno de los taxis que habían descargado sus pasajeros en el club y le pidió que los llevasen a los Jardines de Albia “¿Y si me hubiesen pillado a mi dentro?”. La rubia se encogió de hombros y al oír un timbre se su móvil, anunciando mensaje nuevo, dejó de prestar atención a su jefe. Se volvió a reír y le paso el móvil a su jefe, donde en una foto, con la cara de ido totalmente, aparecía Damián, sin pantalones, con una falda que quería ser hawaiana pero que dejaba al descubierto todas sus miserias, intentando bailar con Mari Jaia. “Parece que le ha encontrado”. Peru le pidió que quitara de su vista a esos dos, para ir a tomarse los pinchos calentitos, y luego buscar un buen lugar para ver los fuegos. Al final, el día no había ido tan mal, y con las propinas de Jorge Tilla iban a cubrir los gastos de la comida, la cena con la rubia, y alguna copilla también.



viernes, 14 de junio de 2013

Yo para ser feliz quiero un Pipuch



Pipuch es como conocen en mi casa a lo que corrientemente se llaman tabletas y gracias al noble deporte del golf, he conseguido una para mí, que además, al ser pequeñita, mis hijos no tienen deseos de mangármela. Es más, me han cargado mi juego de caramelos favorito y han pasado de mí. Pensé que así podría escribir más asiduamente en el blog (dependo de la bondad de los demás para acceder desde casa al universo electrónico) pero es tan pequeñita, que casi no puedo usar su teclado para escribir. Así que me retardo un poco en acudir a lo que antes era una cita casi semanal.

Dado que mi único lector habitual declarado (rasputilla) estaba echando pestes de la serie detectivesca (ahora que se ponía emocionante con la nueva ley), pues la cancelo y ya está, sin tener que matar al protagonista, que es un pollo que me cae bastante bien. Para no dejar nada en el alero, el asesino no era el cliente de Peru. Los análisis de los restos metálicos de la cabeza del fiambre eran de una aleación que no se correspondía con los palos del hombre (no me acuerdo como se llamaba). La rubia, con una camisetita de tirantes saca al dependiente del hiper deportivo la información sobre la compra de las bolas y los guantes, con lo que tienen muy claro quien es el asesino, pero no pueden decir nada, ya que las pruebas pueden ser invalidadas, así que sugieren a la charaina en la bolsa de quien deben de mirar, donde además de coincidir la aleación del hierro siete con los restos del cráneo, están los dos guantes utilizados, encontrando incluso rastro de sangre del finado.

Y como no se muy bien como seguir, paso a relatar lo que pensé ayer cuando vi a un pollo que no llegaba a los treinta, con traje con corte de sastre, encorbatado y muy serio, junto con otros tres, algo mayores que él, que iban a sentarse en la terraza exterior de un conocido bar en la plaza Eguilleor. Me ví hace años e intenté meterme en su cabeza, “¿Qué estará pensando?”, y sólo se me ocurrió que estaría pensando en pedir algo que le hiciera parecer más maduro de lo que es. “¿Qué pidió?”. No me quedé a esperar, pero si yo hubiera estado en su lugar (y en su edad), no habría bajado del GK.

Por cierto, hablando de madurez, esto me recuerda a que cuando tenía 20 pensaba que era muy maduro, idea que cambié a los 30, pensando que antes era un pipiolete, y que sólo con la llegada de la treintena había alcanzado la plena madurez. Esto se ha repetido aproximadamente cada diez años, y ya pasando los 50, entiendo que cuando llegué a los 60 me pasará lo mismo. Eso me recuerda a una que decía que sólo quería salir con tíos que hubiesen madurado (cuando rondábamos los 20) pero creo que se referiría a salir con alguno que no le importara en exceso que se hubiera tirado a todo lo que se meneaba. Siempre me pareció una curiosa forma de medir la madurez