martes, 30 de abril de 2013

LA PINQUERTON DE GETXO IX

IX

Así que ensimismado en sus pensamientos, Peru se estaba acercando al local de la Reinona, cuando su intuición lo hizo mirar hacia el cielo. Lo último que vio fue las dos primeras letras "YA" del piano que le cayó encima, espachurrándolo.

FIN

martes, 23 de abril de 2013

LA PINQUERTON DE GETXO VIII


VIII

 

 

¡Hay que reconocer que de vez en cuando la rubia es capaz de estirarse! Estaba yo solo en casa terminando los restos de tortilla del día anterior, pensando en que me podía hacer para que la comida del mediodía no fuese muy triste cuando me ha llamado la bruja de ella. Aunque ha tenido que ajustar a 6.000 Euros la oferta mensual para vigilar las deposiciones caninas, reduciendo, eso sí, el personal que tenía que realizar la vigilancia (al final se lo repartirían entre Cosme y ella, lo cual no me importaba en exceso ya que a mí lo perros me dan algo de miedo) y condicionado a que fuera rentable (es decir que les pudieran pagar con las multas que pusieran), les habían encargado el trabajo con un mes a prueba ¡Estaba exultante! Y tampoco era de extrañar ya que era el primer proyecto que se había currado ella sólo. Probablemente el dejarle volar fue el inicio de todo lo que vendrá después. Pero eso ya lo trataremos en su momento.

 

La llamada terminó con una invitación a una degustación de cazuelitas en el Egoki, regadas generosamente con crianza. Allí estaba Cosme, llegando Damián más tarde cuando terminó su vigilancia a Toribio, confirmando que mientras estaba de baja en una empresa, prestaba sus servicios a otra. Tras el generoso caldo y a las copillas que nos estuvo invitando, la rubia aprovechó para sacarme dos cosas, una primera fue la compra de material de escuchas y grabación de imágenes a cuenta de los dos mil Euros que le iban a quedar a “Investigaciones Hurtado”, y la otra era el que anticipáramos esa cantidad para comprarlos ya. Como era ella quien llevaba las cuentas, me aseguró que andábamos bien de fondos (Aunque me hacía el distraído, sabía que era verdad, ya que de los asuntos de cuartos no me despistaba ni un ápice, teniendo una buena memoria para los números, sobre todo si eran propios), así que tras el tercer gin tonic le dije que sí, y con una amplia sonrisa, le cogió a Cosme del brazo, se despidió de nosotros (nos dejó incluso pagada otra ronda) y salió disparada para llegar cuanto antes a la tienda del espía.

 

No es que fuera el plan de mi vida quedarme a soplar con Damián, pero peores compañeros de tragos había tenido. Después de estar sorbiendo los restos del último vaso, me acordé que tenía que hacer una serie de llamadas, así que me subí a la oficina seguido por Damián. Más o menos le preparé para que se enterara de que era la oficina donde estaba trabajando de extranjis Toribio, para que con cualquier excusa, se subiera mañana la rubia y con los gadgets que se iba a agenciar, sacara una grabación de las ocupaciones extra laborales de nuestro vigilado, para presentarlas la semana que viene, con un buen informe y cobrar unos jugosos honorarios. Mientras Damián comenzaba con sus pesquisas, yo llamé al abogado.

 

Tuvimos una larga e interesante conversación. Me estuvo comentando lo que ya de alguna manera conocía y que le iban a facilitar, así como la actuación de los forenses, de la cual yo no había tenido ningún indicio. Al trasladarle mi extrañeza, me explicó que acababa de llegar al juzgado, y que no se lo habían mandado a la policía judicial todavía. Confirmaba que la sangre hallada en el palo era efectivamente del fiambre, y que la única prueba pendiente era la identificación de unos pequeños restos metálicos que quedaban en el cuero cabelludo, pero que todo hacía suponer que eran del palo de Jimmy. En cualquier caso, habían encargado el análisis a un centro tecnológico muy conocido de la zona, con el instrumental necesario para poder analizar tan exiguas muestras metálicas. Quedó en mandarme copia de todo lo que recibiera, pero que no esperase nada al menos hasta un par de días. Le di las gracias y me quedé con la copla.

 

Luego llamé a Elena, quién había hecho los deberes con sumo interés. Al final, quedaban en tres los nombres que ella pensaba pudieran tener una enemistad manifiesta con el fiambre, y coincidían además con las iniciales de una reconocida marca de jamón, aunque sin llegar a las cinco; eran Jaime, Josito y Julián.

 

La pelea con Jaime venía de antaño. Los motivos no dejaban muy bien parado al fiambre; éste montó al cincuenta por ciento un negocio de consultoría, que les marchaba viento en popa. Al de cinco años de llevar el negocio, el fiambre dijo que quería retirarse, así que le vendió su parte del negocio a Jaime, quien se la retribuyó generosamente. Al de un año, el fiambre, que a la vez que vendía organizaba un chiringuito similar, ya le había levantado más de la mitad de los clientes. Y aunque ya era agua pasada, sucedió hará casi veinte años, Elena recordaba haber oído que en la boda de una nieta, el fiambre se jactaba de la jugada que hizo, y que cuando llegó a oídos de Jaime, también presente se organizó una buena.


El tema de Josito era algo distinto. Habían sido muy buenos amigos, tanto que el cadáver contrató a una de las hijas de Josito para que atendiera a uno de sus múltiples negocios. Siempre se rumoreó que algo había pasado, ya que al de un año, la hija de Josito abandonó su puesto, y prácticamente dejaron de hablarse. Se hizo correr la voz que la niña era un poco inepta para trabajar, hecho que quedó desmentido al de unos pocos años, cuando alcanzó puestos de alta responsabilidad en una conocida entidad bancaria. La historia que corría por detrás tenía más que ver con sórdidas historias de acoso a las empleadas de dicha empresa, pero nunca se supo realmente la verdad.

 

Y Julián, quizás era la historia más simple. Compañeros habituales de partidas de golf, estaban prácticamente a bronca diaria por el pago de las apuestas que se cruzaban. Y Julián tenía un pronto muy violento. De hecho había pasado una temporada entre rejas por haber golpeado salvajemente a dos personas en una discusión de tráfico, y no hace tanto tiempo. Y a pesar de estar cerca de los setenta, se conservaba en muy buena forma, por lo que Elena no descartaba que en un momento de furia le hubiera arreado un buen garrotazo.

 

Le pregunté también si en los presentes de la lista que le había dado, se encontraba alguien que no quisiera bien a Jimmy, su marido, y me respondió, que pensaba que no. Le informé brevemente de mi conversación con el abogado y le anuncié que en un par de días la volvía a llamar para comentarle el estado de la investigación.

 

Tras colgar y reflexionar unos instantes, caí en la cuenta que difícilmente ella reconocería nunca que su marido pudo ser el asesino, y que buscaría cualquier pretexto para dirigir los tiros a otra persona. Así que sin pensármelo mucho y haciendo orejas tapiadas a Damián que venía todo orgulloso a contarme que ya sabía a que se dedicaba la oficina donde iba Toribio “Se lo cuantas a la uruguaya y que ella organice el plan” le solté no muy diplomáticamente, decidí darme un paseito hasta el local más cotilla de todo LA (Las Arenas), donde su dueñ@, Dominguez la reinona, podría confirmarme todas estas historietas.

 

 

 

sábado, 13 de abril de 2013

La Pinquerton de Getxo VII


VII

 

Pues he vuelto a mentir ¿qué no iba a comentar la receta de la tortilla de anoche? Pues me apetece y punto. Primero cojo unas cinco o seis patatas tamaño puño normal, no megapuño como el mío, y tras quitarles la piel, las parto en rodajas muy finitas. Las meto en un cuenco al que añado sal y un chorrito de aceite y ¡zass! las introduzco en el micro ondas, unos ocho o nueve minutos a tope. Una vez terminado el primer pase, las saco del micro, las mezclo un poco y otra vez la misma jugada, las vuelvo a meter otros ocho, nueve minutos. Cuando quedan un par de minutos para que acabe esta segunda pasada, pongo una sartén al fuego con un poco de aceite para que se vaya calentando. Al sonar el pitido que pone fin al calentamiento dentro del electrodoméstico, lo saco y vacio su contenido en la sartén ya calentita para que se doren las patatas. Mientras, bato cinco o seis huevos en el cuenco sazonados debidamente, esperando a las patatas. Una vez que ya están, las mezclo con los huevos y remuevo hasta conseguir la masa deseada. Quito de la sartén el aceite sobrante, tiro la mezcla encima y vuelta y vuelta. Tortilla hecha.

 

Pero la verdad, es que al quedarme una costra crujiente de patatas, decidí reservarlas y hacer la tortilla como he explicado antes. Sólo que una vez terminada puse encima una capa de lonchas de queso naranja (creo que americano, no me acuerdo de su nombre), otra capa de jamón de york, y nuevamente otra capa de queso. Rompo y bato otro par de huevos a los que mezclo el crujiente de patatas, logrando otra tortilla, del mismo diámetro, pero mucha más fina que coloco encima de la última capa de queso. ¡El resultado es gulesco! Una jugosa tortilla de dos pisos. Lo que pasa es que la mediana anda con el complejo culo gordo de las tías de 20 años (yo ya le he dicho que lo tiene bien puesto, pero que si quieres arroz Catalina) y está a dieta de frutolácticos lait. Su madre, alias la jefa, realmente no cena, ya que no para de picotear en toda la tarde, y aunque la princepeque es mi única fan culinaria actualmente, con excelente saque, como mucho me come un octavo de la tortilla. Así que mirando los restos que han sobrado de ayer, una botella de ¾ de crianza con una lámina en el culo, y otro octavo de tortilla, he de confesar que me pasé un pelo con la cena y que lo pagué durante la noche. Aun así, estaba pensando que si se daba la oportunidad a media mañana pasaría a liquidar la tortilla sobrante, ya que el reposo de un día le daba un toque especial.

 

Así que un poco embotado me fui acercando a la oficina. A lo lejos vi a Cosme que seguía con su inútil vigilancia, lo cual me hizo recordar que deberíamos mandar una factura intermedia sobre este seguimiento, ya que el flujo de caja es importante mantenerlo jugoso, como una buena tortilla de dos pisos. Por lo menos, esta semana iba a dejarle que siguiera haciendo el tarugo y así refrenar algo sus ardores. Esperaba y confiaba que la rubia llevara bien el tema de Toribio, ya que Damián tampoco era mucho de fiar. Con estos pensamientos entré en el Egoki y me tomé un cafelito con un bollo, ya que la caminata de 350 metros me había abierto de nuevo el apetito.

 

Sentado ya en mi silla, saqué mi pipofón y pasé al ordenador la foto que había sacado con el listado de las personas. Una vez realizada esta tarea, llamé a Elena para indicarle que le mandaría por correo electrónico una lista con la gente que estuvo en el club de golf la tarde en la que apareció el cadáver. Le pedí que revisara la misma y que me indicara quienes podían tener cuentas pendientes con el fiambre y con su marido. Asintió y quedó en llamarme por la tarde. Hablé también con la rubia que me informó, que además de que el seguimiento se estaba realizando correctamente, le habían llamado desde el ayuntamiento y empezaban la semana que viene con el seguimiento a los perros cagones de Getxo. Si bien es cierto, que el nivel de civismo de los dueños de perro había aumentado considerablemente, todavía era necesario fijarse en el suelo para no pisar minas marrones pegajosas. Así que una vez terminadas las labores de oficina, que a pesar de lo que pueda parecer, me llevaron más de una hora, me encaminé hacia la tienda de golf que hay en los bajos del ayuntamiento para intentar averiguar algo sobre las bolitas de golf que habían encontrado junto al cadáver. Aunque había desayunado bien, estuve tentado de volver a entrar en el Egoki y tomar un tentempié, pero animado por el ejemplo de la princemediana, resistí a la tentación y comencé a subir las inclinadas cuestas de Neguri.

 

Llegué algo fatigado hasta la tienda, lo cual me hizo reflexionar mientras me acercaba sobre las bondades de caminar algo todos los días. Cuando saliera de la tienda, mi pensamiento sólo estaría dirigido a terminar con los restos de la tortilla. En fin, paradojas de la vida, o una voluntad muy ligera. En la tienda aprendí que las bolas aparecidas junto al cadáver (por supuesto que no señalé cual era mi interés) eran de las más caras del mercado, lo que tampoco quería decir que las mejores, y que había unas cuantas marcas de bolas de primer nivel, que se podían encontrar por mejor precio. Ellos no las tenían en la tienda, y la verdad es que estuve bastante torpe explicando las razones de porqué quería esa marca, con lo fácil que hubiera sido mentar al amigo caprichoso. Así que con el rabo entre las patas, me tuve que bajar de nuevo a la oficina a mirar en internet donde podría encontrar esas bolas.

 

Me acordé al principio de la tortilla, pero al descubrir en el ordenador que dichas bolas eran vendidas por una multinacional francesa de venta en grandes superficies de artículos deportivos, que tenían un par de centros, uno en Bilbao y otro en Barakaldo. Aunque me apetecía más ir a Bilbao, ya que el metro me dejaba muy bien, supuse que uno de la margen derecha iría más al centro de Barakaldo, al ser más cómodo por poder llegar en coche sin grandes atascos. Así que volví a mi casa para coger las llaves del buga, algo excitado ante la perspectiva de poder avanzar algo, cuya consecuencia inmediata fue que me olvidé totalmente de la tortilla que llevaba toda la mañana esperándome en la cocina. Si me acuerdo, cambiaré el cuenco de las llaves de la mesita de la entrada a la cocina para que estas pérdidas momentáneas de memoria no tengan estas consecuencias catastróficas. Alguna excusa tendré que dar en casa para ese cambio en el orden establecido, pero seguro que se me ocurre.

 

Aparcado el coche en el subterráneo del centro comercial, llegué muy seguro a la zona de golf donde conocía muy bien la zona de bolas, no en vano fui el suministrador familiar en nuestros primeros escarceos en el campo, hasta que acabé harto, ya que al serles a todas las bolas gratis, cuando no encontraban una, la dejaban de buscar, sacando inmediatamente otra ya que iban a cuenta de super pringadetti paganini, useasé, yo.

 

Efectivamente, allí estaban las cajas de la dichosa marca, puestas a la altura de mis hombros, altura de los ojos de los otros humanos, supongo que por estudiada técnica de marketing, con un precio de algo más de tres euros por bola. Con una caja de estas, yo podía comprar casi cien de las más baratas. Pasaba por allí un chico que atendía a la sección de golf, a quien pregunté sobre las dichosas bolas. Me estuvo explicando que era una marca sudafricana que patrocinaba a uno de los últimos ganadores del british, y que por ello habían cogido fama de ser excelentes, aunque sólo estaban por encima de otras de similar nivel en precio. Ahora, ellos tenían la exclusiva para la distribución de esa marca en Europa.

 

Tras el fiasco en la primera tienda, que me obligó a perder más tiempo del previsto, decidí sincerarme y le pregunté al chaval como me podía enterar de quien había comprado últimamente esas bolas. Me dijo que el llevaba sin vender una caja de esa en meses, aunque más o menos venían a desaparecer (es decir que las compraban sin preguntarle nada a él) un par de cajas al mes. Me acompañó hasta el despacho del gerente de la tienda donde me presenté, le dije que estaba buscando y si me podía ayudar. Le noté algo aburrido al hombre, ya que pareció despertar al oír mi historia, mostró bastante interés y aunque no le pude decir para que estaba trabajando exactamente, se puso a indagar en su ordenador. Al de unos pocos minutos con un “¡Ajá!” me confirmó que la última caja se había vendido tres días antes de la ocurrencia del crimen. Frunció el cejo y comentó que era extraño que se gastara tanta pasta en bolas y que luego se comprara dos guantes de los más baratos, y además uno para cada mano “como para no dejar huellas” dijo como si fuera un detective experimentado. Se me encendió la bombilla, podía ser una buena pista, y mostré un poco más de interés. Pero me dijo que el pago había sido en metálico, “mira tú qué raro, utilizó su tarjeta de cliente”. Le pedí que me diera el nombre, pero ahí se quedó. Con una sonrisa triunfal, en cierto modo vengándose de que no le contase nada, me dijo que sólo podía hacerlo con una orden judicial. A pesar de todo, le di las gracias.

 

Volviendo a la oficina, y mientras nos movíamos lentamente por la Avanzada (curioso nombre, ya que en muchas ocasiones, avanzar, se avanza poco) pensé que conocía a una persona, rubia, que podría sacarle al empleado el nombre del dueño de la tarjeta con una de sus sonrisas seductoras. Tenía pocas esperanzas de que una orden judicial pedida por el acusado fuera rápida, o si quiera atendida, pero esta tarde, además de hablar con Elena, debería de mantener una charla con el abogado.