IX
El chófer le dejó junto a la escalera.
Era una escalera blanca, de unos quince peldaños que daba acceso a un porche,
dividido por tres columnas, las dos primeras dejaban correr el aire, la última
estaba cerrada por una cristalera, y protegidos de las inclemencias del tiempo,
unas sillas de cañas, rodeaban una mesa donde seguro que en invierno se estaba
bien protegido. Cerrado sólo por el lado que daba acceso a la vivienda, en su
techo se adivinaba una suerte de terraza, donde probablemente se tomaría muy
bien el sol. El revestimiento de las paredes era de cerámica con alegres
colores claros, dando un tono adicional de frescor. Pero a Peru no le dio
tiempo de contemplarlo ya que según comenzó a subir las escaleras, se abrió la
puerta y la atravesó el secretario quién le preguntó por el chófer. Peru señaló
con un dedo por donde se había marchado con el coche, probablemente para
aparcarlo en una de las cocheras de la casa. El secretario le ignoró por
completo y corrió en pos del conductor.
Peru se quedó en la escalinata mirando
con gesto incrédulo a la espalda del secretario, quien poco a poco se iba
alejando, cuando sintió nuevos pasos que provenían de la puerta, por donde se
asomaron Gómez y Caraqueño. Se quedó en mitad de las escaleras mirándoles con
los brazos extendidos en un ángulo de cuarenta y cinco grados con las palmas
abiertas hacia ellos.
- Pareces un recogepelotas de
Güinblendón – le suelta Gómez
- Y tu un tocapelotas de lo más cabrón
- Dejaros de chorradas y vamos para
dentro
- ¿hay alguna novedad? Aparte del mal
gusto de éste
- Han dado bien la prueba de vida, y
hay que llevar el dinero en cinco minutos al centro del pueblo. Por eso ha ido
el secretario corriendo a por el chófer, ya que es de los pocos que aquí
estamos que conoce bien todas las calles de la citi.
Entraron en el salón, donde pudo ver
al dueño del pueblo, bastante pálido mientras una mujer le abanicaba y el
director del banco le servía agua en un vaso. Con una leve voz, Caraqueño le
puso al día a Peru, habían llamado hacia unos tres o cuatro minutos, habían
dado la prueba de vida y les habían exigido estar en la plaza del pueblo una
persona, a la que llamarán a una cabina y le irán dando instrucciones de donde
tiene que dejar el dinero. Por supuesto, sólo y sin que nadie le siga. Gómez
asintió a todas las explicaciones que le estaban dando a Peru y añadió que se
encontraba bastante mal, ya que seguía convencido que era un secuestro falso,
logrando que el anciano se cogiera un monumental cabreo cuando insinuó que
podía andar su sobrina detrás de esto.
-Parece que la niña tiene acceso a
todas las cuentas del viejo, a quién no debe rendir explicaciones de en qué
utiliza el dinero. El director del banco, me ha asegurado que la chica tiene
una cuenta corriente con cerca de veinte mil euros de saldo, y crédito
ilimitado, por lo que he tenido que sumisamente pedir disculpas y ofrecerme a
seguir al chófer de lejos, para que no le suceda nada.
Y con una mueca que pretendía ser una
sonrisa sarcástica, dejó de hablar, mientras entraba en el salón el secretario,
seguido del jadeante chófer. También apareció Erre Erre con unos cuantos
teléfonos móviles de última generación y se puso a explicar cual era el
programa que había descargado en cada uno de los móviles.
Era algo tan simple como que cada
teléfono tenía activada la función GPS y además incorporaba un programa en el
que señalaba a todos, en qué lugar se encontraban los demás, sobre un plano de
google maps. Tenía cuatro, uno se lo dio al chófer, otro a Gómez, el se quedó
con uno y el otro lo dejo en la mesa, ofreciéndoselo a Don Fulgencio, quien sin
haber recuperado todavía la palidez, le hizo un gesto con la mano al secretario
para que se quedase con aquel artilugio, mientras le pidió que llamase a su
hijo.
Erre Erre le explicó a Peru que en el
cuartel, tenía preparados discretamente tres coches patrullas, aunque sólo
cinco números, para venir al pueblo en cuanto se les mande, y se había tomado
la libertad “autorizado por tu juez”, en haber hecho lo mismo con la policía
municipal, quienes ya tenían preparados cuatro coches y diez agentes, además de
los especiales “La ventaja de ser todos del pueblo. Eso sí, les he pedido que
sean lo más discretos posibles, ya que no sabemos a qué nos enfrentamos”.
Mientras tanto el chófer le había
cogido por el hombro a su jefe y emocionado les decía que quitara toda
preocupación, que él haría lo que le dijeran para que la sobrina volviera sana
a casa. El hombre le miró emocionado, y le dio las gracias.
Caraqueño, volvió a tomar el mando y
le ordenó al director del banco que le dejase al chófer a unos cien metros de
la cabina, mientras que el secretario dejaría a Gómez a una distancia
prudencial para que les pudiera seguir. Luego volver los dos, rápidamente.
Salieron los cuatro de la habitación y Erre Erre cogió el mando de la enorme
televisión de plasma que presidía el salón, y al encenderla, en su amplia
pantalla apareció un plano del pueblo con cuatro puntitos muy juntos. Oyeron
desde el salón como arrancaban los coches, y como en la pantalla de plasma. los puntitos de Gómez y del Chófer
comenzaban a alejarse de los otros dos puntos.
Sólo entonces, contactaron con los
cuatro miembros de las operaciones especiales de Torrebertán, que estaban en el
cuartel, pidiéndoles que estuvieran preparados por si fuera necesario que
actuaran rápidamente.
Pues no ha sido..........
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