martes, 10 de junio de 2014

IX Una tarde cualquiera en Torrebertán

IX

El chófer le dejó junto a la escalera. Era una escalera blanca, de unos quince peldaños que daba acceso a un porche, dividido por tres columnas, las dos primeras dejaban correr el aire, la última estaba cerrada por una cristalera, y protegidos de las inclemencias del tiempo, unas sillas de cañas, rodeaban una mesa donde seguro que en invierno se estaba bien protegido. Cerrado sólo por el lado que daba acceso a la vivienda, en su techo se adivinaba una suerte de terraza, donde probablemente se tomaría muy bien el sol. El revestimiento de las paredes era de cerámica con alegres colores claros, dando un tono adicional de frescor. Pero a Peru no le dio tiempo de contemplarlo ya que según comenzó a subir las escaleras, se abrió la puerta y la atravesó el secretario quién le preguntó por el chófer. Peru señaló con un dedo por donde se había marchado con el coche, probablemente para aparcarlo en una de las cocheras de la casa. El secretario le ignoró por completo y corrió en pos del conductor.

Peru se quedó en la escalinata mirando con gesto incrédulo a la espalda del secretario, quien poco a poco se iba alejando, cuando sintió nuevos pasos que provenían de la puerta, por donde se asomaron Gómez y Caraqueño. Se quedó en mitad de las escaleras mirándoles con los brazos extendidos en un ángulo de cuarenta y cinco grados con las palmas abiertas hacia ellos.

- Pareces un recogepelotas de Güinblendón – le suelta Gómez
- Y tu un tocapelotas de lo más cabrón
- Dejaros de chorradas y vamos para dentro
- ¿hay alguna novedad? Aparte del mal gusto de éste
- Han dado bien la prueba de vida, y hay que llevar el dinero en cinco minutos al centro del pueblo. Por eso ha ido el secretario corriendo a por el chófer, ya que es de los pocos que aquí estamos que conoce bien todas las calles de la citi.

Entraron en el salón, donde pudo ver al dueño del pueblo, bastante pálido mientras una mujer le abanicaba y el director del banco le servía agua en un vaso. Con una leve voz, Caraqueño le puso al día a Peru, habían llamado hacia unos tres o cuatro minutos, habían dado la prueba de vida y les habían exigido estar en la plaza del pueblo una persona, a la que llamarán a una cabina y le irán dando instrucciones de donde tiene que dejar el dinero. Por supuesto, sólo y sin que nadie le siga. Gómez asintió a todas las explicaciones que le estaban dando a Peru y añadió que se encontraba bastante mal, ya que seguía convencido que era un secuestro falso, logrando que el anciano se cogiera un monumental cabreo cuando insinuó que podía andar su sobrina detrás de esto.

-Parece que la niña tiene acceso a todas las cuentas del viejo, a quién no debe rendir explicaciones de en qué utiliza el dinero. El director del banco, me ha asegurado que la chica tiene una cuenta corriente con cerca de veinte mil euros de saldo, y crédito ilimitado, por lo que he tenido que sumisamente pedir disculpas y ofrecerme a seguir al chófer de lejos, para que no le suceda nada.

Y con una mueca que pretendía ser una sonrisa sarcástica, dejó de hablar, mientras entraba en el salón el secretario, seguido del jadeante chófer. También apareció Erre Erre con unos cuantos teléfonos móviles de última generación y se puso a explicar cual era el programa que había descargado en cada uno de los móviles.

Era algo tan simple como que cada teléfono tenía activada la función GPS y además incorporaba un programa en el que señalaba a todos, en qué lugar se encontraban los demás, sobre un plano de google maps. Tenía cuatro, uno se lo dio al chófer, otro a Gómez, el se quedó con uno y el otro lo dejo en la mesa, ofreciéndoselo a Don Fulgencio, quien sin haber recuperado todavía la palidez, le hizo un gesto con la mano al secretario para que se quedase con aquel artilugio, mientras le pidió que llamase a su hijo.

Erre Erre le explicó a Peru que en el cuartel, tenía preparados discretamente tres coches patrullas, aunque sólo cinco números, para venir al pueblo en cuanto se les mande, y se había tomado la libertad “autorizado por tu juez”, en haber hecho lo mismo con la policía municipal, quienes ya tenían preparados cuatro coches y diez agentes, además de los especiales “La ventaja de ser todos del pueblo. Eso sí, les he pedido que sean lo más discretos posibles, ya que no sabemos a qué nos enfrentamos”.

Mientras tanto el chófer le había cogido por el hombro a su jefe y emocionado les decía que quitara toda preocupación, que él haría lo que le dijeran para que la sobrina volviera sana a casa. El hombre le miró emocionado, y le dio las gracias.

Caraqueño, volvió a tomar el mando y le ordenó al director del banco que le dejase al chófer a unos cien metros de la cabina, mientras que el secretario dejaría a Gómez a una distancia prudencial para que les pudiera seguir. Luego volver los dos, rápidamente. Salieron los cuatro de la habitación y Erre Erre cogió el mando de la enorme televisión de plasma que presidía el salón, y al encenderla, en su amplia pantalla apareció un plano del pueblo con cuatro puntitos muy juntos. Oyeron desde el salón como arrancaban los coches, y como en la pantalla de plasma. los puntitos de Gómez y del Chófer comenzaban a alejarse de los otros dos puntos.


Sólo entonces, contactaron con los cuatro miembros de las operaciones especiales de Torrebertán, que estaban en el cuartel, pidiéndoles que estuvieran preparados por si fuera necesario que actuaran rápidamente.

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