sábado, 28 de junio de 2014

XII Una tarde cualquiera en Torrebertán

XII

Se apostaron a ambos lados de la puerta de entrada, esperando las órdenes de Peru, que pesara a quien pesara, también era el jefe de la brigada especial. Dos agentes a cada lado de la puerta, y otros dos ocultos en la escalera. Llevaban sus chalecos anti balas y un casco negro con visera transparente de carbono. A Peru todavía no le habían traído el chaleco que encargaron al de un mes de llegar, y él se negaba, con cierta lógica, a ponerse el engendro que le habían dado, que no era otra cosa que dos chalecos unidos por el cuello con unas cadenillas para tener suficiente abertura para que entrara su cabezón, y de un peso tal, que probablemente hubiera triturado sus lumbares, (más que su barriga).

Por otro lado, tampoco estaba muy temeroso de lo que se podía encontrar detrás de la puerta, ya que aunque bastante fuerte por ser deportista profesional del equipo de basket del pueblo, no era de la personas que considerase más tontas para resistirse a una detención por parte de personal armado. Peru también se la tenía algo jurada desde que descubrió que él fue el que le puso el mote de jefe Bigum, ahora no tanto como el odio que hacia él profesaba el juez, que era conocido como Barni en los círculos frecuentados por este muchachete.

Detrás de Peru, y también pistola en mano se encontraba Erre Erre, quien se había encargado del operativo, discreto a decir verdad, que rodeaba el edificio, aunque era muy poco probable que el futuro detenido fuera a tirarse por la ventana de un segundo piso. Peru se detuvo delante de la puerta, y en una decisión tomada para ganarse definitivamente el respeto de sus hombres, iba a entrar el primero, decisión pensada sobre todo, porque no pensaba que esta detención fuera en manera alguna peligrosa. Amartilló su arma y con la mano que le quedaba libre, introdujo la llave del piso en la cerradura sin hacer prácticamente ruido. La ventaja de que la casa fuera arrendada por el equipo de baloncesto, era que su presidente, dueño, o patrocinador principal, como no, Don Fulgencio, tuviera una copia de la llave del mismo, piso, que todo hay que decirlo, también era de su propiedad.

Abrió la puerta con sigilo y al grito de que salgan todos con las manos en alto, que era la policía, entró decididamente por el pasillo, que se encontraba con la luz encendida. De una de las habitaciones salió el objetivo, con cara sorprendida al principio, pero luego se le fue tornando más en lo conocido como cara de susto (no de leve acojono), al encontrase de frente con un corpachón que ocupaba todo el pasillo, tras un de sus hombros de adivinaba la calva de Erre Erre, corpachón cuya cara se ocultaba tras unas manazas y el cañón de un arma de fuego. Se quedó paralizado, con lo que Peru con otro bramido le ordenó que se pusiera con las manos en la nuca y de cara a la pared, orden que fue obedecida sin chistar.

Ya con el detenido cara a la pared, Peru se metió la pistola en la cintura (ponle el seguro si no quieres otro agujero en el culo, le susurró Erre Erre con el dicho que se utilizaba en la academia para los novatos en el uso de armas de fuego, cuando éstos se guardaban la pistola en la cintura por la parte de atrás).

No le miró con cara de muchos amigos , mientras pidió las esposas al que estaba detrás del picoleto, aunque le hizo caso y puso el seguro, tras volver a sacar el arma, apreciando que ninguno de los munipas se había dado cuenta de su error. Por eso más tranquilo, el siguiente error fue más manifiesto cuando esposó al detenido con las manos en la nuca.
Erre Erre, iba a decirle algo, pero luego comprobó que al otro era imposible moverse, así que esperó a que Peru dijese a sus uniformados que guardaran el arma y buscaran la pasta, para pedirle al guardia que tenía detrás las llaves de las esposas.


El dinero estaba en la mesilla de su cama, y costó comprobar las numeraciones muy poquito, así que con una patada en el culo, ya con las manos esposadas a la espalda (Peru tenía tan alta la adrenalina que ni se dio cuenta de ese detalle), lo sacaron de la casa, rumbo al cuartel de la Guardia Civil, al que Caraqueño ya se dirigía para liderar los interrogatorios, con parada previa en la gasolinera para adquirir un poco de hielo y un mucho de güait label. 

lunes, 23 de junio de 2014

XI Una tarde cualquiera en Torrebertán

XI

Le costó un poco recordar donde estaba, aunque el dolor punzante que sentía en su mentón “sí que es de cristal” le susurró Erre Erre a Peru, agilizó su memoria a pasos agigantados y volvió a cerrar los ojos maldiciendo el tiempo que tardó en reaccionar, que sólo fue una centésima de segundo, pero suficiente para que le dejaran fuera de combate.

-       ¿Pudiste verle?

Negó con la cabeza añadiendo que llevaba una sudadera oscura con una capucha que le tapaba frente y ojos, y un baf que le ocultaba la boca.

-       ¿Pero era joven, viejo, alto, bajo, gordo delgado?
-       Era delgado y de una altura…..como la de Peru
-       ¿Metro noventa? – inquirió el juez
-       Apunta Erre Erre, cerca de dos metros – le dijo Peru mientras miraba con cara de pocos amigos al juez

Gómez volvió a cerrar los ojos, ya cansado de las tontas discusiones de sus amigos sobre la altura, le tomó la mano al picoleto y se alzó del suelo, quedándose sentado. Se llevó las manos a sus sienes y tras mascullar entre dientes sobre la milk que se había llevado, le tendió la mano al juez, quien le ayudo a incorporarse.

Atraído por la escena se había acercado un hombre de mediana edad, tirando a bajo y con un perfil algo redondeado por el paso de los años que se puso a conversar con Peru. Resultó ser uno de sus ayudantes y tras el intercambio de palabras, con paso ligero se alejó. Peru explicó que lo había mandado a la comisaria para que intentara reunir a la mayor cantidad de personas, ya que lo más posible es que tuvieran que peinar el pueblo. También explicó de camino a la mansión de Don Fulgencio que había pedido a su gente de intervención especial que se apostaran a las salidas del pueblo para controlar a todas las personas que salían del mismo, y que si había alguna de dos metros con una sudadera negra, que la detuvieran.

-       Pero que bruto eres Peru. Llama de nuevo y en cualquier caso, si alguien encaja con esa descripción, que lo sigan, pero ¡Joder!¡ Con una tía secuestrada vas a detener al correo!
-       Siguen sin encajarme muchas cosas – añadió Gómez – Poca pasta, mucha rapidez en pedirla…. No me cuadra – mientras se frotaba suavemente con la palma de su mano su dolorido mentón.

En el trayecto Erre Erre llama a su cuartel y pide al cabo que está de guardia, que reúna a todos los números que puedan, y si están motorizados, mejor. Qué esperen órdenes. Entre tanto, el coche se ha acercado a la cancela de entrada que se abre, como si estuvieran esperándoles. Paran el coche junto a la escalera y presuroso baja el secretario con un trapo de cocina, presumiblemente lleno de hielo para que Gómez se lo aplique a su rostro, y que además de calmarle el dolor, le baje la hinchazón, que poco a poco comienza a aparecer.

Subieron las blancas escaleras de entrada y fueron hasta el salón, donde se sentaron alrededor de la mesa, a cuya cabecera estaba el viejo quien les miraba con cara de ¿ahora qué vais a  hacer?

Un tenso silencio flotó en el aire, que aunque sólo duró unos segundos, parecieron eternos hasta que el juez, consciente de que era la cabeza de la investigación se dirigió al sargento de la guardia civil y le ordenó que fuese a llamar a Madrid, a la dirección de investigación criminal de su organización para ponerles al corriente de lo que estaba pasando para que mandasen a los habituales intervinientes en operaciones de secuestros, aunque antes le indicó que hablase con Peru para que con los hombres que tuviera disponibles, estuviesen preparados para cortar todas las salidas del pueblo por carretera si era necesario.

-       En cualquier caso, lo más importante, es que su sobrina esté a salvo, y no tomaremos ninguna decisión que pueda poner su vida en peligro, pero tenemos que movilizar todos los hombres disponibles y estar preparados por si fuera necesario intervenir. Nos consta que la unidad de intervención rápida de Torrebertán está perfectamente preparada para tomar cualquier iniciativa que haga falta.

Aquello no pareció tranquilizar mucho al viejo que no había recuperado todavía el color de su rostro cuando un ruido de llaves y el sonido de la puerta principal abriéndose, hizo que todos trasladasen su atención hacia la puerta. Unas risas juveniles hicieron que Peru reconociera la presencia de, como él lo llamaba, el putero, el hijo de Don Fulgencio, quién se preguntaba en voz alta, sobre si la presencia de tantos coches obedecía a una fiesta a la que no habían sido invitados.

Una voz de mujer joven llamó la atención de Gómez, no por la voz en sí, sino porque al oírla, el color acudió al rostro del anciano, quien se levantó al grito de “¡estás bien!” y corrió a abrazarse a una jovencita que sorprendida correspondía al fuerte abrazo del viejo, mientras el jovencito que estaba a su lado les miraba con cara divertida. “Ya me imaginaba que todo el montaje del secuestro era una bola”, pensó para sí Gómez, mientras Peru fruncía el ceño y cogiendo suavemente al putero del brazo se lo llevaba a otro cuarto.


-       Espera tú con él en el cuarto – le soltó Peru a Caraqueño- que voy a coordinarme con Erre Erre para que no llame a Madrid y que se coordinen con los míos para cerrar todas las salidas por carretera del pueblo.

domingo, 15 de junio de 2014

X Una tarde cualquiera en Torrebertán

X

Gómez se bajó del coche, dejando unos doscientos metros entre él y el chófer, quien era el que llevaba un sobre con cuatrocientos billetes de 20 euros. Le habían explicado donde iba a esperar la llamada y que él era mejor que esperase cerca, disimulando. Vio el escaparate de una tienda de deportes y se quedó mirando los diversos artículos que ofrecía el escaparate mientras acaba de sacar del bolsillo el teléfono. Comprueba que está encendido, marcando su posición y la del chófer. Recorre despreocupadamente la vista por el escaparate y vuelve a mirar los puntitos del móvil, tanto el suyo como el del chófer siguen en el mismo sitio.
El chófer clava la mirada en una de las pocas cabinas telefónicas del pueblo, esperando que suene. Se frota las manos nerviosamente y está tentado de sacar su teléfono del bolsillo, pero se acuerda de lo que le ha dicho el picoleto “no saques el teléfono del bolsillo”, y evita la tentación, mientras se queda esperando a que suene el aparato.
Gómez gira nerviosamente sobre sí mismo, aburrido ya de mirar el escaparate de la tienda e intentando buscar algún otro lugar desde donde esperar a que el puntito del chófer comenzara a moverse. Empezó a hacer como que estaba tecleando en el móvil, hasta que le pareció que el puntito comenzaba a moverse. Puso las orejas en punta y empezó a seguir desde la distancia.
No le estaba siendo muy complicado seguirle y mantener la distancia. Al de unos pocos minutos, le dio la sensación de que el punto del chófer se estaba moviendo con más rapidez. Se paró en una esquina y disminuyó el tamaño del mapa, intentando reconstruir el camino. La impresión que le dio es que estaba yendo en círculo para terminar de nuevo en la cabina. Estaban comprobando si le seguía alguien. Por ello, decidió dar media vuelta y esperar acechando a la cabina desde un portal cercano.
En la casa de don Fulgencio se sorprendieron el cambio de dirección que observaron en el punto que delataba el lugar donde se encontraba Gómez. Peru, se rascó suavemente la barbilla, intentando comprender que es lo que podía pasar por la cabeza de su amigo, pero Erre Erre fue más rápido. “Se acaba de dar cuenta que el chófer va de nuevo hasta la cabina dando un rodeo, para que comprueben que no le sigue nadie”. “la intuición le sigue sin fallar al cabezón”, pensó Peru. Desde el improvisado centro de mando, siguieron con atención todos los movimientos que se iban produciendo.
Como efectivamente había intuido Gómez, el chófer volvió de nuevo hasta la cabina, para coger el teléfono, que se puso a sonar según llegó, recibiendo la instrucción de dejar el sobre con el dinero, justo en el suelo de la cabina, y que se largara corriendo. Desde la esquina donde estaba medio oculto observando Gómez, vio como se agachó el chófer por lo que supuso que estaba dejando el dinero, así que salió de su escondite y se fue acercando poco a poco hasta la cabina. Para intentar disimular, hizo como que estaba chateando desde su móvil, el chófer justo entonces quitó la señal, como habían convenido, para dar a conocer al centro de mando, que ya había soltado el paquete. En el centro de mando dejaron al secretario al mando de los controles de los GPSs, mientras los dos servidores de la ley y el juez (no es que no fuera servidor de la ley, sino que a veces, era la ley) se iban a montar en uno de los vehículos, para dirigirse al centro.
De las sombras salió una figura con una sudadera negra, cubierta la cabeza con el choto de la prenda, ocultando el rostro. Iba en dirección hacia la cabina con grandes zancadas, Gómez su puso a unos diez metros a su espalda, intentando no hacer ruido con sus pasos y que tampoco le viera.El tiempo que el otro tardó en agacharse para coger el sobre, hizo que Gómez se quedara a sólo dos metros del individuo cuando se dio la vuelta para escapar de allí con el sobre. En ese momento se encontraron cara a cara el presunto secuestrador y Gómez.
Gómez le miró instintivamente a la cara, pero la capucha le tapaba prácticamente toda la cara, ocultando los ojos detrás de unas gafas negras. Gómez también cayó en la cuenta de que el individuo le sacaba la cabeza y que había sacado las manos de los bolsillos laterales de la sudadera. Comprendió muy bien para qué e intentó recordar las lecciones que le habían dado para como evitar una agresión. Pensó que tenía que ponerse de un modo lateral para evitar el golpe en las partes blandas y con el brazo que quedase más cerca del agresor, haciendo que la distancia fuera más grande y así evitar un golpe contundente. Pero no le salió de forma automática la postura de autodefensa que estaba recordando y durante el breve relámpago en el que creyó ver como se acercaba a toda velocidad un enorme puño hacia su rostro lamentó no tener una pistola a mano. Después todo se volvió negro.
Nerviosamente, el secretario llamó a Erre Erre totalmente preocupado, ya que el punto de Gómez llevaba más de dos minutos en el mismo sitio. “estamos a cinco segundos, no te preocupes, puede que nada más se le haya caído el teléfono” mintió el picoleto, mientras Peru llamaba por el móvil a su amigo, quien no contestaban. Dejaron el coche en mitad de la calle y corrieron hasta la cabina, donde estaba tirado en el suelo Gómez, aparentemente, inconsciente. Erre Erre, cómo no, llegó el primero y levantándole la cabeza, apoyando cuidadosamente una mano en la nuca, con la otra le dio un par de cachetes sin que el ertzaina recobrase la consciencia.
“A lo mejor hay que hacerle la respiración artificial”, sugirió el juez, lo que hizo que los párpados de Gómez se abrieran levemente con la remota esperanza que ninguno de los hediondos alientos de sus amigos se acercasen cerca de su boca

martes, 10 de junio de 2014

IX Una tarde cualquiera en Torrebertán

IX

El chófer le dejó junto a la escalera. Era una escalera blanca, de unos quince peldaños que daba acceso a un porche, dividido por tres columnas, las dos primeras dejaban correr el aire, la última estaba cerrada por una cristalera, y protegidos de las inclemencias del tiempo, unas sillas de cañas, rodeaban una mesa donde seguro que en invierno se estaba bien protegido. Cerrado sólo por el lado que daba acceso a la vivienda, en su techo se adivinaba una suerte de terraza, donde probablemente se tomaría muy bien el sol. El revestimiento de las paredes era de cerámica con alegres colores claros, dando un tono adicional de frescor. Pero a Peru no le dio tiempo de contemplarlo ya que según comenzó a subir las escaleras, se abrió la puerta y la atravesó el secretario quién le preguntó por el chófer. Peru señaló con un dedo por donde se había marchado con el coche, probablemente para aparcarlo en una de las cocheras de la casa. El secretario le ignoró por completo y corrió en pos del conductor.

Peru se quedó en la escalinata mirando con gesto incrédulo a la espalda del secretario, quien poco a poco se iba alejando, cuando sintió nuevos pasos que provenían de la puerta, por donde se asomaron Gómez y Caraqueño. Se quedó en mitad de las escaleras mirándoles con los brazos extendidos en un ángulo de cuarenta y cinco grados con las palmas abiertas hacia ellos.

- Pareces un recogepelotas de Güinblendón – le suelta Gómez
- Y tu un tocapelotas de lo más cabrón
- Dejaros de chorradas y vamos para dentro
- ¿hay alguna novedad? Aparte del mal gusto de éste
- Han dado bien la prueba de vida, y hay que llevar el dinero en cinco minutos al centro del pueblo. Por eso ha ido el secretario corriendo a por el chófer, ya que es de los pocos que aquí estamos que conoce bien todas las calles de la citi.

Entraron en el salón, donde pudo ver al dueño del pueblo, bastante pálido mientras una mujer le abanicaba y el director del banco le servía agua en un vaso. Con una leve voz, Caraqueño le puso al día a Peru, habían llamado hacia unos tres o cuatro minutos, habían dado la prueba de vida y les habían exigido estar en la plaza del pueblo una persona, a la que llamarán a una cabina y le irán dando instrucciones de donde tiene que dejar el dinero. Por supuesto, sólo y sin que nadie le siga. Gómez asintió a todas las explicaciones que le estaban dando a Peru y añadió que se encontraba bastante mal, ya que seguía convencido que era un secuestro falso, logrando que el anciano se cogiera un monumental cabreo cuando insinuó que podía andar su sobrina detrás de esto.

-Parece que la niña tiene acceso a todas las cuentas del viejo, a quién no debe rendir explicaciones de en qué utiliza el dinero. El director del banco, me ha asegurado que la chica tiene una cuenta corriente con cerca de veinte mil euros de saldo, y crédito ilimitado, por lo que he tenido que sumisamente pedir disculpas y ofrecerme a seguir al chófer de lejos, para que no le suceda nada.

Y con una mueca que pretendía ser una sonrisa sarcástica, dejó de hablar, mientras entraba en el salón el secretario, seguido del jadeante chófer. También apareció Erre Erre con unos cuantos teléfonos móviles de última generación y se puso a explicar cual era el programa que había descargado en cada uno de los móviles.

Era algo tan simple como que cada teléfono tenía activada la función GPS y además incorporaba un programa en el que señalaba a todos, en qué lugar se encontraban los demás, sobre un plano de google maps. Tenía cuatro, uno se lo dio al chófer, otro a Gómez, el se quedó con uno y el otro lo dejo en la mesa, ofreciéndoselo a Don Fulgencio, quien sin haber recuperado todavía la palidez, le hizo un gesto con la mano al secretario para que se quedase con aquel artilugio, mientras le pidió que llamase a su hijo.

Erre Erre le explicó a Peru que en el cuartel, tenía preparados discretamente tres coches patrullas, aunque sólo cinco números, para venir al pueblo en cuanto se les mande, y se había tomado la libertad “autorizado por tu juez”, en haber hecho lo mismo con la policía municipal, quienes ya tenían preparados cuatro coches y diez agentes, además de los especiales “La ventaja de ser todos del pueblo. Eso sí, les he pedido que sean lo más discretos posibles, ya que no sabemos a qué nos enfrentamos”.

Mientras tanto el chófer le había cogido por el hombro a su jefe y emocionado les decía que quitara toda preocupación, que él haría lo que le dijeran para que la sobrina volviera sana a casa. El hombre le miró emocionado, y le dio las gracias.

Caraqueño, volvió a tomar el mando y le ordenó al director del banco que le dejase al chófer a unos cien metros de la cabina, mientras que el secretario dejaría a Gómez a una distancia prudencial para que les pudiera seguir. Luego volver los dos, rápidamente. Salieron los cuatro de la habitación y Erre Erre cogió el mando de la enorme televisión de plasma que presidía el salón, y al encenderla, en su amplia pantalla apareció un plano del pueblo con cuatro puntitos muy juntos. Oyeron desde el salón como arrancaban los coches, y como en la pantalla de plasma. los puntitos de Gómez y del Chófer comenzaban a alejarse de los otros dos puntos.


Sólo entonces, contactaron con los cuatro miembros de las operaciones especiales de Torrebertán, que estaban en el cuartel, pidiéndoles que estuvieran preparados por si fuera necesario que actuaran rápidamente.