domingo, 16 de diciembre de 2012

LA CASETA DE BOLUE


LA CASETA DE BOLUE

(Viva el King II)

Era una tarde desapacible de Junio. El cielo estaba tan cerrado que parecía que era ya de noche, cuando todavía faltaban algunas horas para que el sol teóricamente se pusiera aunque la realidad era que todavía no se había asomado. Inas empezó a apresurar más el paso. Caminaba por la parte de atrás de Fadura, el camino que va desde Larrañazubi hasta Berango. Se encontraba dando su paseo vespertino, pero empezaba a temerse que no había sido una gran idea. Llevaba un buen rato oyendo los truenos, que con el sistema de contar los segundos tras ver el reflejo de los relámpagos que iluminaban el cielo, sabía que llevaba parada un buen rato encima de Berango. Incluso creía oír como la lluvia caía a unos cuantos kilómetros de donde él se encontraba. Ese sonido no le arredró, y en vez de atajar por una zona algo más civilizada, como tomar la avenida de los Chopos, siguió por el camino hasta Larrañubi, pero justo cuando estaba pasando junto al campo de hierba artificial, comenzaron a caer gotones de lluvia como pelotas de tenis. Aceleró el paso y decidió acercarse ahora hasta la amplia avenida de los Chopos atravesando un camino de tierra que rodea el humedal de Bolue, entre el campo de fútbol y el curso del río Gobelas. El humedal de Bolue es el último vestigio que queda de la antigua Fadura, una zona de marismas. Antigua reserva nacional de batracios, actualmente dispone de variada fauna que merodea por su zona, incluida una colonia de tortugas que mucho me temo había terminado hace tiempo con los zampaburus que nadaban libremente por sus aguas marrones.

Iba andando por el camino de barro, cuando notó como sus pies iban chapoteando ya en el agua. El rio Gobelas estaba comenzando a desbordarse y ya una fina lámina de agua estaba anegando el camino. Inas aceleró el paso, pero la sensación de que el nivel estaba subiendo a una velocidad bastante rápida le empujo a, tras haber recorrido unos cien metros, comenzar a correr, cuando el agua ya levantaba un par de dedos sobre el nivel del suelo. Un ruido le hizo volver la vista, a lo lejos vio una figura rubia que corría tras él, haciéndole gestos para captar su atención. Al final comprendió lo que la rubia le estaba señalando y dirigió su vista hacia el rio. Este venía ya con una considerable velocidad, y entre donde estaba él y donde se encontraba la rubia, en el cauce se podía ver una mano saliendo del agua. Al percatarse que una persona que estaba siendo arrastrada por la corriente, el instinto de Inas le hizo correr como alma que lleva el diablo hasta el puente que atravesaba el rio. Allí, se descolgó justo en un extremo por la parte de fuera de la barandilla y con una mano esperó a que llegara a su altura mientras con la otra y las piernas se sujetaba para no caer en la corriente. Cuando estaba a unos cinco metros, el cuerpo sacó la cabeza del agua para respirar y pudo ver a Inas en el extremo del puente. Entonces reaccionó algo, dio unas manotadas, y logró justo desviarse hacia donde estaba Inas, y con sus dos manos se agarró a la salvadora mano de Inas. Pero la corriente era fuerte y sólo estaba logrando retenerla, cuando sintió a su lado a otra persona que intentaba aunar sus fuerzas con las suyas, que no era otra que la rubia que le había avisado de lo que traía la corriente. Con su ayuda logró sacar a la otra persona de la corriente, y la tomó en brazos. Era otra mujer, morena, más bien menudita, que tenía pinta de haber estado corriendo por la zona, aunque le faltaba una playera y su camiseta blanca estaba hecha jirones dejando a la vista un sujetador deportivo color carne. Respiraron aliviados y se encaminaron por un lateral para intentar ganar la carretera, pero para ese momento el agua ya les llegaba por las rodillas. El camino pasaba junto a la antigua caseta de bombas de Bolue, que se intentó habilitar como centro de interpretación, pero que quedó en eso, en un intento. La casa, cuya fachada intenta imitar a un casería, estaba sobre una losa de piedra, lo que le daba una altura de un metro sobre el suelo, y el agua no había comenzado a anegarla. Sorprendentemente la puerta esta abierta. Inas, con el cuerpo de la mujer  exhausto en sus brazos miró a la rubia, dándose cuenta por la ropa deportiva que también venía de hacer footing, y ella asintió con la cabeza, por lo que los dos subieron las cuatro escaleras que daban acceso a la puerta entrando en el interior. Primero entró la rubia y tras traspasar la puerta, con una de las piernas, cerró la puerta.

Al fondo de la habitación, que no tendría más allá de veinte metros cuadrados, estaba mirándoles un tipo con los ojos abiertos, barbas y pelos canos y desordenados, un niqui amarillo, unas bermudas cortas tipo explorador de la selva y unas sandalias (gracias a Dios sin calcetines blancos). Les estaba mirando con los ojos abiertos, y aunque tardó un instante en reaccionar, al ver a Inas ya con cara de agotado, fue donde él y le cogió de sus brazos la chica morena. Inas se agachó poniendo las manos sobre las rodillas y fue recuperando poco a poco la respiración. La morena, que respondía al nombre de Pepa, le pidió al inquilino con un susurro que la dejara en el suelo, cosa que así hizo. Al poner los pies en el suelo, estuvo a punto de perder el equilibrio, pero tras apoyarse en una de las paredes, recuperó el equilibrio. No sólo la camiseta estaba hecha girones, sino que la especie de culotte que llevaba se sostenía de milagro por una goma que estaba a punto de romperse “¡Casi me quedo en bolas” fue lo único que acertó a decir. En Inas se introdujo un sentimiento de solidaridad, y quitándose la chamarrilla que llevaba se quitó su camiseta, que andaba algo seca y se la pasó a Pepa. Esta le dio las gracias y se la puso encima. Aunque Inas no era alto, metro ochenta y ocho, las faldas de la camisa le llegaban a Pepa hasta la rodilla, así que tras ponérsela, pudorosamente se quitó su culotte. En uno de las paredes había un saliente que podía aprovecharse para asentar las posaderas y así hicieron Inas y la rubia que se presentó como Lu. El tipo de las sandalias comenzó a dar vueltas por la habitación suelo de madera, totalmente vacía y sólo unas escaleras que subían a una especie de buhardilla, daban algo que contar sobre la habitación, y una ventana que daba algo de luz al interior, protegida por barrotes. El tipo comentó que tenía su móvil con la batería descargada, pero que no sería mala idea que alguien llamara para pedir ayuda, ya que el agua sólo estaba a unos cinco centímetros de la puerta. Las chicas dijeron que no tenían móvil, y el de Inas, cuando lo sacó de su bolsillo, chorreaba de agua y había dejado de funcionar. “Sólo cabe esperar” dijo con voz resignada Jabitxi que así fue como dijo llamarse el cuarto ocupante de lo que fue la antigua caseta de bombas de Bolue.

Jabitxi paró de dar vueltas alrededor de la habitación y fue a sentarse junto a sus compañeros de habitación. De vez en cuando salía a mirar por la ventana, no había parado de llover todavía, pero la altura del agua subía más lentamente. Al de un rato, el agua comenzó a entrar por el bajo de la puerta. Hay Inas estuvo rápido y cogió los jirones de la ropa de Pepa, y con ellos intentó frenar la entrada de agua, lográndolo al principio. Cuando volvió a su sitio un grito horrible surcó por el exterior. Parecía que estaban torturando a un bebé. Lu reconoció ese grito como el de un gato en celo. Se miraron sorprendidos entre ellos y Jabitxi e Inas se acercaron a la ventana. Por la superficie del agua no vieron nada, pero cuando alzaron su vista hacia los árboles vieron las sombras grises y negras de un montón de felinos que acechaban la caseta como una bandada de cuervos. Empezaron a sonar de nuevo aquellos terribles maullidos que empezaron a cargar de un creciente nerviosismo el ambiente.

El más nervioso era Jabitxi, que en un momento dado, se levantó y empezó a ir de un lado a otro meneando compulsivamente la cabeza. “Me tengo que ir, no puedo más” exclamó. Inas se levantó para intentar convencerle que no era el momento, pero Jabitxi se lo quitó de encima, abrió la puerta y salió al exterior. En ese momento comenzó a entrar agua en el interior de la caseta, mientras comenzaron a subir de intensidad los maullidos de los gatos. Inas le gritó a Jabitxi que había equivocado el rumbo, pero el ruido de los animales ahogó su voz. Entonces, sucedió algo increíble, un gato se tiró sobre Jabitxi alcanzándole la cabeza, luego otro e Inas se metió e intentó cerrar la puerta pero algo duró hizo tope en la puerta. Entre la jamba y la hoja de la puerta había atrapado en su intento de cerrarla, la cabeza de un felino que maullaba furiosamente. Con toda su alma, Inas le soltó un puñetazo, liberando la puerta y lográndola cerrar. Mientras, Pepa y Lu, miraban aterrorizadas por la ventana como tras el ataque de los gatos, y con el agua a la cintura, Jabitxi al intentar llegar al puente, perdió el pie, tropezando y siendo arrastrado por la corriente. Las dos asustadas se juntaron y comenzaron a llorar. Inas, que no entendía nada las miraba con ojos de lémur. Balbuceando, Lu le pudo explicar lo que habían visto, lo que hizo que las dos volvieran a llorar a moco tendido. A Inas no le dio tiempo a pensar más en el destino de Jabitxi, ya que el agua le estaba empezando a llegar a la espinilla. La madera de la puerta de entrada comenzó a crujir y un siniestro pensamiento comenzó a invadir su cabeza. La presión del agua iba a derribar la puerta y era muy probable que los gatos quisieran entrar. La inundación parecía que les había afectado y enfurecido, pudiendo atacarles si se metían dentro, sin que hubiera más escapatoria que tirarse al cauce del rio. Un par de golpes a la puerta dados por dos gatos furiosos que se tiraron contra la puerta, y el chirrido de las bisagras antes de partirse, hizo que Inas reaccionara rápidamente y cogiendo por la mano a cada una de las mujeres las empujó hacia la escalera para subir al ático.

Una vez arriba, cerraron la puerta y se sentaron en el suelo contra ella. El ático era el clásico abuhardillado, pudiéndose andar de pie por el medio, y prácticamente imposible por los laterales, ya que el tejado era a dos aguas. Al fondo, se abría un pequeño tragaluz que era lo único que daba una iluminación muy tenue. Un fuerte golpe contra el agua anunció la caída de la puerta de entrada, y segundos después diversos golpes contra la puerta y maullidos salvajes que sonaban muy cerca, anunciaron que la bandada de gatos acaba de ocupar el piso de abajo. El primer golpe contra la puerta fue lo suficientemente fuerte para que la puerta se moviera unos centímetros. El grito de rabia del gato fue muy parecido a un chirriante chillido de niño pequeño. Pepa se puso las manos en la cabeza, tapándose los oídos y se acurrucó contra Inas que se echó para atrás, apoyando todo su peso contra la puerta. Lu, también estaba asustada mientras al otro lado de la puerta se oían maullidos y algo que podía parecer una pelea. Los alaridos de los gatos iban en “crescendo” mientras el pánico se iba apoderando por momentos entre los ocupantes del ático. Al de unos minutos la intensidad del alboroto del piso de abajo comenzó a decaer, poco a poco, hasta que se hizo un inquietante silencio. Los ojos de los tres ya se habían acostumbrado a la penumbra de la buhardilla, y junto con el comienzo del silencio, Inas cruzó sus brazos y metió su cabeza entre ellos mientras emitió un suspiro de alivio, Pepa se quitó las manos de los oídos, y se cogió del brazo de Inas, pero Lu no hizo nada. El silencio comenzaba a asfixiarla como un mal presagio. De repente, tras un asalto intuitivo se quitó sus dos playeras, se separó de su puerta y le soltó a Inas sus zapatos. Con los cuatro calzados en la mano se dirigió rápidamente hacia el tragaluz y comenzó a cegarlo con los zapatos. Como no le encajaban, se quitó una especie de chalequillo que llevaba puesto y logró taponar consistentemente el tragaluz. Cuando acabó volvió gateando hasta su sitio y ocupó su sitio junto a la puerta. Viendo acurrucada a Pepa, también cogió a Inas del brazo y apoyando su cabeza contra su hombro se acurrucó contra él. Si no fuera por lo complicado de la situación, pensaba Inas, nunca se había encontrado en una de esas situaciones, teniendo una rubia y una morena recostadas contra su hombro y agarradas de su protector brazo, pero tampoco pudo adormecerse mucho tiempo en sus pensamientos, ya que empezaron a oír como algo estaba rascando e intentando quitar el tapón del tragaluz. Inas miró a Lu, pero su cara asustada le indicó que era él que tenía que hacerse cargo de aguantar el tapón de calzado y chalequillo. Así que las dejó sentadas contra la puerta, no sin antes haberse asegurado que apoyaban todo su peso contra la hoja de madera. Gateando, aunque podía haberse levantado, aseguró con una mano el tapón, y con la otra soltó un fuerte golpe. Por un segundo algo de claridad se pudo atisbar entre las rendijas, pero el ruido que emitió, algo que podía considerarse como de rabia, dejó bien claro que un gato estaba intentando colarse por el tragaluz. Aquello organizó un nuevo revuelo y nuevos golpes contra la puerta. Las chicas lo aguantaron bien, y resistieron a los embates contra su puerta. Inas se quedó contra el tragaluz, pero en cuanto empezaron a ceder los golpes contra la puerta, se acercó de nuevo a las chicas que le hicieron un hueco entre ellas.

Llevaban ya un tiempo, media hora más o menos, sin notar actividad, así que Inas se acercó hasta el ventanuco y quitó el tapón. Fuera había clareado algo y constató que el agua había bajado de nivel, dejando sólo el rastro de su paso por el exterior de la caseta. Algo animado, se puso sus zapatos, y andando llevó a Lu los suyos. Les indicó con un gesto a las chicas que se apartaran de la puerta y abriéndola unos centímetros asomó, lo que se dice, el morro. Al no ver nada, la abrió más y vio como las escaleras estaban libres. Salió de la buhardilla y por precaución les hizo una seña a las chicas para que esperasen a que él comprobara la zona como segura. Un gato muerto era el único recuerdo que quedaba de todo el enjambre de felinos que habían tenido aterrorizados en el ático a los tres. Avisó a las dos chicas para que bajasen, y él se acercó a la salida de la caseta, pisando la puerta de madera que había cedido a la presión. Lo que vio fuera era el rastro de que un desbordamiento de un cauce, venía a provocar. Un montón de plásticos y diversos detritus enganchados en cualquier lado, un suelo manchado con barro, y la sensación que deja la naturaleza cuando te das cuenta que contra su fuerza poco puedes hacer. Las dos mujeres bajaron y salieron al quicio de la puerta. Pepa, al ver algo de claridad volvió a trastrabillarse y fue Lu la que evitó que cayera al suelo. Le miró con cara de pena a Inas, y con un mohín señaló hacia sus pies, siendo la única que estaba descalza, así que Ina, con un gesto que denotaba resignación, la volvió a coger en sus brazos, y junto a Lu, se dirigieron a la carretera para volver a la zona civilizada de la avenida de los Chopos, a menos de doscientos metros de donde se encontraban.

Cuando llegaron a la calle, se sorprendieron al ver todas las aceras ocupadas por coches aparcados de cualquier manera. Lu, al llegar a la altura del antiguo instituto Getxo III, se paró, le apretó el brazo a Inas y le dio un casto beso en la mejilla mientras le murmuraba un gracias y se iba hacia la calle Txakursolo. Inas siguió su camino en dirección a Las Arenas, preguntándole a Pepa donde tenía que dejarla. Ella estaba exhausta y sólo le dijo que cerca, cuando a lo lejos se veía un grupo de personas, que parecían exaltadas. Alguien hizo un gesto señalando hacia donde se encontraba Inas, y con cierta rapidez, denotando un nerviosismo exacerbado empezaron a dirigirse hacia Inas y su paquete. Al llegar hasta ellos, un grito de “Hijo de puta, ¿qué le has hecho?” hizo que Inas dejara en el suelo para recibir un puñetazo en la mandíbula que lo tumbó en el suelo. No fue linchado porque una patrulla de la ertzaina que pasaba justo por ahí pudo evitarlo, y con la ayuda de dos furgonetas y tres patrullas más lograron llevar a Inas a la comisaría de Algorta con una denuncia por violación.

…………………

“¿Qué pasa, tu señoría, que te noto un poco pasado?” le espetó el agente Gómez  al juez Caraqueño. “Nada tío, que estoy interrogando a un capullo que está acusado de violación, y me está contando una historia alucinante sobre que se tuvieron que refugiar en una caseta para evitar que les pillara la inundación, nosequecoño de acoso de gatos, que salvó a la presunta violada de ahogarse en la corriente, y que además estaba con una rubia de la que no hay rastro alguno. ¡Estoy flipando en colorines! Además ha aparecido la bruja de su mujer y le ha mandado a tomar por saco. ¡Este lo tiene claro!” exclamó de carrerilla mientras se soplaba el flequillo. Gómez arqueó las cejas sorprendido y preguntó “¿Qué opina el forense?”. “Pues nada, la chica tiene moratones por todos los lados, que bien puede ser por los golpes recibidos por ser arrastrada por la corriente, o porque el otro le dio una manita, y el pollo sigue insistiendo en que hablemos con una rubia que hacía footing, que ella sabe todo lo que pasó”. Gómez, que era buen deportista, intuyó que de ser cierto lo que alegaba el detenido, la rubia volvería a hacer footing de nuevo, además de por el mismo sitio a la misma hora, así que tras pedir una descripción de la rubia, delgada, uno setenta y cinco y ojos azules, y averiguar la hora en que pasó todo, cogió el coche patrulla yéndose hasta la parte de atrás de Fadura a esperar ver pasar a una rubia que hiciera footing.

-----------

-       Gracias por habernos acompañado para prestar declaración, así quedan más claras las cosas

-       De nada – respondió Lu – es realmente increíble que la Pepa no se presentara a contar lo que realmente pasó

-       Según el forense sigue en estado de shock, y le puede costar un tiempo el todavía recuperarse

-       Bueno – dijo Lu mientras comenzaba a bajar las escaleras de la comisaría, dejando a Gómez en la puerta - ¿pero sabe qué es lo que más me joroba

Gómez se quedó mirando a Lu hasta que esta le dijo:
      - Las dos estábamos empapadas, pero a la que dejó su niqui seco fue a ella

jueves, 6 de diciembre de 2012

¡VIVA EL KING!


¡VIVA EL KING!*

Tras haber pasado el fin de semana con sus dos niños, parejita que ya rondaban los diez, y después de habérselos colocado a la ex a una buena hora, las siete de la tarde, para que comenzaran el camino a los quince días de campamento veraniego, el pánfilo de Ernesto tenía esa media sonrisa pérfida que emanaba de su satisfacción por haber racaneado su parte en el pago de esos quince días de vacaciones de sus vástagos “Nos han metido un ERE de quince días y no tengo nada de pasta” se excusó pensando y saboreando adicionalmente en que le fastidiaría a la otra las vacatas que se iba a calzar con su sustituto. Mientras acariciaba en su bolsillo los cuatrocientos euros que le acababa de tangar, bajaba desde Alangos con dirección a Artaza, con la sana intención de pegarse una buena riada de tragos ¿Porqué Artaza y no Algorta, que le pillaba más a mano? La razón era muy sencilla, ya que el más afamado putetxe de la margen derecha se ubicaba en un extremo del barrio que unía Leioa con Neguri. Lo que no podía evitar Ernesto, fruto de una educación en colegio de curas de la época de Franco, era azorarse ante la perspectiva de una visita a un lugar donde sólo se le miraría el grosor de su cartera para hacerle compañía y reales sus más lujuriosos pensamientos. Para evitar ponerse rojo ante cualquier atisbo de el acercamiento de una pilongui, Ernesto tenía la costumbre de libarse unos cuantos rones con coca cola en las tascas de Artaza camino del putetxe, en parte para vencer su timidez, o recato, y en parte para no encontrarse con conocidos y tener que compartir rondas, ya que este hombre era también de natural tacañete.
Para evitar fatigarse en exceso, aunque fuera cuesta abajo, Ernesto planeó hacer su ruta cogiendo el ascensor o pequeño mini funicular que se desliza por la ladera de Aiboa, uniendo la estación de metro con la calle Txakursolo, paralela a la amplia avenida de los Chopos, arteria vital del moderno barrio getxotarra de Aiboa. El ascensor en cuestión se deslizaba por unos raíles sobre un talud para salvar algo más de un diez por ciento de desnivel, o hablando en plata evitar ochenta y seis escaleras, o una cuesta de cuarenta metros de longitud al diez por ciento de desnivel. La cabina contaba con una serie de comodidades fruto de las peticiones pre electorales, que son las únicas que tienden a funcionar en un sistema que sólo examina a sus elegidos cada cuatro años. Fruto de una de esas peticiones, los cristales se pusieron tintados ya que uno de los protestones habituales se quejó que en los días soleados, el metal del cubículo donde comienza a subir el aparato, reflejaba el sol de tal manera que le había cegado momentáneamente. Ernesto fantaseaba con traerse un día a una de las chicas para montarse algo en el ascensor, ya que desde fuera no se veía nada. ¡Y tampoco se oía!, fruto de otra protesta se insonorizó el cubículo, lo cual para Ernesto era una pena ya que los gritos de placer de la otra retumbarían en la noche getxotarra. ¿Era Ernesto un observador?. No, básicamente estaba recordando un artículo sobre el mecanismo que apareció en la prensa local la semana anterior, resaltando aquellas novedades. Lo que no recordaba era a cuento de qué se había publicado, y desde luego el artículo no hacía mención alguna al origen de las mejoras, era cosecha propia de Ernesto cuya credulidad para muchas cosas no incluía las promesas electorales.
Ya en la avenida de los chopos, justo al cruce con la avenida de leioa, giró a su izquierda para afrontar el puente sobre la autovía. Tuvo una duda, sobre si empezar con su solitario tasqueo en el hotel que hace esquina en esas dos avenidas, pero un recuerdo sobre alguien que solía parar por allí y el no saber esquivar preguntas como “¿qué haces por esta zona?” sin ponerse rojo o la posibilidad de tener que hacer frente a una ronda le frenó comenzar su trasiego en ese hotel, y esperó a estar al otro lado del Gobelas. Cuatro cubatas después ya se encontraba con los ánimos suficientes para dirigir sus pasos a la entrada de la casa de citas, o como era conocida entre los puteros, la japi jaus. El portero, de considerables dimensiones, al reconocer a Ernesto, no dudó en abrirle de par en par las puertas.

…………………..
“¡Joder!¡No me queda ni para el taxi!” balbuceó atropelladamente tras pagar el último ron con coca cola. Las dos profesionales a las que no había dejado de agarrar por el talle desde su arribada al local, comprendiendo con ese sexto sentido que les ha dado los años de oficio y viendo que allí no había más que rascar, se retiraron a por mejores objetivos procurando no herir en exceso a su antiguo cliente. Para cuando Ernesto se dio cuenta, había entrado a lo grande juntándose con dos nenas, de que ya no le quedaba dinero para subir con una de las chicas, siguió invitando a champán a sus parejas, lo cual tampoco le duró mucho. Aunque sospechaba que tampoco era champán (o cava si me pongo pureta) sino alguna bebida dorada y con burbujitas. Eso sí, aunque bastante aturdido por el alcohol, Ernesto todavía saboreaba su momento de gloria de aquella noche, ese momento en que fue el único protagonista del local, que hizo estallar en carcajadas a toda la parroquia, incluyendo a los trabajadores del antro. Cerca de la media noche, embutidos en sus monos azules entraron cuatro sub saharianos con la intención de tomarse un café. Coincidió con que el portero de la entrada se había acercado a los servicios, y siendo un Domingo por la noche, tampoco había mucho ajetreo, por lo que nadie acudió a sustituirle y evitar el equívoco a aquellos hombres. Al entrar los cuatro y ver el percal del lugar donde se habían metido, se quedaron cohibidos y parados en el medio, lo que aprovechó Ernesto, ya bastante cocido para, agarrado del talle de sus dos fulanas, un poco por chulería, un mucho para evitar caerse, comenzó a soltar una perorata que de haberla oído el diseñador de las huchas del Domund, nunca se le habría ocurrido diseñarlas y mucho menos dejar que las fabricaran. Dos de los individuos le miraban con cara de no entender nada, pero el tercero, el más alto y fuerte de ellos debía de estar entendiendo todo por el fuego que salía de sus ojos. Ernesto se dio cuenta, pero no le importó ya que sentía a sus espaldas la protección de los gorilas del negocio. El hombre alto comprendió, e indicó a sus compañeros con un gesto que debían salir. Incluso al cuarto, que no le hizo caso, mirando como estaba boquiabierto a una de las pros del local, tuvo que cogerle del hombro y sacarle casi a rastras. Cuando cerraron la puerta el local estalló en carcajadas y aplausos que fueron contestados con patosas reverencias de Ernesto. Tras apurar el último trago de su cubata y para no soportar las miradas del camareta “si no consumes ¡lárgate!”, se bajó a duras penas de su taburete y se encaminó hacia la puerta.
Hacía un largo rato que ya era Lunes, y a diferencia del fin de semana la calle presentaba el aspecto solitario de los días laborales, así que no hubo testigos de la larga meada que soltó en una de las esquinas. Arrastrando los pies como iba, comprendió que no llegaría muy lejos, así que se sentó en un banco para ver las fotos que se había sacado con sus acompañantes y si con la función aumento podía investigar en los generosos escotes que llevaban. Poco pudo ver “¡Mierda, se acabó la pila del putofón!” así que decidió seguir su camino, volviendo sus pasos por donde había venido. Al fondo, en la avenida de los chopos, la carretera estaba cortada, y el centro de la calzada estaba ocupado por una gran grúa. Ernesto, con el cesto que llevaba, ni se dio cuenta de aquello, ni tampoco reparó en algunos de los trabajadores que por allí estaban esperando a que alguien diera la orden de comenzar con la faena. Cogió el cruce para ir a txakursolo y subirse en la cabina del ascensor. Si fuera habitual de la zona, no lo habría intentado ya que el ascensor está parado de doce a siete de la mañana. Pero las puertas se abrieron y el hombre entró dentro. Apretó el botón para subir y el ascensor comenzó a andar. Diez metros después, se apagó la luz de la cabina y el ascensor se paró con un brusco frenazo. Ernesto, tras la sorpresa inicial y tres deshilvanados juramentos intentó comunicarse por el comunicador de la cabina, que no dio señal alguna al estar cortada la corriente. Vio en una de las esquinas un papel que daba un número de emergencia en caso de avería, pero la pila se había muerto en Leioa, y tampoco tuvo opción. Sabía que desde fuera no era visible, y menos de noche y se ciscó en la insonorización de la cabina. Pero ese día, y los quince siguientes no trabajaba (la única verdad que soltó a su ex), así que se quitó el chambergo que llevaba, lo enrolló a modo de almohada y al no ver por la oscuridad la suciedad del suelo, se tumbó en la cabina, con la intención de pegarse una cabezada hasta que le vinieran a buscar. Con el abotargamiento causado por su masiva ingesta de alcohol, no tardó mucho en quedarse dormido.
No pudo precisar cuanto tiempo después, pero lo cierto es que empezó a sentir que la cabina le daba vueltas, el efecto conocido como “el barco” que todos los borrachos han sentido alguna vez. Aquello quizás era demasiado real y tras acordarse donde se había quedado dormido intentó levantarse, pero la sensación fue que la cabina se balanceaba más. Se agarró a uno de los reposabrazos del cubículo y a duras penas logró levantarse. Cuando se vio suspendido entre las paredes de ladrillo de los edificios que bordean la avenida de los chopos, no lo pudo evitar, una arcada poderosa hizo que comenzara a vaciar su estómago. Agarrado fuertemente al pasamanos, acabó por vaciarlo completamente, quedando el fétido vómito esparcido por todo el suelo del ascensor. Sintió que por fin, la cabina del ascensor era posado en un lugar firme, y se atrevió a levantar la cabeza. Comprendió que se encontraba en la parte trasera de un camión cuando sintió que por los lados comenzaban a manipular la caja. Eran dos de los tipos de los que se había burlado en el putetxe, que estaban asegurando la carga para que no se moviera. Ernesto comprendió que con los cristales tintados no le viesen, pero del descojono que se estaban trayendo los dos, cayó en la cuenta que sabían que estaba allí. Comenzó a golpear con los puños las ventanas para intentar hacer ruido y atraer la atención del resto del personal que andaba trajinando por allí. En un segundo entendió que lo que estaban haciendo era un cambio de la caja (ahí la razón del artículo de hacia una semana, iban a cambiar el mecanismo de movimiento por uno más silencioso), para lo que habían utilizado una grúa de larga pluma, que estaba allí majestuosamente parada en mitad de la calle, rodeada de operarios entre potentes focos para iluminar la zona de trabajo, pero que ninguno parecía darse cuenta del escándalo que estaba montando Ernesto en el interior de la caja. Escándalo que acabó cuando uno de los hombres que había asegurado la caja cogió una maza del suelo del camión y le pegó tal golpe a una de las esquinas metálicas de la caja, que Ernesto dejó de protestar y corrió a acurrucarse en cuclillas a una de las esquinas de la caja, la zona con más panel metálico, sin importarle que el suelo fuera un charco de cubata mezclado con jugos gástricos. Pudo ver como una de las oscuras caras se acercó hasta la ventana, y descubrió una blanca dentadura en lo que parecía, y era, una siniestra sonrisa. El hombre bajo de la parte trasera del camión de un salto, se fue a la cabina donde le esperaba otro de sus compinches y poniendo el vehículo en marcha, se alejaron del lugar.
Poco a poco, el color volvió al cuerpo de Ernesto y armándose de valor se atrevió a asomarse con el fin de intentar averiguar por donde iban. Cuando levantó la cabeza, acababan justo de pasar lo que se llegó a llamar hace tiempo como el escalextric de lejona, y se dirigían por un lateral a tomar el corredor del Txori Erri. Se volvió a poner en cuclillas, el movimiento del vehículo había acabado por empapar todo el suelo del cubículo de los restos del vómito, para evitar mojarse el culo. Todavía estaba perplejo, no sabía que podían querer hacerle aquellos. Además, contaba con un inconveniente, en los próximos quince días nadie esperaba nada de él, es decir, no le iba a echar nadie de menos. En mala hora se acordó de aquello. También comenzaron a agolparse en su cabeza escenas de aquel cortometraje en la que López Vázquez quedaba atrapado en una cabina. Cuando recordó el final, se empezó a poner malo, entrándole otra vez ganas de vomitar, pero salvo cuatro dolorosas arcadas por tener el estómago vacío, no amplió el contenido del suelo. Empezaba a sentir flojas las piernas, pero haciendo un esfuerzo se asomó de nuevo. La autovía seguía solitaria. Ni un solo coche se adivinaba en la lejanía. Ya estaban a la altura de Larrabetzu. Con una entereza que ni él mismo pensaba que tenía se quedó de nuevo en cuclillas, esperando lo que tuviera que pasar.
Al de unos pocos minutos, notó como la velocidad iba bajando y también notó como tomaban una especie de rotonda, estaban en Erletxes y habían cogido la carretera general hacia Amorebieta. Al de un rato, giraron a la derecha y el camión empezó a ir a muy poca velocidad y por el movimiento, a circular fuera de carretera por un terreno irregular. Ernesto, alarmado se levantó y vio como se alejaban de una verja de metal, que otro individuo estaba cerrando. Arriba, unas letras grandes parecían decir “Hierros nosequé”, como indicación del posible negocio que allí funcionaba. El camión paró y el pollo que había cerrado la puerta se montó en una carretilla industrial, acercándose a la parte trasera del camión. Mientras tanto, los dos tíos que venían en el camión ya estaban trasteando en la parte trasera para soltar la mercancía. La carretilla se acercó a la parte trasera del camión y levantó sus uñas, en lo que Ernesto entendió algo amenazador, tirándose de un salto al suelo. Los del camión debieron de percatarse del salto de Ernesto ya que estallaron en sonoras y graves carcajadas. La carretilla lo que hizo fue introducir las uñas en la parte baja de la caja del ascensor y la sacó de la parte trasera, llevándola suspendida en el aire hacia un destino desconocido.
Ernesto volvió a incorporarse e intentó fijarse en el conductor de la carretilla, pero sólo podía ver una sonrisa muy, muy, muy blanca. Cuando un reflejo blanco hizo palidecer la esquina de la caja, Ernesto desvió su atención hacia la dirección en la que le estaban llevando. El pálido reflejo de la luz combinó perfectamente con la lividez de su rostro al adivinar a donde era conducido, a una máquina empacadora de metal. Esa máquina, que normalmente estaba encajada en el remolque de un camión, para cuando hubiera que achatarrar fuera del almacén de hierros. Allí, con una grúa que estaba en uno de los extremos se iba metiendo la chatarra en una especie de cajón. Cuando el cajón estaba lleno, se ponían en funcionamiento los mecanismos, unas prensas, que acaban convirtiendo el amasijo de metal en una especie de cubo o ladrillo de un metro de largo, para su mejor carga y venta. Para hacerse una idea de las dimensiones, en el cajón entraba muy sobradamente la caja del ascensor. La carretilla se posó en el suelo, y el operario que estaba en la grúa de la empacadora agarró por la parte de arriba la caja, y la elevó de nuevo, girándola y dirigiéndola hasta el cajón de la empacadora. Ernesto no se dio cuenta de su situación hasta que vio la sonrisa del operario de la grúa, era el hombre al que los ojos se le habían inyectado de fuego al oír su discurso de hace un par de horas.  Entonces empezó a sentir miedo, miedo que aumentó cuando la cabina fue posada en el cajón de la empacadora, que pasó a puro terror cuando con un movimiento con la grúa, estallaron los cristales mientras la cabina caía en el interior del cajón, quedando tumbada en el interior del cajón. Ernesto vio la estrellas en un cielo limpio y comprendió que sería lo último que vería, cuando las prensas comenzaron a funcionar y cubrieron completamente    la cabina dejando negra como la noche su interior.
Ernesto había pensado en alguna ocasión sobre como sería su muerte, y de que manera se enfrentaría a ella. Pero nunca pensó que el miedo tenía su olor, un olor fétido que emanaba de sus pantalones, ya que cuando se cubrió la empacadora, comprendió que iba a morir, y se le aflojó todo lo aflojable. Las prensas comenzaban a chirriar, hasta que todas toparon con las distintas esquinas de la cabina. Ernesto cerró los ojos, esperando aquel terrible fin, con la única esperanza que no fuera doloroso. Antes, rezó rápidamente prometiendo que si al final salía de esa, nunca más consideraría a ninguna otra persona como inferior. Intuyó que ahora vería desfilar toda su vida por sus ojos, pero de repente todos los chirridos de las prensas cesaron, e incluso la parte que cubría su visión, se acabó retirando, volviendo a ver de nuevo las estrellas. Tras unos instantes de aturdimiento, Ernesto comprendió que la broma había ido hasta allí. Aliviado, se incorporó en la cabina, y por la zona de los cristales rotos intentó salir. Con el cuerpo fuera de la cabina e incorporado en el remolque, miró a su alrededor. A lo lejos, iluminada por una descacharrada farola, se encontraba la verja por la que habían entrado. En ese momento notó como algo caliente, de textura similar al barro, le iba bajando por la entrepierna y los vapores de su fragancia le llegaban a la nariz. Perjuró de su promesa de no volver a despreciar a nadie más, y sin pensar en como podía volver a casa, sin dinero, cagado, meado y con rastros de vómito en su ropa, salto del remolque y se empezó a dirigir hacia la puerta. El “soltar a los perros” sonó como un disparo en la noche. Un segundo de vacilación y Ernesto comenzó a correr como un poseso hasta que pudo saltar la valla. Un zapato lo perdió corriendo y el otro se lo quedo uno de los chuchos, el más rápido, que llegó a morderle el pie, pero que pudo soltarse dejando al can el calzado como trofeo. Pegó una patada con rabia a la puerta, apuntando a la cabeza del perro, aunque el único logro fue hacerse daño en el pie. Cojeando, se fue alejando por la cuneta de la carretera de entrada al almacén, cuando unos potentes focos lo deslumbraron. Le pareció también que tenían unas luces destellantes azules en el techo, y cuando una voz le dio el alto bajo amenaza de disparó, comprendió que se trataba de la policía. Siguió sus instrucciones y se puso de rodillas con las manos en la nuca. Se fueron acercando a él, dando voces sobre sus intenciones de haber intentado entrar a robar. En los quince segundos que tardaron los agentes en llegar a Ernesto y esposarle entre comentarios de que iba a limpiar con la lengua la mierda que dejara en los asientos, Ernesto ya había decidido que lo mejor era confesar que había entrado allí a robar, ya que quien coño le iba a creer su historia.


*El King se refiere, como no, al Estifen. Es el primer título de la trilogía, "TERROR EN AIBOA". "ELFUNI DE AIBOA"

domingo, 2 de diciembre de 2012

JODÉ QUE FRIO


¡JODÉ QUE FRÍO!

Es la verdad. Esta mañana mientras encaminaba mis nada decididos pasos hacia el tee del uno (Había dejado los zapatos orearse en la ventana de la cocina) con los pies a modo tempanito, a una hora temprana que lo que tenía que haber hecho era seguir calentito y acurrucadito bajo las sábanas, eso era lo que estaba pensando.

 

Desde el pasado Jueves contemplaba desolado los pronósticos del tiempo que sólo vaticinaban agua y más agua. ¡Sólo han acertado que iba a hacer frío! Pero si me apuras, y con sólo mirar el calendario también habría acertado yo. Tuve algo de insomnio al pensar que no iba a poder practicar mi deporte favorito (el agua y el frío no son nada recomendables para deportes al aire libre, ahora, como dicen los escoceses “al golf se puede jugar incluso cuando hace sol), pero pude jugar tranquilamente el Sábado (sabadete, bolas nuevas y tres parcetes), ir a la tarde al basket (mejor que ver el fútbol) y hacer la compra en el super, pudiendo aparcar en el parking exterior. He pasado frío hoy por la mañana, pero bien es cierto que las molestas gotas de lluvia, no han llegado a molestarnos (se puso a jarrear cuando acabé el hoyo 19), aunque como siempre, no creo que nadie dimita por estos errores de pronóstico. ¡Yo organizo una cagada de estas de no dar una, y en la oficina, en el mejor de los casos me sacan cantares! Habrá que empezar a recoger los trastos, que mañana hay que ir al tajo.

 

Acabo de leer que los pies del hobbit (yo tuve un entrenador de esa raza, como lo es uno de mis jefes actuales) son unos calcetines de latex que se ponen los actores en diez minutos. Muy interesante, pensaba que hoy no estaba muy inspirado, pero ya veo que más que otros.