LA CASETA DE BOLUE
(Viva
el King II)
Era una tarde
desapacible de Junio. El cielo estaba tan cerrado que parecía que era ya de
noche, cuando todavía faltaban algunas horas para que el sol teóricamente se
pusiera aunque la realidad era que todavía no se había asomado. Inas empezó a
apresurar más el paso. Caminaba por la parte de atrás de Fadura, el camino que
va desde Larrañazubi hasta Berango. Se encontraba dando su paseo vespertino,
pero empezaba a temerse que no había sido una gran idea. Llevaba un buen rato
oyendo los truenos, que con el sistema de contar los segundos tras ver el
reflejo de los relámpagos que iluminaban el cielo, sabía que llevaba parada un
buen rato encima de Berango. Incluso creía oír como la lluvia caía a unos
cuantos kilómetros de donde él se encontraba. Ese sonido no le arredró, y en
vez de atajar por una zona algo más civilizada, como tomar la avenida de los
Chopos, siguió por el camino hasta Larrañubi, pero justo cuando estaba pasando junto
al campo de hierba artificial, comenzaron a caer gotones de lluvia como pelotas
de tenis. Aceleró el paso y decidió acercarse ahora hasta la amplia avenida de
los Chopos atravesando un camino de tierra que rodea el humedal de Bolue, entre
el campo de fútbol y el curso del río Gobelas. El humedal de Bolue es el último
vestigio que queda de la antigua Fadura, una zona de marismas. Antigua reserva
nacional de batracios, actualmente dispone de variada fauna que merodea por su
zona, incluida una colonia de tortugas que mucho me temo había terminado hace
tiempo con los zampaburus que nadaban libremente por sus aguas marrones.
Iba andando por el
camino de barro, cuando notó como sus pies iban chapoteando ya en el agua. El
rio Gobelas estaba comenzando a desbordarse y ya una fina lámina de agua estaba
anegando el camino. Inas aceleró el paso, pero la sensación de que el nivel
estaba subiendo a una velocidad bastante rápida le empujo a, tras haber
recorrido unos cien metros, comenzar a correr, cuando el agua ya levantaba un
par de dedos sobre el nivel del suelo. Un ruido le hizo volver la vista, a lo
lejos vio una figura rubia que corría tras él, haciéndole gestos para captar su
atención. Al final comprendió lo que la rubia le estaba señalando y dirigió su
vista hacia el rio. Este venía ya con una considerable velocidad, y entre donde
estaba él y donde se encontraba la rubia, en el cauce se podía ver una mano
saliendo del agua. Al percatarse que una persona que estaba siendo arrastrada
por la corriente, el instinto de Inas le hizo correr como alma que lleva el
diablo hasta el puente que atravesaba el rio. Allí, se descolgó justo en un
extremo por la parte de fuera de la barandilla y con una mano esperó a que
llegara a su altura mientras con la otra y las piernas se sujetaba para no caer
en la corriente. Cuando estaba a unos cinco metros, el cuerpo sacó la cabeza
del agua para respirar y pudo ver a Inas en el extremo del puente. Entonces
reaccionó algo, dio unas manotadas, y logró justo desviarse hacia donde estaba
Inas, y con sus dos manos se agarró a la salvadora mano de Inas. Pero la
corriente era fuerte y sólo estaba logrando retenerla, cuando sintió a su lado
a otra persona que intentaba aunar sus fuerzas con las suyas, que no era otra
que la rubia que le había avisado de lo que traía la corriente. Con su ayuda
logró sacar a la otra persona de la corriente, y la tomó en brazos. Era otra
mujer, morena, más bien menudita, que tenía pinta de haber estado corriendo por
la zona, aunque le faltaba una playera y su camiseta blanca estaba hecha
jirones dejando a la vista un sujetador deportivo color carne. Respiraron
aliviados y se encaminaron por un lateral para intentar ganar la carretera,
pero para ese momento el agua ya les llegaba por las rodillas. El camino pasaba
junto a la antigua caseta de bombas de Bolue, que se intentó habilitar como
centro de interpretación, pero que quedó en eso, en un intento. La casa, cuya
fachada intenta imitar a un casería, estaba sobre una losa de piedra, lo que le
daba una altura de un metro sobre el suelo, y el agua no había comenzado a
anegarla. Sorprendentemente la puerta esta abierta. Inas, con el cuerpo de la
mujer exhausto en sus brazos miró a la
rubia, dándose cuenta por la ropa deportiva que también venía de hacer footing,
y ella asintió con la cabeza, por lo que los dos subieron las cuatro escaleras
que daban acceso a la puerta entrando en el interior. Primero entró la rubia y
tras traspasar la puerta, con una de las piernas, cerró la puerta.
Al fondo de la
habitación, que no tendría más allá de veinte metros cuadrados, estaba
mirándoles un tipo con los ojos abiertos, barbas y pelos canos y desordenados,
un niqui amarillo, unas bermudas cortas tipo explorador de la selva y unas
sandalias (gracias a Dios sin calcetines blancos). Les estaba mirando con los
ojos abiertos, y aunque tardó un instante en reaccionar, al ver a Inas ya con
cara de agotado, fue donde él y le cogió de sus brazos la chica morena. Inas se
agachó poniendo las manos sobre las rodillas y fue recuperando poco a poco la
respiración. La morena, que respondía al nombre de Pepa, le pidió al inquilino
con un susurro que la dejara en el suelo, cosa que así hizo. Al poner los pies
en el suelo, estuvo a punto de perder el equilibrio, pero tras apoyarse en una
de las paredes, recuperó el equilibrio. No sólo la camiseta estaba hecha
girones, sino que la especie de culotte que llevaba se sostenía de milagro por
una goma que estaba a punto de romperse “¡Casi me quedo en bolas” fue lo único
que acertó a decir. En Inas se introdujo un sentimiento de solidaridad, y
quitándose la chamarrilla que llevaba se quitó su camiseta, que andaba algo
seca y se la pasó a Pepa. Esta le dio las gracias y se la puso encima. Aunque
Inas no era alto, metro ochenta y ocho, las faldas de la camisa le llegaban a
Pepa hasta la rodilla, así que tras ponérsela, pudorosamente se quitó su
culotte. En uno de las paredes había un saliente que podía aprovecharse para
asentar las posaderas y así hicieron Inas y la rubia que se presentó como Lu.
El tipo de las sandalias comenzó a dar vueltas por la habitación suelo de
madera, totalmente vacía y sólo unas escaleras que subían a una especie de
buhardilla, daban algo que contar sobre la habitación, y una ventana que daba
algo de luz al interior, protegida por barrotes. El tipo comentó que tenía su móvil con la batería descargada, pero que no sería mala idea
que alguien llamara para pedir ayuda, ya que el agua sólo estaba a unos cinco
centímetros de la puerta. Las chicas dijeron que no tenían móvil, y el de Inas,
cuando lo sacó de su bolsillo, chorreaba de agua y había dejado de funcionar.
“Sólo cabe esperar” dijo con voz resignada Jabitxi que así fue como dijo
llamarse el cuarto ocupante de lo que fue la antigua caseta de bombas de Bolue.
Jabitxi paró de dar
vueltas alrededor de la habitación y fue a sentarse junto a sus compañeros de
habitación. De vez en cuando salía a mirar por la ventana, no había parado de
llover todavía, pero la altura del agua subía más lentamente. Al de un rato, el
agua comenzó a entrar por el bajo de la puerta. Hay Inas estuvo rápido y cogió
los jirones de la ropa de Pepa, y con ellos intentó frenar la entrada de agua,
lográndolo al principio. Cuando volvió a su sitio un grito horrible surcó por
el exterior. Parecía que estaban torturando a un bebé. Lu reconoció ese grito
como el de un gato en celo. Se miraron sorprendidos entre ellos y Jabitxi e
Inas se acercaron a la ventana. Por la superficie del agua no vieron nada, pero
cuando alzaron su vista hacia los árboles vieron las sombras grises y negras de
un montón de felinos que acechaban la caseta como una bandada de cuervos.
Empezaron a sonar de nuevo aquellos terribles maullidos que empezaron a cargar de
un creciente nerviosismo el ambiente.
El más nervioso era
Jabitxi, que en un momento dado, se levantó y empezó a ir de un lado a otro
meneando compulsivamente la cabeza. “Me tengo que ir, no puedo más” exclamó.
Inas se levantó para intentar convencerle que no era el momento, pero Jabitxi
se lo quitó de encima, abrió la puerta y salió al exterior. En ese momento
comenzó a entrar agua en el interior de la caseta, mientras comenzaron a subir
de intensidad los maullidos de los gatos. Inas le gritó a Jabitxi que había
equivocado el rumbo, pero el ruido de los animales ahogó su voz. Entonces,
sucedió algo increíble, un gato se tiró sobre Jabitxi alcanzándole la cabeza,
luego otro e Inas se metió e intentó cerrar la puerta pero algo duró hizo tope
en la puerta. Entre la jamba y la hoja de la puerta había atrapado en su
intento de cerrarla, la cabeza de un felino que maullaba furiosamente. Con toda
su alma, Inas le soltó un puñetazo, liberando la puerta y lográndola cerrar.
Mientras, Pepa y Lu, miraban aterrorizadas por la ventana como tras el ataque de
los gatos, y con el agua a la cintura, Jabitxi al intentar llegar al puente,
perdió el pie, tropezando y siendo arrastrado por la corriente. Las dos
asustadas se juntaron y comenzaron a llorar. Inas, que no entendía nada las
miraba con ojos de lémur. Balbuceando, Lu le pudo explicar lo que habían visto,
lo que hizo que las dos volvieran a llorar a moco tendido. A Inas no le dio
tiempo a pensar más en el destino de Jabitxi, ya que el agua le estaba
empezando a llegar a la espinilla. La madera de la puerta de entrada comenzó a
crujir y un siniestro pensamiento comenzó a invadir su cabeza. La presión del
agua iba a derribar la puerta y era muy probable que los gatos quisieran
entrar. La inundación parecía que les había afectado y enfurecido, pudiendo
atacarles si se metían dentro, sin que hubiera más escapatoria que tirarse al
cauce del rio. Un par de golpes a la puerta dados por dos gatos furiosos que se
tiraron contra la puerta, y el chirrido de las bisagras antes de partirse, hizo
que Inas reaccionara rápidamente y cogiendo por la mano a cada una de las
mujeres las empujó hacia la escalera para subir al ático.
Una vez arriba,
cerraron la puerta y se sentaron en el suelo contra ella. El ático era el
clásico abuhardillado, pudiéndose andar de pie por el medio, y prácticamente
imposible por los laterales, ya que el tejado era a dos aguas. Al fondo, se
abría un pequeño tragaluz que era lo único que daba una iluminación muy tenue. Un
fuerte golpe contra el agua anunció la caída de la puerta de entrada, y
segundos después diversos golpes contra la puerta y maullidos salvajes que sonaban
muy cerca, anunciaron que la bandada de gatos acaba de ocupar el piso de abajo.
El primer golpe contra la puerta fue lo suficientemente fuerte para que la
puerta se moviera unos centímetros. El grito de rabia del gato fue muy parecido
a un chirriante chillido de niño pequeño. Pepa se puso las manos en la cabeza,
tapándose los oídos y se acurrucó contra Inas que se echó para atrás, apoyando
todo su peso contra la puerta. Lu, también estaba asustada mientras al otro
lado de la puerta se oían maullidos y algo que podía parecer una pelea. Los
alaridos de los gatos iban en “crescendo” mientras el pánico se iba apoderando
por momentos entre los ocupantes del ático. Al de unos minutos la intensidad
del alboroto del piso de abajo comenzó a decaer, poco a poco, hasta que se hizo
un inquietante silencio. Los ojos de los tres ya se habían acostumbrado a la
penumbra de la buhardilla, y junto con el comienzo del silencio, Inas cruzó sus
brazos y metió su cabeza entre ellos mientras emitió un suspiro de alivio, Pepa
se quitó las manos de los oídos, y se cogió del brazo de Inas, pero Lu no hizo nada.
El silencio comenzaba a asfixiarla como un mal presagio. De repente, tras un
asalto intuitivo se quitó sus dos playeras, se separó de su puerta y le soltó a
Inas sus zapatos. Con los cuatro calzados en la mano se dirigió rápidamente hacia
el tragaluz y comenzó a cegarlo con los zapatos. Como no le encajaban, se quitó
una especie de chalequillo que llevaba puesto y logró taponar consistentemente
el tragaluz. Cuando acabó volvió gateando hasta su sitio y ocupó su sitio junto
a la puerta. Viendo acurrucada a Pepa, también cogió a Inas del brazo y
apoyando su cabeza contra su hombro se acurrucó contra él. Si no fuera por lo
complicado de la situación, pensaba Inas, nunca se había encontrado en una de
esas situaciones, teniendo una rubia y una morena recostadas contra su hombro y
agarradas de su protector brazo, pero tampoco pudo adormecerse mucho tiempo en
sus pensamientos, ya que empezaron a oír como algo estaba rascando e intentando
quitar el tapón del tragaluz. Inas miró a Lu, pero su cara asustada le indicó
que era él que tenía que hacerse cargo de aguantar el tapón de calzado y
chalequillo. Así que las dejó sentadas contra la puerta, no sin antes haberse
asegurado que apoyaban todo su peso contra la hoja de madera. Gateando, aunque
podía haberse levantado, aseguró con una mano el tapón, y con la otra soltó un
fuerte golpe. Por un segundo algo de claridad se pudo atisbar entre las
rendijas, pero el ruido que emitió, algo que podía considerarse como de rabia,
dejó bien claro que un gato estaba intentando colarse por el tragaluz. Aquello
organizó un nuevo revuelo y nuevos golpes contra la puerta. Las chicas lo
aguantaron bien, y resistieron a los embates contra su puerta. Inas se quedó
contra el tragaluz, pero en cuanto empezaron a ceder los golpes contra la
puerta, se acercó de nuevo a las chicas que le hicieron un hueco entre ellas.
Llevaban ya un
tiempo, media hora más o menos, sin notar actividad, así que Inas se acercó
hasta el ventanuco y quitó el tapón. Fuera había clareado algo y constató que
el agua había bajado de nivel, dejando sólo el rastro de su paso por el
exterior de la caseta. Algo animado, se puso sus zapatos, y andando llevó a Lu
los suyos. Les indicó con un gesto a las chicas que se apartaran de la puerta y
abriéndola unos centímetros asomó, lo que se dice, el morro. Al no ver nada, la
abrió más y vio como las escaleras estaban libres. Salió de la buhardilla y por
precaución les hizo una seña a las chicas para que esperasen a que él
comprobara la zona como segura. Un gato muerto era el único recuerdo que
quedaba de todo el enjambre de felinos que habían tenido aterrorizados en el
ático a los tres. Avisó a las dos chicas para que bajasen, y él se acercó a la
salida de la caseta, pisando la puerta de madera que había cedido a la presión.
Lo que vio fuera era el rastro de que un desbordamiento de un cauce, venía a
provocar. Un montón de plásticos y diversos detritus enganchados en cualquier
lado, un suelo manchado con barro, y la sensación que deja la naturaleza cuando
te das cuenta que contra su fuerza poco puedes hacer. Las dos mujeres bajaron y
salieron al quicio de la puerta. Pepa, al ver algo de claridad volvió a
trastrabillarse y fue Lu la que evitó que cayera al suelo. Le miró con cara de
pena a Inas, y con un mohín señaló hacia sus pies, siendo la única que estaba
descalza, así que Ina, con un gesto que denotaba resignación, la volvió a coger
en sus brazos, y junto a Lu, se dirigieron a la carretera para volver a la zona
civilizada de la avenida de los Chopos, a menos de doscientos metros de donde
se encontraban.
Cuando llegaron a la
calle, se sorprendieron al ver todas las aceras ocupadas por coches aparcados
de cualquier manera. Lu, al llegar a la altura del antiguo instituto Getxo III,
se paró, le apretó el brazo a Inas y le dio un casto beso en la mejilla mientras
le murmuraba un gracias y se iba hacia la calle Txakursolo. Inas siguió su
camino en dirección a Las Arenas, preguntándole a Pepa donde tenía que dejarla.
Ella estaba exhausta y sólo le dijo que cerca, cuando a lo lejos se veía un
grupo de personas, que parecían exaltadas. Alguien hizo un gesto señalando
hacia donde se encontraba Inas, y con cierta rapidez, denotando un nerviosismo
exacerbado empezaron a dirigirse hacia Inas y su paquete. Al llegar hasta
ellos, un grito de “Hijo de puta, ¿qué le has hecho?” hizo que Inas dejara en
el suelo para recibir un puñetazo en la mandíbula que lo tumbó en el suelo. No
fue linchado porque una patrulla de la ertzaina que pasaba justo por ahí pudo
evitarlo, y con la ayuda de dos furgonetas y tres patrullas más lograron llevar
a Inas a la comisaría de Algorta con una denuncia por violación.
…………………
“¿Qué pasa, tu
señoría, que te noto un poco pasado?” le espetó el agente Gómez al juez Caraqueño. “Nada tío, que estoy
interrogando a un capullo que está acusado de violación, y me está contando una
historia alucinante sobre que se tuvieron que refugiar en una caseta para
evitar que les pillara la inundación, nosequecoño de acoso de gatos, que salvó
a la presunta violada de ahogarse en la corriente, y que además estaba con una rubia
de la que no hay rastro alguno. ¡Estoy flipando en colorines! Además ha
aparecido la bruja de su mujer y le ha mandado a tomar por saco. ¡Este lo tiene
claro!” exclamó de carrerilla mientras se soplaba el flequillo. Gómez arqueó las cejas sorprendido y preguntó “¿Qué opina el forense?”.
“Pues nada, la chica tiene moratones por todos los lados, que bien puede ser
por los golpes recibidos por ser arrastrada por la corriente, o porque el otro
le dio una manita, y el pollo sigue insistiendo en que hablemos con una rubia
que hacía footing, que ella sabe todo lo que pasó”. Gómez, que era buen
deportista, intuyó que de ser cierto lo que alegaba el detenido, la rubia
volvería a hacer footing de nuevo, además de por el mismo sitio a la misma hora,
así que tras pedir una descripción de la rubia, delgada, uno setenta y cinco y
ojos azules, y averiguar la hora en que pasó todo, cogió el coche patrulla yéndose hasta la parte de atrás de Fadura a esperar ver pasar a una rubia que
hiciera footing.
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Gracias
por habernos acompañado para prestar declaración, así quedan más claras las
cosas
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De
nada – respondió Lu – es realmente increíble que la Pepa no se presentara a
contar lo que realmente pasó
-
Según
el forense sigue en estado de shock, y le puede costar un tiempo el todavía recuperarse
-
Bueno
– dijo Lu mientras comenzaba a bajar las escaleras de la comisaría, dejando a
Gómez en la puerta - ¿pero sabe qué es lo que más me joroba
Gómez
se quedó mirando a Lu hasta que esta le dijo:
- Las dos estábamos
empapadas, pero a la que dejó su niqui seco fue a ella