miércoles, 20 de febrero de 2013

LA PINQUERTON DE GETXO IV


IV

Desde luego he de reconocer que como profeta no tendría precio. Predecir que me iba a levantar de buen humor tras una siesta de dos horas, inducida fundamentalmente por las dos botellas de tintorro que había trasegado acompañadas por todo tipo de pinchos muy digestivos, no tenía muchas probabilidades de éxito, y menos si el pipofón con su ruidosa alarma me acababa recordando que por beodo, tenía que volver luego hasta la estación de Lamiako para recoger el buga.

 
Así que cuando llegué a la oficina, con un gesto con el índice, le indiqué a Cosme que entrara en mi despacho y cerrara la puerta. Hizo como que se iba a sentar, pero al ver mi ceño fruncido, ni se atrevió. De pie, con las manos atrás y mirando al suelo,  me empezó a dar lástima. Aunque el estómago me quemaba, y con razón, por todo lo que me había metido, la cabeza no la tenía toda entera, tuve la duda por unos segundos de no decirle nada, y simplemente con el susto, dejarlo pasar. Pero cuando así estaba, por alguna extraña razón, comprendí que estaba intuyendo mis dudas, y que poco a poco levantaba su cabeza, empezando a esbozar una sonrisa. Pegué un manotazo con toda mi alma en la mesa que le hizo botar del susto y absolutamente furioso, más que por su falte en sí, por haber descubierto una debilidad, le empecé a chillar como creo que a nadie había chillado antes.

 
Me desahogué y me quedé bien a gusto. Ya llegado un momento durante la bronca, en la que no dejó de mirarse los zapatos, empecé a cavilar sobre que coño podíamos hacer. En ningún manual, ni de detectives, ni de escuela de negocios, te explican que debes de hacer cuando, tras haberte encargado un servicio de vigilancia para conocer si la pareja es fiel, resulta que el que promueve la infidelidad es quien se supone que tenía que estar siguiendo a la pareja, el salido de Cosmete. Noté que algo debería de estar desvariando cuando Cosme dejó de mirar al suelo y empezó a mirarme a mí. Así que paré, le ordené que se sentase en la silla y le expliqué lo que íbamos a hacer. Bueno, para ser exacto, lo que iba a hacer. Coger el teléfono, llamar al cliente, explicarle que por un error en la operativa nos habíamos equivocado de dirección, que le devolvíamos el dinero del adelanto y que dejábamos el caso.

 
Cuando tras la corta explicación, Cosme volvió a mirar al suelo, comprendí que todo iba a ir a peor, y así fue. Balbuceando me fue explicando que la susodicha le había pillado el primer día de seguimiento, y que bajo la amenaza de un espray de pimienta a tres centímetros de la cara, tuvo que confesar la razón de su vigilancia. Ella le invitó a subir a su casa, y allí empezó todo. Tras el susto inicial, Cosme me jura que intentó dejarlo, pero ella le amenazaba con contar todo a su marido, “y como bien sabes, jefe, es el presidente de la federación vizcaína de tiro al plato” dándome a entender que estaba en posesión de escopetas capaces de arrancarle su rabillo juguetón.

 
Miré a la mesa, me froté con el índice un poco la sien para aliviar algo el picor y levantando pesadamente la cabeza, fijé sus ojos en los míos.” Me importa una mierda con lo que te haya amenazado. Tú le llamas ahora mismo al pollo, le comentas y te disculpas por tu garrafal error de equivocarte casa, le devuelves la pasta y renuncias al caso. Lo que hagas después me importa bastante poco, pero piensa que este va a mandar a otros y a poco que sean menos tarugos que tú, te pillan en dos días, así que tú veras que le cuentas”  y tras una par de respiraciones profundas y un carraspeo intencionado rematé “y acuérdate que tiene escopetas y que no dudará en arrancarte las bolas a tiros con perdigones del cuatro como te pille”. Dicho esto, le conminé a que se levantara de la silla de mi despacho y fuera a su sitio para llamarle. Por si acaso, y para escuchar bien lo que decía, me puse justo detrás de él.

 
“Don Javier, buenas tardes; mire soy Cosme de la agencia de detectives de Aiboa… sí, sí, compañero de Don Peru, verá y quería comentarle…no, no, por el momento no tenemos resultados, de eso era de los que quería hablarle. Verá, Don Peru fue el que inició el servicio de vigilancia, y al de unos días….sí, sí, no descubrió nada… bueno, aunque sea tan grande es un gran experto en camuflaje, y le aseguro yo, que de esto sé un rato, que es muy difícil descubrirle….¡Ja, ja!, sí, sí, yo también creo lo mismo….. verá, lo que quiero comentarle es que ha habido un error… ya, ya, créame que lo lamento pero….ahora le explico, Don Peru que es un gran detective, pero a veces un poco despistado, me pasó mal las señas de donde estaba su vivienda “ No oí más, le pegué una toñeja con la suficiente fuerza para haberle hecho saltar todos los empastes pero el cabroncete de él, ni se inmutó “Nada, nada, no ha sido nada, sólo una ventana que ha cerrado bruscamente por corrientes”. Corrientes las que pasaban de mi cabeza a los pies y no se como pude aguantarme para no cogerle con la silla y tirarle por la ventana o meterle otra toñeja, pero esta con las dos manos a la vez (el incidente de la toñeja al final me supuso una victoria psicológica sobre Cosme, ya que cada vez que metía la pata, u otra cosa, venía con un niki de cuello de cisne para proteger su cuello de las cada vez más violentas toñejas. Siempre que aparecía con ese niki negro, le echaba una bronca inmensa. Yo podía no saber porqué, pero él sí lo sabía).

 
Al final, quedó en que dejábamos el caso, pero que tampoco hacía falta que le devolviéramos los anticipos (exiguos en cualquier caso). Yo al menos, quedé fuera del asunto, y si algún día descubría que era Cosme el que le impedía entrar por una puerta sin agacharse, allá se las arreglaran ellos. Despedido Cosme con una patada en el culo, liviana ya que intuyó mis intenciones y la medio esquivó, me quedaba el organizar los planes de mañana para el seguimiento de Toribio. Yo no iba a poder ir con ellos, al haberme citado con el abogado para ir al club de golf, donde acompañados por la esposa podíamos interrogar de alguna manera al gerente, así que le dije a la rubia que cogiera el teléfono y nos bajamos al Egoki a tomar un café y a comentar la jugada de mañana.

 
Teniendo ya localizada la estación donde se bajaba Toribio y conociendo la hora de llegada, el plan era que por cada una de las salidas le esperase o Damián o la rubia, y seguirle discretamente hasta averiguar cuál era su destino final. Damián, por ser la zona más fácil, le esperaría a la salida de Doctor Areilza, con un ojo en el ascensor, pero más bien a la salida de las escaleras mecánicas. La rubia le esperaría en la salida de la Plaza de Indautxu, pero al haber unas cuantas salidas, le esperaría a pie de las escaleras mecánicas. Era importante ir discreto y que no los reconocieran. A la rubia le recomendé que fuera como de repartidora de periódicos gratuitos, y si podía, ocultando su pelo rubio, ya que es totalmente reconocible. Damián comenzó con una perorata sobre su disfraz interrogándome sobre si él también tenía que ocultar su pelo rubio (lacio y con muchas entradas). No le hice ni puto caso, y les recomendé, bueno, le dije a la rubia que quedara con Damián un cuarto de hora antes de la llegada del metro, y lo dejara visible. Les dejé tomando unas cañas en el bar, mientras me iba hacia la estación de Neguri para coger el metro y pasar por Lamiako a pillar el coche que llevaba allí aparcado desde la mañana. No pude evitar parar a tomarme un bocata en mi tasca favorita de Lamiako, redescubierta tras un incendio en una fábrica. Esta vez, dejé el alcohol (una pinta en realidad no es alcohol, propiamente dicho) ya que quería volver conduciendo a casa. La verdad es que el lomo con pimiento lo bordan.

 
Aparqué justo en frente de casa y me encontré a la princesa charlando en la terraza del bar, que al verme llegar me ordenó con gestos, aparentemente de quieres venir, pero subliminalmente era ven, para comentarme alguna gracieta de las vecinas que le acompañaban. La princepeque andaba por ahí, haciendo el ganso con alguna de las hijas de la vecina, vino al de un rato para convencerme que hoy lo mejor para cenar eran unas pizzas del Mec-Mec, que era el día de dos por una, y que había que aprovechar. Yo pensaba que era el día de dos por cuatro, pero ni me atreví a insinuarlo con la jefa delante, y la verdad que después del maravilloso bocata de lomo con queso de Lamiako, tampoco tenía tanta hambre. Cuando hablaron que la mediana venía a cenar y que probablemente le acompañaría hasta casa Floripondio (su novio), puse mala cara e insistí que con dos pizzas íbamos a pasar hambre, ya que asumí que el atontado se quedaría a cenar. No sé si fue buena jugada o no, ya que paso de que el capullo venga a cenar a casa, pero así me pude jamar una pizza de anchoas con tomate, que es mi favorita sin tener que compartirla ya que coló lo de la dos por cuatro. ¡Ah! Y no tuve que cocinar, por lo que no me he podido enrollar con ninguna receta.

domingo, 10 de febrero de 2013

LA PINQUERTON DE GETXO III


III

 

Lo malo de establecer un sistema de vigilancia por la mañana es, sobre todo, si la noche anterior has estado de vinos, de vinos sin denominación de origen, hasta bastante tarde. Gracias a Dios nos quedamos sin fondos y fuimos incapaces, los tres que quedábamos, de encontrar un cajero (sospecho que “Potro” mintió cuando dijo que no llevaba tarjeta) con el cual sacar unos cuantos billetes para continuar con el trasiego de caldos de mala calidad. En este momento, apostado en el coche por la zona de Larrañazubi, en la parte de atrás de la Avenida de los Chopos. Cosme sigue vigilando la puerta de salida de la casa de “Toribio” que es el nombre que hemos asignado en clave para referirnos al objetivo. ¿Qué porqué le hemos puesto nombre en clave? Porque con mis hábiles ayudantes pueden pronunciar en alto el nombre del objetivo delante de quien no deban y mandemos a tomar vientos toda la persecución.

 

El plan no es muy complejo. Cosme se queda donde está hasta las diez y media, y abandonará a esa hora para irse a Las Arenas para vigilar a la esposa. Punto. No tenía que hacer nada más. Desde las ocho y media, Damián y la rubia estarán desayunando en el bar de la rotonda que lleva hasta Fadura, a la espera de que les llame con instrucciones, si hay alguna. Hacia las nueve de la mañana, Toribio sale por el garaje y sigue el curso del Gobelas, en dirección al humedal de Bolue. No tenía más que una salida antes de llegar hasta la ciudad deportiva, y veía poco previsible que saliera por la zona de la caseta de bombas, ya que estaba demasiado cerca de su casa. Si no salía por Fadura, la siguiente salida estaba pasado el Instituto, por lo que la vigilancia era fácil, así que me apresté a dar órdenes. Como pude suponer, el idiota de Damián no había pagado todavía los desayunos, así que mande a la rubia a que se apostara en la salida de Fadura para vigilar y que Damián se juntara con ella. Al de unos pocos minutos me llamaron. Le habían visto pasar por la parte de atrás, y seguía andando en dirección Berango.

 

Les mandé que fueran hasta la esquina de Saldisu con los Chopos, justo en un bar que hace esquina, junto a una tienda de golosinas. Les pedí que esperasen allí y que me llamasen. También tuve la oportunidad de oírle a Damián su opinión sobre que si tomaba otro café se iba a poner de los nervios, diciéndole a la rubia que informase al tarugo de su compañero que los cafés también se pueden tomar descafeinados, y que también puede pedir agua. Con el coche me acerqué hasta la zona de aparcamiento de la ciudad deportiva, para estar preparado en el caso de que no fuera por Saldisu y seguirle un rato en coche. Tuvimos suerte, al de cinco minutos me llamó la rubia para confirmarme que había aparecido por Saldisu y que tenía toda la pinta que iba a empezar a subir hacia Algorta.

 

La orden fue que Damián me esperase en la esquina, y que la rubia le siguiera para ver que hacía.  Mientras recogía a Damián, se me ocurrió que lo que estaba haciendo Toribio era dar un rodeo para llegar hasta el metro. Tenía su lógica, así que le instruí convenientemente sobre lo que tenía que hacer. Repetido y con paciencia, aunque era algo tan sencillo como montarse en el metro con él (por si acaso saca billete de dos zonas), y si va para Plentzia, te bajas en Bidezabal, y si va para Bilbao, te bajas en Lamiako, donde yo me montaría en el metro (le tuve que repetir que si se bajaba antes, que me avisara). Lo único que tenía que hacer, era decirme en que vagón iba, para poder vigilarle discretamente. Después de dejarle en el metro de Algorta y cuando ya estaba llegando a Romo, me llamó la rubia para decirme que Toribio acaba de entrar al metro. Me preguntó si le seguía, y le dije que se volviera a la oficina. Justo, que te vea ahora en el metro, aquella tan bella que es inolvidable. Le recordé que tanto a ella o a mí, lo mejor era que no nos vieran, ya que es difícil olvidarse de nuestros cuerpos. La oí refunfuñar antes de colgar, pero tampoco era cuestión de seguir hablando desde  el coche. Llegué a la estación de Lamiako, aparqué el buga en la zona habilitada para eso, y tras pasar la cancela, me puse a esperar.

 

No tardó mucho en pasar el metro, y el amigo Damián salió del último vagón, justo al revés de lo que le había pedido. Así que no le dio tiempo a decirme en que vagón estaba Toribio. Me puse justo detrás de habitáculo del conductor, y le llamé. Me dijo que iba en el tercer vagón. Eran las nueve y cinco, así que el vagón no iba muy lleno, pero tampoco le podía dejar escapar, así que hice de tripas corazón, y justo cuando dejamos la siguiente estación, Leioa, le vi que estaba muy entretenido leyendo una novela de bolsillo. Pasé a su lado sin que se diera cuenta y me acomodé en una de las esquinas, donde antes estaban los asientos laterales. El viaje siguió sin problemas, hasta Indautxu, donde se bajó Toribio. Me bajé tras él, que se fue hacia la escalera con el cartel de Urquijo y yo hice como que me iba por la otra, pero no hice otra cosa más que cambiarme de Andén.

 

Durante la vuelta, y dado que no había pasado por la canceladora, se me ocurrió que podía ir a echar un vistazo a Cosme para ver cómo le iba su vigilancia de la mujer sospechosa de poner la cornamenta al marido. Llamé a la rubia, que seguía refunfuñando por haber tenido que ir andando de Algorta a la oficina para que me diera la dirección. Le comenté algo sobre lo bien que le venía a su figura el andar un poco, y no me mandó a tomar por saco porque su educación se lo impide, pero le hizo muy poca gracia mi comentario, y con bastante desgana me dio la información que quería. Decidí bajarme en Las Arenas en vez de Lamiako, y luego, si tenía ganas, iba andando a por el coche, o también podía comer unas cazuelillas y unos champis en el Zokotxo, ¡quién sabe!.

 

La dirección estaba en la calle Mayor, justo enfrente de los soportales, lo cual daba una cobertura muy interesante a la vigilancia, además de contar con dos tascas desde las que se puede vigilar, mientras poteas. DI una vuelta por la zona, para intentar ver desde donde hacía la vigilancia el amigo Cosme, pero empecé a desconcertarme al de un rato, ya que no lo encontré. ¿Será que el lince de la margen izquierda se ha mimetizado perfectamente? ¿o qué se ha escaqueado?. Me siento en una de las tascas, cerca de la puerta con vistas al portal vigilado, ya algo preocupado. El cabreo del marido puede estar fundamentado, si estamos vigilando una mierda. El plan era seguir a la mujer cuando saliera de casa. Claro, a lo mejor es eso. Así que con un cierto halo de esperanza llamo al móvil de Cosme. Me sale el contestador. Le dejo un mensaje que me llame inmediatamente, y así lo hace al de dos minutos.

-       ¿Dónde estás?

-       Hola jefe. Nada, en la calle de las Mercedes vigilando, pero la señora no ha salido de su casa

-       Vale. Como ya comentamos su marido se está mosqueando con los resultados, y como ya hemos acabado por hoy con Toribio, en cinco minutos estoy en la estación del metro de Las Arenas. Espérame en la esquina con la calle particular del club, y charlamos un poco para ver si podemos abordar esta vigilancia de otra manera o con turnos.

-       No creo que haga falta. Esta señora me da que es muy casera, pero ahora voy jefe

-       Vale- y le cuelgo el teléfono.

 

Una mala intuición cruza mi cerebro que queda absolutamente corroborada cuando le veo salir por la puerta del portal de nuestra vigilada, como metiéndose la camisa por el pantalón, con pinta de estar vistiéndose a toda velocidad. ¡No me lo quiero creer! Pero tengo que comprobarlo ¿cómo?, tengo que pensar rápido. Le vuelvo a llamar. Veo como se para y saca el teléfono. Le digo que me acabo de pasar de estación y que además tengo que ir a buscar el coche, que le vuelvo a llamar en tres cuartos de hora. Noto como respira como aliviado, y me dice que vale, que espera mi llamada. Sólo me queda esperar la prueba del algodón. Como este no se imagina nada, en vez de llamar a la mujer por teléfono, se planta delante de la casa y toca el portero automático, tercer botón de la izquierda. Si es el segundo, es el hijo puta del Cosme el que se está zumbando a la mujer del cornudo. No sé para qué crucé para comprobarlo, si ya lo sabía desde que le vi tocar el portero.
 
Intento calmarme, para lo que me meto en la tasca de en frente y me pido una ración de croquetas y una botella de crianza. Es demasiado pronto todavía para empezar a beber, pero la tarde estaba todavía lejos y para aplacar mi furia, no iba a haber nada mejor que una siesta del carnero. Acabé las croquetas, pero como me quedaba vino, pedí media ración de queso manchego. Entonces, se me terminó el vino, pero me parecía una pasada beberme otra botella de vino, así que pedí la segunda con la intención de no terminarla. Pero acabé el queso, y seguía quedando vino por lo que pedí un poco de tortilla, así que a lo chorra me bebí la segunda, estando ya algo pedete, pero creía que no mucho, hasta que me levanté de la silla, y comprobé, que sino de beodo baboso, si de bastante castaña. Pero como ya hace tiempo que soy capaz de andar embriagado hasta las trancas y andar sin tambalearme, no abandoné mi plan inicial, y le llamé quedando con él en diez minutos. Cruce la calle y le esperé a la distancia justa del portal, para que no me viera al salir, pero se diera de bruces contra mi figura.
 
No estaba tan cocido ya que acerté de pleno. Según salió del portal, supongo que relamiéndose todavía del festín y sin mirar a nada en concreto, chocó contra mi cuerpo. Miró para arriba y contempló mi sonrisa, no sé si de asco o de ironía, y supongo que lo emboté con mi alcohólico aliento “¿De dónde vienes, Cosmito?”. Esa pregunta retórica creo que hizo que en el fondo de sus ojos marroncillos asomase una leve esperanza que rápidamente desapareció cuando comprendió que llevaba un buen rato vigilándole desde el bar. ¡El cabrón de él, no estaba ni afeitado!¡No sé que ven las tías en su frágil cuerpecillo para que se le conozca como el volcán de Sestao! Creo que debería de aprender como lo hace. Le dije que me esperara en la oficina y cuando hizo amago de ir a la estación, le insinué que no quería verle en el metro. Le vi alejarse por la calle mayor, la cabeza hundida hacia delante y las manos en los bolsillos. Me di cuenta de que estaba acojonado, así que me fui en metro a casa (apunté en la agenda del pipofón donde tenía aparcado el coche, no era cuestión de ir a cogerlo ahora con litro y medio de vino en el coleto) con la sana intención de pegarme una buena siesta y que el otro, sentado en su sillucha meditase sobre el castigo que le iba a aplicar, que en realidad desde que se abolieron los latigazos, poco podía hacer. No podía prescindir ahora de ningún colaborador, y quitando esa adicción al sexo que tiene, la verdad que tenía un punto superior de inteligencia que el guipitxi rubito de Damián. En fin, cuando me despierte, supongo que estaré de mejor humor para volver a la agencia.

 

domingo, 3 de febrero de 2013

LA PINQUERTON DE GETXO II


II

 

El ruido al chocar los barrotes de la salida de uno de los módulos donde se encuentra confinado mi próximo mejor cliente, Jimmy, o Carlos Jiménez, todavía me seguía retumbando en la cabeza, aunque ahora sólo sonaban los pasos de mis zapatos y los del abogado en la gravilla del aparcamiento de la cárcel de Basauri. Nos metimos en su coche, pero yo todavía seguía impresionado de mi primera visita al trullo, aunque la realidad era que sólo vimos barrotes a la salida del módulo tres. La entrevista con Jimmy la hicimos en un cuarto que apestaba a cerrado, con una mesa en el centro y tres sillas. La puerta era normal, custodiada por un funcionario que en cuanto lo requirió el abogado, abandonó el cuartucho. ¡Jodé! Y como se parece el abogado al ex presidente francés. Algo me dice el abogado según salimos del recinto, pero estaba ensimismado en mis chorradas por lo que tengo que pedirle que repita lo que ha dicho, que es algo tan sencillo como “¿dónde quieres que te deje? Yo tengo que ir a Bilbao”.

 

Me tomo un par, bueno más bien unos treinta segundos para pensarlo. Hoy ha sido un día bastante largo. Tras entrevistarnos durante más de dos horas con la esposa de Jimmy, escuchar su versión de los hechos y arreglar la parte económica, por cierto, que probablemente sea el mejor cliente de mi vida, nos hemos desplazado hasta el club de golf para intentar entrevistarnos con el gerente. Hemos esperado en la garita de entrada algo más de una hora, y al final no nos han dejado entrar. El abogado ha llamado a la mujer de Jimmy, Teresa, y esta ha quedado en hacer las gestiones pertinentes para que nos reciban, aunque el abogado no ha sido muy optimista. Se acercará mañana al juzgado para intentar sacar toda la información sobre la actuación policial, fundamentalmente de los atestados. Como a las cuatro y media teníamos la posibilidad de visitar en persona a Jimmy, no nos ha dado tiempo a comer nada, así que estoy hambriento. Qué raro, se me ha vuelto a ir la pinza, aunque no han pasado todavía los treinta segundos. Le pido que me deje en la hamburguesería de Santutxu, ya que no estamos muy lejos y luego, para despejar la cabeza, puedo salir a tomar algún pote con Ajota y el resto de la banda.

 

Me deja a un par de manzanas, tampoco se trata de que luego tenga que dar una gran vuelta para salir del barrio, pero con tan mala folla, que la hamburguesería está cerrada por reformas, eso sí, lamentando los inconvenientes que puedan causar. Me cabreo, pero como estoy cada vez más acostumbrado a acallar todas mis frustraciones, decido irme hasta el Toki Ona, que, aunque todavía falte más de una hora para que la pandilla, por recuerdo de los viejos tiempos, es posible que todavía sea capaz de que me pongan un bocata caliente.

 

El plato huérfano de las tres gildas que nadaban en apetitoso aceite de oliva, aceite que estoy intentando también acabar ayudado por un buen trozo de pan, que más que barco es un transatlántico, calma momentáneamente mi ansiedad. Me he equivocado en una cosa, en que me iban a poner un bocata caliente, ya que me recomiendan un jamón serrano que les han traído de Salamanca, casi tan bueno como el ibérico. Les pido que el bocata lo acompañe media ración de manchego (al final acabó siendo una) y una botellita de crianza, sin que me importe mucho la denominación de origen (mentira cochina, me hago el tolerante porque mi querido tasquero creo que no conoce otra que sea Rioja). Me pusieron un vaso ancho (de los llamados de sidra) que llené hasta una altura de cuatro dedos y que me metí al coleto en un abrir y cerrar de ojos. Miré a ambos lados del bar, y viendo que nadie se estaba fijando en mí, con una mueca de satisfacción procedí a limpiarme los labios del mínimo rastro de rojo líquido con la mano. Saqué un lapicerillo de los que te dan en el campo de golf (se están poniendo de moda como objetos de arte en oficina), un par de folios que saqué del bolsillo de atrás y con el fin de no olvidar todo lo que había oído, me puse a apuntar a modo de resumen lo que pudo ocurrir.

 

Empezamos por el fiambre, Don Jacinto Cino, casi setenta años, empresario e inversor, miembro de la junta directiva del club de golf, y conocido sobre todo por su gran tacañería. Decían las malas lenguas de él que cuando se quedaba a comer en el club, lo primero que hacía era mirar debajo de la servilleta, por si el que había comido antes, se había dejado la propina. Apareció entre unos árboles, en una de las calles de la segunda vuelta, ya que lo que más le gustaba después de comer en el club, era dar una vuelta por el campo de golf para buscar bolas perdidas. Esa manía le había costado el despido a algún empleado que había protestado, ya que el de las bolas usadas es un complemento al exiguo sueldo que suelen pagarles. Los detalles de cómo le encontraron me los pasará el abogado en cuanto recoja los papeles de los atestados en el juzgado.

 

Jimmy. Estuvo ese día jugando al golf por la mañana, sobre todo para intentar olvidarse que el concurso de acreedores de su empresa estrella no había pasado el trámite del acuerdo con los acreedores, ya que uno de sus principales proveedores no había aceptado el convenio y había abocado a su empresa a la liquidación. Le afectaba a sus finanzas, pero no tanto como para reducir su tren de vida. Eso sí, le había jorobado su plan de sucesión en la empresa. ¿Quién fue el acreedor que mando todo al garete? Evidentemente ya sabes la respuesta, el Sr. Cino. Después de completar el recorrido y junto a un amigo suyo, se quedó a comer. Justo cuando pidieron la segunda botella, su amigo recibió una llamada, lo que le hizo abandonar precipitadamente la comida, dejando sólo a Jimmy. Éste acabó por terminarse la segunda botella, cuando acertó a pasar por allí el amigo Cino. Jimmy me contó que le lanzó una mirada con tanto desprecio que le empezó a hervir la sangre. En vez de levantarse y largarse, se fue hasta la barra del bar donde se metió unos cuantos pelotazos de vodka. Cuando ya el alcohol hizo la suficiente mella en él, se levantó del taburete y se dirigió hasta donde Jacinto estaba jugando a las cartas con otros amigos. Jimmy me reconoce que se le acercó muy bruscamente y que tuvieron una bronca de órdago. No llegaron a las manos porque Jimmy le hubiese dejado muy maltrecho, pero las amenazas fueron muy subidas de tono. Cuando volvió hacia la barra del bar, empezó a encontrarse muy mareado, por lo que se fue hasta los vestuarios, donde se metió en un retrete y vomitó todo. Como oyó voces fuera, y le dio como vergüenza  que le hubieran oído vomitar, se quedó sentado en la taza a esperar. Pero tenía tal cantidad de vodka en el cuerpo que se quedó dormido. Nunca supo si fue una hora o dos, pero cuando se despertó se dio cuenta que se había dejado las llaves del coche en la bolsa de palos, así que se dirigió hasta el cuarto de palos, cogió las llaves del coche y se largó.

 

A la mañana siguiente uno de los trabajadores encontró el cuerpo de Jacinto en una calle, con un fuerte golpe en la cabeza. Inmediatamente se llamó a la Policía, en este caso la ertzaina, que apareció al poco rato. Llamaron al Juez, quien levantó el cadáver. En una primera inspección en el cuarto de palos descubrieron sangre en uno de los palos, que ¡oh casualidad! eran los de Jimmy. Un análisis rápido de sangre para comprobar que la del palo era la misma que la de Jacinto, y dos días más tarde, Jimmy estaba en la cárcel. Hace tres días, se recibió la confirmación definitiva (prueba de adn) de la sangre, por lo que la juez del caso, no ha admitido fianza alguna.

 

Lo tengo claro, hay móvil muy claro, voluntad dominada por el alcohol, una discusión y el arma homicida pertenece al detenido. Lo tengo claricordio que diría mi princesa pequeñita. Como el que ha empezado con la segunda botella de rioja soy yo, pongo los codos sobre la barra, usando mis manos a modo de rompecabezas. Logro aislarme del mundo cuando un timbre de bici suena en mi pipofon a la vez que noto que algo dentro de mi bolsillo vibra. Saco el artefacto y veo que está activado el chat de la cuadrilla de Santutxu (me dí una vez de baja, y me costó tanto que me admitieran de nuevo, tuve que organizar una garbanzada, que ya no tengo huevos de darme de baja). Una foto nueva me han mandado. La descargo y me veo en el espejo del Toki, escribiendo mis notas en la barra con la cabeza agachada, mientras una mano diminuta me pone cuernos, mientras otra mano diminuta agarra un teléfono y parece que saca una foto al espejo. Me doy la vuelta y allí están Putxi, Chepas y Ajota partiéndose de risa a costa mía.

 

Aunque cada vez me cuesta más soportar este tipo de potorradas, sé que he perdido hoy y si no puedes vencer al enemigo, únete a él. Así que hago un ademán al tasquero para que ponga tres vasos más. “Pero a mi ponme cordovín” le chilla Chepas, y yo llamo a casa para decir que no iré a cenar, que el caso se está alargando más de lo previsto. No me creen, como es lógico, pero tampoco me riñen. Eso sí, “no llegues tarde”.