III
Lo malo de establecer un sistema de
vigilancia por la mañana es, sobre todo, si la noche anterior has estado de
vinos, de vinos sin denominación de origen, hasta bastante tarde. Gracias a
Dios nos quedamos sin fondos y fuimos incapaces, los tres que quedábamos, de
encontrar un cajero (sospecho que “Potro” mintió cuando dijo que no llevaba
tarjeta) con el cual sacar unos cuantos billetes para continuar con el trasiego
de caldos de mala calidad. En este momento, apostado en el coche por la zona de
Larrañazubi, en la parte de atrás de la Avenida de los Chopos. Cosme sigue
vigilando la puerta de salida de la casa de “Toribio” que es el nombre que
hemos asignado en clave para referirnos al objetivo. ¿Qué porqué le hemos
puesto nombre en clave? Porque con mis hábiles ayudantes pueden pronunciar en
alto el nombre del objetivo delante de quien no deban y mandemos a tomar
vientos toda la persecución.
El plan no es muy complejo. Cosme se queda
donde está hasta las diez y media, y abandonará a esa hora para irse a Las
Arenas para vigilar a la esposa. Punto. No tenía que hacer nada más. Desde las
ocho y media, Damián y la rubia estarán desayunando en el bar de la rotonda que
lleva hasta Fadura, a la espera de que les llame con instrucciones, si hay
alguna. Hacia las nueve de la mañana, Toribio sale por el garaje y sigue el
curso del Gobelas, en dirección al humedal de Bolue. No tenía más que una
salida antes de llegar hasta la ciudad deportiva, y veía poco previsible que
saliera por la zona de la caseta de bombas, ya que estaba demasiado cerca de su
casa. Si no salía por Fadura, la siguiente salida estaba pasado el Instituto,
por lo que la vigilancia era fácil, así que me apresté a dar órdenes. Como pude
suponer, el idiota de Damián no había pagado todavía los desayunos, así que
mande a la rubia a que se apostara en la salida de Fadura para vigilar y que
Damián se juntara con ella. Al de unos pocos minutos me llamaron. Le habían
visto pasar por la parte de atrás, y seguía andando en dirección Berango.
Les mandé que fueran hasta la esquina de
Saldisu con los Chopos, justo en un bar que hace esquina, junto a una tienda de
golosinas. Les pedí que esperasen allí y que me llamasen. También tuve la
oportunidad de oírle a Damián su opinión sobre que si tomaba otro café se iba a
poner de los nervios, diciéndole a la rubia que informase al tarugo de su
compañero que los cafés también se pueden tomar descafeinados, y que también
puede pedir agua. Con el coche me acerqué hasta la zona de aparcamiento de la
ciudad deportiva, para estar preparado en el caso de que no fuera por Saldisu y
seguirle un rato en coche. Tuvimos suerte, al de cinco minutos me llamó la
rubia para confirmarme que había aparecido por Saldisu y que tenía toda la
pinta que iba a empezar a subir hacia Algorta.
La orden fue que Damián me esperase en la
esquina, y que la rubia le siguiera para ver que hacía. Mientras recogía a Damián, se me ocurrió que
lo que estaba haciendo Toribio era dar un rodeo para llegar hasta el metro.
Tenía su lógica, así que le instruí convenientemente sobre lo que tenía que
hacer. Repetido y con paciencia, aunque era algo tan sencillo como montarse en
el metro con él (por si acaso saca billete de dos zonas), y si va para Plentzia,
te bajas en Bidezabal, y si va para Bilbao, te bajas en Lamiako, donde yo me
montaría en el metro (le tuve que repetir que si se bajaba antes, que me
avisara). Lo único que tenía que hacer, era decirme en que vagón iba, para
poder vigilarle discretamente. Después de dejarle en el metro de Algorta y
cuando ya estaba llegando a Romo, me llamó la rubia para decirme que Toribio
acaba de entrar al metro. Me preguntó si le seguía, y le dije que se volviera a
la oficina. Justo, que te vea ahora en el metro, aquella tan bella que es
inolvidable. Le recordé que tanto a ella o a mí, lo mejor era que no nos
vieran, ya que es difícil olvidarse de nuestros cuerpos. La oí refunfuñar antes
de colgar, pero tampoco era cuestión de seguir hablando desde el coche. Llegué a la estación de Lamiako,
aparqué el buga en la zona habilitada para eso, y tras pasar la cancela, me
puse a esperar.
No tardó mucho en pasar el metro, y el amigo
Damián salió del último vagón, justo al revés de lo que le había pedido. Así
que no le dio tiempo a decirme en que vagón estaba Toribio. Me puse justo
detrás de habitáculo del conductor, y le llamé. Me dijo que iba en el tercer
vagón. Eran las nueve y cinco, así que el vagón no iba muy lleno, pero tampoco
le podía dejar escapar, así que hice de tripas corazón, y justo cuando dejamos
la siguiente estación, Leioa, le vi que estaba muy entretenido leyendo una
novela de bolsillo. Pasé a su lado sin que se diera cuenta y me acomodé en una
de las esquinas, donde antes estaban los asientos laterales. El viaje siguió
sin problemas, hasta Indautxu, donde se bajó Toribio. Me bajé tras él, que se
fue hacia la escalera con el cartel de Urquijo y yo hice como que me iba por la
otra, pero no hice otra cosa más que cambiarme de Andén.
Durante la vuelta, y dado que no había pasado
por la canceladora, se me ocurrió que podía ir a echar un vistazo a Cosme para
ver cómo le iba su vigilancia de la mujer sospechosa de poner la cornamenta al
marido. Llamé a la rubia, que seguía refunfuñando por haber tenido que ir
andando de Algorta a la oficina para que me diera la dirección. Le comenté algo
sobre lo bien que le venía a su figura el andar un poco, y no me mandó a tomar
por saco porque su educación se lo impide, pero le hizo muy poca gracia mi
comentario, y con bastante desgana me dio la información que quería. Decidí
bajarme en Las Arenas en vez de Lamiako, y luego, si tenía ganas, iba andando a
por el coche, o también podía comer unas cazuelillas y unos champis en el
Zokotxo, ¡quién sabe!.
La dirección estaba en la calle Mayor, justo
enfrente de los soportales, lo cual daba una cobertura muy interesante a la
vigilancia, además de contar con dos tascas desde las que se puede vigilar,
mientras poteas. DI una vuelta por la zona, para intentar ver desde donde hacía
la vigilancia el amigo Cosme, pero empecé a desconcertarme al de un rato, ya
que no lo encontré. ¿Será que el lince de la margen izquierda se ha mimetizado
perfectamente? ¿o qué se ha escaqueado?. Me siento en una de las tascas, cerca
de la puerta con vistas al portal vigilado, ya algo preocupado. El cabreo del
marido puede estar fundamentado, si estamos vigilando una mierda. El plan era
seguir a la mujer cuando saliera de casa. Claro, a lo mejor es eso. Así que con
un cierto halo de esperanza llamo al móvil de Cosme. Me sale el contestador. Le
dejo un mensaje que me llame inmediatamente, y así lo hace al de dos minutos.
-
¿Dónde estás?
-
Hola jefe. Nada, en la calle de las Mercedes
vigilando, pero la señora no ha salido de su casa
-
Vale. Como ya comentamos su marido se está
mosqueando con los resultados, y como ya hemos acabado por hoy con Toribio, en
cinco minutos estoy en la estación del metro de Las Arenas. Espérame en la
esquina con la calle particular del club, y charlamos un poco para ver si
podemos abordar esta vigilancia de otra manera o con turnos.
-
No creo que haga falta. Esta señora me da que
es muy casera, pero ahora voy jefe
-
Vale- y le cuelgo el teléfono.
Una mala intuición cruza mi cerebro que queda
absolutamente corroborada cuando le veo salir por la puerta del portal de
nuestra vigilada, como metiéndose la camisa por el pantalón, con pinta de estar
vistiéndose a toda velocidad. ¡No me lo quiero creer! Pero tengo que
comprobarlo ¿cómo?, tengo que pensar rápido. Le vuelvo a llamar. Veo como se
para y saca el teléfono. Le digo que me acabo de pasar de estación y que además
tengo que ir a buscar el coche, que le vuelvo a llamar en tres cuartos de hora.
Noto como respira como aliviado, y me dice que vale, que espera mi llamada.
Sólo me queda esperar la prueba del algodón. Como este no se imagina nada, en
vez de llamar a la mujer por teléfono, se planta delante de la casa y toca el
portero automático, tercer botón de la izquierda. Si es el segundo, es el hijo
puta del Cosme el que se está zumbando a la mujer del cornudo.
No sé para qué crucé para comprobarlo, si ya lo
sabía desde que le vi tocar el portero.
Intento calmarme, para lo que me meto en la
tasca de en frente y me pido una ración de croquetas y una botella de crianza.
Es demasiado pronto todavía para empezar a beber, pero la tarde estaba todavía
lejos y para aplacar mi furia, no iba a haber nada mejor que una siesta del
carnero. Acabé las croquetas, pero como me quedaba vino, pedí media ración de
queso manchego. Entonces, se me terminó el vino, pero me parecía una pasada
beberme otra botella de vino, así que pedí la segunda con la intención de no
terminarla. Pero acabé el queso, y seguía quedando vino por lo que pedí un poco
de tortilla, así que a lo chorra me bebí la segunda, estando ya algo pedete,
pero creía que no mucho, hasta que me levanté de la silla, y comprobé, que sino
de beodo baboso, si de bastante castaña. Pero como ya hace tiempo que soy capaz
de andar embriagado hasta las trancas y andar sin tambalearme, no abandoné mi
plan inicial, y le llamé quedando con él en diez minutos. Cruce la calle y le
esperé a la distancia justa del portal, para que no me viera al salir, pero se
diera de bruces contra mi figura.
No estaba tan cocido ya que acerté de pleno.
Según salió del portal, supongo que relamiéndose todavía del festín y sin mirar
a nada en concreto, chocó contra mi cuerpo. Miró para arriba y contempló mi
sonrisa, no sé si de asco o de ironía, y supongo que lo emboté con mi
alcohólico aliento “¿De dónde vienes, Cosmito?”. Esa pregunta retórica creo que
hizo que en el fondo de sus ojos marroncillos asomase una leve esperanza que
rápidamente desapareció cuando comprendió que llevaba un buen rato vigilándole
desde el bar. ¡El cabrón de él, no estaba ni afeitado!¡No sé que ven las tías
en su frágil cuerpecillo para que se le conozca como el volcán de Sestao! Creo
que debería de aprender como lo hace. Le dije que me esperara en la oficina y
cuando hizo amago de ir a la estación, le insinué que no quería verle en el
metro. Le vi alejarse por la calle mayor, la cabeza hundida hacia delante y las
manos en los bolsillos. Me di cuenta de que estaba acojonado, así que me fui en
metro a casa (apunté en la agenda del pipofón donde tenía aparcado el coche, no
era cuestión de ir a cogerlo ahora con litro y medio de vino en el coleto) con
la sana intención de pegarme una buena siesta y que el otro, sentado en su
sillucha meditase sobre el castigo que le iba a aplicar, que en realidad desde
que se abolieron los latigazos, poco podía hacer. No podía prescindir ahora de
ningún colaborador, y quitando esa adicción al sexo que tiene, la verdad que
tenía un punto superior de inteligencia que el guipitxi rubito de Damián. En
fin, cuando me despierte, supongo que estaré de mejor humor para volver a la
agencia.