jueves, 6 de junio de 2019

Los siete consejos de Jack Nicklaus* para jugar al golf despues de los 60


Todo esto que relato a continuación, ocurrió hace unos años cuando estaba estudiando mi master en cultura nativo-americana en la universidad de Saint Paul (Minnesota). Por aquel entonces tenía una relación con una chica de Mankuto, localidad del mismo estado que estaba a poco más de una hora por carretera. Ya sé que estás pensando en la típica rubia de metro ochenta, tipo armario ropero escandinavo, que los fines de semana para desconectar, se dedicaba a perseguir cervatillos con la cosechadora gigante de su familia, mientras en el cassette retumbaba a todo trapo John Denver y Garth Brooks. No era así, Carlisse era más bien menudita, morena, ojos grises y le iba más el torneo de debates y el cine europeo independiente.

Intenté que los fines de semana se quedara en mi apartamento de la uni y que no fuera a su pueblo. Usé la excusa de que tenía poco dinero, del que también es verdad que no andaba muy sobrado. Intenté camelarla pero me dijo que el dinero no era un problema (en ese momento me quede en estado levitatorio profundo), que no me preocupase (seguía levitando), que ya me había encontrado un trabajillo para los fines de semana (me caí) y así me financiaba la estancia en su ciudad. Me consiguió un trabajo en el club de golf del cercano pueblito de Saint Olaf, Hazadon Creek y un bono para una habitación en el Fridge Motel. Eso fue a final de verano, y ya  en otoño nuestro rollete fue decayendo como las hojas de los árboles. Para Noviembre dejamos de salir.

Pero me había acostumbrado a esos dolarcillos extras, había una rubia armario ropero en la recepción del motel  que me hacía ojitos y como en Minnesota en invierno no hay mucho que hacer, aguanté allí los fines de semana del primer semestre. Mis duties (obligaciones) en el club de golf no eran muy pesadas, y además cuando el campo pasó de verde a blanco, no teníamos que llegar hasta las once de la mañana, para marcharnos hacia las 7 p.m. Además tenían un curioso servicio para los socios más veteranos (y borrachingas), el Marshall los llevaba a casa en un autobusito del club, mientras yo y los otros boys les dejábamos el coche en la casa de cada uno donde luego nos recogía el Marshall. Así fue como conocí a Jack, Mr. Nicklaus, el famoso “Golden Beer”.

En invierno se sentaba en un mullido sofá orejero de cuero negro junto a la chimenea, en mano diestra un vaso bajo de cristal de bohemia con dos dedos de malta (18 años como mínimo), y en la otra, entre sus regordetes dedos, un cohiba humeante. Juraba y perjuraba que ese era su único contacto consentido con algo comunista. Su melena rubia presentaba ya algunos claros y siempre lucía una eterna sonrisa rodeada por sus mofletes regordetes y sonrosados. Yo, por aquella época no jugaba a golf, pero si Jack era el reflejo la paz espiritual que se alcanzaba con ese juego (ya cuando empecé, me di cuenta que no era así, creo que las palabrotas que he dicho en un campo de golf, triplican o cuadriplican la que he usado en mi vida civil), sabía que acabaría jugando. Me acabó cogiendo cariño, y un día mientras le servía su segundo vaso (la botella la tenía en su taquilla), me miró con mirada sería y acercándose con gran misterio, me dijo que me iba a dar una serie de grandes consejos para cuando llegara a su edad, los sesenta años.

Al fondo de la sala se sentaba una viejecita, Rose Nylund, que parecía que no se enteraba de nada, arqueaba las cejas. En un aparte ya me comentó que Jack pasaba de los setenta, después de relatarme con todo lujo de detalles que era viuda de un vendedor de seguros y de herraduras (años después le encontré sentido a ese doble oficio, ya que he comprobado que muchos vendedores de seguros llevan herraduras en las pezuñas en vez de zapatos). De los consejos que me dio Jack, Rose, eterna presencia al fondo del salón, me amplió algunos. Con el fin de distinguirlos, lo que me contó Rose lo escribo en rojo.

No recuerdo el orden de los consejos que me dio Jack, tampoco los grabé ni tomé notas. Aunque si estoy seguro que el primero fue sobre el vestir:

1.- INDUMENTARIA APROPIADA
Ya lo dice el sabio refranero, “con la edad la vista va menguando y los cojones cada día más colgando” (fijarse que cada vez en el vestuario hay más gafas y que los güevillos de los compinches ya están más que a mitad de camino entre las ingles y las rodillas). Con esto quiero decir que cada vez hay que dar prioridad a la comodidad en el vestir, frente a la moda, y sobre todo, sobre todo, frente a los calzoncillos boxers. ¿A quién no le ha pasado que una bolilla se le deslice por la pernera, y en el fragor de la partida, no caiga en la cuenta? Llega el momento de agacharse, o para atarse un zapato, o para coger la bola del hoyo, o para en plan profesional, poner el putter en vertical, y simular que se estudian las caídas del Green (en mi vida he visto una así). Con el infeliz güevillo fuera del bóxer, el muslo en su mayor volumen y con el nada flexible borde da las perneras del bóxer, el estrangulamiento testicular es inevitable, y muy doloroso (De 9 sobre 10).

¿Y hay solución para esto?. Sí. Está el famoso calzoncillo de algodón egipcio. El algodón en esta prenda íntima es casi como una segunda piel que se pega al cuerpo, inmovilizando y evitando el cada día mayor balanceo, dejando además la posibilidad de un tuneo en el paquetillo (Con unos calcetines, por ejemplo) y pasarlo a paketón. También absorbe espectacularmente el sudor y las cualidades que da a esta tela el haber sido recolectada a las orillas del Nilo, lo hace un perfecto neutralizador de los olores propios de estas partes.

“Bueno”, me dijo Rose tras escuchar esta primera plática de Jack, “estoy de acuerdo en lo del algodón egipcio. A nosotras nos venía muy bien, ya que a estas edades, las bubs están más cerca del ombligo que de los hombros, y si tienes que correr tras el carrito que se te escapa, el balanceo, más que doloroso, es vergonzante. Eso sí, con un par de calcetines también puedes tunear el sujeta bubs de algodón egipcio, quitándote de paso unos añitos”.

2.- ADECÚA TU NUTRICIÓN
Somos muy conscientes del gran poder de la propaganda y publicidad, más hoy en día con el poder de la red. Nos asaltan con frases como valores nutricionales, máximos de calorías, recuperadores, adecuados para la salud, fitness, cardiovascular, etc, etc. Y claro, ves a algunos de los miembros de tu partida con bebidas isotónicas, barritas energéticas, los odiosos frutolácticos, y lo más increíble que he visto, paté de frutas (¡y era una puta gominola!). ¡Y encima te lo ofrecen mientras miran con absoluto desdén tu sándwich de atún con mahonesa!.

Aquí he de hacer una llamada para volver a los valores tradicionales ¿Acaso Boby Jones desayunaba proteínas?¿o el famoso pastor escocés Andy McSwing no tomaba para cenar sus famosos y milagrosos haggis (morcillas escocesas picantes)?. Está estudiado científicamente que el mejor recuperador tras una ardua y fatigosa partida es la cerveza ¿Van a equivocarse los grandotes jugadores de rugby tras sus partidos?¿o los aguerridos mineros de Gales tras agotadoras jornadas en las minas de carbón? Además y como añadido, la gratificante hidratación con cerveza, a partir del litro, o así, te hace ver la vida con mayor optimismo, más alegre e incluso hace más locuaces a los menos habladores de tu partida.

¿Te tomas un frutoláctico y tienes más ganas de hablar? Joder, como encima sea sano y sin azúcar es automáticamente escupible. Estos brebajes inventados por ascetas sólo se parecen a nuestro adorado líquido, en eso en que son líquidos y que hay que mearlos. Y no sigo para no ser acusado por ninguna asociación médica o deportiva, patrocinada por los mercachifles de lo correctamente sano. Aun así, también es más recomendable un grasiento bocadillo de embutido o carne procesada (si tiene queso mejor) que las insípidas y odiadas barritas energético-saciantes del demonio.

3.- MARCA ESTILO Y CREA TENDENCIA
Además de la importancia de los puntos anteriores hay otro factor en el que destacar, lo que normalmente se ha conocido como hacer las cosas con clase. En el apartado de golf, no solo consiste en elegir un jersey adecuado con el escudo de tu campo de golf, jersey que llevarás siempre que estés en otro club (aunque sea verano)(En Minesotta con sus inviernos fríos no vamos a ponernos un polo mangui-corto). Tienes que tener algo, solo tuyo, que los demás miembros quieran imitar. Algo que aleje lo más vulgar y estereotipado que se ve en un campo de golf. ¿Verdad que las damas suelen llevar el marcador con un imán en el ala de su visera?¿y los caballeros, usan como marcador las monedas que llevan en el bolsillo?

Crea tendencia, empieza a usar un monedero para guardar tus marcadores, (¿Qué será lo siguiente, un billetero para guardar las tarjetas?) que incluso puedes ponerlos con una foto tuya, pulgar para arriba, con una frase como “La vas a meter” (Si vas a regalar marcadores para damas, la frase más apropiada será “ahora te entra”). Eh, verás la cara de envidia de todos los demás, y como te van a intentar imitar, pero tu habrás sido el primero.

4.- APROVECHA TODOS LOS GADCHETS
Hace tiempo un famoso jugador americano de baloncesto, famoso entre otras cosas porque no saltaba mucho, fue interrogado por ese aspecto de su juego por un pérfido periodista. El jugador, ferviente seguidor de la biblia le contestó que Dios le había un número determinado de saltos, y que una vez realizados, si saltaba una vez más, se moría. Aunque podemos encontrar en las escrituras similitudes filosóficas con esta creencia, bien es cierto que ya, las teorías evolucionistas apuntaban hacia algo similar sobre el desgaste de las vértebras al agacharse.

Y a eso vamos, ya sea por voluntad divina o porque tomaste poco calcio de pequeño, cada vez que te agachas o practicas un swing, te queda una menos. El swing de prácticas puedes eliminarlo (ya sabes que si te sale bien la práctica, el golpe va a ser putapénico), y no te digo si haces dos o tres, con el subsiguiente cabreo de las partidas posteriores. Pero si es verdad que hay una serie de gadchets que pueden alargar tu vida de agachadillas, cuando marques la bola, coloques el tee o la saques del hoyo:

La ventosa en el mango del putter, te va a evitar que tengas que agacharte cuando la metas. La pistola dispara-tees, en sus tres versiones, pequeño, mediano y driver, a la que si añades el accesorio de “cuerdita agarratees”, ni tendrás que agacharte para recogerlo o desclavarlo del suelo. La polea que lleva este accesorio, la devolverá de nuevo a tus manos.

5.- Y LOS RECOVECOS DEL REGLAMENTO
Sí, el golf es un deporte de caballeros. Pero aun así hay un tedioso y complicado reglamento que hay veces que resulta de muy ardua interpretación. Hay grandes manuales de “ingeniería del dropaje”, otros libros sobre “los animales de madriguera y los que no”, “¿Objeto inamovible?¿Con qué?” y aquel famoso manual de “Como disimular ese golpe que querías dar y transformarlo en swing de prueba”. Pero nosotros somos caballeros y llevaremos el reglamento a rajatabla. Ahora, nada dice que no podamos colarnos por los resquicios que nos deja abiertos. Por ello, a veces, es recomendable llevar un pantalón con un bolsillo agujereado que no está prohibido por las sagradas reglas de St Andrews.

Esto no quiere decir que vayas a meter la bola justo en ese bolsillo sin fondo cuando la estás buscando con tus compañeros de partida en el rough, y milagrosamente aparezca a tus pies. Si vas sólo, o nadie te está mirando, no hace falta meter la bola en el bolsillo. (Según el manual de estilo, si llevas un bolsillo agujereado, aunque haga mal tiempo, no te metas las perneras del pantalón en los calcetines, ya que además de tramposo, serás un perfecto jilipollas).

6.- DA TU TOQUE DE HUMOR A ESTE SERIO DEPORTE
Sí, el golf tiene fama de serio, pero ya llegado a cierta edad, hay que dar de vez en cuando un toque cómico a tus partidas. Y para ello, no hay nada como el globo tira-pedos (la que más nos gusta es su versión FART-KING). ¿te imaginas a uno de tus mayores competidores, en un partido empatado, teniendo él, el honor de salir en el hoyo 18. Te mira desafiante y complacido, elige una de sus bolas más limpias (y mejores), saca su tee favorito, y se agacha para clavarlo en la hierba. En ese momento aprietas disimuladamente tu tira-pedos (el FART-KING te cabe perfectamente en el bolsillo de atrás), y él va a pensar que todos piensan que ha sido él (Como así piensan todos)(realmente ¿a quien no se le ha escapado alguno, además sonoro, cuando se ha agachado?). El rubor subirá a sus mejillas, perderá la concentración, y raro será que no sea rabazo (y no pase de rojas, con lo que hay caña añadida), pierda la bola o simplemente la mande dos calles más allá. El jugador prudente lo utilizará sólo de vez en cuando, y mejor no contarlo, que lo cuenten otros. Y no es por promocionar esta interesante herramienta, pero se vende en varias versiones, a saber:
“Tenebrosa tormenta lejana”
“Feroz redoble de tambor”
“Explosión ensordecedora”
“Pedorreta aguda, larga y martilleante”

Eso de pedos es muy de machitos. Yo tenía un velcro que cuando lo abrías sonaba igual que si se había rasgado la tela. El momento de utilizarlo era justo cuando se agachaban a poner la bola en el tee. Aunque le dijésemos que no se le había roto el pantalón, no nos creía (confianza que tenemos entre nosotras), e iba pensando iba enseñando el culete, o lo que es peor, el pavo. Totalmente descentrada en los tres o cuatro siguiente hoyos.

7.- FILOSOFIA EN EL CAMPO Y EN LA VIDA
El último consejo vale tanto para el campo como para el devenir por la vida. Es fácil de recordar, no tanto de practicar, aunque viene ya desde las antiguas creencias del viejo testamento, El leiv motiv debe ser “Se generoso con los demás y austero contigo mismo” y me apoyo en el tradicional y sabio refranero para concluir con:

Se generoso con los demás,
Y en caso de duda
Apuntales un golpe más


Y acabamos con el refrán que completa el alegato de la austeridad:

Se contigo muy, pero que muy austero
Y de los golpes para meter en el agujero
Quítate uno en cada hoyo,
hasta el último desde el primero


Espero que estos consejos os sean de gran ayuda a partir de ahora.

Joe Kepeñazo



*No confundir con el ganador de 18 grandes. Se trata del propietario del gran bazar de peluches de Saint Olaf (Minessota) y antiguo presidente y jugador del club de golf  Hazadon Creek, hp 32,7

jueves, 6 de diciembre de 2018

UNDER ONE EIGHTY

¡Hola!, me llamo Ajota Iturray y como se puede deducir del correo electrónico que acabo de recibir, pertenezco a una organización que presta servicios a compañías aseguradoras, sobre todo en lo relativo a la resolución de siniestros, pero no es la verdadera razón de comenzar con estas líneas el lanzar una perorata sobre el servicio social de los seguros, ni lo buenos que somos a la hora de pagar a los siniestrados, ni la de veces que nos intentan colar trolas inverosímiles para cobrar más de lo que se debe. Sólo que tampoco se me ha ocurrido otra forma de comenzar a contarles la razón de que me haya decidido a explicarles las razones por las que he comenzado a escribir.

Tengo varios amigos que ya me han insistido un gran número de veces que debo de aprovechar mi proverbial talento con la escritura y por ello he tomado la firme decisión y ¡Voy a escribir una novela!. Es verdad que tengo cierta gracia y soltura cuando cojo la pluma, vale la tecla del ordenador, que los tiempos han cambiado, y suelto un torrente de palabras que pueden ser vacuas, inteligentes, enigmáticas o simplemente abundantes. Puedo coger una idea y retorcerla de tal forma, darle tal cantidad de vueltas, alargarla o resumirla, ser irónico, sarcástico, tierno conmovedor u hortera (esto me va más), así que me lanzo a la piscina de la creación literaria donde he de demostrar que soy capaz de contar algo.

Bien es cierto, que todo lo anteriormente dicho, se reduce, momentaneamente, a relatos de no más de tres hojas, pero no tiene que ser muy complicado el hilvanar uno entero cuando se tenga un argumento claro y una historia sólida para dar vida a una novela. Esa será la primera elección que he de afrontar y para ello contaré con la valiosa ayuda de mi mejor colega, Ulises Simón García Gatica, más conocido por todos como el Gati, o Gati a secas.

Con este hombre tengo relación desde que eramos unos imberbes y entramos en tercero de educación básica, la general, en el colegio de los escolapios, donde nos apuntamos al equipo de mini basket, deporte que no dejamos, bueno no lo hemos dejado del todo, hasta que salimos del colegio, en lo que a jugar con licencia federativa se refiere. Hemos seguido jugando, más en plan de diversión, y sólo en canchas de mini, puesto que el arito que está a tres metros y cinco centímetros según creo especifica el reglamento, cuando vas creciendo en edad, te vas alejando de él. Somos los creadores de la famosa liga de menos de metro ochenta, y habitualmente los fines de semana nos retamos con conocidos de otras zonas de Bilbao como Santuchu, Iturribide, Deusto, Sarriko y con los pijas de Indauchu.

En realidad no es una liga como tal, sino que Uli y yo, tras los partidos apuntamos los resultados, sin que ésto lo sepan los contrarios, anotamos nuestras estadísticas y vamos elaborando una clasificación. Esta claro, que la consideramos liga de menos de metro ochenta, porque sólo contamos aquellos partidos en los que los rivales también andan todos por debajo de esa estatura, lo que viene a ser la mitad de los partidos. En los otros sólo nos jugamos el honor y unas birras, pero no entran a formar parte de esta estadística. Este año, nos estamos disputando la primera plaza con los estiradillos de jesuitas, pero de esto ya diremos algo más adelante.

Gati, y como ya se puede uno imaginar, mide sólo un metros setenta y cinco, es rubio de pelo lacio, de piel blanca cuasi albina, ojos saltones y azules, pelusilla en vez de barba, y con la barbilla un poco metida para dentro. No está mal proporcionado pero a sus treinta y cinco años ya está atacado por el virus de la barriguita cervecera, epidemia que afecta a los varones cuando superan la treintena. Está casado, y no lo digo como si fuera una desventaja, con Bea, morenaza impresionante, belleza casi militar, una mujer de bandera y de armas tomar. Cuando se cabrea, que gracias a Dios no es muy a menudo, o cuando quiere mandar, que es casi siempre su “Ulises Simón” hace que el susodicho se cuadre y el resto de sus contertulios choquen tacones al unísono como un solo hombre. Si cuando Bea tenía dieciocho años hubieran admitido hembras en el ejército, no dudo que ahora hubiera ascendido a Coronela. Ha sido una gran pérdida para el ejército.

Con estos antecedentes y tan larga amistad forjada en las canchas, bueno, en los banquillos de las canchas, estoy convencido que mi amigo será de gran ayuda para dar el primer paso en la elaboración de una novela, que es elegir un tema. Lo digo, porque es la única persona que ha tenido alguna relación con el mundo editorial, ya que estuvo algunos años como contable de una firma cuyo producto estrella eran las biblias para exportar a Sudamérica.

Conocer los entresijos del mundo editorial será muy útil para poder colocar la mercancía, pero siempre al mejor postor. No me dejaré llevar por sentimentalismos ni zarandajas del estilo. Siempre he estado tentado de que mi primer legajo sea leído por algún escritor profesional, pero ya es algo que no me apetece puesto que además de que se lo pedirán mucho, debido a mi talento emergente, intentarán desanimarme llenando mis escritos de las más absurdas, patéticas y necias críticas, empozoñadas por la envidia, ya que la aparición de un carne fresca como yo en el panorama literario nacional, será competencia nueva para ellos, y creo que la competencia, sobre todo cuando es inteligente y arrolladora, no gusta en el mundo editorial, bueno, en ningún lado.

Además a Ulises ya lo he nombrado mi agente literario, la persona que estará al frente de todos mis asuntos, sean mundanos o espirituales. Puede que sea un poco pronto para insinuarle que vaya dejando su actualmente bien remunerado trabajo.¡Qué pienso!. Bea me mata y luego me hace trocitos para tirarlos al estanque de los patos del parque. No sería mal comienzo para una novela del género negro. Sería original. También podia ser que los patos al comer carne humana se contaminaran, les diese el prión loco y salieran a la noche a atacar a picotazos a las parejitas que retozan en la hierba de parque. Ésta sería más del estilo del King. Tendré que pensarlo en un futuro, pero mi primer tema debe de ser algo más serio que pueda mostrar al mundo de una forma natural y espontánea hasta donde puede llegar mi ingeniosa narrativa.

Entiendo que como en los seguros, la remuneración de mi agente será en base a un porcentaje sobre las ventas, y claro, a los inicios, mi primera novela tardará un tiempo en proporcionar una renta, ya se sabe que las editoriales no invierten mucho en marketing y menos en los noveles, y el boca a boca tiene eso, que es muy lento. El primer año, como mucho podré andar entre los diez mil y veinte mil ejemplares, así que le aconsejaré que siga con su actual trabajo hasta que el futuro marque nuestro camino. Es que como le deje que actúe en función de lo que le va a gustar mi primera novela, abandona el trabajo al día siguiente y eso no es de persona responsable que lleva los asuntos de otras. Hay que sumar que Bea le y me mata.

Gati será una buena compañía para los numerosos cóckteles literarios y campañas promocionales que tendré que atender. Recoreremos las principales ciudades españolas, y el se irá encargando de gestionar todos los viajes, los billetes de avión, en primera por supuesto, y cuando no haya aeropuerto hará de chófer. Tendré que convercerle para que aprenda idiomas (sólo chapurrea algo el inglés), para que esté preparado cuando se produzca el salto a la internacionalidad, y pasemos de los pueblos y ciudades, a países y continentes, entre aplausos y aclamaciones de entusiasmo en todos los idiomas conocidos.

Será complicado para una estrella literaria como la que llegaré a ser el poder atender la multitud de compromisos que conlleva, aunque obtendré algunas ventajas. Si llego a ser la mitad de famoso de lo que espero, estaré en disposición de poder elegir los canapes que pongan en las presentaciones y en mis charlas. A mí, lo que realmente me gusta son los tacos de queso manchego y de jamón, que no necesariamente tiene que ser ibérico, con recebo me puedo conformar. Vino, rioja y mínimo crianza, ¡hasta ahí podríamos llegar!.Los cóckteles en sentido estricto y los canapés de diseño, esos que entran por los ojos pero luego son insípidos, no van demasiado con mi forma de ser. Bueno, algunos pinchetes de diseño como unos langostinos rebozados de crujiente y con semillitas tipo sésamo ensartados en un palo, si me gustan.
Podemos añadir al jamón y al queso, siempre en taquito, los langostinos que son muy socorridos y dan clase al evento, pero así queda escasa la variedad. Al Ulises Simón le privan las cebolletas en vinagre y en general todo tipo de encurtidos. Hay que tener un detalle con el agente, pero las cebolletas como que no pegan y tienen poca clase en un acontecimiento intelectual. La concesión podría estar en traer unas gilditas (anchoa, pepinillo, guindilla y a veces aceituna, todo ensartado en un palillo) de la Taberna Ona, que esta debajo de mi casa y hace las mejores gildas que he probado en toda mi vida. Si las presentaciones son lejos de Bilbao, podríamos llevarlas por mensajero, o montar un tele-gilda, como negocio alternativo.

Croquetas y rabas. Tampoco estaría mal el añadir en el catering unas croquetitas de jamón, bacalao o de huevo, pero de tamaño de canica gorda, para poder metértelas en la boca de dos en dos, y comer literariamente, es decir a dos carrillos. Yo, que vivo en piso de solteros, soy aficionado a comprame ese tipo de croquetas congeladas para comerlas de dos en dos. Las rabas, mejor alargadas que redondas, y eso sí, rebozado de cocina, nada de congelados. Si al vinito le añadimos un poco de champán y cuando pase de las diez de la noche, combinaditos ligeros, poco más hace falta. Antes de comer, cambiar el champán por fino. ¡ Serán los cóckteles perfectos!. Tacos de jamón y queso, un poquito de lomo, langostinos, gildas, croquetas y rabas. De dulce pastelillos y bolas de helados de fruta tamaño pelota de golf en cucuruchos de barquillo. Clásico con el toque atrevido de encurtidos. Va a ser la caña de los festejos y presentaciones literarias, el ejemplo a copiar. No se si dejarme de ensoñaciones con la literatura y montar una compañía de catering, para vender franquicias ¡por supuesto!. 

El problema va a venir con las tías. Al ser una estrella mediática no me van a dejar ni respirar. Tampoco me importa mucho, puesto que yo no tengo pareja estable, ni inestable. No soy feo, o me consuelo pensando eso. Tengo una estatura superior a la media, sobrepaso en medio centímetro el metro setenta, frente depejada, como Monty, el millonario de los Simpsons, ojuelos marrones y alterno, según temporada, la perilla o la barba, elegante y recortada por peluquero. De estructura delgada, sesenta kilitos, lo más característico mío, que será lo que me intentaran imitar en la televisión los cómicos de turno, es una media sonrisa, judía dicen unos, fenicia dicen otros, donde me asoman los colmillos, que acaban en una punta muy fina, como si estuvieran afilados. Esa sonrisilla tiene muchas horas de ensayo frente a un espejo, intentando reflejar ese mezcla de aire de canalla, despreocupado, único e insolente, aunque en el fondo intentaba ser a la vez dulce e inocente, para ver si pillaba. Mi viejilla, que ahora se pasa todo el año en Benidorm, me decía que esa sonrisa lo único que me daba era un aire de jilipollas. A la vista de los resultados he de inclinarme que puede hasta que tenga razón.

La realidad es que éxito con las mujeres he tenido más bien poco. Podía auto engañarme diciendo que había hecho mis pinitos, pero lo cierto es que no he pasado de hierbas, y más bien, briznas pequeñitas. Siempre he sido un gran tímido desde joven y me ha costado mucho relacionarme con el sexo contrario. Lo más cerca que estuve de tener una novia o pareja fue con Sandra. Una chavalita morena, de ojos almendrados y bien proprocionada con la que estuve saliendo, bueno quedando durante más o menos un mes. Un fin de semana, nos invitaron a una fiesta en un club que está en los alrededores de Bilbao. Pensé que aquella podía ser mi oportunidad y cuando entramos en el autobús que nos llevaba al club le di la mano, y ella me la cogió, y yo no se la solté, y ella tampoco. Más que en autobús yo iba flotando en una nube. Luego, pensé que si le pasaba un cubatilla, podría ser más fácil. Allí estaba yo trasteando cuando ella me miró con una media sonrisa y me dijo que se iba al baño. Estuve esperando cinco, diez, quince minutos, media hora hasta que me levanté de mi sitio y abandoné la fiesta. Iba caminando cuesta abajo hasta la parada del autobús de Bilbao, las manos en los bolsillos, la cabeza gacha, la imagen viva de la desolación. Mi autoestima en aquellos momentos estaba en sus niveles más bajos, pero no llegaron a tocar fondo hasta que me enteré de lo que en realidad había pasado. La pobre Sandra tuvo un cólico bestial y se quedó dentro del baño, destrozada, hasta que otra tía que entró a empolvarse la nariz se dio cuenta de lo que la pasaba y la sacaron de allí. Como es lógico Sandra nunca más quiso saber nada de mí.

Alguna aventurilla tuve, pero nunca fue nada serio, por eso espero con ansiedad la segunda oportunidad que me va a dar la narrativa. Me acuerdo también mucho de Rosita, una rubia de ojos grises, no muy agraciada de cara, buen tipo y una fiera desbocada. Con ella, tuve el plan perfecto. Los Viernes y los Sábados salía con los amigotes de cañas, quedando sólo los Domingos a la tarde con ella. Al final, como era ella la que me buscó, pues ese plan valía y todas esas tardes de Domingo las pasábamos buscando las esquinas más oscuras y discretas de los pubs de Deusto. Al final, y como siempre en mi caso, la lógica se impuso y esta situación sólo me duró tres semanas ¿O fueron cuatro?. En el fondo da igual ya que éramos bastante críos. Era una época que íbamos a una especie de concesionario en la calle Concha a tomar cervezas y con el Gati y el resto de la panada teníamos nuestro código secreto. Quedamos en que sí salíamos con alguna chica, había que comentar con los camaradas los logros en el terreno erótico, pero sin que ellas se dieran cuenta. Así que si te decían que iban a merendar bocata de queso, era que había logrado besar a la nena. Ya si la merienda era brocheta, algún roce bajo la camisa se había logrado. Y si tocabas pelo, al preguntarte ¿qué tal? responder, “chachi, chichi”, contraseña secreta que me cupo el honor de inventarme y que nunca llegamos a utilizarla para lo que la habíamos creado ya que no tocamos pelo ni pagando, pero ha quedado en los anales de la cuadrilla como la frase más ingeniosa. De vez en cuando nos juntamos para cenar y suele ser la jocosa respuesta cuando preguntas por la salud de los demás. Hay que decir que todo este pacto de honor entre caballeros se malogró cuando Ulises comenzó a salir con Beatriz, a la que conocíamos como la pandereta ya que era de cuartos traseros generosos y planos, hasta que la inversión en el gimnasio se hizo notar, moldeando sus nalgas en redonditas y respingonas. Se negó desde el primer momento a utilizar nuestro código secreto, y ya nunca más pudimos volver a llamarla pandereta. De todas maneras, las veces que utilizamos nuestro código secreto espicificamente para lo que estaba diseñado, se pueden contar con los dedos de una mano, bueno, con los brazos de un manco, ya que el éxito con el sexo contrario nunca fue una virtud ni mía, ni de los que me rodeaban habitualmente.

Por eso tengo esperanzas que la literatura me redima de mi escasa fortuna hasta el momento en materia amatoria, pero habrá que llevarlo con mucha discrección, ya que mi agente, ni debe, ni puede. Y como la pandereta se meta en medio, seguro que me espanta lo más apetecible y sólo deja que se me acerque lo más necesitado, para que a su Ulisescito no le entren tentaciones. ¡Buena es la Bea!. Lo que no se ha dado cuenta, o no es consciente que con una mujer como ella, mi amigo Ulises no va a hacer tonterías. Pero esto nunca lo sabrá por mi boca, ya que tiene la autoestima bastante crecidita y no va a ser Ajota quién se la aumente más.

Si tengo que tratar con mi futuro agente el asunto de los hoteles en las giras y presentaciones diversas. No hace falta decir que serán de cinco estrellas, pero he pensado que también nos puede venir bien el explorar en los sordos moteles y hostales de carretera, ya que me servirán como fuente de inspiración para llenar cuartillas ¿En blanco o cuadriculadas?. Bonito dilema. En cualquier novela que se precie, y aunque en la misma prime un estilo de lujo, siempre hay un lugar para que un suceso inesperado (una mala borrachera, una avería en la carretera, un ligue inesperado, o que al protagonista no le dé el bolsillo para más) acabe con los huesos de los personajes en un tétrico hostal de carretera, con las paredes de los pasillos llenas de churretones de humedad, bajo la sábana de la cama un colchón envuelto en plástico, baños con olores a fosa séptica, camioneros borrachos cantando su manga a las tres de la mañana, camareras extranjeras que ni papa de castellano y televisiones con canales locales guarros. Quitando estas paradas ocasionales y que podemos llamar culturales en hostales varios, tendré que dejar muy claro en mis contratos, que en los hoteles en los que me aloje, en la habitación a mi asignada tendrá que haber una botella de whisky de malta, vejez mínima doce años, con cubitos de hielo como para un regimiento y panchitos y frutos secos de calidad contrastada. Es una cláusula a incluir compulsivamente en todos los contratos.

Donde voy a crear escuela en mis novelas, además del catering de las presentaciones, va a ser con los personajes. Llevo muchos años intentando vengarme de aquél profesor de literatura que me suspendía por sistema, de las tías que además de darme calabazas se chotearon y me las restregaron por la cara, de algún jefe que me ha machacado y humillado, los supuestos amigos que cuando te das la vuelta se rien de ti, y además no te invitan a sus cumpleaños, en fin a toda esa gente que si estuvieran hundiendose en arenas movedizas no les darías la mano, y si pudieses harías olas para que se ahogasen antes. Mi venganza va a ser muy sútil e inteligente, los haré aparecer en mis novelas y serán siempre los personajes patéticos y rasposos. También haré aparecer a mis amigos, pero tengo muy claro como diferenciarles. A los buenos amigos les pondré su nombre a uno de los personajes, diríamos a modo de homenaje, pero sólo eso, el nombre, lo que diga o haga el personaje, no tendrá nada que ver con ellos. A los enemigos, si no los identifico por su nombre, no vaya a ser que envez del rey de la novela sea el rey de la querella, haré tal descripción de ellos, que será inutil cualquier intento de que parezca que es otro. Además el papel aguanta lo que pongas encima, y algo, aunque sea mentira, si se repite muchas veces (o se imprime muchas veces) acaba pareciendo verdad. Por ello los ridiculizaré hasta hundirlos en la más absoluta de las miserias. Claro, que si son enemigos míos, no van a comprar mis novelas. Habrá entonces que arreglar entrevistas de promoción donde hable sin rodeo de los personajes, de tal forma que no les quede más remedio que adquirir mi libro al saber que van a aparecer en él. Tendré que tener cuidado, no vaya a ser que encima se hagan protagonistas de cualquier programita rosa de la televisión.

Con todo esto, sigo sin tener todavía claro cual va a ser el tema principal de mi novela. Creo que será una road novel con algo de budie colegui, como en las películas. Puede ser también negra, de un crimen, con trama oscura, a lo Agatha y que hasta el final no se resuelva. Lo que tengo claro es que la temática debe de ser de algo que domine, así que el sexo lo tengo descartado. De seguros tampoco va a ser, aunque la temática la domine como para escribir tres novelones. Desde que Woodie Allen dijo que nada podía ser peor que pasar una tarde con un vendedor de seguros, mi nivel de autoestima bajo considerablemente, y cuando alguién me inquiere sobre mi forma de ganarme el sustento, indico que me dedico al sector servicios en entidades de ramas financieras. No hay nada más tétrico de cara al exterior que conocer a una persona que trabaja en siniestros de seguros. La decisión del tema de la novela, tendré que tomarla al alimón con mi agente. Ahora está de moda la temática histórica, y podría pensar en algo de vikingos.

¡Joder!. Con tantas tonterías se me ha pasado la tarde y no he contestado a Marisa. Lo haré antes de irme a casa y me queda pendiente la elección del tema. Hoy es fin de mes y toca cambio.

martes, 4 de diciembre de 2018

Una nueva

UNA NUEVA

Peru iba acercándose a la cafetería de la novia del juez, con el que había quedado a tomar el aperitivo, incluida la promesa de que iba a ser invitado. Ya a unos cien metros distinguía la figura de su colega y como éste se estaba soplando el flequillo. Síntoma claro de nerviosismo. También vió como se acercaba a la mesa la novia de su amigo, dueña del negocio, con dos platos, uno que parecía de mollejas y el otro de langostinos a la plancha. Peru, que no era muy tonto, intuyó que podía haber gato encerrado, ya que su amigo se estaba sirviendo de una botella de lo que parecía un buen vino. Tentado estaba de darse la vuelta, pero parece que el juez Caraqueño justo en ese momento olfateó su presencia, levantó la cara y le saludó.
- Ya no me puedo escapar, ¡¡Joder!!

Continuará..........

sábado, 2 de mayo de 2015

¿Qué nombre le pongo?

¿Qué nombre le pongo?

Era cerca del mediodía y el tenue sol otoñal calentaba levemente la plaza principal del pueblo. Aprovechando la tregua que estaba dando el tiempo, los hosteleros de la plaza había sacado mesas al aire libre, donde algunos parroquianos conversaban sobre lo divino y lo humano, eso sí, dando cuenta de sus respectivos aperitivos, condición indispensable para poder ocupar cualquiera de las mesas.

Una de ellas estaba ocupada por dos vasos de sidra, un todavía humeante plato de albóndigas de salsa densa y oscura y un pequeño platillo de barro con un par de aceitunas todavía sin mordisquear. Un culín de ginebra, medio dedo de campari, cinco, no cuatro ni tres, cinco gotas de angostura, tres dedos de vermut rojo, cuatro hielos y el resto hasta arriba de soda (y en el caso de fallar la soda, aunque este no era el caso, agua con gas). Lo que antes era conocido como un vermut preparado, para los dos individuos sentados a la mesa era llamado Revenga, no por la aldea a caballo entre Burgos, La Rioja y Soria donde se celebraban las suertes de madera, sino por una costumbre alcanzada en anterior trabajo por uno de los individuos.

Todos los viernes, ya pasado el ángelus, la horda de la oficina se juntaban en un bar cercano a su sede, y tras haber libado el primer vaso, a la voz de “Reeeeepetimos”, la horda a coro contestaba “venga”. Normalmente al tercer o cuarto trago, cuando ya el alcohol mellaba la dicción del que tenía que pagar la ronda, al empezar con el repetimos, ya arrastrando en demasía la e, la horda no le dejaba acabar al corear con rapidez el venga y apurar sus vasos, ávidos de un nuevo trago, como si no hubiera un día mañana. Un nuevo, en su segunda abrevada preguntó por el nombre del vermut, y el gracioso de la oficina, le contestó que un Revenga, quedándose con ese nombre en aquella tasca de la calle conocida como General Chichi.

Los dos enormes hombres que se sentaban en la mesa eran bien conocidos en aquel pueblo, uno era el jefe de la policía local, y el otro, el que de vez en cuando se soplaba el flequillo, era el juez.

-Pesado, pelma, pedorro – dijo el juez mientras lanzaba una patada al aire para espantar a un perro salchicha que enredaba entre sus piernas, las sillas y las patas de la mesa. El otro, sin hacer mucho caso a lo que oía, alargó lentamente su brazo hasta que su mano atrapó uno de los vasos que puso a la altura de sus ojos para comprobar si el hielo estaba en el punto exacto que le gustaba, y como así le pareciera, se lo llevó hasta la boca dándole un largo trago que lo dejó en algo menos de su mitad. Lo dejó de nuevo en la mesa mientras se secaba la boca con un pañuelo que había sacado del bolsillo, reprobable costumbre, y posando su vista en su amigo, con renovadas energías le dijo:

-¡Que no! ¡Tiene que ser un nombre que empiece por ka, por k y a!
-¿Cansino? Es parecido a pesao

Se quitó la gorra que protegía su calva del sol, una ligera rascadilla para aliviar algún incómodo picor, y volviéndosela a encajar en su cabezota, ladeó sus hombros en señal de incomprensión hacia lo que estaba escuchando. El juez aprovechó para coger su vaso y llevárselo a la boca, no sin antes nerviosamente soltar “ponle el nombre que te de la gana, pero haz que se quede quieto de una puta vez” .

-¿Te gusta debatir, eh?- le contestó el jefe de la policía mientras caía en la cuenta que su amigo, desde que llegaron a la cafetería de su novia y tomado asiento, no había soltado ninguna palabra soez, costumbre que se estaba arraigando cada vez más en él, desde la fecha de su “hipotético” ennoviamiento (Se les veía por el pueblo ir juntos a sitios, pero cada uno por una acera, y nombrarles a cualquiera de los dos como pareja, generaba dosis de furia contenida y cienes de “no te enteras”).

-Deja en paz al pobre perro, que mala vida ya ha tenido.

No le faltaba razón. De cachorro había vivido con una familia de agricultores, capricho de la hija mayor, con muy poca duración, quedando a partir de entonces el animal a cargo de la vigilancia de la plantación de pimientos rojos, que al ser asaltada por una voraz banda de conejos, sin que nuestro amiguito se diera cuenta, hizo que diera con sus huesos en una perrera de mala muerte, perrera de la que se libró al encontrarle un instructor de perros de la policía que andaba buscando algún perro de su raza. Tras meses de entrenamiento logró convertirlo en uno de los mejores detectores de marihuana y acelerantes. Tras unos años de destino en el aereopuerto, pensaron en buscarle un mejor destino y acabó en las manos de la comisaría de policía local de Torrebertán, a cargo del jefe, que era considerado como el mejor (también era el único) investigador de orígenes de incendios en la región. Y se quería potenciar en algo, la lucha contra los estupefacientes considerados blandos, de la que el registro en la región era de cero (Y eso que el registro llevaba ya unos cuantos años, más bien, lustros), Por el momento el salchicha vivía en la comisaria, y Peru le sacaba de paseo todos los Sábados y Domingos.

El jefe llevaba en el bolsillo un par de golosinas caninas para regalárselas al chucho cuando acababan el paseo. El perro seguía con sus olisqueos indiscriminados a toda la parroquia, lo que hacía barruntar al juez si era conveniente seguir saliendo con su orondo amigo a los aperitivos de fin de semana, si persistía en ir acompañado por el susodicho can. Se levantó algo cabreado de la mesa y fue hacía el interior de la cafetería con intención de sacar otra ronda, y de paso ir a guiñar, discretamente, el ojo a su novia, hecho que producía un silencioso cachondeo entre el servicio de la sala.

Peru suspiró resignado ante el mal café del juez y se puso a buscar con la mirada a su acompañante canino, hasta que lo encontró sentado detrás de una silla. Mala señal, era lo que hacía su amigo (eso le habían explicado cuando lo entregaron) cuando olfateaba una de las dos cosas para las que estaba entrenado, o marihuana o gasolina. Por curiosidad se levantó para identificar a los ocupantes de la mesa, que no eran otros que la familia del concejal de urbanismo, con éste presidiendo la mesa. El perro estaba justo detrás de la silla del hijo mayor, de unos dieciocho años, quién desde luego no tenía pinta de haber tocado gasolina (o derivados afines del petróleo) en todo el día. Justo el concejal que había intentado persuadir primero, y ordenar después, al juez Caraqueño de que le quitase una multa de tráfico en un juicio, y ante el ataque de risa del juez, se juraron odio eterno. Después del juicio y con la grabación del mismo, el concejal intentó que le sancionasen por falta de respeto al acusado, hecho que no tuvo lugar, pero si supuso una leve reprimenda de sus superiores, que le sentó bastante mal.

Y mira tú ahora, si le pilla con maría al hijo del concejal. El zumbido de recepción de un guachap le sacó de sus pensamientos. El mensaje era del sopla flequillos de Caraqueño que le instaba a que llevase al perro a comisaría, y que volviera para comer con él en la cafetería, eso sí, con cierto aire grosero y autoritario.


“Hoy no te vas a divertir”, pensó para sus adentros mientras sacaba una golosina que al detectarla el perro, dejó su postura de sentado y acudió dando brincos alrededor de Peru. Le contestó que se iba a comer con el perro a la Cervera, que allí si le dejan estar, y que disfrute de la compañía de su novia.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Novedades 2015

NOVEDADES 2015

Lo primero, y después de llevar mes y medio sin colgar nada, podría pensarse que era una disculpa, pero también que he dejado una buena temporada de descanso al personal de la carga habitual. Tras una breve conversación hace unos días sobre las cualidades de mis publicaciones (o es lo que imaginé), he decidido dejar de hacer el vago y retomar la tecla. Aunque recibí recomendaciones de dejar las historias de mi blog en un párrafo (hay que leerlo rápido), al final tuve que seguir el consejo de mi más fiel seguidor (o el único, y que me siga no quiere decir que admire cada una de mis entradas) que insinuó que ya que lo lee, prefiere que sea más de un párrafo. Y he de reconocer que es costoso volver a empezar, así que tuve que navegar un poco por la red para buscar inspiración. No la encontré. Pero, lo tenía muy fácil, sólo tenía que seguir el ejemplo de las cadenas de televisión y de cara a la nueva temporada, presentar las novedades (que pueden durar mucho, o caer a la primera).

Una de las historias de esta temporada es la de un perro salchicha que tras tener una infancia desgraciada acaba como perro policía en Torrebertán. Es un gran olisqueador  y estará especializado en detectar marihuana, substancia que en cualquier caso no abunda mucho en el pueblo, por lo que será un compañero habitual de rondas tabernarias del jefe de policía y del juez. Todavía no tengo un nombre para el chucho, pero admitiré sugerencias. Su infancia infeliz empezó cuando fue regalado de cachorrillo a una jovencita caprichosa que al poco de tenerlo, dejó de prestarle atención y el pobre perro quedó relegado a ser el guardián de la plantación de pimientos rojos que tenía el papá de la nena, potentado agricultor de la ribera. El perro cada vez que olía un pimiento rojo, comenzaba a vomitar, por lo que fue abandonado en una acequia. Recogido por una asociación de amigos de los animales, fue reeducado, acabando en el pueblo de nuestros amigos.

Otra de las historias versa sobre un tipo que es despedido por hablar mal de su jefe (no lo conocía) tras una aparición estelar de éste en un poteo virtual. Lo que sigue es como se gestionan los despidos dentro de unos años, el papel de los sindicatos y las oportunidades de empleo. Es algo que llevo mucho tiempo dándole vueltas a la cabeza, pero que todavía no he llegado a teclear sobre la blanca pantalla word del ordenata.   

Volverá nuestro amigo Fernando, el llamado marqués de Mons, que tras su heroica conquista de la ciudad belga, es nombrado alguacil a modo de recompensa, aunque su recién descubierto padre no necesitara de ninguna excusa para hacerlo. Su primer caso será descubrir quién es el que se está cepillando a la joven mujer de burgomaestre, misión que resultará peliaguda cuando descubre que el fornicador es su mejor hombre, aunque con brillante resolución. También repasaremos su niñez en Hondarribi cuando todavía no conocía a su famoso padre, y tampoco era consciente que era un hijo de puta (su madre era cortesana, bueno, prostituta).

Y por supuesto, nuestros detectives favoritos con el famoso asunto de los bollos de mantequilla, mezclados con mercurio y muchos otros más, intercalados con mis maravillosos artículos de opinión y chorradas varias.


Se avecina una gran temporada.