sábado, 2 de mayo de 2015

¿Qué nombre le pongo?

¿Qué nombre le pongo?

Era cerca del mediodía y el tenue sol otoñal calentaba levemente la plaza principal del pueblo. Aprovechando la tregua que estaba dando el tiempo, los hosteleros de la plaza había sacado mesas al aire libre, donde algunos parroquianos conversaban sobre lo divino y lo humano, eso sí, dando cuenta de sus respectivos aperitivos, condición indispensable para poder ocupar cualquiera de las mesas.

Una de ellas estaba ocupada por dos vasos de sidra, un todavía humeante plato de albóndigas de salsa densa y oscura y un pequeño platillo de barro con un par de aceitunas todavía sin mordisquear. Un culín de ginebra, medio dedo de campari, cinco, no cuatro ni tres, cinco gotas de angostura, tres dedos de vermut rojo, cuatro hielos y el resto hasta arriba de soda (y en el caso de fallar la soda, aunque este no era el caso, agua con gas). Lo que antes era conocido como un vermut preparado, para los dos individuos sentados a la mesa era llamado Revenga, no por la aldea a caballo entre Burgos, La Rioja y Soria donde se celebraban las suertes de madera, sino por una costumbre alcanzada en anterior trabajo por uno de los individuos.

Todos los viernes, ya pasado el ángelus, la horda de la oficina se juntaban en un bar cercano a su sede, y tras haber libado el primer vaso, a la voz de “Reeeeepetimos”, la horda a coro contestaba “venga”. Normalmente al tercer o cuarto trago, cuando ya el alcohol mellaba la dicción del que tenía que pagar la ronda, al empezar con el repetimos, ya arrastrando en demasía la e, la horda no le dejaba acabar al corear con rapidez el venga y apurar sus vasos, ávidos de un nuevo trago, como si no hubiera un día mañana. Un nuevo, en su segunda abrevada preguntó por el nombre del vermut, y el gracioso de la oficina, le contestó que un Revenga, quedándose con ese nombre en aquella tasca de la calle conocida como General Chichi.

Los dos enormes hombres que se sentaban en la mesa eran bien conocidos en aquel pueblo, uno era el jefe de la policía local, y el otro, el que de vez en cuando se soplaba el flequillo, era el juez.

-Pesado, pelma, pedorro – dijo el juez mientras lanzaba una patada al aire para espantar a un perro salchicha que enredaba entre sus piernas, las sillas y las patas de la mesa. El otro, sin hacer mucho caso a lo que oía, alargó lentamente su brazo hasta que su mano atrapó uno de los vasos que puso a la altura de sus ojos para comprobar si el hielo estaba en el punto exacto que le gustaba, y como así le pareciera, se lo llevó hasta la boca dándole un largo trago que lo dejó en algo menos de su mitad. Lo dejó de nuevo en la mesa mientras se secaba la boca con un pañuelo que había sacado del bolsillo, reprobable costumbre, y posando su vista en su amigo, con renovadas energías le dijo:

-¡Que no! ¡Tiene que ser un nombre que empiece por ka, por k y a!
-¿Cansino? Es parecido a pesao

Se quitó la gorra que protegía su calva del sol, una ligera rascadilla para aliviar algún incómodo picor, y volviéndosela a encajar en su cabezota, ladeó sus hombros en señal de incomprensión hacia lo que estaba escuchando. El juez aprovechó para coger su vaso y llevárselo a la boca, no sin antes nerviosamente soltar “ponle el nombre que te de la gana, pero haz que se quede quieto de una puta vez” .

-¿Te gusta debatir, eh?- le contestó el jefe de la policía mientras caía en la cuenta que su amigo, desde que llegaron a la cafetería de su novia y tomado asiento, no había soltado ninguna palabra soez, costumbre que se estaba arraigando cada vez más en él, desde la fecha de su “hipotético” ennoviamiento (Se les veía por el pueblo ir juntos a sitios, pero cada uno por una acera, y nombrarles a cualquiera de los dos como pareja, generaba dosis de furia contenida y cienes de “no te enteras”).

-Deja en paz al pobre perro, que mala vida ya ha tenido.

No le faltaba razón. De cachorro había vivido con una familia de agricultores, capricho de la hija mayor, con muy poca duración, quedando a partir de entonces el animal a cargo de la vigilancia de la plantación de pimientos rojos, que al ser asaltada por una voraz banda de conejos, sin que nuestro amiguito se diera cuenta, hizo que diera con sus huesos en una perrera de mala muerte, perrera de la que se libró al encontrarle un instructor de perros de la policía que andaba buscando algún perro de su raza. Tras meses de entrenamiento logró convertirlo en uno de los mejores detectores de marihuana y acelerantes. Tras unos años de destino en el aereopuerto, pensaron en buscarle un mejor destino y acabó en las manos de la comisaría de policía local de Torrebertán, a cargo del jefe, que era considerado como el mejor (también era el único) investigador de orígenes de incendios en la región. Y se quería potenciar en algo, la lucha contra los estupefacientes considerados blandos, de la que el registro en la región era de cero (Y eso que el registro llevaba ya unos cuantos años, más bien, lustros), Por el momento el salchicha vivía en la comisaria, y Peru le sacaba de paseo todos los Sábados y Domingos.

El jefe llevaba en el bolsillo un par de golosinas caninas para regalárselas al chucho cuando acababan el paseo. El perro seguía con sus olisqueos indiscriminados a toda la parroquia, lo que hacía barruntar al juez si era conveniente seguir saliendo con su orondo amigo a los aperitivos de fin de semana, si persistía en ir acompañado por el susodicho can. Se levantó algo cabreado de la mesa y fue hacía el interior de la cafetería con intención de sacar otra ronda, y de paso ir a guiñar, discretamente, el ojo a su novia, hecho que producía un silencioso cachondeo entre el servicio de la sala.

Peru suspiró resignado ante el mal café del juez y se puso a buscar con la mirada a su acompañante canino, hasta que lo encontró sentado detrás de una silla. Mala señal, era lo que hacía su amigo (eso le habían explicado cuando lo entregaron) cuando olfateaba una de las dos cosas para las que estaba entrenado, o marihuana o gasolina. Por curiosidad se levantó para identificar a los ocupantes de la mesa, que no eran otros que la familia del concejal de urbanismo, con éste presidiendo la mesa. El perro estaba justo detrás de la silla del hijo mayor, de unos dieciocho años, quién desde luego no tenía pinta de haber tocado gasolina (o derivados afines del petróleo) en todo el día. Justo el concejal que había intentado persuadir primero, y ordenar después, al juez Caraqueño de que le quitase una multa de tráfico en un juicio, y ante el ataque de risa del juez, se juraron odio eterno. Después del juicio y con la grabación del mismo, el concejal intentó que le sancionasen por falta de respeto al acusado, hecho que no tuvo lugar, pero si supuso una leve reprimenda de sus superiores, que le sentó bastante mal.

Y mira tú ahora, si le pilla con maría al hijo del concejal. El zumbido de recepción de un guachap le sacó de sus pensamientos. El mensaje era del sopla flequillos de Caraqueño que le instaba a que llevase al perro a comisaría, y que volviera para comer con él en la cafetería, eso sí, con cierto aire grosero y autoritario.


“Hoy no te vas a divertir”, pensó para sus adentros mientras sacaba una golosina que al detectarla el perro, dejó su postura de sentado y acudió dando brincos alrededor de Peru. Le contestó que se iba a comer con el perro a la Cervera, que allí si le dejan estar, y que disfrute de la compañía de su novia.