domingo, 16 de diciembre de 2012

LA CASETA DE BOLUE


LA CASETA DE BOLUE

(Viva el King II)

Era una tarde desapacible de Junio. El cielo estaba tan cerrado que parecía que era ya de noche, cuando todavía faltaban algunas horas para que el sol teóricamente se pusiera aunque la realidad era que todavía no se había asomado. Inas empezó a apresurar más el paso. Caminaba por la parte de atrás de Fadura, el camino que va desde Larrañazubi hasta Berango. Se encontraba dando su paseo vespertino, pero empezaba a temerse que no había sido una gran idea. Llevaba un buen rato oyendo los truenos, que con el sistema de contar los segundos tras ver el reflejo de los relámpagos que iluminaban el cielo, sabía que llevaba parada un buen rato encima de Berango. Incluso creía oír como la lluvia caía a unos cuantos kilómetros de donde él se encontraba. Ese sonido no le arredró, y en vez de atajar por una zona algo más civilizada, como tomar la avenida de los Chopos, siguió por el camino hasta Larrañubi, pero justo cuando estaba pasando junto al campo de hierba artificial, comenzaron a caer gotones de lluvia como pelotas de tenis. Aceleró el paso y decidió acercarse ahora hasta la amplia avenida de los Chopos atravesando un camino de tierra que rodea el humedal de Bolue, entre el campo de fútbol y el curso del río Gobelas. El humedal de Bolue es el último vestigio que queda de la antigua Fadura, una zona de marismas. Antigua reserva nacional de batracios, actualmente dispone de variada fauna que merodea por su zona, incluida una colonia de tortugas que mucho me temo había terminado hace tiempo con los zampaburus que nadaban libremente por sus aguas marrones.

Iba andando por el camino de barro, cuando notó como sus pies iban chapoteando ya en el agua. El rio Gobelas estaba comenzando a desbordarse y ya una fina lámina de agua estaba anegando el camino. Inas aceleró el paso, pero la sensación de que el nivel estaba subiendo a una velocidad bastante rápida le empujo a, tras haber recorrido unos cien metros, comenzar a correr, cuando el agua ya levantaba un par de dedos sobre el nivel del suelo. Un ruido le hizo volver la vista, a lo lejos vio una figura rubia que corría tras él, haciéndole gestos para captar su atención. Al final comprendió lo que la rubia le estaba señalando y dirigió su vista hacia el rio. Este venía ya con una considerable velocidad, y entre donde estaba él y donde se encontraba la rubia, en el cauce se podía ver una mano saliendo del agua. Al percatarse que una persona que estaba siendo arrastrada por la corriente, el instinto de Inas le hizo correr como alma que lleva el diablo hasta el puente que atravesaba el rio. Allí, se descolgó justo en un extremo por la parte de fuera de la barandilla y con una mano esperó a que llegara a su altura mientras con la otra y las piernas se sujetaba para no caer en la corriente. Cuando estaba a unos cinco metros, el cuerpo sacó la cabeza del agua para respirar y pudo ver a Inas en el extremo del puente. Entonces reaccionó algo, dio unas manotadas, y logró justo desviarse hacia donde estaba Inas, y con sus dos manos se agarró a la salvadora mano de Inas. Pero la corriente era fuerte y sólo estaba logrando retenerla, cuando sintió a su lado a otra persona que intentaba aunar sus fuerzas con las suyas, que no era otra que la rubia que le había avisado de lo que traía la corriente. Con su ayuda logró sacar a la otra persona de la corriente, y la tomó en brazos. Era otra mujer, morena, más bien menudita, que tenía pinta de haber estado corriendo por la zona, aunque le faltaba una playera y su camiseta blanca estaba hecha jirones dejando a la vista un sujetador deportivo color carne. Respiraron aliviados y se encaminaron por un lateral para intentar ganar la carretera, pero para ese momento el agua ya les llegaba por las rodillas. El camino pasaba junto a la antigua caseta de bombas de Bolue, que se intentó habilitar como centro de interpretación, pero que quedó en eso, en un intento. La casa, cuya fachada intenta imitar a un casería, estaba sobre una losa de piedra, lo que le daba una altura de un metro sobre el suelo, y el agua no había comenzado a anegarla. Sorprendentemente la puerta esta abierta. Inas, con el cuerpo de la mujer  exhausto en sus brazos miró a la rubia, dándose cuenta por la ropa deportiva que también venía de hacer footing, y ella asintió con la cabeza, por lo que los dos subieron las cuatro escaleras que daban acceso a la puerta entrando en el interior. Primero entró la rubia y tras traspasar la puerta, con una de las piernas, cerró la puerta.

Al fondo de la habitación, que no tendría más allá de veinte metros cuadrados, estaba mirándoles un tipo con los ojos abiertos, barbas y pelos canos y desordenados, un niqui amarillo, unas bermudas cortas tipo explorador de la selva y unas sandalias (gracias a Dios sin calcetines blancos). Les estaba mirando con los ojos abiertos, y aunque tardó un instante en reaccionar, al ver a Inas ya con cara de agotado, fue donde él y le cogió de sus brazos la chica morena. Inas se agachó poniendo las manos sobre las rodillas y fue recuperando poco a poco la respiración. La morena, que respondía al nombre de Pepa, le pidió al inquilino con un susurro que la dejara en el suelo, cosa que así hizo. Al poner los pies en el suelo, estuvo a punto de perder el equilibrio, pero tras apoyarse en una de las paredes, recuperó el equilibrio. No sólo la camiseta estaba hecha girones, sino que la especie de culotte que llevaba se sostenía de milagro por una goma que estaba a punto de romperse “¡Casi me quedo en bolas” fue lo único que acertó a decir. En Inas se introdujo un sentimiento de solidaridad, y quitándose la chamarrilla que llevaba se quitó su camiseta, que andaba algo seca y se la pasó a Pepa. Esta le dio las gracias y se la puso encima. Aunque Inas no era alto, metro ochenta y ocho, las faldas de la camisa le llegaban a Pepa hasta la rodilla, así que tras ponérsela, pudorosamente se quitó su culotte. En uno de las paredes había un saliente que podía aprovecharse para asentar las posaderas y así hicieron Inas y la rubia que se presentó como Lu. El tipo de las sandalias comenzó a dar vueltas por la habitación suelo de madera, totalmente vacía y sólo unas escaleras que subían a una especie de buhardilla, daban algo que contar sobre la habitación, y una ventana que daba algo de luz al interior, protegida por barrotes. El tipo comentó que tenía su móvil con la batería descargada, pero que no sería mala idea que alguien llamara para pedir ayuda, ya que el agua sólo estaba a unos cinco centímetros de la puerta. Las chicas dijeron que no tenían móvil, y el de Inas, cuando lo sacó de su bolsillo, chorreaba de agua y había dejado de funcionar. “Sólo cabe esperar” dijo con voz resignada Jabitxi que así fue como dijo llamarse el cuarto ocupante de lo que fue la antigua caseta de bombas de Bolue.

Jabitxi paró de dar vueltas alrededor de la habitación y fue a sentarse junto a sus compañeros de habitación. De vez en cuando salía a mirar por la ventana, no había parado de llover todavía, pero la altura del agua subía más lentamente. Al de un rato, el agua comenzó a entrar por el bajo de la puerta. Hay Inas estuvo rápido y cogió los jirones de la ropa de Pepa, y con ellos intentó frenar la entrada de agua, lográndolo al principio. Cuando volvió a su sitio un grito horrible surcó por el exterior. Parecía que estaban torturando a un bebé. Lu reconoció ese grito como el de un gato en celo. Se miraron sorprendidos entre ellos y Jabitxi e Inas se acercaron a la ventana. Por la superficie del agua no vieron nada, pero cuando alzaron su vista hacia los árboles vieron las sombras grises y negras de un montón de felinos que acechaban la caseta como una bandada de cuervos. Empezaron a sonar de nuevo aquellos terribles maullidos que empezaron a cargar de un creciente nerviosismo el ambiente.

El más nervioso era Jabitxi, que en un momento dado, se levantó y empezó a ir de un lado a otro meneando compulsivamente la cabeza. “Me tengo que ir, no puedo más” exclamó. Inas se levantó para intentar convencerle que no era el momento, pero Jabitxi se lo quitó de encima, abrió la puerta y salió al exterior. En ese momento comenzó a entrar agua en el interior de la caseta, mientras comenzaron a subir de intensidad los maullidos de los gatos. Inas le gritó a Jabitxi que había equivocado el rumbo, pero el ruido de los animales ahogó su voz. Entonces, sucedió algo increíble, un gato se tiró sobre Jabitxi alcanzándole la cabeza, luego otro e Inas se metió e intentó cerrar la puerta pero algo duró hizo tope en la puerta. Entre la jamba y la hoja de la puerta había atrapado en su intento de cerrarla, la cabeza de un felino que maullaba furiosamente. Con toda su alma, Inas le soltó un puñetazo, liberando la puerta y lográndola cerrar. Mientras, Pepa y Lu, miraban aterrorizadas por la ventana como tras el ataque de los gatos, y con el agua a la cintura, Jabitxi al intentar llegar al puente, perdió el pie, tropezando y siendo arrastrado por la corriente. Las dos asustadas se juntaron y comenzaron a llorar. Inas, que no entendía nada las miraba con ojos de lémur. Balbuceando, Lu le pudo explicar lo que habían visto, lo que hizo que las dos volvieran a llorar a moco tendido. A Inas no le dio tiempo a pensar más en el destino de Jabitxi, ya que el agua le estaba empezando a llegar a la espinilla. La madera de la puerta de entrada comenzó a crujir y un siniestro pensamiento comenzó a invadir su cabeza. La presión del agua iba a derribar la puerta y era muy probable que los gatos quisieran entrar. La inundación parecía que les había afectado y enfurecido, pudiendo atacarles si se metían dentro, sin que hubiera más escapatoria que tirarse al cauce del rio. Un par de golpes a la puerta dados por dos gatos furiosos que se tiraron contra la puerta, y el chirrido de las bisagras antes de partirse, hizo que Inas reaccionara rápidamente y cogiendo por la mano a cada una de las mujeres las empujó hacia la escalera para subir al ático.

Una vez arriba, cerraron la puerta y se sentaron en el suelo contra ella. El ático era el clásico abuhardillado, pudiéndose andar de pie por el medio, y prácticamente imposible por los laterales, ya que el tejado era a dos aguas. Al fondo, se abría un pequeño tragaluz que era lo único que daba una iluminación muy tenue. Un fuerte golpe contra el agua anunció la caída de la puerta de entrada, y segundos después diversos golpes contra la puerta y maullidos salvajes que sonaban muy cerca, anunciaron que la bandada de gatos acaba de ocupar el piso de abajo. El primer golpe contra la puerta fue lo suficientemente fuerte para que la puerta se moviera unos centímetros. El grito de rabia del gato fue muy parecido a un chirriante chillido de niño pequeño. Pepa se puso las manos en la cabeza, tapándose los oídos y se acurrucó contra Inas que se echó para atrás, apoyando todo su peso contra la puerta. Lu, también estaba asustada mientras al otro lado de la puerta se oían maullidos y algo que podía parecer una pelea. Los alaridos de los gatos iban en “crescendo” mientras el pánico se iba apoderando por momentos entre los ocupantes del ático. Al de unos minutos la intensidad del alboroto del piso de abajo comenzó a decaer, poco a poco, hasta que se hizo un inquietante silencio. Los ojos de los tres ya se habían acostumbrado a la penumbra de la buhardilla, y junto con el comienzo del silencio, Inas cruzó sus brazos y metió su cabeza entre ellos mientras emitió un suspiro de alivio, Pepa se quitó las manos de los oídos, y se cogió del brazo de Inas, pero Lu no hizo nada. El silencio comenzaba a asfixiarla como un mal presagio. De repente, tras un asalto intuitivo se quitó sus dos playeras, se separó de su puerta y le soltó a Inas sus zapatos. Con los cuatro calzados en la mano se dirigió rápidamente hacia el tragaluz y comenzó a cegarlo con los zapatos. Como no le encajaban, se quitó una especie de chalequillo que llevaba puesto y logró taponar consistentemente el tragaluz. Cuando acabó volvió gateando hasta su sitio y ocupó su sitio junto a la puerta. Viendo acurrucada a Pepa, también cogió a Inas del brazo y apoyando su cabeza contra su hombro se acurrucó contra él. Si no fuera por lo complicado de la situación, pensaba Inas, nunca se había encontrado en una de esas situaciones, teniendo una rubia y una morena recostadas contra su hombro y agarradas de su protector brazo, pero tampoco pudo adormecerse mucho tiempo en sus pensamientos, ya que empezaron a oír como algo estaba rascando e intentando quitar el tapón del tragaluz. Inas miró a Lu, pero su cara asustada le indicó que era él que tenía que hacerse cargo de aguantar el tapón de calzado y chalequillo. Así que las dejó sentadas contra la puerta, no sin antes haberse asegurado que apoyaban todo su peso contra la hoja de madera. Gateando, aunque podía haberse levantado, aseguró con una mano el tapón, y con la otra soltó un fuerte golpe. Por un segundo algo de claridad se pudo atisbar entre las rendijas, pero el ruido que emitió, algo que podía considerarse como de rabia, dejó bien claro que un gato estaba intentando colarse por el tragaluz. Aquello organizó un nuevo revuelo y nuevos golpes contra la puerta. Las chicas lo aguantaron bien, y resistieron a los embates contra su puerta. Inas se quedó contra el tragaluz, pero en cuanto empezaron a ceder los golpes contra la puerta, se acercó de nuevo a las chicas que le hicieron un hueco entre ellas.

Llevaban ya un tiempo, media hora más o menos, sin notar actividad, así que Inas se acercó hasta el ventanuco y quitó el tapón. Fuera había clareado algo y constató que el agua había bajado de nivel, dejando sólo el rastro de su paso por el exterior de la caseta. Algo animado, se puso sus zapatos, y andando llevó a Lu los suyos. Les indicó con un gesto a las chicas que se apartaran de la puerta y abriéndola unos centímetros asomó, lo que se dice, el morro. Al no ver nada, la abrió más y vio como las escaleras estaban libres. Salió de la buhardilla y por precaución les hizo una seña a las chicas para que esperasen a que él comprobara la zona como segura. Un gato muerto era el único recuerdo que quedaba de todo el enjambre de felinos que habían tenido aterrorizados en el ático a los tres. Avisó a las dos chicas para que bajasen, y él se acercó a la salida de la caseta, pisando la puerta de madera que había cedido a la presión. Lo que vio fuera era el rastro de que un desbordamiento de un cauce, venía a provocar. Un montón de plásticos y diversos detritus enganchados en cualquier lado, un suelo manchado con barro, y la sensación que deja la naturaleza cuando te das cuenta que contra su fuerza poco puedes hacer. Las dos mujeres bajaron y salieron al quicio de la puerta. Pepa, al ver algo de claridad volvió a trastrabillarse y fue Lu la que evitó que cayera al suelo. Le miró con cara de pena a Inas, y con un mohín señaló hacia sus pies, siendo la única que estaba descalza, así que Ina, con un gesto que denotaba resignación, la volvió a coger en sus brazos, y junto a Lu, se dirigieron a la carretera para volver a la zona civilizada de la avenida de los Chopos, a menos de doscientos metros de donde se encontraban.

Cuando llegaron a la calle, se sorprendieron al ver todas las aceras ocupadas por coches aparcados de cualquier manera. Lu, al llegar a la altura del antiguo instituto Getxo III, se paró, le apretó el brazo a Inas y le dio un casto beso en la mejilla mientras le murmuraba un gracias y se iba hacia la calle Txakursolo. Inas siguió su camino en dirección a Las Arenas, preguntándole a Pepa donde tenía que dejarla. Ella estaba exhausta y sólo le dijo que cerca, cuando a lo lejos se veía un grupo de personas, que parecían exaltadas. Alguien hizo un gesto señalando hacia donde se encontraba Inas, y con cierta rapidez, denotando un nerviosismo exacerbado empezaron a dirigirse hacia Inas y su paquete. Al llegar hasta ellos, un grito de “Hijo de puta, ¿qué le has hecho?” hizo que Inas dejara en el suelo para recibir un puñetazo en la mandíbula que lo tumbó en el suelo. No fue linchado porque una patrulla de la ertzaina que pasaba justo por ahí pudo evitarlo, y con la ayuda de dos furgonetas y tres patrullas más lograron llevar a Inas a la comisaría de Algorta con una denuncia por violación.

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“¿Qué pasa, tu señoría, que te noto un poco pasado?” le espetó el agente Gómez  al juez Caraqueño. “Nada tío, que estoy interrogando a un capullo que está acusado de violación, y me está contando una historia alucinante sobre que se tuvieron que refugiar en una caseta para evitar que les pillara la inundación, nosequecoño de acoso de gatos, que salvó a la presunta violada de ahogarse en la corriente, y que además estaba con una rubia de la que no hay rastro alguno. ¡Estoy flipando en colorines! Además ha aparecido la bruja de su mujer y le ha mandado a tomar por saco. ¡Este lo tiene claro!” exclamó de carrerilla mientras se soplaba el flequillo. Gómez arqueó las cejas sorprendido y preguntó “¿Qué opina el forense?”. “Pues nada, la chica tiene moratones por todos los lados, que bien puede ser por los golpes recibidos por ser arrastrada por la corriente, o porque el otro le dio una manita, y el pollo sigue insistiendo en que hablemos con una rubia que hacía footing, que ella sabe todo lo que pasó”. Gómez, que era buen deportista, intuyó que de ser cierto lo que alegaba el detenido, la rubia volvería a hacer footing de nuevo, además de por el mismo sitio a la misma hora, así que tras pedir una descripción de la rubia, delgada, uno setenta y cinco y ojos azules, y averiguar la hora en que pasó todo, cogió el coche patrulla yéndose hasta la parte de atrás de Fadura a esperar ver pasar a una rubia que hiciera footing.

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-       Gracias por habernos acompañado para prestar declaración, así quedan más claras las cosas

-       De nada – respondió Lu – es realmente increíble que la Pepa no se presentara a contar lo que realmente pasó

-       Según el forense sigue en estado de shock, y le puede costar un tiempo el todavía recuperarse

-       Bueno – dijo Lu mientras comenzaba a bajar las escaleras de la comisaría, dejando a Gómez en la puerta - ¿pero sabe qué es lo que más me joroba

Gómez se quedó mirando a Lu hasta que esta le dijo:
      - Las dos estábamos empapadas, pero a la que dejó su niqui seco fue a ella

jueves, 6 de diciembre de 2012

¡VIVA EL KING!


¡VIVA EL KING!*

Tras haber pasado el fin de semana con sus dos niños, parejita que ya rondaban los diez, y después de habérselos colocado a la ex a una buena hora, las siete de la tarde, para que comenzaran el camino a los quince días de campamento veraniego, el pánfilo de Ernesto tenía esa media sonrisa pérfida que emanaba de su satisfacción por haber racaneado su parte en el pago de esos quince días de vacaciones de sus vástagos “Nos han metido un ERE de quince días y no tengo nada de pasta” se excusó pensando y saboreando adicionalmente en que le fastidiaría a la otra las vacatas que se iba a calzar con su sustituto. Mientras acariciaba en su bolsillo los cuatrocientos euros que le acababa de tangar, bajaba desde Alangos con dirección a Artaza, con la sana intención de pegarse una buena riada de tragos ¿Porqué Artaza y no Algorta, que le pillaba más a mano? La razón era muy sencilla, ya que el más afamado putetxe de la margen derecha se ubicaba en un extremo del barrio que unía Leioa con Neguri. Lo que no podía evitar Ernesto, fruto de una educación en colegio de curas de la época de Franco, era azorarse ante la perspectiva de una visita a un lugar donde sólo se le miraría el grosor de su cartera para hacerle compañía y reales sus más lujuriosos pensamientos. Para evitar ponerse rojo ante cualquier atisbo de el acercamiento de una pilongui, Ernesto tenía la costumbre de libarse unos cuantos rones con coca cola en las tascas de Artaza camino del putetxe, en parte para vencer su timidez, o recato, y en parte para no encontrarse con conocidos y tener que compartir rondas, ya que este hombre era también de natural tacañete.
Para evitar fatigarse en exceso, aunque fuera cuesta abajo, Ernesto planeó hacer su ruta cogiendo el ascensor o pequeño mini funicular que se desliza por la ladera de Aiboa, uniendo la estación de metro con la calle Txakursolo, paralela a la amplia avenida de los Chopos, arteria vital del moderno barrio getxotarra de Aiboa. El ascensor en cuestión se deslizaba por unos raíles sobre un talud para salvar algo más de un diez por ciento de desnivel, o hablando en plata evitar ochenta y seis escaleras, o una cuesta de cuarenta metros de longitud al diez por ciento de desnivel. La cabina contaba con una serie de comodidades fruto de las peticiones pre electorales, que son las únicas que tienden a funcionar en un sistema que sólo examina a sus elegidos cada cuatro años. Fruto de una de esas peticiones, los cristales se pusieron tintados ya que uno de los protestones habituales se quejó que en los días soleados, el metal del cubículo donde comienza a subir el aparato, reflejaba el sol de tal manera que le había cegado momentáneamente. Ernesto fantaseaba con traerse un día a una de las chicas para montarse algo en el ascensor, ya que desde fuera no se veía nada. ¡Y tampoco se oía!, fruto de otra protesta se insonorizó el cubículo, lo cual para Ernesto era una pena ya que los gritos de placer de la otra retumbarían en la noche getxotarra. ¿Era Ernesto un observador?. No, básicamente estaba recordando un artículo sobre el mecanismo que apareció en la prensa local la semana anterior, resaltando aquellas novedades. Lo que no recordaba era a cuento de qué se había publicado, y desde luego el artículo no hacía mención alguna al origen de las mejoras, era cosecha propia de Ernesto cuya credulidad para muchas cosas no incluía las promesas electorales.
Ya en la avenida de los chopos, justo al cruce con la avenida de leioa, giró a su izquierda para afrontar el puente sobre la autovía. Tuvo una duda, sobre si empezar con su solitario tasqueo en el hotel que hace esquina en esas dos avenidas, pero un recuerdo sobre alguien que solía parar por allí y el no saber esquivar preguntas como “¿qué haces por esta zona?” sin ponerse rojo o la posibilidad de tener que hacer frente a una ronda le frenó comenzar su trasiego en ese hotel, y esperó a estar al otro lado del Gobelas. Cuatro cubatas después ya se encontraba con los ánimos suficientes para dirigir sus pasos a la entrada de la casa de citas, o como era conocida entre los puteros, la japi jaus. El portero, de considerables dimensiones, al reconocer a Ernesto, no dudó en abrirle de par en par las puertas.

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“¡Joder!¡No me queda ni para el taxi!” balbuceó atropelladamente tras pagar el último ron con coca cola. Las dos profesionales a las que no había dejado de agarrar por el talle desde su arribada al local, comprendiendo con ese sexto sentido que les ha dado los años de oficio y viendo que allí no había más que rascar, se retiraron a por mejores objetivos procurando no herir en exceso a su antiguo cliente. Para cuando Ernesto se dio cuenta, había entrado a lo grande juntándose con dos nenas, de que ya no le quedaba dinero para subir con una de las chicas, siguió invitando a champán a sus parejas, lo cual tampoco le duró mucho. Aunque sospechaba que tampoco era champán (o cava si me pongo pureta) sino alguna bebida dorada y con burbujitas. Eso sí, aunque bastante aturdido por el alcohol, Ernesto todavía saboreaba su momento de gloria de aquella noche, ese momento en que fue el único protagonista del local, que hizo estallar en carcajadas a toda la parroquia, incluyendo a los trabajadores del antro. Cerca de la media noche, embutidos en sus monos azules entraron cuatro sub saharianos con la intención de tomarse un café. Coincidió con que el portero de la entrada se había acercado a los servicios, y siendo un Domingo por la noche, tampoco había mucho ajetreo, por lo que nadie acudió a sustituirle y evitar el equívoco a aquellos hombres. Al entrar los cuatro y ver el percal del lugar donde se habían metido, se quedaron cohibidos y parados en el medio, lo que aprovechó Ernesto, ya bastante cocido para, agarrado del talle de sus dos fulanas, un poco por chulería, un mucho para evitar caerse, comenzó a soltar una perorata que de haberla oído el diseñador de las huchas del Domund, nunca se le habría ocurrido diseñarlas y mucho menos dejar que las fabricaran. Dos de los individuos le miraban con cara de no entender nada, pero el tercero, el más alto y fuerte de ellos debía de estar entendiendo todo por el fuego que salía de sus ojos. Ernesto se dio cuenta, pero no le importó ya que sentía a sus espaldas la protección de los gorilas del negocio. El hombre alto comprendió, e indicó a sus compañeros con un gesto que debían salir. Incluso al cuarto, que no le hizo caso, mirando como estaba boquiabierto a una de las pros del local, tuvo que cogerle del hombro y sacarle casi a rastras. Cuando cerraron la puerta el local estalló en carcajadas y aplausos que fueron contestados con patosas reverencias de Ernesto. Tras apurar el último trago de su cubata y para no soportar las miradas del camareta “si no consumes ¡lárgate!”, se bajó a duras penas de su taburete y se encaminó hacia la puerta.
Hacía un largo rato que ya era Lunes, y a diferencia del fin de semana la calle presentaba el aspecto solitario de los días laborales, así que no hubo testigos de la larga meada que soltó en una de las esquinas. Arrastrando los pies como iba, comprendió que no llegaría muy lejos, así que se sentó en un banco para ver las fotos que se había sacado con sus acompañantes y si con la función aumento podía investigar en los generosos escotes que llevaban. Poco pudo ver “¡Mierda, se acabó la pila del putofón!” así que decidió seguir su camino, volviendo sus pasos por donde había venido. Al fondo, en la avenida de los chopos, la carretera estaba cortada, y el centro de la calzada estaba ocupado por una gran grúa. Ernesto, con el cesto que llevaba, ni se dio cuenta de aquello, ni tampoco reparó en algunos de los trabajadores que por allí estaban esperando a que alguien diera la orden de comenzar con la faena. Cogió el cruce para ir a txakursolo y subirse en la cabina del ascensor. Si fuera habitual de la zona, no lo habría intentado ya que el ascensor está parado de doce a siete de la mañana. Pero las puertas se abrieron y el hombre entró dentro. Apretó el botón para subir y el ascensor comenzó a andar. Diez metros después, se apagó la luz de la cabina y el ascensor se paró con un brusco frenazo. Ernesto, tras la sorpresa inicial y tres deshilvanados juramentos intentó comunicarse por el comunicador de la cabina, que no dio señal alguna al estar cortada la corriente. Vio en una de las esquinas un papel que daba un número de emergencia en caso de avería, pero la pila se había muerto en Leioa, y tampoco tuvo opción. Sabía que desde fuera no era visible, y menos de noche y se ciscó en la insonorización de la cabina. Pero ese día, y los quince siguientes no trabajaba (la única verdad que soltó a su ex), así que se quitó el chambergo que llevaba, lo enrolló a modo de almohada y al no ver por la oscuridad la suciedad del suelo, se tumbó en la cabina, con la intención de pegarse una cabezada hasta que le vinieran a buscar. Con el abotargamiento causado por su masiva ingesta de alcohol, no tardó mucho en quedarse dormido.
No pudo precisar cuanto tiempo después, pero lo cierto es que empezó a sentir que la cabina le daba vueltas, el efecto conocido como “el barco” que todos los borrachos han sentido alguna vez. Aquello quizás era demasiado real y tras acordarse donde se había quedado dormido intentó levantarse, pero la sensación fue que la cabina se balanceaba más. Se agarró a uno de los reposabrazos del cubículo y a duras penas logró levantarse. Cuando se vio suspendido entre las paredes de ladrillo de los edificios que bordean la avenida de los chopos, no lo pudo evitar, una arcada poderosa hizo que comenzara a vaciar su estómago. Agarrado fuertemente al pasamanos, acabó por vaciarlo completamente, quedando el fétido vómito esparcido por todo el suelo del ascensor. Sintió que por fin, la cabina del ascensor era posado en un lugar firme, y se atrevió a levantar la cabeza. Comprendió que se encontraba en la parte trasera de un camión cuando sintió que por los lados comenzaban a manipular la caja. Eran dos de los tipos de los que se había burlado en el putetxe, que estaban asegurando la carga para que no se moviera. Ernesto comprendió que con los cristales tintados no le viesen, pero del descojono que se estaban trayendo los dos, cayó en la cuenta que sabían que estaba allí. Comenzó a golpear con los puños las ventanas para intentar hacer ruido y atraer la atención del resto del personal que andaba trajinando por allí. En un segundo entendió que lo que estaban haciendo era un cambio de la caja (ahí la razón del artículo de hacia una semana, iban a cambiar el mecanismo de movimiento por uno más silencioso), para lo que habían utilizado una grúa de larga pluma, que estaba allí majestuosamente parada en mitad de la calle, rodeada de operarios entre potentes focos para iluminar la zona de trabajo, pero que ninguno parecía darse cuenta del escándalo que estaba montando Ernesto en el interior de la caja. Escándalo que acabó cuando uno de los hombres que había asegurado la caja cogió una maza del suelo del camión y le pegó tal golpe a una de las esquinas metálicas de la caja, que Ernesto dejó de protestar y corrió a acurrucarse en cuclillas a una de las esquinas de la caja, la zona con más panel metálico, sin importarle que el suelo fuera un charco de cubata mezclado con jugos gástricos. Pudo ver como una de las oscuras caras se acercó hasta la ventana, y descubrió una blanca dentadura en lo que parecía, y era, una siniestra sonrisa. El hombre bajo de la parte trasera del camión de un salto, se fue a la cabina donde le esperaba otro de sus compinches y poniendo el vehículo en marcha, se alejaron del lugar.
Poco a poco, el color volvió al cuerpo de Ernesto y armándose de valor se atrevió a asomarse con el fin de intentar averiguar por donde iban. Cuando levantó la cabeza, acababan justo de pasar lo que se llegó a llamar hace tiempo como el escalextric de lejona, y se dirigían por un lateral a tomar el corredor del Txori Erri. Se volvió a poner en cuclillas, el movimiento del vehículo había acabado por empapar todo el suelo del cubículo de los restos del vómito, para evitar mojarse el culo. Todavía estaba perplejo, no sabía que podían querer hacerle aquellos. Además, contaba con un inconveniente, en los próximos quince días nadie esperaba nada de él, es decir, no le iba a echar nadie de menos. En mala hora se acordó de aquello. También comenzaron a agolparse en su cabeza escenas de aquel cortometraje en la que López Vázquez quedaba atrapado en una cabina. Cuando recordó el final, se empezó a poner malo, entrándole otra vez ganas de vomitar, pero salvo cuatro dolorosas arcadas por tener el estómago vacío, no amplió el contenido del suelo. Empezaba a sentir flojas las piernas, pero haciendo un esfuerzo se asomó de nuevo. La autovía seguía solitaria. Ni un solo coche se adivinaba en la lejanía. Ya estaban a la altura de Larrabetzu. Con una entereza que ni él mismo pensaba que tenía se quedó de nuevo en cuclillas, esperando lo que tuviera que pasar.
Al de unos pocos minutos, notó como la velocidad iba bajando y también notó como tomaban una especie de rotonda, estaban en Erletxes y habían cogido la carretera general hacia Amorebieta. Al de un rato, giraron a la derecha y el camión empezó a ir a muy poca velocidad y por el movimiento, a circular fuera de carretera por un terreno irregular. Ernesto, alarmado se levantó y vio como se alejaban de una verja de metal, que otro individuo estaba cerrando. Arriba, unas letras grandes parecían decir “Hierros nosequé”, como indicación del posible negocio que allí funcionaba. El camión paró y el pollo que había cerrado la puerta se montó en una carretilla industrial, acercándose a la parte trasera del camión. Mientras tanto, los dos tíos que venían en el camión ya estaban trasteando en la parte trasera para soltar la mercancía. La carretilla se acercó a la parte trasera del camión y levantó sus uñas, en lo que Ernesto entendió algo amenazador, tirándose de un salto al suelo. Los del camión debieron de percatarse del salto de Ernesto ya que estallaron en sonoras y graves carcajadas. La carretilla lo que hizo fue introducir las uñas en la parte baja de la caja del ascensor y la sacó de la parte trasera, llevándola suspendida en el aire hacia un destino desconocido.
Ernesto volvió a incorporarse e intentó fijarse en el conductor de la carretilla, pero sólo podía ver una sonrisa muy, muy, muy blanca. Cuando un reflejo blanco hizo palidecer la esquina de la caja, Ernesto desvió su atención hacia la dirección en la que le estaban llevando. El pálido reflejo de la luz combinó perfectamente con la lividez de su rostro al adivinar a donde era conducido, a una máquina empacadora de metal. Esa máquina, que normalmente estaba encajada en el remolque de un camión, para cuando hubiera que achatarrar fuera del almacén de hierros. Allí, con una grúa que estaba en uno de los extremos se iba metiendo la chatarra en una especie de cajón. Cuando el cajón estaba lleno, se ponían en funcionamiento los mecanismos, unas prensas, que acaban convirtiendo el amasijo de metal en una especie de cubo o ladrillo de un metro de largo, para su mejor carga y venta. Para hacerse una idea de las dimensiones, en el cajón entraba muy sobradamente la caja del ascensor. La carretilla se posó en el suelo, y el operario que estaba en la grúa de la empacadora agarró por la parte de arriba la caja, y la elevó de nuevo, girándola y dirigiéndola hasta el cajón de la empacadora. Ernesto no se dio cuenta de su situación hasta que vio la sonrisa del operario de la grúa, era el hombre al que los ojos se le habían inyectado de fuego al oír su discurso de hace un par de horas.  Entonces empezó a sentir miedo, miedo que aumentó cuando la cabina fue posada en el cajón de la empacadora, que pasó a puro terror cuando con un movimiento con la grúa, estallaron los cristales mientras la cabina caía en el interior del cajón, quedando tumbada en el interior del cajón. Ernesto vio la estrellas en un cielo limpio y comprendió que sería lo último que vería, cuando las prensas comenzaron a funcionar y cubrieron completamente    la cabina dejando negra como la noche su interior.
Ernesto había pensado en alguna ocasión sobre como sería su muerte, y de que manera se enfrentaría a ella. Pero nunca pensó que el miedo tenía su olor, un olor fétido que emanaba de sus pantalones, ya que cuando se cubrió la empacadora, comprendió que iba a morir, y se le aflojó todo lo aflojable. Las prensas comenzaban a chirriar, hasta que todas toparon con las distintas esquinas de la cabina. Ernesto cerró los ojos, esperando aquel terrible fin, con la única esperanza que no fuera doloroso. Antes, rezó rápidamente prometiendo que si al final salía de esa, nunca más consideraría a ninguna otra persona como inferior. Intuyó que ahora vería desfilar toda su vida por sus ojos, pero de repente todos los chirridos de las prensas cesaron, e incluso la parte que cubría su visión, se acabó retirando, volviendo a ver de nuevo las estrellas. Tras unos instantes de aturdimiento, Ernesto comprendió que la broma había ido hasta allí. Aliviado, se incorporó en la cabina, y por la zona de los cristales rotos intentó salir. Con el cuerpo fuera de la cabina e incorporado en el remolque, miró a su alrededor. A lo lejos, iluminada por una descacharrada farola, se encontraba la verja por la que habían entrado. En ese momento notó como algo caliente, de textura similar al barro, le iba bajando por la entrepierna y los vapores de su fragancia le llegaban a la nariz. Perjuró de su promesa de no volver a despreciar a nadie más, y sin pensar en como podía volver a casa, sin dinero, cagado, meado y con rastros de vómito en su ropa, salto del remolque y se empezó a dirigir hacia la puerta. El “soltar a los perros” sonó como un disparo en la noche. Un segundo de vacilación y Ernesto comenzó a correr como un poseso hasta que pudo saltar la valla. Un zapato lo perdió corriendo y el otro se lo quedo uno de los chuchos, el más rápido, que llegó a morderle el pie, pero que pudo soltarse dejando al can el calzado como trofeo. Pegó una patada con rabia a la puerta, apuntando a la cabeza del perro, aunque el único logro fue hacerse daño en el pie. Cojeando, se fue alejando por la cuneta de la carretera de entrada al almacén, cuando unos potentes focos lo deslumbraron. Le pareció también que tenían unas luces destellantes azules en el techo, y cuando una voz le dio el alto bajo amenaza de disparó, comprendió que se trataba de la policía. Siguió sus instrucciones y se puso de rodillas con las manos en la nuca. Se fueron acercando a él, dando voces sobre sus intenciones de haber intentado entrar a robar. En los quince segundos que tardaron los agentes en llegar a Ernesto y esposarle entre comentarios de que iba a limpiar con la lengua la mierda que dejara en los asientos, Ernesto ya había decidido que lo mejor era confesar que había entrado allí a robar, ya que quien coño le iba a creer su historia.


*El King se refiere, como no, al Estifen. Es el primer título de la trilogía, "TERROR EN AIBOA". "ELFUNI DE AIBOA"

domingo, 2 de diciembre de 2012

JODÉ QUE FRIO


¡JODÉ QUE FRÍO!

Es la verdad. Esta mañana mientras encaminaba mis nada decididos pasos hacia el tee del uno (Había dejado los zapatos orearse en la ventana de la cocina) con los pies a modo tempanito, a una hora temprana que lo que tenía que haber hecho era seguir calentito y acurrucadito bajo las sábanas, eso era lo que estaba pensando.

 

Desde el pasado Jueves contemplaba desolado los pronósticos del tiempo que sólo vaticinaban agua y más agua. ¡Sólo han acertado que iba a hacer frío! Pero si me apuras, y con sólo mirar el calendario también habría acertado yo. Tuve algo de insomnio al pensar que no iba a poder practicar mi deporte favorito (el agua y el frío no son nada recomendables para deportes al aire libre, ahora, como dicen los escoceses “al golf se puede jugar incluso cuando hace sol), pero pude jugar tranquilamente el Sábado (sabadete, bolas nuevas y tres parcetes), ir a la tarde al basket (mejor que ver el fútbol) y hacer la compra en el super, pudiendo aparcar en el parking exterior. He pasado frío hoy por la mañana, pero bien es cierto que las molestas gotas de lluvia, no han llegado a molestarnos (se puso a jarrear cuando acabé el hoyo 19), aunque como siempre, no creo que nadie dimita por estos errores de pronóstico. ¡Yo organizo una cagada de estas de no dar una, y en la oficina, en el mejor de los casos me sacan cantares! Habrá que empezar a recoger los trastos, que mañana hay que ir al tajo.

 

Acabo de leer que los pies del hobbit (yo tuve un entrenador de esa raza, como lo es uno de mis jefes actuales) son unos calcetines de latex que se ponen los actores en diez minutos. Muy interesante, pensaba que hoy no estaba muy inspirado, pero ya veo que más que otros.

lunes, 26 de noviembre de 2012

UN SÁBADO PASEANDO POR EL MONTE..... dentro de 50 años

Supongo que será algo distinto que ahora. No habrá luchas intestinas en la cuadrilla por llevar el térmico de Ketxua o de Nordfeis, ni por quién lleva el bocata más sabroso, ni si la mochila de la junta de accionistas de Ibertrola es mejor que la de la Aurora o sí tus bastones de treking son del super, del centro comercial, te los has pillado en una suscripción de la canallesca o de tienda montañera mega guay. De hecho, creo que ya ni hará falta pasar por el monte.

Sí, dentro de cincuenta años, y con la excusa de que la radiación ultravioleta ha crecido, meterán tal miedo en el cuerpo a coger un cáncer de piel, que sólo alguna tribu urbana marginal se "arriesgará" a hacer ejercicio al aire libre. De hecho, salir al aire libre, mejor dicho al sol, sólo se hará cuando no quede más remedio. Quitando a esos marginales, que se les llamará despectivamente morenitos, ellos se llamaran  los auténticos sanos, aunque en el fondo no serán más que unos vigoréxicos, el resto del personal, cada vez que tenga que salir a la calle lo hará con capuchas a lo fraile que les cubrirá por enteros. Es decir, que el porcentaje de gótikos revertirá.

Bien pensado, hay un error en el título, dentro de cincuenta años los sábados serán dia de labor. Esto va como un péndulo y estamos comenzando a bajar de uno de los extremos. Si no te lo crees, mira ahora a tú alrededor y comprobarás que lo de librar el Viernes a las tres, cada vez tiene menos predicamento entre los jefes, ya que están comenzando a quedarse hasta las cinco o seis, con la excusa de ir sacando papeles, aunque sea sólo para enredar en la web. En breve se unirán los pelotas, y en pocos años con la excusa de la crisis, todos. Ya cuando los Viernes volvamos todos al redil, empezarán con la misma monserga, pero los sábados. Los Domingos no creo que lo logren.

Siguiendo con el tema del monte, no hará falta darse un paseo en realidad. Lo único que quedará como vestigio de estos tiempos es que se quedará por el guasap. ¿y como pasearemos por el monte? Los que para esa época sigan siendo de posibles, lo podrán hacer en casa, para el resto del vulgo tendrán que alquilar una especie de cintas para correr en algún gimnasio o negociete montado a tal efecto.

Serán cintas que iran equipadas con una especie de casco que deberás de ponerte en la cabeza donde te proyectará un paseo virtual pero con una definición de 360 grados, lo más cercano a la realizad. También te pondrán unas pantuflas (si tienes un número de pie normal) donde te iran apareciendo las sensaciones de un terreno irregular. La cinta se acomodará a tu paso, y el desnivel de la misma será acompasada al paseo virtual que hayas elegido. Además, con la opción multigrupo podrás conectarte con tus amigos virtuales (ya por esas épocas no hara falta verse para tomar potes) y disfrutar del paseo en compañía. No hara falta hablar ya que la cinta tendrá un teclado y las frases aparecerán en tu visión virtual. Será tan realista que tendrás que acoplar tu paso al de tus colegas para que no te dejen atrás. De todas formas, si los simpáticos de tus amigos virtuales te deján atrás, siempre podrás usar las mayúsculas para que vean que les gritas.

Tendrá acoplado un ventilador para que tengas la sensación del viento en el cuerpo, y probablemente pagando un extra te meterán los aromas a pino, roble o manzano, ¡el árbol que elijas!, con trinos de pájaros autóctonos como el txa txan gorri, bueno, o el que quieras. ¡Incluso con un gasto extra, podrás ver como un cervatillo, tímido y asustadizo, cruza tu camino con un alegre trote! ¡Acojonante, creo que me estoy muriendo de envidia! Sin más, sin salir de casa un treking por la selva tropical esquivando los picotazos de serpientes venenosas mientras degustas el gorgoteo tropical de pajarillos o en el polo norte, pegando patadas en el culo a los pingüinos o huyendo a la carrera de feroces osos polares que sólo querrán comerte enterito.

La realidad será que el sol no será tan dañino, pero los medios de comunicación (es decir la web) estarán controlados por aquellos que detenten el poder (cada vez menos) que no tendrán mucha intención de compartirlo con el resto, y divulgarán los bulos que más les convengan para conseguir sus intereses.

En próximas publicaciones expondré mi visión de las futuras relaciones personales y laborales dentro de 50 años. El dicho de "big brother is watching you" pasará a ser el de "big brother is crushing you"



 

jueves, 22 de noviembre de 2012

LEIOAKO ERKULES X (the end)


CAPITULO X

 

Cuando me estaba acercando al Egoki, Gómez y Ganeko estaban ya saliendo de la tasca. La cara de ambos denotaba preocupación y lo primero que me dijeron fue que apagase el móvil, que si no, me iban a dar el coñazo ya que tanto en el juzgado como en la comisaría estaban muy nerviosos ya que el Hormaondo había llamado en persona a no se quien de interior y a no se cuantos de justicia exigiendo resultados, y todos, toditos todos, estaban bastante cariocos. Me encogí de hombros y justo al meterme en el coche le pregunté a Pototo si conocía a alguien que pudiera mirar si alguno de los petimetres de la lista que le pasaba estaban fichados. Le comenté que la lista era de las personas con acceso al cuarto de disolventes. Mientras Pototo pedía por radio la información y Starki conducía sin demasiada pasión, aproveché para llamar al colega de la compañía de seguros y pedirle una copia del informe del laboratorio de la UPV. Me confirmó que ya lo tenía y que me mandaba una copia al juzgado. Previendo la sokamuturra que se iba a organizar en la comisaría, le pedí que si por favor, nos la podía mandar por telefax a la comisaría, a nombre de Gómez. Accedió sin mayor problema. Haciendo caso de las instrucciones de mis doctos polizontes (en estos momentos me estaba acordando de Don Gato, y el policía que conocía que más se le parecía a Matute, era Gómez, pero en una rara intuición de prudencia, pensé que no era el momento más adecuado para soltarlo), apagué el teléfono, mientras Ganeko hacía lo propio con la radio del coche patrulla.

 

El jefe de la planta nos recibió más rápido que nunca y con una cara reflejo de la angustia que tenía en el cuerpo nos llevó hasta la zona donde habían encontrado el nuevo intento de chamuscar toda la fábrica. Era curioso ver como se había derretido el plástico alrededor de la boca del soplete, pero no había pasado más allá, supongo que al apagarse rápidamente la herramienta. Los polizontes se tomaron en serio su trabajo y llamaron a un pollo de la científica para que encontrara posibles huellas, pero ya les advertí que sólo encontrarían las de los soldadores, además de pensar, corroborado por el jefe de planta, que para soldar se suelen utilizar guantes. Se encogieron de hombros y mencionaron el procedimiento.

 

Mientras estábamos escuchando las penas al jefe de planta, apareció también bastante pálido uno de los chavales de la oficina, quien con cara de susto nos avisó para que fuéramos literalmente cagando melodías a la comisaría donde nos esperaba el remitente de la llamada, junto con el Juez, para que explicáramos que coño estábamos haciendo y que habíamos averiguado hasta la fecha, ya que en Lakua estaban esperando respuestas. El chaval se extendió en detalles, la verdad poco interesantes, sobre la ristra de improperios que el Jauntxo había soltado sobre los dos agentes. En un momento, y ya de bastante mala baba, Pototo le espetó que se iba a enterar si el jefe les había llamado todo eso, y que como hubiera algo de su propia cosecha, que volvía a por él. El tipo se quedó mudo y se dio media vuelta y se fue. Nosotros también encaminamos nuestros pasos hacia el coche, pero antes pasamos por nuestra taberna favorita, para dar tiempo al amigo de Ganeko a que recopilara si alguno de los que tienen acceso a la caseta de herramientas estaba fichado por algo.

 

Si hubiera conocido la ristra de improperios y gritos que nos esperaban a la llegada a la sala de reuniones, primero la bronca del Jauntxo y luego los aullidos de Caraqueños llamándonos bobos de los cojones a todos, me hubiera quedado en casa, pero un cristo de esos al menos me seguía haciendo escalar mis niveles de adrenalina. Y cuando acabaron los gritos apareció en escena como aparecido en el momento estelar de una película el cabezón de Detritus. Antes de que abriera la boca, el Jauntxo se levantó y lo sacó de la sala, acompañándole a algún otro lugar para que esperase, momento que aprovechó Pototo para escabullirse en busca de conocer si allí trabajaba algún fichado y Caraqueño empezó a partirse de risa, guiñándonos los ojos a mi y a Gómez, preguntando si nos había gustado su actuación.

 

El Jauntxo volvió con más cara de malaostia con la que se había ido. Al echar de menos a Ganeko empezó de nuevo a chillar preguntando a voces que “ donde se había metido el anormal aquel”. Justo en aquél momento entró el aludido con unos papeles en la mano y una sonrisilla en la boca que acabé comprendiendo que era de triunfó. Levantó la palma de la mano hacia su jefe en un gesto que quiso significar un poco de silencio y nos explicó con voz suave y lenta que había dos elementos fichados entre los que tenían acceso a la caseta con los disolventes. Que efectivamente, el informe de la UPV era concluyente y que había restos del disolvente comercial que se utilizaba en la fábrica. Que uno de los fichados, el jefe de planta había sido arrestado un par de veces en redadas de casas de putas (pena no haberlo sabido antes, así hubiera sido algo más amable), pero que no era el fichado interesante, y nos pasó una hoja a cada uno.

 

Reconocí la foto, era el carretillero que había descubierto el incendio. Estaba fichado por haber quemado una fábrica de muebles en Cáceres. Al parecer tenía un desorden mental que le hacía querer ser protagonista y no se le había ocurrido nada mejor que ser el que descubre los incendios. Esa chaladura tenía un nombre técnico, pero tan pronto como lo leí, se me olvidó.

 

Una sonora blasfemia y un puñetazo en la mesa me hizo mirar de nuevo al Jauntxo quién poniéndose su visera le soltó a Pototo que le acompañara, que iban a detener al hijo puta ese. Antes de que abandonaran la comisaria le oímos como le gritaba al Detritus que menos gastarse el dinero en abogados y más en castings para la selección de personal. Yo me encontraba divertido, con los pies puestos en la mesa de reuniones y los brazos extendidos, rematadas por los signos de la victoria en ambas manos, mientras Gómez se estaba descojonando y Caraqueño llamando a Ramiro para que trajera un poco de guait label para celebrar el fin del caso del cerillero carretillero. El despiporre siguió un buen rato, ya que Detritus llamó a su jefe, suponemos que Hormaondo, rogándole encarecidamente que despidiera a Smithers (así es como llamaban al jefe de personal) ya que el gilipollas de él había contratado a un pirómano. No se le ocurrió al chino enano otra cosa que llamar desde el pasillo, justo al lado de nuestra puerta entreabierta, con lo que le escuchamos todo, todito, todo. Ya calmadas las risas, apareció Ramiro con el guait label y unos hielitos con lo que pudimos brindar por el éxito de la detención. Le mandé un guasap a Pototo para que le diera recuerdos de la madam al Jefe de Planta, pero me mandó a tomar por culo. Al de un rato, me guasapeó para decirnos que el carretillero ante los primeros gritos del Jauntxo, había cantado como un canario. Volvimos a llenar los vasos mientras Juan me soltaba “ya sabía que tú, querido Peloto, ibas a utilizar muy bien a nuestras queridas y pequeñas amigas, las células grises” mientras se apoyaba el dedo índice de su mano derecha en la sien.

 

EPÍLOGO

 

Mis pasos resonaban de madrugada por la avenida de los Chopos, mientras bastante más sereno de lo normal para mí, me detuve frente al Egoki, que ya había cerrado. Justo encima, había una terracilla de un piso, que era el que había alquilado la Uruguaya para montar nuestra oficina. Era un piso pequeño, con dos habitaciones, la grande mi despacho, un baño y una cocina americana. Al parecer, lo que se había hecho era dividir el piso, ya que el armario que había, era más un pasillo, pero, en fin, el alquiler era muy razonable, y al final con lo que me iban a pagar por el informe del incendio, nos daba para pagar seis meses de alquiler, amueblarlo y comprar algunos aparatillos informáticos. Me gustó, sobre todo por la proximidad a una de mis tascas favoritas, y, bueno, también porque estaba cerca de casa. Como me lo enseñó por la tarde, e incluso firmamos el contrato justo después, le invité también a la cena en el Itxas Bide con Matute y el Juez, lo que no dejó de ser un craso error, ya que a mí, el paganini, no me hicieron ni puto caso, sólo tuvieron ojos para la rubia (lo que también es normal). Así que con la excusa de que el Sábado salía por primera vez al campo (en el primer hoyo, un par cuatro, hice el par lo que me dejó la falaz ilusión de que iba a ser bueno a eso. Me costó más de cien hoyos volver a hacer un par. El primer par cinco que hice, fue casi un año después de que me dieran el handicap) me escapé, ya que no estaba dispuesto a pagarles las copas también, para que no me dieran vela en su entierro. Y lo tenía que haber deducido desde las croquetas de chorizo en la Terraza. Eso, sí, la rubia acababa de ser nombrada relaciones públicas con la autoridad, aunque eso no lo iba a saber hasta la mañana del lunes. Me quedé mirando con ilusión la oficina, y meditando sobre cual sería el primer mueble a meter (me lo solucionó la princejefa al día siguiente, comprándome una estantería en Ikea y llenándola con mis más de trescientas novelas de detectives, por si me hacía falta documentación, me dijo con cierta sorna aunque en el fondo lo que quería era más espacio en el trastero). Al final, mira tu por donde, a lo chorra, chorra, me había convertido en el nuevo Sancho Bordaberri de Getxo.

 

THE END

 

Como siempre se dice, todos los hechos narrados son ficticios, pero en este caso, y aunque parezca mentira, lo único no inventado ha sido el incendio. No ocurrió en Lamiako, sino fuera de la Comunidad Autónoma, y los hechos se sucedieron en algo más de un mes. Cualquiera de las cinco o seis personas que lo conocimos, sabemos que fue así.

 

AGRADECIMIENTOS

 

Es muy complicado el intentar contar algo todas las semanas, y la única razón por la que al final lo logro, unas veces mejor, otras veces más mejor, es por los ánimos que da el tener un lector tan fiel como RASPUTILLA quién con sus comentarios, generalmente poco atinados, me da la moral necesaria para seguir. De verdad, que si no hay comentarios, esto se hace muy cuesta arriba. Lo malo, es que acabo de dar la clave para dejar de dar la chapa. También le estoy agradecido a GUASAPETE, aunque algo menos, ya que no nos está últimamente inundando con sus comentarios. ¿Habrá que volver a meter en escena al pérfido JVB, el matachuchos? Puede ser la respuesta. Tenía algunas esperanzas en que KAPIRATA y LABELA BRUNA hubieran participado algo más, pero en fin, que le vamos a hacer. Lo de SALIDETE parece más de un habitual que ha cambiado el nick para que la parienta no le pille que lo que le gusta es lo verde (Aunque eso ya lo sabe, me consta)

 

La media de entradas en el blog es de unas doscientas al mes, así que parece que me sigue alguno más. En el fondo, esto no trata de nada más que pasar un rato, y a ser posible, entretenido. Creo que a principios de año, comenzaré con nuevas andanzas de mi detective favorito en sus nuevas aventuras en “LA PINQUERTON DE GETXO” “we never slip”

domingo, 11 de noviembre de 2012

LEIOAKO ERKULES IX


CAPITULO IX

 

Queda claro que con el paso de los años cada vez aguantas menos las comilonas, y muchísimo menos si son en Lunes, ya que al día siguiente me levanté con el estómago como atorado, la cabeza un poco ida y una ligera sensación de malestar que tenía como una ligera intención de persistir por lo que quedaba de semana. Hay que añadir que los papeles que me trajo el Juez se habían quedado en su coche (realmente no recuerdo si el que me trajo fue él) y que tuve una ligera regañina por estar descuidando mis tareas domésticas por estar jugando a los detectives. El llegar ayer algo pedete me deja sin argumentos ni réplicas a esa falta de delicadeza sobre mi oficio, pero como soy bobo y en vez de sobreponerme con una aguda contestación recuerdo lo de los papeles y me quedo hundido sin respuesta, cuando lo más conveniente hubiera sido resistir en el diálogo. Así que como siempre que he realizado algún tipo de decente planificación, he de modificarla en menos de veinticuatro horas. Por lo tanto, decido no realizar ninguna, y tras acabar de pasar el plumero por mi casita, encamino mis pasos hacia el Juzgado para recuperar el sobre que me dejé en el coche de Juanito.

 

Así que piano, piano, llegué hasta el Juzgado donde Ramiro me estaba esperando con el sobre. Antes de salir y en uno de los bancos que hay fuera de las salas de vistas me senté para echar una primera ojeada a los papelotes. En eso, pasó por allí el jefe de la investigación, quien al verme me saludó afablemente y me preguntó si podía esperarle un cuarto de hora, que quería hablar conmigo. Con el paso de los años he aprendido que aunque no tengas nada que hacer, siempre hay que parecer que se está muy ocupado, así que a pesar de no tener ningún compromiso esa mañana le dije que vale, pero que tenía que cambiar entonces un par de cosas, a lo que me contestó que tampoco me llevaría mucho tiempo el estar un ratito con él, que incluso podíamos ir a una degustación cercana y charlar tomando un café. Así que quedé con él en la degustación.

 

Para hacer tiempo, me puse a revisar los papeles. Venían del Registro Mercantil y de la Aseguradora. Las cuentas del registro dejaban muy a las claras que la empresa de Lamiako tenía ligeros beneficios, pero que no estaba en situación apurada, incluso en los últimos años había realizado inversiones significativas, pero que tampoco habían endeudado a la empresa. En cuanto a la póliza de seguro, no se había producido movimiento alguno en los últimos dos años, el último había sido la inclusión del pabellón para almacenamiento (el quemado), e incluso comparando las cifras aseguradas con los valores del inmovilizado bruto, estaban algo escasas. Se podía concluir sin temor a equivocación que si el incendio venía provocado, desde luego la autoría no venía de aquellos que tuvieran intereses en la empresa.

 

Ese fue el principio de la conversación con el Jauntxo mientras tomábamos un cortadito. Le expresé mi total convencimiento de que el incendio era provocado, pero que necesitábamos el análisis de la UPV, así que para acelerar algo el asunto llamó al técnico de la compañía de seguros, quién le confirmó que todavía no estaba listo el informe, pero que le habían confirmado por teléfono la presencia de acelerantes en los análisis, eso sí, ni se acordaba de los nombres pero que le habían comentado que tenía toda la pinta de provenir de algún tipo de disolvente industrial. Dado que estaban despistados y con bastantes asuntos a los que prestar atención, me pidió que me diera una vuelta por la fábrica y que me enterara si utilizaban disolventes y quien podía tener acceso a los mismos, ya que le parecía bastante complicado que el causante viniera de fuera. Habían investigado si había líos laborales, pero parece que es de los pocos sitios en que en ese aspecto, curritos y patronos, están en buena sintonía.

 

Ya con una tarea en mis manos, me dirigí hacia la fábrica, pero viendo que dentro de poco era la hora del cafelito del Gerva, cogí el metro para pillarle en la degustación cercana a su oficina. Se quedó de piedra cuando me vio acercarme a la barra y creo que algo de acojono le entró cuando mascullé al de la degus que me pusiera un cortado templado, que tenía que había quedado para entregar un informe en las oficinas de la antigua panadería. Pagó y salió de la degustación con la cara pálida y evitando mirarme a los ojos. Llamé a la uru para que viniera a la tarde con otro sobre y con unas cuantas fotos de Canelo, sobre todo, algunas fotos en la que ella está jugueteando con el perro a la salida del hotel. Nos volveríamos a ver esta tarde mientras paseara con su mujercita a Canelo. Me da en la nariz que mucho más no iba a aguantar y que estábamos muy cercanos a cobrar lo que nos debe.

 

Llegué hasta la fábrica, casi justo a tiempo para despedirme del Orejotas y su cuadrilla que han acabado tras haber estado trabajando a destajo durante todo el fin de semana. Tras las frases de rigor pregunto por el jefe de la planta, a quién no le hace excesiva gracia el verme por ahí, pero como le digo que estoy por requerimiento expreso de la policía, no le queda más remedio que hacer de tripas corazón y atenderme como es debido. Como no quiero levantar ninguna sospecha, lo que le pido es que me enseñe la fábrica, con el proceso de fabricación, los equipos auxiliares y sobre todo las protecciones contra incendios. Al final acaba siendo un coñazo y lo único que retengo es un pequeño edificio, tipo garaje donde guardan las materias más inflamables, como los disolventes que utilizan para limpiar los moldes, alguna pintura, las soldadoras y algunos otros equipos para el mantenimiento. Allí es también donde están los cargadores de baterías y donde las guardan por la noche. Le pido que me facilite una lista de las personas autorizadas a entrar en la caseta, que no son otros que él, su ayudante, el jefe de mantenimiento, sus tres cuates y los cuatro carretilleros. Con esa información me marcho para casa a comer, ya que todavía me va a dar tiempo para echar una siesta antes de encontrarme de nuevo con la rubia, no sin antes pasar por el cajero, ya que el papi de Borjita ha sido fiel a su palabra, y le puedo pagar a la rubia sus emolumentos.

 

Me encuentro con la rubia en el Sheraton donde me estoy privando el segundo Gin Tonic, ya que en este lugar los hacen especiales. Animadito con el espirituoso quedo en perfecto estado para enfrentarme al Gerva. El plan no es de gran complicación, le esperamos en el parquecillo junto al Gobelas y cuando venga con la propia, con la mejor de nuestras sonrisas y con el sobre en la mano, le saludamos y le preguntamos a donde quiere que le mandemos el informe.

 

Pues algo tan sencillo, dio resultado y dos horas más tarde habíamos saldado la deuda en el comercio, amén de que nos tuvo que pagar otros dos gin tonics que me soplé y el agua con gas en vaso ancho con hielo y rodajita de limón que se pimpló la uruguaya. Íbamos a despedirnos cuando mi colega el abogado me citó para mañana a media mañana, valga la redundancia, pasáramos por la casa de la vieja para que nos presentara a la vieja y concretáramos el trabajo de recogida de ADN. Cuando le explique de que iba el encargo, la rubia me miró incrédula pero encogiéndose de hombros me vino a decir algo así como “si pagan”. Así que nos despedimos con la sensación de que ella tenía algo de prisa para gastar el dinerito que llevaba en el bolsillo, y yo decidí en volver andando por Zugazarte, en parte para despejarme, en parte por saludar a la reinona y ponerle al día de los cotilleos que yo conocía. Eso sí, esta vez en vez de cervezas, seguí con el gin tonic ya que siempre he oído que la mezcla de bebidas no es excesivamente buena. Opinión no compartida por la princejefa, ya que cuando llegué a casa algo tambaleante y beodo más que adoctrinarme sobre los peligros de la mezcla me sacudió un broncón por la ingesta algo desmedida y llegar otra vez a casa en el estado bíblico de “pasos inciertos” como predica una de las letras más cantadas en los coros dominicales.

 

Cuando al día siguiente salimos de la casa de la señora, acompañados por mi amigo el abogado, no podíamos disimular la cara de, iba a poner de sorpresa, pero la verdad es que no tengo palabras. Para reclamar que su vecino, el del perro promiscuo, abone los gastos de veterinario y de mantenimiento de los cinco cachorros con los que hinchó la tripa de la golfilla de su perrita, se va a gastar diez veces más dinero, ya que los análisis de ADN valen un pastón, pero “Señor Hurtado, no es cuestión de dinero, sino de quien tiene razón, y yo la llevo y  voy a llevar a los tribunales a ese individuo, que ni siquiera se ha dignado en contestar a mis requerimientos por escrito”. Ya en el portal, Mondri me dijo que lo que no había contestado, no era del todo cierto ya que tras la tercera carta se presentó en la puerta de literalmente “esa vieja loca” para mandarle a tomar por ahí.

 

Nuestro trabajo era muy sencillo y lo completamos en los dos días siguientes, por la tarde y sin mayores problemas. El mismo día de la visita seguimos discretamente el paseo vespertino de su vecino para indagar donde dejaba corretear a su fogoso cánido, que no era otro que el parquecillo por donde también trotaba Canelo. Además, el semental como era más bien menudo, quedaba liberado de la correa y era de trato confiado y amigable, así que no parecía que nuestra misión se fuera a complicar en exceso.

 

La tarde siguiente fuimos ya equipados para cumplir fielmente la misión encomendada. La uruguaya se provisionó con un guante quirúrgico al que untamos un poco de foagrás al que cuelgatú, a pesar de sus años, seguía muy aficionada, aunque las ingestas las estaba espaciando en el tiempo ya que agrandaban sus posaderas (según ella). Yo llevaba el móvil para utilizarlo como cámara de fotos y una bolsa de esas que se utilizan para congelados, donde íbamos a meter el guante de la ururguaya tras haber sido chupada por el perro.

 

Al dueño del perrillo le sorprendió ver que la rubia llevase un guante en la mano pero no se que milonga le contó que el hombre no le dio mayor importancia. Supongo que se cabreará en el juicio cuando se dé cuenta del engaño, pero ese ya no es nuestro problema, aunque puede que tengamos que testificar. Una vez chupado el guante, lo introdujimos en la bolsita de congelados (todo fotografiado en abundancia) y lo introdujimos en un sobre. Nos metimos en el coche y fuimos hasta el laboratorio de análisis donde dejamos al guarda de seguridad el sobre con las muestras biológicas de nuestro perrito. Ya sólo me quedaba hacer el informe de cómo habíamos recogido las muestras y se acabó todo nuestro trabajo, dos tardes y cincuenta mil pelas pa cada uno.

 

Luego me entraron dudas al entender que la recogida de muestras no había sido voluntariamente aceptada por el dueño, bueno, simplemente le habíamos engañado ¿Aceptará un juez estos datos si no han sido aceptados voluntariamente por el dueño? De vuelta a Santutxu para dejar a la rubia expuse mis dudas a Mondri quién lo solucionó con un “ya le he avisado de que es una posibilidad muy grande de que rechacen la prueba, pero la vieja no da su brazo a torcer”. Así que dejé a la niña en su barrio y huí con rapidez ya que no me apetecía mucho encontrarme con el poteo guasapero de ajota y sus secuaces, máxime cuando tenía que volver conduciendo a casa. En el coche, conversamos la uruguaya y yo sobre la conveniencia de buscar un local donde tener un despachete para poder empezar a dar a nuestro negocio una apariencia de respetabilidad. Le tuve que dejar claro que el negocio y el que tenía el título era yo, y que ella no dejaba de ser una colaboradora, pero que no era mala idea lo que me estaba proponiendo, siempre y cuando el despachete estuviera cerca de mi casa, a lo que no le quedó más remedio que asentir levemente con la cabeza ¡No te jode!¡Seguro que estaba pensando en montar la oficina en Santutxu! Ha quedado claro que el jefe y socio capitalista soy yo. Sólo me faltaba trabajar en Santutxu para que cada dos minutos apareciera algún secuaz con ganas de remojar el gaznate. Y yo que no tengo ninguna personalidad, iba a oponer muy poca resistencia, escaut que ya tiene muy controlado el enemigo.  

 

Llegué muy formal a casa, preparé unas suculentas tortillas con perejil para tod@s, comentamos las últimas novedades sobre Leonard y Sheldon, y nos fuimos todos a la cama muy prontito donde descansamos profundamente.

 

A la mañana siguiente, y cuando la princepeque se iba a la parada, volví a recibir una llamada de Gómez “Te pasamos a buscar. Tenemos que volver a la fábrica de Lamiako”. Le pedí por favor, que no viniera con la sirena a tope, y que esperaran a que el autobús de la peque se fuera, tomando un cafelito en el Egoki que iba a mi cuenta. Al parecer había aparecido entre los sacos de granza de plástico que utilizan como materia prima para hacer los vasos, un soldador encendido con la clarísima intención de acabar de quemar toda la planta, pero o lo habían descubierto a tiempo, o el soldador no fue más allá de fundir el grano de plástico. En fin, supongo que alguno estará empezando a ponerse muy nervioso.

domingo, 4 de noviembre de 2012

LEIOAKO ERKULES VIII


CAPÍTULO VIII

 

Por inercia y por seguir a unos coches que tenían pinta de ir a la playa, acabamos en una llamada Rodiles. Al final del día, acabó por ser una de mis playas favoritas, sino la más, ya que lo primero que me encantó fue la facilidad que había para aparcar, aunque como me comentó un habitual, en verano si no llegas antes de las doce, te puedes encontrar con problemas, además de unos grandes atascos. No sólo es increíble el pedazo de tamaño que tiene, las aguas abiertas y transparentes con olas, algo que nunca hemos conocido muy bien los que hemos pasado la infancia en las tranquilas aguas de la bahía de Górliz, el sitio entre toalla y toalla, sino que también es muy de agradecer el bosque de eucaliptos que hay entre la arena y la carretera, plagado de mesas de madera de picnic, donde me sorprendió que el personal dejara la pitanza sin vigilar mientras retozaba en la arena.

 

Así que después de media hora en la arena con las lagartijas, un agradable chombo y antes de que los rayos de sol mancillaran con sus rayos ultravioletas mi delicada piel para volverla encarnada, me cogí mi novela del hermano del presidente de la federación de fútbol y me dirigí al tupido bosque de eucaliptos para dedicarme a uno de mis pasatiempos favoritos. Eso sí, antes pasé por una caseta de madera donde me aprovisioné de un par de frías latas de pivo con unos aperitivillos salados, y aposentando mis finas nalgas en uno de los bancos de las numerosas mesas de picnic que proliferaban en el bosque, me introduje en la nebulosa atmósfera de los rincones costeros de las Rìas Baixas. Como queda claro, lo del hermano del presidente es una coña, que los habituales lectores de novela policiaca entenderán.

 

Tras una visita adicional a mi caseta favorita, con el fin de aprovisionarme de dorada y fría ambrosía, y casi dos horas de plácida lectura, apareció la princegargantúa reclamando pitanza para ella y para su madre, con lo que nos fuimos a una de las tascas que está justo en frente del plácido bosque donde nos agenciamos una serie de bocatas de queso con lomo, que dada la hora y el hambre acumuladas, trasegamos con absoluta impavidez ante los rugidos de la peña, que apelotonada frente al televisor, disfrutaba con las clasificatorias del nuevo héroe asturiano, el amigo Fernando.

 

Un par de horas después, y tras unos cuantos gruñidos advirtiéndolas de los peligros de la larga exposición al sol, logré persuadirlas que en realidad tenía que hacer trabajos de vigilancia y que podían seguir tomando el sol en el jardincillo del hotel, mientras yo me dedicaba a las labores de espionaje desde el último piso.

 

Se extrañaron un poco en el hotel cuando les comenté lo de la lechuza pechoplano, pero como tampoco estaba el hotel al completo, no me pusieron pegas a que montase un pequeño observatorio en el último piso. Antes aproveché para dar una vuelta por los alrededores. Pude constatar que el coche del chalecillo no estaba, y que no había señales de vida por los alrededores. Volví al hotel con la secreta esperanza de que antes de salir por ahí, volvieran de nuevo hasta la casa. Así que estuve sentado en una silla, mirando de vez en cuando a la casa, y continuando con las peripecias de mi radiofónico policía. Acababa de recibir el primer aviso pre-cena de las princesas, cuando al alzar la vista distraídamente por la ventana, vi que un coche justo entraba a la casita objeto de mi vigilancia. ¡Eureka! Grité en mi mente mientras arqueaba las cejas en alborozada expresión. Todavía tardaron un rato y otro aviso pre cena en ponerse a tiro de mi teleobjetivo, pero antes de que la luz hubiera perdido algo de intensidad pude hacer más de cincuenta fotos. Me pareció que era Borjita, pero debería comprobarlo en un ordenador, ya que podría verlo con mayor nitidez que en el visor de la cámara de fotos. En el hotel me recomendaron un sitio en la villa (es como llaman los locales a Villaviciosa), el café de Vicente, donde además de poder desayunar a gusto, podía acceder a un ordenador. Así que con la misión casi cumplido, me bajé con las dos princes al cercano puerto de Tazones donde estuvimos picoteando pulpo, chopitos, pixín y demás delicias marinas hasta saciarnos.

 

Por la mañana, y mientras bajábamos al pueblo a desayunar, propuse a las pricejefas ir parando en algunas otras playas, para ir conociendo poco a poco la costa asturiana, y así ir acercándonos a casa, ya que un fin de semana tan bueno, presagiaba grandes colas de regreso a casa. La propuesta fue aceptada mientras se trajinaban unas tostadas con mantequilla y mermelada de aproximadamente cinco centímetros de anchas y yo me desenvolvía con maestría con unos hojaldres recién hechos, uno de carne con tomate, otro de bonito con tomate y el último de anchoa. Se fueron a dar una vuelta mientras yo comencé a enredar con el ordenador, y tal como ya presentí ayer, el protagonista de las fotos era el mismísimo Borjita. Lo que no tenía pinta era de estar contra su voluntad con la tal Carolina (Sí, con la que guasapeaba un poquito subido de tono), sino más bien todo lo contrario y estar teniendo una tórrida aventura. Así que tras pedir un papel y un bolígrafo, apunté los datos más importantes, así como la exacta localización de la casa donde se encontraban.

 

Tras hablar con el padre del chavalete, mentiría si dijera que no se sintió, al menos al principio, algo aliviado al conocer el exacto paradero de su hijo y que en el fondo no se trataba de ninguna otra historia que no tuviera que ver con las hormonas. Me pidió que le mandara por correo electrónico con la localización de la casa y los datos del hotel en los que había pasado la noche (que le recomendé como bastante aceptable). Me dijo que no le hacía falta que le pasase ningún informe por escrito (¡Yupi!) y que tras la liquidación de los gastos, añadiera otros mil euros en concepto de gratificación que me pagaría encantado (Más yupis y supongo que Gómez estará contento cuando se entere de la resolución ya que será de justicia compensarle con otro papeo).

 

Me hice con la prensa local y tras tomar un pincho de tortilla de patatas (suave y compacta) y otro de cabrales, aparecieron las dos princesas encantadas con la vuelta que se habían dado por el pueblo, y al notar que estaba masticando, se hicieron con unos pastelillos de manzana, más que nada para acompañarme según ellas. Tal y como llevábamos de llena la panza, lo de buscar un sitio para comer, pasó a la última de las prioridades, y tras discutir sobre la playa a la que podíamos ir, ganó la playa de la Espasa en Isla, una parroquia perteneciente al concejo de Colunga, si, cerca de donde grabaron el Doctor Mateo.

 

Otra playa espectacular, sobre todo en marea baja y tras tomar algo a las cuatro de la tarde, las nenas me obligaron a parar por la zona de Andrín, justo pasado Llanes, con el fin de enterarse de que eran los bufones de la zona. No era una partida de tíos graciosos, sino de una especie de surtidores naturales que sueltan chorros en plan geiser, pero los días de mala mar, que no era el caso, ya, que hasta yo me hallaba ligeramente encarnado tras pasar dos días seguidos cerca de la playa, ya que aunque en la playa de la Espasa no tiene bosque detrás, si tiene un magnífico chiringuito donde casi liquido a Villar, mientras las lagartijas recargaban las baterías estiradas tumbadas frente al sol.

 

Eso sí, con la recarga de las baterías lo que hicimos fue coger tarde el camino de vuelta a casa, lo que nos supuso coger la caravana de vuelta a Bilbao en la autopista, con lo que el camino se nos alargó tres cuartitos de hora más. Eso sí, comprobar la cara roja de felicidad que tenía la peque al llegar a casa me llenó de íntima satisfacción, satisfacción que se me borró de mis disco duro en cuanto comprobé que cuelgatú tenía la misma cara roja de satisfacción que la peque, y la verdad es que no quise ni imaginarme porqué (un fin de semana sola con floripondio, pero según ella y su madre que la apoyó moralmente, por el aprovechamiento de la clase de golf , la partida en el pitch an pat  de Urgoiti y el día pasado en la playa de Sopelana). En fin, con disimulada cara de sufrimiento, en cuanto se despistaron las tres princecotorras, me metí en mi querido e inigualable lecho de dos metros diez de largo, aunque antes estuve hablando con Gómez, quien me contó que su amigo ya había estado con su hijo, que mañana se volvían los dos a su casa de Las Arenas, y que su amigo estaba encantado con mi eficacia, pero que le dijo que con una gratificación de mil euros más los honorarios, le parecía suficiente. Le estuve vacilando un rato, pero al final, la cordura llegó a su destino y quedamos el Viernes, para cenar a mi cuenta, otra vez, en el Puerto Viejo de Algorta.

 

Tras el fin de semana reparador, y después de acabar con mis tareas matutinas procedí a dar un repaso a los temas pendientes.

 

El primero era el cobro de la pasta que me debe Gervasio. Lo mejor va a ser presentarme el Martes a las ocho y media en la puerta de su oficina con un sobre donde le puedo sugerir que se encuentra el informe del perro con la factura que le puedo enseñar a su mujer. No, mejor va a ser ir por la tarde y saludarle cuando salga a pasear con su mujer, y justo después llamarle por teléfono, por si quiere que se lo mande por mensajero, digamos a partir de las nueve de la mañana, así que ya me he buscado un trabajillo para hoy a la tarde. En el sobre llevaré una foto del perro en el hotel, precisamente tengo una en la que aparece con la uruguaya que imprimo en el ordenador, y aprovecho también para hacerle una factura en la que descuento el anticipo. Vale, primera tarea ir al estanco a por un sobre.

 

Lo segundo que tengo que hacer, y me dedico a ello con ahínco es la factura para el padre de Borjita, que me queda genial, ya que me va a quedar un buen pico. Esto me lleva a la conclusión de que tengo que pagar algo a la rubia, ya que quedamos en una base caso por caso, y en éste, su aportación ha sido fundamental. Sin mucho dolor, aparto seiscientos euros para gratificar su actuación en este caso, eso sí, como le comento por teléfono, este ha sido algo especial, y no siempre será así. Me quedo con una vaga sensación de que sólo oye lo de seiscientos euros y que quiere venir corriendo a Aiboa. Le explico, que cobrará cuando cobre yo, y que aunque tiene muy buena pinta “¡Ah!, no es como el capullo de Gervasio” reflexiona ella en voz alta, puede que tardemos algo en cobrar (luego, no fue así, ya que me ingresó la factura el mismo día que se la presenté, lo que es decir el Martes).

 

Sigo con el asunto del incendio, y ahí estoy pendiente de los análisis de la UPV, que se esperan para esta semana, y de los papeles de Ramiro, lo que me hace llamar al Juzgado para saber como están. Ahí, me respondió al teléfono Caraqueño y me lió para una comida en el txoko de unos amigos suyos “un choco que tienes que conocer, sí o sí”, tras asegurarme que hablará con Ramiro y me llevará los papeles que tenga disponibles. Queda en pasar a buscarme hacia la una y media.

 

Por último llamo a Mondri para que me explique el follón en el que me quiere meter. No parece excesivamente complicado y queda en mandarme un mensaje para juntarnos con la señora que quiere que obtengamos muestras del bicho del vecino para que haga las pruebas de ADN. Me indica que los honorarios que han acordado para mi, son de seiscientos euros, y que en el fondo lo único que tengo que hacer es documentar fehacientemente que las muestras que obtengo y que debo entregar en persona en el laboratorio son las que obtenga de los fluidos vitales del susodicho can. Que como obtengo las muestras, es mi problema, pero que no lo ve muy complicado.

 

Así, rellenando mi agenda para el resto de la semana se me ha pasado la mañanita, por lo que salgo a la avenida de los chopos a esperar que el ínclito Caraqueño me pase a buscar, lo que hace con una cierta puntualidad. Me pasa un sobre con papeles y se pone a comentar lo bien que está el txoko al que me va a llevar.

 

Cuando llegamos a Olabeaga, justo al final, por ningún lado parece que haya un local que tenga al menos la mitad de las cosas que me ha contado. Nos acercamos a una puerta de una casa de dos pisos, de apariencia antigua en su exterior, y cuando entramos en la casa, me quedé impactado, y no porque Caraqueño no me hubiera avisado, sino porque me encontré en un txoko que colmaría hasta el mejor de mis sueños. Espacioso, moderno pero con un toque clásico, con una cocina en una isla, nevera disimulada a modo de armario ¡llena de birras!, vino bueno, bar repleto de espirituosos, en fin el sueño de cualquier comilón como yo.

 

El menú que nos ofrecieron tampoco estaba mal, unas alubias rojas en su punto, preparadas por un pollo que me recordaba a Toquero, del que tuve que cambiar mi opinión inicial de que era el típico pollopera de txoko que se pone el mandil sólo para figurar, pero que lo más que se acercan a la cocina es probar el condumio con cara de expertos y cuchara de madera, ya que lo vi currar y servirme el papeo, incluso con devoción. A este le habrán dicho que soy crítico gastronómico y por eso me cuida.

 

Me encantó además volver a ver al druida bigotón, mi maestro en el arte de preparar cazuelos de Gin Tonic, quién se encargó del segundo plato, un cordero que estaba de cine. Además, solucionó un problema endémico de mi cocina, y es mi elaboración del cordero.

 

Yo siempre he hecho el cordero al horno, lo que puede llevar de dos a tres horas, pero con unos resultados exquisitos. Yo, que en el fondo y por proximidad fronteriza, tengo ligera alma de cocina francesa. Más exactamente, el uso del vino blanco en los asados del horno, y más concretamente el uso de vino blanco frío (verdejo habitualmente) en mi cocción del cordero. Más o menos, cada veinte minutos, le hecho un chorrito de vino blanco frío al cordero, para que el asado acabe lo más tierno posible. El problema es que con la cocción del cordero se acaba cociendo el cocinero, ya que o bien para probar la idónea temperatura del vino derramado en el cordero, o simplemente por vicio del cocinero, cada chorrito que echo al cordero, me meto un buen buche del dorado líquido. Mi record es de hacer diez kilos de cordero en un choco que aderecé con un ajo, chorrito de aceite, pizca de sal, y tres botellas de verdejo frío, compartidas en mayor o menor medida entre el ovino y el cocinero (más bien en mayor medida el cocinero) lo que al final supuso la caída al suelo de la bandeja del horno (al final el cordero se salvó en su integridad), y una gran castaña del cocinero.

 

Pues bueno, el druida bigotón lo que hace primero es rebozar levemente en harina los trozos de cordero y los fríe en una sartén hasta dorarlos por fuera. Entonces, los introduce en una olla a presión, con chorrito de vino blanco 8tiene también influencias francesas, como yo), donde los deja unos veinte minutos, por lo que quedan prácticamente hechos. Los reparte en una bandeja de horno y los mete unos quince minutos antes de que haya que servirlos. Para saber cuando están hechos, se pinchan un poco, y al final se gratinan, para que queden doraditos. La teoría la tengo, pero la verdad es que estaba de bigotes, como su maestro cocinero.

 

De postre, pusieron unas bolitas rellenas de nata fría unos, y de chocolate otro, además de un corte de helado. Ahí me mosqueé un poco, ya que le dieron un corte más ancho a un tipo que llevaba la misma camisa que yo, pero con gemelos. Tras el postre, el café servido por Toquero y licores y combinados a placer, lo cual alargó la sobremesa entre suaves y cálidas conversaciones con un nivel muy moderado de decibelios, aunque hay que reconocer que el txoko de mis sueños está muy alejado de cualquier vivienda habitada. O al menos es lo que parece. Todo resulto perfecto, incluso cuando Gómez apareció al final regalando latas de conserva de pimientos, que he de reconocer que estaban tan buenos, que quitando dos que los mezclé con una tortilla, el resto me los zampé digitalmente, es decir, con los dedos.