martes, 23 de julio de 2013

AUTOCRÍTICA SERENA



Una autocrítica serena, eso es lo que necesitamos todos de vez en cuando. Y eso es lo que quiero hacer en relación con mi blog. Me he presentado a unos cuantos concursos de relatos cortos (a tres), y no he obtenido ninguno de los awards con gran pesar de mi corazón. ¿La culpa es de la obtusa mente de los jurados? Aunque tú, habitual lector puedas pensar que algo de ello es verdad, hay que mirar la paja en el propio ojo, antes que la viga en el ajeno.

Por ello, mi intención es escudriñar uno a uno los relatos que he presentado, e intentar conocer porqué en ningún caso han estado entre los premiados.

Me remito al primero que presenté a un concurso “Yo y el oso”, de 23 de Julio de 2012. Lo presenté a un concurso cuyo premio es la publicación de un libro, abierto a toda la comunidad hispano parlante. Sólo se presentaron más de 900 relatos cortos. ¿Porqué no aparecí en el cuadro de honor?

De novato, siempre se falla en algo, y mi primer fallo, reiterado en mi segunda presentación, fue el no corregir más de una vez el relato. Tiene su explicación. La fecha de su publicación es Julio de 2012, un par de semanas antes de que viajara hasta Canadá, para ir a buscar a mi niño pequeño a un campamento estival. El mito en Canadá son los osos, así que fantaseé un poco sobre lo que haría si me encontrara con un oso, aderezado con la leyenda de que ya estaba allí cuando lo colgué en la red.

Siempre he sido de la opinión de que no hay que hacer mucho caso a lo que aparezca en la web, y después de esta entrada me tuve que reafirmar en lo mismo, cuando alguno de mi docena de lectores me preguntó que qué me había pasado con el oso, antes de embarcarme en el vuelo a Canadá. Fue divertido.

Pero la razón, además de la falta de corrección en la presentación, de no haber obtenido ninguna mención honorífica (la historia es cojonuda), fue el relacionar toda la historia con el chiste de Frank, el cazador de osos. No es especialmente correcta desde un punto de vista político, pelo sodomita, por lo que me desecharon desde el principio. Eso sí, fue de los momentos más divertidos el redactarla, pensando que alguno picaría, como así fue.

No tiene precio ir por Rekalde y que te salga un amigo de toda la vida preguntando que pasó realmente con el oso.

La segunda historieta versaba sobre el pequeño ascensor que tenemos en la estación de metro de Aiboa (VIVA EL KING, en homenaje a Stephen, de diciembre de 2012). Una tarde que me quedé colgado en el mismo, junto a un argentino con la camiseta de millonarios, esperando a que nos vinieran a sacar, me se ocurrió la historieta. Pensé en un idiota en el protagonista, y para que además fuera odiado por mis tres lectores, lo monté en el ascensorillo de camino a una casa de mala nota.

El motivo era hacerlo odioso, y poco a poco lo iba consiguiendo con sus insultos racistas y esa prepotencia del que se cree con las espaldas cubiertas. Pero lo más divertido fue el castigo final. En un principio lo iban a matar en la empacadora, pero me acabó saliendo algo distinto. No iba a poner a los insultados al mismo nivel que el jilipuá del prota, demostraron mucha más inteligencia, y el escarmiento queda más ilustrativo. Aún así era una historieta que hablaba de casas de putas con un protagonista no muy correcto desde un punto de vista de comportamiento.

Además elegí un concurso en que las críticas de los jueces eran públicas (por si las quieres ver http://www.zonaereader.com/foro/viewtopic.php?f=48&t=7837), lo cual me dio una serie de puntos de vista, que aunque no estaba siempre de acuerdo (pocas veces), te ponen un poco en tu sitio.

Bueno, en los dos primeros me fallaba la corrección gramatical antes de presentarlos, y los temas, que bordeaban asuntos no muy correctos desde un punto de vista político. En el tercero, perfectamente consciente de la falta de corrección gramatical, pulí el tema algo más. Se trataba de un concurso de relatos cortos que había que situar en fiestas de Bilbao. Una historia que me cuentan, y pongo como protagonistas a mis queridos personajes de la saga de investigadores de Aiboa, arteria renovadora de la moderna Getxo. Otra vez error, la historia vuelve a acabar en una casa de putas (LA PINQUERTON DE AIBOA EN FIESTAS DE BILBAO Junio 2013) lo cual supongo que al políticamente correcto jurado no hace mucha gracia. Y por supuesto, ni nominado a los premios.

No se que hacer. Estoy encantado con mi última historieta, el Marqués de Mons, pero un relato que empiece escatológico, siga con sexo y acabe con una matanza con un fondo religioso, no tendrá mucho futuro, aunque sea algo basado, remotamente, en algo histórico. Yo creo ni aunque me lo corrija un académico.

Por ello paso a comentar de donde sale toda esta historia. Mi cuarto apellido es Alvarez, que corresponde a mi abuela materna. La madre de mi abuela, contaba a sus nietos la historia de un antepasado que consiguió unos planos del enemigo, y de noche, cruzando a nado un río, llegó hasta su campamento. Con la entrega de los planos, su ejército logró una gran victoria, por lo que le dieron el marquesado de Montenegro.

Cuando murió la última hermana de mi abuela, sus sobrinos que no se habían visto desde hacía tiempo, decidieron recuperar esa historia familiar y juntarse todos con sus hijos en algún lugar (el primero fue Valdemorillo) para recordar la tradición famialiar, y en aras del cambio de los tiempos, elegir a uno de los descendientes como Marques de Mons. Esta tradición sigue.

¿De donde pudo salir lo del marqués de Mons? Por parte de la rama Alvarez, el nombre más habitual ha sido el de Fernando, y probablemente el Fernando Alvarez más famoso haya sido el tercer duque de Alba, al mando de los tercios en la guerra de los ochenta años, donde se dio el asedio y conquista de la ciudad belga de Mons. Por esa época también tuvo lugar una de las encamisadas más famosas de todos los tiempos (de noche se asaltaba el campamento enemigo llevando una camisa blanca puesta para a la noche distinguirse del enemigo).

Al final enredas un poco y te sale una especie de historieta entretenida, pero su origen no va más allá de lo expresado en párrafos precedentes.

¿Sigo con los concursos? No sé que pensar. Al final para escribir algo entretenido lo tienes que hacer porqué sí, sin intentar encorsetarlo en nada, y luego si te gusta, adaptarlo a los concursos. Pero me temo, que por el momento y hasta que no acabe de limpiar mi mente, las historietas que tiene mi lápiz, no son excesivamente correctas, desde un punto de vista político.




lunes, 15 de julio de 2013

EL MARQUÉS DE MONS




Hambre, eso es lo que siento, hambre. Ha sido más largo de lo esperado el llegar de noche hasta el fondo de la acequia donde están tres piedras a modo de escalera para abandonarla sin grandes esfuerzos. Era una noche de Septiembre de luna llena, la oscuridad era casi total, aunque a lo lejos brillaban las luces del campamento luterano. La verdad es que no sabía que hacía en primera fila, realmente no era primera fila, sino que iba el primero del grupo, e íbamos a intentar una incursión en el campamento enemigo para minar la moral y resistencia de los protestantes.

 

Y yo, Fernando el escribano, con veinte años recién cumplidos había sido elegido como voluntario para guiar a una manada de soldados viejos, yo cuyas funciones en el tercio no iban más allá de ser furriel y ocuparme de que toda la intendencia fuera debidamente anotada., gracias a la educación recibida, siendo uno de los pocos que sabía escribir, con una caligrafía mediana, y bandear con las cuentas siempre que no fueran más allá de sumas y restas. Siempre pensé que tuve suerte al alistarme, y mucha más suerte caer en la intendencia del tercio, por lo que no me falto de comer, lecho caliente y aunque la soldada llegaba siempre tarde, mal y nunca, era de los que menos me podía quejar.

 

Gracias a mis colegas Ganeco, Hurtado y Gómez, a quienes por afinidad en el paisanaje favorecía un poco más que al resto, me prepararon decentemente, algo que se me antojaba como imposible si hubiera sido yo el que hubiera debido de pertrecharme. Un jubón de cuero en la pechera, que aunque no evitaría que un cuchillo me atravesara, podría evitarme cortes cuando el sablazo fuese lateral. Y encima la camisa blanca de Ganeco, que por tamaño me sobraba, pero ya me dijeron que en esas lides a las que iba de cabeza, mejor que sobre un poco de tela, que falte. Dispusieron alrededor de mi cintura una cuerda de cuero para que llevara una fina daga a la espalda, mientras que Gómez, el más pequeñito y guasón de los tres, me dejaba un sable para que también lo llevara a la cintura, sólo que lateralmente.

 

¿Quién me mandaría a mí tener un olfato tan fino? En Ondarrivi estaba acostumbrado a hacer de vientre junto al río, frente a la lengua de arena de Chingudi, en una esquinita discreta, llevándose la corriente, o para fuera o para dentro, depende de la marea, las diarias deposiciones sin tener que sufrir el olor, ni de las propias, llevadero, ni de las ajenas. Eso en un ejército de diez mil almas, era algo imposible, y menos tierra adentro. La organización era muy buena, pero como que no estaba acostumbrado a ponerme en cuclillas sobre un tablón, normalmente a la par de otros, y mucho menos a hacerlo sobre las olorosas montañas que llenaban piramidalmente los agujeros grandes y hondos convertidos en letrinas dispuestas por la superioridad, mientras oía conversaciones de los acuclillados que versaban entre tronadores gases sobre el mito del soldado que perdió el equilibrio y acabó nadando en aquellos mares putrefactos. Eso provocó mi ansia exploratoria y que al final me ha llevado a ser el primero de la fila.

……………..

Efectivamente, dada  mi renuencia a compartir cagadero, decidí adentrarme en uno de los bosques que rodean Mons, pero alejándome en lo posible de la ciudad sitiada, y por ende, del campamento enemigo. Era una tarde de finales de Junio, recién pasado San Juan, por lo que las noches eran todavía muy cortas. Sería por la tenue penumbra del atardecer o por la habitual empanada que acompañó todo mi servicio militar, pero no vi el hueco que se abría ante mis pies hasta quedar a medio paso de caerme en él.

 

Pudo ser un afán exploratorio, un afán aventurero, o simplemente que no tenía tantas ganas como pensaba, que un impulso me llevó a meterme dentro. No fue muy complicado, sólo que una vez dentro me di cuenta de que lo que me iba a ser complicado era salir de allí. Aun así no pude dejar de sorprenderme por la construcción de aquel agujero. Parecía tener paredes sólidas, un suelo firme y su anchura podía ser de metro y medio, aunque estaba bastante comida por las plantas silvestres y hierbas que habían crecido. No lo sabía, pero me había metido en una acequia. Seguí andando un rato.

 

Me armé con un palo que encontré en el suelo, no tanto para defenderme, ya que iba sin acero de clase alguna, sino para abrirme paso entre algunas zarzas que empezaban a ser molestas al ocupar parte del camino o bordearlo a la altura de mi pantorrilla. Los bordes de muro quedaban coronados por verdín, musgo y hierbas, así que no iba a ser muy fácil salir trepando. Por ello seguí andando hacia el frente. Llevaría unos ciento cincuenta metros, cuando me comencé a agobiar ¿Y si no había salida? ¿Y si este camino o vado maldito me llevaba derecho a la ciudad?. Pero como al de un rato las hierbas junto algunos arbustos que lo coronaban, hacían una especie de cripta que dejaban la acequia invisible a quien quisiera verla desde arriba, es decir un túnel coronado por vegetación, me acabó por vencer la curiosidad y seguí adentrándome en aquel misterioso camino.

 

A veces clareaba, a veces oscurecía, pero me estaba adentrando más y más. Podía ya llevar un kilómetro, cuando en una zona recta, uno de los lados del murete, estaba derruido, lo que le daba forma de rampa, y facilitaba un montón la salida. Respiré con tranquilidad, había escapatoria. Un cierto retortijón me recordó la razón por la que me encontraba allí, así que me dispuse a acuclillarme para evacuar calmadamente. Antes para evitar mancharme, me quité los pantalones, y empecé a doblarlos. Mientras estaba de pie en tales menesteres, sopló una ráfaga de viento que refrescó mis partes pudendas, e incluso podríamos afirmar que las revitalizó, para lo cual tampoco hacía falta mucho. Quedé orgulloso contemplando aquel músculo tieso, como si fuera una de las picas de campaña, ¡la más grande de todas! Pensaba casi en voz alta. Tan absorto y complacido estaba en su contemplación que no caí en la cuenta que un personaje se acercaba por la rampa.

 

Ella iba también absorta en sus pensamientos así que hasta que no solté un resoplido de satisfacción, ni ella ni yo nos percatamos de nuestra respectiva presencia. Si alguna vez alguien preguntara cual puede ser la cara de un perfecto gilipollas, a fe que el rostro que por primera vez vio aquella campesina sería la perfecta representación. Ella se sobresaltó mientras ponía la mano sobre un cesto de mimbre que llevaba en el otro brazo para que no se le cayera su contenido. Me miró a los ojos, ¿asustada? Y luego miró  hacia mi cintura. Abrió brevemente la boca y en un mohín, que cada vez que lo vuelvo a recordar me parece menos espontáneo, se dio la vuelta y echo a correr.

 

¿Por qué le empecé a perseguir? La verdad, no lo se. Pero mecánicamente lo primero que hice fue intentar ponerme los pantalones, con tanta torpeza que acabé cayendo de culo, justo cuando ella se daba la vuelta para mirar. Y ahora sí se que se rió. Ella corría, no con demasiado ahínco y salí tras ella a darle caza. ¡En mala hora! Desde luego que el estado en que se encontraba la pica no era muy recomendable correr. Menos mal que ella tampoco estaba por la labor y al poco rato, se paró en un clarito del bosque, se dio la vuelta, dejó la cesta en el suelo y se encaró conmigo. Yo, me paré a un metro de ella, aliviado por tener que dejar de correr. Me dijo en francés, algo así como “que flaco estás, pero no todo” y me bajo los pantalones. No se cuanto tiempo transcurrió desde ese momento, hasta que se marchó, pero aunque estuviéramos en tierra de valones, comencé a darle más sentido a la frase de clavar una pica en Flandes.

………………

Hambre, seguía sintiendo hambre, pero seguía a rajatabla los consejos de Gómez “si te pegan un pinchazo es mejor tener el estómago vacío. A acuchillar herejes es mejor tener la tripa y la vejiga vacías”. También me había dado un trozo grueso de cecina, para cuando acabásemos pudiera llenar la andorga. Yo seguía el primero de la fila. Detrás de mi estaba al que llamaban Chipiona. Bajo, moreno, de pocas carnes y por lo que parecía, ducho en el arte del degüelle. Ganeco no me quiso engañar. “Ten cuidado con el que te pongan detrás. Tendrá orden de rebanarte si te entra el cague”. Así que allí estaba, resignado a ser el guía de la tropa en la incursión sigilosa al campamento del Oranch. No estoy muy seguro de cómo escribiría su nombre, pero así lo pronunciaba mi amiga campesina. Miré a Chipiona y me sonrió tétricamente mostrando un agujero negro donde debía de haber estado un colmillo. No me iba a quedar más remedio que perforar herejes.

 

A lo lejos ya se oía llegar al sargento Mostachones, susurrando órdenes al oído del resto del personal, ya que no había que hacer mucho ruido. Mostachones no era su verdadero nombre. De hecho ni recordaba como se llamaba, sólo las malas pulgas que se gastaba, y los enormes bigotes que adornaban su cara. A uno le decía una palabra, a otro una palmada, a otro le atusaba la ropa, al otro le revisaba el acero, tenía algún gesto para cada uno de los que éramos de la partida. No tenía idea de cuantos hombres podríamos ser, pero yo creo que sobrepasábamos fácilmente la centena. Estábamos quietos esperando las órdenes para partir, lo más sigilosamente posible, aprovechando el sueño del enemigo, del que más de uno no iba a volver a despertarse. Llegó Mostachones al lado de Chipiona y se miraron a los ojos, sin decirse nada. Comprendí que las palabras de Ganeco tenían su sentido. Se atusó el bigote y me envió un gesto que pudo significar cualquier cosa, pero que me lo tomé como que seguíamos a la espera de la señal para partir. Un carraspeo le hizo darse la vuelta y todo quedó de nuevo en un negro y absoluto silencio. Una especie de graznido de ave sonó a lo lejos y Mostachones me puso una mano en el hombro, empujándome para que comenzara a andar. El sargento se puso detrás de Chipiona ocupando la tercera posición de una larga hilera de hombres.

……………

Tras nuestro tercer encuentro en aquel clarito del bosque, donde ocultaban una pequeña huerta, la moza me hizo ver que se le estaban acabando los tomates que venía a coger y que llamaría mucho la atención a sus padres que siguiera viniendo al bosque, sin nada que recolectar. Con mi medio francés, herencia de una niñez y juventud vivida en la frontera, le iba entendiendo, más o menos, y me dijo que la siguiera. Su proposición estaba siendo que nos viéramos en su granja de noche, cuando sus padres se hubiesen acostado, que era justo cuando caía el sol y la noche comenzaba a reinar. La seguí hasta que el canal, o lo que quedaba de él acababa justo a un rio, el Tomeille. Ella salió del canal, miró a un lado y a otro, y cuando estuvo segura de que no había nadie, se acercó a un árbol, y cogió una cuerda que disimuladamente se encontraba atada al tronco. La cuerda llegaba hasta la otra orilla, unos veinte metros. Ella agarrada a la cuerda pasó hasta el otro lado, sin llegarle el agua más allá de los tobillos. Yo. La seguí como un perrito faldero, sin siquiera pensar que me podía estar llevando a una trampa. Llegamos a la otra orilla, y ella dejó la cuerda en el suelo, disimulándola un poco entre la hierba. Me explicó que era el único paso que se podía hacer a pie por el río y que así lo tenían bien señalado. El canal seguía por la otra orilla, quedando a los pocos pasos otra vez unos dos metros por debajo del nivel del suelo. No habíamos recorrido mucho, cuando me hizo señas para que fuese en silencio, que pasábamos por la parte trasera del campamento de los protestantes. Seguimos andando un buen trecho hasta que llegamos a otro tramo con la pared derruida por donde salimos. Al poco, entre los bosques se abrió un claro donde se alzaba la silueta de un edificio que me hizo saber que se trataba de su granja. Seguimos un poco por detrás de los árboles, para no ser vistos desde la casa, y me señaló otra edificación algo separada, el establo donde me esperaría según cayera la noche en dos días. Visto el plan que me esperaba entre aquellas paredes, ni caí en la cuenta del olor a animal que podía haber dentro, ni a fe mía que me importó algo en mis sucesivas visitas a aquel improvisado nido de amor.

 

Ya había pasado Julio y casi todo Agosto, y era el único de todo el  campamento que dibujaba ancha sonrisa en la cara, eso adornada por unas ojeras que podían delatar mi poco descanso nocturno, pero en la veintena tienes potencia para eso y mucho más. Y no sólo era el refocile, sino que mi buena campesina tras la agotadora y deliciosa gimnasia que practicábamos, me obsequiaba con buenas, no abundantes, viandas clásicas de granja que aliviaban el monótono rancho del campamento. Si no hubiera estado tan satisfecho de mi mismo, hubiera visto las miradas de recelo de alguno de mis compañeros de armas, aunque fuera durante el tedio de llevar varios meses asediando la ciudad de Mons. Cuando estás alto de ánimo, piensas que todo el mundo debe estar igual que tú, pero ya me daría cuenta días más tarde, que no era así.

………….

Acostumbrado como estaba a hacer el camino de noche no me costó nada encontrar la cuerda. Mostachones me susurró al oído “Cuando llegues al otro lado y te vuelvas a meter en el canal, cuenta doscientos pasos y te paras ahí, hasta que vuelva yo ¿Entendido marquesito?”. Tardé un segundo en reaccionar, pero asentí con la cabeza y empecé a atravesar el vado. Entre el leve chapoteo de mis pies en el agua Chipiona me contaba el porqué de mi mote, era el único de los que andábamos entre papeles que no hacía ningún tipo de instrucción en menesteres de armas. Al darme la vuelta y mirarle extrañado me murmuró “Ah, ya veo que el señor marqués no se entera ni de cómo le llaman” con un cierto toque de sorna. Atravesamos el vado y conté los doscientos pasos antes de pararme. Estuve tentado de decirle a Chipiona que me habían puesto a mí el primero por saber contar hasta doscientos, pero una vocecita dentro de mi me sugirió que no sería prudente. Poco tiempo transcurrió hasta que recibí la orden de avanzar otros doscientos pasos y parar. Mostachones sería ducho en el combate, pero en el cálculo todavía le faltaba algo.

 

Al de un rato que no se me hizo muy largo, recibí la orden de comenzar a andar de nuevo. Llegué hasta donde estaba una señal que previamente habíamos dejado. Una larga rama dejada a la altura del tobillo que atravesaba de lado a lado el canal, y justo a dos pasos otras ramas en el suelo en forma de cruz de San Andrés, era muy devoto el Teniente señalizador, pero que los demás podríamos considerar como una vulgar equis. Allí teníamos que salir del canal para coger la espalda del enemigo. Paré y esperé a que el sargento diera las instrucciones a la partida que traía una especie de escaleras para que trepáramos por ellas. Primero subieron los ballesteros con sus armas montadas para intentar acabar silenciosamente con los posibles vigías que podríamos encontrarnos, que según los espías, serían pocos. Justo después subí yo, seguido por mi sombra Chipiona, y medio a rastras llegué junto a los ballesteros. Con los ojos ya acostumbrados a la oscuridad se podía vislumbrar a unos doscientos pasos el campamento hereje. Algunas hogueras todavía crepitaban dando algo de luz al campamento y pudiendo ver fácilmente la sombra de los sólo dos vigías que confiadamente vigilaban esta parte del campamento. El resto estaba en silencio, dormitando más de uno en lo que iba a ser su última noche entre los vivos. Eran ocho los ballesteros que estaban preparados, así que cuatro flechas para cada uno de los guardianes. No era previsible ningún fallo.

……………..

 Aquella aciaga noche me iba bien satisfecho del pajar de heno del establo. No sabía muy bien la razón pero ante la vaga sensación de que aquella podía ser la última noche que viera a la reconfortante moza, por lo que batí el record en cuatro veces, cuando lo normal eran dos si venía bravo o el plazo entre los retoces era de más de dos días. Aquella noche lo había dado todo. Salía apretándome el cinturón cuando ya pasaba por el bosquecillo previo a saltar dentro del canal. Me pareció ver una sombra, pero enseguida me despreocupé pensando en que sólo podían ser imaginaciones mías. Llevaba recorridos unos cien metros por el canal, cando paré pensando que algo se había movido detrá de mí. “Algún animalillo” me quise tranquilizar. Pero aun así, me di la vuelta de nuevo y me topé con un hombre del que solamente distinguí el frio del acero que llevaba en una mano. Tuve ganas de darme la vuelta y echar a correr pero otros dos hombres armados me cerraban el paso. Por un momento cruzó por mi mente que aquellos hombre podían ser de Nassau pero al abrir la boca uno de ellos respiré algo más tranquilo aunque no hubiera tenido porque. “mira que pensar que el muchachete era un espía. Nosotros de instrucción y él retozando como un verraco”. El más serio de los tres se llevó un dedo al labio en además de silencio y me dio un empujón para que dirigiera mis pasos a nuestro campamento.

 

Una vez instalados en la tienda del Teniente Cantimpalo, antes de comenzar con el interrogatorio en sí, a la segunda bofetada, ya me habían partido el labio. Menos mal que apareció el Capitán Romero, que mandó parar momentáneamente el interrogatorio para empezar a hacerme un montón de preguntas. Al parecer, se quedó satisfecho con lo que oyó ordenando que cesara la mano de golpes que estaba recibiendo mientras con aire pensativo se frotaba con el índice y el pulgar su incipiente perilla. Felicitó al teniente por su brillante idea de seguir por la noche al travieso escribano, quitándole de la cabeza la penitencia de cien latigazos o estar al servicio del dómine de quien se sospechaba de tener gustos anti natura. “Qué todo siga igual, que no cambie la rutina en nada, exceptuando el asunto del fornicio” mientras me miraba guasón dejando de rascarse la perilla “No te preocupes soldado, que en breve tendrás tu justo castigo, o recompensa, quien sabe” rompiendo a reír.

…………..

Así que este ha sido mi castigo, guiar a un puñado de perros rabiosos y sedientos de sangre a degollar a cuantos protestantes sea posible entrando sigilosamente, amparados en la oscuridad, en su campamento. Los ballesteros, con las armas cargadas y a la señal del sargento, fueron avanzando silenciosamente, acercándose a una distancia, donde sin ser vistos, pudieran asegurar el tiro. Agazapados, rodilla en tierra, esperando recibir la señal de fuego. La coordinación era muy importante, ya que si se daba la voz de alarma, el factor sorpresa se disiparía, y ya no tendríamos tantas ventajas. Los demás de a pié, nos quedamos parados y en silencio a unos pocos metros de las espaldas de los ballesteros. Estaba en cuclillas cuando me pareció oír el silbido de las flechas rasgando el aire de la noche. Uno de los vigías cayó al suelo sin ruido alguno. El segundo comenzó a protestar hasta que una sombra se abalanzó encima suyo y lo silenció para siempre. Esa debió de ser la señal, y el Chipiona me tocó en el hombro indicando que le siguiera. Así entre una noche se Septiembre de 1572 en el campamento de los luteranos.

 

Sorprendentemente, y pese a la oscuridad reinante no tropecé en ningún momento en los doscientos metros que nos separaban del campamento, eso si, nos pasaron unos cuantos compañeros, unas cuantas docenas, ávidos de sangre, yendo a caer sobre sus presas como lobos hambrientos. El sistema de degüelle no era muy complicado, se entraba en la tienda y con un hábil movimiento de carnicero, se le hacía un hermoso tajo en la garganta a todos aquellos que estaban durmiendo.

 

Nuestro retraso en la carrera hizo que tuviéramos que saltarnos unas cuantas tiendas, que ya habían sido ocupadas por nuestros más rápidos compañeros. En la entrada de la primera tienda en la que quisimos meternos, nos encontramos con que ya estaba ocupada. Aquel encontronazo pudo costarnos caro, ya que de noche todos los gatos son pardos, pero las camisas blancas sobre los petos de cuero diferenciaban al creyente del hereje y eso evitó más de una liada a cuchilladas entre compadres. Muy poco se hablaba para evitar cualquier ruido, pero tampoco nos engañábamos, no tardarían mucho en descubrir la incursión los propietarios del campamento.

 

Algo cabreado por no tener todavía en el cuchillo unos pares de muescas de cuellos, me cogió Chipiona del brazo y me llevó por el campamento con el fin de encontrar una tienda que no hubiera sido todavía hollada por nuestros camaradas. Empezaba a oírse un sordo rumor por el campamento, preludio de lo que podía ser una inminente alarma. Pasando delante de algunas tiendas con signos de que tenían ya visita del tercio, llegamos hasta lo que podía ser una especie de plaza, en cuyo centro había una tienda que era bastante más grande que las demás. Por donde se adivinaba la entrada, sentado y con una lanza haciéndole de sostén, estaba lo que podía llamarse el guarda de la tienda que roncaba apaciblemente sin haberse percatado todavía de lo que ocurría en el campamento.

 

Me pareció oír la sonrisa de Chipiona mientras me indicaba que el se encargaba del de la puerta y que yo entrase dentro. Dicho y hecho. Se acercó por detrás del vigía e intuí una rápida maniobra con la daga. No quise mirar más y entré en la tienda y antes de que pudiera darme cuenta, el perro, un espaniel,  que estaba dentro, comenzó a ladrar como si le fuera la vida en ello. Ahí tuvo que empezar a darse la voz de alarma en el campamento, mientras yo dentro de la tienda seguía observando al perro que me enseñaba con fiereza sus incisivos sin parar de ladrar.

 

Al fondo de la tienda, una gruesa figura se levantó de lo que sería una cama y comenzó a chillar como una rata asustada. Aparté el perro de una patada y con el sable en la mano me dispuse a hacer callar a aquel cerdo chillón, que seguía sin dejar de gritar- Le ví algo en la mano que me pareció un puñal, lo que paró por un instante mi decidida acometida. Pero en vez de esperarme y luchar, se dio media vuelta, rajó con su daga la tela de la tienda, y aunque muy torpemente, con toda la rapidez que pudo, se escapó por su improvisada puerta, intenté seguirle, pero entre la salida y donde yo me encontraba había una gran mesa llena de papeles. Pasé por su lado y asomé la cabeza por el hueco recién abierto. Ví al cerdito cebón corriendo como alma que lleva el diablo sin parar de chillar, pero fuera de mi alcance. Volví a meterme entero en la tienda y en su puerta Chipiona me pegó un silbido con la instrucción de poner pies en polvorosa. Tuve un impulso momentáneo y cogí unos cuantos papeles que me metí entre mi pecho y el peto. Parecía aquella tienda de alguien importante y quizás aquellos papeles tuvieran algún valor.

 

Cuando salí de la tienda, ya no vi al Chipiona. Los gritos que recorrían todo el campamento me hicieron comprender que la voz de alarma ya estaba dada y que lo mejor era seguir el consejo que me había dado el moreno enjuto hace un momento. Me metí entre una hilera de tiendas, intentando ir hacía donde nos habían dicho que estaba la posible vía de escape, hasta que empecé a intuir que el personal iba a salir de las tiendas y mi camisa blanca posiblemente delatase mi procedencia. Al no haber ningún compañero a la vista con quien pudiera defender en el probable caso de que me descubrieran, me metí en un huequito, que a modo de callejón, separaba un par de tiendas. Allí acurrucado, esperando acontecimientos, veía pasar soldados protestantes a la caza del creyente, pero ninguno reparó en mi, ya que estaba bastante bien disimulado. Estaa pensando como salir de ahí, con una cabeza gruñona y que me era algo familiar, metió la cabeza entre las tiendas y comenzó de nuevo a gruñir, preludio del comienzo de sus ladridos.

 

Resignado ante mi mala suerte, mientras metía mi cabeza entre los hombros, recordé que en el bolsillo tenía el trozo de cecina que mis compañeros me habían pasado para que tomase cuando acabara el combate. Lo saqué rápidamente del bolsillo y se lo ofrecí al espaniel, quien en un visto y no visto se refugió entre mis piernas mientras mansamente daba cuenta de la carne seca que le había pasado. Cada vez veía pasar más gente chillando y corriendo, pero yo no entendía nada, felicitándome de la suerte que estaba teniendo. En esto, una mano me toca el  hombro y es Chipiona quién me dice “Están buscando a gente con camisa blanca. Quítatela y sígueme”.

Así que con toda la agilidad que puedo y empezando a sentir ya el miedo en el cuerpo, pase de encamisado a descamisado. Entre la confusión que comenzaba a adueñarse del campamento y que cada uno tiraba por su lado, ya sin la camisa y sólo con un peto de cuero, nos pudimos ir escabullendo hacia donde éste pensaba que se encontraba la salida más rápido. El único que nos preguntó algo acabó con un mandoble en la barriga y un tajo en el gañote para que no pudiera gritar. Empezamos a dejar las tiendas atrás, lo que interpreté como que salíamos del campamento. Pero nos topamos con dos tipos, uno que cargaba con esfuerzo un arcabuz y el otro con un palo acabado en forma de y griega, supongo que para apoyarlo. Algo nos dijeron y al no contestarles comenzaron a gritar en algo que no era cristiano. Justo en ese momento, en el peor de todos, Chipiona tropezó con algo y cayó al suelo, quedándome yo sólo frente a dos enemigos. Rememorando aquellos tiempos en que era presa de los chicos de más edad de mi pueblo y que tuve que aprender a defenderme me encaré al que llevaba el palo y con toda mi alma le solté una patada en toda la entrepierna que le hizo enmudecer y caer al suelo, soltando el palo mientras en un inútil reflejo se llevaba las manos a las partes que acababa de reventar. Cogí el palo antes de que cayera al suelo y le aticé al otro en toda la cara, terminando también en el suelo, aunque éste algo más magullado ya que fue muy claro el sonido a hueso roto, seguramente la napia.

 

Tendí mi mano al Chipiona y tras contestar a su pregunta “creo que tienen para un rato”, me lo llevé de allí, pienso que él algo desilusionado por no haber podido silenciar para la eternidad a aquellos dos arcabuceros. Corrimos lo que a mi me pareció mucho rato, pero que no fueron más de doscientos o trescientos metros, cuando me paré junto a un árbol, para recuperar algo el resuello, ya que no oía a nadie detrás nuestro, cuando torné de nuevo mi vista hacia el campamento. Un fogonazo, varias astillas del árbol que saltaron junto a mi oído y el ruido de un disparo, todo por ese orden. Tardé muy poco en darme cuenta lo cerca que había estado de ir donde Pedro Botero. Y entonces sentí el peso y el olor del miedo en el fondo de mis pantalones. Chipiona me cogió del brazo y me dijo que le siguiera, metiéndose en el bosque. Ya no hacía falta correr, así que seguí durante un rato a Chipiona, quien cada cierto tiempo paraba para intentar escuchar el rumor de un río, que según me dijo iba a ser nuestra vía de huída al confort de nuestro campamento.

 

Al de un rato creo que lo oyó, puesto que le cambió el semblante de su cara. Me miró, y llevándose los dedos a la nariz a modo de tenaza me espetó un “¡Cómo hueles!”. Recordé los papeles que llevaba en el peto y elegí uno de ellos al azar. Me bajé los pantalones, dejando a Chipiona estupefacto, e intenté quitar todo lo que pude del fondo de mis pantalones. Intenté ser todo lo concienzudo que pude pero no me quedó más remedio que aviarme ante la impaciencia y poca comprensión de mi compañero. Ya con los pantalones puestos, llegamos al río, y tras meternos en él, nos dejamos llevar por la corriente. Era un rio relativamente ancho y en algunas zonas, profundo, pero mi compañero y yo que éramos de villas marineras no pasamos grandes apuros, no como algunos otros que encontramos en nuestra ruta y que debimos ayudar por el camino.

 

Pudimos estar cerca de una hora en el agua, en cualquier caso no era muy conveniente llamar la atención, hasta que en un recodo del cauce vimos una luz. El santo y seña correctos y yo me fui tiritando hasta el campamento mientras Chipiona se quedaba con el grupo que habíamos ayudado, ya que uno de los que era de la partida llegaba en mal estado y antes que al matarife, habían llamado al capellán que allí esperaba el regreso de nuestra expedición. Entregué los papeles a uno de los oficiales que andaba de guardía y rápidamente fui hasta mi tienda, donde me quité mis ropas mojadas y tras el vino caliente que me dio uno de los ordenanzas, ya seco, acabé por coger el sueño.

 

Me levanté algo cansado por la mañana, pero con el ánimo resuelto tras mi primera aventura guerrera, que ya no dejaba de ser un mal recuerdo aunque quedara como prueba una apestosa prenda en una de las esquinas de mi tienda. Nada más salir de la tienda la apacible mañana envolvió mi aura, aunque no las tenía todas conmigo ya que sería raro que nuestro enemigo no intentara ninguna represalia tras la pesadilla nocturna. Me dirigí a la zona de comanda ya que lo que si era cierto es que tenía el estómago vacío tras haber tenido que dar, a cambio de mi pellejo, el único bocado del que dispuse ayer para la cena. Con mi escudilla en la mano me dirigí hacía la gran olla que manejaba uno de los cocineros con la esperanza de que algo caliente con un mendrugo de pan, saciara mi apetito. Tras esperar un rato en la cola y recibir mi ración, busqué un sitio donde sentarme hasta que vi a Chipiona a lo lejos que hacía gestos para que me acercase. Así lo hice y cuando estaba a pocos pasos suyos gritó “¡Atención, que llega el Marqués!” e hizo una exagerada reverencia de lo que él podría considerar como palaciega. Me quedé parado mientras Gómez, con los brazos en jarras, asistía a la escena divertido. Supuse que hablaría de mi gran cagada, así que seguí sin moverme. Se acercó Chipiona, me puso una mano en el hombro y en voz alta para que todos le oyeran dijo:

 

-       ¡Este es Fernando, el marquesito escribano, que ayer cuando salíamos del campamento luterano y tras caer en el suelo, quedando a merced de dos luteranos, le metió una patada en los cojones a uno de ellos y al otro con su propio sostén de arcabuz le rompió la cara. Esta valerosa acción permite que hoy os cuente su hazaña, ya que me salvó la vida!

 

Como si fuese un consumado orador, y tras una breve pausa para llamar la atención siguió con su perorata:

 

-       ¡Hacerme caso o lo sufriréis, pero hoy ya ha dejado de ser el marquesito para ser el Marques, que en vez de dos cojones, tiene tres, los dos que se trajo de su pueblo y el que le ha quedado en el pié, tras la grandísima patada en los huevos al hereje!

 

Dicho eso, una nueva reverencia, ya seguida por más gañanes, de dudoso gusto cortesano, me invitó a sentarse con los suyos, soldados viejos de pocas palabras, mientras notaba las caras de envidia de los demás jovenzuelos ante el honor que me estaban haciendo.

…………

-       Así que ayer uno de los encamisados logró coger estos documentos

-       Así es , Don Fadrique, estos papeles contienen la mayor parte de defensas de los Luteranos

-       Pero probablemente los echen en falta

-       No encontramos los que contienen las defensas de la zona Sur de Mons

-       Calma – indicó Don Fadrique mientras se mesaba sus bigotes- mucho no podrán cambiarlas. Exactamente, ¿sabemos quién fue el soldado que se hizo con estos documentos?

-       Mire vuestra merced – dijo el capitán Romero – fue casualidad pero el que los trajo era un escribano que entraba por primera vez en combate, castigado por un asunto de faldas, pero que encontró la forma de dar un rodeo al campamento enemigo y les pudimos entra por varios sitios

 

La cara de Don Fadrique tornó a seria y de seria a furiosa

 

-       ¿Y el escribano no se llamará Fernando por casualidad?

 

El Capitán Romero intuyó que algo iba mal cuando Don Fadrique, hijo del duque de Alba y comandante de la fuerzas de asedio a Mons se plantó frente a él y le soltó con furia contenida:

 

-       Nadie os comunicó que ese soldado no debía entrar en combate – mientras clavaba sus ojos en los ojos del capitán, quien para no perder la compostura estaba pensando en la mano de puñetazos que se iba a llevar el Sargento Dominguez, más conocido como Mostachones.

-       Id a buscarle y traerlo a mi presencia. Capitán, os libráis por las bajas que ha sufrido el enemigo, sino os acordaríais de mí para siempre.

 

Mientras se daban las ordenes pertinentes para que fueran a buscar a Fernando, uno de los oficiales explicó a Romero que el tal Fernando podía ser un hijo bastardo del duque. Al parecer, pilló a su madre, una cortesana de Fuenterrabía en el lecho con otro hombre, lo que ha hecho dudar siempre al duque de su paternidad, pero por si acaso lo reclutó a la fuerza para ir dándole puestos en el ejército que no entrañaran mucho peligro.

 

Fernando ya había desayunado y estaba tomando unos tragos con los colegas de Chipiona cuando dos gastadores aparecieron para llevarle a la presencia de Don Fadrique “¡Ten cuidado chaval! ¡Y que todos los méritos de lo que te cuenten intenta decir que ha sido cosa de los oficiales, por si acaso!”.

 

El encuentro no dejó de ser sorprendente ya que ambos hombres eran de la misma altura y de un parecido notable. El notario que acompañaba a Don Fadrique escribió a su padre que tras ver al mozo junto a su hijo, no quedaba duda alguna de quien era el padre.

 

A Don Fadrique le costó abrir la boca, pero acabó felicitando al que ya no le quedaba ninguna duda de que era su hermano, mientras éste, sin enterarse de nada repartía meritos entre todos los oficiales que conocía, siéndole indiferente si habían sido de la partida o no. El único momento en el que Fernando se vio apurado fue cuando le comentaron que era una pena un documento que parecía que faltaba de la relación, y si tenía alguna idea de que había podido pasar. Se le hizo un nudo en la garganta y sólo acertó a arquear las cejas a modo de que era ignorante, como si no supiera de qué le estaban hablando. Antes de despedirse, Don Fadrique le preguntó si quería algo. Fernando, viendo la copiosa mesa de desayuno de los oficiales, asintió y feliz regresaba donde sus nuevos amigos cargado con una tierna hogaza de pan, queso, chorizo y una cántara de vino, mientras el hijo del Duque daba estrictas ordenes, para que tras la toma de Mons, dispusieran hacer alguacil de aquella ciudad a su recién conocido hermano.

 

martes, 9 de julio de 2013

FIESTA AVATAR



FIESTA AVATAR

Con el objeto de documentarme sobre las correrías del detective más famoso de Aiboa en la web, me acerqué en fechas recientes a una tienda donde proporcionan toda la parafernalia necesaria para vigilancia de terceros entre otras cosas. Iba con la intención de hacerme con algún tipo de catálogo o revista o similar a fin de poder conocer un poco más a fondo todas esas herramientas y si era posible charlar con alguien de la tienda. No es que fuera preocupado, pero siempre que vas a algún sitio a dar la chapa sin entregar nada a cambio (como mucho sólo la dirección de un patético blog), albergas cierto temor de cómo vas a ser recibido. En una tienda, lo normal es, que cuando se dan cuenta de que no te van a colocar nada, pasen de la calidez a una tibia frialdad. La sorpresa fue mayúscula cuando al entrar resultó que el encargado era un viejo conocido al que hacía tiempo que no veía.

Nos costó entrar en materia algo más de una hora, pero se estaba muy bien en su despacho de la trastienda, con aire acondicionado, una jarra de delicioso té helado y todo lo que nos teníamos que contar desde hace tiempo. La explicación fue bastante amplia, con alguna que otra interrupción de algún cliente, hasta que llegó la sorpresa final. Me estuvo explicando que hoy en día es posible activar desde la distancia el GPS de otro móvil, con lo que puedes saber donde está el propietario en cada momento. Me comentó que en estos momentos era lo más vendido entre aquellos padres que dudaban sobre las correrías de sus hijos, e incluso de alguna que tenía fundadas sospechas de las actividades secretas de su marido. Lo malo es que se le escapó el nombre de un conocido. Total que yo puse cara de estar silbando mientras miraba al techo, como que no había oído nada, y el se frotaba las manos con los ojos en algún punto fijo del suelo bajo sus pies mientras su rostro denotaba que el no había hablado.

Así estuvimos un rato hasta que se le iluminó la cara y me contó la última moda aprovechando los avances tecnológicos de los nuevos teléfonos móviles, el irte de fiesta mientras sigues como un pringado en la oficina.  “Espera un segundo, que me voy al Antxobe”. No me acordaba pero hoy es la fiesta de la Magdalena. Me hizo ponerme por su lado para que viera la pantalla de treinta y cinco pulgadas de su ordenador mientras tecleaba el nombre del pueblo. Como no quedó satisfecho, puso al lado el nombre del festejo y ya apareció algo que el buscaba más, fotos de las fiestas. Con su pipofón sacó dos o tres fotos, luego tecleó ronda de potes, y eligió una foto en la que aparecían varios vasos de vino para hacer lo mismo. Por último, y en una página que almacenaba fotos, buscó aquellas de un concurso de sukalki en Armintza, organizado hace años con la cuadrilla de su mujer. Eligió la que salía con chapela, al cuello servilleta de cuadritos azules y camisa azul mahón, levantando un pote en una mano dibujando amplia sonrisa.

Me invitó a tomar un bocatín de jamón en uno de los bares cercanos a esperar la reacción de sus colegas de Chat de guasap, a quienes había mandado las fotos que le parecieron más creíbles con un comentario sobre lo bien que se lo estaba pasando, a pesar de no haber pillado barco para ver la teja. Mientras estábamos degustando el bocado de jamóncito serrano con tomate, su teléfono no dejó de vibrar y chirriar con la nota de has recibido un mensaje. Cuando pagó y antes de despedirnos, me enseñó los mensajes recibidos y me dijo que uno de cada tres pensaba que estaba de madalenas. “Para hacerlo bien, hay que elegir una fiesta en la que sepas que no va nadie, ya que pueda que quieran quedar contigo, aunque lo socorrido es decir que estás con alguien de trabajo, y que mejor quedas en otro lado. Es lo que está de moda ahora. Se llama ir de Fiesta Avatar”. “¿Y si te pillan?. “Lo más que te puede pasar es que en la siguiente alguno dude de por donde andas” me contestó mientras nos dábamos la mano a modo despedida. Bueno, ya le voy encontrando alguna utilidad más al piporrofón.

Ahora que también ojito, ya hay programas que por proximidad pueden activarte el bluetooth y sacarte toda la información que lleves en tu guasap. ¿Y si tu jefe lo tiene? Por ello, mucho cuidadín con estar de fiesta en plan avatar, mientras pringas en la oficina, no vaya a ser que virtualmente te pillen y la hayas fastidiado, bien fastidiado. 

lunes, 1 de julio de 2013

Los distintos tipos de swing en las escuelas Bizkainas





Actualmente Bizkaia cuenta con un número de licencias de golf, suficiente para que sea representativa en diversos estudios con gran componente estadístico. Una de las primeras preguntas que se planteó la fundación escocesa de Aberdeen “One-armed Golfer” fue conocer si el aprendizaje en distintas escuelas/campos dejaba rastros en el tipo de swing que empleaban sus aprendices.

Obviamente, y tras rastrear el histórico de las licencias de este espectro concreto, para este estudio sólo se tuvieron en cuenta aquellos cuya licencia fue obtenida a partir de los cuarenta años de edad, ya que la alta flexibilidad en los que no han alcanzado dicha senectud, hace más complicado el establecer los prototipos. Si fuera un símil con novelas policíacas, el ADN del swing en menores de cuarenta se pierde.

Por otro lado, las escuelas de golf en Bizkaia, son sólo cuatro, coincidentes con los cuatro campos de 18 hoyos que cohabitan en el territorio histórico, lo que deja al estudio el poder rastrear y en su caso diferenciar los distintos tipos de swing de cada escuela. Como siempre, y dado el tiempo que llevan los cuatro campos abiertos, con los trasvases de socios existentes, el intentar acotar los swing bizkainos en cuatro escuelas, no es muy realista, ya que al final, y con el trasvase de profesores que se ha dado, hace que nos podamos encontrar ante unos cuantos swings un pelo heterogéneos, pero haciendo caso al Master Francés Borgne Babuin, la escuela inicial es como tu cadena de ADN, al final siempre saldrá donde diste tus primeros bolazos.

El seguimiento llevado por esta fundación escocesa a más de 15.000 partidas en el territorio histórico, con jugadores en un espectro de edad entre 45 y 65 años, les ha llevado a poder establecer distintas características de swing según la escuela en la que hayan empezado a dar sus primeros golpes, escuelas que han diferenciado con la siguiente nomenclatura:

ESCUELA MINERA (La Arboleda/Meaztegui)

Los primeros profesores de Meaztegui provenían de la escuela Asturiana, con un swing algo vertical, que siempre han querido comparar con los antiguos picadores de carbón en plena utilización de esa milenaria herramienta que arrancaba el carbón de las paredes de la mina, el pico. La tradición minera a este campo le viene de estar emplazado sobre explotaciones ya cerradas de minería de hierro, algo distintas en cuanto a su aprovechamiento de las de carbón, pero a sus federados siempre les ha gustado este símil minero y el swing vertical. De esta visión proletaria del golf, viene la modestia de sus practicantes, que nunca reconocerán su nivel de golf, intentado siempre que su HP en juego sea superior al que realmente tienen. Pero ya lo corrobora el estudio, es más por su modestia que por otra razón.

ESCUELA SEGALARI (Artxanda/Monte Ganguren)

La complicada orografía de este campo, y que la mayor parte de las veces (salvo que seas zurdo) en que la bola se encuentra en un plano más alto que los pies, ha hecho desarrollar en este campo un swing algo más plano y corto, que recuerda a los antiguos baserritarras en la utilización de la guadaña. En este campo también destaca la obsesión de sus jugadores nativos por recordar a sus contrincantes la necesidad de protegerse contra los barrancos (muy abundantes) y apuntar algo más hacia la ladera. Si no se dispone de un swing plano y corto, las posibilidades de dar en la cabeza a algún ciclista de montaña que pedalea paralelo al campo en avezado descenso tras golpear la bola en la ladera son muy grandes (y por supuesto que la bola quede fuera de límites con su correspondiente penalización)

EL PIJI-SWING (La Galea)

Es el campo más antiguo de Bizkaia, y probablemente el más ortodoxo según los firmantes del estudio, pero tras observar algo más de 3.500 partidas encontraron un pequeño ritual, con el que sus socios intentan identificarse frente a advenedizos y practicantes de otros clubs, sobre todo cuando se encuentran fuera de sus instalaciones. Es como una especie de signo secreto que realizan en su segundo swing de prueba. Hay que estar muy atento para reconocerlo, pero ha creado escuela. Su segundo swing de prueba, y en el caso de los jugadores diestros (en los siniestros es al revés), lo hacen levantando el dedo meñique de la mano izquierda que queda en un plano de 90 º con el palo, haciendo homenaje en cierta forma, a la manera cursi o guapa (según se mire) de levantar la taza de té del platito merendolero. Por ser los más antiguos, son los más ortodoxos según el estudio, pero no pueden evitar el hacer algo para diferenciarse del vulgo.

LETTUCE SWING (O el famoso swing letxuga de Laukariz)

Aunque esta característica del campo es más entre Octubre y Mayo. En el resto del año, tienden más al swing ortodoxo de la escuela escocesa de Glasgow. La razón por la que se da esta denominación de origen al swing de Mungia, tiene más que ver con el exceso de blandura que presenta el campo tras la caída de reiteradas lluvias. Eso hace que los pies se hundan en calle, entre los tobillos y los juanetes como poco, lo que hace que el jugador se sienta como una lechuga plantada en el campo, antes de iniciar sus movimientos. Aunque por la enorme cantidad de cuestas que presenta este campo, se podía pensar en asemejarse su escuela a la del monte Ganguren, esto no es así al no disponer de la enorme cantidad de barrancos y laderas que llevan al swing segalari, aunque ambos coincidan (al menos durante la época más lluviosa del año