CAPÍTULO
VIII
Por inercia y por seguir a unos coches que
tenían pinta de ir a la playa, acabamos en una llamada Rodiles. Al final del
día, acabó por ser una de mis playas favoritas, sino la más, ya que lo primero
que me encantó fue la facilidad que había para aparcar, aunque como me comentó
un habitual, en verano si no llegas antes de las doce, te puedes encontrar con
problemas, además de unos grandes atascos. No sólo es increíble el pedazo de
tamaño que tiene, las aguas abiertas y transparentes con olas, algo que nunca
hemos conocido muy bien los que hemos pasado la infancia en las tranquilas
aguas de la bahía de Górliz, el sitio entre toalla y toalla, sino que también
es muy de agradecer el bosque de eucaliptos que hay entre la arena y la carretera,
plagado de mesas de madera de picnic, donde me sorprendió que el personal
dejara la pitanza sin vigilar mientras retozaba en la arena.
Así que después de media hora en la arena con
las lagartijas, un agradable chombo y antes de que los rayos de sol mancillaran
con sus rayos ultravioletas mi delicada piel para volverla encarnada, me cogí
mi novela del hermano del presidente de la federación de fútbol y me dirigí al
tupido bosque de eucaliptos para dedicarme a uno de mis pasatiempos favoritos.
Eso sí, antes pasé por una caseta de madera donde me aprovisioné de un par de
frías latas de pivo con unos aperitivillos salados, y aposentando mis finas
nalgas en uno de los bancos de las numerosas mesas de picnic que proliferaban
en el bosque, me introduje en la nebulosa atmósfera de los rincones costeros de
las Rìas Baixas. Como queda claro, lo del hermano del presidente es una coña,
que los habituales lectores de novela policiaca entenderán.
Tras una visita adicional a mi caseta
favorita, con el fin de aprovisionarme de dorada y fría ambrosía, y casi dos
horas de plácida lectura, apareció la princegargantúa reclamando pitanza para
ella y para su madre, con lo que nos fuimos a una de las tascas que está justo
en frente del plácido bosque donde nos agenciamos una serie de bocatas de queso
con lomo, que dada la hora y el hambre acumuladas, trasegamos con absoluta
impavidez ante los rugidos de la peña, que apelotonada frente al televisor,
disfrutaba con las clasificatorias del nuevo héroe asturiano, el amigo Fernando.
Un par de horas después, y tras unos cuantos
gruñidos advirtiéndolas de los peligros de la larga exposición al sol, logré
persuadirlas que en realidad tenía que hacer trabajos de vigilancia y que
podían seguir tomando el sol en el jardincillo del hotel, mientras yo me
dedicaba a las labores de espionaje desde el último piso.
Se extrañaron un poco en el hotel cuando les
comenté lo de la lechuza pechoplano, pero como tampoco estaba el hotel al
completo, no me pusieron pegas a que montase un pequeño observatorio en el
último piso. Antes aproveché para dar una vuelta por los alrededores. Pude
constatar que el coche del chalecillo no estaba, y que no había señales de vida
por los alrededores. Volví al hotel con la secreta esperanza de que antes de
salir por ahí, volvieran de nuevo hasta la casa. Así que estuve sentado en una
silla, mirando de vez en cuando a la casa, y continuando con las peripecias de
mi radiofónico policía. Acababa de recibir el primer aviso pre-cena de las
princesas, cuando al alzar la vista distraídamente por la ventana, vi que un
coche justo entraba a la casita objeto de mi vigilancia. ¡Eureka! Grité en mi
mente mientras arqueaba las cejas en alborozada expresión. Todavía tardaron un
rato y otro aviso pre cena en ponerse a tiro de mi teleobjetivo, pero antes de
que la luz hubiera perdido algo de intensidad pude hacer más de cincuenta fotos.
Me pareció que era Borjita, pero debería comprobarlo en un ordenador, ya que
podría verlo con mayor nitidez que en el visor de la cámara de fotos. En el
hotel me recomendaron un sitio en la villa (es como llaman los locales a
Villaviciosa), el café de Vicente, donde además de poder desayunar a gusto,
podía acceder a un ordenador. Así que con la misión casi cumplido, me bajé con
las dos princes al cercano puerto de Tazones donde estuvimos picoteando pulpo,
chopitos, pixín y demás delicias marinas hasta saciarnos.
Por la mañana, y mientras bajábamos al pueblo
a desayunar, propuse a las pricejefas ir parando en algunas otras playas, para
ir conociendo poco a poco la costa asturiana, y así ir acercándonos a casa, ya
que un fin de semana tan bueno, presagiaba grandes colas de regreso a casa. La
propuesta fue aceptada mientras se trajinaban unas tostadas con mantequilla y
mermelada de aproximadamente cinco centímetros de anchas y yo me desenvolvía
con maestría con unos hojaldres recién hechos, uno de carne con tomate, otro de
bonito con tomate y el último de anchoa. Se fueron a dar una vuelta mientras yo
comencé a enredar con el ordenador, y tal como ya presentí ayer, el
protagonista de las fotos era el mismísimo Borjita. Lo que no tenía pinta era
de estar contra su voluntad con la tal Carolina (Sí, con la que guasapeaba un
poquito subido de tono), sino más bien todo lo contrario y estar teniendo una
tórrida aventura. Así que tras pedir un papel y un bolígrafo, apunté los datos
más importantes, así como la exacta localización de la casa donde se
encontraban.
Tras hablar con el padre del chavalete,
mentiría si dijera que no se sintió, al menos al principio, algo aliviado al
conocer el exacto paradero de su hijo y que en el fondo no se trataba de
ninguna otra historia que no tuviera que ver con las hormonas. Me pidió que le
mandara por correo electrónico con la localización de la casa y los datos del
hotel en los que había pasado la noche (que le recomendé como bastante
aceptable). Me dijo que no le hacía falta que le pasase ningún informe por
escrito (¡Yupi!) y que tras la liquidación de los gastos, añadiera otros mil
euros en concepto de gratificación que me pagaría encantado (Más yupis y
supongo que Gómez estará contento cuando se entere de la resolución ya que será
de justicia compensarle con otro papeo).
Me hice con la prensa local y tras tomar un
pincho de tortilla de patatas (suave y compacta) y otro de cabrales, aparecieron
las dos princesas encantadas con la vuelta que se habían dado por el pueblo, y
al notar que estaba masticando, se hicieron con unos pastelillos de manzana,
más que nada para acompañarme según ellas. Tal y como llevábamos de llena la
panza, lo de buscar un sitio para comer, pasó a la última de las prioridades, y
tras discutir sobre la playa a la que podíamos ir, ganó la playa de la Espasa
en Isla, una parroquia perteneciente al concejo de Colunga, si, cerca de donde
grabaron el Doctor Mateo.
Otra playa espectacular, sobre todo en marea
baja y tras tomar algo a las cuatro de la tarde, las nenas me obligaron a parar
por la zona de Andrín, justo pasado Llanes, con el fin de enterarse de que eran
los bufones de la zona. No era una partida de tíos graciosos, sino de una
especie de surtidores naturales que sueltan chorros en plan geiser, pero los
días de mala mar, que no era el caso, ya, que hasta yo me hallaba ligeramente
encarnado tras pasar dos días seguidos cerca de la playa, ya que aunque en la
playa de la Espasa no tiene bosque detrás, si tiene un magnífico chiringuito
donde casi liquido a Villar, mientras las lagartijas recargaban las baterías
estiradas tumbadas frente al sol.
Eso sí, con la recarga de las baterías lo que
hicimos fue coger tarde el camino de vuelta a casa, lo que nos supuso coger la
caravana de vuelta a Bilbao en la autopista, con lo que el camino se nos alargó
tres cuartitos de hora más. Eso sí, comprobar la cara roja de felicidad que
tenía la peque al llegar a casa me llenó de íntima satisfacción, satisfacción
que se me borró de mis disco duro en cuanto comprobé que cuelgatú tenía la
misma cara roja de satisfacción que la peque, y la verdad es que no quise ni
imaginarme porqué (un fin de semana sola con floripondio, pero según ella y su
madre que la apoyó moralmente, por el aprovechamiento de la clase de golf , la
partida en el pitch an pat de Urgoiti y
el día pasado en la playa de Sopelana). En fin, con disimulada cara de
sufrimiento, en cuanto se despistaron las tres princecotorras, me metí en mi
querido e inigualable lecho de dos metros diez de largo, aunque antes estuve
hablando con Gómez, quien me contó que su amigo ya había estado con su hijo,
que mañana se volvían los dos a su casa de Las Arenas, y que su amigo estaba
encantado con mi eficacia, pero que le dijo que con una gratificación de mil
euros más los honorarios, le parecía suficiente. Le estuve vacilando un rato,
pero al final, la cordura llegó a su destino y quedamos el Viernes, para cenar
a mi cuenta, otra vez, en el Puerto Viejo de Algorta.
Tras el fin de semana reparador, y después de
acabar con mis tareas matutinas procedí a dar un repaso a los temas pendientes.
El primero era el cobro de la pasta que me
debe Gervasio. Lo mejor va a ser presentarme el Martes a las ocho y media en la
puerta de su oficina con un sobre donde le puedo sugerir que se encuentra el
informe del perro con la factura que le puedo enseñar a su mujer. No, mejor va
a ser ir por la tarde y saludarle cuando salga a pasear con su mujer, y justo después
llamarle por teléfono, por si quiere que se lo mande por mensajero, digamos a
partir de las nueve de la mañana, así que ya me he buscado un trabajillo para
hoy a la tarde. En el sobre llevaré una foto del perro en el hotel,
precisamente tengo una en la que aparece con la uruguaya que imprimo en el
ordenador, y aprovecho también para hacerle una factura en la que descuento el
anticipo. Vale, primera tarea ir al estanco a por un sobre.
Lo segundo que tengo que hacer, y me dedico a
ello con ahínco es la factura para el padre de Borjita, que me queda genial, ya
que me va a quedar un buen pico. Esto me lleva a la conclusión de que tengo que
pagar algo a la rubia, ya que quedamos en una base caso por caso, y en éste, su
aportación ha sido fundamental. Sin mucho dolor, aparto seiscientos euros para
gratificar su actuación en este caso, eso sí, como le comento por teléfono,
este ha sido algo especial, y no siempre será así. Me quedo con una vaga
sensación de que sólo oye lo de seiscientos euros y que quiere venir corriendo
a Aiboa. Le explico, que cobrará cuando cobre yo, y que aunque tiene muy buena
pinta “¡Ah!, no es como el capullo de Gervasio” reflexiona ella en voz alta,
puede que tardemos algo en cobrar (luego, no fue así, ya que me ingresó la
factura el mismo día que se la presenté, lo que es decir el Martes).
Sigo con el asunto del incendio, y ahí estoy
pendiente de los análisis de la UPV, que se esperan para esta semana, y de los
papeles de Ramiro, lo que me hace llamar al Juzgado para saber como están. Ahí,
me respondió al teléfono Caraqueño y me lió para una comida en el txoko de unos
amigos suyos “un choco que tienes que conocer, sí o sí”, tras asegurarme que
hablará con Ramiro y me llevará los papeles que tenga disponibles. Queda en
pasar a buscarme hacia la una y media.
Por último llamo a Mondri para que me
explique el follón en el que me quiere meter. No parece excesivamente
complicado y queda en mandarme un mensaje para juntarnos con la señora que
quiere que obtengamos muestras del bicho del vecino para que haga las pruebas
de ADN. Me indica que los honorarios que han acordado para mi, son de
seiscientos euros, y que en el fondo lo único que tengo que hacer es documentar
fehacientemente que las muestras que obtengo y que debo entregar en persona en
el laboratorio son las que obtenga de los fluidos vitales del susodicho can.
Que como obtengo las muestras, es mi problema, pero que no lo ve muy
complicado.
Así, rellenando mi agenda para el resto de la
semana se me ha pasado la mañanita, por lo que salgo a la avenida de los chopos
a esperar que el ínclito Caraqueño me pase a buscar, lo que hace con una cierta
puntualidad. Me pasa un sobre con papeles y se pone a comentar lo bien que está
el txoko al que me va a llevar.
Cuando llegamos a Olabeaga, justo al final,
por ningún lado parece que haya un local que tenga al menos la mitad de las
cosas que me ha contado. Nos acercamos a una puerta de una casa de dos pisos,
de apariencia antigua en su exterior, y cuando entramos en la casa, me quedé
impactado, y no porque Caraqueño no me hubiera avisado, sino porque me encontré
en un txoko que colmaría hasta el mejor de mis sueños. Espacioso, moderno pero
con un toque clásico, con una cocina en una isla, nevera disimulada a modo de
armario ¡llena de birras!, vino bueno, bar repleto de espirituosos, en fin el
sueño de cualquier comilón como yo.
El menú que nos ofrecieron tampoco estaba
mal, unas alubias rojas en su punto, preparadas por un pollo que me recordaba a
Toquero, del que tuve que cambiar mi opinión inicial de que era el típico
pollopera de txoko que se pone el mandil sólo para figurar, pero que lo más que
se acercan a la cocina es probar el condumio con cara de expertos y cuchara de
madera, ya que lo vi currar y servirme el papeo, incluso con devoción. A este
le habrán dicho que soy crítico gastronómico y por eso me cuida.
Me encantó además volver a ver al druida
bigotón, mi maestro en el arte de preparar cazuelos de Gin Tonic, quién se
encargó del segundo plato, un cordero que estaba de cine. Además, solucionó un
problema endémico de mi cocina, y es mi elaboración del cordero.
Yo siempre he hecho el cordero al horno, lo
que puede llevar de dos a tres horas, pero con unos resultados exquisitos. Yo,
que en el fondo y por proximidad fronteriza, tengo ligera alma de cocina
francesa. Más exactamente, el uso del vino blanco en los asados del horno, y
más concretamente el uso de vino blanco frío (verdejo habitualmente) en mi
cocción del cordero. Más o menos, cada veinte minutos, le hecho un chorrito de
vino blanco frío al cordero, para que el asado acabe lo más tierno posible. El
problema es que con la cocción del cordero se acaba cociendo el cocinero, ya
que o bien para probar la idónea temperatura del vino derramado en el cordero,
o simplemente por vicio del cocinero, cada chorrito que echo al cordero, me
meto un buen buche del dorado líquido. Mi record es de hacer diez kilos de
cordero en un choco que aderecé con un ajo, chorrito de aceite, pizca de sal, y
tres botellas de verdejo frío, compartidas en mayor o menor medida entre el
ovino y el cocinero (más bien en mayor medida el cocinero) lo que al final
supuso la caída al suelo de la bandeja del horno (al final el cordero se salvó
en su integridad), y una gran castaña del cocinero.
Pues bueno, el druida bigotón lo que hace
primero es rebozar levemente en harina los trozos de cordero y los fríe en una
sartén hasta dorarlos por fuera. Entonces, los introduce en una olla a presión,
con chorrito de vino blanco 8tiene también influencias francesas, como yo),
donde los deja unos veinte minutos, por lo que quedan prácticamente hechos. Los
reparte en una bandeja de horno y los mete unos quince minutos antes de que
haya que servirlos. Para saber cuando están hechos, se pinchan un poco, y al
final se gratinan, para que queden doraditos. La teoría la tengo, pero la
verdad es que estaba de bigotes, como su maestro cocinero.
De postre, pusieron unas bolitas rellenas de
nata fría unos, y de chocolate otro, además de un corte de helado. Ahí me
mosqueé un poco, ya que le dieron un corte más ancho a un tipo que llevaba la
misma camisa que yo, pero con gemelos. Tras el postre, el café servido por
Toquero y licores y combinados a placer, lo cual alargó la sobremesa entre
suaves y cálidas conversaciones con un nivel muy moderado de decibelios, aunque
hay que reconocer que el txoko de mis sueños está muy alejado de cualquier
vivienda habitada. O al menos es lo que parece. Todo resulto perfecto, incluso
cuando Gómez apareció al final regalando latas de conserva de pimientos, que he
de reconocer que estaban tan buenos, que quitando dos que los mezclé con una
tortilla, el resto me los zampé digitalmente, es decir, con los dedos.