lunes, 26 de noviembre de 2012

UN SÁBADO PASEANDO POR EL MONTE..... dentro de 50 años

Supongo que será algo distinto que ahora. No habrá luchas intestinas en la cuadrilla por llevar el térmico de Ketxua o de Nordfeis, ni por quién lleva el bocata más sabroso, ni si la mochila de la junta de accionistas de Ibertrola es mejor que la de la Aurora o sí tus bastones de treking son del super, del centro comercial, te los has pillado en una suscripción de la canallesca o de tienda montañera mega guay. De hecho, creo que ya ni hará falta pasar por el monte.

Sí, dentro de cincuenta años, y con la excusa de que la radiación ultravioleta ha crecido, meterán tal miedo en el cuerpo a coger un cáncer de piel, que sólo alguna tribu urbana marginal se "arriesgará" a hacer ejercicio al aire libre. De hecho, salir al aire libre, mejor dicho al sol, sólo se hará cuando no quede más remedio. Quitando a esos marginales, que se les llamará despectivamente morenitos, ellos se llamaran  los auténticos sanos, aunque en el fondo no serán más que unos vigoréxicos, el resto del personal, cada vez que tenga que salir a la calle lo hará con capuchas a lo fraile que les cubrirá por enteros. Es decir, que el porcentaje de gótikos revertirá.

Bien pensado, hay un error en el título, dentro de cincuenta años los sábados serán dia de labor. Esto va como un péndulo y estamos comenzando a bajar de uno de los extremos. Si no te lo crees, mira ahora a tú alrededor y comprobarás que lo de librar el Viernes a las tres, cada vez tiene menos predicamento entre los jefes, ya que están comenzando a quedarse hasta las cinco o seis, con la excusa de ir sacando papeles, aunque sea sólo para enredar en la web. En breve se unirán los pelotas, y en pocos años con la excusa de la crisis, todos. Ya cuando los Viernes volvamos todos al redil, empezarán con la misma monserga, pero los sábados. Los Domingos no creo que lo logren.

Siguiendo con el tema del monte, no hará falta darse un paseo en realidad. Lo único que quedará como vestigio de estos tiempos es que se quedará por el guasap. ¿y como pasearemos por el monte? Los que para esa época sigan siendo de posibles, lo podrán hacer en casa, para el resto del vulgo tendrán que alquilar una especie de cintas para correr en algún gimnasio o negociete montado a tal efecto.

Serán cintas que iran equipadas con una especie de casco que deberás de ponerte en la cabeza donde te proyectará un paseo virtual pero con una definición de 360 grados, lo más cercano a la realizad. También te pondrán unas pantuflas (si tienes un número de pie normal) donde te iran apareciendo las sensaciones de un terreno irregular. La cinta se acomodará a tu paso, y el desnivel de la misma será acompasada al paseo virtual que hayas elegido. Además, con la opción multigrupo podrás conectarte con tus amigos virtuales (ya por esas épocas no hara falta verse para tomar potes) y disfrutar del paseo en compañía. No hara falta hablar ya que la cinta tendrá un teclado y las frases aparecerán en tu visión virtual. Será tan realista que tendrás que acoplar tu paso al de tus colegas para que no te dejen atrás. De todas formas, si los simpáticos de tus amigos virtuales te deján atrás, siempre podrás usar las mayúsculas para que vean que les gritas.

Tendrá acoplado un ventilador para que tengas la sensación del viento en el cuerpo, y probablemente pagando un extra te meterán los aromas a pino, roble o manzano, ¡el árbol que elijas!, con trinos de pájaros autóctonos como el txa txan gorri, bueno, o el que quieras. ¡Incluso con un gasto extra, podrás ver como un cervatillo, tímido y asustadizo, cruza tu camino con un alegre trote! ¡Acojonante, creo que me estoy muriendo de envidia! Sin más, sin salir de casa un treking por la selva tropical esquivando los picotazos de serpientes venenosas mientras degustas el gorgoteo tropical de pajarillos o en el polo norte, pegando patadas en el culo a los pingüinos o huyendo a la carrera de feroces osos polares que sólo querrán comerte enterito.

La realidad será que el sol no será tan dañino, pero los medios de comunicación (es decir la web) estarán controlados por aquellos que detenten el poder (cada vez menos) que no tendrán mucha intención de compartirlo con el resto, y divulgarán los bulos que más les convengan para conseguir sus intereses.

En próximas publicaciones expondré mi visión de las futuras relaciones personales y laborales dentro de 50 años. El dicho de "big brother is watching you" pasará a ser el de "big brother is crushing you"



 

jueves, 22 de noviembre de 2012

LEIOAKO ERKULES X (the end)


CAPITULO X

 

Cuando me estaba acercando al Egoki, Gómez y Ganeko estaban ya saliendo de la tasca. La cara de ambos denotaba preocupación y lo primero que me dijeron fue que apagase el móvil, que si no, me iban a dar el coñazo ya que tanto en el juzgado como en la comisaría estaban muy nerviosos ya que el Hormaondo había llamado en persona a no se quien de interior y a no se cuantos de justicia exigiendo resultados, y todos, toditos todos, estaban bastante cariocos. Me encogí de hombros y justo al meterme en el coche le pregunté a Pototo si conocía a alguien que pudiera mirar si alguno de los petimetres de la lista que le pasaba estaban fichados. Le comenté que la lista era de las personas con acceso al cuarto de disolventes. Mientras Pototo pedía por radio la información y Starki conducía sin demasiada pasión, aproveché para llamar al colega de la compañía de seguros y pedirle una copia del informe del laboratorio de la UPV. Me confirmó que ya lo tenía y que me mandaba una copia al juzgado. Previendo la sokamuturra que se iba a organizar en la comisaría, le pedí que si por favor, nos la podía mandar por telefax a la comisaría, a nombre de Gómez. Accedió sin mayor problema. Haciendo caso de las instrucciones de mis doctos polizontes (en estos momentos me estaba acordando de Don Gato, y el policía que conocía que más se le parecía a Matute, era Gómez, pero en una rara intuición de prudencia, pensé que no era el momento más adecuado para soltarlo), apagué el teléfono, mientras Ganeko hacía lo propio con la radio del coche patrulla.

 

El jefe de la planta nos recibió más rápido que nunca y con una cara reflejo de la angustia que tenía en el cuerpo nos llevó hasta la zona donde habían encontrado el nuevo intento de chamuscar toda la fábrica. Era curioso ver como se había derretido el plástico alrededor de la boca del soplete, pero no había pasado más allá, supongo que al apagarse rápidamente la herramienta. Los polizontes se tomaron en serio su trabajo y llamaron a un pollo de la científica para que encontrara posibles huellas, pero ya les advertí que sólo encontrarían las de los soldadores, además de pensar, corroborado por el jefe de planta, que para soldar se suelen utilizar guantes. Se encogieron de hombros y mencionaron el procedimiento.

 

Mientras estábamos escuchando las penas al jefe de planta, apareció también bastante pálido uno de los chavales de la oficina, quien con cara de susto nos avisó para que fuéramos literalmente cagando melodías a la comisaría donde nos esperaba el remitente de la llamada, junto con el Juez, para que explicáramos que coño estábamos haciendo y que habíamos averiguado hasta la fecha, ya que en Lakua estaban esperando respuestas. El chaval se extendió en detalles, la verdad poco interesantes, sobre la ristra de improperios que el Jauntxo había soltado sobre los dos agentes. En un momento, y ya de bastante mala baba, Pototo le espetó que se iba a enterar si el jefe les había llamado todo eso, y que como hubiera algo de su propia cosecha, que volvía a por él. El tipo se quedó mudo y se dio media vuelta y se fue. Nosotros también encaminamos nuestros pasos hacia el coche, pero antes pasamos por nuestra taberna favorita, para dar tiempo al amigo de Ganeko a que recopilara si alguno de los que tienen acceso a la caseta de herramientas estaba fichado por algo.

 

Si hubiera conocido la ristra de improperios y gritos que nos esperaban a la llegada a la sala de reuniones, primero la bronca del Jauntxo y luego los aullidos de Caraqueños llamándonos bobos de los cojones a todos, me hubiera quedado en casa, pero un cristo de esos al menos me seguía haciendo escalar mis niveles de adrenalina. Y cuando acabaron los gritos apareció en escena como aparecido en el momento estelar de una película el cabezón de Detritus. Antes de que abriera la boca, el Jauntxo se levantó y lo sacó de la sala, acompañándole a algún otro lugar para que esperase, momento que aprovechó Pototo para escabullirse en busca de conocer si allí trabajaba algún fichado y Caraqueño empezó a partirse de risa, guiñándonos los ojos a mi y a Gómez, preguntando si nos había gustado su actuación.

 

El Jauntxo volvió con más cara de malaostia con la que se había ido. Al echar de menos a Ganeko empezó de nuevo a chillar preguntando a voces que “ donde se había metido el anormal aquel”. Justo en aquél momento entró el aludido con unos papeles en la mano y una sonrisilla en la boca que acabé comprendiendo que era de triunfó. Levantó la palma de la mano hacia su jefe en un gesto que quiso significar un poco de silencio y nos explicó con voz suave y lenta que había dos elementos fichados entre los que tenían acceso a la caseta con los disolventes. Que efectivamente, el informe de la UPV era concluyente y que había restos del disolvente comercial que se utilizaba en la fábrica. Que uno de los fichados, el jefe de planta había sido arrestado un par de veces en redadas de casas de putas (pena no haberlo sabido antes, así hubiera sido algo más amable), pero que no era el fichado interesante, y nos pasó una hoja a cada uno.

 

Reconocí la foto, era el carretillero que había descubierto el incendio. Estaba fichado por haber quemado una fábrica de muebles en Cáceres. Al parecer tenía un desorden mental que le hacía querer ser protagonista y no se le había ocurrido nada mejor que ser el que descubre los incendios. Esa chaladura tenía un nombre técnico, pero tan pronto como lo leí, se me olvidó.

 

Una sonora blasfemia y un puñetazo en la mesa me hizo mirar de nuevo al Jauntxo quién poniéndose su visera le soltó a Pototo que le acompañara, que iban a detener al hijo puta ese. Antes de que abandonaran la comisaria le oímos como le gritaba al Detritus que menos gastarse el dinero en abogados y más en castings para la selección de personal. Yo me encontraba divertido, con los pies puestos en la mesa de reuniones y los brazos extendidos, rematadas por los signos de la victoria en ambas manos, mientras Gómez se estaba descojonando y Caraqueño llamando a Ramiro para que trajera un poco de guait label para celebrar el fin del caso del cerillero carretillero. El despiporre siguió un buen rato, ya que Detritus llamó a su jefe, suponemos que Hormaondo, rogándole encarecidamente que despidiera a Smithers (así es como llamaban al jefe de personal) ya que el gilipollas de él había contratado a un pirómano. No se le ocurrió al chino enano otra cosa que llamar desde el pasillo, justo al lado de nuestra puerta entreabierta, con lo que le escuchamos todo, todito, todo. Ya calmadas las risas, apareció Ramiro con el guait label y unos hielitos con lo que pudimos brindar por el éxito de la detención. Le mandé un guasap a Pototo para que le diera recuerdos de la madam al Jefe de Planta, pero me mandó a tomar por culo. Al de un rato, me guasapeó para decirnos que el carretillero ante los primeros gritos del Jauntxo, había cantado como un canario. Volvimos a llenar los vasos mientras Juan me soltaba “ya sabía que tú, querido Peloto, ibas a utilizar muy bien a nuestras queridas y pequeñas amigas, las células grises” mientras se apoyaba el dedo índice de su mano derecha en la sien.

 

EPÍLOGO

 

Mis pasos resonaban de madrugada por la avenida de los Chopos, mientras bastante más sereno de lo normal para mí, me detuve frente al Egoki, que ya había cerrado. Justo encima, había una terracilla de un piso, que era el que había alquilado la Uruguaya para montar nuestra oficina. Era un piso pequeño, con dos habitaciones, la grande mi despacho, un baño y una cocina americana. Al parecer, lo que se había hecho era dividir el piso, ya que el armario que había, era más un pasillo, pero, en fin, el alquiler era muy razonable, y al final con lo que me iban a pagar por el informe del incendio, nos daba para pagar seis meses de alquiler, amueblarlo y comprar algunos aparatillos informáticos. Me gustó, sobre todo por la proximidad a una de mis tascas favoritas, y, bueno, también porque estaba cerca de casa. Como me lo enseñó por la tarde, e incluso firmamos el contrato justo después, le invité también a la cena en el Itxas Bide con Matute y el Juez, lo que no dejó de ser un craso error, ya que a mí, el paganini, no me hicieron ni puto caso, sólo tuvieron ojos para la rubia (lo que también es normal). Así que con la excusa de que el Sábado salía por primera vez al campo (en el primer hoyo, un par cuatro, hice el par lo que me dejó la falaz ilusión de que iba a ser bueno a eso. Me costó más de cien hoyos volver a hacer un par. El primer par cinco que hice, fue casi un año después de que me dieran el handicap) me escapé, ya que no estaba dispuesto a pagarles las copas también, para que no me dieran vela en su entierro. Y lo tenía que haber deducido desde las croquetas de chorizo en la Terraza. Eso, sí, la rubia acababa de ser nombrada relaciones públicas con la autoridad, aunque eso no lo iba a saber hasta la mañana del lunes. Me quedé mirando con ilusión la oficina, y meditando sobre cual sería el primer mueble a meter (me lo solucionó la princejefa al día siguiente, comprándome una estantería en Ikea y llenándola con mis más de trescientas novelas de detectives, por si me hacía falta documentación, me dijo con cierta sorna aunque en el fondo lo que quería era más espacio en el trastero). Al final, mira tu por donde, a lo chorra, chorra, me había convertido en el nuevo Sancho Bordaberri de Getxo.

 

THE END

 

Como siempre se dice, todos los hechos narrados son ficticios, pero en este caso, y aunque parezca mentira, lo único no inventado ha sido el incendio. No ocurrió en Lamiako, sino fuera de la Comunidad Autónoma, y los hechos se sucedieron en algo más de un mes. Cualquiera de las cinco o seis personas que lo conocimos, sabemos que fue así.

 

AGRADECIMIENTOS

 

Es muy complicado el intentar contar algo todas las semanas, y la única razón por la que al final lo logro, unas veces mejor, otras veces más mejor, es por los ánimos que da el tener un lector tan fiel como RASPUTILLA quién con sus comentarios, generalmente poco atinados, me da la moral necesaria para seguir. De verdad, que si no hay comentarios, esto se hace muy cuesta arriba. Lo malo, es que acabo de dar la clave para dejar de dar la chapa. También le estoy agradecido a GUASAPETE, aunque algo menos, ya que no nos está últimamente inundando con sus comentarios. ¿Habrá que volver a meter en escena al pérfido JVB, el matachuchos? Puede ser la respuesta. Tenía algunas esperanzas en que KAPIRATA y LABELA BRUNA hubieran participado algo más, pero en fin, que le vamos a hacer. Lo de SALIDETE parece más de un habitual que ha cambiado el nick para que la parienta no le pille que lo que le gusta es lo verde (Aunque eso ya lo sabe, me consta)

 

La media de entradas en el blog es de unas doscientas al mes, así que parece que me sigue alguno más. En el fondo, esto no trata de nada más que pasar un rato, y a ser posible, entretenido. Creo que a principios de año, comenzaré con nuevas andanzas de mi detective favorito en sus nuevas aventuras en “LA PINQUERTON DE GETXO” “we never slip”

domingo, 11 de noviembre de 2012

LEIOAKO ERKULES IX


CAPITULO IX

 

Queda claro que con el paso de los años cada vez aguantas menos las comilonas, y muchísimo menos si son en Lunes, ya que al día siguiente me levanté con el estómago como atorado, la cabeza un poco ida y una ligera sensación de malestar que tenía como una ligera intención de persistir por lo que quedaba de semana. Hay que añadir que los papeles que me trajo el Juez se habían quedado en su coche (realmente no recuerdo si el que me trajo fue él) y que tuve una ligera regañina por estar descuidando mis tareas domésticas por estar jugando a los detectives. El llegar ayer algo pedete me deja sin argumentos ni réplicas a esa falta de delicadeza sobre mi oficio, pero como soy bobo y en vez de sobreponerme con una aguda contestación recuerdo lo de los papeles y me quedo hundido sin respuesta, cuando lo más conveniente hubiera sido resistir en el diálogo. Así que como siempre que he realizado algún tipo de decente planificación, he de modificarla en menos de veinticuatro horas. Por lo tanto, decido no realizar ninguna, y tras acabar de pasar el plumero por mi casita, encamino mis pasos hacia el Juzgado para recuperar el sobre que me dejé en el coche de Juanito.

 

Así que piano, piano, llegué hasta el Juzgado donde Ramiro me estaba esperando con el sobre. Antes de salir y en uno de los bancos que hay fuera de las salas de vistas me senté para echar una primera ojeada a los papelotes. En eso, pasó por allí el jefe de la investigación, quien al verme me saludó afablemente y me preguntó si podía esperarle un cuarto de hora, que quería hablar conmigo. Con el paso de los años he aprendido que aunque no tengas nada que hacer, siempre hay que parecer que se está muy ocupado, así que a pesar de no tener ningún compromiso esa mañana le dije que vale, pero que tenía que cambiar entonces un par de cosas, a lo que me contestó que tampoco me llevaría mucho tiempo el estar un ratito con él, que incluso podíamos ir a una degustación cercana y charlar tomando un café. Así que quedé con él en la degustación.

 

Para hacer tiempo, me puse a revisar los papeles. Venían del Registro Mercantil y de la Aseguradora. Las cuentas del registro dejaban muy a las claras que la empresa de Lamiako tenía ligeros beneficios, pero que no estaba en situación apurada, incluso en los últimos años había realizado inversiones significativas, pero que tampoco habían endeudado a la empresa. En cuanto a la póliza de seguro, no se había producido movimiento alguno en los últimos dos años, el último había sido la inclusión del pabellón para almacenamiento (el quemado), e incluso comparando las cifras aseguradas con los valores del inmovilizado bruto, estaban algo escasas. Se podía concluir sin temor a equivocación que si el incendio venía provocado, desde luego la autoría no venía de aquellos que tuvieran intereses en la empresa.

 

Ese fue el principio de la conversación con el Jauntxo mientras tomábamos un cortadito. Le expresé mi total convencimiento de que el incendio era provocado, pero que necesitábamos el análisis de la UPV, así que para acelerar algo el asunto llamó al técnico de la compañía de seguros, quién le confirmó que todavía no estaba listo el informe, pero que le habían confirmado por teléfono la presencia de acelerantes en los análisis, eso sí, ni se acordaba de los nombres pero que le habían comentado que tenía toda la pinta de provenir de algún tipo de disolvente industrial. Dado que estaban despistados y con bastantes asuntos a los que prestar atención, me pidió que me diera una vuelta por la fábrica y que me enterara si utilizaban disolventes y quien podía tener acceso a los mismos, ya que le parecía bastante complicado que el causante viniera de fuera. Habían investigado si había líos laborales, pero parece que es de los pocos sitios en que en ese aspecto, curritos y patronos, están en buena sintonía.

 

Ya con una tarea en mis manos, me dirigí hacia la fábrica, pero viendo que dentro de poco era la hora del cafelito del Gerva, cogí el metro para pillarle en la degustación cercana a su oficina. Se quedó de piedra cuando me vio acercarme a la barra y creo que algo de acojono le entró cuando mascullé al de la degus que me pusiera un cortado templado, que tenía que había quedado para entregar un informe en las oficinas de la antigua panadería. Pagó y salió de la degustación con la cara pálida y evitando mirarme a los ojos. Llamé a la uru para que viniera a la tarde con otro sobre y con unas cuantas fotos de Canelo, sobre todo, algunas fotos en la que ella está jugueteando con el perro a la salida del hotel. Nos volveríamos a ver esta tarde mientras paseara con su mujercita a Canelo. Me da en la nariz que mucho más no iba a aguantar y que estábamos muy cercanos a cobrar lo que nos debe.

 

Llegué hasta la fábrica, casi justo a tiempo para despedirme del Orejotas y su cuadrilla que han acabado tras haber estado trabajando a destajo durante todo el fin de semana. Tras las frases de rigor pregunto por el jefe de la planta, a quién no le hace excesiva gracia el verme por ahí, pero como le digo que estoy por requerimiento expreso de la policía, no le queda más remedio que hacer de tripas corazón y atenderme como es debido. Como no quiero levantar ninguna sospecha, lo que le pido es que me enseñe la fábrica, con el proceso de fabricación, los equipos auxiliares y sobre todo las protecciones contra incendios. Al final acaba siendo un coñazo y lo único que retengo es un pequeño edificio, tipo garaje donde guardan las materias más inflamables, como los disolventes que utilizan para limpiar los moldes, alguna pintura, las soldadoras y algunos otros equipos para el mantenimiento. Allí es también donde están los cargadores de baterías y donde las guardan por la noche. Le pido que me facilite una lista de las personas autorizadas a entrar en la caseta, que no son otros que él, su ayudante, el jefe de mantenimiento, sus tres cuates y los cuatro carretilleros. Con esa información me marcho para casa a comer, ya que todavía me va a dar tiempo para echar una siesta antes de encontrarme de nuevo con la rubia, no sin antes pasar por el cajero, ya que el papi de Borjita ha sido fiel a su palabra, y le puedo pagar a la rubia sus emolumentos.

 

Me encuentro con la rubia en el Sheraton donde me estoy privando el segundo Gin Tonic, ya que en este lugar los hacen especiales. Animadito con el espirituoso quedo en perfecto estado para enfrentarme al Gerva. El plan no es de gran complicación, le esperamos en el parquecillo junto al Gobelas y cuando venga con la propia, con la mejor de nuestras sonrisas y con el sobre en la mano, le saludamos y le preguntamos a donde quiere que le mandemos el informe.

 

Pues algo tan sencillo, dio resultado y dos horas más tarde habíamos saldado la deuda en el comercio, amén de que nos tuvo que pagar otros dos gin tonics que me soplé y el agua con gas en vaso ancho con hielo y rodajita de limón que se pimpló la uruguaya. Íbamos a despedirnos cuando mi colega el abogado me citó para mañana a media mañana, valga la redundancia, pasáramos por la casa de la vieja para que nos presentara a la vieja y concretáramos el trabajo de recogida de ADN. Cuando le explique de que iba el encargo, la rubia me miró incrédula pero encogiéndose de hombros me vino a decir algo así como “si pagan”. Así que nos despedimos con la sensación de que ella tenía algo de prisa para gastar el dinerito que llevaba en el bolsillo, y yo decidí en volver andando por Zugazarte, en parte para despejarme, en parte por saludar a la reinona y ponerle al día de los cotilleos que yo conocía. Eso sí, esta vez en vez de cervezas, seguí con el gin tonic ya que siempre he oído que la mezcla de bebidas no es excesivamente buena. Opinión no compartida por la princejefa, ya que cuando llegué a casa algo tambaleante y beodo más que adoctrinarme sobre los peligros de la mezcla me sacudió un broncón por la ingesta algo desmedida y llegar otra vez a casa en el estado bíblico de “pasos inciertos” como predica una de las letras más cantadas en los coros dominicales.

 

Cuando al día siguiente salimos de la casa de la señora, acompañados por mi amigo el abogado, no podíamos disimular la cara de, iba a poner de sorpresa, pero la verdad es que no tengo palabras. Para reclamar que su vecino, el del perro promiscuo, abone los gastos de veterinario y de mantenimiento de los cinco cachorros con los que hinchó la tripa de la golfilla de su perrita, se va a gastar diez veces más dinero, ya que los análisis de ADN valen un pastón, pero “Señor Hurtado, no es cuestión de dinero, sino de quien tiene razón, y yo la llevo y  voy a llevar a los tribunales a ese individuo, que ni siquiera se ha dignado en contestar a mis requerimientos por escrito”. Ya en el portal, Mondri me dijo que lo que no había contestado, no era del todo cierto ya que tras la tercera carta se presentó en la puerta de literalmente “esa vieja loca” para mandarle a tomar por ahí.

 

Nuestro trabajo era muy sencillo y lo completamos en los dos días siguientes, por la tarde y sin mayores problemas. El mismo día de la visita seguimos discretamente el paseo vespertino de su vecino para indagar donde dejaba corretear a su fogoso cánido, que no era otro que el parquecillo por donde también trotaba Canelo. Además, el semental como era más bien menudo, quedaba liberado de la correa y era de trato confiado y amigable, así que no parecía que nuestra misión se fuera a complicar en exceso.

 

La tarde siguiente fuimos ya equipados para cumplir fielmente la misión encomendada. La uruguaya se provisionó con un guante quirúrgico al que untamos un poco de foagrás al que cuelgatú, a pesar de sus años, seguía muy aficionada, aunque las ingestas las estaba espaciando en el tiempo ya que agrandaban sus posaderas (según ella). Yo llevaba el móvil para utilizarlo como cámara de fotos y una bolsa de esas que se utilizan para congelados, donde íbamos a meter el guante de la ururguaya tras haber sido chupada por el perro.

 

Al dueño del perrillo le sorprendió ver que la rubia llevase un guante en la mano pero no se que milonga le contó que el hombre no le dio mayor importancia. Supongo que se cabreará en el juicio cuando se dé cuenta del engaño, pero ese ya no es nuestro problema, aunque puede que tengamos que testificar. Una vez chupado el guante, lo introdujimos en la bolsita de congelados (todo fotografiado en abundancia) y lo introdujimos en un sobre. Nos metimos en el coche y fuimos hasta el laboratorio de análisis donde dejamos al guarda de seguridad el sobre con las muestras biológicas de nuestro perrito. Ya sólo me quedaba hacer el informe de cómo habíamos recogido las muestras y se acabó todo nuestro trabajo, dos tardes y cincuenta mil pelas pa cada uno.

 

Luego me entraron dudas al entender que la recogida de muestras no había sido voluntariamente aceptada por el dueño, bueno, simplemente le habíamos engañado ¿Aceptará un juez estos datos si no han sido aceptados voluntariamente por el dueño? De vuelta a Santutxu para dejar a la rubia expuse mis dudas a Mondri quién lo solucionó con un “ya le he avisado de que es una posibilidad muy grande de que rechacen la prueba, pero la vieja no da su brazo a torcer”. Así que dejé a la niña en su barrio y huí con rapidez ya que no me apetecía mucho encontrarme con el poteo guasapero de ajota y sus secuaces, máxime cuando tenía que volver conduciendo a casa. En el coche, conversamos la uruguaya y yo sobre la conveniencia de buscar un local donde tener un despachete para poder empezar a dar a nuestro negocio una apariencia de respetabilidad. Le tuve que dejar claro que el negocio y el que tenía el título era yo, y que ella no dejaba de ser una colaboradora, pero que no era mala idea lo que me estaba proponiendo, siempre y cuando el despachete estuviera cerca de mi casa, a lo que no le quedó más remedio que asentir levemente con la cabeza ¡No te jode!¡Seguro que estaba pensando en montar la oficina en Santutxu! Ha quedado claro que el jefe y socio capitalista soy yo. Sólo me faltaba trabajar en Santutxu para que cada dos minutos apareciera algún secuaz con ganas de remojar el gaznate. Y yo que no tengo ninguna personalidad, iba a oponer muy poca resistencia, escaut que ya tiene muy controlado el enemigo.  

 

Llegué muy formal a casa, preparé unas suculentas tortillas con perejil para tod@s, comentamos las últimas novedades sobre Leonard y Sheldon, y nos fuimos todos a la cama muy prontito donde descansamos profundamente.

 

A la mañana siguiente, y cuando la princepeque se iba a la parada, volví a recibir una llamada de Gómez “Te pasamos a buscar. Tenemos que volver a la fábrica de Lamiako”. Le pedí por favor, que no viniera con la sirena a tope, y que esperaran a que el autobús de la peque se fuera, tomando un cafelito en el Egoki que iba a mi cuenta. Al parecer había aparecido entre los sacos de granza de plástico que utilizan como materia prima para hacer los vasos, un soldador encendido con la clarísima intención de acabar de quemar toda la planta, pero o lo habían descubierto a tiempo, o el soldador no fue más allá de fundir el grano de plástico. En fin, supongo que alguno estará empezando a ponerse muy nervioso.

domingo, 4 de noviembre de 2012

LEIOAKO ERKULES VIII


CAPÍTULO VIII

 

Por inercia y por seguir a unos coches que tenían pinta de ir a la playa, acabamos en una llamada Rodiles. Al final del día, acabó por ser una de mis playas favoritas, sino la más, ya que lo primero que me encantó fue la facilidad que había para aparcar, aunque como me comentó un habitual, en verano si no llegas antes de las doce, te puedes encontrar con problemas, además de unos grandes atascos. No sólo es increíble el pedazo de tamaño que tiene, las aguas abiertas y transparentes con olas, algo que nunca hemos conocido muy bien los que hemos pasado la infancia en las tranquilas aguas de la bahía de Górliz, el sitio entre toalla y toalla, sino que también es muy de agradecer el bosque de eucaliptos que hay entre la arena y la carretera, plagado de mesas de madera de picnic, donde me sorprendió que el personal dejara la pitanza sin vigilar mientras retozaba en la arena.

 

Así que después de media hora en la arena con las lagartijas, un agradable chombo y antes de que los rayos de sol mancillaran con sus rayos ultravioletas mi delicada piel para volverla encarnada, me cogí mi novela del hermano del presidente de la federación de fútbol y me dirigí al tupido bosque de eucaliptos para dedicarme a uno de mis pasatiempos favoritos. Eso sí, antes pasé por una caseta de madera donde me aprovisioné de un par de frías latas de pivo con unos aperitivillos salados, y aposentando mis finas nalgas en uno de los bancos de las numerosas mesas de picnic que proliferaban en el bosque, me introduje en la nebulosa atmósfera de los rincones costeros de las Rìas Baixas. Como queda claro, lo del hermano del presidente es una coña, que los habituales lectores de novela policiaca entenderán.

 

Tras una visita adicional a mi caseta favorita, con el fin de aprovisionarme de dorada y fría ambrosía, y casi dos horas de plácida lectura, apareció la princegargantúa reclamando pitanza para ella y para su madre, con lo que nos fuimos a una de las tascas que está justo en frente del plácido bosque donde nos agenciamos una serie de bocatas de queso con lomo, que dada la hora y el hambre acumuladas, trasegamos con absoluta impavidez ante los rugidos de la peña, que apelotonada frente al televisor, disfrutaba con las clasificatorias del nuevo héroe asturiano, el amigo Fernando.

 

Un par de horas después, y tras unos cuantos gruñidos advirtiéndolas de los peligros de la larga exposición al sol, logré persuadirlas que en realidad tenía que hacer trabajos de vigilancia y que podían seguir tomando el sol en el jardincillo del hotel, mientras yo me dedicaba a las labores de espionaje desde el último piso.

 

Se extrañaron un poco en el hotel cuando les comenté lo de la lechuza pechoplano, pero como tampoco estaba el hotel al completo, no me pusieron pegas a que montase un pequeño observatorio en el último piso. Antes aproveché para dar una vuelta por los alrededores. Pude constatar que el coche del chalecillo no estaba, y que no había señales de vida por los alrededores. Volví al hotel con la secreta esperanza de que antes de salir por ahí, volvieran de nuevo hasta la casa. Así que estuve sentado en una silla, mirando de vez en cuando a la casa, y continuando con las peripecias de mi radiofónico policía. Acababa de recibir el primer aviso pre-cena de las princesas, cuando al alzar la vista distraídamente por la ventana, vi que un coche justo entraba a la casita objeto de mi vigilancia. ¡Eureka! Grité en mi mente mientras arqueaba las cejas en alborozada expresión. Todavía tardaron un rato y otro aviso pre cena en ponerse a tiro de mi teleobjetivo, pero antes de que la luz hubiera perdido algo de intensidad pude hacer más de cincuenta fotos. Me pareció que era Borjita, pero debería comprobarlo en un ordenador, ya que podría verlo con mayor nitidez que en el visor de la cámara de fotos. En el hotel me recomendaron un sitio en la villa (es como llaman los locales a Villaviciosa), el café de Vicente, donde además de poder desayunar a gusto, podía acceder a un ordenador. Así que con la misión casi cumplido, me bajé con las dos princes al cercano puerto de Tazones donde estuvimos picoteando pulpo, chopitos, pixín y demás delicias marinas hasta saciarnos.

 

Por la mañana, y mientras bajábamos al pueblo a desayunar, propuse a las pricejefas ir parando en algunas otras playas, para ir conociendo poco a poco la costa asturiana, y así ir acercándonos a casa, ya que un fin de semana tan bueno, presagiaba grandes colas de regreso a casa. La propuesta fue aceptada mientras se trajinaban unas tostadas con mantequilla y mermelada de aproximadamente cinco centímetros de anchas y yo me desenvolvía con maestría con unos hojaldres recién hechos, uno de carne con tomate, otro de bonito con tomate y el último de anchoa. Se fueron a dar una vuelta mientras yo comencé a enredar con el ordenador, y tal como ya presentí ayer, el protagonista de las fotos era el mismísimo Borjita. Lo que no tenía pinta era de estar contra su voluntad con la tal Carolina (Sí, con la que guasapeaba un poquito subido de tono), sino más bien todo lo contrario y estar teniendo una tórrida aventura. Así que tras pedir un papel y un bolígrafo, apunté los datos más importantes, así como la exacta localización de la casa donde se encontraban.

 

Tras hablar con el padre del chavalete, mentiría si dijera que no se sintió, al menos al principio, algo aliviado al conocer el exacto paradero de su hijo y que en el fondo no se trataba de ninguna otra historia que no tuviera que ver con las hormonas. Me pidió que le mandara por correo electrónico con la localización de la casa y los datos del hotel en los que había pasado la noche (que le recomendé como bastante aceptable). Me dijo que no le hacía falta que le pasase ningún informe por escrito (¡Yupi!) y que tras la liquidación de los gastos, añadiera otros mil euros en concepto de gratificación que me pagaría encantado (Más yupis y supongo que Gómez estará contento cuando se entere de la resolución ya que será de justicia compensarle con otro papeo).

 

Me hice con la prensa local y tras tomar un pincho de tortilla de patatas (suave y compacta) y otro de cabrales, aparecieron las dos princesas encantadas con la vuelta que se habían dado por el pueblo, y al notar que estaba masticando, se hicieron con unos pastelillos de manzana, más que nada para acompañarme según ellas. Tal y como llevábamos de llena la panza, lo de buscar un sitio para comer, pasó a la última de las prioridades, y tras discutir sobre la playa a la que podíamos ir, ganó la playa de la Espasa en Isla, una parroquia perteneciente al concejo de Colunga, si, cerca de donde grabaron el Doctor Mateo.

 

Otra playa espectacular, sobre todo en marea baja y tras tomar algo a las cuatro de la tarde, las nenas me obligaron a parar por la zona de Andrín, justo pasado Llanes, con el fin de enterarse de que eran los bufones de la zona. No era una partida de tíos graciosos, sino de una especie de surtidores naturales que sueltan chorros en plan geiser, pero los días de mala mar, que no era el caso, ya, que hasta yo me hallaba ligeramente encarnado tras pasar dos días seguidos cerca de la playa, ya que aunque en la playa de la Espasa no tiene bosque detrás, si tiene un magnífico chiringuito donde casi liquido a Villar, mientras las lagartijas recargaban las baterías estiradas tumbadas frente al sol.

 

Eso sí, con la recarga de las baterías lo que hicimos fue coger tarde el camino de vuelta a casa, lo que nos supuso coger la caravana de vuelta a Bilbao en la autopista, con lo que el camino se nos alargó tres cuartitos de hora más. Eso sí, comprobar la cara roja de felicidad que tenía la peque al llegar a casa me llenó de íntima satisfacción, satisfacción que se me borró de mis disco duro en cuanto comprobé que cuelgatú tenía la misma cara roja de satisfacción que la peque, y la verdad es que no quise ni imaginarme porqué (un fin de semana sola con floripondio, pero según ella y su madre que la apoyó moralmente, por el aprovechamiento de la clase de golf , la partida en el pitch an pat  de Urgoiti y el día pasado en la playa de Sopelana). En fin, con disimulada cara de sufrimiento, en cuanto se despistaron las tres princecotorras, me metí en mi querido e inigualable lecho de dos metros diez de largo, aunque antes estuve hablando con Gómez, quien me contó que su amigo ya había estado con su hijo, que mañana se volvían los dos a su casa de Las Arenas, y que su amigo estaba encantado con mi eficacia, pero que le dijo que con una gratificación de mil euros más los honorarios, le parecía suficiente. Le estuve vacilando un rato, pero al final, la cordura llegó a su destino y quedamos el Viernes, para cenar a mi cuenta, otra vez, en el Puerto Viejo de Algorta.

 

Tras el fin de semana reparador, y después de acabar con mis tareas matutinas procedí a dar un repaso a los temas pendientes.

 

El primero era el cobro de la pasta que me debe Gervasio. Lo mejor va a ser presentarme el Martes a las ocho y media en la puerta de su oficina con un sobre donde le puedo sugerir que se encuentra el informe del perro con la factura que le puedo enseñar a su mujer. No, mejor va a ser ir por la tarde y saludarle cuando salga a pasear con su mujer, y justo después llamarle por teléfono, por si quiere que se lo mande por mensajero, digamos a partir de las nueve de la mañana, así que ya me he buscado un trabajillo para hoy a la tarde. En el sobre llevaré una foto del perro en el hotel, precisamente tengo una en la que aparece con la uruguaya que imprimo en el ordenador, y aprovecho también para hacerle una factura en la que descuento el anticipo. Vale, primera tarea ir al estanco a por un sobre.

 

Lo segundo que tengo que hacer, y me dedico a ello con ahínco es la factura para el padre de Borjita, que me queda genial, ya que me va a quedar un buen pico. Esto me lleva a la conclusión de que tengo que pagar algo a la rubia, ya que quedamos en una base caso por caso, y en éste, su aportación ha sido fundamental. Sin mucho dolor, aparto seiscientos euros para gratificar su actuación en este caso, eso sí, como le comento por teléfono, este ha sido algo especial, y no siempre será así. Me quedo con una vaga sensación de que sólo oye lo de seiscientos euros y que quiere venir corriendo a Aiboa. Le explico, que cobrará cuando cobre yo, y que aunque tiene muy buena pinta “¡Ah!, no es como el capullo de Gervasio” reflexiona ella en voz alta, puede que tardemos algo en cobrar (luego, no fue así, ya que me ingresó la factura el mismo día que se la presenté, lo que es decir el Martes).

 

Sigo con el asunto del incendio, y ahí estoy pendiente de los análisis de la UPV, que se esperan para esta semana, y de los papeles de Ramiro, lo que me hace llamar al Juzgado para saber como están. Ahí, me respondió al teléfono Caraqueño y me lió para una comida en el txoko de unos amigos suyos “un choco que tienes que conocer, sí o sí”, tras asegurarme que hablará con Ramiro y me llevará los papeles que tenga disponibles. Queda en pasar a buscarme hacia la una y media.

 

Por último llamo a Mondri para que me explique el follón en el que me quiere meter. No parece excesivamente complicado y queda en mandarme un mensaje para juntarnos con la señora que quiere que obtengamos muestras del bicho del vecino para que haga las pruebas de ADN. Me indica que los honorarios que han acordado para mi, son de seiscientos euros, y que en el fondo lo único que tengo que hacer es documentar fehacientemente que las muestras que obtengo y que debo entregar en persona en el laboratorio son las que obtenga de los fluidos vitales del susodicho can. Que como obtengo las muestras, es mi problema, pero que no lo ve muy complicado.

 

Así, rellenando mi agenda para el resto de la semana se me ha pasado la mañanita, por lo que salgo a la avenida de los chopos a esperar que el ínclito Caraqueño me pase a buscar, lo que hace con una cierta puntualidad. Me pasa un sobre con papeles y se pone a comentar lo bien que está el txoko al que me va a llevar.

 

Cuando llegamos a Olabeaga, justo al final, por ningún lado parece que haya un local que tenga al menos la mitad de las cosas que me ha contado. Nos acercamos a una puerta de una casa de dos pisos, de apariencia antigua en su exterior, y cuando entramos en la casa, me quedé impactado, y no porque Caraqueño no me hubiera avisado, sino porque me encontré en un txoko que colmaría hasta el mejor de mis sueños. Espacioso, moderno pero con un toque clásico, con una cocina en una isla, nevera disimulada a modo de armario ¡llena de birras!, vino bueno, bar repleto de espirituosos, en fin el sueño de cualquier comilón como yo.

 

El menú que nos ofrecieron tampoco estaba mal, unas alubias rojas en su punto, preparadas por un pollo que me recordaba a Toquero, del que tuve que cambiar mi opinión inicial de que era el típico pollopera de txoko que se pone el mandil sólo para figurar, pero que lo más que se acercan a la cocina es probar el condumio con cara de expertos y cuchara de madera, ya que lo vi currar y servirme el papeo, incluso con devoción. A este le habrán dicho que soy crítico gastronómico y por eso me cuida.

 

Me encantó además volver a ver al druida bigotón, mi maestro en el arte de preparar cazuelos de Gin Tonic, quién se encargó del segundo plato, un cordero que estaba de cine. Además, solucionó un problema endémico de mi cocina, y es mi elaboración del cordero.

 

Yo siempre he hecho el cordero al horno, lo que puede llevar de dos a tres horas, pero con unos resultados exquisitos. Yo, que en el fondo y por proximidad fronteriza, tengo ligera alma de cocina francesa. Más exactamente, el uso del vino blanco en los asados del horno, y más concretamente el uso de vino blanco frío (verdejo habitualmente) en mi cocción del cordero. Más o menos, cada veinte minutos, le hecho un chorrito de vino blanco frío al cordero, para que el asado acabe lo más tierno posible. El problema es que con la cocción del cordero se acaba cociendo el cocinero, ya que o bien para probar la idónea temperatura del vino derramado en el cordero, o simplemente por vicio del cocinero, cada chorrito que echo al cordero, me meto un buen buche del dorado líquido. Mi record es de hacer diez kilos de cordero en un choco que aderecé con un ajo, chorrito de aceite, pizca de sal, y tres botellas de verdejo frío, compartidas en mayor o menor medida entre el ovino y el cocinero (más bien en mayor medida el cocinero) lo que al final supuso la caída al suelo de la bandeja del horno (al final el cordero se salvó en su integridad), y una gran castaña del cocinero.

 

Pues bueno, el druida bigotón lo que hace primero es rebozar levemente en harina los trozos de cordero y los fríe en una sartén hasta dorarlos por fuera. Entonces, los introduce en una olla a presión, con chorrito de vino blanco 8tiene también influencias francesas, como yo), donde los deja unos veinte minutos, por lo que quedan prácticamente hechos. Los reparte en una bandeja de horno y los mete unos quince minutos antes de que haya que servirlos. Para saber cuando están hechos, se pinchan un poco, y al final se gratinan, para que queden doraditos. La teoría la tengo, pero la verdad es que estaba de bigotes, como su maestro cocinero.

 

De postre, pusieron unas bolitas rellenas de nata fría unos, y de chocolate otro, además de un corte de helado. Ahí me mosqueé un poco, ya que le dieron un corte más ancho a un tipo que llevaba la misma camisa que yo, pero con gemelos. Tras el postre, el café servido por Toquero y licores y combinados a placer, lo cual alargó la sobremesa entre suaves y cálidas conversaciones con un nivel muy moderado de decibelios, aunque hay que reconocer que el txoko de mis sueños está muy alejado de cualquier vivienda habitada. O al menos es lo que parece. Todo resulto perfecto, incluso cuando Gómez apareció al final regalando latas de conserva de pimientos, que he de reconocer que estaban tan buenos, que quitando dos que los mezclé con una tortilla, el resto me los zampé digitalmente, es decir, con los dedos.