El cazador de Potes
Comenzaba a clarear en aquella
fresca mañana primaveral, cuando José a lomos de su caballo llegó hasta la
fuente del cruce. Dejó a su caballo abrevar y esperó que se acercase su hijo,
también llamado José. Tenía trece años, y aquella mañana estaba encantado de
acompañar a su padre en su incursión por las tierras de los Mendoza. Montaba el
chaval un caballo pintoal que también dejo saciar su sed en la fuente. Este,
quizás en señal de ancestral respeto hacia los mayores espero a que saciara la
sed primero su camarada, metiendo luego él la cabeza en el pequeño abrevadero
que había junto a la fuente para alivio y refresco de las monturas. José padre
esperaba con los pies todavía en el suelo a que el noble bruto de su hijo
terminara. Ahí le preguntó por donde debían de seguir el camino,
Éste sonrió por la confianza que
pensaba le daba su progenitor y recordando sus enseñanzas se acercó hasta uno
de los bordes del camino y arrancó un puñado de hierba. Antes de que hiciera
nada, su padre le reprendió levemente, aconsejándole que nunca soltara las
bridas de su montura, por precaución más que otra cosa, ya que cerca del bosque
un imprevisto que pueda asustarla no era tan extraño y regresar al pueblo habiendo
perdido el caballo, siempre era motivo de chanza que podía durar muchos meses.
Se quedó algo cabizbajo el mozalbete pero una caricia de su padre en el pelo le
devolvió de nuevo la confianza. Arrojó el puñado al aire que acabó siendo
llevado por la brisa matutina hacia la izquierda del chaval. Este señaló en
dirección a la derecha y le dijo con absoluta seguridad, “ese es el camino que
debemos de seguir, padre”.
José sonrió y subió a su montura,
imitado por su hijo. Y mandando con una suave presión de sus piernas, se
metieron por el bosque que bordeaba el camino. Recorrieron a trote ligero, sin
hacer mucho ruido aproximadamente durante una hora. José llevaba colgada en su
espalda su escopeta de caza, con el cañón mirando para arriba, señal de que ya
estaba cargada, por si fuera necesario bajarse rápido del caballo y realizar un
disparo rápido. Su escopeta de avancarga no era especialmente complicada de
recargar, pero eso siempre llevaba algo de tiempo. Cerca de donde se abría un
claro, el jinete paró a su caballo y lo hizo andar paso a paso, hasta que se
asomaron al claro. Ahí le hizo una seña a su hijo y ambos descabalgaron.
José dejó las bridas de su
caballo a su hijo y salió al claro del bosque. El hijo se quedó en el linde,
dejando que los dos caballos pastasen mansamente. El cazador avanzó confiado ya
que su hijo se quedaba al cuidado de los caballos para evitar que alguna
alimaña los asustase. Armado con un cuchillo y un palo largo y grueso con forma
de cachiporra, sabía que era suficiente para ahuyentar a cualquier animal que
se acercara con malas intenciones, además de la opción de huir a caballo. Siempre había
sido una buena táctica no dar de comer a los caballos antes de salir a cazar,
ya que mientras se acechaba la presa, éstos se quedaban triscando mansamente en
cualquiera de los verdes prados con abundantes pastos del valle de Liébana.
El cazador siguió andando a
través del bosque de robles en dirección contraria a la que soplaba el viento
para no ser detectado por sus futuras presas. Iba despacio, sin hacer ruido,
hasta que llegó a un gran tronco caído tras el que se ocultó. En una de las
ramas, apoyó discretamente su escopeta y se quedó observando por el punto de
mira, un pequeño vado de un arroyo, donde sabía que venían los ciervos por la
mañana a abrevar. En esa postura, en el más absoluto de los silencios y con la
seguridad que le daba el saber que no iba a ser detectado por el olor se quedó
esperando.
Al poco tiempo, entre las hojas
de los árboles asomó la cabeza de un ciervo. Pareció que miraba para todos los
lados, como si comprobara que no hay peligro. Las ropas ocres de José se
camuflaban perfectamente con el marrón oscuro del árbol caído, incluso
pareciendo el cañón de la escopeta la punta de una rama. Y José sabía que los
animales se guían más por su olfato, que por su vista, así que no estaba
preocupado. El ciervo salió de la espesura del bosque, una hembra, y justo a su
lado dando saltitos cortos apareció un pequeño cervatillo.
La emoción se apoderó del hombre.
Justo ayer por la tarde, Guillermo de Mendoza, propietario de las tierras de
Liébana, y dueño de una casona en Potes, le había pedido que matara alguna
pieza tierna, ya que tenía de invitado a Jesús, el violinista, un afamado
profesor, natural de Potes, pero afincado en Madrid, donde tenía un gran
prestigio y daba clases en el conservatorio. Llegaba en una semana, el tiempo
justo para dejar la carne a la intemperie para que alcanzara el punto justo de
reblandecimiento. Siguió totalmente inmóvil a pesar de la emoción que lo
embargaba y sabiendo que de ser la pieza del gusto de Mendoza, le dejarían
escuchar alguna de las interpretaciones con la que el músico regalaría a sus
anfitriones.
La distancia la tenía
perfectamente calculada. Había metido la cantidad de pólvora necesaria para que
la bala de plomo, grande como una canica, atravesara el aire, hasta encontrarse
con el blanco, generalmente la cabeza del ciervo, y lo derribase sin atisbo de
compasión alguna. De haber sabido que iba a ir a por un cervatillo, hubiera
usado una bala de plomo más pequeña. La hembra miró vigilante, esperando que su
cría terminara de abrevar para acercarse ella. El cervatillo quedó de pie junto
a su madre, quieto y fue cuando José apuntó a la cabeza del animal. Tuvo la
cabeza en la punta de su mira y tomando como referencia el lomo de la madre
subió un centímetro la mira adecuando la puntería a la distancia. El cervatillo
seguía quieto y decidió aprovechar su oportunidad. Si fallaba el tiro, podía
volver a Potes con las manos vacías. No vaciló y apretó el gatillo.
La cabeza de la cría reventó
mientras la madre daba un salto, pero sorprendentemente no huyó. Le sorprendió
a José, que cuchillo en mano se irguió detrás del tronco y cuidadosamente se
acercó a los animales. Un grito desgarrador atravesó el bosque, como si fuera
un macho en plena berrea. Era la madre que acababa de darse cuenta de la
pérdida de su cría. José seguía sorprendido de que no huyera. Tampoco se
abalanzó sobre él. A pocos metros descubrió la razón. Tenía una pata destrozada
y ante la imposibilidad de huir se estaba poniendo entre su cría y el cazador
en un último intento desesperado por evitar que éste se cobrara su presa. José
nunca se había encontrado en una situación como esa, pero tampoco pareció
preocuparle mucho. Depositó con suavidad la escopeta en el suelo y sacó su
cuchillo de la funda. Fue de cara hace el ciervo que le lanzó un derrote con la
cabeza. Con un movimiento ágil se puso detrás de la cabeza del ciervo y
agarrándole de la quijada con una mano, con la otra le hundió el cuchillo en el
cuello, degollándolo con suma facilidad. La hembra mugió con fiereza, José la
soltó, aguantó erguida unos pocos segundos y cayó al suelo mientras se le
escapa la vida por el cuello.
A lo lejos se oía el ruido de
cascos que poco a poco se iban acercando. Por pura precaución volvió a cargar
su escopeta, un pulgar de pólvora, un trozo de papel, la redonda bala de plomo
y otro trozo de papel. Emiliano, el guardés de los Mendoza, le había hablado de
unos rifles en los que se podían meter cinco cartuchos seguidos. De hecho, Guillermo
le había enseñado un cartucho, con la vaina metálica y le había comentado que
había encargado uno a un armero de Eibar, que lo probarían cuando se lo diesen,
ya que no conocía a nadie con más puntería que él. Antes de que llegase su hijo
con los cabellos, procedió a rajar el vientre de uno de los animales para
vaciarle de vísceras.
Su hijo llegó, ató los caballos
al tronco de un árbol y se acercó hasta su padre. Ya había vaciado de vísceras
al animal y había seccionado la cabeza para poder transportarlo con más comodidad.
Con un gesto con la cabeza, indicó a su hijo que hiciera lo propio con la cría.
Rápidamente se abalanzó sobre ella con el cuchillo en mano y empezó a hacer lo
que ya había visto hacer varias veces a su padre. Tras cargar el ciervo en la
grupa, observó como trabajaba su hijo. No lo estaba haciendo mal, pero justo al
final se hirió levemente con el cuchillo en la mano. Ladeó la cabeza con una
media sonrisa y con un ademán le señaló el agua del arroyo para que se limpiara
la herida mientras el terminaba con la cría y la cargaba en la grupa del pinto.
Se le acercó, le tomó la mano y le ayudo a limpiársela. Era un corte no muy
profundo, pero que había que tratarlo con cuidado. Cuando llegasen al pueblo
habría que volver a limpiarle la herida y tratarla con algún ungüento. Sacó un
pañuelo limpio y le tapó la herida para que no le lastimase mucho el agarrar
las riendas. Terminada la preparación de las piezas, ambos montaron y
comenzaron a alejarse del lugar.
Llevaban un trecho recorrido
cuando un ruido como si estuvieran escaldando un gato resonó por todo el
bosque. Pararon los caballos y tras el grito se escuchó el rumor de una
discusión. Parecía que venía del vado. José dio la vuelta a su caballo y se
dirigió hasta allí, indicándole a su hijo que fuera tras él guardando una
prudente distancia. Cuando salió de la espesura hasta el claro junto al vado,
no dio crédito a lo que vieron sus ojos.
Eran tres individuos de baja
estatura, vestidos con una especie de toscas sotanas de color tierra, rematadas
por un gorro que los tres llevaban puesto. Una raída cuerda a la cintura
ayudaba a sujetar la pobre vestimenta, Uno volteaba una especie de gato por
encima de su cabeza que soltó en cuanto vio llegar al jinete, mientras los
otros dos estaban separando las vísceras de los animales para llevarlas hasta
un pequeño fuego. También se detuvieron cuando sintieron la presencia del cazador.
Uno de ellos dio dos pasos al frente, mientras los otros dos se quedaban detrás
del que parecía el líder. Este levantó su cabeza hacia donde estaba José. Sus
ojos estaban vacíos, era un hombre ciego. Agachó la cabeza en señal de sumisión
y extendiendo la mano le dio a entender que le devolvían las vísceras. José se
dio cuenta que eran frailucos. Vivían en una casona en ruinas a los pies de los
picos de Europa y destilaban una especie de alcohol de las raspas y pieles de
las ácidas uvas del valle. Se decía que aquel alcohol lo bebían y que acababan
quedando ciegos, lo que después de ver al jefe de la partida, empezó a
considerar como cierto. Pero también sabía que tenía otras utilidades aquel
alcohol destilado.
“¡Ahh!” gritó José hijo mientras
su padre derramaba sobre la herida en la mano parte de aquel líquido que le había proporcionado el
frailuco a cambio de las vísceras. Le miraba furioso mientras su padre sonreía.
Sabía que aquel corte que se había hecho con el cuchillo no se infectaría jamás.