viernes, 31 de enero de 2014

El cazador de Potes

El cazador de Potes

Comenzaba a clarear en aquella fresca mañana primaveral, cuando José a lomos de su caballo llegó hasta la fuente del cruce. Dejó a su caballo abrevar y esperó que se acercase su hijo, también llamado José. Tenía trece años, y aquella mañana estaba encantado de acompañar a su padre en su incursión por las tierras de los Mendoza. Montaba el chaval un caballo pintoal que también dejo saciar su sed en la fuente. Este, quizás en señal de ancestral respeto hacia los mayores espero a que saciara la sed primero su camarada, metiendo luego él la cabeza en el pequeño abrevadero que había junto a la fuente para alivio y refresco de las monturas. José padre esperaba con los pies todavía en el suelo a que el noble bruto de su hijo terminara. Ahí le preguntó por donde debían de seguir el camino,

Éste sonrió por la confianza que pensaba le daba su progenitor y recordando sus enseñanzas se acercó hasta uno de los bordes del camino y arrancó un puñado de hierba. Antes de que hiciera nada, su padre le reprendió levemente, aconsejándole que nunca soltara las bridas de su montura, por precaución más que otra cosa, ya que cerca del bosque un imprevisto que pueda asustarla no era tan extraño y regresar al pueblo habiendo perdido el caballo, siempre era motivo de chanza que podía durar muchos meses. Se quedó algo cabizbajo el mozalbete pero una caricia de su padre en el pelo le devolvió de nuevo la confianza. Arrojó el puñado al aire que acabó siendo llevado por la brisa matutina hacia la izquierda del chaval. Este señaló en dirección a la derecha y le dijo con absoluta seguridad, “ese es el camino que debemos de seguir, padre”.

José sonrió y subió a su montura, imitado por su hijo. Y mandando con una suave presión de sus piernas, se metieron por el bosque que bordeaba el camino. Recorrieron a trote ligero, sin hacer mucho ruido aproximadamente durante una hora. José llevaba colgada en su espalda su escopeta de caza, con el cañón mirando para arriba, señal de que ya estaba cargada, por si fuera necesario bajarse rápido del caballo y realizar un disparo rápido. Su escopeta de avancarga no era especialmente complicada de recargar, pero eso siempre llevaba algo de tiempo. Cerca de donde se abría un claro, el jinete paró a su caballo y lo hizo andar paso a paso, hasta que se asomaron al claro. Ahí le hizo una seña a su hijo y ambos descabalgaron.
José dejó las bridas de su caballo a su hijo y salió al claro del bosque. El hijo se quedó en el linde, dejando que los dos caballos pastasen mansamente. El cazador avanzó confiado ya que su hijo se quedaba al cuidado de los caballos para evitar que alguna alimaña los asustase. Armado con un cuchillo y un palo largo y grueso con forma de cachiporra, sabía que era suficiente para ahuyentar a cualquier animal que se acercara con malas intenciones, además de  la opción de huir a caballo. Siempre había sido una buena táctica no dar de comer a los caballos antes de salir a cazar, ya que mientras se acechaba la presa, éstos se quedaban triscando mansamente en cualquiera de los verdes prados con abundantes pastos del valle de Liébana.

El cazador siguió andando a través del bosque de robles en dirección contraria a la que soplaba el viento para no ser detectado por sus futuras presas. Iba despacio, sin hacer ruido, hasta que llegó a un gran tronco caído tras el que se ocultó. En una de las ramas, apoyó discretamente su escopeta y se quedó observando por el punto de mira, un pequeño vado de un arroyo, donde sabía que venían los ciervos por la mañana a abrevar. En esa postura, en el más absoluto de los silencios y con la seguridad que le daba el saber que no iba a ser detectado por el olor se quedó esperando.

Al poco tiempo, entre las hojas de los árboles asomó la cabeza de un ciervo. Pareció que miraba para todos los lados, como si comprobara que no hay peligro. Las ropas ocres de José se camuflaban perfectamente con el marrón oscuro del árbol caído, incluso pareciendo el cañón de la escopeta la punta de una rama. Y José sabía que los animales se guían más por su olfato, que por su vista, así que no estaba preocupado. El ciervo salió de la espesura del bosque, una hembra, y justo a su lado dando saltitos cortos apareció un pequeño cervatillo.

La emoción se apoderó del hombre. Justo ayer por la tarde, Guillermo de Mendoza, propietario de las tierras de Liébana, y dueño de una casona en Potes, le había pedido que matara alguna pieza tierna, ya que tenía de invitado a Jesús, el violinista, un afamado profesor, natural de Potes, pero afincado en Madrid, donde tenía un gran prestigio y daba clases en el conservatorio. Llegaba en una semana, el tiempo justo para dejar la carne a la intemperie para que alcanzara el punto justo de reblandecimiento. Siguió totalmente inmóvil a pesar de la emoción que lo embargaba y sabiendo que de ser la pieza del gusto de Mendoza, le dejarían escuchar alguna de las interpretaciones con la que el músico regalaría a sus anfitriones.

La distancia la tenía perfectamente calculada. Había metido la cantidad de pólvora necesaria para que la bala de plomo, grande como una canica, atravesara el aire, hasta encontrarse con el blanco, generalmente la cabeza del ciervo, y lo derribase sin atisbo de compasión alguna. De haber sabido que iba a ir a por un cervatillo, hubiera usado una bala de plomo más pequeña. La hembra miró vigilante, esperando que su cría terminara de abrevar para acercarse ella. El cervatillo quedó de pie junto a su madre, quieto y fue cuando José apuntó a la cabeza del animal. Tuvo la cabeza en la punta de su mira y tomando como referencia el lomo de la madre subió un centímetro la mira adecuando la puntería a la distancia. El cervatillo seguía quieto y decidió aprovechar su oportunidad. Si fallaba el tiro, podía volver a Potes con las manos vacías. No vaciló y apretó el gatillo.

La cabeza de la cría reventó mientras la madre daba un salto, pero sorprendentemente no huyó. Le sorprendió a José, que cuchillo en mano se irguió detrás del tronco y cuidadosamente se acercó a los animales. Un grito desgarrador atravesó el bosque, como si fuera un macho en plena berrea. Era la madre que acababa de darse cuenta de la pérdida de su cría. José seguía sorprendido de que no huyera. Tampoco se abalanzó sobre él. A pocos metros descubrió la razón. Tenía una pata destrozada y ante la imposibilidad de huir se estaba poniendo entre su cría y el cazador en un último intento desesperado por evitar que éste se cobrara su presa. José nunca se había encontrado en una situación como esa, pero tampoco pareció preocuparle mucho. Depositó con suavidad la escopeta en el suelo y sacó su cuchillo de la funda. Fue de cara hace el ciervo que le lanzó un derrote con la cabeza. Con un movimiento ágil se puso detrás de la cabeza del ciervo y agarrándole de la quijada con una mano, con la otra le hundió el cuchillo en el cuello, degollándolo con suma facilidad. La hembra mugió con fiereza, José la soltó, aguantó erguida unos pocos segundos y cayó al suelo mientras se le escapa la vida por el cuello.

A lo lejos se oía el ruido de cascos que poco a poco se iban acercando. Por pura precaución volvió a cargar su escopeta, un pulgar de pólvora, un trozo de papel, la redonda bala de plomo y otro trozo de papel. Emiliano, el guardés de los Mendoza, le había hablado de unos rifles en los que se podían meter cinco cartuchos seguidos. De hecho, Guillermo le había enseñado un cartucho, con la vaina metálica y le había comentado que había encargado uno a un armero de Eibar, que lo probarían cuando se lo diesen, ya que no conocía a nadie con más puntería que él. Antes de que llegase su hijo con los cabellos, procedió a rajar el vientre de uno de los animales para vaciarle de vísceras.

Su hijo llegó, ató los caballos al tronco de un árbol y se acercó hasta su padre. Ya había vaciado de vísceras al animal y había seccionado la cabeza para poder transportarlo con más comodidad. Con un gesto con la cabeza, indicó a su hijo que hiciera lo propio con la cría. Rápidamente se abalanzó sobre ella con el cuchillo en mano y empezó a hacer lo que ya había visto hacer varias veces a su padre. Tras cargar el ciervo en la grupa, observó como trabajaba su hijo. No lo estaba haciendo mal, pero justo al final se hirió levemente con el cuchillo en la mano. Ladeó la cabeza con una media sonrisa y con un ademán le señaló el agua del arroyo para que se limpiara la herida mientras el terminaba con la cría y la cargaba en la grupa del pinto. Se le acercó, le tomó la mano y le ayudo a limpiársela. Era un corte no muy profundo, pero que había que tratarlo con cuidado. Cuando llegasen al pueblo habría que volver a limpiarle la herida y tratarla con algún ungüento. Sacó un pañuelo limpio y le tapó la herida para que no le lastimase mucho el agarrar las riendas. Terminada la preparación de las piezas, ambos montaron y comenzaron a alejarse del lugar.

Llevaban un trecho recorrido cuando un ruido como si estuvieran escaldando un gato resonó por todo el bosque. Pararon los caballos y tras el grito se escuchó el rumor de una discusión. Parecía que venía del vado. José dio la vuelta a su caballo y se dirigió hasta allí, indicándole a su hijo que fuera tras él guardando una prudente distancia. Cuando salió de la espesura hasta el claro junto al vado, no dio crédito a lo que vieron sus ojos.

Eran tres individuos de baja estatura, vestidos con una especie de toscas sotanas de color tierra, rematadas por un gorro que los tres llevaban puesto. Una raída cuerda a la cintura ayudaba a sujetar la pobre vestimenta, Uno volteaba una especie de gato por encima de su cabeza que soltó en cuanto vio llegar al jinete, mientras los otros dos estaban separando las vísceras de los animales para llevarlas hasta un pequeño fuego. También se detuvieron cuando sintieron la presencia del cazador. Uno de ellos dio dos pasos al frente, mientras los otros dos se quedaban detrás del que parecía el líder. Este levantó su cabeza hacia donde estaba José. Sus ojos estaban vacíos, era un hombre ciego. Agachó la cabeza en señal de sumisión y extendiendo la mano le dio a entender que le devolvían las vísceras. José se dio cuenta que eran frailucos. Vivían en una casona en ruinas a los pies de los picos de Europa y destilaban una especie de alcohol de las raspas y pieles de las ácidas uvas del valle. Se decía que aquel alcohol lo bebían y que acababan quedando ciegos, lo que después de ver al jefe de la partida, empezó a considerar como cierto. Pero también sabía que tenía otras utilidades aquel alcohol destilado.


“¡Ahh!” gritó José hijo mientras su padre derramaba sobre la herida en la mano parte de aquel líquido que le había proporcionado el frailuco a cambio de las vísceras. Le miraba furioso mientras su padre sonreía. Sabía que aquel corte que se había hecho con el cuchillo no se infectaría jamás.

miércoles, 22 de enero de 2014

El cazador de potes

El cazador de potes

Una figura  cuadrada se dejaba subir lentamente por las escaleras de la estación de metro de Algorta. Era prácticamente un cuadrado y sobre sus espaldas se veía una cabeza también cuadrada, con pelo negro algo lacio. De lejos parecía una figura imponente, pero según te acercabas te dabas cuenta de que precisamente, Pontxi, no era un tío más bien grande, Mirado por delante, salvo una mirada llena de determinación, el resto era más bien pobre, tirando a vulgar, Una chaqueta de pana oscura, a juego con sus ojos, camisa de cuadros oscura, atada salvo el botón del cuello, pantalones oscuros y zapatos negros. Pómulos salidos, ojos saltones, cejas pobladas y nariz tipo porra, sonrosada en su cresta

Según salió del metro, giró a la izquierda con la vista fija en la esquina de la calle Amesti mientras se metía la mano en el bolsillo, tocando sus quince monedas de dos euros. Seguía el consejo de Tomás, su guía y mentor “Cuando vayas a tomar potes a una zona que no conozcas, lleva un número de monedas de un euro igual a los potes que vayas a tomar. Con ellas podrás pagar cada pote sin tener que preguntar que es lo que cuesta” y dicho esto, Tomás lo remataba con un “preguntar lo que vale un pote es de chiquitero lechuguino fin semanero”. Claro, que Tomás hacía unos años que había pasado a mejor vida, y ya, salvo en zonas muy concretas, los tintos subían del euro, y algo más en zonas como la que iba a recorrer hoy.

Llegó hasta Basagoiti, y miró a su alrededor, hasta que decidió entrar en el irlandés, primer bar de los cuatro de aquella plazoleta. Entró y con satisfacción contempló que la barra tenía un reposapiés, donde puso uno de sus pies, mientras con algo de esfuerzo, ya que como hemos dicho, Pontxi no era de estatura media, se acodaba en la barra con pose de bebedor, y sacando una moneda de su bolsillo, pedía un tinto. Un observador imparcial hubiese apostado tras ver el inicio del gesto con el que iba a depositar la moneda en la barra, lo haría con la contundencia de un empedernido jugador de dominó, depositando fieramente la ficha sobre la mesa de mármol, para cerrar la partida. Pero no fue así, probablemente por su timidez, o porque le parecería que un golpe seco en la barra no casaba mucho ni con el lugar, ni con la parroquia presente. Ralentizó su mano a escasos cinco centímetros de la barra y depositó con suavidad su moneda de dos euros. Ya sólo le quedaban catorce bares (salvo que como en más de una ocasión, acabase de matar las vueltas, pasando de la veintena de potes).

Tomás siempre le explicó que cuando le sirvieran el tinto en copa de vino, había que cogerlo entre el pulgar y el índice por la base y mirarlo con interés antes de pasarlo a la otra mano y comenzar con el trasiego. “Eso es de clase”. Bien es cierto que en la mayor parte de los bares del triángulo de las Bermudas (“porqué aquí es donde desaparece misteriosamente parte de la paga” mascullaba entre dientes Tomás), los vasos eran los clásicos de pote de toda la vida, pero ya alguna tasca de Gordóniz les ponía copa. Pontxi siempre se había imaginado el poder coger la copa con la base y mirar su contenido, tocado con la clásica boina negra, pero una vez que confesó su pensamiento a su amigo, éste le miró muy serio y le espetó “Alfonso”, sólo le llamaba por su nombre cuando tenía algo serio que decirle, “a ti la boina parecería que te la hubiesen metido a rosca”, por lo que tuvo que desechar la idea de su cabeza si quería seguir compartiendo rondas con su amigo por Zugastinobia.

Cuando entró en la quinta tasca, una pequeña nube de calorcillo en el estómago le hizo tener la sensación de que estaba levitando en vez de andar por el suelo. Repitiendo el ritual con la pose y poniendo la moneda en la barra, pidió otro vino tinto, quedando algo contrariado por no existir reposapiés en la barra del bar. Miró a su alrededor hasta que descubrió una pizarra donde venía una lista a modo de carta de hamburguesas de todo tipo y clase. También había algunos pinchos sobre la barra, pero se quedó con la sensación de que aquel bar se lo podía haber saltado, ya que parecía más una hamburguesería que una tasca, corroborado porque en una esquina, una parejita de adolescentes que compartían caricias y las babas en una hamburguesa. Se dibujó en su cara una mueca de preocupación mientras cogía las vueltas, mueca que desapareció tras entrar en el bar un cuarteto de chiquiteros pidiendo de carrerilla su ronda de vinos, probablemente el que llevaba el bote. De dos tragos terminó su copa y salió a Basagoiti. Según pisó la calle sacó de su bolsillo algo del tamaño de un polvorón envuelto en celofán, y quitando rápidamente el envoltorio se lo metió en la boca. Mientras lo masticaba, se cubría con su mano, ya que el tamaño de su escarabajo, aunque no muy grande, ofrecía alguna dificultad para deglutirlo.

Ahí estaban sobre la barra, los auténticos escarabajos de la Casilla, media patata pequeña cocida, a modo de casco, un trozo de cebolla dulce con una peluca de hoja de lechuga. Unidas por la soldadura de un palillo, con tres o cuatro lascas de sal gorda y cinco gotas de vinagre peleón. “¡Ahh!” exclamaba Tomás cuando los veía perfectamente alineados en un plato de loza blanco. “Mira Pontxito” que así era como se dirigía su mentor cuando adoptaba un aire paternalista “los poteolaris”, nunca le había gustado el nombre de chiquitero o poteador “cuando vamos de potes, vamos a potes, y cuando vamos de banderillas, vamos a banderillas, pero nunca ha sido de buen gusto el mezclar ambas cosas”. Y justo cuando decía eso, apoyaba su bastón en la barra, para atacar con las dos manos el escarabajo, con una cogía el palillo y la otra la dejaba a modo bandeja debajo, por si caía algo, para aprovecharlo entero. “Pero esto, Pontxito, es otra cosa. Nosotros para asentar el vino, necesitamos tomar algo contundente, que no sea caro, y de bocado. ¡Esto si se puede consentir durante un poteo!”. Pontxi asentía entonces con la cabeza, aunque ya después de unos años, sospechaba que Tomás cambiaba sus inmutables reglas a conveniencia.

Como ya era raro encontrar escarabajos en las barras de los bares, Pontxi se los llevaba desde casa, de tres en tres, envueltos como si fueran una gloria o una fruta de Aragón, y aproximadamente cada cinco potes se tomaba uno, para no acabar excesivamente tambaleante, aunque dada su corta estatura, cuando tenía problemas de equilibrio, más bien parecía que tenía una forma de andar como a cámara lenta. A pesar de haberse trampiñado ya uno, notaba que le estaba afectando algo más que otros día, y que quizás un botellín de agua no le vendría mal, pero mientras entraba a por su octavo pote, intentó quitar esa tentación de su cabeza ¡Hizo una promesa y tenía que cumplirla!

Más de una vez intentó Pontxi sacar a Tomás del triángulo de Autonomía, Gordoniz y la Casilla, pero todos sus esfuerzos fueron vanos. Además, cada vez que se lo insinuaba, parecía que luego a Tomás le costaba andar más, y que exageraba su cojera “Pontxi, yo ya no puedo moverme mucho. Ya sabes que me dieron la invalidez, y a pesar de que me encanta salir de ronda contigo los fines de semana, no puedo alejarme mucho de mi casa, ya que el agotamiento me puede venir en cualquier momento y no están los tiempos para gastar en tasís”. Pontxi era algo escéptico a este respecto, ya que cuando de ciento en viento le invitaban a un partido a San Mamés, ni cojera ni nada, y luego cuando volvía del partido, le faltaba poco para llamarle, y más que agotado, parecía que le habían metido un chute de algo, porque llegaba imparable. ”Pero si quieres ir a otras zonas” y ponía cara de profunda tristeza y soledad “no te preocupes, ya me quedaré solo por aquí”.

Efectivamente. Tenía cara de haberse mareado algo, así que salió a la calle y se sentó en el banco que habían puesto fuera los del local para que se pudiera fumar. Era un banco apoyado en la pared, pero un poco alto, por lo que más que sentarse, apoyó la parte alta de sus posaderas ya que se imaginó a si mismo sentando y con las piernas colgando, una postura un poco ridícula a esas horas de la tarde, cuando la avenida de Basagoiti se encontraba en pleno apogeo de paseantes. Ya cierta cantidad de neblina y telarañas poblaban el cerebro de nuestro amigo, con lo cual no se planteó la posibilidad de estar haciendo el canelo, mientras se auto convencía y motivaba para seguir adelante con su promesa.

“Si quiere salir un rato, hermana, a tomar algo, o el aire, no se preocupe que yo me quedo con Tomás”. La monjita, aunque con cara de desconfianza, al llevar todo el día velando a su hermano, le dejó a Pontxi en la habitación mientras ella dijo que iba a tomar un poco el aire. Cuando se aseguró que la monja ya había bajado a la calle, y sin ninguna enfermera a la vista, sacó del bolsillo de su abrigo una botella pequeña de CVNE, de las del avión, la abrió y se la dio a Tomás, que tras mirarla con cara de placidez, se la pimpló en un pis pas, pasando el casco vacío a su amigo, quien le volvió a poner el tapón de rosca mientras la escondía en los inmensos bolsillos de su viejo abrigo. Tomás se recostó de nuevo en la cama con cara de satisfacción y con un gesto con la mano le pidió a Pontxi que se acercara a la cabecera. Con voz fatigada le dijo “¡Ay amigo! Cuando salga de esta, empezaremos a salir por otras zonas, iremos a cazar los mejores potes de Bizkaia”. Lo que Pontxi no sabía, ni siquiera se imaginaba es que esa misma noche entraría en coma, del que ya no despertaría más. Eso sí, la monjita le dijo que después de su visita, parecía mucho más feliz.

Ya un poco más despejado, miró a su alrededor para ver si había alguna fuente cercana, por calmar su sed. Aunque no recordaba haber pedido nunca un botellín de agua, no faltaría a las reglas sagradas si tomaba algo de agua de una fuente pública. Pero no vio ninguna cerca, así que siguió adelante con su cometido, pero tenía una duda. Tras el siguiente bar, tenía dos opciones, o bajar hasta el Puerto Viejo, o seguir por Torrene hasta la estación. Estaba algo vago, y presentía que era mejor bajar hacia el metro, ya que si iba hasta el Puerto Viejo, luego tendría que subir de nuevo, o andar más de media hora hasta la estación de Gobela (Buenas tascas en Romo, si señor). ¡Bah!, ya lo pensaría mientras dilucidaba si se tomaba otro mini escarabajo, opción que no escogió tras reflexionar que sería mejor hacerlo ordenadamente, es decir después de tomar el pote diez, para lo que quedaban todavía dos tascas.

Allí en Derio, tras escuchar el “con permiso de la familia” y mientras introducían el ataúd en su cubículo para la incineración, siendo él una de las tres personas que despedían a Tomás, juró que cazaría para él todos los potes de todos los bares de Bizkaia. Y dicho y hecho. a partir del Sábado siguiente por la tarde (Los Domingos tenía que llevar a su anciana madre a misa y a la tarde organizarle la partida de julepe) empezó a dedicarse con ahínco a cumplir su promesa. Llevaba ya cuatro años, la margen izquierda cazada, y la derecha a punto de caramelo. Con algunos sustos en zonas no muy recomendables, pero tenazmente, desde aquel día, Pontxi iba cazando potes en homenaje póstumo a quien quizás fue su único amigo.

Cuando entró en la siguiente tasca, que tenía el letrero de pintxos a 1 €, el único hueco en la barra era junto a una mujer sentada en una banqueta. Era rubia, con el pelo corto y rizado, y sentada en la silla tenía un tipo, digamos que recto, aunque el culete deformado en la silla le daba un aspecto, digamos que singular. Pontxi se quedó un segundo dudando si ocupar el hueco junto a la chica mientras observaba sus posaderas. Tampoco lo pensó mucho ¿Qué le iba a pasar?, así que con su ritual se acercó a la barra, puso su codo sobre la misma y pidió un vino. Entonces la mujer le empezó a hablar. Se azoró de tal manera que olvidó sacar su moneda de dos euros para pagar, así que intentó beberse el vino corriendo y salir huyendo, pero el camarero se había metido en la cocina, y porque una tía le hablase, no iba a dejar los dos euros en la barra. Potealari sí, pero potro también. Así estaba intentando disimular que aquello no iba con él, cuando ella lo agarró del brazo y le preguntó algo. A Pontxi ya no le quedó más remedio que mirarle a los ojos. Ella era algo regordeta, con ojos azules y pómulos excesivamente espolvoreados de colorete. Los dientes no eran de un blanco prístino que digamos, pero aparentemente era limpia, y algo cotorra. Bueno, muy cotorra. Pontxí sintió como sus mejillas también se sonrojaban y sintió ese mismo calor en las puntas de sus orejas. Como no sabía como salir de aquello y podía parecer algo brusco el soltarse de ella, se quedó contestándole con monosílabos.

“Pontxete” balbuceaba Tomás cuando ya la lengua se le había vuelto casi de trapo tras un gran trasiego de vino sin denominación de origen (conocido antiguamente como peleón) ”puedes pedir pote, zurito, mosto, pote o sí quieres introducir hasta un marianito, pero para un poteo serio, nunca hay que ir con mujeres”. Recordaba especialmente aquel día en que se cruzaron con un grupo de cuarentonas que celebraban lo que parecía una despedida de soltera. “Ves Pontxete, nunca verás un grupo de chiquiteras en toda la ciudad, como mucho, en cuadrilla, cuando hacen fiestas de estas, con antenitas en la cabeza con forma de pitilín y borrachas con dos vinos. Si vamos a potes, vamos a potes, y si vamos a tías, vamos a tías, pero nunca hay que buscar distracciones en una poteada seria”.

Nunca supo como sucedió pero tras ser invitado a tres potes por la rubia, ésta le sugirió que siguieran en el siguiente bar. Salieron a la calle y ella le cogió de la mano. Notó como algo se movía dentro de sus pantalones, pero seguía totalmente atolondrado, con punta de las orejas ardiéndole. Estaba totalmente confundido. Ella lo llevó a un vietnamita cercano donde pidió una coca cola con ron. Pontxi, sin poder reaccionar pidió lo mismo. Ella, de cuyo nombre todavía no se había enterado, llevaba una considerable castaña, que hizo que se excusara un momento para ir hasta el baño de tías. Cuando acababa de entrar, se oyó el ruido de una caída, lo que hizo que ante un movimiento de cabeza del barman, Pontxi se acercara hasta la puerta para preguntar a su inquilina si se encontraba bien. Lo que oyó tras pegar la oreja a la puerta fue el sonido de una persona que se encontraba vomitando violentamente. Entonces el pánico se apoderó de Pontxi, que ya sólo pensó en huir (además de que le tocaba pagar la ronda). Le hizo un ademán al oriental que estaba detrás de la barra que salía a fumar. Ya en la calle, pies para que os quiero. Bajó a la máxima velocidad que le permitieron sus cortas piernas, pero sin llegar a correr para no llamar mucho la atención y sólo cuando llegó a la estación del metro, miró hacia atrás, con alivio al no ver ni rastro de alguien vestido de rosa.


El Sábado siguiente, cuando el metro pasó a media tarde por la estación de Algorta, Pontxi miró con cierto recelo por la ventana, pero no vio a su amiga rubia. Aun así no quedó aliviado del todo hasta llegar a la estación de Berango. Ese día iba un poco más pronto de lo habitual para iniciar su cacería y llevaba veinte monedas con el fin de recuperar los potes perdidos del fin de semana pasado. Eso sí, por una temporadita no iba a pisar Algorta ya que no estaba del todo satisfecho de su comportamiento con la chica de rosa, y tampoco estaba preparado para volver a encontrarse con ella, por lo que decidió dejar un par de pueblos en medio por si acaso y seguir con la conquista de la margen derecha desde Sopelana. Estaba seguro que Tomás aprobaría su medida, puesto que su mejor enseñanza fue la flexibilidad a la hora de tomar potes. Eso hacía que ellos fueran potealaris y no comunes chiquiteros.

miércoles, 8 de enero de 2014

Mis primeras letras (con mi new computadora)

Mis primeras letras

Después de mucho esperar, por fin el amigo “Olen” se ha portado bien, ¡Me ha traído un portátil! No han sido ni Niko, ni Klausete.  La razón de haber adivinado quién era el portador de mi deseado regalo no ha sido otra que según llegábamos a casa el día de nochebuena ya de madrugada, alguien dijo “¿qué sorpresita nos habrá traído Olentzero?”. Pues eso, y lo que voy a hacer va a ser aprovechar el tiempo para proclamar mis anhelos para este nuevo año que gracias a mi pereza de darle a la tecla, está pasando, inexorable, como el tiempo.

1.-   Programa para directivos de compras de supermercados, llamado el “abrefácil”. Sólo seguirá en su puesto de trabajo aquél que logre abrir con facilidad todos los sobres de embutidos en cuyas solapas aparece la famosa palabra abrefácil. Uno por marca y producto que ofrezcan en sus estanterías. Digamos darles cinco segundos para abrirlas sin romper el sobre y sin que se les caiga nada. Esos segundos se reducirán a tres cuando se trate de marcas blancas propias.

2,- Razzia de tapers en las baldas de la cocina. Es sabido que la media de tapers que habitan en las baldas de las cocinas de Euskadi es de unos treinta por cocina, cuando la media de los que se utilizan es de cinco, y el número de máximos utilizados es de 10. Hace un momentito lo he hecho en mi cocina y el resultado ha sido 24 tapers con tapa, tres tapas y un taper destapado. He dado la rotunda orden que no debe haber más de quince (Ha sido una orden rotunda y desesperada, ya que la he dado cuando me han pillado “in fraganti” en la puerta llevando un montón de tapers al reciclaje y he sido conminado a devolverlos a la cocina)

3.- Decreto ley en el que se pueda aplicar el castigo corporal por ciudadanos en determinados casos (patada en el trasero). Se aplicaría en aquellos casos en que la persona (siempre va delante de ti) justo se acuerde de que tiene que encontrar el billete de metro al llegar a la cancela, deje el periódico encima de la cancela, saque la cartera, se dé cuenta de que ahí no está el billete, se mire en un bolsillo, luego en el otro, para al final tenerlo en el bolsillo de la camisa, mientras tu acabas de perder el tren de Plentzia, teniendo que esperar al siguiente al quedarte desesperado detrás del tip@ durante más de treinta preciosos segundos.

4.- Otro decretazo que te permita quedarte con las monedas de la señora en la cola de la caja del supermercado que se queda contando las monedas de su monedero para al final, y después de hacerte esperar un ratito, llegar a la conclusión de que no le llega y pagar con un billete. Se considerará agravante cuando más del 50% del personal que esté en la cola creada lleven sólo en los brazos los paquetes de botellas y/o bricks de leche de más de cinco kilos de peso.

5.- Poder encerrar en el excusado del local hostelero (Bar, cafetería o tasca) por tiempo indefinido (sobre todo si está guarro y apesta) a aquellos, que a pesar de estar toda la barra de más de diez metros de larga ocupada sólo por tu persona, tengan que ponerse a tu lado, rozándote  incluso. Debería estar además contemplado la pena de cabeza en la taza y tirar de la bomba, en aquellos casos en que intenten coger la banderilla que justo está enfrente tuyo, en vez de pedirla al camareta. En el caso de que te manchen, obligarles a limpiar con la lengua los orines de canes de las esquinas de toda la manzana.

6.- Toñejear con saña a todos aquellos adolescentes/jovenzuelos que con escasa percepción espacial no dejan de darte el coñazo en el metro, venga a darte golpecillos con su mochila, ya que son incapaces de calcular el volumen que ocupan, pudiendo dejar la mochila en el suelo, entre sus patas. En caso de ser perpetrado en pareja, se someterá a los interfectos a una toma de sol en el cuello durante unas horas, para un mayor escozor de las posteriores toñejas,


En fin, espero que a ninguno se le ocurran peticiones para los pestiños que suelen editar algunos pelmas.