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Gómez se bajó del coche, dejando
unos doscientos metros entre él y el chófer, quien era el que llevaba un sobre con
cuatrocientos billetes de 20 euros. Le habían explicado donde iba a esperar la
llamada y que él era mejor que esperase cerca, disimulando. Vio el escaparate
de una tienda de deportes y se quedó mirando los diversos artículos que ofrecía
el escaparate mientras acaba de sacar del bolsillo el teléfono. Comprueba que
está encendido, marcando su posición y la del chófer. Recorre
despreocupadamente la vista por el escaparate y vuelve a mirar los puntitos del
móvil, tanto el suyo como el del chófer siguen en el mismo sitio.
El chófer clava la mirada en una de
las pocas cabinas telefónicas del pueblo, esperando que suene. Se frota las
manos nerviosamente y está tentado de sacar su teléfono del bolsillo, pero se
acuerda de lo que le ha dicho el picoleto “no saques el teléfono del bolsillo”,
y evita la tentación, mientras se queda esperando a que suene el aparato.
Gómez gira nerviosamente sobre sí
mismo, aburrido ya de mirar el escaparate de la tienda e intentando buscar algún
otro lugar desde donde esperar a que el puntito del chófer comenzara a moverse.
Empezó a hacer como que estaba tecleando en el móvil, hasta que le pareció que
el puntito comenzaba a moverse. Puso las orejas en punta y empezó a seguir
desde la distancia.
No le estaba siendo muy complicado seguirle
y mantener la distancia. Al de unos pocos minutos, le dio la sensación de que
el punto del chófer se estaba moviendo con más rapidez. Se paró en una esquina
y disminuyó el tamaño del mapa, intentando reconstruir el camino. La impresión
que le dio es que estaba yendo en círculo para terminar de nuevo en la cabina.
Estaban comprobando si le seguía alguien. Por ello, decidió dar media vuelta y
esperar acechando a la cabina desde un portal cercano.
En la casa de don Fulgencio se
sorprendieron el cambio de dirección que observaron en el punto que delataba el
lugar donde se encontraba Gómez. Peru, se rascó suavemente la barbilla,
intentando comprender que es lo que podía pasar por la cabeza de su amigo, pero
Erre Erre fue más rápido. “Se acaba de dar cuenta que el chófer va de nuevo
hasta la cabina dando un rodeo, para que comprueben que no le sigue nadie”. “la
intuición le sigue sin fallar al cabezón”, pensó Peru. Desde el improvisado
centro de mando, siguieron con atención todos los movimientos que se iban
produciendo.
Como efectivamente había intuido Gómez,
el chófer volvió de nuevo hasta la cabina, para coger el teléfono, que se puso
a sonar según llegó, recibiendo la instrucción de dejar el sobre con el dinero,
justo en el suelo de la cabina, y que se largara corriendo. Desde la esquina
donde estaba medio oculto observando Gómez, vio como se agachó el chófer por lo
que supuso que estaba dejando el dinero, así que salió de su escondite y se fue
acercando poco a poco hasta la cabina. Para intentar disimular, hizo como que
estaba chateando desde su móvil, el chófer justo entonces quitó la señal, como
habían convenido, para dar a conocer al centro de mando, que ya había soltado
el paquete. En el centro de mando dejaron al secretario al mando de los
controles de los GPSs, mientras los dos servidores de la ley y el juez (no es
que no fuera servidor de la ley, sino que a veces, era la ley) se iban a montar
en uno de los vehículos, para dirigirse al centro.
De las sombras salió una figura con
una sudadera negra, cubierta la cabeza con el choto de la prenda, ocultando el
rostro. Iba en dirección hacia la cabina con grandes zancadas, Gómez su puso a
unos diez metros a su espalda, intentando no hacer ruido con sus pasos y que
tampoco le viera.El tiempo que el otro tardó en agacharse para coger el sobre,
hizo que Gómez se quedara a sólo dos metros del individuo cuando se dio la
vuelta para escapar de allí con el sobre. En ese momento se encontraron cara a
cara el presunto secuestrador y Gómez.
Gómez le miró instintivamente a la
cara, pero la capucha le tapaba prácticamente toda la cara, ocultando los ojos
detrás de unas gafas negras. Gómez también cayó en la cuenta de que el
individuo le sacaba la cabeza y que había sacado las manos de los bolsillos
laterales de la sudadera. Comprendió muy bien para qué e intentó recordar las
lecciones que le habían dado para como evitar una agresión. Pensó que tenía que
ponerse de un modo lateral para evitar el golpe en las partes blandas y con el
brazo que quedase más cerca del agresor, haciendo que la distancia fuera más
grande y así evitar un golpe contundente. Pero no le salió de forma automática
la postura de autodefensa que estaba recordando y durante el breve relámpago en
el que creyó ver como se acercaba a toda velocidad un enorme puño hacia su
rostro lamentó no tener una pistola a mano. Después todo se volvió negro.
Nerviosamente, el secretario llamó a
Erre Erre totalmente preocupado, ya que el punto de Gómez llevaba más de dos
minutos en el mismo sitio. “estamos a cinco segundos, no te preocupes, puede
que nada más se le haya caído el teléfono” mintió el picoleto, mientras Peru
llamaba por el móvil a su amigo, quien no contestaban. Dejaron el coche en
mitad de la calle y corrieron hasta la cabina, donde estaba tirado en el suelo
Gómez, aparentemente, inconsciente. Erre Erre, cómo no, llegó el primero y levantándole
la cabeza, apoyando cuidadosamente una mano en la nuca, con la otra le dio un
par de cachetes sin que el ertzaina recobrase la consciencia.
“A lo mejor hay que hacerle
la respiración artificial”, sugirió el juez, lo que hizo que los párpados de Gómez
se abrieran levemente con la remota esperanza que ninguno de los hediondos alientos
de sus amigos se acercasen cerca de su boca
Pido disculpas de nuevo a mi lector, ya que aunque he superado la semana santa, las rehabilitaciones de espalda me están matando poco a poco las ganas de redactar de nuevo. Eso, sí, ya llevando en Junio dos entradas, espero duplicarlas antes de que acabe el mes.
ResponderEliminarbien, eso esperamos. Veo que además nos vamos acercando al desenlace
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