CAPÍTULO 5
La mañana había amanecido gris, amenazando
lluvia. Me adelanté algo por lo que pude pararme a desayunar en Romo, en el bar
que antes hacia esquina con la carretera, ya que es de los pocos sitios de la
zona donde te hacen croasanes a la plancha. Con la barriga llena y el coche
estratégicamente aparcado para poder observar la entrada de la oficina del
edificio de la antigua harino panadera en Santa Ana comprobé concierta
satisfacción que la rubia era puntual. Venía bastante discreta y con una bolsa
de deportes. Me dijo que lleva un par de sudaderas distintas, una gorra de
beisbol, y gafas de sol para poder cambiar de luk al instante. Al final iba a
resultar que la mozuela tenía alma de investigadora. Las instrucciones las
tenía muy clara, adivinar donde vivía el hijo de puta de Gervasio, y de paso
intentar conocer sus rutinas. Un día podía ser poca muestra, pero por la pinta
y por el horario este era un oficinista clásico. Seguro que todos los días
cumplía milimétricamente con los mismos rituales. Sin tiempo para mucho más, me
dispuse a partir hacia el almacén quemado, no estaba a más de diez minutos
andando cuando la chica sacó el ordenador y me explicó que mientras esperaba
iba a intentar sacar las claves del correo y otros archivos electrónicos del
Borjita para ver que se podía encontrar. “Pero espera a que llegue Gervasio a
la oficina. Empieza a mirar los archivos cuando el pollo ya haya llegado al
corral” le solté, no demasiado simpático.
Mientras caminaba a la planta me cuestioné si
no había estado algo desagradable con mi nueva ayudante, ayudante que por
cierto ni tenía horario ni sueldo. “Es lo que hay” le avisé cuando aceptó a ser
mi ayudante, pero eso no quería decir que debía de estar borde con ella. Así
que pensando en intentar ser un poco más suave con la nena llegué hasta el almacén
donde ya me estaban esperando los soldadores con el orejotas. Me calcé las
botas de seguridad, me metí en el mono azul que me compro la princejefa para no
manchar la ropa (secretamente siempre he deseado poner en la espalda en letras
de imprenta la leyenda de DEMOLITION STAFF, pero no siempre he tenido güevos
para todo) y un casco blanco de obra, y con la cámara de fotos en la mano me
acerqué a los operarios. Junto con Orejotas decidimos por dónde empezar para
llegar de la manera más rápida hasta donde parecía que había comenzado todo.
El trabajo de investigación de incendios, y
en general el de investigación de escenarios de crímenes ha sido popularizado
por la televisión, pero, al menos el de incendios es un coñazo. En este caso,
tendríamos que ir abriéndonos paso entre vigas derruidas y la chapa de la
cubierta, con cuidado, ya que no siempre el foco inicial está donde lo señalan
los indicios que crees ver en una primera inspección. Lo cual no es sencillo,
hay que ir cuidado para no mancarse y eso sólo se puede hacer si vas despacio.
El único entretenimiento que tuve aquella mañana fue una llamada del juzgado,
para decirme que al mediodía Gómez y Ganeko se tenían que pasar por aquí, ya
que tenían que comenzar con una investigación y quizás yo pudiera darles alguna
pista. No sabía que pensar, me mosqueaba que en algo que pudiera ser de ayuda,
no me contrataran como en este asunto del incendio, pero también era consciente
de que no podía quejarme mucho. Así que sugerí vernos a la hora en la que parábamos
para el bocata, ya que me vendría bien un poco de presencia uniformada para que
a alguno se le quitase la mala cara.
Habíamos pactado parar poco tiempo, ya que
los de la demolición trabajaban a destajo, y cuanto antes acabaran, más
rendimiento le sacaban. Eran gente de fuera de Bizkaia, y cada día les salía
una pasta. Como tampoco era cuestión de estar todo el rato mirando,
aprovechando que empezaba a clarear un poco, me di una vuelta por los
alrededores del almacén, sobre todo parar corroborar mi teoría sobre el bote de
disolvente. Si allí seguía, no había tenido nada que ver con el incendio, pero
si había desaparecido después de haberse iniciado una investigación judicial,
era un indicio de que aquello era un incendio provocado. Pues efectivamente, el
bote ya no estaba allí. Y la razón no era un zafarrancho de limpieza, ya que
seguían el resto de deshechos desparramados por ahí, incluidos bastantes restos
de palets de madera rotos.
Cuando me dirigí al bar donde había quedado
con los agentes del orden, noté como discretamente los demoledores esperaban
para ver en que bar entraba e ir a otro. “¡Qué se jodan! ¡No tienen ni puta
idea donde hacen los mejores bocatas de Lamiako! ¡Van a comer basura!”. Algo de
cierto hubo en aquello, ya que en días posteriores, y cuando yo no anduve por
el almacén, fueron al bar de mi elección.
Me sacaron un bocadillo de pollo que
consistía en media barra de pan crujiente, una pechuga de pollo cortada por la
mitad y empanada a fuego fuerte, lo que lograba el efecto de crujiente por
fuera y blandito por dentro, teniendo de base por un lado finas rodajas de
tomate y por la otra unas lonchas de queso havarti, la parte blanca de la
lechuga igloo para el extra de crujiente, toda esa zona untada de mahonesa.
Vamos estaba tan bueno, que para cuando llegaron los txarainas ya lo había
terminado, y como ellos no habían comido, pedí otro de nuevo. Ellos se
decantaron por algo más clásico como lomo con queso y ternera con pimiento. Yo
con la andorga ya llena, y para que pensaran que era muy dadivoso, les corté un
trocillo del mío para que lo probasen. Claro, que con esa maniobra de pedir un
segundo bocata, me tocaba pagar a mí.
Tras tres minutos de silencio, que fue más o
menos lo que nos costó dar buena cuenta de nuestras medias barras de pan, y de
pedir unos cafés (sin orujo, que estábamos todos de servicio) se decidieron a
contarme por qué el juez les había mandado a hablar conmigo.
-
Pues mira – me dice Pototo mientras se sacude
las migas de la pechera- han aparecido en la zona de Artaza más de una docena
de patos envenenados
-
Con síntomas de haber sido envenenados – le
corrige Gómez
-
¿Se lo cuentas tú?
-
Vamos no te cabrees, sigue
-
Vale, pues eso, y como ha sido presentada una
denuncia en el Juzgado, nos han ordenado investigar
-
Y como el juez sabe que tú has estado en un
caso de envenenamiento de mascotas, pues nos ha pedido que hablemos contigo por
si puedes aportar algo
Me pareció algo surrealista que me
aparecieran estos dos ahora, con esta embajada. Pienso que no me estaban
tomando el pelo, ya que la llamada la tenía perfectamente identificada como
procedente del juzgado, pero si me tocaba las narices ese aire de superioridad
que me estaban mostrando, así que contraataqué.
-
Deberíais de acordaros de algo, ya que
vosotros fuiste los interrogadores
-
¿y de qué tendríamos que acordarnos? ¿acaso
crees que aquel tío puede ser un asesino de mascotas en serie? – me suelta
Pototo mientras los dos se empiezan a reír a carcajadas
-
Los patos no son mascotas, tarugo – con la
cara que me miró decidí atarme al dedo que no es bueno tratar a un agente de la
ley con tanta familiaridad e intenté salir al paso con lo primero que se me
ocurrió - siempre nos queda el patrón de conducta, que tiene la pinta de ser
muy similar a este caso
-
¿Eh?
-
¿Dónde han aparecido los patos? ¿ Junto al
Gobelas?
-
No. Estaban en una especie de patio entre
varias viviendas del antiguo golf
-
En mi caso, el móvil fue el coñazo que daba
el perro todas las mañanas. Y en el caso de los patos puede ser igual. Hace un
par de años, por la mañana, al lado de mi casa, los patos cruzaban la carretera
hasta ponerse debajo de la ventana de una señora que les daba pan todas las
mañanas. La procesión patuna iba acompañada por una estridente orquesta de
graznidos.
-
¡No jodas!
-
Así que si queréis tiraros un moco – les dije
mientras les cogía de los hombros amistosamente y los encaminaba hacia la
salida- ya sabéis que hacer, empezar a revisar todas las quejas que se hayan
puesto sobre molestias de patos por las mañanas en la zona del Gobela,
filtrarlas y quedaros sólo con las que procedan de zonas cercanas a la
aparición de los cadáveres, e interrogarlos.
Cómo
les seguía llevando del hombro y ya estábamos en la calle, les solté, no sin
antes pedirles que se diesen una vuelta conmigo por el almacén, ya que el que
vieran un par de uniformes a mi lado, les volvería a recordar que aquello era
una investigación oficial, y si desde luego, no les iba a volver a todos más
colaboradores, por lo menos serían algo más amables.
Pero
lo que les llevó a mostrarse más colaboradores fue cuando apareció la rubia
para darme el parte de toda su vigilancia. Vino con la gorra de beisbol puesta
y el pelo recogido en una coleta. . La verdad era que estaba monísima y los
soldadores casi se queman entre ellos. La conversación que mantuvimos fue muy
breve, y todo hay que decirlo, me sorprendió muy gratamente su eficacia. Me
explicó que mientras vigilaba a Gervasio logró sacar las claves del banco, del
correo electrónico, de la universidad, del feisbuk, y del tuiter del Borjita, y
que cuando quisiéramos mirarlas, que no había mayor problema. Y ahí entró el
famoso Peru que se ahoga en un vaso de agua. Le expliqué que aquello, era al
menos, alegal, que aunque sus padres nos habían dejado sus gadgets, el muchacho
era mayor de edad, así que si íbamos a revisar sus datos, mejor copiar las
claves en algún papelote e ir cuando tengamos un poco de tiempo a algún ciber
café para enredar desde allí, y lógicamente, no poder ser localizado. Me miró
con una sonrisa socarrona y me dio un papel donde estaban anotados los
movimientos del Gerva durante la mañana:
Entra a las 8:35
A las 11:15 va a una degustación frente al
ambulatorio hasta las 11:40
Sale de la oficina a las 14:59
Con este horario, no tenía pinta de que
trabajara por la tarde, así que le pedí a la chavala que fuese al parque donde
pasea a Canelo, y que compruebe que la hora es similar a la de ayer. Si era así,
sin más que lo apuntara y se podía ir a casa. Mañana, la misma rutina que hoy,
quedábamos a las ocho y cuarto frente a la oficina, para que ella siguiera con
la vigilancia, mientras yo intentaba acabar con el desescombro selectivo.
Así que seguimos viendo como cortaban vigas y
chapas, acercándonos lentamente a donde sospechábamos se encontraba el foco,
sospecha también compartida por el experto que también mandó la compañía de
seguros, con quién la espera se hacía más entretenida. A las ocho y media de la
tarde, y ya cuando la luz comenzaba a menguar, decidimos que por hoy ya
bastaba, así que nos despedimos para vernos al día siguiente a las siete y
media de la mañana. Avisé que llegaría a las ocho y media, ya que poco iban a
poder avanzar hasta entonces. Fui hasta Santa Ana andando, pero al ver que el
coche se encontraba bien aparcado, pensé que mejor sería dejarlo ahí hasta
mañana, así que piano, piano, me encontré de lleno en la tasca de Domínguez, “La
Reinona”.
Al verme, y sin preguntarle nada, me llenó
una jarra de cerveza de medio litro y guiñándome el ojo en plan loca me susurró
“¿qué pasa, chiquitín?, caro eres de ver, aunque no se si preocuparme que
aparezcas por aquí, ya que me han llegado rumores de que eres el nuevo Anacleto”.
Le iba a mirar con cara de pocos amigos pero recordé que iba a pedirle
información, así que tuve que cambiar de táctica. Tras una larga conversación,
mitad vacilada, mitad insinuante, y tras tres jarras de cerveza, logré
enseñarle la foto de Gervasio con su mujer, y le expliqué que tras hacer un
trabajo para el tipo, no me había pagado.
-
Ese, si está podrido de pasta. Va a trabajar a una oficina que tiene, con secre
y un par de empleados. Hacen temas de transportes o algo así, pero creo que es
para pasar el tiempo, ya que al él, la pasta no le falta. Y su mujer, si viven
en Las Arenas, es porque a ella no le apetece ir a Punta Galea, a un chalet. Ella
no trabaja, y lo único que hace es controlarle a él. Creo que le tiene más
miedo a ella que a un inspector de hacienda, y mira que creo que este tiene pinta
de ocultar mucho. A ella, Ali, la conocían en la universidad como la Sargento
de Hierro, le pusieron el mote justo después de que saliera la peli del Clint. Eso
sí, los fines de semana suelen salir de viaje y le dejan a la nena sola, que
¡menuda es! Y verás………….
Así continuó durante un buen rato, y claro, yo
la dejé seguir, pero ya tenía la información que quería. No paró hasta que me
sirvió la quinta jarra de cerveza y más que nada porque entraron otros clientes
que le resultarían más interesantes que yo. Me pegó un buen guantazo por las
cervezas (o puede que fuera por la información) y dado que ya se hacía tarde,
me fui tambaleante por la avenida de Zuigazarte, respirando el fresco aire
marino para que se fueran poco a poco los vapores etílicos que ya rondaban por
mi cabeza. Llegué tarde a casa, y las princedurmientes ya estaban en la cama así
que cené las reliquias que quedaban por la cocina y me metí en el catre sin más
intención que echar una buena roncada hasta la mañana siguiente.
La mañana siguiente no se dio del todo mal. Hacia
las doce de la mañana llegamos al foco, donde tras recoger unas cuantas muestras del suelo junto con el
experto de los Aseguradores, quedé con él en que me pasara la analítica de las
mismas, ya que la del juzgado, estaba avisado que podía tardar meses, y la del
seguro, que la llevaban a la UPV iba a estar en una semana como mucho. Ya
contento todo el personal de la obra, me largué de allí, tras el consiguiente
reportaje fotográfico, no sin ponerles sobre aviso de que me pasaría de vez en
cuando para ver los avances, y que me fueran pasando amplios reportajes fotográficos
de sus avances.
Llegué donde estaba la rubia, y me confirmó
que Gervasio era milimétrico y cabeza cuadrada, había hecho lo mismo que ayer,
a la misma hora. Así, que como allí ya solo podíamos aburrirnos, decidí que sería
una buena idea el invitarla a comer a casa……………..
En el pasillo había un rastro de ropa tirada de
cualquier manera en el suelo, como si se hubiera quitado de una manera
apresurada, rastro que acababa justo en la puerta del dormitorio. En el fondo, se
oían jadeos acompasados, que poco a poco iban alcanzando una mayor intensidad,
hasta que se oyó un suspiro como una explosión contenida. Se quedaron tumbados
en el lecho, con las manos entrelazadas, mirando al suelo, desnudos y sudorosos
pero con cara de satisfacción. Se miraron y se sonrieron. Aunque la ropa estaba
desordenada, un observador notaría dos incongruencias en la escena, la primera
eran unos pantalones primorosamente doblados en una sillita próxima a la cama,
y un sujetador colgando de la parte alta de la puerta. Ambos detalles eran
creaciones de Peru, la primera por evitar volver a hacer el pingüino, abrirse de nuevo la cocorota y sobre
todo las chanzas que conlleva, y el otro, porqué aseveró gravemente que le hacía
mucha ilusión que quedara la escena así.
Estaban recuperándose poco a poco, cuando el
sonido de la cerradura de la puerta de la calle les sobresaltó a los dos, pero
el susto y la cara pálida de ambos fue mayor cuando se oyó una voz femenina
decir en voz alta
-
Hola, ¿Hay alguien en casa?
- ¡Nos han pillado! - susurró Peru alarmado.
Veo que recurrimos al viejo truco de crear expectativas al final de los capitulos........
ResponderEliminarPor cierto, falta una h
Ya ves, Rasputilla, la crisis afecta también al número de lectores, y la idea tuya de meter sexo parece que da resultado
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