sábado, 13 de octubre de 2012

LEIOAKO ERKULES V


    CAPÍTULO 5

 

La mañana había amanecido gris, amenazando lluvia. Me adelanté algo por lo que pude pararme a desayunar en Romo, en el bar que antes hacia esquina con la carretera, ya que es de los pocos sitios de la zona donde te hacen croasanes a la plancha. Con la barriga llena y el coche estratégicamente aparcado para poder observar la entrada de la oficina del edificio de la antigua harino panadera en Santa Ana comprobé concierta satisfacción que la rubia era puntual. Venía bastante discreta y con una bolsa de deportes. Me dijo que lleva un par de sudaderas distintas, una gorra de beisbol, y gafas de sol para poder cambiar de luk al instante. Al final iba a resultar que la mozuela tenía alma de investigadora. Las instrucciones las tenía muy clara, adivinar donde vivía el hijo de puta de Gervasio, y de paso intentar conocer sus rutinas. Un día podía ser poca muestra, pero por la pinta y por el horario este era un oficinista clásico. Seguro que todos los días cumplía milimétricamente con los mismos rituales. Sin tiempo para mucho más, me dispuse a partir hacia el almacén quemado, no estaba a más de diez minutos andando cuando la chica sacó el ordenador y me explicó que mientras esperaba iba a intentar sacar las claves del correo y otros archivos electrónicos del Borjita para ver que se podía encontrar. “Pero espera a que llegue Gervasio a la oficina. Empieza a mirar los archivos cuando el pollo ya haya llegado al corral” le solté, no demasiado simpático.

 

Mientras caminaba a la planta me cuestioné si no había estado algo desagradable con mi nueva ayudante, ayudante que por cierto ni tenía horario ni sueldo. “Es lo que hay” le avisé cuando aceptó a ser mi ayudante, pero eso no quería decir que debía de estar borde con ella. Así que pensando en intentar ser un poco más suave con la nena llegué hasta el almacén donde ya me estaban esperando los soldadores con el orejotas. Me calcé las botas de seguridad, me metí en el mono azul que me compro la princejefa para no manchar la ropa (secretamente siempre he deseado poner en la espalda en letras de imprenta la leyenda de DEMOLITION STAFF, pero no siempre he tenido güevos para todo) y un casco blanco de obra, y con la cámara de fotos en la mano me acerqué a los operarios. Junto con Orejotas decidimos por dónde empezar para llegar de la manera más rápida hasta donde parecía que había comenzado todo.

 

El trabajo de investigación de incendios, y en general el de investigación de escenarios de crímenes ha sido popularizado por la televisión, pero, al menos el de incendios es un coñazo. En este caso, tendríamos que ir abriéndonos paso entre vigas derruidas y la chapa de la cubierta, con cuidado, ya que no siempre el foco inicial está donde lo señalan los indicios que crees ver en una primera inspección. Lo cual no es sencillo, hay que ir cuidado para no mancarse y eso sólo se puede hacer si vas despacio. El único entretenimiento que tuve aquella mañana fue una llamada del juzgado, para decirme que al mediodía Gómez y Ganeko se tenían que pasar por aquí, ya que tenían que comenzar con una investigación y quizás yo pudiera darles alguna pista. No sabía que pensar, me mosqueaba que en algo que pudiera ser de ayuda, no me contrataran como en este asunto del incendio, pero también era consciente de que no podía quejarme mucho. Así que sugerí vernos a la hora en la que parábamos para el bocata, ya que me vendría bien un poco de presencia uniformada para que a alguno se le quitase la mala cara.

 

Habíamos pactado parar poco tiempo, ya que los de la demolición trabajaban a destajo, y cuanto antes acabaran, más rendimiento le sacaban. Eran gente de fuera de Bizkaia, y cada día les salía una pasta. Como tampoco era cuestión de estar todo el rato mirando, aprovechando que empezaba a clarear un poco, me di una vuelta por los alrededores del almacén, sobre todo parar corroborar mi teoría sobre el bote de disolvente. Si allí seguía, no había tenido nada que ver con el incendio, pero si había desaparecido después de haberse iniciado una investigación judicial, era un indicio de que aquello era un incendio provocado. Pues efectivamente, el bote ya no estaba allí. Y la razón no era un zafarrancho de limpieza, ya que seguían el resto de deshechos desparramados por ahí, incluidos bastantes restos de palets de madera rotos.

 

Cuando me dirigí al bar donde había quedado con los agentes del orden, noté como discretamente los demoledores esperaban para ver en que bar entraba e ir a otro. “¡Qué se jodan! ¡No tienen ni puta idea donde hacen los mejores bocatas de Lamiako! ¡Van a comer basura!”. Algo de cierto hubo en aquello, ya que en días posteriores, y cuando yo no anduve por el almacén, fueron al bar de mi elección.

 

Me sacaron un bocadillo de pollo que consistía en media barra de pan crujiente, una pechuga de pollo cortada por la mitad y empanada a fuego fuerte, lo que lograba el efecto de crujiente por fuera y blandito por dentro, teniendo de base por un lado finas rodajas de tomate y por la otra unas lonchas de queso havarti, la parte blanca de la lechuga igloo para el extra de crujiente, toda esa zona untada de mahonesa. Vamos estaba tan bueno, que para cuando llegaron los txarainas ya lo había terminado, y como ellos no habían comido, pedí otro de nuevo. Ellos se decantaron por algo más clásico como lomo con queso y ternera con pimiento. Yo con la andorga ya llena, y para que pensaran que era muy dadivoso, les corté un trocillo del mío para que lo probasen. Claro, que con esa maniobra de pedir un segundo bocata, me tocaba pagar a mí.

 

Tras tres minutos de silencio, que fue más o menos lo que nos costó dar buena cuenta de nuestras medias barras de pan, y de pedir unos cafés (sin orujo, que estábamos todos de servicio) se decidieron a contarme por qué el juez les había mandado a hablar conmigo.

 

-       Pues mira – me dice Pototo mientras se sacude las migas de la pechera- han aparecido en la zona de Artaza más de una docena de patos envenenados

-       Con síntomas de haber sido envenenados – le corrige Gómez

-       ¿Se lo cuentas tú?

-       Vamos no te cabrees, sigue

-       Vale, pues eso, y como ha sido presentada una denuncia en el Juzgado, nos han ordenado investigar

-       Y como el juez sabe que tú has estado en un caso de envenenamiento de mascotas, pues nos ha pedido que hablemos contigo por si puedes aportar algo

 

Me pareció algo surrealista que me aparecieran estos dos ahora, con esta embajada. Pienso que no me estaban tomando el pelo, ya que la llamada la tenía perfectamente identificada como procedente del juzgado, pero si me tocaba las narices ese aire de superioridad que me estaban mostrando, así que contraataqué.

 

-       Deberíais de acordaros de algo, ya que vosotros fuiste los interrogadores

-       ¿y de qué tendríamos que acordarnos? ¿acaso crees que aquel tío puede ser un asesino de mascotas en serie? – me suelta Pototo mientras los dos se empiezan a reír a carcajadas

-       Los patos no son mascotas, tarugo – con la cara que me miró decidí atarme al dedo que no es bueno tratar a un agente de la ley con tanta familiaridad e intenté salir al paso con lo primero que se me ocurrió - siempre nos queda el patrón de conducta, que tiene la pinta de ser muy similar a este caso

-       ¿Eh?

-       ¿Dónde han aparecido los patos? ¿ Junto al Gobelas?

-       No. Estaban en una especie de patio entre varias viviendas del antiguo golf

-       En mi caso, el móvil fue el coñazo que daba el perro todas las mañanas. Y en el caso de los patos puede ser igual. Hace un par de años, por la mañana, al lado de mi casa, los patos cruzaban la carretera hasta ponerse debajo de la ventana de una señora que les daba pan todas las mañanas. La procesión patuna iba acompañada por una estridente orquesta de graznidos.

-       ¡No jodas!

-       Así que si queréis tiraros un moco – les dije mientras les cogía de los hombros amistosamente y los encaminaba hacia la salida- ya sabéis que hacer, empezar a revisar todas las quejas que se hayan puesto sobre molestias de patos por las mañanas en la zona del Gobela, filtrarlas y quedaros sólo con las que procedan de zonas cercanas a la aparición de los cadáveres, e interrogarlos.

 

Cómo les seguía llevando del hombro y ya estábamos en la calle, les solté, no sin antes pedirles que se diesen una vuelta conmigo por el almacén, ya que el que vieran un par de uniformes a mi lado, les volvería a recordar que aquello era una investigación oficial, y si desde luego, no les iba a volver a todos más colaboradores, por lo menos serían algo más amables.

Pero lo que les llevó a mostrarse más colaboradores fue cuando apareció la rubia para darme el parte de toda su vigilancia. Vino con la gorra de beisbol puesta y el pelo recogido en una coleta. . La verdad era que estaba monísima y los soldadores casi se queman entre ellos. La conversación que mantuvimos fue muy breve, y todo hay que decirlo, me sorprendió muy gratamente su eficacia. Me explicó que mientras vigilaba a Gervasio logró sacar las claves del banco, del correo electrónico, de la universidad, del feisbuk, y del tuiter del Borjita, y que cuando quisiéramos mirarlas, que no había mayor problema. Y ahí entró el famoso Peru que se ahoga en un vaso de agua. Le expliqué que aquello, era al menos, alegal, que aunque sus padres nos habían dejado sus gadgets, el muchacho era mayor de edad, así que si íbamos a revisar sus datos, mejor copiar las claves en algún papelote e ir cuando tengamos un poco de tiempo a algún ciber café para enredar desde allí, y lógicamente, no poder ser localizado. Me miró con una sonrisa socarrona y me dio un papel donde estaban anotados los movimientos del Gerva durante la mañana:

 

Entra a las 8:35

A las 11:15 va a una degustación frente al ambulatorio hasta las 11:40

Sale de la oficina a las 14:59

 

Con este horario, no tenía pinta de que trabajara por la tarde, así que le pedí a la chavala que fuese al parque donde pasea a Canelo, y que compruebe que la hora es similar a la de ayer. Si era así, sin más que lo apuntara y se podía ir a casa. Mañana, la misma rutina que hoy, quedábamos a las ocho y cuarto frente a la oficina, para que ella siguiera con la vigilancia, mientras yo intentaba acabar con el desescombro selectivo.

 

Así que seguimos viendo como cortaban vigas y chapas, acercándonos lentamente a donde sospechábamos se encontraba el foco, sospecha también compartida por el experto que también mandó la compañía de seguros, con quién la espera se hacía más entretenida. A las ocho y media de la tarde, y ya cuando la luz comenzaba a menguar, decidimos que por hoy ya bastaba, así que nos despedimos para vernos al día siguiente a las siete y media de la mañana. Avisé que llegaría a las ocho y media, ya que poco iban a poder avanzar hasta entonces. Fui hasta Santa Ana andando, pero al ver que el coche se encontraba bien aparcado, pensé que mejor sería dejarlo ahí hasta mañana, así que piano, piano, me encontré de lleno en la tasca de Domínguez, “La Reinona”.

 

Al verme, y sin preguntarle nada, me llenó una jarra de cerveza de medio litro y guiñándome el ojo en plan loca me susurró “¿qué pasa, chiquitín?, caro eres de ver, aunque no se si preocuparme que aparezcas por aquí, ya que me han llegado rumores de que eres el nuevo Anacleto”. Le iba a mirar con cara de pocos amigos pero recordé que iba a pedirle información, así que tuve que cambiar de táctica. Tras una larga conversación, mitad vacilada, mitad insinuante, y tras tres jarras de cerveza, logré enseñarle la foto de Gervasio con su mujer, y le expliqué que tras hacer un trabajo para el tipo, no me había pagado.

 

-       Ese, si está podrido de pasta. Va  a trabajar a una oficina que tiene, con secre y un par de empleados. Hacen temas de transportes o algo así, pero creo que es para pasar el tiempo, ya que al él, la pasta no le falta. Y su mujer, si viven en Las Arenas, es porque a ella no le apetece ir a Punta Galea, a un chalet. Ella no trabaja, y lo único que hace es controlarle a él. Creo que le tiene más miedo a ella que a un inspector de hacienda, y mira que creo que este tiene pinta de ocultar mucho. A ella, Ali, la conocían en la universidad como la Sargento de Hierro, le pusieron el mote justo después de que saliera la peli del Clint. Eso sí, los fines de semana suelen salir de viaje y le dejan a la nena sola, que ¡menuda es! Y verás………….

 

Así continuó durante un buen rato, y claro, yo la dejé seguir, pero ya tenía la información que quería. No paró hasta que me sirvió la quinta jarra de cerveza y más que nada porque entraron otros clientes que le resultarían más interesantes que yo. Me pegó un buen guantazo por las cervezas (o puede que fuera por la información) y dado que ya se hacía tarde, me fui tambaleante por la avenida de Zuigazarte, respirando el fresco aire marino para que se fueran poco a poco los vapores etílicos que ya rondaban por mi cabeza. Llegué tarde a casa, y las princedurmientes ya estaban en la cama así que cené las reliquias que quedaban por la cocina y me metí en el catre sin más intención que echar una buena roncada hasta la mañana siguiente.

 

La mañana siguiente no se dio del todo mal. Hacia las doce de la mañana llegamos al foco, donde tras recoger  unas cuantas muestras del suelo junto con el experto de los Aseguradores, quedé con él en que me pasara la analítica de las mismas, ya que la del juzgado, estaba avisado que podía tardar meses, y la del seguro, que la llevaban a la UPV iba a estar en una semana como mucho. Ya contento todo el personal de la obra, me largué de allí, tras el consiguiente reportaje fotográfico, no sin ponerles sobre aviso de que me pasaría de vez en cuando para ver los avances, y que me fueran pasando amplios reportajes fotográficos de sus avances.

 

Llegué donde estaba la rubia, y me confirmó que Gervasio era milimétrico y cabeza cuadrada, había hecho lo mismo que ayer, a la misma hora. Así, que como allí ya solo podíamos aburrirnos, decidí que sería una buena idea el invitarla a comer a casa……………..

 

En el pasillo había un rastro de ropa tirada de cualquier manera en el suelo, como si se hubiera quitado de una manera apresurada, rastro que acababa justo en la puerta del dormitorio. En el fondo, se oían jadeos acompasados, que poco a poco iban alcanzando una mayor intensidad, hasta que se oyó un suspiro como una explosión contenida. Se quedaron tumbados en el lecho, con las manos entrelazadas, mirando al suelo, desnudos y sudorosos pero con cara de satisfacción. Se miraron y se sonrieron. Aunque la ropa estaba desordenada, un observador notaría dos incongruencias en la escena, la primera eran unos pantalones primorosamente doblados en una sillita próxima a la cama, y un sujetador colgando de la parte alta de la puerta. Ambos detalles eran creaciones de Peru, la primera por evitar volver a hacer el pingüino, abrirse de nuevo la cocorota y sobre todo las chanzas que conlleva, y el otro, porqué aseveró gravemente que le hacía mucha ilusión que quedara la escena así.

 

Estaban recuperándose poco a poco, cuando el sonido de la cerradura de la puerta de la calle les sobresaltó a los dos, pero el susto y la cara pálida de ambos fue mayor cuando se oyó una voz femenina decir en voz alta

 

-       Hola, ¿Hay alguien en casa?
-   ¡Nos han pillado! - susurró Peru alarmado.
 

2 comentarios:

  1. Veo que recurrimos al viejo truco de crear expectativas al final de los capitulos........
    Por cierto, falta una h

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    1. Ya ves, Rasputilla, la crisis afecta también al número de lectores, y la idea tuya de meter sexo parece que da resultado

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