CAPITULO
4
Así, y sin que sirva de precedente, el Lunes
por la mañana, comencé cumpliendo con los planes establecidos. Es verdad que no
cumplí las tareas hogareñas con el nivel de calidad que me había autoimpuesto,
pero si quería encaminar mis pasos a la hora prevista a la primera de las
clínicas veterinarias, así tuvo que ser. Empezaría por las más cercanas a la
estación de Areeta, que era la zona que Gervasio frecuentaba para el
esparcimiento de Canelo. Llegué a la primera al poco de que la hubieran
abierto. Por suerte para mí todavía no había acudido ningún paciente así que el
veterinario y su ayudante fueron muy amables al atender mi solicitud. Al
enseñarles la foto, el veterinario arqueó las cejas y su ayudante esbozó una
leve sonrisa. ¿Casualidad o bingo?, pero a Canelo le habían atendido allí el
mismo día de su desaparición. Lo trajo una persona que vio como el perrillo era
golpeado por un coche. Como le sonaba que era habitual de la zona, lo cogió y
lo llevó hasta la clínica. El perro, me explicó el veterinario tenía un golpe
en la cabeza, pero sin herida, una simple pero fuerte contusión y se encontraba
bastante desorientado. Lo dejó pasar la noche en su consulta y a la mañana
siguiente lo llevaron a un hotel de perros en Berango, ya que en la clínica no
había demasiado sitio. Me dio la dirección del hotel a la vez que me deslizaba
una factura por importe de 50 euros correspondiente a sus atenciones a Canelo.
Le pedí que me la detallara algo más y le sacudí los cincuenta lagartos que me
pedía. Bueno, no es mayor problema, ya que lo añadiré a mis honorarios como
gastos adicionales. Caí en la cuenta que no había pedido la filiación a
Gervasio, puesto que lo normal hubiera sido darle al veterinario los datos del
hombre y que le hubiera pasado la factura a él.
Así que con el primer caso resuelto en un pis
pas, decidí llamar a la uru para que me acompañara a por el perro, ya que he de
confesar que nunca se me han dado muy bien, bueno, la verdad es que me dan algo
de miedo. Quedé con ella en un par de horas a la puerta de los juzgados,
aprovechando para pasar por casa y coger la antigualla de coche que me dejan
utilizar mis dos princefitipaldis. Cerca de los juzgados, detrás del
ayuntamiento hay un parking donde pude estacionar y me dirigí raudo hasta el
despacho de Ramiro, donde me facilitó el único documento que tenía hasta la
fecha, las cuentas anuales del Registro Mercantil. Las eché un vistazo por
encima y aunque no fuera un negocio de la pera, la sociedad estaba ganando
dinero, no mucho, pero estaba en números azules, lo cual empezaba a descartar a
los propietarios, ya que tenían más que perder quemando el almacén. Como andaba
con tiempo y por el juzgado no había mucho que fisgar, salvo que estuviera
interesado en una vista oral que estaba llevando Caraqueño de un caso de
agresión en tre dueños de perros, decidí acercarme hasta la fábrica y enterarme
de cuando tenían previsto comenzar con el desescombro.
En la parte exterior de la fábrica me
encontré con el orejotas, un habitual en el desescombro tras los incendios.
Estuve charlando un rato con él y me confirmó que su equipo de soldadores podía
comenzar hoy a última hora de la tarde. Como no me convenía en exceso, le dije
que para eso, empezábamos el martes por la mañana. Comentamos también la zona
por la que había que empezar para llegar cuanto antes a la zona donde
pensábamos que podía haber estado el inicio del fuego. Si me dijo que el
abogado de MEH estaba presionando todo lo posible para comenzar cuanto antes.
Le recordé a orejotas que estaba interviniendo por orden judicial y que hasta
que yo no lo ordenara, el desescombro no se empezaba. En cuanto descubriéramos
el foco y tomara unas muestras, ya podrían actuar a su velocidad habitual. Sé
que cobraban a destajo, por lo que ir despacio no les hacia excesiva gracia,
pero tanto él como yo sabíamos que no iba a ser muy difícil encontrar el foco y
mientras tanto podía ir movilizando las cizallas y las empaquetadoras de
chatarra para empezar a arrasar el almacén. En este caso, no iban a sacar mucha
chatarra, por lo que la aseguradora tendría que pagar un pico, pero en muchos
casos, la chatarra de hierro que se recuperaba, hacía bastante económicos los
trabajos.
Me despedí y fui a recoger a la uru. Podía
haberla llamado y haber quedado en el metro de Lamiako, pero no se me ocurrió,
así que tuve que volver hasta el juzgado en Algorta donde la rubia me estaba
esperando. Llevaba unos vaqueros que le quedaban deliciosamente embutidos,
llevaba en bandolera lo que supuse sería el ordenador, y vi que en la mano
llevaba una cámara de fotos. Se me ocurrió que podíamos hacer un reportaje a
Canelo por si era necesario el adornar un poco la moto. Así que la metí en el
auto y nos dirigimos al hotel canino de Berango. Nos atendieron con mucha
amabilidad y sólo me cobraron el pienso, pero sin darme factura, así que tuve
que abonar otros ochenta euros, que por supuesto esperaba resarcirme en breve.
Aprovechamos también para sacar un amplio reportaje del rescate de Canelo en la
que la actriz principal fue la rubia. Así que una vez reunidos todos, llamé a
Gervasio (que sorprendentemente no estaba jubilado) que dijo poder salir un
rato de la oficina para recoger a Canelo. Quedamos en el antiguo edificio de
harino panadera, en Santa Ana, donde comprobamos con satisfacción las muestras
de alegría de Canelo y de su dueño al reunirse de nuevo.
La sorpresa llegó cuando le comenté que me
debía 600 euros por haberle devuelto el perro y 130 euros más de los gastos de
veterinario y posada canina con pensión completa ¡Se negó a pagarme! Me dijo
que ya me había pagado todo en el bar donde quedamos y que los gastos
ocasionados por el perro corrían por mi cuenta, me soltó de muy malos modos
mientras reculaba hacia la puerta del edificio. Me dejó tan sorprendido que ni
pude reaccionar y para cuando me percaté que tenía que cogerle de la pechera y
zarandearle un poco para acojonarle, ya estaba dentro de su cuchitril. Pasmado
estuve un rato hasta que caí en la cuenta que la uru estaba detrás, con lo que
debía de reaccionar. Le dije que íbamos a dar una vuelta, mientras le explicaba
que a partir de ahora lo primero que teníamos que hacer era firmar un contrato
para todos los encargos, y también asegurar las entregas, es decir, a este tío
le teníamos que haber dicho que teníamos al perro, pero no habérselo dado hasta
que hubiera pasado por taquilla, de un forma sutil, claro, ya que el perro era
suyo y podía acusarnos de secuestro. Reflexionando en voz alta, arrastrando
algo los pasos por la desazón que me corroía el alma, acabamos llegando hasta
el muelle de Evaristo Churruca. Allí me senté en uno de los bancos y le mandé a
la niña que fuera a por un par de latas de cerveza frías y un paquete de
patatas fritas para mí, y para ella lo que le apetezca, mientras le soltaba uno
de mis últimos billetes de veinte. “Haremos un poco de patatón” le dije con una
media sonrisa.
Mientras se alejaba, y como hago muchas veces
cuando no quiero encabronarme pensando en la putada que me acaban de hacer,
cambio de tercio y me dedico a pensar en otras cosas. Pero en este caso, tal y
como está el Athletic, no pude, así que me puse a meditar sobre donde podíamos
ir a comer, sin que me sacaran los cuartos. Me acordé que justo al final de
Tomás Chávarri había un restaurante de menús que se comía decentemente y se
ajustaba a mi presupuesto. Así que disfruté junto a la rubia de un par de latas
y algo de sal, tras lo que nos dirigimos al restaurante elegido, que seguía más
o menos como lo recordaba. Durante la comida (comía como un pajarito) diseñamos
un plan para intentar cobrar a Gervasio. A nuestro favor jugaba el hecho de que
su familia no sabía que lo había perdido y que tenía alguna especie de temor
reverencial a su santa. En nuestra contra, jugaba todo lo demás, no tenía su
nombre concreto, no sabía donde vivía, y justo, justo, que trabajaba en un
edificio de oficinas, donde coexistían varias empresas. Pero algo es algo. Así
que la rubia quedó encargada a partir de mañana de averiguar dos datos muy
importantes, donde vivía y quien era su mujer. Para ello, mañana a las siete y
media quedaríamos en la oficina del Gervasio para buscar un sitio y aparcar el
coche cerca, y así poder conocer los horarios de trabajo del pollo. Luego, al
mediodía, seguirle discretamente hasta casa y quedarse con la dirección.
Estábamos en estas cuando recibí la llamada de Caraqueño para preguntarme como
iba el asunto del desescombro ya que el coñazo de Detritus le estaba amargando
la mañana con su infatigable pesadez protestona.
-
¿No lo puedes empapelar con un desakato o
alguna de esas ostias que os inventáis para cuando os dan la pelmada?
-
Has visto muchas películas Peloto, asín que
tira para adelante cuando puedas
-
Empiezo mañana
-
Sí, porque ya ha venido soltando que los del
desescombro querían empezar ya, pero que tú lo has parado
-
Por la
tarde me venía muy mal
-
Bueno, bueno, date prisa que no le quiero
volver a ese dando la pelmada
-
Vale, tío
Seguimos con el plan. En cuanto tuviésemos esos
datos, intentaríamos saber quien es su mujer. Cuando lo averiguáramos, volveríamos
donde Gervasete y le explicaríamos que le conocemos muy bien, y que si no
quiere que vayamos con el cuento a su casa, que nos pague lo que nos debe, Como
refuerzo, le pasaríamos una foto de Canelo en la posada de perros. La que mejor
se veía era una que la rubia lo estaba cogiendo, así que le pedí que la
imprimiera “Lo tendré que hacer en casa” me soltó con un gracioso mohín. Bueno,
ya me gustara o no, tenía un nuevo socio en mi recién estrenada agencia de
detectives.
No preparamos mucho la entrevista con los
padres de Borjita, pero tampoco hizo falta. Al parecer era un chico normal de
21 años, que estudiaba en Sarriko con unas notas normales, tenía unos amigos
normales, sin novia conocida, con aficiones como el fútbol y el baloncesto,
llegaba entrada la madrugada los Viernes y los Sábados, y se había marchado
llevándose algo de ropa y sin nada más. Nos dieron una foto y nos dejaron
entrar en su habitación. Se encontraba en perfecto orden. Allí vimos que había
un teléfono móvil encima de un portátil. “Tampoco se lo llevó” dijo con cierto aire
angustiado su madre mientras acariciaba
delicadamente el putofón como si fuera la cabeza de su hijo.
Pedí permiso para revisar sus cosas y sus
padres nos lo dieron “Procurar dejarlo como estaba” nos dijo el amigo de Gómez
mientras nos dejaba solos en la habitación. Yo me puse a mirar bajo la cama y
en aquellos otros sitios donde cuando tenía su edad escondía las revistas
porno. La uruguaya mucho más hábil, encontró la caja del teléfono donde se
encontraba la tarjeta con el pin y el puk. Me dijo que incluso era muy probable
que en la agenda del teléfono tuviera anotada la clave del ordenador portátil. No
encontramos nada más interesante. Tras acordar unos buenos honorarios por
horas, quedar en mandarles el contrato para que lo firmaran y cobrar
semanalmente, nos llevarnos el portátil y el móvil con la esperanza de poder
sacar algo de información de allí para comenzar con nuestras pesquisas. Cuando íbamos
en dirección al coche se me ocurrió proponer a la uruguaya dar un rodeo hasta
el coche pasando por el territorio que solían pasear a Canelo, ya que por la
hora, podían estar paseando a Canelo. Y dicho y hecho.
No puedo negar que hubo algo de suerte (también
método) en haber encontrado tan rápidamente a Canelo. No hemos tenido suerte en
lo que respecta al gachó que nos había contratado, un potro de armas tomar, por
lo que podía pensar que ahora tocaba suerte. Y así fue. Allí estaba una señora
de edad indeterminada, pero como de la quinta del Gervasio, que llevaba sujeto
a una correa al bueno de Canelo, correa que por la pinta era nueva, para evitar
perder de nuevo al perro y tener que timar a unos honrados detectives. Me
dieron ganas de ir donde la señora y contarle todo, pero tras contar hasta diez
y reflexionar un poco, le pedí a la uruguaya que la sacara alguna foto
disimuladamente. Con esa foto, podría preguntar por ahí, de quien se trataba. Y
así lo hizo la chavala, por lo que agradecido, decidí llevarla hasta Santutxu,
bueno, para ser sincero, en parte por agradecimiento y en parte, por la hora
que era, podía estar la cuadrilla tomando algún pote, y podía quedarme un rato
antes de la cena con ellos, ya que el Domingo por la tarde, dejé prácticamente organizadas
y hechas las cenas de toda la semana así que mis niñas no eran
princedependientes de su papi y maridete.
Encontré un sitio, milagrosamente, cerca de
la Taberna Ona, si, la de las famosas gildas, segunda parada de postas de la
cuadrilla, por la hora en un ratito, así que aproveché, le mandé a la uruguaya
a su casa con el recado de que me sacara, (me pierde el subconsciente) digo
imprimiera las fotos, la de ella con Canelo, y la de la supuesta mujer. Así que
con el codo apoyado en la barra, el palillo de la última Gilda en los labios y
un vaso con medio tinto crianza en la otra mano, de espaldas a la puerta, me
quedé esperando hasta oír una voz familiar:
-
Venga, tienes que poner 15 euros de bote, que
hoy toca chiquiteo con tropezones.
La familiar voz del chepas, que antes de
saludar te pide la tela. Tras los palmeteos de rigor en la espalda, comentarios
triviales, y la espera a Putxi, que como sigue con sus muletas, siempre llega
el último, el chepas se encargó de pedir la ronda, con gilda en el Ona. Les
faltó poco para volver a retomar su conversación, que no era de otra cosa de
las aplicaciones que podían sacar….. para sus putofones. No todos eran de la
marca original, pero ya era inevitable, el guasap había tomado Euskadi, desde
los barrios más pijos, hasta los barrios más populares.¡ Sí hasta Arnaldo tiene
guasap!
La discusión, cuya voz cantante llevaba Ajota,
era sobre una aplicación que pudiera sacar un número del cero al diez que
ocupara toda la pantalla y así poder dar una nota a las chicas que pasaran
junto a la cuadrilla. Con un sistema blutut incluso sería pausible que sacaran
la media “ y un archivo con la foto de la piba y la nota media, fecha, hora y
lugar – eso por GPS – para así al final de año poder elegir a miss pote”. Como
alguno no entendía muy bien, putxi pidió un boli y en una servilleta de la
barra escribió un número, puso la servilleta en la barra y la sacó una foto. Manipuló
algo (sacar fotos en el pipofon para mí sigue siendo un misterio), y se dio la
vuelta enseñando un número en la pantalla a lo que cuadrilla asintió, “ ya lo
entiendo” respondió el más terco y reacio a entender el widget de Ajota.
Cambiamos de bar y seguimos con el mono tema
de las aplicaciones para el potorrofón. Una consistía en poner una especie de
sonda que se conectara al artilugio por el puerto de entrada de la carga, y
tomase la temperatura al vino, para poder ver si es la adecuada. Con ese mismo
sistema también se propuso otro gadget que sirviera para soplar y conocer el
nivel de alcoholemia en la sangre. Y así siguieron hasta el siguiente bar, con
la propuesta de que las tascas tuvieran guasap y así, poder pedir los potes un
par de minutos antes de llegar para tenerlos en la barra cuando apareciese la
cuadrilla por la puerta. Incluso podrán mandar los pinchos que les quedan por
guasap y tú elegirlos. Así seguíamos de cháchara un par de tascas después, en
una terraza con acera ancha, cuando a lo lejos divisamos a la argentina y a la
uruguaya que se acercaban. “¡A poner nota!” y se abalanzaron a la barra,
pidiendo como una jauría de niños un bolígrafo. Como si de hacer los deberes se
tratara, con el hombro intentaban evitar que sus colegas pudieran ver el número
que estaban escribiendo, y tras sacar la foto, orgullosos pasaban su boli al
siguiente, no sin antes haber hecho desaparecer su servilleta con la nota. “¡La
nota es para la uruguaya! ¡ al que califique a la argentina le capo!” chilló
Ajotita con su voz de ratilla asustada. Le miraron con cara guasona y se
pusieron en la terraza para hacer pasillo a las hermanas. Los únicos que no habíamos
participado en la movida de las notas éramos yo, por incapacidad de hacer una
foto con el pipofón y Puchi por problemas de liarse a correr con las muletas.
Así que las chicas pasaron por mitad del
pasillo, primero la mayor y luego la pequeña. Según iban avanzando, los teléfonos
iban levantándose a sus espaldas con la nota elegida por cada uno de los
poteadores. La uruguaya creo que no entendió nada, pero la argentina, ya
veterana en estas lides espetó un “¡Seguís siendo idiotas!”, entre las sonrisas
de los chiquiteros y la mueca idiota de Ajota. La nota de uru, como es de
suponer fue de sobresaliente, no llegó a matrícula de honor porque alguno pensó
que era un poco jovencita para él. La rubia me trajo las fotos que le había
pedido y como ya llevaba algún pote, decidí que era un buen momento para volver
a casa, podría ser peligroso que con el nivel que llevaba la cuadrilla alguno
se interesara por las fotos.
Ya en casa, le pasé la foto de la supuesta
mujer de Gervasio por si la reconocía a mi princejefa. Tras mirarla un rato me
dijo que le sonaba a alguien de su colegio, pero que no estaba segura. Me
sugirió pasarme por la tasca de Domínguez la reinona. No me pareció mala idea.
Domínguez es un tipo curiosos, algo mayor que yo, que a los cuarenta descubrió
su sexualidad y salió del armario. Ahora
tiene una degustación de ambiente en una de las callejuelas que dan a Zugazarte,
y seguro que sabe quien es. Si eres de Las Arenas, te tiene que tener fichado
la reinona.
No hay comentarios:
Publicar un comentario