sábado, 6 de octubre de 2012

LEIOAKO ERKULES (IV)


CAPITULO 4

 

Así, y sin que sirva de precedente, el Lunes por la mañana, comencé cumpliendo con los planes establecidos. Es verdad que no cumplí las tareas hogareñas con el nivel de calidad que me había autoimpuesto, pero si quería encaminar mis pasos a la hora prevista a la primera de las clínicas veterinarias, así tuvo que ser. Empezaría por las más cercanas a la estación de Areeta, que era la zona que Gervasio frecuentaba para el esparcimiento de Canelo. Llegué a la primera al poco de que la hubieran abierto. Por suerte para mí todavía no había acudido ningún paciente así que el veterinario y su ayudante fueron muy amables al atender mi solicitud. Al enseñarles la foto, el veterinario arqueó las cejas y su ayudante esbozó una leve sonrisa. ¿Casualidad o bingo?, pero a Canelo le habían atendido allí el mismo día de su desaparición. Lo trajo una persona que vio como el perrillo era golpeado por un coche. Como le sonaba que era habitual de la zona, lo cogió y lo llevó hasta la clínica. El perro, me explicó el veterinario tenía un golpe en la cabeza, pero sin herida, una simple pero fuerte contusión y se encontraba bastante desorientado. Lo dejó pasar la noche en su consulta y a la mañana siguiente lo llevaron a un hotel de perros en Berango, ya que en la clínica no había demasiado sitio. Me dio la dirección del hotel a la vez que me deslizaba una factura por importe de 50 euros correspondiente a sus atenciones a Canelo. Le pedí que me la detallara algo más y le sacudí los cincuenta lagartos que me pedía. Bueno, no es mayor problema, ya que lo añadiré a mis honorarios como gastos adicionales. Caí en la cuenta que no había pedido la filiación a Gervasio, puesto que lo normal hubiera sido darle al veterinario los datos del hombre y que le hubiera pasado la factura a él.

 

Así que con el primer caso resuelto en un pis pas, decidí llamar a la uru para que me acompañara a por el perro, ya que he de confesar que nunca se me han dado muy bien, bueno, la verdad es que me dan algo de miedo. Quedé con ella en un par de horas a la puerta de los juzgados, aprovechando para pasar por casa y coger la antigualla de coche que me dejan utilizar mis dos princefitipaldis. Cerca de los juzgados, detrás del ayuntamiento hay un parking donde pude estacionar y me dirigí raudo hasta el despacho de Ramiro, donde me facilitó el único documento que tenía hasta la fecha, las cuentas anuales del Registro Mercantil. Las eché un vistazo por encima y aunque no fuera un negocio de la pera, la sociedad estaba ganando dinero, no mucho, pero estaba en números azules, lo cual empezaba a descartar a los propietarios, ya que tenían más que perder quemando el almacén. Como andaba con tiempo y por el juzgado no había mucho que fisgar, salvo que estuviera interesado en una vista oral que estaba llevando Caraqueño de un caso de agresión en tre dueños de perros, decidí acercarme hasta la fábrica y enterarme de cuando tenían previsto comenzar con el desescombro.

En la parte exterior de la fábrica me encontré con el orejotas, un habitual en el desescombro tras los incendios. Estuve charlando un rato con él y me confirmó que su equipo de soldadores podía comenzar hoy a última hora de la tarde. Como no me convenía en exceso, le dije que para eso, empezábamos el martes por la mañana. Comentamos también la zona por la que había que empezar para llegar cuanto antes a la zona donde pensábamos que podía haber estado el inicio del fuego. Si me dijo que el abogado de MEH estaba presionando todo lo posible para comenzar cuanto antes. Le recordé a orejotas que estaba interviniendo por orden judicial y que hasta que yo no lo ordenara, el desescombro no se empezaba. En cuanto descubriéramos el foco y tomara unas muestras, ya podrían actuar a su velocidad habitual. Sé que cobraban a destajo, por lo que ir despacio no les hacia excesiva gracia, pero tanto él como yo sabíamos que no iba a ser muy difícil encontrar el foco y mientras tanto podía ir movilizando las cizallas y las empaquetadoras de chatarra para empezar a arrasar el almacén. En este caso, no iban a sacar mucha chatarra, por lo que la aseguradora tendría que pagar un pico, pero en muchos casos, la chatarra de hierro que se recuperaba, hacía bastante económicos los trabajos.

 

Me despedí y fui a recoger a la uru. Podía haberla llamado y haber quedado en el metro de Lamiako, pero no se me ocurrió, así que tuve que volver hasta el juzgado en Algorta donde la rubia me estaba esperando. Llevaba unos vaqueros que le quedaban deliciosamente embutidos, llevaba en bandolera lo que supuse sería el ordenador, y vi que en la mano llevaba una cámara de fotos. Se me ocurrió que podíamos hacer un reportaje a Canelo por si era necesario el adornar un poco la moto. Así que la metí en el auto y nos dirigimos al hotel canino de Berango. Nos atendieron con mucha amabilidad y sólo me cobraron el pienso, pero sin darme factura, así que tuve que abonar otros ochenta euros, que por supuesto esperaba resarcirme en breve. Aprovechamos también para sacar un amplio reportaje del rescate de Canelo en la que la actriz principal fue la rubia. Así que una vez reunidos todos, llamé a Gervasio (que sorprendentemente no estaba jubilado) que dijo poder salir un rato de la oficina para recoger a Canelo. Quedamos en el antiguo edificio de harino panadera, en Santa Ana, donde comprobamos con satisfacción las muestras de alegría de Canelo y de su dueño al reunirse de nuevo.

 

La sorpresa llegó cuando le comenté que me debía 600 euros por haberle devuelto el perro y 130 euros más de los gastos de veterinario y posada canina con pensión completa ¡Se negó a pagarme! Me dijo que ya me había pagado todo en el bar donde quedamos y que los gastos ocasionados por el perro corrían por mi cuenta, me soltó de muy malos modos mientras reculaba hacia la puerta del edificio. Me dejó tan sorprendido que ni pude reaccionar y para cuando me percaté que tenía que cogerle de la pechera y zarandearle un poco para acojonarle, ya estaba dentro de su cuchitril. Pasmado estuve un rato hasta que caí en la cuenta que la uru estaba detrás, con lo que debía de reaccionar. Le dije que íbamos a dar una vuelta, mientras le explicaba que a partir de ahora lo primero que teníamos que hacer era firmar un contrato para todos los encargos, y también asegurar las entregas, es decir, a este tío le teníamos que haber dicho que teníamos al perro, pero no habérselo dado hasta que hubiera pasado por taquilla, de un forma sutil, claro, ya que el perro era suyo y podía acusarnos de secuestro. Reflexionando en voz alta, arrastrando algo los pasos por la desazón que me corroía el alma, acabamos llegando hasta el muelle de Evaristo Churruca. Allí me senté en uno de los bancos y le mandé a la niña que fuera a por un par de latas de cerveza frías y un paquete de patatas fritas para mí, y para ella lo que le apetezca, mientras le soltaba uno de mis últimos billetes de veinte. “Haremos un poco de patatón” le dije con una media sonrisa.

 

Mientras se alejaba, y como hago muchas veces cuando no quiero encabronarme pensando en la putada que me acaban de hacer, cambio de tercio y me dedico a pensar en otras cosas. Pero en este caso, tal y como está el Athletic, no pude, así que me puse a meditar sobre donde podíamos ir a comer, sin que me sacaran los cuartos. Me acordé que justo al final de Tomás Chávarri había un restaurante de menús que se comía decentemente y se ajustaba a mi presupuesto. Así que disfruté junto a la rubia de un par de latas y algo de sal, tras lo que nos dirigimos al restaurante elegido, que seguía más o menos como lo recordaba. Durante la comida (comía como un pajarito) diseñamos un plan para intentar cobrar a Gervasio. A nuestro favor jugaba el hecho de que su familia no sabía que lo había perdido y que tenía alguna especie de temor reverencial a su santa. En nuestra contra, jugaba todo lo demás, no tenía su nombre concreto, no sabía donde vivía, y justo, justo, que trabajaba en un edificio de oficinas, donde coexistían varias empresas. Pero algo es algo. Así que la rubia quedó encargada a partir de mañana de averiguar dos datos muy importantes, donde vivía y quien era su mujer. Para ello, mañana a las siete y media quedaríamos en la oficina del Gervasio para buscar un sitio y aparcar el coche cerca, y así poder conocer los horarios de trabajo del pollo. Luego, al mediodía, seguirle discretamente hasta casa y quedarse con la dirección. Estábamos en estas cuando recibí la llamada de Caraqueño para preguntarme como iba el asunto del desescombro ya que el coñazo de Detritus le estaba amargando la mañana con su infatigable pesadez protestona.

 

-       ¿No lo puedes empapelar con un desakato o alguna de esas ostias que os inventáis para cuando os dan la pelmada?

-       Has visto muchas películas Peloto, asín que tira para adelante cuando puedas

-       Empiezo mañana

-       Sí, porque ya ha venido soltando que los del desescombro querían empezar ya, pero que tú lo has parado

-        Por la tarde me venía muy mal

-       Bueno, bueno, date prisa que no le quiero volver a ese dando la pelmada

-       Vale, tío

 

Seguimos con el plan. En cuanto tuviésemos esos datos, intentaríamos saber quien es su mujer. Cuando lo averiguáramos, volveríamos donde Gervasete y le explicaríamos que le conocemos muy bien, y que si no quiere que vayamos con el cuento a su casa, que nos pague lo que nos debe, Como refuerzo, le pasaríamos una foto de Canelo en la posada de perros. La que mejor se veía era una que la rubia lo estaba cogiendo, así que le pedí que la imprimiera “Lo tendré que hacer en casa” me soltó con un gracioso mohín. Bueno, ya me gustara o no, tenía un nuevo socio en mi recién estrenada agencia de detectives.

 

No preparamos mucho la entrevista con los padres de Borjita, pero tampoco hizo falta. Al parecer era un chico normal de 21 años, que estudiaba en Sarriko con unas notas normales, tenía unos amigos normales, sin novia conocida, con aficiones como el fútbol y el baloncesto, llegaba entrada la madrugada los Viernes y los Sábados, y se había marchado llevándose algo de ropa y sin nada más. Nos dieron una foto y nos dejaron entrar en su habitación. Se encontraba en perfecto orden. Allí vimos que había un teléfono móvil encima de un portátil.  “Tampoco se lo llevó” dijo con cierto aire angustiado su madre  mientras acariciaba delicadamente el putofón como si fuera la cabeza de su hijo.

 

Pedí permiso para revisar sus cosas y sus padres nos lo dieron “Procurar dejarlo como estaba” nos dijo el amigo de Gómez mientras nos dejaba solos en la habitación. Yo me puse a mirar bajo la cama y en aquellos otros sitios donde cuando tenía su edad escondía las revistas porno. La uruguaya mucho más hábil, encontró la caja del teléfono donde se encontraba la tarjeta con el pin y el puk. Me dijo que incluso era muy probable que en la agenda del teléfono tuviera anotada la clave del ordenador portátil. No encontramos nada más interesante. Tras acordar unos buenos honorarios por horas, quedar en mandarles el contrato para que lo firmaran y cobrar semanalmente, nos llevarnos el portátil y el móvil con la esperanza de poder sacar algo de información de allí para comenzar con nuestras pesquisas. Cuando íbamos en dirección al coche se me ocurrió proponer a la uruguaya dar un rodeo hasta el coche pasando por el territorio que solían pasear a Canelo, ya que por la hora, podían estar paseando a Canelo. Y dicho y hecho.

 

No puedo negar que hubo algo de suerte (también método) en haber encontrado tan rápidamente a Canelo. No hemos tenido suerte en lo que respecta al gachó que nos había contratado, un potro de armas tomar, por lo que podía pensar que ahora tocaba suerte. Y así fue. Allí estaba una señora de edad indeterminada, pero como de la quinta del Gervasio, que llevaba sujeto a una correa al bueno de Canelo, correa que por la pinta era nueva, para evitar perder de nuevo al perro y tener que timar a unos honrados detectives. Me dieron ganas de ir donde la señora y contarle todo, pero tras contar hasta diez y reflexionar un poco, le pedí a la uruguaya que la sacara alguna foto disimuladamente. Con esa foto, podría preguntar por ahí, de quien se trataba. Y así lo hizo la chavala, por lo que agradecido, decidí llevarla hasta Santutxu, bueno, para ser sincero, en parte por agradecimiento y en parte, por la hora que era, podía estar la cuadrilla tomando algún pote, y podía quedarme un rato antes de la cena con ellos, ya que el Domingo por la tarde, dejé prácticamente organizadas y hechas las cenas de toda la semana así que mis niñas no eran princedependientes de su papi y maridete.

 

Encontré un sitio, milagrosamente, cerca de la Taberna Ona, si, la de las famosas gildas, segunda parada de postas de la cuadrilla, por la hora en un ratito, así que aproveché, le mandé a la uruguaya a su casa con el recado de que me sacara, (me pierde el subconsciente) digo imprimiera las fotos, la de ella con Canelo, y la de la supuesta mujer. Así que con el codo apoyado en la barra, el palillo de la última Gilda en los labios y un vaso con medio tinto crianza en la otra mano, de espaldas a la puerta, me quedé esperando hasta oír una voz familiar:

 

-       Venga, tienes que poner 15 euros de bote, que hoy toca chiquiteo con tropezones.

 

La familiar voz del chepas, que antes de saludar te pide la tela. Tras los palmeteos de rigor en la espalda, comentarios triviales, y la espera a Putxi, que como sigue con sus muletas, siempre llega el último, el chepas se encargó de pedir la ronda, con gilda en el Ona. Les faltó poco para volver a retomar su conversación, que no era de otra cosa de las aplicaciones que podían sacar….. para sus putofones. No todos eran de la marca original, pero ya era inevitable, el guasap había tomado Euskadi, desde los barrios más pijos, hasta los barrios más populares.¡ Sí hasta Arnaldo tiene guasap!

 

La discusión, cuya voz cantante llevaba Ajota, era sobre una aplicación que pudiera sacar un número del cero al diez que ocupara toda la pantalla y así poder dar una nota a las chicas que pasaran junto a la cuadrilla. Con un sistema blutut incluso sería pausible que sacaran la media “ y un archivo con la foto de la piba y la nota media, fecha, hora y lugar – eso por GPS – para así al final de año poder elegir a miss pote”. Como alguno no entendía muy bien, putxi pidió un boli y en una servilleta de la barra escribió un número, puso la servilleta en la barra y la sacó una foto. Manipuló algo (sacar fotos en el pipofon para mí sigue siendo un misterio), y se dio la vuelta enseñando un número en la pantalla a lo que cuadrilla asintió, “ ya lo entiendo” respondió el más terco y  reacio a entender el widget de Ajota.

 

Cambiamos de bar y seguimos con el mono tema de las aplicaciones para el potorrofón. Una consistía en poner una especie de sonda que se conectara al artilugio por el puerto de entrada de la carga, y tomase la temperatura al vino, para poder ver si es la adecuada. Con ese mismo sistema también se propuso otro gadget que sirviera para soplar y conocer el nivel de alcoholemia en la sangre. Y así siguieron hasta el siguiente bar, con la propuesta de que las tascas tuvieran guasap y así, poder pedir los potes un par de minutos antes de llegar para tenerlos en la barra cuando apareciese la cuadrilla por la puerta. Incluso podrán mandar los pinchos que les quedan por guasap y tú elegirlos. Así seguíamos de cháchara un par de tascas después, en una terraza con acera ancha, cuando a lo lejos divisamos a la argentina y a la uruguaya que se acercaban. “¡A poner nota!” y se abalanzaron a la barra, pidiendo como una jauría de niños un bolígrafo. Como si de hacer los deberes se tratara, con el hombro intentaban evitar que sus colegas pudieran ver el número que estaban escribiendo, y tras sacar la foto, orgullosos pasaban su boli al siguiente, no sin antes haber hecho desaparecer su servilleta con la nota. “¡La nota es para la uruguaya! ¡ al que califique a la argentina le capo!” chilló Ajotita con su voz de ratilla asustada. Le miraron con cara guasona y se pusieron en la terraza para hacer pasillo a las hermanas. Los únicos que no habíamos participado en la movida de las notas éramos yo, por incapacidad de hacer una foto con el pipofón y Puchi por problemas de liarse a correr con las muletas.

 

Así que las chicas pasaron por mitad del pasillo, primero la mayor y luego la pequeña. Según iban avanzando, los teléfonos iban levantándose a sus espaldas con la nota elegida por cada uno de los poteadores. La uruguaya creo que no entendió nada, pero la argentina, ya veterana en estas lides espetó un “¡Seguís siendo idiotas!”, entre las sonrisas de los chiquiteros y la mueca idiota de Ajota. La nota de uru, como es de suponer fue de sobresaliente, no llegó a matrícula de honor porque alguno pensó que era un poco jovencita para él. La rubia me trajo las fotos que le había pedido y como ya llevaba algún pote, decidí que era un buen momento para volver a casa, podría ser peligroso que con el nivel que llevaba la cuadrilla alguno se interesara por las fotos.

 

Ya en casa, le pasé la foto de la supuesta mujer de Gervasio por si la reconocía a mi princejefa. Tras mirarla un rato me dijo que le sonaba a alguien de su colegio, pero que no estaba segura. Me sugirió pasarme por la tasca de Domínguez la reinona. No me pareció mala idea. Domínguez es un tipo curiosos, algo mayor que yo, que a los cuarenta descubrió su sexualidad  y salió del armario. Ahora tiene una degustación de ambiente en una de las callejuelas que dan a Zugazarte, y seguro que sabe quien es. Si eres de Las Arenas, te tiene que tener fichado la reinona.

No hay comentarios:

Publicar un comentario