lunes, 18 de junio de 2012

AIBOAKO SERLOK (V)


ZINKO

Después de pasar unas horas hojeando algunos capítulos de las novelas, y descubrir como trataba el bueno de Wallander desatascar su investigaciones, me empezó a corroer los intestinos el recordar la bronca que me había montado la Yeni, así que como al comienzo de esta historia me encuentro frente al espejo anudándome de nuevo la corbata y encaminándome otra vez hacia los Tilos 59. Me recibe, y noté desde un comienzo que se encontraba con algo mejor de humor. Atendió con cara de sumo interés las explicaciones que le fui dando e incluso me sacó una taza de café, ya que creo que pensó por la hora que acababa de comer (aunque raro, cuando estoy preocupado por algo, no es de mis prioridades). Me volvió a decir que nunca podrían haber sido las culpables de la desaparición de el perrete la Britni o la Romualda, la primera porqué no va a estropear los únicos ratos del día que puede platicar con su novio, y la otra, porque ya no es capaz de salir sola a ningún lado, y menos a comprar - ¡Fíjese Don Pedro! Le tengo que comprar yo los boletos del metro para que salga los Domingos por la tarde a ir a ver a su hermana a Bilbao- ningún paquete de matarratas.

Aprovechando el buen talante que estaba tomando la conversación, retomé el asunto de los honorarios. Al ver como fruncía el entrecejo, utilicé el famoso doble o nada, más bien el de doble o casi nada, le propuse que si obtenía resultados, le cobraría mil euros, y si no, me conformaba con cien. Empezamos con el tira y afloja, y quedamos en que si descubría con pruebas fehacientes, me pagaría setecientos cincuenta euros, y de fracasar quedamos en doscientos, entregados en ese mismo momento, eso sí, exigencia vital mía, a la que para aceptar, me pidió un informe semanal a entregar el primero esa misma semana. Con los doscientos menos el anticipo en el bolsillo me despedí atentamente de ella, saliendo de la casa sin un rumbo fijo.

Como hacía una buena tarde y no excesivamente calurosa, dirigí mis pasos sin pensarlo mucho por la avenida de Zugazarte, ya que la sombra de sus árboles (iba a poner majestuosos pero me ha parecido un poco hortera) daban un contexto muy agradable al paseo . Allí iba dándo vueltas a lo de las pruebas fehacientes, dándome cuenta que me había metido en un berenjenal, ya que el término es lo suficientemente amplio para intentar meter lo que se me ocurra y tan sorprendentemente restrictivo que al no haberlo definido, la contraparte como no lo tenga muy claro, no me va a pagar. Así iba meditando entre dientes, cuando recordé lo que hacía el viejo Kurt para desatascar los casos, reunir a todos sus colaboradores en la sala de reuniones de su comisaría y entre tazas de café y bollos, repasaban cada uno de los puntos de su investigación. En esas, y pensando en los bollos más que en otra cosa, me acerqué hasta Zuricalday y compré media docena de bollos de mantequilla. Lo que fue un clamoroso error, comprar sólo seis bollos y no ocho, al final iba a abrir nuevas vías de investigación que me podrían llevar a resolver este caso.

Volví andando, feliz con mi paquetito, bordeando el Gobelas, llegando a casa, justo para calentar un poco de leche, cuando llegaron las dos princesas mayores, que se volvieron literalmente locas al ver los bollos encima de la mesa de la cocina. A la pregunta de las razones del dispendio le expliqué que era el método de un buen policía sueco para intentar avanzar en sus investigaciones. Al mirarme las dos con cara de extrañeza les tuve que contar que lo que realmente hacía era reunir a su equipo de investigadores y con un café y unos bollos volver a repasar todos los temas. Así que se me auto nombraron colaboradoras-investigadoras mega-guapas y tras dejar sus cosas en un santiamén, se sentaron en la mesa de la cocina, se prepararon con la leche caliente un café soluble (no voy a hacer publicidad, pero todos sabéis cual es) y se sentaron a la mesa poniendo cara de que estaban dispuestas a escuchar como marchaba mi primera investigación.

Mientras masticaban, pensé que estaban atendiendo con algo de interés lo que les estaba contando, pero según acabaron su segundo bollo y creo que una vez rellenos sus estomaguetes, empezaron a intercalar comentarios sobre sus temas favoritos, y últimamente a cuelgatú sólo parece interesarle la botánica. En una auténtica maniobra de supervivencia, al ser yo el único que no había hablado, cogí mis dos bollos y antes de que los mancillasen con sus encías me escapé al comedor a zampármelos en paz, pero algo rapidillo ya que podían interrumpirme con suma facilidad, pero parece que desde no hace mucho las princeandi han conectado y todo los días tienen que dar el parte, aunque hagan lo mismo. Debe ser algo innato a las mujeres, ya que desde que me casé, todos los días ha hablado con su madre, esté una en Nueva York y la otra en Benidorm, eso no importa. Pero claro, si empiezan desde jovencitas.

Pero el drama empezó cuando a la pregunta de qué queréis para cenar, las dos mayores me dijeron que después de los bollos nada, y princechiqui que había llegado tarde, hizo la fatídica pregunta - ¿qué bollos?- Su madre nunca hubiera contestado, dejándome ese papelón a mí, pero cuelgatú, probablemente con esa mala uva que se tiene en la adolescencia con los hermanos pequeños respondió – Los bollos para la reunión de investigadores del caso del perrito envenenado. Somos ayudantes de investigación y como hace el detective Wally que es sueco, para desatascar la investigación nos reunimos con cafés y bollos para repasar la investigación.

La miré con ganas de estrangularla, pero he de reconocer que algo sorprendido que hubiera retenido tanta información, y luego volví la vista hacia la pequeña, cuyos ojos negros comenzaban a anegarse de lágrimas, con una mirada de reproche que estaba rompiendo mi corazoncito ( a lo Coyote Dax), y no puede hacer otra cosa que seguirla hasta la habitación, aguantar sin chistar que me cerrara la puerta en las narices, y cuando la abrí tras pedir el pertinente permiso me recibió en jarras, y me espetó a la cara - ¿cómo me has podido traicionar, si la única que te ha ayudado he sido yo?

Me costó que me perdonara hacerle para cenar una tortillita francesa de dos huevos con un par de tranchetes en medio, y una mini fundí de chocolate con gajos de mandarina, a los que previamente tenía que haber investigado (fue muy doloroso el escucharle, “sin mi ayuda no vales para investigar más”) si tenían o no pepitas, descartando las primeras, además, por supuesto, de que mañana mantendríamos una reunión pero en su cuarto, con la entrada prohibida a las dos gordas, y por supuesto con bollos de mantequilla de Zuricalday. He de reconocer que tras asentir a todo lo que me hizo prometer, salí de casa veloz como el rayo otra vez hacia los Tilos, pero esta vez no por la directa, sino por un par de calles más arriba. Encontré encima de la estación un punto desde donde se podía divisar tanto la entrada de la casa como la calle donde la Britni platicaba con su noviete.  La pillé justo volviendo con la pedorra de Truska. Dada la hora, la zona para aparcar estaba vacía, así que me pareció un buen observatorio para corroborar lo que la Yeni me había dicho y de paso ver si había algo extraño que pudiera darme nuevas ideas que seguir. Mañana por la mañana, pasaría con el coche para poder observar discretamente.

Allí me dirigí antes de la preparación del desayuno a la princesada pero no había caído en la cuenta que a las mañanas, mucha gente iba a coger el metro y aparcaban el coche en la zona que pretendía ser mi observatorio, así que no me quedó más remedio que aparcar casi al lado de mi casa, ir corriendo hasta mi punto x, para ver lo mismo que ayer por la noche, como la Britni llegaba de nuevo a su morada, con la perrita atada a su correa. Para lograr una vigilancia efectiva matutina, el coche no era una opción.

El día transcurrió normalmente, el desayuno, la limpieza, era el martes de supermercado, la comida para un par de días. Ya, después de comer, recordé la promesa que había hecho a la pequeña. Así que decidí volver andando hasta Zuricalday para comprar otra media docena de bollos de mantequilla (la dependienta me sonreía amablemente, quizás pensando que podría llegar a ser un gran negocio si me trataba con simpatía, y no iba muy desencaminada, salvo por mi lacra estructural de pocket-money. Creo que le presentaré al empresario navarro 2013) y esperar a que princepeque llegara. Al revés que ayer, hoy era princepitu la que llegaba primero mientras que las pricemaduras llegaban justo a cenar.

Le preparé la bandeja de bollos en la cocina, y cuando la vio, pude atisbar una chispilla brillante en sus ojillos negros, que le duró una centésima de segundo, hasta que imitando a sus mayores me ordenó que llenase un par de pintas de leche semi desnatada y las llevase con los bollos y unas servilletas de celulosa a su cuarto. Cuando allí llegué y se percató de la existencia de seis bollos (la media docenita que me da por comprar de todo), me señaló una banqueta para que me sentase y salió del cuarto. Cuando volvió, no había pasado ni medio minuto, traía un pedazo de papel de aluminio en el que envolvió dos bollos – Para la reflexión de mañana en el autobús y en el recreo – me justificó.

Tras haber masticado aproximadamente medio bollo cada uno ( a comparación con las de ayer, ésta parecía interesada), me miro con displicencia y sentenció – Peru, explícame cómo va el caso

Tras una corta reflexión, el caso del perrillo envenenado no daba para más, y a la vista de los datos objetivos, sólo teníamos que:
  • ·         El perro había sido envenenado con matarratas con una cadencia entre la ingestión y la muerte de cuatro cinco horas, según aseveró el veterinario y así lo certificó
  • ·         Que el perrito había cascado a las doce y media de la tarde
  • ·    Con esos dos datos, tuvo que ser cuando la Britni platicaba con su novio dejando al perrito suelto
  • ·       Objetivamente, ninguna de las tres empleadas de la dueña, podían tener mayor interés en que el perrillo la diñara
  • ·       No sabemos ni intuimos qué interés puede haber en el envenenamiento del pobre Trusky
  • ·       Si descartamos totalmente que el veneno se lo suministraran en su casa, sólo nos queda que se lo hubieran dado cuando la Britni pelaba la pava con el novio, suelto por esa calleja, lo que limita de alguna manera el radio de acción, a unos trescientos vecinos (¡Viva, viva!)
  • ·         Y limita la hora, tuvo que ser por la mañana.


Pocas veces vi a la princepeque con esa cara de satisfacción tras subrayar la última de las reflexiones en su cuaderno. - ¿y ahora qué, Peru?- Le pedí que me diera una copia de sus anotaciones para actuar en consecuencia, y le expliqué que hoy por la noche iba otra vez a vigilar el paseo de la Britni - ¿por la noche? Si en cualquier caso ha sido por la mañana – Sí, pero creo que algo extraño ha pasado cuando esta mujer paseaba al perro, y probablemente el verla de lejos, para que no me vuelvan a identificar, puede que me ayude- Pues no te preocupes te voy a dejar los prismáticos que ama me compró cuando fui al grupo de exploración de avistamiento de pajaritos (Katalejos para el Komité Pajarrako, según su hermana mayor y yo).

Pues eso, con unos catalejos en el coche volví a mi parking encima de la estación del metro de Neguri, para corroborar de nuevo que la Britni, veía al novio, soltaba a la perrita y durante veinte minutos sólo tenía ojos para su chico. No encontré nada especial así que volví a casa, donde la princepeque estaba pasando por los morros a su hermana mayor que ella era la realmente la ayudante de investigación de verdad, y que por eso le habría dado el doble de bollos de mantequilla que a ella.

En fin, antes de empezar a mediar o a discutir, me fui a la cama a ver “Modern Family”, que bueno, si lo trasladásemos a la mía, tampoco desentonaría mucho.

3 comentarios:

  1. La parte gastronómica ha caído en picado ... Mucho bollo comprado y poca elaboración artesana - lo de la tortilla con tranchetes no debería haber pasado la censura

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  2. Cierto que el mini fundí con manadarina da un toque glamuroso al menú

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  3. Guasapete, de todas maneras has de reconocer que los bollos de mantequilla de Zurica están ¡MEGAGÜENOS!
    Sí, el tranchete no es la manera ideal de meter queso en una torti francesa, pero a los peques les gusta más que si rayas Idiazabal.

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