ZINKO
Después de pasar unas horas hojeando algunos
capítulos de las novelas, y descubrir como trataba el bueno de Wallander
desatascar su investigaciones, me empezó a corroer los intestinos el recordar
la bronca que me había montado la Yeni, así que como al comienzo de esta
historia me encuentro frente al espejo anudándome de nuevo la corbata y
encaminándome otra vez hacia los Tilos 59. Me recibe, y noté desde un comienzo
que se encontraba con algo mejor de humor. Atendió con cara de sumo interés las
explicaciones que le fui dando e incluso me sacó una taza de café, ya que creo
que pensó por la hora que acababa de comer (aunque raro, cuando estoy preocupado por algo, no es de mis prioridades). Me volvió a decir que nunca podrían haber sido las culpables de la desaparición de el perrete la Britni o la Romualda, la primera porqué no va a estropear los únicos
ratos del día que puede platicar con su novio, y la otra, porque ya no es capaz
de salir sola a ningún lado, y menos a comprar - ¡Fíjese Don Pedro! Le tengo
que comprar yo los boletos del metro para que salga los Domingos por la tarde a
ir a ver a su hermana a Bilbao- ningún paquete de matarratas.
Aprovechando el buen talante que estaba
tomando la conversación, retomé el asunto de los honorarios. Al ver como
fruncía el entrecejo, utilicé el famoso doble o nada, más bien el de doble o
casi nada, le propuse que si obtenía resultados, le cobraría mil euros, y si no,
me conformaba con cien. Empezamos con el tira y afloja, y quedamos en que si
descubría con pruebas fehacientes, me pagaría setecientos cincuenta euros, y de
fracasar quedamos en doscientos, entregados en ese mismo momento, eso sí, exigencia vital mía, a la que para aceptar, me
pidió un informe semanal a entregar el primero esa misma semana. Con los doscientos menos
el anticipo en el bolsillo me despedí atentamente de ella, saliendo de la casa
sin un rumbo fijo.
Como hacía una buena tarde y no excesivamente
calurosa, dirigí mis pasos sin pensarlo mucho por la avenida de Zugazarte, ya
que la sombra de sus árboles (iba a poner majestuosos pero me ha parecido un
poco hortera) daban un contexto muy agradable al paseo . Allí iba dándo vueltas a lo de las pruebas fehacientes, dándome
cuenta que me había metido en un berenjenal, ya que el término es lo
suficientemente amplio para intentar meter lo que se me ocurra y tan
sorprendentemente restrictivo que al no haberlo definido, la contraparte
como no lo tenga muy claro, no me va a pagar. Así iba meditando entre dientes,
cuando recordé lo que hacía el viejo Kurt para desatascar los casos, reunir a
todos sus colaboradores en la sala de reuniones de su comisaría y entre tazas
de café y bollos, repasaban cada uno de los puntos de su investigación. En
esas, y pensando en los bollos más que en otra cosa, me acerqué hasta Zuricalday
y compré media docena de bollos de mantequilla. Lo que fue un clamoroso error, comprar sólo seis bollos y no ocho,
al final iba a abrir nuevas vías de investigación que me podrían llevar a resolver
este caso.
Volví andando, feliz con mi paquetito,
bordeando el Gobelas, llegando a casa, justo para calentar un poco de leche,
cuando llegaron las dos princesas mayores, que se volvieron literalmente locas
al ver los bollos encima de la mesa de la cocina. A la pregunta de las razones
del dispendio le expliqué que era el método de un buen policía sueco para
intentar avanzar en sus investigaciones. Al mirarme las dos con cara de
extrañeza les tuve que contar que lo que realmente hacía era reunir a su equipo
de investigadores y con un café y unos bollos volver a repasar todos los temas.
Así que se me auto nombraron colaboradoras-investigadoras mega-guapas y tras
dejar sus cosas en un santiamén, se sentaron en la mesa de la cocina, se
prepararon con la leche caliente un café soluble (no voy a hacer publicidad,
pero todos sabéis cual es) y se sentaron a la mesa poniendo cara de que estaban
dispuestas a escuchar como marchaba mi primera investigación.
Mientras masticaban, pensé que estaban
atendiendo con algo de interés lo que les estaba contando, pero según acabaron
su segundo bollo y creo que una vez rellenos sus estomaguetes, empezaron a
intercalar comentarios sobre sus temas favoritos, y últimamente a cuelgatú sólo
parece interesarle la botánica. En una auténtica maniobra de supervivencia, al
ser yo el único que no había hablado, cogí mis dos bollos y antes de que los
mancillasen con sus encías me escapé al comedor a zampármelos en paz, pero algo
rapidillo ya que podían interrumpirme con suma facilidad, pero parece que desde
no hace mucho las princeandi han conectado y todo los días tienen que dar el
parte, aunque hagan lo mismo. Debe ser algo innato a las mujeres, ya que desde
que me casé, todos los días ha hablado con su madre, esté una en Nueva York y
la otra en Benidorm, eso no importa. Pero claro, si empiezan desde jovencitas.
Pero el drama empezó cuando a la pregunta de
qué queréis para cenar, las dos mayores me dijeron que después de los bollos
nada, y princechiqui que había llegado tarde, hizo la fatídica pregunta - ¿qué
bollos?- Su madre nunca hubiera contestado, dejándome ese papelón a mí, pero
cuelgatú, probablemente con esa mala uva que se tiene en la adolescencia con
los hermanos pequeños respondió – Los bollos para la reunión de investigadores
del caso del perrito envenenado. Somos ayudantes de investigación y como hace
el detective Wally que es sueco, para desatascar la investigación nos reunimos
con cafés y bollos para repasar la investigación.
La miré con ganas de estrangularla, pero he
de reconocer que algo sorprendido que hubiera retenido tanta información, y
luego volví la vista hacia la pequeña, cuyos ojos negros comenzaban a anegarse
de lágrimas, con una mirada de reproche que estaba rompiendo mi corazoncito ( a
lo Coyote Dax), y no puede hacer otra cosa que seguirla hasta la habitación,
aguantar sin chistar que me cerrara la puerta en las narices, y cuando la abrí
tras pedir el pertinente permiso me recibió en jarras, y me espetó a la cara - ¿cómo
me has podido traicionar, si la única que te ha ayudado he sido yo?
Me costó que me perdonara hacerle para cenar
una tortillita francesa de dos huevos con un par de tranchetes en medio, y una
mini fundí de chocolate con gajos de mandarina, a los que previamente tenía que
haber investigado (fue muy doloroso el escucharle, “sin mi ayuda no vales para
investigar más”) si tenían o no pepitas, descartando las primeras, además, por
supuesto, de que mañana mantendríamos una reunión pero en su cuarto, con la
entrada prohibida a las dos gordas, y por supuesto con bollos de mantequilla de
Zuricalday. He de reconocer que tras asentir a todo lo que me hizo prometer,
salí de casa veloz como el rayo otra vez hacia los Tilos, pero esta vez no por
la directa, sino por un par de calles más arriba. Encontré encima de la
estación un punto desde donde se podía divisar tanto la entrada de la casa como
la calle donde la Britni platicaba con su noviete. La pillé justo volviendo con la pedorra de
Truska. Dada la hora, la zona para aparcar estaba vacía, así que me pareció un
buen observatorio para corroborar lo que la Yeni me había dicho y de paso ver
si había algo extraño que pudiera darme nuevas ideas que seguir. Mañana por la
mañana, pasaría con el coche para poder observar discretamente.
Allí me dirigí antes de la preparación del desayuno a la princesada pero no había caído en la cuenta que a las
mañanas, mucha gente iba a coger el metro y aparcaban el coche en la zona que pretendía ser mi observatorio, así que no me quedó más remedio que aparcar casi
al lado de mi casa, ir corriendo hasta mi punto x, para ver lo mismo que ayer
por la noche, como la Britni llegaba de nuevo a su morada, con la perrita atada
a su correa. Para lograr una vigilancia efectiva matutina, el coche no era una
opción.
El día transcurrió normalmente, el desayuno,
la limpieza, era el martes de supermercado, la comida para un par de días. Ya,
después de comer, recordé la promesa que había hecho a la pequeña. Así que
decidí volver andando hasta Zuricalday para comprar otra media docena de bollos
de mantequilla (la dependienta me sonreía amablemente, quizás pensando que
podría llegar a ser un gran negocio si me trataba con simpatía, y no iba muy
desencaminada, salvo por mi lacra estructural de pocket-money. Creo que le presentaré al empresario navarro 2013) y esperar a que
princepeque llegara. Al revés que ayer, hoy era princepitu la que llegaba
primero mientras que las pricemaduras llegaban justo a cenar.
Le preparé la bandeja de bollos en la cocina,
y cuando la vio, pude atisbar una chispilla brillante en sus ojillos negros,
que le duró una centésima de segundo, hasta que imitando a sus mayores me
ordenó que llenase un par de pintas de leche semi desnatada y las llevase con
los bollos y unas servilletas de celulosa a su cuarto. Cuando allí llegué y se
percató de la existencia de seis bollos (la media docenita que me da por
comprar de todo), me señaló una banqueta para que me sentase y salió del
cuarto. Cuando volvió, no había pasado ni medio minuto, traía un pedazo de
papel de aluminio en el que envolvió dos bollos – Para la reflexión de mañana
en el autobús y en el recreo – me justificó.
Tras haber masticado aproximadamente medio
bollo cada uno ( a comparación con las de ayer, ésta parecía interesada), me
miro con displicencia y sentenció – Peru, explícame cómo va el caso
Tras una corta reflexión, el caso del
perrillo envenenado no daba para más, y a la vista de los datos objetivos, sólo
teníamos que:
- · El perro había sido envenenado con matarratas con una cadencia entre la ingestión y la muerte de cuatro cinco horas, según aseveró el veterinario y así lo certificó
- · Que el perrito había cascado a las doce y media de la tarde
- · Con esos dos datos, tuvo que ser cuando la Britni platicaba con su novio dejando al perrito suelto
- · Objetivamente, ninguna de las tres empleadas de la dueña, podían tener mayor interés en que el perrillo la diñara
- · No sabemos ni intuimos qué interés puede haber en el envenenamiento del pobre Trusky
- · Si descartamos totalmente que el veneno se lo suministraran en su casa, sólo nos queda que se lo hubieran dado cuando la Britni pelaba la pava con el novio, suelto por esa calleja, lo que limita de alguna manera el radio de acción, a unos trescientos vecinos (¡Viva, viva!)
- · Y limita la hora, tuvo que ser por la mañana.
Pocas veces vi a la princepeque con esa cara
de satisfacción tras subrayar la última de las reflexiones en su cuaderno. - ¿y
ahora qué, Peru?- Le pedí que me diera una copia de sus anotaciones para actuar
en consecuencia, y le expliqué que hoy por la noche iba otra vez a vigilar el
paseo de la Britni - ¿por la noche? Si en cualquier caso ha sido por la mañana –
Sí, pero creo que algo extraño ha pasado cuando esta mujer paseaba al perro, y
probablemente el verla de lejos, para que no me vuelvan a identificar, puede
que me ayude- Pues no te preocupes te voy a dejar los prismáticos que ama me
compró cuando fui al grupo de exploración de avistamiento de pajaritos (Katalejos para el Komité
Pajarrako, según su hermana mayor y yo).
Pues eso, con unos catalejos en el coche
volví a mi parking encima de la estación del metro de Neguri, para corroborar
de nuevo que la Britni, veía al novio, soltaba a la perrita y durante veinte
minutos sólo tenía ojos para su chico. No encontré nada especial así que volví
a casa, donde la princepeque estaba pasando por los morros a su hermana mayor
que ella era la realmente la ayudante de investigación de verdad, y que por eso
le habría dado el doble de bollos de mantequilla que a ella.
En fin, antes de empezar a mediar o a
discutir, me fui a la cama a ver “Modern Family”, que bueno, si lo trasladásemos
a la mía, tampoco desentonaría mucho.
La parte gastronómica ha caído en picado ... Mucho bollo comprado y poca elaboración artesana - lo de la tortilla con tranchetes no debería haber pasado la censura
ResponderEliminarCierto que el mini fundí con manadarina da un toque glamuroso al menú
ResponderEliminarGuasapete, de todas maneras has de reconocer que los bollos de mantequilla de Zurica están ¡MEGAGÜENOS!
ResponderEliminarSí, el tranchete no es la manera ideal de meter queso en una torti francesa, pero a los peques les gusta más que si rayas Idiazabal.