lunes, 4 de junio de 2012

AIBOAKO SERLOK (II)


KAPITULO TXU

Las mañanas primaverales en Aiboa son una gozada. Algo fresquitas, quizás, pero aquella mañana me había puesto una sudadera para no tener esa sensación. Era una sudadera con historia y a la que había sido siempre fiel, incluso cuando había sido amenazada con convertirse en trapos de cocina, siendo una de las pocas veces que he impuesto mi criterio en casa y la salvé de la tijera. ¿Una de las veces?. A fuerza de ser sincero, creo que ha sido la única. Fue la estrella en los carnavales de Santutxu cuando salimos de “Los Raperos Poteros”, y lo que más me gusta es su capucha. No hicimos gran cosa, ya que como avisé al líder, lo de potero es como más de vomitar, y que hubiera sido mejor “los poteadores rapeadores”, pero como no fui yo el que inscribió el grupo en el concurso.

Voy pensando todas estas chorradas mientras doy mi paseo matutino. Salgo de casa alrededor de las seis y media, y sigo por la avenida de los Chopos hasta el cruce de Venancios. El tiempo lo tengo más o menos calculado y para las siete y veinte estoy de nuevo en casa. Según llego, pongo un cacito con la leche a calentar, y exprimo nueve naranjas para que mis princesas tengan listo su desayuno. A la vez, tuesto dos tostadas de pan de molde, dos de pan integral, y el currusco de pan duro que sobró del día anterior. Saco la mantequilla para que cuando lleguen se haya reblandecido un poco y sea más fácil de untar. Y por último, la mermelada, de naranja, frutos del bosque y albaricoque. Me caliento un cafelito en el micro ondas que voy tomando hasta que llegan las tres. Entonces, mientras desayunan, empiezo a pasar el aspirador por toda la casa, pero creo que hago eso por las mañanas para que cuando se van, se quedan con la sensación que estoy currando. Cuando llegan, tienen la cena preparada, así que no doy precisamente una imagen de no pegar palo al agua.

Esta mañana me doy cuenta que no he seguido mi camino habitual, sino que he dirigido mis pasos hacia la calle de los Tilos. No ha sido nada planeado, probablemente haya sido el subconsciente el que me haya guiado, con el fin de empezar a husmear un poco. Voy cogiendo olfato de detective privado. Ahí ha sido donde me he acordado que la sudadera tenía la capucha, aunque todavía puede ser muy pronto para que pase nada. Cuando me encuentro cerca del portal 59, intuyo movimiento  así que me detengo y en plan disimulado hago como que estiro. Para evitar ser algo menos reconocible, me pongo la capucha. Sale del portal la criadita que miraba hacia el suelo, llevando con una correa a la perrita ladradora. Pegué un pequeño respingo, ya que pensé que me podía reconocer, o al menos oler, pero Truska parecía más interesada en olfatear los alrededores de su casa. La chica se metió por una pequeña calle peatonal que va desde los Tilos a Cristóbal Colón, cerca de la estación del metro. Desde lejos observo como la chiquita, en el momento que ya no puede ser visible desde su casa, suelta a la perrilla, y se pone a fumar. A mi lado pasa un joven sudamericano que toma también esa misma calle y al llegar donde ella, se detiene y se pone a conversar. Me meto en unos soportales cercanos, y tras una columna, me pongo a observar en plan disimulado. Parece que son novietes. A lo lejos se oye a la pesada de Truska ladrar. Intento fisgar, pero la luz me viene al cerebro y miro el reloj. ¡Voy a tener que ir casi corriendo!, si quiero poner el desayuno a su hora, y mis chicas, para eso, son bastante germánicas, es decir un poco cuadradas, bueno, un poco no, mucho.

Menos mal que las nenas se hacen las camas, así que me da tiempo a cruzar para comprar el periódico y el pan, según se van de casa. Recojo los cacharros, ordeno un poco los baños, pongo una lavadora y ¡tachán!, ya estoy libre para leer el periódico. Embutido en esa rutina, no caigo en la cuenta hasta casi las once que tengo una carpeta con información del caso, que todavía no me he dignado en leer. Antes de empezar, me hago una hojita en Excel donde empiezo a marcar las horas que estoy invirtiendo en el caso. Ya llevo un par de ellas, ayer para ir y coger los datos (No cogí ninguno), y esta mañana de vigilancia. ¡Ah!, he de meter también el tiempo invertido es hacer la hoja Excel ¡Cómo se nota que me tocó vigilar como imputaban las horas en un gran macro bufete de renombre! Hasta metían las horas de las comidas cuando en ellas mencionaban de pasada a algún cliente. A un socio de una firma, le pillé que un día había metido facturado las dos horas de la comida con su novia a cuatro clientes distintos (a cada uno tres horas). Supongo que sería porque le contaría tras el polvo posterior al almuerzo en qué casos se encontraba ocupado.

Abrí la carpeta. Tenía un par de fotos de estudio del chucho, una hoja con su pedigrí (¡Vaya con el perrete, descendía de la pata del Cid! Exagero, por lo menos de la cola de Rin Tin Tin y del .... de Lassie), unas fotos en las que aparecía en una habitación de una casa, aparentemente muerto, y un informe de un veterinario de Algorta. Al parecer le habían hecho la autopsia y me daba la impresión que al perro lo habían envenenado, pero como no entendía nada, supuse que la mejor idea sería darme una vuelta. Como la consulta, un bajo a pie de calle, estaba cerca de la estación de Algorta, me sedujo la idea de tomar unos pinchos a modo de comida en Amesti, eso sí, tras la visita. Desde allí, y según lo me contara en veterinario, organizaría una nueva visita a la casa de la señora e interrogaría al servicio. Un buen plan para pasar el día, y así ir añadiendo horillas a mi hojita Excel.

La consulta del veterinario se encontraba en un bajo, reiterando lo que he dicho más arriba. Cuando entré, había un par de personas esperando cada una de ellas con un animalillo. Había una mesa vacía con un teléfono y un ordenador. Me quedé frente a ella, suponiendo que en breve saldría alguien para atenderme. Así fue. Tras explicarle a una chica vestida con uniforme blanco cuales eran las razones que hasta allí me habían llevado, y revisando que no había pedido hora (eso, ya lo sabía yo), me citó para que apareciera a la una y media, momento en que Fernando, supongo que el veterinario, podría atenderme. Faltaba todavía una hora, así que salí y viendo que hacía un día estupendo, decidí tomar un único y mítico pote en el molino de Aixerrota, y aprovecharía también para deleitarme con las vistas de los acantilados. Pero la carne es débil, y cuanto todavía estaba por la avenida del Ángel, se me ocurrió meter los morros en una tasca que tenía una espectacular fuente de gildas. Total, que me metí dentro, y un par de potes (Rioja crianza, of course) y un trío de gildas después (Un full en el argot de póker), tras la obligada revisión de la prensa deportiva disponible en la barra del bar, me di cuenta que tenía que andar ligerito, si quería llegar a tiempo donde Fernando.

Llegué con tiempo, incluso tuve que esperar un cuarto de hora adicional, ya que como me explico la chavala de recepción, tenía un intervención un poco delicada. Me recibió muy atento y después de presentarme como investigador privado, escuchó mis explicaciones y lo que quería, mientras echaba un vistazo a su ordenador, donde me explicó que guardaba su informe.
 - Recuerdo perfectamente. Es muy raro que nos pidan algo así, pero venía bien  recomendada por un buen cliente, y la verdad es que no pusieron ninguna pega al presupuesto que les pasé
-  ¿Era mucho? – pregunté, más por curiosidad que por otra cosa
 - El análisis de las vísceras costó cerca de dos mil euros, ya que hubo que encargarlo a la universidad, y yo cobré otros mil por el informe.
Joder, y la potra de la vieja me está rateando mis honorarios, tengo que volver a retomar este tema con la Yeni de las pelotas, por lo menos para cobrar algo y bien.
-  Los nombres y terminaciones que vienen me son muy extraños ¿me lo podría explicar en lenguaje llano?
-  Ningún problema, es algo muy claro, lo envenenaron con un raticida, del que incluso los del laboratorio sacaron hasta su denominación comercial, pero también tengo que decirte que es uno de los más corrientes, y se puede obtener muy fácilmente. Por ese lado, poco más podrás averiguar.
-  Lo que tengo entendido es que se murió en casa - ¡Huy! Mi círculo de sospechosos se reduce drásticamente a tres personas.
-  Sí, en mis notas tengo apuntado que el perro cayó fulminado hacia las doce de la mañana.
- O sea, que el veneno se lo tuvieron que dar un poco antes ¡No?- esperanzado afirmo viendo que mi caso iba a tener un rápido desenlace.
-  No es así. Los venenos para roedores tardan en hacer efecto unas cuantas horas, ya que si murieran al instante, las ratas que quedan vivas, no comerían lo que ha matado a una compañera. Aprenden en seguida, así que los venenos actúan con un retardo de varias horas para ser más efectivos.- A tomar por saco, el círculo de sospechosos se multiplica al infinito.
-  Entonces, ¿lo pudo comer en la calle tras encontrarlo casualmente?
-  Tampoco sería muy exacto. El veneno en sí repelé a los demás animales que no sean ratas, precisamente para evitar muertes accidentales (y costosas demandas). Se lo tuvieron que administrar dentro de algún alimento de los que le podía gustar al animalillo. Lamentablemente, y dado el tiempo que pasó entre la ingesta y la muerte, no encontré nada en el estómago que pudiera aportar alguna pista
-  Así que tu conclusión es que lo envenenaron a propósito
-  No puedo afirmarlo taxativamente, pero es la impresión que me dio
-  ¿Y cuanto tiempo pudo pasar entre que se comió el veneno y su muerte?
-  Es difícil saberlo, pero creo que al menos cuatro horas. Depende de la dosis que le metieran, cuya eficacia también va en función del peso y edad del animal. Nunca más de ocho horas ni menos de tres, pero tras leer un poco de la literatura del fabricante, considero que por ahí pueden andar los tiros
-  Oye, pues muchas gracias – le dije mientras me levantaba de la silla
-  No hay de qué – Mientras se levantaba y se quitaba la chaqueta blanca que llevaba- Oye, ¡podrías dejarme alguna tarjeta? De vez en cuando algunos de mis clientes me preguntan si conozco a algún detective que se encargue de animales.
-  Hombre, esto lo hago un poco como tú la autopsia, por una buena recomendación, pero bueno, si la paga es buena, tampoco veo porqu no. Paso un día de estos y te dejo unas tarjetas (que por supuesto, todavía no tenía)

Salí mascullando entre dientes sobre la tacañería del personal. Por una mierda de autopsia paga 3.000 euros la vieja, y a mí me ratean todo lo que puede. Esto no quedará así juro entre dientes mientras pido con una sonrisilla beata una pinta de cerveza en el Barbarella de Amesti. Tras unas cuantas pintas, dos o tres a lo sumo,  y los correspondientes vegetales picantillos, decido que es hora de comenzar con los interrogatorios. ¡A mí se me van a escapar dos chavalitas y una vieja! A medida que iba tomando cerveza, me iba envalentonando. Hay que reconocer que lo de preguntar nunca se me había dado excesivamente mal. Así que convencido de los siguientes pasos a dar, llamo a la Yeni para citarle inmediatamente a su señora, a ella, a la criadita joven y a la vieja para interrogarlas. Yeni me contestó muy educadamente que podía acercarme a su domicilio (el de su jefa) cuando quisiera, así que una vez colgado el móvil, tomé el último trago de cerveza, y con un golpe seco dejé el vaso en la barra, con la intención de que todos los parroquianos presenten pudieran constatar mi decidida actitud y abnegada entrega a la causa.

Ya fuera del Bar, y con el fin de darme ánimos comencé a rememorar aquellos tiempos en los que investigaba incendios. Uno de las primeras causas a descartar era el accidente de fumador. Tras cuatro o cinco incendios ya comprendí que después de un chamuscamiento nadie iba a reconocer que fumaba. Así que hubo que cambiar de táctica. Siempre pedías poder hablar con los que habían descubierto el fuego, los que estuvieran de turno, o con cualquiera que pasara por allí. Les dejabas explayarse, que fueran cogiendo confianza, y cuando ya estaban desprevenidos, comentabas, “¿porqué no salimos un poco?”. Ya en la calle, sacabas un paquete de Marlboro (era fundamental que fuera rubio americano) y ofrecías. Siempre cogían todos, con lo que te evitabas la pregunta de “¿alguno del turno fuma?”. Eso sí, en honor a la verdad, he de reconocer que de los incendios que me tocó investigar, la causa siempre estuvo muy lejos de que hubiera sido un accidente de fumador.

Ya llegado a los Tilos 59, y entrado por la puerta de servicio, me enfrento a la Yeni y solicito hablar con su señora.
- La señora está reposando y no puede atenderle, Don Pedro. Cualquier cuestión que quiera hacerle llegar, hágalo a través mío.
Me empiezo a enfurecer, pero en un momento de lucidez, comprendo que la Yeni es la que podrá hacer realidad mis minutas, así que sentado en la silla y mientras saboreo un vaso de agua, comienzo a preguntarle sobre cuestiones generales. Me informa que la señora ya es muy mayor y que nunca sale con los perros de casa. También me dice, que no hay especial interés en el dinero de la señora, ya que ha donado todos sus bienes a sus tres hijas, y que son éstas las que le pasan una asignación mensual y que corren con los gastos del servicio, que como habrá podido comprobar, Don Pedro, a todas luces es más que de sobra para atender a una señora mayor y sus perrillos. Descarto que los perros sean los herederos, (esto tampoco es una novela anglo sajona donde se pueda poner de beneficiario a quien se te ocurra). Sigo conversando con la Yeni, pero se me escaquea perfectamente y con ella, no voy a llegar a nada más, así que pido hablar a solas con la vieja, Romualda, y con la jovencilla, Britni, que así se llama, o se hace llamar. Yeni me dice que por supuesto, que ningún problema, pero que ella, va a estar presente.

Comienzo con la Romualda, algo parecido a intentar hablar con una pared, pero con una pared que encima te mira como por encima de la nariz y tirando la cabeza para atrás. Poco le logro sacar, sus cincuenta años a servicio de la señora, que ella no ha tocado a un perro ni para darle de comer, que esas tareas eran para la criada (como si era no lo fuera) y que lleva mucho tiempo en la casa para uno que viene de fuera le moleste con tonterías. Si además, añadimos a que yo estaba sentado en la puñetera banqueta de madera y la Romualda se encontraba de pié frente a mí, en un plano superior, quedaba muy claro quien la estaba cagando.

Así que cuando vino la Britni, me levanté, la miré de abajo a abajo y la pedí que se sentara en la banqueta. Con las manos entrelazas y musitando un “Sí señor, como usted mande” se sentó en la banqueta sin levantar la vista. Me empezó a entra vergüenza, era tan pequeñita que casi ni me llegaba al codo, probablemente si yo me hubiera quedado sentado, estaríamos a la misma altura. Me explicó sin dejar de mirar al suelo que ella era la encargada de sacar a pasear los perros por la mañana, al mediodía y por la tarde siguiendo las instrucciones de su señora, que quería mucho a los perritos y que estuvo llorando dos días desde que Trusky la palmó (En realidad dijo hasta que fue al cielo de los perritos), y que nunca, nunca los había soltado y muchísimo menos “Don Pedro” dejar que comieran algo de la calle. En ese momento dejó de mirar al suelo y alzó sus ojillos negros hacia mí. Se dio cuenta que la había pillado, que no me estaba contando la verdad y se echó las manos a la cara y comenzó a sollozar al principio y a llorar con gran volumen doce segundos después. Pocas veces me he sentido en mi vida tan hijo de puta como en este momento. El que estaba empezando a sonrojarse era yo. Total que entre los lloros de la Britni, la Romu que me miraba como “porque no te vas de una vez” y la Yeni, toda zalamera, agradeciendo aquel interrogatorio tan brillante, que disculpase a la Britni que su mamá estaba enferma en Lamiako, y que de las horas ya hablaríamos, “pero Don Pedro, no me puede cargar diez horas ya, cuando lo único que hizo fue un par de preguntitas", me encontré de nuevo en la calle.

Una vez, de nuevo, en los Tilos, intenté recomponer todo lo que había averiguado en las últimas horas. Cuando me encontraba en lo mejor del resumen, se me ocurrió mirar el reloj. ¡Cielos! Ya eran las siete de la tarde, y después del yoga, pilates, spinning, entrenamientos, clases de idiomas y alguna sandez más, mis princesas llegarían sudorosas y agotadas a casa. ¡Sólo han comido un sándwich como mucho!¡Llegarán semi deshidratadas y hambrientas, deseosas de terminar con todos los reconfortantes hidratos de carbono que les pueda poner para cenar!¿Qué les puedo poner?. Peru, soy o eres un exagerado, nada como unos fide guas para amansar a las fieras, que no es excesivamente complicado.

Primero pocho la cebolla y cuando está a punto le echo el pimentón dulce. Remuevo poco a poco, y añado las tiras de calamar cortadas muy pequeñas. Cuando están hechas, meto los fide guas y remuevo bien para mezclarlo. Ya mezclado añado un bote pequeño de tomate frito y lo vuelvo a mezclar, todo muy bien, introduciendo poco a poco unos 250 gramos de gambas que ya había descongelado por la matina. Cuando está todo mezclado añado el caldo de pescado (normalmente tetrabrick de super), doble de volumen que los fide guas, vamos como el arroz. Lo dejo que se vaya haciendo a fuego moderado, y unos cuatro minutos antes de retirarlo del fuego, le pongo por encima, langostinos crudos. Retirado del fuego, lo tapo con papel de periódico y los dejos reposar unos 15 minutos, donde los langostinos se acaban de hacer. Si hay guisantes frescos, tampoco es mala idea añadirlos al guisote.

Mis princesas se chupan los dedos, y al día siguiente se pelean por las sobras. No hay nada como ser un gran cocinero, y sobre todo no tener que hacer la cena al día siguiente. ¡Mañana, reliquias!

4 comentarios:

  1. mas investigacion y menos recetarios
    vamos a por el tree

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    1. Rasputilla, no seas pesado. Por cierto enséñale a Alber Zotas a hacer comentarios. Eso sí, no le enseñes a colgar fotos, porque me da que tiene un gusto parecido al tuyo. Es lo que tiene haber estado en la misma clase en la uni. Sería lo que me faltaba ¡Otro de la comer en plan osaba!

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