domingo, 23 de febrero de 2014

El cazador - Deportes

Era un Viernes hacia la media tarde, soleado, pero todavía sin haberse asentado del todo la primavera en Torrebertán, unos de los pueblos más importantes de la provincia, a sesenta kilómetros de la capital, pero lo más importante a una hora y media corta de Madrid, a sólo diez minutos de una de las numerosas autovías radiales que acaban en el kilometro cero de la puerta del sol. Era de las pocas localidades en que la crisis no había hecho mella al estar cerca de los cotos de caza favoritos de Europa, con todo lo que esa actividad conlleva. Pero no sería justo afirmar que los casi cuarenta mil habitantes del pueblo vivían de ello, sino de la próspera industria de la tapicería para coches de lujo, que llevaba ya tiempo inmemorial siendo el motor de aquella comarca.

Aunque la maquinaria podía haber sido un contrapeso en la creación de empleo, Don Fulgencio, el dueño único de Industrias Jiménez había visto con una notable clarividencia lo que podía pasar en el futuro y había creado una potente industria auxiliar en torno a la comodidad interior en los vehículos de lujo, desde la carpintería en maderas nobles hasta los adornos y cromados con metales preciosos, diversificando incluso con sillas de montar. Era un pueblo normal, donde lo único que llamaba algo la atención era el poco afecto que se sentía por los dos clubs de fútbol, que militaban en regional, mientras que el club de baloncesto, llenaba todos los viernes a la noche las tres mil quinientas localidades del Polideportivo Fulgencio Jiménez para ver a su equipo, el Deportivo, patrocinado como no por la gran industria del pueblo, lo que le hacía militar en la categoría de plata del baloncesto nacional, aunque este año estaba un poco más cerca de la cola que en temporadas preferentes. Su cancha era de las más complicadas de la liga para ganar, si bien es cierto que antes, cuando todavía no estaban homologadas las canastas y tableros, sólo perdieron en un par de ocasiones. Quedaban cinco partidos para terminar la liga, y para no descender, debían de ganar los tres partidos que les quedaban en casa.

Don Julián, el maestro jubilado paseaba plácidamente por la acera de una de las calles paralelas a la Mayor, mientras sus pisadas resonaban, no siendo interrumpido su pausado ritmo por ningún otro viandante, ya que una de las secuelas de modernidad últimamente adquiridas en el pueblo era que ya los Viernes a la tarde, salvo comercio y hostelería, poca gente trabajaba, lo que en esta temporada todavía fresquita el personal la aprovechaba para echarse una reparadora y reconfortante cabezadita. Abrió una de las puertas de cristal a pie de calle y sonó el leve tintineo de unas campanillas anunciando la visita de un nuevo parroquiano. Una voz al fondo avisó que ahora salía, mientras don Julián se quitaba el abrigo y se acomodaba en una de las sillas de barbero. Pepe Tijeras salía sonriente de una puertilla de madera que había al fondo del local saludando efusivamente a su cliente:

-          Buenas tardes, Don Julián, ¿qué tal se encuentra?
-          Muy bien, Pepe. Disfrutando de la jubilación
-          ¡Ah! El que puede, puede
-          No te quejes tanto, que a ti ya no te queda mucho
-          ¡Ay, Don Julián! Ahora con el asunto del baloncesto, mi chico no está tan por la labor por tomar el negocio familiar. Con los entrenamientos, y que la verdad es que llega reventado a casa, pocas ganas le quedan. Mire, ayer llegué a las ocho y media y ya se quería meter en la cama porque no podía más pero le convencí para que viera una película conmigo. Pero créame que no le veo mucho futuro. En un equipo como el de aquí y juega muy poco
-          ¿Le pagan algo?
-         Sí, pero como es del pueblo, le da justo, justo para mantener un coche de segunda mano e irse una semana de vacaciones por fuera, pero para poco más. ¿Cómo quiere que le corte el pelo?
-          ¿Ha estado esta semana Don Fulgencio?
-         
-          Pues como le gusta a él – y poniendo cara seria – en el más absoluto de los silencios

Ambos se pusieron a reír de buena gana y mientras Pepe Tijeras preparaba a  Don Julián para el pertinente corte de pelo y afeitado, éste le solicitó que pusiera la radio, ya que era la hora de los cinco minutos de baloncesto de Julianchu, el hijo del maestro, en lo que estaba siendo su primer trabajo como becario en el mundo del periodismo deportivo.

El saxo de Clarence Clemmons  sonó  potente en la peluquería, tanto, que Pepe Tijeras bajó un poco el volumen del solo de “Sherry Darling”, mientras la toalla caliente que había puesto en la cara de Don Julián comenzaba a hacer su trabajo de dilatar los poros y facilitar el afeitado.

El cazador, los almacenes donde encontrarás todo lo necesario para disfrutar de tu afición favorita. El cazador patrocina estos instantes. El Cazador. Deportes. Buenas tardes a todos. Hoy se juega un partido muy importante para el Deportivo. Una victoria encarrilaría el camino para la salvación ya que nos las tenemos que ver con uno de nuestros  rivales directos y ya nos bastaría probablemente con ganar los dos partidos que quedan en casa, ante rivales que ya no se juegan nada. Si perdemos, lo más fácil es que necesitemos ganar los cuatro partidos restantes con la dificultad añadida que los equipos con los que toca jugar fuera, si se juegan algo, la liga o el descenso, y ambos, patrocinados por potentes entidades bancarias, ya se han reforzado. Se ha trabajado mucho y muy duro durante toda la temporada. Se ha fichado a jugadores importantes, se ha hecho un esfuerzo por parte de nuestro patrocinador principal, y también lo ha hecho la afición llenando el pabellón los doce partidos jugados en caso, animando de principio a fin y respaldando totalmente a los jugadores. Eso nos ha permitido llegar vivos hasta el día de hoy, unidos en un esfuerzo común. ¿unidos todos? Ayer a las cinco y media de la madrugada en las fiestas de la Virgen del Portal de la capital, tres jugadores, en un estado evidente de ebriedad, y esperemos que sólo sea eso, protagonizaron una pelea a la salida del local de una peña, por intentar sobrepasarse con las camareras de la peña. El resultado fue una ceja partida y una nariz magullada, de los dos flamantes fichajes provenientes de la capital y nuestro local boy, cuya mayor contribución al juego ha sido el agitar la toalla por encima de la cabeza, nuestro agitatoallas profesional, acabo introducido en el contenedor de basuras. La intervención de algunos viandantes evitó que la paliza fuera a mayores. Este grado de implicación mostrado en las fiestas por estos tres jugadores, esperemos que no tenga reflejo en el partido de esta tarde, aunque el alero madrileño sea nuestro segundo máximo anotador. Para agitar toallas en el banquillo cualquiera del público puede bastar. Hoy a las siete y media de la tarde en el Poli el primero de los cinco capítulos del camino a la salvación. Buenas tardes a todos. El cazador, los almacenes donde encontrarás todo lo necesario para disfrutar de tu afición favorita. El cazador patrocina estos instantes. El Cazador. Deportes.

Paco se encontraba jurando en el almacén de su bar. Aunque el haber sido el primer gay en reconocerlo públicamente en el pueblo le había dado algunas ventajas y una buena publicidad, no todo el mundo era tan comprensivo, o simplemente se trataba de la ocasional maldad de los mozalbetes del pueblo que tras salir de clase, o al volver a casa después de un abundante botellón tenían por costumbre pintorrojear algunos rótulos de comercios del pueblo y el del bar de Paco era uno de los objetivos habituales. Era por la facilidad del chiste, ya que añadiendo una A detrás del “BAR” y antes de su apellido “TILLA”, quedaba el rótulo como baratilla, que aunque su dueño no lo supiera, era el mote que le habían puesto en el pueblo, tras haber pasado unos años en la hostelería de Madrid, cuando al llegar de nuevo al pueblo para abrir un bar, le puso precios de la capital, de la zona centro. Como quedó claro, tuvo que acomodarlos al nivel de los demás para que empezara a irle más gente que los “progres”, que estos consumían más bien poco por la maldita moda (para los hosteleros) de los frutolácticos y demás sandeces teóricamente sanas y naturales. También le ayudó su habilidad para sacar pinchos y banderillas de generosas dimensiones al momento, que ya colocó a un módico precio, ganando por la mano a su competencia que en general no pasaban de la tortilla y los bocatines de tocino y tranchete hechos por la mañana, cuando no del día anterior.

Cuando salió de su local con el frasco de disolvente y un trapo en la mano se quedó sorprendido al ver que una ambulancia estaba aparcada en la puerta de la peluquería de Tijeras, mientras éste estaba en el asiento trasero del vehículo de la policía municipal. Iban con las luces dadas pero sin la sirena, por eso no los había oído. Cuando amagó el acercarse para ver que había sucedido le paro el vozarrón del cabo Aurelio. “¡Eh Tilla! Vuelve a tu bar que aquí no hay nada que ver”. A regañadientes se metió dentro pero tardó dos segundos en ponerse a fisgar a través de las cortinas de su bar con lo que él pensaba era cierto disimulo, ciscándose en lo bajo en el cabo del que Paco pensaba, no sin razón, tenía cierto toque de homofobia. Cuando ambos vehículos desaparecieron calle abajo, Paco se asomó a la peluquería, que estaba cerrada con llave y con la cortina echada, pero al haberlo hecho con prisas quedaba una raja por la que el hostelero se puso a mirar con malsana curiosidad. No vio mucho, solo una toalla con manchas de sangre en el suelo. 

Mientras Jualinchu salía de la emisora con dirección al partido. Uno de los más becarios que él, le había mirado con respeto y le preguntó “¿no te has podido pasar un poco?”. Bajó las cejas en un gesto condescendiente y le contestó que esto era el periodismo que le habían enseñado en la Universidad de Leioa, mientras por dentro pensaba, que para cinco que nos oyen, y uno que escucha. Iba caminando por la calle cuando en un gesto instintivo se tocó el bolsillo, y notó que le faltaba algo “el móvil”, y haciendo un poco memoria recordó que se lo había dejado en la mochila tras ir al gimnasio a hacer un poco de cinta. Tampoco le preocupó mucho, llevaba su Tablet que era capaz de grabar todas las entrevistas que hicieran falta. El estómago protestó con un ligero gruñido, ya había pasado la hora de la merienda y le estaba tentando mover un poco la mandíbula. Por un momento se recreó en la idea de coger uno de los bocatas de jamón con pimiento verde recién pasadito por la plancha que preparaban en baratilla, pero la idea de tener que sacar la cartera cuando hacia las ocho y cuarto pasaditas iba a tener la opción de estar en la sala de panchitos del poli, donde tenían siempre los invitados del dueño y los gacetilleros un buen tentempié, le dolió un poco, su sueldo de más becario tampoco daba para tanto.

A lo lejos ya divisaba las colas que se iban formando a la entrada del pabellón, aunque todavía quedaban más de veinte minutos para que empezara el partido. Iba con la cara de satisfacción del que sólo tiene un privilegio en su vida, justo en el momento que iba a hacer uso de él. Rodeó el polideportivo hasta la puerta de acceso a los vestuarios presentando su carnet de prensa y empezando a entrar cuando con un brazo sobre su pecho lo paró el vigilante de la puerta y le dijo que esperara mientras le quitaba el pase de las manos y hacía como que lo leía.

-          Lo siento, este carnet ha sido anulado
-          ……….
-          No puede pasar por aquí
-          Llama a Eustaquio, el jefe de prensa
-          Él es quien ha dado las instrucciones para que le quitemos el pase gratis, así que retírese que entorpece el paso
-          ¿Pero tú, de que vas?

Mientras tanto, otro de los guardias de seguridad que o bien seguía la escena, o bien ya estaba avisado de lo que iba a pasar se acercó hasta la puerta para apoyar a su compañero.

-          Sí quiere ver el partido, tendrá que sacarse una entrada como todos

 Julianchu vio apoyado contra la pared junto a la sala de prensa, al supuesto jefe de relaciones públicas que con cara de no muchos amigos observaba la escena. Fastidiado y sabiendo que no iba a ir a ningún lugar por mucho que chillara y protestara, se dio media vuelta, pero con cierta determinación de ver el partido, así que se acercó a la taquilla, y tras esperar unos diez minutos de cola, compró su entrada.

Ya en el pabellón, comprobó no sin cierto horror que le habían vendido una de las peores entradas, justo la única que estaba detrás de una columna, en la parte más alejada de la cancha, por lo que iba a tener que estar moviendo el cuello de un lado para otro para seguir el partido. El reloj del pabellón marcaba que sólo quedaban unos segundos para empezar el partido, y al ver que varias de las localidades cercanas estaban desocupadas se levantó y se sentó en una de ellas, la que estaba rodeada de asientos vacios. Justo con el salto inicial una mano le tocó el hombro. Era el mismo guarda de seguridad que le había quitado el pase de prensa, quien educadamente le pedía la entrada, para a la vista de la misma decirle que ese no era su sitio y que tenía que volver a su localidad. Ante la objeción de que los sitios estaban vacios, el guarda le señaló respetuosamente la parte trasera de la entrada donde se indicaba claramente que cada espectador debía ocupar su localidad, y que en caso de no serlo así, le podían invitar a que abandonase el recinto. Por el rabillo del ojo, vio que un compañero del guarda estaba unos cinco metros detrás suyo, así que decidió que para él, lo mejor era no montar mucho ruido si quería seguir el partido, así que un poco con el rabo entre las piernas, volvió a ocupar su localidad. Algo de orgullo sintió, eso sí, al corroborar en sus propias carnes que tenía más de un par de seguidores en la radio, cosa que desde el club siempre se había negado. “Nosotros nunca seguimos las noticias de la prensa. Con saber que trabajamos y lo hacemos bien, nos basta”.

El partido no se iba desarrollando de acuerdo a sus expectativas, si bien es cierto que el alerito madrileño tras botársela dos veces en el pie fue bastante rápido al banquillo, mientras que su reserva ejecutaba con bastante solvencia las labores de alero tirador. El otro, el napia pocha, jugando por dentro estaba pasando bastante desapercibido, pero como casi siempre que jugaba, cumpliendo con sus números habituales o intangibles como gustaban de denominar los que se las daban de entendidos. Si le llamó algo la atención que a pesar de ser un partido emocionante, ni Efejota,  el hijo del dueño (2 minutos por partido y él que acabó en el contenedor como un despojo más) ni Jotaté, o Pepito Tijeras, con quien había compartido clase en el instituto, se levantasen del banquillo como espoleados como un resorte para aclamar las buenas jugadas de sus compañeros o protestar decisiones arbitrales contrarias a los intereses del equipo. Estaban sentados, aplaudiendo cuando era menester, pero sin aparentemente mostrar el habitual entusiasmo del que sabe que lo más que va a lograr va a ser un sitio privilegiado en el banquillo para ver el partido en primera fila.

En el descanso no se atrevió a acercarse ni al bar ni a la zona de prensa, ya que como sospechaba que le estaban esperando, prefería no pensar que le podían servir. El tanteo seguía igualado y las espadas estaban en todo lo alto al comienzo de la segunda parte. Así lo anotaba en su cuadernito de anillas, que aunque siempre lo llevaba encima, poco uso hacía ya que se había acostumbrado a tener las estadísticas oficiales del partido en el descanso, cosa que hoy no iba a poder ser, ya que ¡oh casualidad! Había un guarda de seguridad junto a la impresora. Si se hubiera acercado al bar, habría comprobado que efectivamente, mucha gente no seguía sus discursos en las ondas, pero sí las llamadas redes sociales, donde lo más comentado en el pueblo eran las fotos por twiter que habían colgado los dos madrileños, alegando un choque de cabezas en el entrenamiento de la mañana, previo al partido.

El partido fue igualado hasta los cinco últimos minutos, en los que el equipo visitante se atascó en ataque, logrando el Deportivo una ventaja de diez puntos que administró hasta el final entre el delirio de la concurrencia. Así que entre los aplausos finales y el júbilo colectivo, Julianchu bajó hasta ale campo para acercarse a la impresora y coger las estadísticas, pero fue un vano intento, ya que uno de los empleados del club cogió todos los papeles antes de que el llegara. Ni intentó ir a la sala de prensa para oír a los entrenadores, pero sabía que a la salida de los vestuarios podría esperar a los jugadores y quizás grabar unas palabras para las noticias locales del Sábado a las doce.

Mientras iba hacia la salida de los jugadores, le dio algo de palo grabar las entrevistas con la tableta, pero tampoco le preocupó demasiado, al final el club ponía a disposición de todos los internautas las entrevistas en la sala de prensa. Hacía ya un poco de frío y empezó a dar unos saltitos, saltitos que dejó en el momento que se contempló en el reflejo de las puertas de cristal de pabellón, ya que aunque él pensaba que tenía porte atlético, la imagen que contemplaba le devolvió a la cruda realidad. Unas voces al fondo del pasillo anunciaban la salida de los jugadores. Eran cuatro, entre los que distinguió al alero madrileño y al hijo del dueño. Alguien les debió advertir de su presencia, porque los dos miraron hacia donde estaba él, comentaron algo entre ellos, cogieron las bolsas del suelo, se las pusieron en el hombro y salieron por la puerta, yendo en dirección a Julianchu.

Al ver que se le acercaban los dos con paso decido, y percatarse de que según se aproximan, se iban haciendo más grandes mientras él se sentía más pequeño, sin tener agallas para mirar el cristal y ver en el reflejo que no era así. Nervioso desviaba la mirada hasta que alzando la vista al frente los vio a unos centímetros. Se habían desviado un poco, para no arrollarle, pero Efejota le golpeó con el hombro, haciéndole algo de daño, pero ni se atrevió a alzar la voz. Ni se dieron la vuelta, pero al mirar a su alrededor, cayó en la cuanta que más de una docena de personas eran testigos del encontronazo y ninguna mostró gesto alguno de simpatía hacia el golpeado. Se frotó con una mano el dolorido hombro y antes de empezar a pensar que lo mejor era largarse, por la puerta salía Jotaté. Se dirigió hacia él con una sonrisa, pero no fue correspondida por el jugador.

-          ¡Jilipollas!
-          ¿Pero qué te pasa?
-          ¿Qué? ¿sólo sé agitar la toalla?
-          ¡Joder! No lo decía por ti. Era Efejota el que acabó en el contenedor
-          Pero Efejota nació en Madrid, ¡Jilipollas!. Él único del pueblo soy yo.
-          Vaya…, no lo sabía
-          Pues a ver si te enteras, jilipollas.

Le apoyó la mano en el pecho y le dio un empujón, pero no fue violento, aunque contenía toneladas de desprecio. Julianchu pensó que lo mejor era abandonar el polideportivo y sus inmediaciones al comprobar que la docena de personas se había doblado sin que pudiera percibir vibración amistosa alguna, sino más bien todo lo contrario. Los encontronazos le habían quitado el hambre, pero un par de cubatas no le vendrían muy mal.

Mientras dirigía sus pasos hacia su casa se arrepentía de la idea de ir a tomar un par de cubatas. En el primer pub, según le pusieron el cubata fue rodeado por cuatro tipos, sabía que eran del pueblo aunque algo mayores que él, le tiraron la copa al suelo y le estuvieron buscando la boca, hasta que salió por patas, perseguido por el camarero que le obligó a pagar la consumición. En el siguiente, tras pasar la puerta y quedarse mirando en busca de un espacio cercano a la barra para pedir, notó como todas, o casi todas las miradas se posaron en él, y ante la perspectiva de una nueva buscada de boca, en el mejor de los casos, entendió que ese no era su día. Ya no hubo más esa noche.

Entró en casa de sus padres procurando no hacer mucho ruido. Aunque todavía no eran las once, sus padres solían retirarse pronto, porque lo que de verdad les gustaba era madrugar. Se fue a la cocina y sacó unos hielos de la nevera que introdujo en un vaso. Fue hasta el comedor y de un armario se hizo con una botella de whisky de malta, sirviéndose una generosa ración. Todavía con la botella en la mano, tomó un generoso trago, llenando el vaso otra vez. El malta, suave al paladar y mientras caía, empezó a darle un grato calorcillo en el estómago. Dejó la botella en su sitio y se sentó en un sillón orejero, buscando con la mano en la mesa el mando a distancia de la televisión, cuando se encendió la luz, y en el umbral de la puerta apareció en pijama su padre. Tenía un esparadrapo en el cuello y una cara de evidente disgusto. Le miró durante unos segundos y comenzó a echarle uno de los mayores rapapolvos de subida. Le contó que justo estaba donde Tijeras afeitándose cuando oyeron lo del agitatoallas, y éste se puso tan nervioso que le tembló el pulso y casi me corta el cuello. Pasaba justo por allí el cabo que al ver tanta sangre se asustó y llamo a una ambulancia. Le curaron en el centro de salud mientras Tijeras se deshacía en excusas, pero juraba y perjuraba que ayer pasó toda la noche con su hijo y que no había ido a la capital.

-          ¿Le viste tú en la capital al hijo de Tijeras?¿Estaba borracho con los otros dos?
-          No- agachando la cabeza- del pueblo sólo estaba el hijo del Fulgencio
-          ¿Pero no sabes que nació en Madrid?
-          Me lo ha dicho hace un rato Tijeritas

El padre le miró con algo de pena mientras ladeaba la cabeza de un lado a otro en un claro reproche, y se dio la vuelta, sin decirle nada más, apago la luz y se retiró a su cuarto. Aun estando a oscuras, fue capaz de llegar hasta la botella de malta, abrirla, meterse otro buen trago al coleto y rellenar su vaso. Se sentó mirando a la pared, justo por encima del televisor plano, con un ligero cabreo por la bronca, “a todas luces injusta” que le había echado su padre. Según acabó el tercer vaso, se quedó en el sillón en un duerme vela que se disipó en cuanto comprendió, ayudado por la notable ingesta de alcohol, que le estaban tratando con una notable injusticia, creciendo su cabreo y dispuesto a mañana en el programa de las doce a soltar una explosiva proclama sobre la forma en la que lo estaban tratando. Intentó levantarse del sofá, pero el efecto del alcohol estaba en su pleno apogeo, así que trastabilló y se dio de morros contra el suelo. En vez de apaciguarlo, lo enervó más, y a grandes zancadas por el pasillo, se metió en su cuarto, arrancó una hoja de papel de un cuaderno de anillas que tenía a mano para las grandes ocasiones y comenzó a escribir.

Entraba el sol por la ventana cunado se despertó con un buen dolor de cabeza y el estómago ardiendo. Miró el despertador que marcaba las diez de la mañana, cerró los ojos deseando no haber bebido lo que tomó la noche anterior, primer pensamiento previo al tormento de la resaca, y se levantó como un resorte. Tras salir del baño y volver al cuarto, vio el papel que había escrito la noche anterior, pero aparte de monumental injusticia y descalza putas, fue incapaz de entender nada de lo que había puesto. Con el café y las sopas de pan, fue capaz de hilar un guión para hablar “¡en cuarenta minutos!”, por lo que dejó el desayuno a medias y salió a la calle. El fresco de la mañana castellana le fue despejando algo hasta que llegó al edificio de la emisora. Subió las escaleras y cuando llegó a la recepción, le dijeron que tenía que ir al despacho del director. Llamó a la puerta y entró en el despacho.

-          ¿Has visto estas fotos?

Y le pasó el portátil que tenía abierto. En la pantalla aparecían los caretos de los dos magullados de ayer, en sendas fotos colgadas en twitter con comentarios del estilo “que dura tiene la nariz” con el fin de quitar hierro a las heridas, que según los protagonistas se las habían hecho durante el entrenamiento

-          ¿has visto a que hora se han colgado?

Debajo de los twetts venía marcada la hora de su publicación, unas tres horas antes de que Julianchu inflamase las ondas con su noticia. El director se levantó de su silla, se acercó donde estaba el futuro periodista y poniéndole la mano en el hombro le dijo:

-     Me ha llamado el secretario de Don Fulgencio, que como sabrás es también el dueño de los almacenes el Cazador, quienes patrocinan el espacio de deportes, secretario cuya afición ha sido montar el equipo de baloncesto. Y como sabes más del cincuenta por ciento de la publicidad de la emisora es de la misma fuente. Estaba cabreado y me ha amenazado con quitarme una gran parte de ella, empezando por los deportes, que es de donde cobras tú, salvo que haya un rectificación rápida y contundente.
-          Pero……….. si les vi como andaban el Jueves por……….
-      Me da igual. Además la radio local se está escudando en el twitter para tirarnos toda la mierda encima, para ver si ellos pueden pillar más cacho de publicidad.
-          Ya.. pero
-      Ni ya, ni peros, ni leches. Si quieres hablar en la radio, quiero una rectificación y sino ya sabes donde está la puerta.

Con un gesto cansado le señaló la salida de su despacho y se sentó de nuevo, dando instrucciones al técnico de turno que si el Julián cuando hablase no rectificaba todo lo dicho, le cortase la emisión con publicidad y lo sacasen del estudio. Con una mueca, giró su silla ciento ochenta grados y se puso a mirar por la ventana, quizás recordando cuando podía ser más independiente.


“El cazador, los almacenes donde encontrarás todo lo necesario para disfrutar de tu afición favorita. El cazador patrocina estos instantes. El Cazador. Deportes. Buenas días a todos. Ayer obtuvimos una gran victoria empezando el camino a lo que puede ser el mantener la categoría otro año más, lo cual no deja de ser un gran éxito para un pueblo como el nuestro, compitiendo en una categoría donde la mayoría de los equipos son de capitales de provincia y filiales de equipos ACB. Pero la noticia no estaba ahí. Desde el primer curso en la facultad nos enseñan que un periodista debe de comprobar bien las noticias que les facilitan sus fuentes antes de lanzarlas a la opinión pública. Es el primer mandamiento de un periodista que el que les está hablando, no cumplió ayer, privándole más el afán de lograr una buena noticia. Caí en aquello de que la verdad no te fastidie una buena noticia. He presentado mi dimisión, pero el director de la emisora me ha dado una nueva oportunidad cuando también le he manifestado, que en cualquier caso, quería pedir disculpas en las ondas. Las primeras son para las dos personas de las que dije que habían intervenido en una pelea, que nunca existió. Y especialmente pido disculpas a nuestro jugador local, que ha llegado a jugar en el equipo de su ciudad tras haber realizado durante más de doce años un gran esfuerzo en entrenamientos y canchas al aire libre donde se pasaba de una pertinaz lluvia a un tórrido sol, y que tantas veces hemos tenido que darnos protección solar antes de jugar un partido. De todo corazón pido disculpas de nuevo y prometo que esto nunca más volverá a pasar. Buenas días a todos. El cazador, los almacenes donde encontrarás todo lo necesario para disfrutar de tu afición favorita. El cazador patrocina estos instantes. El Cazador. Deportes.

3 comentarios:

  1. Veo que 2014 sigue siendo un año prolífico. ¿Para cuando un serial por capítulos?
    Animo

    PD- Una errata "subida" en vez de "su vida"

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  2. PD - Gilipollas (no te estoy insultando, es otra)

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  3. Me matas, Rasputilla, me matas. Yo tenía preparado (in mentem) un nuevo relatillo sobre Cagoncete, un contable creativo en la manera de apuntar los gastos en putillas de los comerciales, pero, y a diferencia de lo que mucha gente dice (yo hago), me debo a mi público y empezaré ya mismo una nueva serie. Lo que no sabía es que eres un "Serial Lover"

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