Era un Viernes hacia la media tarde,
soleado, pero todavía sin haberse asentado del todo la primavera en Torrebertán,
unos de los pueblos más importantes de la provincia, a sesenta kilómetros de la
capital, pero lo más importante a una hora y media corta de Madrid, a sólo diez
minutos de una de las numerosas autovías radiales que acaban en el kilometro
cero de la puerta del sol. Era de las pocas localidades en que la crisis no
había hecho mella al estar cerca de los cotos de caza favoritos de Europa, con
todo lo que esa actividad conlleva. Pero no sería justo afirmar que los casi
cuarenta mil habitantes del pueblo vivían de ello, sino de la próspera
industria de la tapicería para coches de lujo, que llevaba ya tiempo inmemorial
siendo el motor de aquella comarca.
Aunque la maquinaria podía haber sido un
contrapeso en la creación de empleo, Don Fulgencio, el dueño único de
Industrias Jiménez había visto con una notable clarividencia lo que podía pasar
en el futuro y había creado una potente industria auxiliar en torno a la
comodidad interior en los vehículos de lujo, desde la carpintería en maderas
nobles hasta los adornos y cromados con metales preciosos, diversificando
incluso con sillas de montar. Era un pueblo normal, donde lo único que llamaba
algo la atención era el poco afecto que se sentía por los dos clubs de fútbol,
que militaban en regional, mientras que el club de baloncesto, llenaba todos
los viernes a la noche las tres mil quinientas localidades del Polideportivo
Fulgencio Jiménez para ver a su equipo, el Deportivo, patrocinado como no por
la gran industria del pueblo, lo que le hacía militar en la categoría de plata
del baloncesto nacional, aunque este año estaba un poco más cerca de la cola
que en temporadas preferentes. Su cancha era de las más complicadas de la liga
para ganar, si bien es cierto que antes, cuando todavía no estaban homologadas
las canastas y tableros, sólo perdieron en un par de ocasiones. Quedaban cinco
partidos para terminar la liga, y para no descender, debían de ganar los tres
partidos que les quedaban en casa.
Don Julián, el maestro jubilado paseaba
plácidamente por la acera de una de las calles paralelas a la Mayor, mientras
sus pisadas resonaban, no siendo interrumpido su pausado ritmo por ningún otro
viandante, ya que una de las secuelas de modernidad últimamente adquiridas en
el pueblo era que ya los Viernes a la tarde, salvo comercio y hostelería, poca
gente trabajaba, lo que en esta temporada todavía fresquita el personal la
aprovechaba para echarse una reparadora y reconfortante cabezadita. Abrió una
de las puertas de cristal a pie de calle y sonó el leve tintineo de unas
campanillas anunciando la visita de un nuevo parroquiano. Una voz al fondo
avisó que ahora salía, mientras don Julián se quitaba el abrigo y se acomodaba
en una de las sillas de barbero. Pepe Tijeras salía sonriente de una puertilla
de madera que había al fondo del local saludando efusivamente a su cliente:
-
Buenas
tardes, Don Julián, ¿qué tal se encuentra?
-
Muy
bien, Pepe. Disfrutando de la jubilación
-
¡Ah!
El que puede, puede
-
No
te quejes tanto, que a ti ya no te queda mucho
-
¡Ay,
Don Julián! Ahora con el asunto del baloncesto, mi chico no está tan por la
labor por tomar el negocio familiar. Con los entrenamientos, y que la verdad es
que llega reventado a casa, pocas ganas le quedan. Mire, ayer llegué a las ocho
y media y ya se quería meter en la cama porque no podía más pero le convencí para que viera una película conmigo. Pero créame que
no le veo mucho futuro. En un equipo como el de aquí y juega muy poco
-
¿Le
pagan algo?
- Sí,
pero como es del pueblo, le da justo, justo para mantener un coche de segunda
mano e irse una semana de vacaciones por fuera, pero para poco más. ¿Cómo
quiere que le corte el pelo?
-
¿Ha
estado esta semana Don Fulgencio?
-
Sí
-
Pues
como le gusta a él – y poniendo cara seria – en el más absoluto de los
silencios
Ambos se pusieron a reír de buena gana y
mientras Pepe Tijeras preparaba a Don
Julián para el pertinente corte de pelo y afeitado, éste le solicitó que
pusiera la radio, ya que era la hora de los cinco minutos de baloncesto de Julianchu,
el hijo del maestro, en lo que estaba siendo su primer trabajo como becario en
el mundo del periodismo deportivo.
El saxo de Clarence Clemmons sonó potente en la peluquería, tanto, que Pepe
Tijeras bajó un poco el volumen del solo de “Sherry Darling”, mientras la
toalla caliente que había puesto en la cara de Don Julián comenzaba a hacer su
trabajo de dilatar los poros y facilitar el afeitado.
“El cazador, los almacenes donde
encontrarás todo lo necesario para disfrutar de tu afición favorita. El cazador
patrocina estos instantes. El Cazador. Deportes. Buenas tardes a todos. Hoy se
juega un partido muy importante para el Deportivo. Una victoria encarrilaría el
camino para la salvación ya que nos las tenemos que ver con uno de
nuestros rivales directos y ya nos bastaría probablemente con ganar los dos partidos que quedan en casa, ante rivales que ya no se juegan
nada. Si perdemos, lo más fácil es que necesitemos ganar los cuatro partidos
restantes con la dificultad añadida que los equipos con los que toca jugar
fuera, si se juegan algo, la liga o el descenso, y ambos, patrocinados por
potentes entidades bancarias, ya se han reforzado. Se ha trabajado mucho y muy
duro durante toda la temporada. Se ha fichado a jugadores importantes, se ha
hecho un esfuerzo por parte de nuestro patrocinador principal, y también lo ha
hecho la afición llenando el pabellón los doce partidos jugados en caso,
animando de principio a fin y respaldando totalmente a los jugadores. Eso nos
ha permitido llegar vivos hasta el día de hoy, unidos en un esfuerzo común.
¿unidos todos? Ayer a las cinco y media de la madrugada en las fiestas de la
Virgen del Portal de la capital, tres jugadores, en un estado evidente de
ebriedad, y esperemos que sólo sea eso, protagonizaron una pelea a la salida
del local de una peña, por intentar sobrepasarse con las camareras de la peña. El
resultado fue una ceja partida y una nariz magullada, de los dos flamantes
fichajes provenientes de la capital y nuestro local boy, cuya mayor
contribución al juego ha sido el agitar la toalla por encima de la cabeza,
nuestro agitatoallas profesional, acabo introducido en el contenedor de
basuras. La intervención de algunos viandantes evitó que la paliza fuera a
mayores. Este grado de implicación mostrado en las fiestas por estos tres jugadores,
esperemos que no tenga reflejo en el partido de esta tarde, aunque el alero
madrileño sea nuestro segundo máximo anotador. Para agitar toallas en el
banquillo cualquiera del público puede bastar. Hoy a las siete y media de la
tarde en el Poli el primero de los cinco capítulos del camino a la salvación.
Buenas tardes a todos. El cazador, los almacenes donde encontrarás todo lo
necesario para disfrutar de tu afición favorita. El cazador patrocina estos
instantes. El Cazador. Deportes.”
Paco se encontraba jurando en el almacén de
su bar. Aunque el haber sido el primer gay en reconocerlo públicamente en el
pueblo le había dado algunas ventajas y una buena publicidad, no todo el mundo
era tan comprensivo, o simplemente se trataba de la ocasional maldad de los
mozalbetes del pueblo que tras salir de clase, o al volver a casa después de un
abundante botellón tenían por costumbre pintorrojear algunos rótulos de
comercios del pueblo y el del bar de Paco era uno de los objetivos habituales.
Era por la facilidad del chiste, ya que añadiendo una A detrás del “BAR” y
antes de su apellido “TILLA”, quedaba el rótulo como baratilla, que aunque su
dueño no lo supiera, era el mote que le habían puesto en el pueblo, tras haber
pasado unos años en la hostelería de Madrid, cuando al llegar de nuevo al pueblo para abrir un
bar, le puso precios de la capital, de la zona centro. Como quedó claro, tuvo
que acomodarlos al nivel de los demás para que empezara a irle más gente que
los “progres”, que estos consumían más bien poco por la maldita moda (para los
hosteleros) de los frutolácticos y demás sandeces teóricamente sanas y
naturales. También le ayudó su habilidad para sacar pinchos y banderillas de
generosas dimensiones al momento, que ya colocó a un módico precio, ganando por la mano a su
competencia que en general no pasaban de la tortilla y los bocatines de tocino
y tranchete hechos por la mañana, cuando no del día anterior.
Cuando salió de su local con el frasco de
disolvente y un trapo en la mano se quedó sorprendido al ver que una ambulancia
estaba aparcada en la puerta de la peluquería de Tijeras, mientras éste estaba
en el asiento trasero del vehículo de la policía municipal. Iban con las luces
dadas pero sin la sirena, por eso no los había oído. Cuando amagó el acercarse
para ver que había sucedido le paro el vozarrón del cabo Aurelio. “¡Eh Tilla!
Vuelve a tu bar que aquí no hay nada que ver”. A regañadientes se metió dentro
pero tardó dos segundos en ponerse a fisgar a través de las cortinas de su bar
con lo que él pensaba era cierto disimulo, ciscándose en lo bajo en el cabo del
que Paco pensaba, no sin razón, tenía cierto toque de homofobia. Cuando ambos
vehículos desaparecieron calle abajo, Paco se asomó a la peluquería, que estaba
cerrada con llave y con la cortina echada, pero al haberlo hecho con prisas
quedaba una raja por la que el hostelero se puso a mirar con malsana
curiosidad. No vio mucho, solo una toalla con manchas de sangre en el
suelo.
Mientras Jualinchu salía de la emisora con
dirección al partido. Uno de los más becarios que él, le había mirado con
respeto y le preguntó “¿no te has podido pasar un poco?”. Bajó las cejas en un
gesto condescendiente y le contestó que esto era el periodismo que le habían
enseñado en la Universidad de Leioa, mientras por dentro pensaba, que para cinco
que nos oyen, y uno que escucha. Iba caminando por la calle cuando en un gesto
instintivo se tocó el bolsillo, y notó que le faltaba algo “el móvil”, y
haciendo un poco memoria recordó que se lo había dejado en la mochila tras ir
al gimnasio a hacer un poco de cinta. Tampoco le preocupó mucho, llevaba su Tablet
que era capaz de grabar todas las entrevistas que hicieran falta. El estómago
protestó con un ligero gruñido, ya había pasado la hora de la merienda y le
estaba tentando mover un poco la mandíbula. Por un momento se recreó en la idea
de coger uno de los bocatas de jamón con pimiento verde recién pasadito por la
plancha que preparaban en baratilla, pero la idea de tener que sacar la cartera
cuando hacia las ocho y cuarto pasaditas iba a tener la opción de estar en la
sala de panchitos del poli, donde tenían siempre los invitados del dueño y los
gacetilleros un buen tentempié, le dolió un poco, su sueldo de más becario
tampoco daba para tanto.
A lo lejos ya divisaba las colas que se
iban formando a la entrada del pabellón, aunque todavía quedaban más de veinte
minutos para que empezara el partido. Iba con la cara de satisfacción del que
sólo tiene un privilegio en su vida, justo en el momento que iba a hacer uso de
él. Rodeó el polideportivo hasta la puerta de acceso a los vestuarios
presentando su carnet de prensa y empezando a entrar cuando con un brazo sobre
su pecho lo paró el vigilante de la puerta y le dijo que esperara mientras le
quitaba el pase de las manos y hacía como que lo leía.
-
Lo
siento, este carnet ha sido anulado
-
……….
-
No
puede pasar por aquí
-
Llama
a Eustaquio, el jefe de prensa
-
Él
es quien ha dado las instrucciones para que le quitemos el pase gratis, así que
retírese que entorpece el paso
-
¿Pero
tú, de que vas?
Mientras tanto, otro de los guardias de
seguridad que o bien seguía la escena, o bien ya estaba avisado de lo que iba a
pasar se acercó hasta la puerta para apoyar a su compañero.
-
Sí
quiere ver el partido, tendrá que sacarse una entrada como todos
Julianchu vio apoyado contra la pared junto a
la sala de prensa, al supuesto jefe de relaciones públicas que con cara de no
muchos amigos observaba la escena. Fastidiado y sabiendo que no iba a ir a
ningún lugar por mucho que chillara y protestara, se dio media vuelta, pero con
cierta determinación de ver el partido, así que se acercó a la taquilla, y tras
esperar unos diez minutos de cola, compró su entrada.
Ya en el pabellón, comprobó no sin cierto
horror que le habían vendido una de las peores entradas, justo la única que estaba
detrás de una columna, en la parte más alejada de la cancha, por lo que iba a
tener que estar moviendo el cuello de un lado para otro para seguir el partido.
El reloj del pabellón marcaba que sólo quedaban unos segundos para empezar el
partido, y al ver que varias de las localidades cercanas estaban desocupadas se
levantó y se sentó en una de ellas, la que estaba rodeada de asientos vacios.
Justo con el salto inicial una mano le tocó el hombro. Era el mismo guarda de
seguridad que le había quitado el pase de prensa, quien educadamente le pedía
la entrada, para a la vista de la misma decirle que ese no era su sitio y que
tenía que volver a su localidad. Ante la objeción de que los sitios estaban
vacios, el guarda le señaló respetuosamente la parte trasera de la entrada
donde se indicaba claramente que cada espectador debía ocupar su localidad, y
que en caso de no serlo así, le podían invitar a que abandonase el recinto. Por
el rabillo del ojo, vio que un compañero del guarda estaba unos cinco metros
detrás suyo, así que decidió que para él, lo mejor era no montar mucho ruido si
quería seguir el partido, así que un poco con el rabo entre las piernas, volvió
a ocupar su localidad. Algo de orgullo sintió, eso sí, al corroborar en sus
propias carnes que tenía más de un par de seguidores en la radio, cosa que
desde el club siempre se había negado. “Nosotros nunca seguimos las noticias de
la prensa. Con saber que trabajamos y lo hacemos bien, nos basta”.
El partido no se iba desarrollando de
acuerdo a sus expectativas, si bien es cierto que el alerito madrileño tras
botársela dos veces en el pie fue bastante rápido al banquillo, mientras que su
reserva ejecutaba con bastante solvencia las labores de alero tirador. El otro,
el napia pocha, jugando por dentro estaba pasando bastante desapercibido, pero
como casi siempre que jugaba, cumpliendo con sus números habituales o
intangibles como gustaban de denominar los que se las daban de entendidos. Si
le llamó algo la atención que a pesar de ser un partido emocionante, ni
Efejota, el hijo del dueño (2 minutos
por partido y él que acabó en el contenedor como un despojo más) ni Jotaté, o
Pepito Tijeras, con quien había compartido clase en el instituto, se levantasen
del banquillo como espoleados como un resorte para aclamar las buenas jugadas
de sus compañeros o protestar decisiones arbitrales contrarias a los intereses
del equipo. Estaban sentados, aplaudiendo cuando era menester, pero sin
aparentemente mostrar el habitual entusiasmo del que sabe que lo más que va a
lograr va a ser un sitio privilegiado en el banquillo para ver el partido en
primera fila.
En el descanso no se atrevió a acercarse ni
al bar ni a la zona de prensa, ya que como sospechaba que le estaban esperando,
prefería no pensar que le podían servir. El tanteo seguía igualado y las
espadas estaban en todo lo alto al comienzo de la segunda parte. Así lo anotaba
en su cuadernito de anillas, que aunque siempre lo llevaba encima, poco uso
hacía ya que se había acostumbrado a tener las estadísticas oficiales del
partido en el descanso, cosa que hoy no iba a poder ser, ya que ¡oh casualidad!
Había un guarda de seguridad junto a la impresora. Si se hubiera acercado al
bar, habría comprobado que efectivamente, mucha gente no seguía sus discursos
en las ondas, pero sí las llamadas redes sociales, donde lo más comentado en el
pueblo eran las fotos por twiter que habían colgado los dos madrileños,
alegando un choque de cabezas en el entrenamiento de la mañana, previo al
partido.
El partido fue igualado hasta los cinco últimos
minutos, en los que el equipo visitante se atascó en ataque, logrando el
Deportivo una ventaja de diez puntos que administró hasta el final entre el
delirio de la concurrencia. Así que entre los aplausos finales y el júbilo
colectivo, Julianchu bajó hasta ale campo para acercarse a la impresora y coger
las estadísticas, pero fue un vano intento, ya que uno de los empleados del
club cogió todos los papeles antes de que el llegara. Ni intentó ir a la sala
de prensa para oír a los entrenadores, pero sabía que a la salida de los
vestuarios podría esperar a los jugadores y quizás grabar unas palabras para
las noticias locales del Sábado a las doce.
Mientras iba hacia la salida de los
jugadores, le dio algo de palo grabar las entrevistas con la tableta, pero tampoco le preocupó demasiado, al final el club ponía a
disposición de todos los internautas las entrevistas en la sala de prensa.
Hacía ya un poco de frío y empezó a dar unos saltitos, saltitos que dejó en el
momento que se contempló en el reflejo de las puertas de cristal de pabellón,
ya que aunque él pensaba que tenía porte atlético, la imagen que contemplaba le
devolvió a la cruda realidad. Unas voces al fondo del pasillo anunciaban la
salida de los jugadores. Eran cuatro, entre los que distinguió al alero
madrileño y al hijo del dueño. Alguien les debió advertir de su presencia,
porque los dos miraron hacia donde estaba él, comentaron algo entre ellos,
cogieron las bolsas del suelo, se las pusieron en el hombro y salieron por la
puerta, yendo en dirección a Julianchu.
Al ver que se le acercaban los dos con paso
decido, y percatarse de que según se aproximan, se iban haciendo más grandes
mientras él se sentía más pequeño, sin tener agallas para mirar el cristal y
ver en el reflejo que no era así. Nervioso desviaba la mirada hasta que alzando
la vista al frente los vio a unos centímetros. Se habían desviado un poco, para
no arrollarle, pero Efejota le golpeó con el hombro, haciéndole algo de daño,
pero ni se atrevió a alzar la voz. Ni se dieron la vuelta, pero al mirar a su
alrededor, cayó en la cuanta que más de una docena de personas eran testigos
del encontronazo y ninguna mostró gesto alguno de simpatía hacia el golpeado.
Se frotó con una mano el dolorido hombro y antes de empezar a pensar que lo
mejor era largarse, por la puerta salía Jotaté. Se dirigió hacia él con una
sonrisa, pero no fue correspondida por el jugador.
-
¡Jilipollas!
-
¿Pero
qué te pasa?
-
¿Qué?
¿sólo sé agitar la toalla?
-
¡Joder!
No lo decía por ti. Era Efejota el que acabó en el contenedor
-
Pero
Efejota nació en Madrid, ¡Jilipollas!. Él único del pueblo soy yo.
-
Vaya…,
no lo sabía
-
Pues
a ver si te enteras, jilipollas.
Le apoyó la mano en el pecho y le dio un
empujón, pero no fue violento, aunque contenía toneladas de desprecio.
Julianchu pensó que lo mejor era abandonar el polideportivo y sus inmediaciones
al comprobar que la docena de personas se había doblado sin que pudiera
percibir vibración amistosa alguna, sino más bien todo lo contrario. Los
encontronazos le habían quitado el hambre, pero un par de cubatas no le
vendrían muy mal.
Mientras dirigía sus pasos hacia su casa se
arrepentía de la idea de ir a tomar un par de cubatas. En el primer pub, según
le pusieron el cubata fue rodeado por cuatro tipos, sabía que eran del pueblo
aunque algo mayores que él, le tiraron la copa al suelo y le estuvieron
buscando la boca, hasta que salió por patas, perseguido por el camarero que le
obligó a pagar la consumición. En el siguiente, tras pasar la puerta y quedarse
mirando en busca de un espacio cercano a la barra para pedir, notó como todas,
o casi todas las miradas se posaron en él, y ante la perspectiva de una nueva
buscada de boca, en el mejor de los casos, entendió que ese no era su día. Ya
no hubo más esa noche.
Entró en casa de sus padres procurando no
hacer mucho ruido. Aunque todavía no eran las once, sus padres solían retirarse
pronto, porque lo que de verdad les gustaba era madrugar. Se fue a la cocina y
sacó unos hielos de la nevera que introdujo en un vaso. Fue hasta el comedor y
de un armario se hizo con una botella de whisky de malta, sirviéndose una
generosa ración. Todavía con la botella en la mano, tomó un generoso trago,
llenando el vaso otra vez. El malta, suave al paladar y mientras caía, empezó a
darle un grato calorcillo en el estómago. Dejó la botella en su sitio y se
sentó en un sillón orejero, buscando con la mano en la mesa el mando a
distancia de la televisión, cuando se encendió la luz, y en el umbral de la
puerta apareció en pijama su padre. Tenía un esparadrapo en el cuello y una
cara de evidente disgusto. Le miró durante unos segundos y comenzó a echarle
uno de los mayores rapapolvos de subida. Le contó que justo estaba donde
Tijeras afeitándose cuando oyeron lo del agitatoallas, y éste se puso tan nervioso
que le tembló el pulso y casi me corta el cuello. Pasaba justo por allí el cabo
que al ver tanta sangre se asustó y llamo a una ambulancia. Le curaron en el centro de salud mientras Tijeras se deshacía
en excusas, pero juraba y perjuraba que ayer pasó toda la noche con su hijo y
que no había ido a la capital.
-
¿Le
viste tú en la capital al hijo de Tijeras?¿Estaba borracho con los otros dos?
-
No-
agachando la cabeza- del pueblo sólo estaba el hijo del Fulgencio
-
¿Pero
no sabes que nació en Madrid?
-
Me
lo ha dicho hace un rato Tijeritas
El padre le miró con algo de pena mientras
ladeaba la cabeza de un lado a otro en un claro reproche, y se dio la vuelta,
sin decirle nada más, apago la luz y se retiró a su cuarto. Aun estando a
oscuras, fue capaz de llegar hasta la botella de malta, abrirla, meterse otro
buen trago al coleto y rellenar su vaso. Se sentó mirando a la pared, justo por
encima del televisor plano, con un ligero cabreo por la bronca, “a todas luces
injusta” que le había echado su padre. Según acabó el tercer vaso, se quedó en
el sillón en un duerme vela que se disipó en cuanto comprendió, ayudado por la
notable ingesta de alcohol, que le estaban tratando con una notable injusticia,
creciendo su cabreo y dispuesto a mañana en el programa de las doce a soltar
una explosiva proclama sobre la forma en la que lo estaban tratando. Intentó
levantarse del sofá, pero el efecto del alcohol estaba en su pleno apogeo, así
que trastabilló y se dio de morros contra el suelo. En vez de apaciguarlo, lo
enervó más, y a grandes zancadas por el pasillo, se metió en su cuarto, arrancó
una hoja de papel de un cuaderno de anillas que tenía a mano para las grandes
ocasiones y comenzó a escribir.
Entraba el sol por la ventana cunado se despertó
con un buen dolor de cabeza y el estómago ardiendo. Miró el despertador que
marcaba las diez de la mañana, cerró los ojos deseando no haber bebido lo que
tomó la noche anterior, primer pensamiento previo al tormento de la resaca, y
se levantó como un resorte. Tras salir del baño y volver al cuarto, vio el
papel que había escrito la noche anterior, pero aparte de monumental injusticia
y descalza putas, fue incapaz de entender nada de lo que había puesto. Con el
café y las sopas de pan, fue capaz de hilar un guión para hablar “¡en cuarenta
minutos!”, por lo que dejó el desayuno a medias y salió a la calle. El fresco
de la mañana castellana le fue despejando algo hasta que llegó al edificio de
la emisora. Subió las escaleras y cuando llegó a la recepción, le dijeron que
tenía que ir al despacho del director. Llamó a la puerta y entró en el
despacho.
-
¿Has
visto estas fotos?
Y le pasó el portátil que tenía abierto. En
la pantalla aparecían los caretos de los dos magullados de ayer, en sendas
fotos colgadas en twitter con comentarios del estilo “que dura tiene la nariz”
con el fin de quitar hierro a las heridas, que según los protagonistas se las
habían hecho durante el entrenamiento
-
¿has
visto a que hora se han colgado?
Debajo de los twetts venía marcada la hora
de su publicación, unas tres horas antes de que Julianchu inflamase las ondas
con su noticia. El director se levantó de su silla, se acercó donde estaba el
futuro periodista y poniéndole la mano en el hombro le dijo:
- Me
ha llamado el secretario de Don Fulgencio, que como sabrás es también el dueño
de los almacenes el Cazador, quienes patrocinan el espacio de deportes,
secretario cuya afición ha sido montar el equipo de baloncesto. Y como sabes
más del cincuenta por ciento de la publicidad de la emisora es de la misma
fuente. Estaba cabreado y me ha amenazado con quitarme una gran parte de ella,
empezando por los deportes, que es de donde cobras tú, salvo que haya un
rectificación rápida y contundente.
-
Pero………..
si les vi como andaban el Jueves por……….
- Me
da igual. Además la radio local se está escudando en el twitter para tirarnos
toda la mierda encima, para ver si ellos pueden pillar más cacho de publicidad.
-
Ya..
pero
- Ni
ya, ni peros, ni leches. Si quieres hablar en la radio, quiero una rectificación
y sino ya sabes donde está la puerta.
Con un gesto cansado le señaló la salida de
su despacho y se sentó de nuevo, dando instrucciones al técnico de turno que si
el Julián cuando hablase no rectificaba todo lo dicho, le cortase la emisión
con publicidad y lo sacasen del estudio. Con una mueca, giró su silla ciento
ochenta grados y se puso a mirar por la ventana, quizás recordando cuando podía
ser más independiente.
“El cazador, los almacenes donde
encontrarás todo lo necesario para disfrutar de tu afición favorita. El cazador
patrocina estos instantes. El Cazador. Deportes. Buenas días a todos. Ayer
obtuvimos una gran victoria empezando el camino a lo que puede ser el mantener
la categoría otro año más, lo cual no deja de ser un gran éxito para un pueblo
como el nuestro, compitiendo en una categoría donde la mayoría de los equipos
son de capitales de provincia y filiales de equipos ACB. Pero la noticia no
estaba ahí. Desde el primer curso en la facultad nos enseñan que un periodista
debe de comprobar bien las noticias que les facilitan sus fuentes antes de
lanzarlas a la opinión pública. Es el primer mandamiento de un periodista que
el que les está hablando, no cumplió ayer, privándole más el afán de lograr una
buena noticia. Caí en aquello de que la verdad no te fastidie una buena
noticia. He presentado mi dimisión, pero el director de la emisora me ha dado
una nueva oportunidad cuando también le he manifestado, que en cualquier caso,
quería pedir disculpas en las ondas. Las primeras son para las dos personas de
las que dije que habían intervenido en una pelea, que nunca existió. Y
especialmente pido disculpas a nuestro jugador local, que ha llegado a jugar en
el equipo de su ciudad tras haber realizado durante más de doce años un gran
esfuerzo en entrenamientos y canchas al aire libre donde se pasaba de una
pertinaz lluvia a un tórrido sol, y que tantas veces hemos tenido que darnos
protección solar antes de jugar un partido. De todo corazón pido disculpas de
nuevo y prometo que esto nunca más volverá a pasar. Buenas días a todos. El
cazador, los almacenes donde encontrarás todo lo necesario para disfrutar de tu
afición favorita. El cazador patrocina estos instantes. El Cazador. Deportes.”
Veo que 2014 sigue siendo un año prolífico. ¿Para cuando un serial por capítulos?
ResponderEliminarAnimo
PD- Una errata "subida" en vez de "su vida"
PD - Gilipollas (no te estoy insultando, es otra)
ResponderEliminarMe matas, Rasputilla, me matas. Yo tenía preparado (in mentem) un nuevo relatillo sobre Cagoncete, un contable creativo en la manera de apuntar los gastos en putillas de los comerciales, pero, y a diferencia de lo que mucha gente dice (yo hago), me debo a mi público y empezaré ya mismo una nueva serie. Lo que no sabía es que eres un "Serial Lover"
ResponderEliminar