Subió con lentitud los tres escalones del autobús con una cara de satisfacción plena, la cara que se puede tener después de haber dado buena cuenta de un cocido liebanés, doble plato de sopa y de garbanzos y uno sólo de carne cocida de chon, ya que no quería perderse el genuino mantecado del postre, con un chupito, cortesía de la casa, de auténtico orujo blanco de Potes. El chófer le avisó de que todavía quedaba un cuarto de hora para salir, algo que no le importó mucho mientras se acomodaba en su asiento, asiento privilegiado ya que era la primera fila del autobús. Sacó de la funda de plástico la suave manta que habían comprado por la mañana en el mesón que pararon a desayunar, y empezó a acariciarla con descuidada satisfacción pensando en la cabezada que se iba a echar en el regreso a Bilbao. De hecho se le empezaron a caer los ojos y tuvo una visión, interrumpida cuando la cabeza perdió su equilibrio y se le fue para un lado. "¡La mama!¡ No le he comprado nada!
Se levantó como un resorte y quiso salir corriendo, pero tuvo que esperar a que un par de ancianos subieran al autobús, cuya única preocupación en lo que les quedaba de vida parecía ser no perderlo y quedarse en tierra, a los que el chófer les recordó que aun quedaban diez minutos para la salida. Se había quedado dormido ¡cinco minutos! pensó aterrorizado mientras corría intentando recordar donde estaba la tienda de regalos con recuerdos del valle. Se detuvo un momento para recuperar el resuello con la sensación de que el estómago le iba a salir por la boca, y apoyando una mano en la pared reflexionó sobre que las cosas hay que hacerlas con inteligencia. No había pasado un minuto y lo único que tenía que hacer era controlar el tiempo, por lo que programó el cronómetro de su reloj para que le avisara cuando transcurrieran ocho minutos ¡siempre tendría tiempo para llegar de nuevo al autobús!
Lo que tiene la autocomplacencia por lo que tú piensas que son buenas ideas es que te quedas durante unos instantes mirando al vacío, y con la andorga llena, ese lapso de tiempo puede ser mayor. ¡Ya el cronómetro marcaba seis minutos! y la cuenta atrás seguía avanzando inexorablemente.. Despertó de su ensismamiento y a lo pollo sin cabeza comenzó a correr, sin saber para donde. Dobló una esquina, perdiendo ya de vista el autobús, cosa que le empezó a preocupar, pero a una manzana divisó un cartel de bebida refrescante que anunciaba una tienda con recuerdos de Potes. Suspiró aliviado y aun paso ligero, sin correr ya que estaba empezando a sudar, se fue acercando hasta su objetivo.
"¡Bien, bien, he llegado!" y en un gesto instintivo se palpó la cartera, se llevó la mano a las caderas, enganchó los dedos al pantalón, y se lo subió, ajustando la cintura a su ya incipiente tripilla, ligeramente más hinchada por el cocido ingerido. Ya cómodo con los pantalones paseó su vista por los distintos estantes para ver que podía llevar a su madre. Un negro presentimiento cruzó como un negro y picudo cuervo su mente, y volvió a palparse la cartera, pero ahora en vez de subirse los pantalones se sacó la cartera del bolsillo. ¡Mierda! Sólo le queda un billete de cinco euros. Había sacado sesenta euros del cajero para la excursión, se había dejado doce en el desayuno, tres en los dos blancos antes de la comida, y los otros cuarenta se los había dejado a Tomás, por si no encontraba un cajero de su caja de ahorros, "ya sabes como son con las cajas vascas fuera de Euskadi, Pontxete, no dejan abrir en todos los sitios", ya que quería adquirir una colección de media docena de botellas de orujo "A mí el que me gusta es el de miel, pero ya sabes, cuando vienen visitas, que si el yerbas, el de café, el licor, e incluso uno me suele pillar del blanco".
Se le vino el mundo en un instante, pero al siguiente encontró el lado positivo, no iba a tener muchos problemas en elegir, ya que no habría más de dos o tres cosas que pudiera comprar, un dedal de cerámica, un posa platos con una foto de Potes y una especie de palo plano terminado en algo redondo de unos veinticinco centímetros que ponía "Recuerdo de Potes". Desechó rápidamente el dedal, la mama los tenía paquete, así que se quedó entre el palo y el posa platos. Cuatro minutos, tres cincuenta y nuevo, cincuenta y ocho iba marcando inexorable el cronómetro ¡y en la caja había una cola de tres personas!¡Tenía que decidirse ya!, pero ¿qué coño era el palo?. El posa platos no le había convencido, pero al menos, debería saber que era el palo. Lo cogió con la mano y lo examinó. Tres minutos y dos segundos, uno.....
Claro, aquello tenía que ser una cuchara para remover el cocido. Tenía que ser una tradición de allí el hacer el cocido con cuchara de palo, aunque el final de esta cuchara era un tanto especial. Sería para no poder probar mucho. Miró el precio, cuatro con noventa, y se dirigió a la caja para pagar. Justo le tocó delante la típica tipa que pensaba que podía pagar todo con monedas, hasta que después de contarlas comprobó que no le llegaban por dos Euros, así que metió de nuevo las monedas en el monedero, metió el monedero en el bolso, después de rebuscar sacó el billetero, lo abrió y dejó en el mostrador un billete de cincuenta."¡Ah!, a lo mejor tengo dos euros con cuarenta" para que no le diesen monedas, y repitió toda la operación de nuevo. Cuando llegó su turno, estaba tan exasperado que se le olvidó preguntar que concho era aquello "¿Se lo envuelvo para regalo?". Negó con la cabeza, cogiendo la bolsa de plástico y pasando de las vueltas, ya quedaba menos de un minuto para que el autobús saliera y empezó a acongojarle la sensación de poder quedarse en tierra, el cronómetro ya había bajado del minuto.
Salió corriendo todo lo que daban de sí sus cortas piernas y al doblar la esquina vio a lo lejos como el autobús ya había arrancado pero quedaba un margen para la esperanza, seguía con la puerta abierta. Siguió corriendo mientras el chófer del autobús le iba dando ráfagas de luces con las largas. Se le salían los pulmones por la boca, pero jadeante llegó y subió sentándose corriendo en su sitio, justo cuando el cronómetro empezó a sonar por haber llegado a cero. Con una sonrisa de satisfacción esperó a que se cerrase y puerta y emprendiese la marcha, pero no fue así. Miró para atrás y casi más de la mitad de los asientos permanecían vacíos. Todavía esperaron unos diez minutos entre los gruñidos del chófer y las sonrisas con pinta de disculpa de todos los tardones. Cuando entró el último, Tomas dio la orden de partir al chófer.
Sentado junto a Tomas, se sintió satisfecho por la excursión mientras su amigo empezó a curiosear en su bolsa de plástico. No le hizo mucha gracia, pero ese día le podía perdonar todo ya que sino fuera por él, no habría ido a la excursión ¡gratis!. aunque tuvo que pedir un moscoso para poder acudir, no le importó mucho. Todos los años preparaba la excursión para ir a comer algún plato de cocido por los alrededores de Bilbao con el club de jubiletas del alto recalde. Al organizarlo, el viaje y el papeo le salía gratis a él y a su acompañante, que este año le tocó a Pontxi. Por eso no le puso mala cara cuando enseñándole la cuchara le preguntó que era aquello. La volvió a meter en la bolsa, una vez se hubo cansado de remirarla y se recostó en su asiento. No tardó mucho en dormirse arrullado por el soniquete de Tomas hablando con los vecinos del asiento de atrás sobre cuando Saltacaballos era Saltacaballos. No se despertó hasta que entraron por Sabino Arana.
"¡Mira mama, mira que te he traído!" mientras sacaba el palo de la bolsa, que ahora le pareció que no estaba tan recto como cuando lo miró en la tienda, " te he traído una cuchara especial para remover el cocido". La madre le miró y luego cogió el palo que le dio su hijo tras agradecérselo con entusiasmo. Fue hasta la cocina y dio la vuelta al utensilio donde había algo escrito. Se puso sus gafas de ver de cerca y además del made in China ponía claramente lo que era aquello, un calzador. Este hijo mio es tonto, pensó la buena mujer con toda la razón del mundo. Metió el calzador en el cajón de los utensilios de cocina, se quitó las gafas y fue donde su hijo al que le dijo que un día de estos haría alubias y que podía invitar a su amigo. Mientras tanto, abajo en Zugastinovia Tomas explicaba a un par de colegas como su amigo había intentado hacerle pasar un calzador por una cuchara "y como le hace mucha ilusión creer que me ha tomado el pelo, le he seguido la corriente". En casa, satisfecho, Pontxi sacaba el brick de tinto de la nevera para ponerse un generoso vaso y sentarse ante la televisión para ver el telediario.
Lo que tiene la autocomplacencia por lo que tú piensas que son buenas ideas es que te quedas durante unos instantes mirando al vacío, y con la andorga llena, ese lapso de tiempo puede ser mayor. ¡Ya el cronómetro marcaba seis minutos! y la cuenta atrás seguía avanzando inexorablemente.. Despertó de su ensismamiento y a lo pollo sin cabeza comenzó a correr, sin saber para donde. Dobló una esquina, perdiendo ya de vista el autobús, cosa que le empezó a preocupar, pero a una manzana divisó un cartel de bebida refrescante que anunciaba una tienda con recuerdos de Potes. Suspiró aliviado y aun paso ligero, sin correr ya que estaba empezando a sudar, se fue acercando hasta su objetivo.
"¡Bien, bien, he llegado!" y en un gesto instintivo se palpó la cartera, se llevó la mano a las caderas, enganchó los dedos al pantalón, y se lo subió, ajustando la cintura a su ya incipiente tripilla, ligeramente más hinchada por el cocido ingerido. Ya cómodo con los pantalones paseó su vista por los distintos estantes para ver que podía llevar a su madre. Un negro presentimiento cruzó como un negro y picudo cuervo su mente, y volvió a palparse la cartera, pero ahora en vez de subirse los pantalones se sacó la cartera del bolsillo. ¡Mierda! Sólo le queda un billete de cinco euros. Había sacado sesenta euros del cajero para la excursión, se había dejado doce en el desayuno, tres en los dos blancos antes de la comida, y los otros cuarenta se los había dejado a Tomás, por si no encontraba un cajero de su caja de ahorros, "ya sabes como son con las cajas vascas fuera de Euskadi, Pontxete, no dejan abrir en todos los sitios", ya que quería adquirir una colección de media docena de botellas de orujo "A mí el que me gusta es el de miel, pero ya sabes, cuando vienen visitas, que si el yerbas, el de café, el licor, e incluso uno me suele pillar del blanco".
Se le vino el mundo en un instante, pero al siguiente encontró el lado positivo, no iba a tener muchos problemas en elegir, ya que no habría más de dos o tres cosas que pudiera comprar, un dedal de cerámica, un posa platos con una foto de Potes y una especie de palo plano terminado en algo redondo de unos veinticinco centímetros que ponía "Recuerdo de Potes". Desechó rápidamente el dedal, la mama los tenía paquete, así que se quedó entre el palo y el posa platos. Cuatro minutos, tres cincuenta y nuevo, cincuenta y ocho iba marcando inexorable el cronómetro ¡y en la caja había una cola de tres personas!¡Tenía que decidirse ya!, pero ¿qué coño era el palo?. El posa platos no le había convencido, pero al menos, debería saber que era el palo. Lo cogió con la mano y lo examinó. Tres minutos y dos segundos, uno.....
Claro, aquello tenía que ser una cuchara para remover el cocido. Tenía que ser una tradición de allí el hacer el cocido con cuchara de palo, aunque el final de esta cuchara era un tanto especial. Sería para no poder probar mucho. Miró el precio, cuatro con noventa, y se dirigió a la caja para pagar. Justo le tocó delante la típica tipa que pensaba que podía pagar todo con monedas, hasta que después de contarlas comprobó que no le llegaban por dos Euros, así que metió de nuevo las monedas en el monedero, metió el monedero en el bolso, después de rebuscar sacó el billetero, lo abrió y dejó en el mostrador un billete de cincuenta."¡Ah!, a lo mejor tengo dos euros con cuarenta" para que no le diesen monedas, y repitió toda la operación de nuevo. Cuando llegó su turno, estaba tan exasperado que se le olvidó preguntar que concho era aquello "¿Se lo envuelvo para regalo?". Negó con la cabeza, cogiendo la bolsa de plástico y pasando de las vueltas, ya quedaba menos de un minuto para que el autobús saliera y empezó a acongojarle la sensación de poder quedarse en tierra, el cronómetro ya había bajado del minuto.
Salió corriendo todo lo que daban de sí sus cortas piernas y al doblar la esquina vio a lo lejos como el autobús ya había arrancado pero quedaba un margen para la esperanza, seguía con la puerta abierta. Siguió corriendo mientras el chófer del autobús le iba dando ráfagas de luces con las largas. Se le salían los pulmones por la boca, pero jadeante llegó y subió sentándose corriendo en su sitio, justo cuando el cronómetro empezó a sonar por haber llegado a cero. Con una sonrisa de satisfacción esperó a que se cerrase y puerta y emprendiese la marcha, pero no fue así. Miró para atrás y casi más de la mitad de los asientos permanecían vacíos. Todavía esperaron unos diez minutos entre los gruñidos del chófer y las sonrisas con pinta de disculpa de todos los tardones. Cuando entró el último, Tomas dio la orden de partir al chófer.
Sentado junto a Tomas, se sintió satisfecho por la excursión mientras su amigo empezó a curiosear en su bolsa de plástico. No le hizo mucha gracia, pero ese día le podía perdonar todo ya que sino fuera por él, no habría ido a la excursión ¡gratis!. aunque tuvo que pedir un moscoso para poder acudir, no le importó mucho. Todos los años preparaba la excursión para ir a comer algún plato de cocido por los alrededores de Bilbao con el club de jubiletas del alto recalde. Al organizarlo, el viaje y el papeo le salía gratis a él y a su acompañante, que este año le tocó a Pontxi. Por eso no le puso mala cara cuando enseñándole la cuchara le preguntó que era aquello. La volvió a meter en la bolsa, una vez se hubo cansado de remirarla y se recostó en su asiento. No tardó mucho en dormirse arrullado por el soniquete de Tomas hablando con los vecinos del asiento de atrás sobre cuando Saltacaballos era Saltacaballos. No se despertó hasta que entraron por Sabino Arana.
"¡Mira mama, mira que te he traído!" mientras sacaba el palo de la bolsa, que ahora le pareció que no estaba tan recto como cuando lo miró en la tienda, " te he traído una cuchara especial para remover el cocido". La madre le miró y luego cogió el palo que le dio su hijo tras agradecérselo con entusiasmo. Fue hasta la cocina y dio la vuelta al utensilio donde había algo escrito. Se puso sus gafas de ver de cerca y además del made in China ponía claramente lo que era aquello, un calzador. Este hijo mio es tonto, pensó la buena mujer con toda la razón del mundo. Metió el calzador en el cajón de los utensilios de cocina, se quitó las gafas y fue donde su hijo al que le dijo que un día de estos haría alubias y que podía invitar a su amigo. Mientras tanto, abajo en Zugastinovia Tomas explicaba a un par de colegas como su amigo había intentado hacerle pasar un calzador por una cuchara "y como le hace mucha ilusión creer que me ha tomado el pelo, le he seguido la corriente". En casa, satisfecho, Pontxi sacaba el brick de tinto de la nevera para ponerse un generoso vaso y sentarse ante la televisión para ver el telediario.
Pero ¿COMO NO VA A ENCONTRAR UN CAJERO?, si puede sacar de CajaCantabria sin coste.
ResponderEliminarPara no perder credibilidad como escritor hay que hacer mas research............
¡¡Ayyy Rasputilla!! Qué tú seas mi único lector no quiere decir que sólo haya una única caja vasca. Ya se que te gustaría tanto como a mí tener dos lectores, pero que se le va a hacer.
EliminarAdemás Ponchito se creé que el viaje le sale gratis, pero su amigo se lo cobra de una manera sutil.