miércoles, 20 de febrero de 2013

LA PINQUERTON DE GETXO IV


IV

Desde luego he de reconocer que como profeta no tendría precio. Predecir que me iba a levantar de buen humor tras una siesta de dos horas, inducida fundamentalmente por las dos botellas de tintorro que había trasegado acompañadas por todo tipo de pinchos muy digestivos, no tenía muchas probabilidades de éxito, y menos si el pipofón con su ruidosa alarma me acababa recordando que por beodo, tenía que volver luego hasta la estación de Lamiako para recoger el buga.

 
Así que cuando llegué a la oficina, con un gesto con el índice, le indiqué a Cosme que entrara en mi despacho y cerrara la puerta. Hizo como que se iba a sentar, pero al ver mi ceño fruncido, ni se atrevió. De pie, con las manos atrás y mirando al suelo,  me empezó a dar lástima. Aunque el estómago me quemaba, y con razón, por todo lo que me había metido, la cabeza no la tenía toda entera, tuve la duda por unos segundos de no decirle nada, y simplemente con el susto, dejarlo pasar. Pero cuando así estaba, por alguna extraña razón, comprendí que estaba intuyendo mis dudas, y que poco a poco levantaba su cabeza, empezando a esbozar una sonrisa. Pegué un manotazo con toda mi alma en la mesa que le hizo botar del susto y absolutamente furioso, más que por su falte en sí, por haber descubierto una debilidad, le empecé a chillar como creo que a nadie había chillado antes.

 
Me desahogué y me quedé bien a gusto. Ya llegado un momento durante la bronca, en la que no dejó de mirarse los zapatos, empecé a cavilar sobre que coño podíamos hacer. En ningún manual, ni de detectives, ni de escuela de negocios, te explican que debes de hacer cuando, tras haberte encargado un servicio de vigilancia para conocer si la pareja es fiel, resulta que el que promueve la infidelidad es quien se supone que tenía que estar siguiendo a la pareja, el salido de Cosmete. Noté que algo debería de estar desvariando cuando Cosme dejó de mirar al suelo y empezó a mirarme a mí. Así que paré, le ordené que se sentase en la silla y le expliqué lo que íbamos a hacer. Bueno, para ser exacto, lo que iba a hacer. Coger el teléfono, llamar al cliente, explicarle que por un error en la operativa nos habíamos equivocado de dirección, que le devolvíamos el dinero del adelanto y que dejábamos el caso.

 
Cuando tras la corta explicación, Cosme volvió a mirar al suelo, comprendí que todo iba a ir a peor, y así fue. Balbuceando me fue explicando que la susodicha le había pillado el primer día de seguimiento, y que bajo la amenaza de un espray de pimienta a tres centímetros de la cara, tuvo que confesar la razón de su vigilancia. Ella le invitó a subir a su casa, y allí empezó todo. Tras el susto inicial, Cosme me jura que intentó dejarlo, pero ella le amenazaba con contar todo a su marido, “y como bien sabes, jefe, es el presidente de la federación vizcaína de tiro al plato” dándome a entender que estaba en posesión de escopetas capaces de arrancarle su rabillo juguetón.

 
Miré a la mesa, me froté con el índice un poco la sien para aliviar algo el picor y levantando pesadamente la cabeza, fijé sus ojos en los míos.” Me importa una mierda con lo que te haya amenazado. Tú le llamas ahora mismo al pollo, le comentas y te disculpas por tu garrafal error de equivocarte casa, le devuelves la pasta y renuncias al caso. Lo que hagas después me importa bastante poco, pero piensa que este va a mandar a otros y a poco que sean menos tarugos que tú, te pillan en dos días, así que tú veras que le cuentas”  y tras una par de respiraciones profundas y un carraspeo intencionado rematé “y acuérdate que tiene escopetas y que no dudará en arrancarte las bolas a tiros con perdigones del cuatro como te pille”. Dicho esto, le conminé a que se levantara de la silla de mi despacho y fuera a su sitio para llamarle. Por si acaso, y para escuchar bien lo que decía, me puse justo detrás de él.

 
“Don Javier, buenas tardes; mire soy Cosme de la agencia de detectives de Aiboa… sí, sí, compañero de Don Peru, verá y quería comentarle…no, no, por el momento no tenemos resultados, de eso era de los que quería hablarle. Verá, Don Peru fue el que inició el servicio de vigilancia, y al de unos días….sí, sí, no descubrió nada… bueno, aunque sea tan grande es un gran experto en camuflaje, y le aseguro yo, que de esto sé un rato, que es muy difícil descubrirle….¡Ja, ja!, sí, sí, yo también creo lo mismo….. verá, lo que quiero comentarle es que ha habido un error… ya, ya, créame que lo lamento pero….ahora le explico, Don Peru que es un gran detective, pero a veces un poco despistado, me pasó mal las señas de donde estaba su vivienda “ No oí más, le pegué una toñeja con la suficiente fuerza para haberle hecho saltar todos los empastes pero el cabroncete de él, ni se inmutó “Nada, nada, no ha sido nada, sólo una ventana que ha cerrado bruscamente por corrientes”. Corrientes las que pasaban de mi cabeza a los pies y no se como pude aguantarme para no cogerle con la silla y tirarle por la ventana o meterle otra toñeja, pero esta con las dos manos a la vez (el incidente de la toñeja al final me supuso una victoria psicológica sobre Cosme, ya que cada vez que metía la pata, u otra cosa, venía con un niki de cuello de cisne para proteger su cuello de las cada vez más violentas toñejas. Siempre que aparecía con ese niki negro, le echaba una bronca inmensa. Yo podía no saber porqué, pero él sí lo sabía).

 
Al final, quedó en que dejábamos el caso, pero que tampoco hacía falta que le devolviéramos los anticipos (exiguos en cualquier caso). Yo al menos, quedé fuera del asunto, y si algún día descubría que era Cosme el que le impedía entrar por una puerta sin agacharse, allá se las arreglaran ellos. Despedido Cosme con una patada en el culo, liviana ya que intuyó mis intenciones y la medio esquivó, me quedaba el organizar los planes de mañana para el seguimiento de Toribio. Yo no iba a poder ir con ellos, al haberme citado con el abogado para ir al club de golf, donde acompañados por la esposa podíamos interrogar de alguna manera al gerente, así que le dije a la rubia que cogiera el teléfono y nos bajamos al Egoki a tomar un café y a comentar la jugada de mañana.

 
Teniendo ya localizada la estación donde se bajaba Toribio y conociendo la hora de llegada, el plan era que por cada una de las salidas le esperase o Damián o la rubia, y seguirle discretamente hasta averiguar cuál era su destino final. Damián, por ser la zona más fácil, le esperaría a la salida de Doctor Areilza, con un ojo en el ascensor, pero más bien a la salida de las escaleras mecánicas. La rubia le esperaría en la salida de la Plaza de Indautxu, pero al haber unas cuantas salidas, le esperaría a pie de las escaleras mecánicas. Era importante ir discreto y que no los reconocieran. A la rubia le recomendé que fuera como de repartidora de periódicos gratuitos, y si podía, ocultando su pelo rubio, ya que es totalmente reconocible. Damián comenzó con una perorata sobre su disfraz interrogándome sobre si él también tenía que ocultar su pelo rubio (lacio y con muchas entradas). No le hice ni puto caso, y les recomendé, bueno, le dije a la rubia que quedara con Damián un cuarto de hora antes de la llegada del metro, y lo dejara visible. Les dejé tomando unas cañas en el bar, mientras me iba hacia la estación de Neguri para coger el metro y pasar por Lamiako a pillar el coche que llevaba allí aparcado desde la mañana. No pude evitar parar a tomarme un bocata en mi tasca favorita de Lamiako, redescubierta tras un incendio en una fábrica. Esta vez, dejé el alcohol (una pinta en realidad no es alcohol, propiamente dicho) ya que quería volver conduciendo a casa. La verdad es que el lomo con pimiento lo bordan.

 
Aparqué justo en frente de casa y me encontré a la princesa charlando en la terraza del bar, que al verme llegar me ordenó con gestos, aparentemente de quieres venir, pero subliminalmente era ven, para comentarme alguna gracieta de las vecinas que le acompañaban. La princepeque andaba por ahí, haciendo el ganso con alguna de las hijas de la vecina, vino al de un rato para convencerme que hoy lo mejor para cenar eran unas pizzas del Mec-Mec, que era el día de dos por una, y que había que aprovechar. Yo pensaba que era el día de dos por cuatro, pero ni me atreví a insinuarlo con la jefa delante, y la verdad que después del maravilloso bocata de lomo con queso de Lamiako, tampoco tenía tanta hambre. Cuando hablaron que la mediana venía a cenar y que probablemente le acompañaría hasta casa Floripondio (su novio), puse mala cara e insistí que con dos pizzas íbamos a pasar hambre, ya que asumí que el atontado se quedaría a cenar. No sé si fue buena jugada o no, ya que paso de que el capullo venga a cenar a casa, pero así me pude jamar una pizza de anchoas con tomate, que es mi favorita sin tener que compartirla ya que coló lo de la dos por cuatro. ¡Ah! Y no tuve que cocinar, por lo que no me he podido enrollar con ninguna receta.

3 comentarios:

  1. Enhorabuena por el cambio del marco de la pagina, que intuyo no tiene nada que ver con el autor, pero es la mejor novedad de este post. Es mucho mas alegre que la anterior, si bien un pelo difusa.

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    1. tú si que andas difuso, Rasputón. Los cambios, pa lo bueno o lo mejor, son cosas del autor.

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  2. Por una vez estamos de acuerdo, parece obvio que el autor tiene cosas......................

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