II
El ruido al chocar los barrotes de la salida
de uno de los módulos donde se encuentra confinado mi próximo mejor cliente,
Jimmy, o Carlos Jiménez, todavía me seguía retumbando en la cabeza, aunque
ahora sólo sonaban los pasos de mis zapatos y los del abogado en la gravilla
del aparcamiento de la cárcel de Basauri. Nos metimos en su coche, pero yo
todavía seguía impresionado de mi primera visita al trullo, aunque la realidad era
que sólo vimos barrotes a la salida del módulo tres. La entrevista con Jimmy la
hicimos en un cuarto que apestaba a cerrado, con una mesa en el centro y tres
sillas. La puerta era normal, custodiada por un funcionario que en cuanto lo
requirió el abogado, abandonó el cuartucho. ¡Jodé! Y como se parece el abogado
al ex presidente francés. Algo me dice el abogado según salimos del recinto,
pero estaba ensimismado en mis chorradas por lo que tengo que pedirle que
repita lo que ha dicho, que es algo tan sencillo como “¿dónde quieres que te
deje? Yo tengo que ir a Bilbao”.
Me tomo un par, bueno más bien unos treinta
segundos para pensarlo. Hoy ha sido un día bastante largo. Tras entrevistarnos
durante más de dos horas con la esposa de Jimmy, escuchar su versión de los
hechos y arreglar la parte económica, por cierto, que probablemente sea el
mejor cliente de mi vida, nos hemos desplazado hasta el club de golf para
intentar entrevistarnos con el gerente. Hemos esperado en la garita de entrada
algo más de una hora, y al final no nos han dejado entrar. El abogado ha
llamado a la mujer de Jimmy, Teresa, y esta ha quedado en hacer las gestiones
pertinentes para que nos reciban, aunque el abogado no ha sido muy optimista.
Se acercará mañana al juzgado para intentar sacar toda la información sobre la
actuación policial, fundamentalmente de los atestados. Como a las cuatro y
media teníamos la posibilidad de visitar en persona a Jimmy, no nos ha dado
tiempo a comer nada, así que estoy hambriento. Qué raro, se me ha vuelto a ir
la pinza, aunque no han pasado todavía los treinta segundos. Le pido que me
deje en la hamburguesería de Santutxu, ya que no estamos muy lejos y luego,
para despejar la cabeza, puedo salir a tomar algún pote con Ajota y el resto de
la banda.
Me deja a un par de manzanas, tampoco se
trata de que luego tenga que dar una gran vuelta para salir del barrio, pero
con tan mala folla, que la hamburguesería está cerrada por reformas, eso sí,
lamentando los inconvenientes que puedan causar. Me cabreo, pero como estoy
cada vez más acostumbrado a acallar todas mis frustraciones, decido irme hasta
el Toki Ona, que, aunque todavía falte más de una hora para que la pandilla,
por recuerdo de los viejos tiempos, es posible que todavía sea capaz de que me
pongan un bocata caliente.
El plato huérfano de las tres gildas que
nadaban en apetitoso aceite de oliva, aceite que estoy intentando también
acabar ayudado por un buen trozo de pan, que más que barco es un
transatlántico, calma momentáneamente mi ansiedad. Me he equivocado en una
cosa, en que me iban a poner un bocata caliente, ya que me recomiendan un jamón
serrano que les han traído de Salamanca, casi tan bueno como el ibérico. Les
pido que el bocata lo acompañe media ración de manchego (al final acabó siendo
una) y una botellita de crianza, sin que me importe mucho la denominación de
origen (mentira cochina, me hago el tolerante porque mi querido tasquero creo
que no conoce otra que sea Rioja). Me pusieron un vaso ancho (de los llamados
de sidra) que llené hasta una altura de cuatro dedos y que me metí al coleto en
un abrir y cerrar de ojos. Miré a ambos lados del bar, y viendo que nadie se
estaba fijando en mí, con una mueca de satisfacción procedí a limpiarme los
labios del mínimo rastro de rojo líquido con la mano. Saqué un lapicerillo de
los que te dan en el campo de golf (se están poniendo de moda como objetos de
arte en oficina), un par de folios que saqué del bolsillo de atrás y con el fin
de no olvidar todo lo que había oído, me puse a apuntar a modo de resumen lo
que pudo ocurrir.
Empezamos por el fiambre, Don Jacinto Cino,
casi setenta años, empresario e inversor, miembro de la junta directiva del
club de golf, y conocido sobre todo por su gran tacañería. Decían las malas
lenguas de él que cuando se quedaba a comer en el club, lo primero que hacía
era mirar debajo de la servilleta, por si el que había comido antes, se había
dejado la propina. Apareció entre unos árboles, en una de las calles de la
segunda vuelta, ya que lo que más le gustaba después de comer en el club, era
dar una vuelta por el campo de golf para buscar bolas perdidas. Esa manía le
había costado el despido a algún empleado que había protestado, ya que el de
las bolas usadas es un complemento al exiguo sueldo que suelen pagarles. Los
detalles de cómo le encontraron me los pasará el abogado en cuanto recoja los
papeles de los atestados en el juzgado.
Jimmy. Estuvo ese día jugando al golf por la
mañana, sobre todo para intentar olvidarse que el concurso de acreedores de su
empresa estrella no había pasado el trámite del acuerdo con los acreedores, ya
que uno de sus principales proveedores no había aceptado el convenio y había
abocado a su empresa a la liquidación. Le afectaba a sus finanzas, pero no
tanto como para reducir su tren de vida. Eso sí, le había jorobado su plan de
sucesión en la empresa. ¿Quién fue el acreedor que mando todo al garete?
Evidentemente ya sabes la respuesta, el Sr. Cino. Después de completar el
recorrido y junto a un amigo suyo, se quedó a comer. Justo cuando pidieron la
segunda botella, su amigo recibió una llamada, lo que le hizo abandonar
precipitadamente la comida, dejando sólo a Jimmy. Éste acabó por terminarse la
segunda botella, cuando acertó a pasar por allí el amigo Cino. Jimmy me contó
que le lanzó una mirada con tanto desprecio que le empezó a hervir la sangre.
En vez de levantarse y largarse, se fue hasta la barra del bar donde se metió
unos cuantos pelotazos de vodka. Cuando ya el alcohol hizo la suficiente mella
en él, se levantó del taburete y se dirigió hasta donde Jacinto estaba jugando
a las cartas con otros amigos. Jimmy me reconoce que se le acercó muy
bruscamente y que tuvieron una bronca de órdago. No llegaron a las manos porque
Jimmy le hubiese dejado muy maltrecho, pero las amenazas fueron muy subidas de
tono. Cuando volvió hacia la barra del bar, empezó a encontrarse muy mareado,
por lo que se fue hasta los vestuarios, donde se metió en un retrete y vomitó
todo. Como oyó voces fuera, y le dio como vergüenza que le hubieran oído vomitar, se quedó sentado
en la taza a esperar. Pero tenía tal cantidad de vodka en el cuerpo que se quedó
dormido. Nunca supo si fue una hora o dos, pero cuando se despertó se dio cuenta
que se había dejado las llaves del coche en la bolsa de palos, así que se dirigió
hasta el cuarto de palos, cogió las llaves del coche y se largó.
A la mañana siguiente uno de los trabajadores
encontró el cuerpo de Jacinto en una calle, con un fuerte golpe en la cabeza. Inmediatamente
se llamó a la Policía, en este caso la ertzaina, que apareció al poco rato. Llamaron
al Juez, quien levantó el cadáver. En una primera inspección en el cuarto de palos
descubrieron sangre en uno de los palos, que ¡oh casualidad! eran los de Jimmy.
Un análisis rápido de sangre para comprobar que la del palo era la misma que la
de Jacinto, y dos días más tarde, Jimmy estaba en la cárcel. Hace tres días, se
recibió la confirmación definitiva (prueba de adn) de la sangre, por lo que la juez
del caso, no ha admitido fianza alguna.
Lo tengo claro, hay móvil muy claro, voluntad
dominada por el alcohol, una discusión y el arma homicida pertenece al detenido.
Lo tengo claricordio que diría mi princesa pequeñita. Como el que ha empezado con
la segunda botella de rioja soy yo, pongo los codos sobre la barra, usando mis manos
a modo de rompecabezas. Logro aislarme del mundo cuando un timbre de bici suena
en mi pipofon a la vez que noto que algo dentro de mi bolsillo vibra. Saco el artefacto
y veo que está activado el chat de la cuadrilla de Santutxu (me dí una vez de baja,
y me costó tanto que me admitieran de nuevo, tuve que organizar una garbanzada,
que ya no tengo huevos de darme de baja). Una foto nueva me han mandado. La descargo
y me veo en el espejo del Toki, escribiendo mis notas en la barra con la cabeza
agachada, mientras una mano diminuta me pone cuernos, mientras otra mano diminuta
agarra un teléfono y parece que saca una foto al espejo. Me doy la vuelta y allí
están Putxi, Chepas y Ajota partiéndose de risa a costa mía.
Aunque cada vez me cuesta más soportar este tipo
de potorradas, sé que he perdido hoy y si no puedes vencer al enemigo, únete a él.
Así que hago un ademán al tasquero para que ponga tres vasos más. “Pero a mi ponme
cordovín” le chilla Chepas, y yo llamo a casa para decir que no iré a cenar, que
el caso se está alargando más de lo previsto. No me creen, como es lógico, pero
tampoco me riñen. Eso sí, “no llegues tarde”.
Progresa adecuadamente Kiko Misario
ResponderEliminarGracias, RAsputilla Vesdelcielo
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