viernes, 8 de marzo de 2013

La Pinquerton de Getxo V



V

Esta vez si pasamos la barrera de entrada al club de golf. El hecho que fuera mi cliente la que nos llevara en coche ayudó en sobre manera. Al abogado y a mí solos, nunca nos habrían dejado entrar. Iba con calzado deportivo ya que quería ver el lugar donde se había encontrado el cadáver, en medio del recorrido del campo de golf y  husmear un poco por la zona. Aparcó en un amplio parking, algo vacío, junto a lo que parecía ser, y era, el edificio social. No había muchos coches, ya que era la mañana de un día laborable.

Nos encaminamos hacia el edificio con intención de interrogar al gerente sobre lo que había pasado la tarde en que se produjo el asesinato. Nos hizo esperar un buen rato en un amplio hall que hay a la entrada, para aparecer con evidente nerviosismo y negándose a contestar a ninguna de nuestras preguntas. Mi cliente insistió con cierta dureza en su voz, pero nada iba a hacer cambiar de opinión al gerente. Incluso se negó a dejarnos ir por el campo a inspeccionar visualmente el lugar donde se había encontrado el cadáver. Pero Elena no era de las que se daba rápidamente por vencida.

Nos acompañó hasta una cafetería que hay en los bajos de la sede social, justo donde comienza el campo de golf y nos dijo que pidiéramos algo, indicándole al camarero, de elegante uniforme, por cierto, que lo que nos sirviera se lo apuntara a ella. Nos preguntó si teníamos licencia para jugar a golf, cosa que el abogado no, pero yo sí, consecuencia de la insistencia de mi familia y satélites orbitantes a su alrededor. Me miró el calzado, le pareció adecuado y dijo que se iba a cambiar y a arreglar el green fee, para que ella y yo saliéramos a dar una vuelta por el campo de golf. Al de un rato salió cambiada con un fino niqui blanco y un pantalón corto rosa claro que le llegaba hasta las rodillas, siendo la primera vez, en que tanto el abogado como yo caímos en la cuenta que Elena conservaba bastante intacta la belleza que tuvo que tener de joven.

Con un gesto autoritario me pidió que le acompañara hasta una edificación que parecía un chamizo de aperos pero que se trataba del cuarto de palos. A la persona que parecía encargada de aquel lugar le pidió que le sacara su bolsa y la de su marido, con los correspondientes carros. Al titubeo inicial del encargado, le respondió con un seco “¿Hay algún problema?”, que hizo al hombre desaparecer en el interior, para aparecer al de un rato con una bolsa rosa, supuse que la de ella, y una bolsa blanca. El encargado le indicó que de la bolsa de su marido faltaba un palo que se lo había llevado la policía. La bolsa blanca, al contrario que la bolsa de ella, que llevaba un compartimento para cada palo, tenía sólo seis compartimentos, y era bastante ligera, con unas correas a modo de mochila, ya que a su marido le gustaba cargarla a la espalda. Todavía solo tenía un medio juego de palos, así que le pedí discretamente a ella que me explicara la organización de los palos en la bolsa. “Espera un poco” me dijo, dejándome en mitad del camino con su carrito y el mío. La vi volver donde el encargado y preguntarle algo, mientras me pareció que le deslizaba un billete de algo en el bolsillo

Vino sonriente y explicándome que era mejor engrasar un poco al pueblo para que le indicasen donde se había encontrado el cadáver. Por un momento me quedé embelesado mirando su sonrisa hasta que un par de segundos después caí en la cuenta de lo que estaba haciendo allí, y que no podía ser como Cosme e intentar ligar con la cliente. Eso fue lo que alejó definitivamente de mi cabeza el pensamiento de Elena como otra cosa que no fuera un cliente. Ella pareció no darse cuenta de mi pequeño lapsus y me preguntó sobre lo que quería saber, que no era otra cosa que el orden de los palos. Me dijo que van en orden contrario a la distancia que alcanzas con ellos, dejando un hueco para el palo cabezón y el put, dos huecos para maderas e híbridos (sorpresa, yo sólo pensaba que había coches híbridos) y los otros tres para los hierros en orden numérico. Me enseñó como su marido los ubicaba en perfecto orden (aunque el 8 estaba sólo, ya que el 7 era el golpeador) a lo que le pregunté si su marido era ordenado. “Es ingeniero” me dijo con una cara de lástima, que entendí perfectamente, ya que pocas cosas hay tan maniáticas como un ingeniero.


Me explicó que no íbamos a tener que andar mucho ya que la zona donde lo habían encontrado era en un pinar que discurre entre la salida del hoyo uno y el green del hoyo dieciocho, quedando el bosque a la derecha en la dirección de cada hoyo, comprendiendo enseguida, ya que rara vez pego a una bola que vaya recta, porque ese bosquecillo era un buen lugar para buscar bolas perdidas, no quedando muy lejos de la caseta donde guardan los palos.   



Pude dar fe enseguida de que aquel lugar era el ideal para encontrar bolas ya que en un rápido vistazo vi dos bolas entre la maleza. Más o menos, el encargado del cuarto de palos le había indicado a Elena la zona por donde se había encontrado el cadáver, hacia el centro del bosquecillo, lugar que no fue difícil ubicar, ya que en un árbol todavía quedaban restos de la cinta de plástico, que presumiblemente había utilizado la policía judicial para acordonar la zona y que la policía científica pudiera hacer su trabajo.
 
Mientras me hacía una composición del lugar donde se había encontrado el cuerpo, sonó mi teléfono. Elena me miró con cara de reprobación, que me extraño algo, ya que aunque en el campo de golf no se debe de usar el teléfono móvil, no estábamos precisamente jugando una partida. Era la uruguaya para informarme sobre el seguimiento. La dije que le llamaba luego, pero le pregunté que qué tal, como me respondió que bien, la colgué y apunté mentalmente que debía llamarla luego. La razón por la que Elena me había puesto esa cara no era otra que el ver una pareja de hombres que estaban acabando el hoyo dieciocho, y parecían mostrar más interés en ir al lugar donde se encontró el cuerpo que en acabar dignamente la partida, pero a mí me dio la impresión que en cuanto nos vieron, cambiaron sus intenciones y acabaron de jugar reglamentariamente el final del último hoyo del campo.

Desde donde estábamos no se veía la cafetería. Si salíamos a la calle del hoyo uno, estábamos a la vista de la terraza de la casa club, pero sin embargo, desde el hoyo dieciocho era posible el acercarse hasta el cuarto de palos sin que te pudieran ver desde ningún otro lado, ya que el recorrido de la calle tenía forma de ele. Saqué algunas fotos con el putofón, más que nada para darme un poco de pisto delante de la cliente, y le comenté lo que estaba pensando. Y como nuestra intención no era hacer más hoyos, nos fuimos discretamente hasta el cuarto de palos, donde dejamos toda la equitación. Ella fue a cambiarse de nuevo de ropa y yo me fui hasta la casa club, donde tras dar una vuelta a los alrededores de la misma, constaté lo que había averiguado, que era posible ir de la casa de palos al bosquecillo sin que te vieran desde la terraza o el bar.

Sin mucha información abandonamos el club, pidiéndoles que me dejaran cerca del Ayuntamiento de Getxo, ya que iría a la comisaría para ver si era posible charlar de una manera extra oficial, lo que ya sabía que me iba a costar la comida, con Gómez y con Ganeko. Elena me dijo que no me preocupara, que pasar los gastos de la comida si pensaba que con ello iba a sacar algo.

Mientras llegábamos a mi destino, sobre todo para hacerme el hombre ocupado, aproveché para hablar con la rubia, quien me explicó que habían podido seguir a Toribio, viéndole entrar en unas oficinas de la calle Uhagón, con la suerte de que desde la calle, se puede ver la entrada. De pasada y de medio cachondeo me explicó como Damián había aparecido disfrazado de ciclista del Tour de Francia (todo de amarillo), para no llamar la atención. Me empezó a arder el estómago, pero era una simple llamita, comparado con el café que se me puso cuando la uru me mandó la foto por el putofón. ¡Este era tonto y no tenía remedio! Mentalmente me apunté que para la próxima vigilancia debía de explicarle con todo lujo de detalles la ropa que se tendría que poner.

Una vez que me dejaron en el ayuntamiento comencé a dirigirme hasta la comisaría para intentar hacerme el encontradizo, pero mientras me estaba acercando sentí como alguien se resoplaba el flequillo. ¡Ya sabía para que le servía aquella gran nariz al amigo Caraqueño!¡ Para oler en un kilómetro a la redonda cuando había papeo gratis!. Le tuve que contar mis intenciones, que inmediatamente transmitió por teléfono a los dos destinatarios, que al de unos pocos instantes salieron de la comisaría, muy sonrientes mientras me explicaban ufanos donde querían ir a comer hoy.




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