domingo, 10 de febrero de 2013

LA PINQUERTON DE GETXO III


III

 

Lo malo de establecer un sistema de vigilancia por la mañana es, sobre todo, si la noche anterior has estado de vinos, de vinos sin denominación de origen, hasta bastante tarde. Gracias a Dios nos quedamos sin fondos y fuimos incapaces, los tres que quedábamos, de encontrar un cajero (sospecho que “Potro” mintió cuando dijo que no llevaba tarjeta) con el cual sacar unos cuantos billetes para continuar con el trasiego de caldos de mala calidad. En este momento, apostado en el coche por la zona de Larrañazubi, en la parte de atrás de la Avenida de los Chopos. Cosme sigue vigilando la puerta de salida de la casa de “Toribio” que es el nombre que hemos asignado en clave para referirnos al objetivo. ¿Qué porqué le hemos puesto nombre en clave? Porque con mis hábiles ayudantes pueden pronunciar en alto el nombre del objetivo delante de quien no deban y mandemos a tomar vientos toda la persecución.

 

El plan no es muy complejo. Cosme se queda donde está hasta las diez y media, y abandonará a esa hora para irse a Las Arenas para vigilar a la esposa. Punto. No tenía que hacer nada más. Desde las ocho y media, Damián y la rubia estarán desayunando en el bar de la rotonda que lleva hasta Fadura, a la espera de que les llame con instrucciones, si hay alguna. Hacia las nueve de la mañana, Toribio sale por el garaje y sigue el curso del Gobelas, en dirección al humedal de Bolue. No tenía más que una salida antes de llegar hasta la ciudad deportiva, y veía poco previsible que saliera por la zona de la caseta de bombas, ya que estaba demasiado cerca de su casa. Si no salía por Fadura, la siguiente salida estaba pasado el Instituto, por lo que la vigilancia era fácil, así que me apresté a dar órdenes. Como pude suponer, el idiota de Damián no había pagado todavía los desayunos, así que mande a la rubia a que se apostara en la salida de Fadura para vigilar y que Damián se juntara con ella. Al de unos pocos minutos me llamaron. Le habían visto pasar por la parte de atrás, y seguía andando en dirección Berango.

 

Les mandé que fueran hasta la esquina de Saldisu con los Chopos, justo en un bar que hace esquina, junto a una tienda de golosinas. Les pedí que esperasen allí y que me llamasen. También tuve la oportunidad de oírle a Damián su opinión sobre que si tomaba otro café se iba a poner de los nervios, diciéndole a la rubia que informase al tarugo de su compañero que los cafés también se pueden tomar descafeinados, y que también puede pedir agua. Con el coche me acerqué hasta la zona de aparcamiento de la ciudad deportiva, para estar preparado en el caso de que no fuera por Saldisu y seguirle un rato en coche. Tuvimos suerte, al de cinco minutos me llamó la rubia para confirmarme que había aparecido por Saldisu y que tenía toda la pinta que iba a empezar a subir hacia Algorta.

 

La orden fue que Damián me esperase en la esquina, y que la rubia le siguiera para ver que hacía.  Mientras recogía a Damián, se me ocurrió que lo que estaba haciendo Toribio era dar un rodeo para llegar hasta el metro. Tenía su lógica, así que le instruí convenientemente sobre lo que tenía que hacer. Repetido y con paciencia, aunque era algo tan sencillo como montarse en el metro con él (por si acaso saca billete de dos zonas), y si va para Plentzia, te bajas en Bidezabal, y si va para Bilbao, te bajas en Lamiako, donde yo me montaría en el metro (le tuve que repetir que si se bajaba antes, que me avisara). Lo único que tenía que hacer, era decirme en que vagón iba, para poder vigilarle discretamente. Después de dejarle en el metro de Algorta y cuando ya estaba llegando a Romo, me llamó la rubia para decirme que Toribio acaba de entrar al metro. Me preguntó si le seguía, y le dije que se volviera a la oficina. Justo, que te vea ahora en el metro, aquella tan bella que es inolvidable. Le recordé que tanto a ella o a mí, lo mejor era que no nos vieran, ya que es difícil olvidarse de nuestros cuerpos. La oí refunfuñar antes de colgar, pero tampoco era cuestión de seguir hablando desde  el coche. Llegué a la estación de Lamiako, aparqué el buga en la zona habilitada para eso, y tras pasar la cancela, me puse a esperar.

 

No tardó mucho en pasar el metro, y el amigo Damián salió del último vagón, justo al revés de lo que le había pedido. Así que no le dio tiempo a decirme en que vagón estaba Toribio. Me puse justo detrás de habitáculo del conductor, y le llamé. Me dijo que iba en el tercer vagón. Eran las nueve y cinco, así que el vagón no iba muy lleno, pero tampoco le podía dejar escapar, así que hice de tripas corazón, y justo cuando dejamos la siguiente estación, Leioa, le vi que estaba muy entretenido leyendo una novela de bolsillo. Pasé a su lado sin que se diera cuenta y me acomodé en una de las esquinas, donde antes estaban los asientos laterales. El viaje siguió sin problemas, hasta Indautxu, donde se bajó Toribio. Me bajé tras él, que se fue hacia la escalera con el cartel de Urquijo y yo hice como que me iba por la otra, pero no hice otra cosa más que cambiarme de Andén.

 

Durante la vuelta, y dado que no había pasado por la canceladora, se me ocurrió que podía ir a echar un vistazo a Cosme para ver cómo le iba su vigilancia de la mujer sospechosa de poner la cornamenta al marido. Llamé a la rubia, que seguía refunfuñando por haber tenido que ir andando de Algorta a la oficina para que me diera la dirección. Le comenté algo sobre lo bien que le venía a su figura el andar un poco, y no me mandó a tomar por saco porque su educación se lo impide, pero le hizo muy poca gracia mi comentario, y con bastante desgana me dio la información que quería. Decidí bajarme en Las Arenas en vez de Lamiako, y luego, si tenía ganas, iba andando a por el coche, o también podía comer unas cazuelillas y unos champis en el Zokotxo, ¡quién sabe!.

 

La dirección estaba en la calle Mayor, justo enfrente de los soportales, lo cual daba una cobertura muy interesante a la vigilancia, además de contar con dos tascas desde las que se puede vigilar, mientras poteas. DI una vuelta por la zona, para intentar ver desde donde hacía la vigilancia el amigo Cosme, pero empecé a desconcertarme al de un rato, ya que no lo encontré. ¿Será que el lince de la margen izquierda se ha mimetizado perfectamente? ¿o qué se ha escaqueado?. Me siento en una de las tascas, cerca de la puerta con vistas al portal vigilado, ya algo preocupado. El cabreo del marido puede estar fundamentado, si estamos vigilando una mierda. El plan era seguir a la mujer cuando saliera de casa. Claro, a lo mejor es eso. Así que con un cierto halo de esperanza llamo al móvil de Cosme. Me sale el contestador. Le dejo un mensaje que me llame inmediatamente, y así lo hace al de dos minutos.

-       ¿Dónde estás?

-       Hola jefe. Nada, en la calle de las Mercedes vigilando, pero la señora no ha salido de su casa

-       Vale. Como ya comentamos su marido se está mosqueando con los resultados, y como ya hemos acabado por hoy con Toribio, en cinco minutos estoy en la estación del metro de Las Arenas. Espérame en la esquina con la calle particular del club, y charlamos un poco para ver si podemos abordar esta vigilancia de otra manera o con turnos.

-       No creo que haga falta. Esta señora me da que es muy casera, pero ahora voy jefe

-       Vale- y le cuelgo el teléfono.

 

Una mala intuición cruza mi cerebro que queda absolutamente corroborada cuando le veo salir por la puerta del portal de nuestra vigilada, como metiéndose la camisa por el pantalón, con pinta de estar vistiéndose a toda velocidad. ¡No me lo quiero creer! Pero tengo que comprobarlo ¿cómo?, tengo que pensar rápido. Le vuelvo a llamar. Veo como se para y saca el teléfono. Le digo que me acabo de pasar de estación y que además tengo que ir a buscar el coche, que le vuelvo a llamar en tres cuartos de hora. Noto como respira como aliviado, y me dice que vale, que espera mi llamada. Sólo me queda esperar la prueba del algodón. Como este no se imagina nada, en vez de llamar a la mujer por teléfono, se planta delante de la casa y toca el portero automático, tercer botón de la izquierda. Si es el segundo, es el hijo puta del Cosme el que se está zumbando a la mujer del cornudo. No sé para qué crucé para comprobarlo, si ya lo sabía desde que le vi tocar el portero.
 
Intento calmarme, para lo que me meto en la tasca de en frente y me pido una ración de croquetas y una botella de crianza. Es demasiado pronto todavía para empezar a beber, pero la tarde estaba todavía lejos y para aplacar mi furia, no iba a haber nada mejor que una siesta del carnero. Acabé las croquetas, pero como me quedaba vino, pedí media ración de queso manchego. Entonces, se me terminó el vino, pero me parecía una pasada beberme otra botella de vino, así que pedí la segunda con la intención de no terminarla. Pero acabé el queso, y seguía quedando vino por lo que pedí un poco de tortilla, así que a lo chorra me bebí la segunda, estando ya algo pedete, pero creía que no mucho, hasta que me levanté de la silla, y comprobé, que sino de beodo baboso, si de bastante castaña. Pero como ya hace tiempo que soy capaz de andar embriagado hasta las trancas y andar sin tambalearme, no abandoné mi plan inicial, y le llamé quedando con él en diez minutos. Cruce la calle y le esperé a la distancia justa del portal, para que no me viera al salir, pero se diera de bruces contra mi figura.
 
No estaba tan cocido ya que acerté de pleno. Según salió del portal, supongo que relamiéndose todavía del festín y sin mirar a nada en concreto, chocó contra mi cuerpo. Miró para arriba y contempló mi sonrisa, no sé si de asco o de ironía, y supongo que lo emboté con mi alcohólico aliento “¿De dónde vienes, Cosmito?”. Esa pregunta retórica creo que hizo que en el fondo de sus ojos marroncillos asomase una leve esperanza que rápidamente desapareció cuando comprendió que llevaba un buen rato vigilándole desde el bar. ¡El cabrón de él, no estaba ni afeitado!¡No sé que ven las tías en su frágil cuerpecillo para que se le conozca como el volcán de Sestao! Creo que debería de aprender como lo hace. Le dije que me esperara en la oficina y cuando hizo amago de ir a la estación, le insinué que no quería verle en el metro. Le vi alejarse por la calle mayor, la cabeza hundida hacia delante y las manos en los bolsillos. Me di cuenta de que estaba acojonado, así que me fui en metro a casa (apunté en la agenda del pipofón donde tenía aparcado el coche, no era cuestión de ir a cogerlo ahora con litro y medio de vino en el coleto) con la sana intención de pegarme una buena siesta y que el otro, sentado en su sillucha meditase sobre el castigo que le iba a aplicar, que en realidad desde que se abolieron los latigazos, poco podía hacer. No podía prescindir ahora de ningún colaborador, y quitando esa adicción al sexo que tiene, la verdad que tenía un punto superior de inteligencia que el guipitxi rubito de Damián. En fin, cuando me despierte, supongo que estaré de mejor humor para volver a la agencia.

 

4 comentarios:

  1. Hombre, cuando las hordas lectores pediamos sexo para dar un poco de picante a las historias nos referiamos a otra cosa!!!

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    1. Sobre el sexo, aclárate de una vez. ¿qué quieres, con detalles escabrosos o con insinuaciones?. Te noto un poco sátiro, Rasputilla. Por cierto, tengo una foto de Spook con un gorro verde de gnomo que podías cambiar por la porquería esa que tienes de perfil.

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  2. Spook como en fantasma o aparicion (incluso tiene acepcion de espia) o Spock como en Star Trek?

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