domingo, 3 de febrero de 2013

LA PINQUERTON DE GETXO II


II

 

El ruido al chocar los barrotes de la salida de uno de los módulos donde se encuentra confinado mi próximo mejor cliente, Jimmy, o Carlos Jiménez, todavía me seguía retumbando en la cabeza, aunque ahora sólo sonaban los pasos de mis zapatos y los del abogado en la gravilla del aparcamiento de la cárcel de Basauri. Nos metimos en su coche, pero yo todavía seguía impresionado de mi primera visita al trullo, aunque la realidad era que sólo vimos barrotes a la salida del módulo tres. La entrevista con Jimmy la hicimos en un cuarto que apestaba a cerrado, con una mesa en el centro y tres sillas. La puerta era normal, custodiada por un funcionario que en cuanto lo requirió el abogado, abandonó el cuartucho. ¡Jodé! Y como se parece el abogado al ex presidente francés. Algo me dice el abogado según salimos del recinto, pero estaba ensimismado en mis chorradas por lo que tengo que pedirle que repita lo que ha dicho, que es algo tan sencillo como “¿dónde quieres que te deje? Yo tengo que ir a Bilbao”.

 

Me tomo un par, bueno más bien unos treinta segundos para pensarlo. Hoy ha sido un día bastante largo. Tras entrevistarnos durante más de dos horas con la esposa de Jimmy, escuchar su versión de los hechos y arreglar la parte económica, por cierto, que probablemente sea el mejor cliente de mi vida, nos hemos desplazado hasta el club de golf para intentar entrevistarnos con el gerente. Hemos esperado en la garita de entrada algo más de una hora, y al final no nos han dejado entrar. El abogado ha llamado a la mujer de Jimmy, Teresa, y esta ha quedado en hacer las gestiones pertinentes para que nos reciban, aunque el abogado no ha sido muy optimista. Se acercará mañana al juzgado para intentar sacar toda la información sobre la actuación policial, fundamentalmente de los atestados. Como a las cuatro y media teníamos la posibilidad de visitar en persona a Jimmy, no nos ha dado tiempo a comer nada, así que estoy hambriento. Qué raro, se me ha vuelto a ir la pinza, aunque no han pasado todavía los treinta segundos. Le pido que me deje en la hamburguesería de Santutxu, ya que no estamos muy lejos y luego, para despejar la cabeza, puedo salir a tomar algún pote con Ajota y el resto de la banda.

 

Me deja a un par de manzanas, tampoco se trata de que luego tenga que dar una gran vuelta para salir del barrio, pero con tan mala folla, que la hamburguesería está cerrada por reformas, eso sí, lamentando los inconvenientes que puedan causar. Me cabreo, pero como estoy cada vez más acostumbrado a acallar todas mis frustraciones, decido irme hasta el Toki Ona, que, aunque todavía falte más de una hora para que la pandilla, por recuerdo de los viejos tiempos, es posible que todavía sea capaz de que me pongan un bocata caliente.

 

El plato huérfano de las tres gildas que nadaban en apetitoso aceite de oliva, aceite que estoy intentando también acabar ayudado por un buen trozo de pan, que más que barco es un transatlántico, calma momentáneamente mi ansiedad. Me he equivocado en una cosa, en que me iban a poner un bocata caliente, ya que me recomiendan un jamón serrano que les han traído de Salamanca, casi tan bueno como el ibérico. Les pido que el bocata lo acompañe media ración de manchego (al final acabó siendo una) y una botellita de crianza, sin que me importe mucho la denominación de origen (mentira cochina, me hago el tolerante porque mi querido tasquero creo que no conoce otra que sea Rioja). Me pusieron un vaso ancho (de los llamados de sidra) que llené hasta una altura de cuatro dedos y que me metí al coleto en un abrir y cerrar de ojos. Miré a ambos lados del bar, y viendo que nadie se estaba fijando en mí, con una mueca de satisfacción procedí a limpiarme los labios del mínimo rastro de rojo líquido con la mano. Saqué un lapicerillo de los que te dan en el campo de golf (se están poniendo de moda como objetos de arte en oficina), un par de folios que saqué del bolsillo de atrás y con el fin de no olvidar todo lo que había oído, me puse a apuntar a modo de resumen lo que pudo ocurrir.

 

Empezamos por el fiambre, Don Jacinto Cino, casi setenta años, empresario e inversor, miembro de la junta directiva del club de golf, y conocido sobre todo por su gran tacañería. Decían las malas lenguas de él que cuando se quedaba a comer en el club, lo primero que hacía era mirar debajo de la servilleta, por si el que había comido antes, se había dejado la propina. Apareció entre unos árboles, en una de las calles de la segunda vuelta, ya que lo que más le gustaba después de comer en el club, era dar una vuelta por el campo de golf para buscar bolas perdidas. Esa manía le había costado el despido a algún empleado que había protestado, ya que el de las bolas usadas es un complemento al exiguo sueldo que suelen pagarles. Los detalles de cómo le encontraron me los pasará el abogado en cuanto recoja los papeles de los atestados en el juzgado.

 

Jimmy. Estuvo ese día jugando al golf por la mañana, sobre todo para intentar olvidarse que el concurso de acreedores de su empresa estrella no había pasado el trámite del acuerdo con los acreedores, ya que uno de sus principales proveedores no había aceptado el convenio y había abocado a su empresa a la liquidación. Le afectaba a sus finanzas, pero no tanto como para reducir su tren de vida. Eso sí, le había jorobado su plan de sucesión en la empresa. ¿Quién fue el acreedor que mando todo al garete? Evidentemente ya sabes la respuesta, el Sr. Cino. Después de completar el recorrido y junto a un amigo suyo, se quedó a comer. Justo cuando pidieron la segunda botella, su amigo recibió una llamada, lo que le hizo abandonar precipitadamente la comida, dejando sólo a Jimmy. Éste acabó por terminarse la segunda botella, cuando acertó a pasar por allí el amigo Cino. Jimmy me contó que le lanzó una mirada con tanto desprecio que le empezó a hervir la sangre. En vez de levantarse y largarse, se fue hasta la barra del bar donde se metió unos cuantos pelotazos de vodka. Cuando ya el alcohol hizo la suficiente mella en él, se levantó del taburete y se dirigió hasta donde Jacinto estaba jugando a las cartas con otros amigos. Jimmy me reconoce que se le acercó muy bruscamente y que tuvieron una bronca de órdago. No llegaron a las manos porque Jimmy le hubiese dejado muy maltrecho, pero las amenazas fueron muy subidas de tono. Cuando volvió hacia la barra del bar, empezó a encontrarse muy mareado, por lo que se fue hasta los vestuarios, donde se metió en un retrete y vomitó todo. Como oyó voces fuera, y le dio como vergüenza  que le hubieran oído vomitar, se quedó sentado en la taza a esperar. Pero tenía tal cantidad de vodka en el cuerpo que se quedó dormido. Nunca supo si fue una hora o dos, pero cuando se despertó se dio cuenta que se había dejado las llaves del coche en la bolsa de palos, así que se dirigió hasta el cuarto de palos, cogió las llaves del coche y se largó.

 

A la mañana siguiente uno de los trabajadores encontró el cuerpo de Jacinto en una calle, con un fuerte golpe en la cabeza. Inmediatamente se llamó a la Policía, en este caso la ertzaina, que apareció al poco rato. Llamaron al Juez, quien levantó el cadáver. En una primera inspección en el cuarto de palos descubrieron sangre en uno de los palos, que ¡oh casualidad! eran los de Jimmy. Un análisis rápido de sangre para comprobar que la del palo era la misma que la de Jacinto, y dos días más tarde, Jimmy estaba en la cárcel. Hace tres días, se recibió la confirmación definitiva (prueba de adn) de la sangre, por lo que la juez del caso, no ha admitido fianza alguna.

 

Lo tengo claro, hay móvil muy claro, voluntad dominada por el alcohol, una discusión y el arma homicida pertenece al detenido. Lo tengo claricordio que diría mi princesa pequeñita. Como el que ha empezado con la segunda botella de rioja soy yo, pongo los codos sobre la barra, usando mis manos a modo de rompecabezas. Logro aislarme del mundo cuando un timbre de bici suena en mi pipofon a la vez que noto que algo dentro de mi bolsillo vibra. Saco el artefacto y veo que está activado el chat de la cuadrilla de Santutxu (me dí una vez de baja, y me costó tanto que me admitieran de nuevo, tuve que organizar una garbanzada, que ya no tengo huevos de darme de baja). Una foto nueva me han mandado. La descargo y me veo en el espejo del Toki, escribiendo mis notas en la barra con la cabeza agachada, mientras una mano diminuta me pone cuernos, mientras otra mano diminuta agarra un teléfono y parece que saca una foto al espejo. Me doy la vuelta y allí están Putxi, Chepas y Ajota partiéndose de risa a costa mía.

 

Aunque cada vez me cuesta más soportar este tipo de potorradas, sé que he perdido hoy y si no puedes vencer al enemigo, únete a él. Así que hago un ademán al tasquero para que ponga tres vasos más. “Pero a mi ponme cordovín” le chilla Chepas, y yo llamo a casa para decir que no iré a cenar, que el caso se está alargando más de lo previsto. No me creen, como es lógico, pero tampoco me riñen. Eso sí, “no llegues tarde”.

2 comentarios: