domingo, 4 de noviembre de 2012

LEIOAKO ERKULES VIII


CAPÍTULO VIII

 

Por inercia y por seguir a unos coches que tenían pinta de ir a la playa, acabamos en una llamada Rodiles. Al final del día, acabó por ser una de mis playas favoritas, sino la más, ya que lo primero que me encantó fue la facilidad que había para aparcar, aunque como me comentó un habitual, en verano si no llegas antes de las doce, te puedes encontrar con problemas, además de unos grandes atascos. No sólo es increíble el pedazo de tamaño que tiene, las aguas abiertas y transparentes con olas, algo que nunca hemos conocido muy bien los que hemos pasado la infancia en las tranquilas aguas de la bahía de Górliz, el sitio entre toalla y toalla, sino que también es muy de agradecer el bosque de eucaliptos que hay entre la arena y la carretera, plagado de mesas de madera de picnic, donde me sorprendió que el personal dejara la pitanza sin vigilar mientras retozaba en la arena.

 

Así que después de media hora en la arena con las lagartijas, un agradable chombo y antes de que los rayos de sol mancillaran con sus rayos ultravioletas mi delicada piel para volverla encarnada, me cogí mi novela del hermano del presidente de la federación de fútbol y me dirigí al tupido bosque de eucaliptos para dedicarme a uno de mis pasatiempos favoritos. Eso sí, antes pasé por una caseta de madera donde me aprovisioné de un par de frías latas de pivo con unos aperitivillos salados, y aposentando mis finas nalgas en uno de los bancos de las numerosas mesas de picnic que proliferaban en el bosque, me introduje en la nebulosa atmósfera de los rincones costeros de las Rìas Baixas. Como queda claro, lo del hermano del presidente es una coña, que los habituales lectores de novela policiaca entenderán.

 

Tras una visita adicional a mi caseta favorita, con el fin de aprovisionarme de dorada y fría ambrosía, y casi dos horas de plácida lectura, apareció la princegargantúa reclamando pitanza para ella y para su madre, con lo que nos fuimos a una de las tascas que está justo en frente del plácido bosque donde nos agenciamos una serie de bocatas de queso con lomo, que dada la hora y el hambre acumuladas, trasegamos con absoluta impavidez ante los rugidos de la peña, que apelotonada frente al televisor, disfrutaba con las clasificatorias del nuevo héroe asturiano, el amigo Fernando.

 

Un par de horas después, y tras unos cuantos gruñidos advirtiéndolas de los peligros de la larga exposición al sol, logré persuadirlas que en realidad tenía que hacer trabajos de vigilancia y que podían seguir tomando el sol en el jardincillo del hotel, mientras yo me dedicaba a las labores de espionaje desde el último piso.

 

Se extrañaron un poco en el hotel cuando les comenté lo de la lechuza pechoplano, pero como tampoco estaba el hotel al completo, no me pusieron pegas a que montase un pequeño observatorio en el último piso. Antes aproveché para dar una vuelta por los alrededores. Pude constatar que el coche del chalecillo no estaba, y que no había señales de vida por los alrededores. Volví al hotel con la secreta esperanza de que antes de salir por ahí, volvieran de nuevo hasta la casa. Así que estuve sentado en una silla, mirando de vez en cuando a la casa, y continuando con las peripecias de mi radiofónico policía. Acababa de recibir el primer aviso pre-cena de las princesas, cuando al alzar la vista distraídamente por la ventana, vi que un coche justo entraba a la casita objeto de mi vigilancia. ¡Eureka! Grité en mi mente mientras arqueaba las cejas en alborozada expresión. Todavía tardaron un rato y otro aviso pre cena en ponerse a tiro de mi teleobjetivo, pero antes de que la luz hubiera perdido algo de intensidad pude hacer más de cincuenta fotos. Me pareció que era Borjita, pero debería comprobarlo en un ordenador, ya que podría verlo con mayor nitidez que en el visor de la cámara de fotos. En el hotel me recomendaron un sitio en la villa (es como llaman los locales a Villaviciosa), el café de Vicente, donde además de poder desayunar a gusto, podía acceder a un ordenador. Así que con la misión casi cumplido, me bajé con las dos princes al cercano puerto de Tazones donde estuvimos picoteando pulpo, chopitos, pixín y demás delicias marinas hasta saciarnos.

 

Por la mañana, y mientras bajábamos al pueblo a desayunar, propuse a las pricejefas ir parando en algunas otras playas, para ir conociendo poco a poco la costa asturiana, y así ir acercándonos a casa, ya que un fin de semana tan bueno, presagiaba grandes colas de regreso a casa. La propuesta fue aceptada mientras se trajinaban unas tostadas con mantequilla y mermelada de aproximadamente cinco centímetros de anchas y yo me desenvolvía con maestría con unos hojaldres recién hechos, uno de carne con tomate, otro de bonito con tomate y el último de anchoa. Se fueron a dar una vuelta mientras yo comencé a enredar con el ordenador, y tal como ya presentí ayer, el protagonista de las fotos era el mismísimo Borjita. Lo que no tenía pinta era de estar contra su voluntad con la tal Carolina (Sí, con la que guasapeaba un poquito subido de tono), sino más bien todo lo contrario y estar teniendo una tórrida aventura. Así que tras pedir un papel y un bolígrafo, apunté los datos más importantes, así como la exacta localización de la casa donde se encontraban.

 

Tras hablar con el padre del chavalete, mentiría si dijera que no se sintió, al menos al principio, algo aliviado al conocer el exacto paradero de su hijo y que en el fondo no se trataba de ninguna otra historia que no tuviera que ver con las hormonas. Me pidió que le mandara por correo electrónico con la localización de la casa y los datos del hotel en los que había pasado la noche (que le recomendé como bastante aceptable). Me dijo que no le hacía falta que le pasase ningún informe por escrito (¡Yupi!) y que tras la liquidación de los gastos, añadiera otros mil euros en concepto de gratificación que me pagaría encantado (Más yupis y supongo que Gómez estará contento cuando se entere de la resolución ya que será de justicia compensarle con otro papeo).

 

Me hice con la prensa local y tras tomar un pincho de tortilla de patatas (suave y compacta) y otro de cabrales, aparecieron las dos princesas encantadas con la vuelta que se habían dado por el pueblo, y al notar que estaba masticando, se hicieron con unos pastelillos de manzana, más que nada para acompañarme según ellas. Tal y como llevábamos de llena la panza, lo de buscar un sitio para comer, pasó a la última de las prioridades, y tras discutir sobre la playa a la que podíamos ir, ganó la playa de la Espasa en Isla, una parroquia perteneciente al concejo de Colunga, si, cerca de donde grabaron el Doctor Mateo.

 

Otra playa espectacular, sobre todo en marea baja y tras tomar algo a las cuatro de la tarde, las nenas me obligaron a parar por la zona de Andrín, justo pasado Llanes, con el fin de enterarse de que eran los bufones de la zona. No era una partida de tíos graciosos, sino de una especie de surtidores naturales que sueltan chorros en plan geiser, pero los días de mala mar, que no era el caso, ya, que hasta yo me hallaba ligeramente encarnado tras pasar dos días seguidos cerca de la playa, ya que aunque en la playa de la Espasa no tiene bosque detrás, si tiene un magnífico chiringuito donde casi liquido a Villar, mientras las lagartijas recargaban las baterías estiradas tumbadas frente al sol.

 

Eso sí, con la recarga de las baterías lo que hicimos fue coger tarde el camino de vuelta a casa, lo que nos supuso coger la caravana de vuelta a Bilbao en la autopista, con lo que el camino se nos alargó tres cuartitos de hora más. Eso sí, comprobar la cara roja de felicidad que tenía la peque al llegar a casa me llenó de íntima satisfacción, satisfacción que se me borró de mis disco duro en cuanto comprobé que cuelgatú tenía la misma cara roja de satisfacción que la peque, y la verdad es que no quise ni imaginarme porqué (un fin de semana sola con floripondio, pero según ella y su madre que la apoyó moralmente, por el aprovechamiento de la clase de golf , la partida en el pitch an pat  de Urgoiti y el día pasado en la playa de Sopelana). En fin, con disimulada cara de sufrimiento, en cuanto se despistaron las tres princecotorras, me metí en mi querido e inigualable lecho de dos metros diez de largo, aunque antes estuve hablando con Gómez, quien me contó que su amigo ya había estado con su hijo, que mañana se volvían los dos a su casa de Las Arenas, y que su amigo estaba encantado con mi eficacia, pero que le dijo que con una gratificación de mil euros más los honorarios, le parecía suficiente. Le estuve vacilando un rato, pero al final, la cordura llegó a su destino y quedamos el Viernes, para cenar a mi cuenta, otra vez, en el Puerto Viejo de Algorta.

 

Tras el fin de semana reparador, y después de acabar con mis tareas matutinas procedí a dar un repaso a los temas pendientes.

 

El primero era el cobro de la pasta que me debe Gervasio. Lo mejor va a ser presentarme el Martes a las ocho y media en la puerta de su oficina con un sobre donde le puedo sugerir que se encuentra el informe del perro con la factura que le puedo enseñar a su mujer. No, mejor va a ser ir por la tarde y saludarle cuando salga a pasear con su mujer, y justo después llamarle por teléfono, por si quiere que se lo mande por mensajero, digamos a partir de las nueve de la mañana, así que ya me he buscado un trabajillo para hoy a la tarde. En el sobre llevaré una foto del perro en el hotel, precisamente tengo una en la que aparece con la uruguaya que imprimo en el ordenador, y aprovecho también para hacerle una factura en la que descuento el anticipo. Vale, primera tarea ir al estanco a por un sobre.

 

Lo segundo que tengo que hacer, y me dedico a ello con ahínco es la factura para el padre de Borjita, que me queda genial, ya que me va a quedar un buen pico. Esto me lleva a la conclusión de que tengo que pagar algo a la rubia, ya que quedamos en una base caso por caso, y en éste, su aportación ha sido fundamental. Sin mucho dolor, aparto seiscientos euros para gratificar su actuación en este caso, eso sí, como le comento por teléfono, este ha sido algo especial, y no siempre será así. Me quedo con una vaga sensación de que sólo oye lo de seiscientos euros y que quiere venir corriendo a Aiboa. Le explico, que cobrará cuando cobre yo, y que aunque tiene muy buena pinta “¡Ah!, no es como el capullo de Gervasio” reflexiona ella en voz alta, puede que tardemos algo en cobrar (luego, no fue así, ya que me ingresó la factura el mismo día que se la presenté, lo que es decir el Martes).

 

Sigo con el asunto del incendio, y ahí estoy pendiente de los análisis de la UPV, que se esperan para esta semana, y de los papeles de Ramiro, lo que me hace llamar al Juzgado para saber como están. Ahí, me respondió al teléfono Caraqueño y me lió para una comida en el txoko de unos amigos suyos “un choco que tienes que conocer, sí o sí”, tras asegurarme que hablará con Ramiro y me llevará los papeles que tenga disponibles. Queda en pasar a buscarme hacia la una y media.

 

Por último llamo a Mondri para que me explique el follón en el que me quiere meter. No parece excesivamente complicado y queda en mandarme un mensaje para juntarnos con la señora que quiere que obtengamos muestras del bicho del vecino para que haga las pruebas de ADN. Me indica que los honorarios que han acordado para mi, son de seiscientos euros, y que en el fondo lo único que tengo que hacer es documentar fehacientemente que las muestras que obtengo y que debo entregar en persona en el laboratorio son las que obtenga de los fluidos vitales del susodicho can. Que como obtengo las muestras, es mi problema, pero que no lo ve muy complicado.

 

Así, rellenando mi agenda para el resto de la semana se me ha pasado la mañanita, por lo que salgo a la avenida de los chopos a esperar que el ínclito Caraqueño me pase a buscar, lo que hace con una cierta puntualidad. Me pasa un sobre con papeles y se pone a comentar lo bien que está el txoko al que me va a llevar.

 

Cuando llegamos a Olabeaga, justo al final, por ningún lado parece que haya un local que tenga al menos la mitad de las cosas que me ha contado. Nos acercamos a una puerta de una casa de dos pisos, de apariencia antigua en su exterior, y cuando entramos en la casa, me quedé impactado, y no porque Caraqueño no me hubiera avisado, sino porque me encontré en un txoko que colmaría hasta el mejor de mis sueños. Espacioso, moderno pero con un toque clásico, con una cocina en una isla, nevera disimulada a modo de armario ¡llena de birras!, vino bueno, bar repleto de espirituosos, en fin el sueño de cualquier comilón como yo.

 

El menú que nos ofrecieron tampoco estaba mal, unas alubias rojas en su punto, preparadas por un pollo que me recordaba a Toquero, del que tuve que cambiar mi opinión inicial de que era el típico pollopera de txoko que se pone el mandil sólo para figurar, pero que lo más que se acercan a la cocina es probar el condumio con cara de expertos y cuchara de madera, ya que lo vi currar y servirme el papeo, incluso con devoción. A este le habrán dicho que soy crítico gastronómico y por eso me cuida.

 

Me encantó además volver a ver al druida bigotón, mi maestro en el arte de preparar cazuelos de Gin Tonic, quién se encargó del segundo plato, un cordero que estaba de cine. Además, solucionó un problema endémico de mi cocina, y es mi elaboración del cordero.

 

Yo siempre he hecho el cordero al horno, lo que puede llevar de dos a tres horas, pero con unos resultados exquisitos. Yo, que en el fondo y por proximidad fronteriza, tengo ligera alma de cocina francesa. Más exactamente, el uso del vino blanco en los asados del horno, y más concretamente el uso de vino blanco frío (verdejo habitualmente) en mi cocción del cordero. Más o menos, cada veinte minutos, le hecho un chorrito de vino blanco frío al cordero, para que el asado acabe lo más tierno posible. El problema es que con la cocción del cordero se acaba cociendo el cocinero, ya que o bien para probar la idónea temperatura del vino derramado en el cordero, o simplemente por vicio del cocinero, cada chorrito que echo al cordero, me meto un buen buche del dorado líquido. Mi record es de hacer diez kilos de cordero en un choco que aderecé con un ajo, chorrito de aceite, pizca de sal, y tres botellas de verdejo frío, compartidas en mayor o menor medida entre el ovino y el cocinero (más bien en mayor medida el cocinero) lo que al final supuso la caída al suelo de la bandeja del horno (al final el cordero se salvó en su integridad), y una gran castaña del cocinero.

 

Pues bueno, el druida bigotón lo que hace primero es rebozar levemente en harina los trozos de cordero y los fríe en una sartén hasta dorarlos por fuera. Entonces, los introduce en una olla a presión, con chorrito de vino blanco 8tiene también influencias francesas, como yo), donde los deja unos veinte minutos, por lo que quedan prácticamente hechos. Los reparte en una bandeja de horno y los mete unos quince minutos antes de que haya que servirlos. Para saber cuando están hechos, se pinchan un poco, y al final se gratinan, para que queden doraditos. La teoría la tengo, pero la verdad es que estaba de bigotes, como su maestro cocinero.

 

De postre, pusieron unas bolitas rellenas de nata fría unos, y de chocolate otro, además de un corte de helado. Ahí me mosqueé un poco, ya que le dieron un corte más ancho a un tipo que llevaba la misma camisa que yo, pero con gemelos. Tras el postre, el café servido por Toquero y licores y combinados a placer, lo cual alargó la sobremesa entre suaves y cálidas conversaciones con un nivel muy moderado de decibelios, aunque hay que reconocer que el txoko de mis sueños está muy alejado de cualquier vivienda habitada. O al menos es lo que parece. Todo resulto perfecto, incluso cuando Gómez apareció al final regalando latas de conserva de pimientos, que he de reconocer que estaban tan buenos, que quitando dos que los mezclé con una tortilla, el resto me los zampé digitalmente, es decir, con los dedos.  

3 comentarios:

  1. Veo que en el capituño uve palito palito palito inva el autor, ademas de recetas, tenemos guia turistica. Asi me gusta, pegando a todos los palos.

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    1. RASPUTILLA, ¡qué te olvidas del sexo! ¿o, acaso crees que llevan dos meses jugando al escrable (o apalabrados) en la casita de Asturias? ¡Un poco de imaginación, ho!

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