CAPITULO
IX
Queda claro que con el paso de los años cada
vez aguantas menos las comilonas, y muchísimo menos si son en Lunes, ya que al
día siguiente me levanté con el estómago como atorado, la cabeza un poco ida y
una ligera sensación de malestar que tenía como una ligera intención de
persistir por lo que quedaba de semana. Hay que añadir que los papeles que me
trajo el Juez se habían quedado en su coche (realmente no recuerdo si el que me
trajo fue él) y que tuve una ligera regañina por estar descuidando mis tareas
domésticas por estar jugando a los detectives. El llegar ayer algo pedete me
deja sin argumentos ni réplicas a esa falta de delicadeza sobre mi oficio, pero
como soy bobo y en vez de sobreponerme con una aguda contestación recuerdo lo
de los papeles y me quedo hundido sin respuesta, cuando lo más conveniente
hubiera sido resistir en el diálogo. Así que como siempre que he realizado
algún tipo de decente planificación, he de modificarla en menos de veinticuatro
horas. Por lo tanto, decido no realizar ninguna, y tras acabar de pasar el
plumero por mi casita, encamino mis pasos hacia el Juzgado para recuperar el
sobre que me dejé en el coche de Juanito.
Así que piano, piano, llegué hasta el Juzgado
donde Ramiro me estaba esperando con el sobre. Antes de salir y en uno de los
bancos que hay fuera de las salas de vistas me senté para echar una primera
ojeada a los papelotes. En eso, pasó por allí el jefe de la investigación,
quien al verme me saludó afablemente y me preguntó si podía esperarle un cuarto
de hora, que quería hablar conmigo. Con el paso de los años he aprendido que
aunque no tengas nada que hacer, siempre hay que parecer que se está muy
ocupado, así que a pesar de no tener ningún compromiso esa mañana le dije que
vale, pero que tenía que cambiar entonces un par de cosas, a lo que me contestó
que tampoco me llevaría mucho tiempo el estar un ratito con él, que incluso
podíamos ir a una degustación cercana y charlar tomando un café. Así que quedé
con él en la degustación.
Para hacer tiempo, me puse a revisar los
papeles. Venían del Registro Mercantil y de la Aseguradora. Las cuentas del
registro dejaban muy a las claras que la empresa de Lamiako tenía ligeros
beneficios, pero que no estaba en situación apurada, incluso en los últimos
años había realizado inversiones significativas, pero que tampoco habían
endeudado a la empresa. En cuanto a la póliza de seguro, no se había producido
movimiento alguno en los últimos dos años, el último había sido la inclusión
del pabellón para almacenamiento (el quemado), e incluso comparando las cifras
aseguradas con los valores del inmovilizado bruto, estaban algo escasas. Se
podía concluir sin temor a equivocación que si el incendio venía provocado,
desde luego la autoría no venía de aquellos que tuvieran intereses en la
empresa.
Ese fue el principio de la conversación con
el Jauntxo mientras tomábamos un cortadito. Le expresé mi total convencimiento
de que el incendio era provocado, pero que necesitábamos el análisis de la UPV,
así que para acelerar algo el asunto llamó al técnico de la compañía de
seguros, quién le confirmó que todavía no estaba listo el informe, pero que le
habían confirmado por teléfono la presencia de acelerantes en los análisis, eso
sí, ni se acordaba de los nombres pero que le habían comentado que tenía toda
la pinta de provenir de algún tipo de disolvente industrial. Dado que estaban
despistados y con bastantes asuntos a los que prestar atención, me pidió que me
diera una vuelta por la fábrica y que me enterara si utilizaban disolventes y
quien podía tener acceso a los mismos, ya que le parecía bastante complicado
que el causante viniera de fuera. Habían investigado si había líos laborales,
pero parece que es de los pocos sitios en que en ese aspecto, curritos y
patronos, están en buena sintonía.
Ya con una tarea en mis manos, me dirigí
hacia la fábrica, pero viendo que dentro de poco era la hora del cafelito del
Gerva, cogí el metro para pillarle en la degustación cercana a su oficina. Se
quedó de piedra cuando me vio acercarme a la barra y creo que algo de acojono
le entró cuando mascullé al de la degus que me pusiera un cortado templado, que
tenía que había quedado para entregar un informe en las oficinas de la antigua
panadería. Pagó y salió de la degustación con la cara pálida y evitando mirarme
a los ojos. Llamé a la uru para que viniera a la tarde con otro sobre y con
unas cuantas fotos de Canelo, sobre todo, algunas fotos en la que ella está
jugueteando con el perro a la salida del hotel. Nos volveríamos a ver esta
tarde mientras paseara con su mujercita a Canelo. Me da en la nariz que mucho
más no iba a aguantar y que estábamos muy cercanos a cobrar lo que nos debe.
Llegué hasta la fábrica, casi justo a tiempo
para despedirme del Orejotas y su cuadrilla que han acabado tras haber estado
trabajando a destajo durante todo el fin de semana. Tras las frases de rigor
pregunto por el jefe de la planta, a quién no le hace excesiva gracia el verme
por ahí, pero como le digo que estoy por requerimiento expreso de la policía,
no le queda más remedio que hacer de tripas corazón y atenderme como es debido.
Como no quiero levantar ninguna sospecha, lo que le pido es que me enseñe la
fábrica, con el proceso de fabricación, los equipos auxiliares y sobre todo las
protecciones contra incendios. Al final acaba siendo un coñazo y lo único que
retengo es un pequeño edificio, tipo garaje donde guardan las materias más
inflamables, como los disolventes que utilizan para limpiar los moldes, alguna
pintura, las soldadoras y algunos otros equipos para el mantenimiento. Allí es
también donde están los cargadores de baterías y donde las guardan por la noche.
Le pido que me facilite una lista de las personas autorizadas a entrar en la
caseta, que no son otros que él, su ayudante, el jefe de mantenimiento, sus
tres cuates y los cuatro carretilleros. Con esa información me marcho para casa
a comer, ya que todavía me va a dar tiempo para echar una siesta antes de
encontrarme de nuevo con la rubia, no sin antes pasar por el cajero, ya que el
papi de Borjita ha sido fiel a su palabra, y le puedo pagar a la rubia sus
emolumentos.
Me encuentro con la rubia en el Sheraton
donde me estoy privando el segundo Gin Tonic, ya que en este lugar los hacen
especiales. Animadito con el espirituoso quedo en perfecto estado para
enfrentarme al Gerva. El plan no es de gran complicación, le esperamos en el
parquecillo junto al Gobelas y cuando venga con la propia, con la mejor de
nuestras sonrisas y con el sobre en la mano, le saludamos y le preguntamos a
donde quiere que le mandemos el informe.
Pues algo tan sencillo, dio resultado y dos
horas más tarde habíamos saldado la deuda en el comercio, amén de que nos tuvo
que pagar otros dos gin tonics que me soplé y el agua con gas en vaso ancho con
hielo y rodajita de limón que se pimpló la uruguaya. Íbamos a despedirnos
cuando mi colega el abogado me citó para mañana a media mañana, valga la
redundancia, pasáramos por la casa de la vieja para que nos presentara a la
vieja y concretáramos el trabajo de recogida de ADN. Cuando le explique de que
iba el encargo, la rubia me miró incrédula pero encogiéndose de hombros me vino
a decir algo así como “si pagan”. Así que nos despedimos con la sensación de
que ella tenía algo de prisa para gastar el dinerito que llevaba en el
bolsillo, y yo decidí en volver andando por Zugazarte, en parte para
despejarme, en parte por saludar a la reinona y ponerle al día de los cotilleos
que yo conocía. Eso sí, esta vez en vez de cervezas, seguí con el gin tonic ya
que siempre he oído que la mezcla de bebidas no es excesivamente buena. Opinión
no compartida por la princejefa, ya que cuando llegué a casa algo tambaleante y
beodo más que adoctrinarme sobre los peligros de la mezcla me sacudió un
broncón por la ingesta algo desmedida y llegar otra vez a casa en el estado
bíblico de “pasos inciertos” como predica una de las letras más cantadas en los
coros dominicales.
Cuando al día siguiente salimos de la casa de
la señora, acompañados por mi amigo el abogado, no podíamos disimular la cara
de, iba a poner de sorpresa, pero la verdad es que no tengo palabras. Para
reclamar que su vecino, el del perro promiscuo, abone los gastos de veterinario
y de mantenimiento de los cinco cachorros con los que hinchó la tripa de la
golfilla de su perrita, se va a gastar diez veces más dinero, ya que los
análisis de ADN valen un pastón, pero “Señor Hurtado, no es cuestión de dinero,
sino de quien tiene razón, y yo la llevo y
voy a llevar a los tribunales a ese individuo, que ni siquiera se ha
dignado en contestar a mis requerimientos por escrito”. Ya en el portal, Mondri
me dijo que lo que no había contestado, no era del todo cierto ya que tras la
tercera carta se presentó en la puerta de literalmente “esa vieja loca” para
mandarle a tomar por ahí.
Nuestro trabajo era muy sencillo y lo
completamos en los dos días siguientes, por la tarde y sin mayores problemas.
El mismo día de la visita seguimos discretamente el paseo vespertino de su
vecino para indagar donde dejaba corretear a su fogoso cánido, que no era otro
que el parquecillo por donde también trotaba Canelo. Además, el semental como
era más bien menudo, quedaba liberado de la correa y era de trato confiado y
amigable, así que no parecía que nuestra misión se fuera a complicar en exceso.
La tarde siguiente fuimos ya equipados para
cumplir fielmente la misión encomendada. La uruguaya se provisionó con un
guante quirúrgico al que untamos un poco de foagrás al que cuelgatú, a pesar de
sus años, seguía muy aficionada, aunque las ingestas las estaba espaciando en
el tiempo ya que agrandaban sus posaderas (según ella). Yo llevaba el móvil
para utilizarlo como cámara de fotos y una bolsa de esas que se utilizan para
congelados, donde íbamos a meter el guante de la ururguaya tras haber sido
chupada por el perro.
Al dueño del perrillo le sorprendió ver que
la rubia llevase un guante en la mano pero no se que milonga le contó que el
hombre no le dio mayor importancia. Supongo que se cabreará en el juicio cuando
se dé cuenta del engaño, pero ese ya no es nuestro problema, aunque puede que
tengamos que testificar. Una vez chupado el guante, lo introdujimos en la
bolsita de congelados (todo fotografiado en abundancia) y lo introdujimos en un
sobre. Nos metimos en el coche y fuimos hasta el laboratorio de análisis donde
dejamos al guarda de seguridad el sobre con las muestras biológicas de nuestro
perrito. Ya sólo me quedaba hacer el informe de cómo habíamos recogido las
muestras y se acabó todo nuestro trabajo, dos tardes y cincuenta mil pelas pa
cada uno.
Luego me entraron dudas al entender que la
recogida de muestras no había sido voluntariamente aceptada por el dueño,
bueno, simplemente le habíamos engañado ¿Aceptará un juez estos datos si no han
sido aceptados voluntariamente por el dueño? De vuelta a Santutxu para dejar a
la rubia expuse mis dudas a Mondri quién lo solucionó con un “ya le he avisado
de que es una posibilidad muy grande de que rechacen la prueba, pero la vieja
no da su brazo a torcer”. Así que dejé a la niña en su barrio y huí con rapidez
ya que no me apetecía mucho encontrarme con el poteo guasapero de ajota y sus
secuaces, máxime cuando tenía que volver conduciendo a casa. En el coche,
conversamos la uruguaya y yo sobre la conveniencia de buscar un local donde
tener un despachete para poder empezar a dar a nuestro negocio una apariencia
de respetabilidad. Le tuve que dejar claro que el negocio y el que tenía el
título era yo, y que ella no dejaba de ser una colaboradora, pero que no era
mala idea lo que me estaba proponiendo, siempre y cuando el despachete
estuviera cerca de mi casa, a lo que no le quedó más remedio que asentir
levemente con la cabeza ¡No te jode!¡Seguro que estaba pensando en montar la
oficina en Santutxu! Ha quedado claro que el jefe y socio capitalista soy yo.
Sólo me faltaba trabajar en Santutxu para que cada dos minutos apareciera algún
secuaz con ganas de remojar el gaznate. Y yo que no tengo ninguna personalidad,
iba a oponer muy poca resistencia, escaut que ya tiene muy controlado el
enemigo.
Llegué muy formal a casa, preparé unas
suculentas tortillas con perejil para tod@s, comentamos las últimas novedades
sobre Leonard y Sheldon, y nos fuimos todos a la cama muy prontito donde
descansamos profundamente.
A la mañana siguiente, y cuando la
princepeque se iba a la parada, volví a recibir una llamada de Gómez “Te
pasamos a buscar. Tenemos que volver a la fábrica de Lamiako”. Le pedí por
favor, que no viniera con la sirena a tope, y que esperaran a que el autobús de
la peque se fuera, tomando un cafelito en el Egoki que iba a mi cuenta. Al
parecer había aparecido entre los sacos de granza de plástico que utilizan como
materia prima para hacer los vasos, un soldador encendido con la clarísima
intención de acabar de quemar toda la planta, pero o lo habían descubierto a
tiempo, o el soldador no fue más allá de fundir el grano de plástico. En fin,
supongo que alguno estará empezando a ponerse muy nervioso.
Animamos al blogero a seguir con su historia dejando de lado la evidente timidez de sus lectores
ResponderEliminarNo te preocupes RASPUTILLA, que ya que tienes el dudoso honor de ser mi único lector, complaceré tus deseos y terminaré con la historia.
EliminarLo que ha pasado no deja de ser más que un "LAPSUS TECLAE" que diría Cicero, si es que en la época de los romanos había ordenadores. Molaría una dirección como la de julio@cesar.es
¿no crees?