viernes, 28 de febrero de 2014

I - Una tarde cualquiera en Torrebertán

UNA TARDE CUALQUIERA EN TORREBERTÁN
(I)
El reloj del Ayuntamiento, si hubiera tenido campana, habría dado las cinco de la tarde, pero su sonido molestaba las grandes siestas de Anselmo, el antiguo ordenanza del Ayuntamiento, quién según cuentan las malas lenguas se apropió del martillete que golpeaba las bandejas metálicas del reloj, un golpe los cuartos, dos golpes seguidos, las medias y un golpe detrás de otro hasta llegar al número de la hora en cuestión, espaciados un segundo. Todavía era temprana primavera y el sol no calentaba demasiado, por lo que era muy agradable el estar sentado en la plaza del pueblo, en la terraza de la cafetería principal, tomando algo de alcohol  si se estaba todavía huérfano de siesta o comenzando a pensar en la merienda si la comida ya empezaba a estar  lejana.

La plaza principal de Torrebertán no era muy distinta de otras plazas de pueblo, aunque algo más amplia y totalmente peatonal (salvo para el coche del alcalde). Era cuadrada, quedando en el norte la entrada a la iglesia principal, siendo el resto porticado, donde estaba el ayuntamiento, el juzgado y el centro de salud, flanqueado por los clásicos comercios de una plaza mayor, la pastelería, el estanco, la tienda del fotógrafo, una librería y la cafetería principal, con su terraza al aire libre, que siempre inaguraba temporada cuando estaba para acabar Abril.

Una de las mesas estaba ocupada por tres individuos cuya conversación podría estar oyendo todo el pueblo, si no fuera porque a dos de ellos se les tenía cierto respeto por el puesto que ocupaban en el escalafón del pueblo, no porque realmente se lo hubieran ganado

-       Esta Asun si que cocina bien, y ha logrado que los langostinos que has traído del Carreful sean comestibles
-       ¡Tú no has probado langostinos como estos en tu vida!¡ Estaban saltando en el puesto de San Lucar cuando los compré ayer!
-       ¡Joder Juan! En los tres meses que llevas aquí no has comido todavía ningún langostino, así que dudo mucho que te acuerdes de como saben, y sólo faltaba que el hombrecillo éste que se esfuerza en traernos algo cuando vuelve de Cádiz, y que encima nos viene a visitar, le andes tocando los huevos, por qué no volverá. Y, ¡joé!¡ los langostinos estaban buenos, pero el lomo de atún era hors categorie!
-       ¡Qué sí, coñes, que sí, que era broma! – mientras se levantaba de la mesa y daba dos palmadas en la espalda al parroquiano protestón. Se dio la vuelta e hizo un gesto con el brazo, levantándolo en dirección al camarero que servía las mesas con el vaso vacío coronando su extremidad. Cuando el camarero le miró extendió tres dedos y se volvió a sentar.- pero ahora explica cómo has logrado dejar a tu mujer y a los niños en Madrid, y tú has podido venir hasta aquí
-       La mala suerte que sólo quedasen tres entradas para este Sábado del rey león, y como los muy carotas querían ir todos, yo puse cara de pena diciendo que no me importaba, que les esperaría en el hotel, cuando la contraria sugirió el que podía ir a ver a algún amigo. Claro que cuando se enteró quienes eráis ya no le hizo tanta gracia, y menos a la distancia que está esto, pero, tras la obra, van a cenar a una hamburguesería cercana y luego a dormir en el hotel. ¡Joder Juan, eres la …..!¡qué tengo que conducir hasta Madrid! – protestó con convicción después de que el camarero dejara tres vasos de güait label con hielo en la mesa, mientras que el mencionado hizo un gesto de “y a mí qué” con los hombros, se sopló el flequillo sobre su nada pequeña nariz, y echó en su vaso el contenido del vaso que acababan de rechazar. – Deja, ya lo hago yo.

El tercer hombre se levantó junto al camarero e imponiendo su tamaño dijo:

-       Si hombre, encima que traes las vituallas, vas a pagar tú – dejando unos billetes en la bandeja del camarero y quitando una porción importante de líquido del vaso de Juan – pero tú no te lo vas a beber todo, ¿eh Juanito?
-       Peru, recuerda que si ahora eres jefe de la policía municipal, no es precisamente por tus grandes virtudes
-       Si, cohecho ¡Aupa derecho!
-       No me lo puedo creer, Caraqueño de Juez de Instrucción de un pueblo de cuarenta mil habitantes y Peru “peloto” jefe de la Policía Municipal
-       Ten en cuenta que desde que llegué, ya no nos llaman los pitufos
-       Mejor que no te enteres como te llaman
-       ¿y a ti? El juez Cyrano, y no sigo con la rima
-       Gargamel
-       Qué originales

Y así siguieron durante un rato, el juez vestido de negro, resoplándose de vez en cuando el flequillo, Peru, con la camisa a cuadros que empezaba a reventarle por la barriga, más calvo, y algo más encorvado aunque su tamaño cercano a los dos metros causaba bastante respeto entre los habitantes del pueblo, y Gómez, policía autónomo de vacaciones que había parado en su vuelta de vacaciones para ver a sus amigos. Se encontraban glosando las virtudes de la verduritas crujientes que había hecho la Asun para acompañar los lomos de atún, cortados en taquitos y hechos a la plancha. Siguieron riéndose con las historias de Úrsula, la secretaria del juzgado, conocida en la comarca como la ursulina, a cuenta de su aspecto y rectitud moral. Cuando sonó el teléfono móvil del Juez

-       Hola Erre Erre, claro que soy el juez, y si llamas a mi teléfono móvil lo normal es que te conteste yo, ¿o no te enseñaron eso en la academia? – tapó el auricular con la mano-es el sargento Rodriguez, mi poli judicial habitual, o sea que me huele a brownie- y quitando la mano del auricular siguió escuchando


No habló mucho rato y se fue poniendo pálido. Colgó contestando con un “ahora voy” y explicó que tenía que ir a casa de Don Fulgencio, el hombre más rico del pueblo. Se quedó un segundo de pie como pensando y les dijo a sus compañeros que le había pedido que fuera en un coche discreto, y que como era un asunto policial, que le acompañasen los dos. Apuraron de un trago sus vasos, y se dirigieron al coche de Gómez, que probablemente era el único que no daría positivo en un control de alcoholemia aparte de ser el más avezado conductor de los tres. 

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