EL CAZADOR DE PORTES
Abrió los ojos sintiendo todavía el
calor de las sábanas. Se desperezó metódicamente y apoyó su cabeza en la
almohada con las palmas de sus manos bajo la nuca. Aurelio sonrió satisfecho al
oír ruidos que provenían de la cocina. Ayer también había triunfado. Aunque
tampoco olvidaba las sonrisas irónicas de sus amigos cuando en el bar del cruce
de Colunga con la Griega, anunció que se iba a casa, que aquello era un poco
tubo. “Qué vas a Berbes, fijo, pero ¿A casa o la tasca de la amarrevaques, que
ahora cierra?”. Se marchó sin hacer caso de sus amigos. La verdad es que solía
salir con Susanita cuando andaba por la aldea, y aunque también era cierto que
estaba algo rellenita, bueno más bien gordita, el mote que le habían puesto sus
amigos a su novieta ocasional, era algo, bastante cruel.
Ocasional por el trabajo de
transportista de Aurelio. Últimamente estaba obteniendo trabajo a través de
subasportes.com, una página web que sacaba a subasta transportes ocasionales,
sobre todo de particulares. Había oído que era algo copiado de un programa
americano. Al tener una pick up con remolque para animales, ya habilitado para
cargas de todo tipo, podía ofertar sobre todo transportes algo especiales, como cuando el acceso al lugar de carga era algo complicado, que eran los que
desechaban las empresas tradicionales. Su matutina satisfacción era sobre todo
debida a la subasta que ganó ayer. El porte de una casa de muñecas de Viveiro a
Cádiz, que la había ganado por 1.300 Euros. Podrían ser unos 300 Euros en
combustible ida y vuelta, otros 100-150 en gastos, y el resto limpios al
bolsillo. Bien era cierto que la casita era grande, siete por dos y casi tres
metros de altura, pero se acoplaba perfectamente a su remolque, pero fantaseaba
con poder obtener uno que le pillara para el viaje de vuelta, y ya había hecho
el mes. Tenía que estar hoy, pero con la nueva autovía abierta, no tardaría
mucho en llegar, podía salir al mediodía y hacer noche ya muy cerquita de
Cádiz. Apareció Susanita embutida en la camiseta de surf que llevaba él ayer.
Al verla, y muy satisfecho de si mismo dio unas palmaditas a la almohada para que ella
volviera a meterse en la cama. Se quitó la camiseta y se metió con una risilla
que quería ser traviesa. Él la abrazó y ambos se sumergieron en la profundidad
de las sábanas.
Ya habían pasado las dos de la tarde y
de pie, apoyado en la barandilla del porche de su casa, contemplando los
quinientos metros cuadrados de prado que tenía. Totalmente desnudo, pero oculto
a los ojos de los posibles paseantes por el seto de tres metros que bordeaba su
finca. Por si acaso, procuraba ponerse en línea recta con una palmera que
estaba junto a la cancela de entrada, por si hubiera quedado abierta y a
alguien se le ocurriera mirar para dentro. Apuraba un pequeño purito, único
lujo que se permitía tras un alborotado retoce, esperando que le preparasen la
comida. Había abierto una par de latas de tomate, mientras ella se duchaba a la
vez que se cocía la pasta. Había dejado de correr el agua del baño, cuando sonó
el teléfono. No le hizo caso, ya que tenía puesto el contestador automático.
Oyó los pasos de Susanita y le gritó “¡Eh nena!¿me puedes traer una birrita?”,
Pegó las últimas caladas y arrojó la
colilla al jardín. La oyó llegar y se dio la vuelta. Parecía que se había
vestido corriendo y no se había secado el pelo. En una de las manos traía
abierta la lata de tomate que le había dejado para aderezar la pasta. Llevaba
cara de enfadada con los labios muy empequeñecidos en un serio gesto que
quitaba cualquier disimulo al fino vello negro que coronaba su labio superior.
A Aurelio se le heló la sonrisa cuando con voz gélida ella le dijo. “¡Son muy
graciosos tus amiguitos!, ¡pero acuérdate quien era el que lloraba en la
escuela cuando le llamaban carapolla!” y mirándole de arriba abajo con cara de
absoluto desprecio le plantó el bote de tomate en la cabeza mientras le espetó
un sonoro hijo de puta.
En aquel momento, totalmente pringoso
sintió la necesidad de cubrirse, pero comprendió que antes tenía que pasar por
el baño. Se duchó con parsimonia, meditando sobre lo que acaba de pasar,
mientras se frotaba con contundencia para intentar quitarse la sensación de
pringue rojo que se le había pegado a la piel. El recordar la película de
Carrie tampoco le estaba ayudando a recuperar una plena sensación de aseo.
Secándose la cabeza con una toalla se puso unos bóxer y fue hasta el teléfono
donde puso el mensaje por el que ella casi le mata. Era la voz del Picu que
carcajeante le preguntaba si se lo había pasado muuuuuuuuy bien con la amarrevaques,
y que la próxima vez que me fuera tan pronto a casa, la dijera que no aparcara la
vaquemóvil en la puerta de la casa.
Acabó de secarse el pelo y quitó el
volumen, ya para siempre, al contestador automático. Apuntó mentalmente en
vengarse del “Picu” cuando tuviera la primera ocasión propicia. Sí, la próxima vez que estuviera a punto de
pillar haría algún comentario sobre alguna supuesta enfermedad venerea. Una vez
vestido abrió su portátil para revisar los datos de recogida, y se llevó una
sorpresita. El lugar de recogida era Viveiro, pero no el de la costa, a algo
menos de dos horas sino Viveiro camino de Igrexa. No estaba muy alejado del
otro Viveiro, pero se accedía por una serie de carreteras secundarias, lo que
suponía, al menos, una hora más de viaje. Miró su reloj y eran las dos pasadas.
Si intentaba ponerse algo para comer, no salía antes de las cuatro así que
cogió un yogurt de la nevera, se lo zampó en dos cucharadas mientras preparaba
una bolsa con algo de ropa y fue raudo a enganchar el remolque a su camioneta.
Metió un par de tablas rectangulares con ruedines a modo de transportín, las
que usaba con “Picu” en las carreras de coches locos del Merón, ya que
probablemente habría que usarlas para cargar la casa de muñecas, y lo cerró.
Hizo acopio de los cargadores para el coche y para la pared del portátil, móvil
y gps, los puso en el asiento del copiloto y arrancó.
Estuvo tentado de parar en la tasca de
Susanita para disculparse, o al menos intentar arreglarlo, pero recordó que su
hermano pequeño solía dejarse caer a los mediodías, y si ella estando furiosa no era recomendable, su
hermanito, sacaba una cabeza a Aurelio, lo era mucho menos. Así que suspiró
resignado, y fue en dirección a Colunga para tomar la autopista. Su estómago
protestó de hambre, no había comido nada después de haber estado practicando
ejercicio durante buena parte de la mañana, pero decidió esperar a llegar a
Galicia para parar y comer algo. Una buena ración de tarta de Santiago en
Mondoñedo, ya que justo a la orilla de la carretera se encontraba uno de los
lugares más adecuados para degustar algo dulce, “El rey de las tartas”.
El tiempo se estaba fastidiando. Algo
había oído sobre un nuevo temporal que entraba por Estaca de Bares. “Estaca de
bares” así era como llamaban a zonas de bares del centro de Gijón y Oviedo con
precios más altos que los que encontraban en Berbes o en Colunga, e incluso de
Ribadesella. Era por el palo que metían. Y así, pensando en todo tipo de
chorradas iba entreteniendo el viaje, ya por las carreteras secundarias, tras
haber tomado el desvío en Abadín. Para llegar hasta su destino, tenía que pasar
Viveiro, y justo al pasar un puente sobre el río Ladro, tomar un camino amplio
de grava, donde a unos quinientos metros encontraría una casa de piedra, donde
lo estaban ya esperando. Se alegró de no haber comido mucho en el hostal del
rey, ya que la carretera, aunque con un piso en buenas condiciones, tenía
bastantes curvas.
Atravesó la pequeña aldea mientras el
horizonte estaba cambiando su color a un gris oscuro que no presagiaba nada
bueno. Llevaba el número de su cliente ya en la pantalla del móvil, por si no
encontraba el cruce, algo habitual, pero las instrucciones eran muy precisas.
Justo pasado el puente en el que en un diminuto cartel aparecía el nombre de
aquella corriente de agua, estaba el desvió anunciado. El camino de grava tenía
una curva de noventa grados nada más empezar, introduciéndose en un denso
bosque de pinos que oscurecía aun más el ambiente, haciendo que pareciese de
noche, aunque todavía quedaban unas pocas horas para que se echase encima. Recorridos algo menos de los quinientos metros, aparecía un claro, y en
medio una casona cuadrada de piedras grises en el que las manchas de musgo en
las ventana superiores con apariencia de ojeras, daban un aire tétrico a la
casa. Aurelio, aunque no era impresionable, notó como un escalofrío le recorría
por la espina dorsal. Dudó en si tocar la bocina, pero un hombre salió de la
casa y se dirigió hasta el coche. Aurelio también salió de su camioneta y se
acercó hasta su cliente.
Era un hombre de estatura media, calvo
con pelo descuidado y negro que le caía por la nuca y los laterales, ojos
redondos con ojeras grises, nariz fina larga y aguileña, unos labios que
parecían apretados de lo morados, uniendo un delgado cuello la cabeza con un
cuerpo como de medía ó, algo fofo, rematado por dos palillos a modo de piernas
que acababan en unos brillantes zapatos puntiagudos de charol reluciente.
Llevaba una bufanda gris que le caía por el cuello, acompañando a un traje
negro con camisa negra. Las manos las llevaba entrelazadas a la altura del
pecho hasta que las soltó para darle un buenas tardes, mientras le ofrecía la
mano. La tomó pero se quedó con muy mala sensación ya que estaba blanda, fría y
sudada. Pero había venido a trabajar y no a opinar sobre la apariencia de su
cliente, así que tras intercambiar un par de frases sobre el tiempo y con la
pinta que tenía, empezó a hacer las preguntas pertinentes para cargar en su
remolque la casa de muñecas.
Llevó el remolque de culo hasta
ponerlo cerca de una gran puerta de madera, para así tener que recorrer cargado
con la casa de muñecas el menor espacio posible. El hombre, De Gozón, Hilario
De Gozón, como se le había presentado, abrió la puerta y ante él apareció la
casa de muñecas más grande y más tétrica que jamás iba a ver. Por lo menos las
dimensiones eran las acordadas e iba a encajar holgadamente en el remolque.
Además, la forma del tejado, tirando a plano iba a ayudar a asegurar la carga
con cinchas, por lo que Aurelio empezó a ver el viaje con más optimismo, que
comenzó a desaparecer cunado comprobó que él solo no iba a poder colocar los
transportines bajo la casa y su cliente no parecía dispuesto a mover un solo
dedo.
Al ver los vanos esfuerzos de Aurelio,
Hilario le hizo un gesto para que parara. Le dijo que iba a buscar ayuda y
desapareció por la parte de atrás de la casa. Oyó pasos acercarse y tras
Hilario apareció un gigantón que superaba con holgura los dos metros, al que
presentó como Coqui. Llevaba unas toscas sandalias y una especie de pantalón de
saco que sólo le llegaba hasta los gemelos atado a su cintura por un cordel.
Una sucia camiseta de tirantes le tapaba el torso y un grueso cuello daba paso
a un cuadrado cabezón monumental rematado por una mata de pelo negro y rizado.
Lo primero que le pasó por la cabeza al chófer fue que si le ponían un tornillo
en el cuello y otro en la frente, ya tenía el vivo retrato de Frankenstein. Más
sorprendido que asustado escuchó la explicación de Hilario sobre su sobrino,
sordomudo de nacimiento y de un tamaño monumental, por lo que era complicado
encontrarle ropa. Coqui era más feliz viviendo apartado en medio de la
naturaleza, por ello cuando encontraron aquella casa retirada, se fueron a vivir allí. A pesar de
su tosca apariencia, continuó sin importarle si le prestaban atención o no,
tiene arte en las manos y el mismo construyó esa casa de muñecas, que aunque no
lo parezca, abriéndola por la mitad, se convierte en un teatro de marionetas.
A Aurelio le preocupaba más el que la
noche se le estaba echando encima, pero como comprobó, el gigantón tenía una
fuerza descomunal y en poco tiempo pudieron montar la casa en las
plataformillas rodantes, meterla en el remolque y asegurarla con cinchas.
Agradeció al gigantón con amables palabras su ayuda, y éste pareció comprender
lo que le decía ya que le sonrió y le dio unas cuantas palmaditas en la
espalda. A punto de montarse en la pickup , notó un pinchazo familiar en la
tripa, no había probado casi bocado en todo el día. Preguntó, sin grandes
esperanzas, por algún sitio cercano e Hilario le indicó un restaurante en
Viveiro, el “sete pratos” donde le darían de cenar “de vez en cuando nos
dejamos caer por allí. Las mujeres que lo llevan son muy amables con Coqui”. Lo
último que vio por el espejo retrovisor cuando salía de la finca fue a Coqui
despidiéndose con la mano, mientras la otra la apoyaba en el hombro de su tío.
“Curiosa pareja”, pensó para sus adentros.
Entró en el pueblo, y no le costó
mucho descubrir el restaurante. Aparcó el vehículo sin problemas cerca de la
puerta, ya que la carretera al hacer una curva en mitad del pueblo dejaba una
especie de semi plaza y entró. Era un bar normal, con su barra al fondo, y en
los laterales, puertas que daban acceso a dos amplios comedores, que estaban
con la luz apagada. En el mismo bar había cuatro mesas, una ocupada por tres
personas, y las otras libres. Un parroquiano apuraba un vaso de vino mientras
con ojos vidriosos parecía mirar el horizonte. Las mesas tenían manteles de
hilo con cuadrados blancos y azules. Preguntó a la señora que estaba en la
barra si podía cenar, aun eran las ocho, y le señaló una mesa. Se acercó y le
preguntó si quería almejas. Tras la respuesta afirmativa, Aurelio iba a empezar
a preguntarle si podía elegir alguna otra comanda, pero la mujer ya estaba en
la cocina.
Mientras esperaba, se fijó en la otra
mesa ocupada, donde por los retazos de conversación que captó, se trataba de
especialistas en temas eólicos, pues como ellos afirmaron estaban en una de las
zonas más pobladas de aerogeneradores de toda la península ibérica, quizás sólo
comparable a la zona de Algeciras. Uno era un francés y era el inspector, el
otro un tipo de Bilbao, de la compañía eléctrica y el tercero, con un aire muy
socarrón, era el nativo, el encargado de la zona. Agudizó el oído para al menos
entretenerse pero llegó la mujer, le plató una perola rebosante de sopa con
fideos, pan y agua y le preguntó si quería vino. Aurelio, pensando en conducir,
desechó esa posibilidad, ya habría tiempo para tomar algo antes de irse a la
cama.
La sopa no era nada especial y tampoco
tomó mucha. Apareció la señora con otro perolo, esta vez de cocido gallego, y
le quitó el de la sopa. Esto sí que estaba bueno, pero tras el tercer cazo le
dio la sensación que la comida iba a ser abundante, así que devolvió ese cazo al perol y comenzó a degustar el cocido con tranquilidad. Efectivamente, todavía no
le habían traído las almejas y el perol de alubias había sido sustituido por un
plato lleno de delicias porcinas, tocino, costilla, chorizo, morcilla, orejas y
morro, acompañados de una gigantesca berza cocida, que tenía un sabor
increíble. ¡Y todavía no habían llegado las almejas!, que hicieron su aparición
al de un ratito. Ración abundante acompañada de una salsa roja exquisita. Acabó
a duras penas, y tuvo que pegar una untada para hacer justicia a aquella salsa
increíble. Por curiosidad miró a la mesa de al lado para contemplar como el
vasco y el gabacho se peleaban por el último trozo de pan para pegarle la
untada definitiva a la bandeja de las almejas.
Bueno, pues había más pensó con
desesperación mientras le traían una fuente de carne guisada con patatas fritas
recién hechas. No pudo evitar probar la carne, tierna, y las patatas fritas,
absolutamente crujientes, pero no quería comer más y llamó con un gesto a la mujer pidiéndole un café
y la cuenta que tenía prisa. “¡Ah!¡Eso sí que no. Tienes que tomar el requesón
y la tarta!” le gritó mientras el gallego de la
otra mesa parecía estar a punto de reventar de risa, si bien, también
podía ser por la cruenta pelea entre los otros dos comensales por acabar las
patatas fritas, que dicho sea de paso, eran de diez.
Tuvo que probar el excelente requesón
casero, la tarta, casera, aunque como la sopa desmerecía un poco al resto, y
con el café le trajeron orujo blanco “detalle de la casa” que a la vista de los
acontecimientos no despreció, tomando un par de chupitos. Se levantó pidió la
cuenta sin dar mucho crédito a los dieciséis euros que le estaban cobrando.
Dejó veinte, puesto que hacía tiempo que no comía de esa manera, y sin mirar
atrás, los otros estaban comiendo la tarta a dos carrillos, se metió en el
coche. Eran las nueve y se puso como objetivo llegar a una especie de motel que
había antes de llegar a La Bañeza, un sitio con amplio parking. Le llevaría
cerca de tres horas, por lo que no encontraría nada abierto, así que en cuanto
encontrase la primera gasolinera pararía
a por una bolsa de hielos y una botella de whisky, para tomar unos tragos en su
cuarto, antes de echarse a dormir.
Tardó algo menos de lo esperado, y
tras aparcar cerca de la entrada a su habitación, el motel era una sucesión de
habitaciones adosadas en planta baja en forma de semi luna, pagar por
adelantado, se tumbó encima de la cama, despojándose de los zapatos, llenando
uno de los vasos del cuarto de baño hasta arriba de hielos y de whisky barato.
Encendió la tele y se dispuso a ver un programa de deportes. Le costó dormirse,
pero cuando ya apenas quedaban cuatro dedos de licor en la botella, el sopor
por el alcohol ingerido, se apoderó de él y cayó profundamente dormido, no sin
antes tirar de un manotazo el vaso de hielo que al golpear el suelo se hizo
añicos, aunque el ruido no fuera suficiente para despertarle de la
impresionante castaña que llevaba encima.
Abrió los ojos y tardó unos minutos en
acordarse donde estaba. Cuando miró hacia la mesilla y contempló el nivel de la
botella empezó a recordar. Miró su reloj y al ver la hora, más de las diez de
la mañana, se levantó de un salto y fue hacia el baño. Tardó un rato en salir,
otra vez con una toalla secándose la cabeza. Al comprobar que por la noche no
se había quitado la ropa, cogió la bolsa, el portátil y rápidamente fue hacia
la camioneta. Sin pensarlo dos veces, arrancó y salió del parking con la
intención de coger cuanto antes la ruta de la plata hacia Cádiz. Le dolía la
mano, pero no la hizo caso hasta que llegó a la autopista. Allí comprobó que
tenía un corte profundo por la mano, debajo del dedo meñique, pero tampoco la
hizo mucho caso, ya que el estómago le ardía y la cabeza le estaba a punto de
reventar. Una hora más tarde paró en un área de descanso para mirarse la
mano, y descubrió que tenía la camisa y el pantalón manchados de sangre. Se
cambió la camisa por un niqui, ya que en el pantalón, un vaquero oscuro, no se
notaba tanto. Entró después en la gasolinera, se compró un par de cafés de los
que se calientan solos y venda con esparadrapo, con el que se cubrió la herida.
Se quedó con la sensación que debía desinfectarla, pero ya compraría otra
botella de licor, probablemente vodka esta vez, y se la limpiaría mejor.
En ese mismo momento, la señora
encargada de la limpieza en el motel entró en la habitación contigua a la
ocupada por Aurelio. Estaba todo apagado, y en vez de encender la luz,
descorrió las cortinas. Notó un olor raro y se dio la vuelta. Un alarido recorrió
todo el motel, alarido que como si fuera la sirena de salida de una fábrica, se
seguía repitiendo. El dueño y uno de los encargados de mantenimiento salieron
dejando sus ocupaciones y se encontraron en mitad del amplio parking mirándose
totalmente desorientados. Uno de ellos reaccionó al ver una puerta abierta, que
era de donde provenían los gritos, dirigiéndose hacia ella, seguido por el
otro. Llegaron a la vez a la puerta y allí se encontraron a Regi, todavía
gritando, de pie, junto a una orgía sangrienta con dos personas, hombre y
mujer, con grandes hendiduras en el cuello y sin ninguna duda, muertos.
Media hora más tarde el parking ya
había sido tomado por la Guardia Civil. Habían venido tanto de Benavente como
de Astorga y estaban esperando a que llegara el comandante del puesto de León.
Toda la zona estaba acordonada y estaban dejando actuar al médico forense de
Benavente quien por la temperatura de los cuerpos, no estaban fríos todavía,
estimó que no hacía más de dos horas que les habían dado el matarile. El
brigada Juan, que estaba a cargo de
todo, acordonó todo el parking, solicitó una lista de todos los huéspedes del
motel y al enterarse que había una cámara de seguridad, pidió las cintas. Un
sargento le preguntó si hacían algo y le dijo que por el momento hacer acopio
de café y bollos, y a esperar que llegasen los de la científica para ponerse a
sus órdenes y empezar con el trabajo de campo. Además, este va a llamar la
atención de la prensa, por lo que no será raro que este asunto se lo encarguen
a los listillos de la brigada central de homicidios de Madrid. Para una vez que
podemos ver algo entretenido, masculló entre dientes el sargento, procurando
que no lo oyera su superior, que aunque eran colegas, al jefe no le gustaba que
se refunfuñara en el cuerpo.
Llegó la científica con un teniente al
mando que ordenó despejar la zona, mientras él y su equipo se enfundaban en
trajes blancos de plástico para empezar la investigación en el cuarto de donde
todavía no se habían retirado los cuerpos. A los números que andaban por ahí les
mandó peinar la zona, con el consentimiento de Juan. Éste, acompañado del
sargento fueron hasta la oficina del dueño, donde pudieron visionar las
grabaciones de la cámara de seguridad. Lo único que llama algo la atención es
cuando Aurelio pasa corriendo por el parking para meterse en su pickup y salir
con mucha rapidez. Al preguntar al dueño si sabía quién era aquel, le paso la
ficha de Aurelio. El nombre, como es obvio, no les dijo nada y preguntó si
habían hecho ya la habitación del tal Aurelio. Esa era la contigua al lugar del
crimen. El dueño creía que no, ya que la ronda la empezaba la mujer por el otro
lado. “Déjanos la llave maestra” le pidió Juan mientras se levantaban para
realizar una inspección visual. Justo cuando se acercaban a la habitación, uno
de los números que andaba husmeando por el parking, llamó a sus jefes para
decirles que había encontrado lo que podía ser un rastro de sangre, que justo
salía de la habitación que había ocupado Aurelio. Le pidió al número que
llamara a uno de la científica para que cogieran muestras de esa sangre, y
seguido por el sargento abrió la puerta. Se encontraron con una habitación
revuelta y rastros de sangre por el suelo y en el baño. Se detuvo en el quicio
de la puerta, le pidió al sargento que no dejara pasar a nadie hasta que
llegara alguno de la científica.
Tras hablar con el teniente, Juan se
sentó sobre el capó de uno de los land rovers y se dispuso a fumar un cigarro.
No llevaba más de dos caladas cuando entraron en el parking varios coches con
pinta de llevar jefes dentro. Así fue, reconoció al jefe de León que venía
acompañado de un capitán y de un hombre con traje y corbata, que tenía toda la
pinta de ser el juez, como así era. Tiró el cigarro que pisó de mala gana y se
cuadró saludando marcialmente a sus superiores. El comandante le devolvió el
saludo, le presentó al juez y le pidió que le hiciera un resumen de lo
ocurrido. Tras contar como habían sido los acontecimientos y a la pregunta
final de si había algún sospechoso, Juan les habló de Aurelio, si ese era su
nombre, añadió. Un tipo que sale con prisas dejando un rastro de sangre en su
habitación y en el parking, parecía algo más que un sospechoso. El juez asintió
con gravedad en sus gestos y asintió a la petición del comandante de lanzar una
orden de busca y captura. Juan se puso en marcha, primero para visionar de
nuevo las grabaciones de las cámaras de seguridad y así poder dar los datos lo
más ajustados posible a la realidad, para luego con la filiación de Aurelio,
pedir que le facilitasen la mayor información posible sobre el individuo. El
comandante mientras tanto estaba llamando por el móvil a sus superiores y el
capitán estaba organizando a los hombres que les habían acompañado, para que
por el momento no pasara ningún curioso. Dado el despliegue del operativo,
visible desde la autovía, eso no tardaría mucho en suceder.
Una hora más tarde, en un despacho en
Madrid, el de la dirección de homicidios de la Guardia Civil, un teniente
coronel explica la situación a dos personas, a las que considera como de sus
mejores hombre, un brigada y una sargento. Les indica que aunque ellos llevaran
la dirección de la investigación, deberán guardar las formas ante los uniformes
de mayor graduación, y en caso de problemas, le pueden llamar a él. “¿Entendido?”,
les pregunta mientras ambos asienten con la cabeza “¿Cuánto tardarán en ponerse
en marcha?” preguntó el mando a lo que el brigada le contestó “lo que tarden en
darnos un coche, como ya conoce siempre tenemos la mochila de emergencia con lo
necesario para salir en cuento haga falta”. ”Pues pongan rumbo a Benavente”
haciéndoles un gesto con la mano para que abandonaran su despacho. Mientras
salían y recreándose en la figura de la sargento, por su mente cruzó la
sospecha de que entre aquellos dos había algo más que una simple camaradería o
un buen entendimiento, pero como siempre terminaban resolviendo los casos, a él
que más le daba si polinizaban juntos o iban a la ópera.
A Aurelio ya le quedaba poco para
pasar Cáceres cuando un coche de la Guardia Civil le adelantó con la sirena a
todo volumen y se puso justo delante de él. Se quedó sorprendido, pero su
sorpresa no hizo más que aumentar al ver que otro vehículo se había puesto
detrás también con la sirena a todo volumen. “¿Qué habré hecho?” pensó para sus
adentros, sin recordar ninguna pifia en la carretera. Al final acabó parando en
el arcén, y cuando iba a salir, se le pusieron delante dos picoletos con la
pistola en la mano, conminándole a gritos que saliera del coche con las manos
en alto. Así lo hizo, se puso de rodillas con las manos en la cabeza, hasta que
alguien por detrás le esposó, le empujó hacia arriba para que se levantara y lo
metió en el asiento trasero de uno de los coches. En una primera y rápida
revisión encontraron la camisa manchada de sangre y en el gps comprobaron que
éste hombre venía del hotel. Pidieron instrucciones y les ordenaron que fueran
al cuartel de Cáceres, donde ya les estaría esperando la científica para un
peinado del vehículo y el remolque. A él que lo dejaran en el calabozo hasta
que llegasen los especialistas de Madrid a interrogarle.
El sargento que estaba al mando del
calabozo al ver el aspecto desorientado de Aurelio, decidió quitarle el
cinturón y los cordones de los zapatos antes de encerrarle. La científica de
Cáceres, con sus monos blancos hicieron una inspección en busca de rastros de
sangre con sus lámparas ultra violetas. Además de los esperados en la zona
ocupada por el conductor, en la casa de muñecas había también rastro de sangre
que había sido limpiada recientemente. Volvieron a llamar y los especialistas
contestaron que irían a Cáceres a interrogar al sospechoso, que por supuesto no
había confesado, sobre todo porque seguía sin saber de que le acusaban. Lo
comentaron en el parking del motel con el juez quién les dio el pertinente
permiso, no sin antes advertirles que leyesen los derechos al sospechoso.
Le dejaron más de doce horas en la
celda, un camastro, un lavabo y un retrete sin más que tomar que el agua que pudo
beber a morro del grifo. Nadie le dijo nada, y él se encontraba totalmente
resacoso y sin ganas de nada. Cuando cayó la noche, o cuando pensó que era de
noche, la única luz que tenía era una bombilla de luz mortecina, todo un
clásico de las novelas de polis, intentó dormirse. Pero la intoxicación que
todavía tenía de alcohol y los nervios por intentar entender que hacía allí y
porqué le habían quitado el cinturón, no le ayudaron a conciliar el sueño.
Así que por la mañana, cuando
aparecieron los dos suboficiales para interrogar a Aurelio, éste tenía unas
ojeras de espanto y un aliento podrido. Se presentaron y comenzaron a
interrogarle. Cuando empezó a entender de que le estaban hablando, un asesinato
en el motel, casi se cae de la silla. La explicación que daba sobre la sangre
que tenían sus ropas, pensaba que se había cortado con algo durante la noche,
no sonó nada convincente. Cuando le preguntaron sobre el asesinato y sobre la
sangre en la casa de muñecas, se quedó en silencio, hasta que no pudo aguantar
más y se echó a llorar. Cuando se le pasó la llantina, y en medio de hipos,
solicitó hacer una llamada, pidiendo que le dejaran su móvil para hacer una
llamada.
Le llevaron a una salita teóricamente
insonorizada, pero con unos cuantos micrófonos sensibles, por lo que podrían
oír hasta al receptor de la llamada. A través de un espejo observan toda la
secuencia de la llamada. Al segundo tono salta el buzón de voz “Este es el
contestador de Susana, deja tu mensaje después de oír la señal, salvo que seas
el carapolla de Aurelio al que le pueden
ir dando por el mismísimo culo” Siguieron sollozos entrecortados y Aurelio
llamando a Susanita, pidiéndole perdón, que lo de la amarrevaques era un mote
del gilipollas del Picu, que ya no iba nunca a ir con él, que ella era el amor
de su vida, y al final, que por favor le ayudase, que se había metido en un
lío. Detrás del espejo, no daban crédito a lo que acababan de escuchar.
“Creo que este tipo no tiene nada que
ver” soltó el brigada mientras pidió a la sargento que pidiera a la científica
que le facilitara los grupos sanguíneos de los asesinados y el de la sangre en
la camisa del tal Aurelio. Se sentó de nuevo el brigada de homicidios frente a
Aurelio y le pidió que le contase detalladamente toda la historia mientras le
ofrecía un paquetillo de pañuelitos de celulosa. Empezó desde la cañas en
Colunga y terminó con la borrachera del motel, pasando por la casa de Hilario,
la carga de la casa de muñecas y el enfado de Susanita “a la que yo quiero
mucho” por culpa de su amigo. Le preguntó si había comido y ante la respuesta
negativa, salió y pidió que le llevasen algo de la cantina para comer.
Junto con la sargento se pusieron
manos a la obra. Contactaron con Hilario quién les contó como una perra que
tenían en la finca había muerto desangrada al dar a luz en el interior de la casa,
pero que pensaba que lo habían limpiado bien. El análisis de sangre de la casa
ya indicaba desde un principio que no era humana. Los grupos sanguíneos de los
fiambres, para suerte de Aurelio, eran distintos al suyo y para ayudar más a su
puesta en libertad, habían encontrado en la casa del ex novio de la chica una
catana manchada de sangre, y ya lo habían detenido en la Bañeza. El tipo había
confesado y ya estaba llegando al cuartelillo su abogado. El juez ordenó que
soltaran a Aurelio, que todavía incrédulo, se estaba colocando los cordones en
el parking del cuartel con cara de aparbado. La sargento desde el quicio de la
puerta lo observaba mientras el brigada le comentaba al oído “ si le comentamos
esto a Lorenzo, no se lo cree”
Se ve un cierto homenaje al amigo Lorenzo, aunque poco les has hecho trabajar a la pareja de picoletos. Un pelo larga cambiada el final.
ResponderEliminarPor cierto, no sabia yo que Virginia polinizaba con Rubén. A la cama no te iras.......
PD- Typo en el quinto párrafo: venarea por venérea
¿Poco trabajo? De Madrid a Benavente y luego a Cáceres. Desde luego que no el más incómodo, pero kilometrada se han hecho.
EliminarRespecto al sexo, Rasputilla, a tí siempre hay que dártelo muy explícito
Para no perder las costumbres de duplicar comentarios hacemos un segundo .................................................... se felicita efusivamente al autor por el renovado brío que ha inculcado a su creación en este año recién estrenado. Aplausos
ResponderEliminarMe lo voy a empezar a creer............................. ¡qué no!¡Qué ya me lo tengo creído!
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